miércoles, 21 de octubre de 2015

CCCLXXVI.- Querida Carmen - o como convertir el blog en un consultorio gastronómico.


Esta mañana he recibido un correo electrónico de una amiga, parecía bastante apremiada, por lo visto tiene una cena de cierto compromiso este fin de semana – unos amigos de su novio – y le han entrado algunos agobios existenciales.

Arguiñano suele recomendar que cuando hay invitados en casa es preferible no asumir riesgos. La he dado un par de ideas deprisa y corriendo, le prometí que le mandaría un correo un poco más completo cuando tuviera un poco de paz.

Al principio pensé copiarle alguna de las recetas que ya tenía recopiladas en “El diletante” pero a mediodía, aprovechando un tiempo muerto, me he escapado a ver la exposición de la Fundación Mapfre titulada el triunfo del color, una excusa más o menos banal para traer medio centenar de cuadros impresionistas y postimpresionistas a Barcelona, desde Manet hasta Picasso - http://www.fundacionmapfre.org/fundacion/es_es/cultura-historia/nuestras-salas/exposicionesbarcelona/default.jsp -. La exposición es una gozada sobre todo para una ciudad como Barcelona, huérfana de impresionistas, exponen cuadros del Museo d’Orsay y l’Orangerie, entre ellos un autorretrato de Van Gogh y unas tahitianas de Gauguín aunque al final sorprenden sobre todo los cuadros de pintores menores, tal vez porque son menos accesibles.

Por eso he elegido Vuillard para ilustrar esta entrada, aunque he hecho una pequeña trampa y he seleccionado un cuadro que no está en la exposición pero es tan hermoso que merece la pena ser poco riguroso. Se titula Final del Desayuno con Madame Vuillard.

Poder disfrutar de un parón biológico durante un par de horas, desconectar de las rutinas y poder reordenar la vida va siempre bien. De hecho me he recorrido dos veces la exposición – sólo había parejas de jubilados y algún turista despistado – y después he cruzado la acera de la calle Diputación para comer en un restaurante de los que se pusieron de moda en la ciudad hace un par de años – Monvinic -, tienen un menú de 19 euros que incluye dos medios primeros, un segundo, postre, agua y una copa de vino especialmente seleccionada; he entrado con cierto recelo, más que nada porque me mosquean los sitios en los que las cartas están directamente en inglés, sin embargo poco a poco me he ido acomodando mientras leía un artículo sobre Marcel Proust, por lo visto investigando los borradores de En Busca del Tiempo Perdido han descubierto que en una primera versión la escena de la magdalena se construía a partir de una tostada con miel, en una segunda versión era una galleta, finalmente se impuso la esponjosa magdalena. No sé qué hubiera sido de la historia de la literatura moderna de haberse decidido don Marcel por la tostada, hubiera sido una catástrofe seca y crujiente.

El servicio extremadamente atento, te ofrecen una Tablet con la carta de vino por si resulta muy pesaroso el tiempo de espera. Mientras comía he decidido no mandarle a mi amiga el correo electrónico en privado, sino por una entrada en el blog. Me da cierto morbo convertir este espacio en un consultorio gastronómico. Así que allí me lanzo.

Querida Carmen, siento no haber podido ser un poco más preciso esta mañana en mis recomendaciones, el trabajo apremia y queda feo que me dedique a dar consejos de cocina.

El menú que le propongo es un poco más completo y complejo que el que le he anunciado esta mañana, aunque creo que puede quedarte aparente. Intentaré ser lo más preciso en mis indicaciones y medidas, buscaré alternativas para que no se te complique mucho el trasteo en la cocina.

Esta es la minuta de la cena:

          Aperitivo.- Hummus.

          Entrantes.- Crema de setas.

                              Ensalada de otoño.

          Plato principal.- Rape alangostado.

          Postre.- Obleas de manzana.

Bien que mal todas las recetas están en distintas entradas del blog, pero no te voy a condenar al suplicio de revisar las casi 400 entradas que llevo ya registradas.

Para el hummus necesitas 300 gramos de garbanzos, lo ideal sería que pudieras hervirlos con unas cuantas verduras pero como sé que eso no siempre es fácil, puedes comprarlos o bien en el mercado – las conservas escurridas -, bien de bote.- Si los compras de bote cuida de escurrirlos bien, la salsilla que llevan no te sirve para nada, incluso los puedes aclarar un poco con agua.

Por los garbanzos en una jarra en la que quepa bien la batidora, ponles una pizca de sal, otra pizca de pimienta, el zumo de medio limón y 75 gramos de pepitas de sésamo – si no tienes sésamo a mano puedes usar pipas peladas, bien de girasol, bien de calabaza -. Enchufa la batidora y convierte los garbanzos en una pasta, ve añadiendo aceite de oliva poco a poco, como si fuera una mayonesa, para que la pasta vaya trabando y quedando cremosa, no muy líquida – si el aceite de oliva te resulta muy fuerte puedes hacerlo con aceite de girasol.

Cuando quede batido a tu gusto – cremoso -, pica un poco de cebollino o de menta fresca y mézclalo con la pasta.

El hummus lo puedes servir con pan de pita, con tostadas calientes o con bastoncitos de zanahoria cruda.

La crema de setas es muy de temporada, aunque si no consigues buenas setas o están muy caras te aconsejo – aquí parezco la señorita Francis – que compres setas de esas que vienen desecadas, un paquetillo con 150 ó 200 gramos de setas desecadas es suficientes, yo compro un bote de moixernons que salen estupendos.

Si optas por las setas desecadas las tienes que meter en un bol con agua templada durante 45 minutos. Mientras se hidratan y sueltan caldillo puedes ir avanzando la receta.

En una cazuela pones 100 gramos de mantequilla y dos cucharadas soperas de aceite de oliva. Pones el fuego suave y mientras se deshace la mantequilla limpias y pelas dos puerros, los cortas en rodajas finas y los pones a rehogar hasta que queden transparentes. A medio guiso le añades un poco de sal y de pimienta, también una pizca de comino.

Cuando los puerros queden completamente rehogados, casi se tienen que deshacer, añades dos patatas hervidas peladas y sigues removiendo.

Llega el turno de las setas, si son de las deshidratadas las escurres – conserva el agüilla que han soltado – y las incorporas al sofrito. Sigue removiendo. Cuando todo esté bien integrado coges la batidora para ir trabando la crema, añade primero el agüilla de haber hidratado las setas, después un poco de caldo de verdura o de pollo – lo ideal sería que hubieras podido hacerlo tú, pero si vas pillada de tiempo puedes usar uno de los precocinados, intenta que sea de la marca Aneto porque los demás saben mucho a industria.

De nuevo tienes de decidir el punto en el que quieres que quede la crema, si la prefieres más densa – tipo puré – o más ligera. Verás que en los recetarios tradicionales suelen añadirle un poco de crema de leche o de nata de cocina, queda más cremoso, pero no le añadas más de 250 mm – un brick pequeño -. Yo si la crema es consistente prefiero no ponerle nata, pero va en gustos. Prueba el punto de sal y de pimienta, no conviene que quede muy fuerte.

Cuando vayas a servirlo a la mesa ten preparada la guarnición:

  1. Unos taquitos de foie gras – que sea bueno -.
  2. Pela y corta en daditos unas manzanas ácidas – de las amarillas que no sean terrosas – para que no se te oxiden y puedas cortarlas con tiempo las puedes conservar en un tupper rociándolas con el zumo de medio limón.
  3. Un poco de perejil muy picado.

Como servirás la crema caliente los taquitos de foie se desharán un poco y ligarán con las setas a la perfección.

La manzana le da un contrapunto ácido al plato, que lo aligera un poco, además le da un contrapunto de color.

El perejil tiene una función eminentemente estética, contrasta con el pardo de la crema y el blanco de la manzana. A la gente le da cierto confort ver verde en las cremas.

EL segundo entrante es una ensalada de otoño, muy sencilla.- Escarola picada, dos dientes de ajo muy picaditos, una rama de apio que sea tersa, no muy basta, límpiala bien y la picas muy fina. Desgrana una granada y añádele o unas lonchas de jamón de pato o unos lomos de anchoa en conserva. Para la salsa usa una yema de huevo, una cucharada de mostaza cremosa – no la que venden en grano – la cucharada de café o de postre, no sopera. Bate la yema y la mostaza, añádele poco a poco el aceite, aquí puedes batir con un tenedor, como si hicieras una tortilla. Ponle una pizca de sal y alguna especia – orégano por ejemplo -. Ya tienes la ensalada. Sobre esta base puedes cambiar el jamón de pato por anchoas, por arenques, por mollejas de pato, higaditos de pollo fritos … Lo que pilles. Tampoco le va mal algún fruto seco – con moderación -, por ejemplo un puñado de nueces o unos piñones.

Llega el turno del pescado. Compra un rape hermoso, que te saquen los lomos. Si la pescatera o pescatero es buen profesional te los sacará enteros y te ofrecerá atarlos – diciéndole que vas a hacer rape alangostado seguro que sabe cómo hacerlo -; suelen atar los lomos con cuerda blanca de algodón que los deja bien prietos.

Cuando llegues a casa pon los lomos en un recipiente grande para que escurran. Antes de empezar a manipularlos sécalos con un  poco de papel de cocina, hay que intentar que tengan la menor agua posible.

Pon en un plato plano un poco de sal y pimentón rojo en polvo – del de toda la vida, preferiblemente de Murcia, que no sea picante -. Embadurna bien los lomos de rape en el pimentón hasta que queden completamente rojos.

Pon a calentar una plancha con un chorrito mínimo de aceite. Cuando esté bien caliente pasa los lomos por la plancha, dándoles vueltas con cierta agilidad, se trata de que se hagan bien y que no se queden pegados a la plancha. En 6/8 minutos estarán hechos, en función del grosor del lomo.

Retira los lomos y déjalos reposar en un plato, se han de enfriar un poco y la carne del rape terminará de compactarse.

Cuando hayan perdido el calor quítales el cordel con el que los habían atados. Verás como el rape queda con las marcas de la cuerda, la carne se parece mucho a la de la langosta. Corta los lomos en rodajas de cierto grosor – para que no se deshagan – y ponlos sobre una bandeja. En función de la previsión de hambre de los comensales los puedes servir acompañados con unas patatas hervidas pequeñas – si andas agobiada de tiempo cómpralas ya hervidas, las venden en tarros de cristal -, si vas a utilizar patatas hervidas escúrrelas bien en agua y pásalas por una sartén con 50 gramos de mantequilla y una pizca de pimienta blanca. Las cortas por la mitad de guarnición con el rape.

Si ves que hay mucha comida cambia las patatas por unas judías verdes hervidas – pocas -. En todo caso prepara una mayonesa para acompañar al rape – aquí sí que sería una blasfemia que comparar la mayonesa de bote.

De postre unas tartaletas de manzana. Compra un paquete de las bases de empanadilla de la cocinera. Coloca cada una de las obleas en la plancha del horno – ojo porque para que no se peguen tendrán que utilizar o bien papel satinado o bien papel de plata previamente espolvoreado con abundante harina.

Pela y corta en láminas varias manzanas – las que van mejor son las tipo fuji, pero si no las tienes a mano puedes usar las ácidas que utilizaste para la guarnición de la crema.

Ve cubriendo cada una de las obleas con las láminas de manzana pelada hasta que quede completamente tapada la superficie de la oblea. Espolvorea sobre la manzana un poco de canela y un poco de azúcar – preferiblemente morena, pero si no la tienes a mano tampoco pasa nada.

Precalienta el horno hasta los 200 grados. Cuando esté a la temperatura recomendada mete la bandeja con las obleas cubiertas. Vigila porque en 10 minutos tienes hechas las tartaletas. La masa a de queda consistente, verás que se abarquillan un poco y se tuestan los bordes de la masa, ya están a punto.

Si tienes un poco de mañana puedes ponerlas en el horno cuando vayas a servir el segundo plato y así llegarán calientes a la mesa. Si te supone mucho trastorno te las dejas hechas a última hora de la tarde y las sirves a temperatura ambiente. En este caso puedes regarlas generosamente con ron o con coñac y flambearlas cuando vayan a la mesa. A la tartaleta de manzana le liga bastante bien una bola de helado de vainilla – la de Hagen Dag con nueces de macadamia es perfecta -.



Por descontado que el diletante permanece de guardia durante las próximas horas por si te surge algún problema.

Si tienes cierta habilidad puedes imprimirles la minuta de la cena y colocar – con el efecto “agua” el cuadro de Vuillard. Yo para escribirte estas recomendaciones he estado escuchando un disco peculiar, es un disco que grabaron hace 25 años Yo Yo Ma y Bobby Mc Ferrin, una combinación absolutamente imposible entre un cantante vocal de jazz y un violoncelista clásico, puedes encontrarlo en you tube: https://www.youtube.com/watch?v=PPSGj9dpvTM.

Lo dicho, a disfrutar.

jueves, 15 de octubre de 2015

CCCLXXV.- Vuelta a las rutinas diletantes.


He terminado el ciclo de Marçel de Manayent, quince capítulos en 9 meses, no pensé que me costaría tanto. Si he de ser sincero los últimos capítulos los he dilatado un poco para decidir qué hacía con el Diletante.

Las pequeñas «nouvelles» que he ido insertando durante estos años me han servido para descongestionar el día a día, suponían un esfuerzo inicial de planificación pero me permitían durante unos meses seguir un plan trazado en cuanto a cuadros y recetas que no estaba sujeto al devenir cotidiano. En el ciclo de Marçel de Manyanet las recetas las he sacado principalmente de un libro titulado Tota la Cuina Catalana de la A a la Z publicado por la revista Cuina. Las pinturas son de un paisajista norteamericano, Leonard Wren - http://www.leonardwren.com/.

Durante estos meses he seguido manteniendo mi actividad como cocinilla, han entrado nuevos trastos en la cocina – algunos muy útiles -, he visitado grandes templos del comer y he descubierto restaurantes modestos que, sin embargo, me han ilusionado casi tanto como los consagrados. Ha seguido viniendo gente a comer y a cenar a casa, he seguido leyendo e investigando. He hecho pan, mucho pan, y me ha dado cierta obsesión por la repostería, disciplina en la que por cierto no soy especialmente hábil

Pese a todas estas novedades lo cierto es que me he estado replanteando el sentido del blog, creo que hay cientos de páginas webs dedicadas a la cocina la mayoría vulgares, sólo unas pocas realmente útiles y sorprendentes. En casa decimos que tras la “burbuja” inmobiliaria toca ahora la burbuja gastronómica, todo el mundo se atreve a escribir o hablar sobre cocina, no hay más que ver el sencillo tutorial sobre rosas de manzanas que fue visitado por más de ciento sesenta millones de personas – yo ya he ensayado la receta y puedo asegurar que funciona (http://verne.elpais.com/verne/2015/10/09/articulo/1444379568_195051.html). Es imposible ser originar. Yo mismo me he aburrido de alguna de mis recetas y ando en crisis con los sabores, hasta el punto de que estoy introduciendo algunas variaciones a las recetas cotidianas para evitar rutinas.

Los últimos meses algunos amigos me han comentado, casi pidiéndome disculpas, que habían dejado de visitar con asiduidad el blog, supongo es complicado pedir fidelidades para este tipo de páginas que no dejan de ser ligeras, se ha reducido sensiblemente el número mensual de visitantes y yo mismo he reducido la frecuencia de las entradas, no era fácil hacer dos o tres entradas a la semana. En estas situaciones viene bien recordar la frase con la que Stendhal dedicó una de sus novelas: “To the happy few”, algo así como “para los felices pocos” o “la inmensa minoría”, que es el término finalmente acuñado.

Asumiendo que el blog pueda no ser original, disculpándome por ser a veces poco preciso con las recetas y no haber sido capaz – de momento – de incluir fotografías o vídeos explicativos de mis técnicas de cocina, al final he llegado al convencimiento de que he de seguir escribiendo este blog no tanto por la incidencia que pudiera tener «hacia afuera», sino fundamentalmente por la trascendencia que tiene «hacia dentro», durante estos años el blog me ha servido como una especie de diario personal en el que la cocina ha sido una excusa para escribir y reflexionar sobre muchas cosas, me ha ayudado a poner orden en mi trastienda y por medio del blog he canalizado angustias e inquietudes. En alguna ocasión he comentado la justificación que daba García Márquez a su profesión de escritor – escribía para que le quisieran -, yo me he dado cuenta que escribo fundamentalmente para mí mismo, el hecho de publicarlo o colgarlo en la red tiene, claro está, un componente narcisista, pero también sirve como disciplina, la posibilidad de que te lean terceros, algunos muy cercanos, otros totalmente desconocidos, exige cierta sistemática e impone algunas líneas rojas que creo que son muy útiles.

En fin, reanudo las viejas rutinas del diletante, no sé cuánto tiempo durará esta aventura, no sé cuánto tiempo tardaré en embarcarme en otro ciclo narrativo parecido al ya iniciado en otras ocasiones. Reanudo viejas rutinas sin un plan preconcebido, sin un proyecto claro, con la única voluntad de seguir escribiendo con la excusa de la cocina.

Espero que viejos amigos se reenganchen a mis peripecias, conservar a los lectores de los que no tengo referencia alguna, quien sabe si conseguiré nuevos seguidores. A todos les pido disculpas por mi peculiar manejo de los signos de puntuación, por la anarquía en la elección de los temas, por la mezcolanza de realidades y ficción. No en vano soy un diletante, por lo tanto desordenado, disperso, superficial y subjetivo, tremendamente subjetivo.

Mientras cerraba el ciclo del pobre Marçel, mientras él se recuperaba de sus heridas y yo buscaba nuevas fuentes de inspiración, preparé una receta que me ha devuelto a la ilusión por escribir, era una receta sencilla que hice hace unas semanas para un festejo familia, una sopa de fideos. Es un plato que me hubiera gustado hacer en el campo, aprovechando una mañana calurosa de verano.

Para cocinar este guiso de fideos marineros me puse música, ópera, Nabucco. No es que sea muy aficionado al “bell canto”, me falta disciplina, aunque a veces me hipnotiza lo fastuosa que llega a ser la ópera. Ahora en octubre en Barcelona programan el Nabucco de Verdi, los precios son escandalosos, casi es más barato marchar a Milán y sacar entradas para ir a la Scala.

Cabreado porque no podía sacar entradas para ver el Nabucco me puse la ópera a todo volumen en la cocina mientras preparaba un caldo de pescado hecho con un tomate partido, un puerro, cuatro zanahorias, un nabo, media chirivía y una rama de apio; claro ésta que el caldo debía llevar pescado, compré casi medio kilo de pescado de roca debidamente eviscerado y unas galeras.

A mí me gusta rehogar el pescado con un poco de aceite antes de añadir el agua, creo que así sale más sabroso. Dejé que todo sudara bien antes de cubrirlo con agua, puse una pizca de sal y un hatillo de plantas aromáticas de ese que venden en el supermercado – buqué garní.

Cuando empezó a hervir yo aproveché para pasar por una sartén medio kilo de cigalas, no muy grandes. Las salpimenté y apenas las tuve un par de minutos en el fuego, lo justo para que perdieran la palidez. Dejé que se templaran un poco antes de pelarlas, fui echando las peladuras del marisco en el caldo de pescado ya hirviendo y reservé las colitas.

Cuando el caldo estaba a punto – no dejo que hierva más de una hora para que no se saturen los sabores y no quede muy fuerte -, me puse a hacer el sofrito. Estrenaba una picadora, había pedido para mi cumpleaños una picadora Mulinex de las de toda la vida, la del un, dos, tres picadora Mulinex. Regalo viejuno donde los haya.

Quería haber picado un poco de cebolla y unas zanahorias, en el último momento pensé que podría irle bien también una patata pelada para darle un poco de cuerpo al caldo.

Cuando me disponía a estrenar la picadora llegó a la cocina, como una turba de infieles, uno de mis hijos dispuesto a ayudarme con los nuevos artilugios. Le dejé que partiera la zanahoria en pedazos para que cupiera bien en el vaso de la picadora, puse media cebolla, la patata en cuartos y un trozo de pimiento verde. Mi hijo estaba empeñado en poner en marcha la picadora, le di cuatro indicaciones de seguridad y algunos consejos prácticos que no siguió. En vez de picar los ingredientes los convirtió en un puré rojizo, en una pasta líquida y cruda. Son riesgos de utilizar pinches en la cocina.

En una olla grande puse a calentar un poco de aceite de oliva y decidí ver cómo reaccionaba el aceite al entrar en contacto con mi puré de verdura. El aceite no estaba muy caliente, evité así que me saltara a la cara al añadir el puré acuoso. Mi sorpresa fue que el aceite se fue haciendo con la situación y a base de pequeñas burbujitas de calor fue sofriendo el puré de verdura que fue tomando un color menos viscoso y fue ganando consistencia. Mi pinche removía con cuidado con la cuchara de palo y decía ufano que su picada de verduras estaba quedando estupenda.

Le retiré de los fogones y le puse al mortero para que machacara dos dientes de ajo, una pizca de sal y abundante perejil. Se cansó rápido de la mano del mortero y marchó de la cocina para seguir viendo sus dibujos.

Terminé de darle al mortero y añadí el ajo y el perejil a mi sofrito, ya consistente. Cuando todo se había mezclado bien bajé el fuego al mínimo y añadí el caldo de pescado debidamente colado.

Por efecto de la patata y de la zanahoria el caldo empezó a tomar cierta consistencia, creo que me salieron casi tres litros de fumet de pescado – éramos muchos a la mesa -. Cuando el caldo empezó a hervir otra vez añadí medio kilo de fideos gruesos, en 7 minutos estaría a punto la sopa.

Corté las colitas de cigala, recuperé los lomos de pescado hervido sin espinas y en el tramo final de la cocción los incorporé a la sopa. Apagué el fuego de inmediato y mientras reposaba le añadí un poco de perejil fresco picado. El plato ya podía ir a la mesa, justo cuando en Nabucco arrancaba el “Va, pensiero”.

Había comprado una botella de vino blanco de alella, uva pansa blanca, un poco untosa en boca, un vino que ligaba bien con el caldo de pescado.

En casa aquel día de postre tocaba pastel de chocolate, sin embargo de cara al blog y en la medida en la que esta sopa de pescado estaba soñada para una comida de verano, me acordé de un pastel de higos comido hace poco más de un año en casa de unos amigos. Era un pastel de higos hecho a base de higos, sólo higos recién cogidos, muy maduros. Mis amigos pelaron los higos con cuidado, los cortaron en láminas y fueron poniendo capas en un bol de cristal, un gran bol en el que iban cuidadosamente colocando las láminas de higo hasta cubrirlo por completo. Una vez cubierto con ayuda de un plato de postre presionaron un poco para que compactara y lo guardaron en la nevera. Al llegar los postres colocaron el bol sobre un plato, le dieron la vuelta y quedó media esfera perfecta de color granate. El pastel se tomaba acompañado con un poco de nata montada. Un plato sencillo y muy efectista.

El postre de higos me ha venido a la memoria gracias a un cuadro que se exhibe estos días en el Museo Nacional de Cataluña, en una muestra de bodegones y naturalezas muertas de la edad de oro española, un bodegón de Pedro de Camprobín, un pintor barroco al que no conocía, especializado en pintar flores, adscrito a la escuela de Sevilla. En Barcelona exponen un vistoso plato de higos que sirve como portada al catálogo de la exposición.

viernes, 9 de octubre de 2015

CAP.CCCLXXIV.- Pequeña muerte por chocolate (y 15)


15. CONVALENCENCIA.



Perdí el conocimiento en el hotel, apenas tengo recuerdos de las primeras horas, sólo algunas imágenes aisladas, destellos de consciencia: el ruido de la ambulancia, el olor del perfume de Jess cuando se me acercaba, los destellos de las luces del corredor que llevaba al quirófano y sobre todo voces, muchas voces que apenas podía identificar.

No sé cuántos días pasé inconsciente, quizás fueran sólo horas, pero a mí me pareció una eternidad. Finalmente desperté en la habitación de un hospital, no había amanecido, intenté incorporarme, de hecho levanté unos milímetros la espalda pero una intensa punzada me dejó de nuevo clavado en la cama. La habitación estaba en penumbra y fuera, en el pasillo, no se oía trasiego alguno. Estaba solo en la habitación con una vía de suero en la vena del dorso de mi mano derecha, una pinza que controlaba el ritmo cardiaco me oprimía el dedo índice de la mano izquierda, iba suministrando datos a una pantalla; me habían sondado y llevaba un aparatoso vendaje en el hombro, el foco de todos mis dolores.

Recordaba haberme agobiado en la habitación del hotel por el hecho de que me asesinaran en calzoncillos, ahora la situación era mucho más ridícula, estaba semi vestido con aquellos batines de celulosa verde que dejaban las posaderas al aire, completamente inmovilizado y un tremendo escozor de espalda producido por el roce del hule que protegía el colchón.

Me quedé en duermevela intentando ordenar los recuerdos, intentando reconstruir lo sucedido en los últimos días.

Sumido en mis meditaciones me sobresaltó la entrada de una enfermera gruesa y hacendosa que comprobó que seguía vivo, me hice el dormido mientras cambiaba la bolsa de la sonda y cuando se acercó para revisarme el vendaje susurré un «buenos días» que la sacó de sus rutinas.

«Coño. Ya se despertó el héroe del día». Fue su único saludo, subió unos dedos la persiana para que entraran las primeras luces del día y salió rápidamente de la habitación dejando la puerta abierta; supongo que quería que viera que dos policías custodiaban las puertas. Cruzó con ellos unas palabras en voz baja y siguió con sus rutinas.

Uno de los policías se asomó a comprobar que había recuperado la consciencia. «¿Estoy detenido?». Pregunté. «No, le estamos protegiendo; se ha convertido en el héroe del día, como dice la enfermera, la prensa anda loca por sacarle unas fotos y unas declaraciones. La juez de instrucción ha decretado el secreto del sumario. Supongo que a lo largo de la mañana vendrá algún superior aponerle al día de lo sucedido».

«¿Llevo mucho en el hospital?» Seguí con mi interrogatorio. «Hoy ha hecho su segunda noche aquí». Cortó de súbito cualquier diálogo y marchó de nuevo al pasillo. «El caporal Caballero vendrá enseguida a informarle, creo que ya le conoce». Cerró la puerta y volví a quedar solo.

Me resultaba complicado medir el tiempo, puede que diera alguna cabezada antes de que terminara de amanecer y la enfermera regresara con el desayuno. Los policías seguían en la puerta, me vigilaban de reojo, pero seguían enfrascados en sus conversaciones.

Mientras desayunaba llegó mi madre, cuando me descubrió despierto echó a llorar, no podía articular palabra, gimoteaba mientras repetía «mi niño, mi niño» como un mantra. Le dije que estaba bien, que no se preocupara y que me contara lo que supiera. No sabía nada aunque guardaba en el bolso un manojo de periódicos desordenados en los que sin duda detallaban las circunstancias y razones que me habían llevado al hospital. Le pedí que me leyera la prensa, me contestó que descansara, que había perdido mucha sangre. Se derrumbó sobre el sillón de la habitación y poco a poco fue recobrando la serenidad. Yo cerré los ojos para intentar seguir poniendo en orden los recuerdos.

No tardó en venir Caballero, entró acompañado por uno de mis escoltas, saludó a mi madre con familiaridad y buscó una de mis manos para saludarme. Me preguntó que cómo estaba, le dije que razonablemente bien, despierto y animado. Se sentó en un butacón cerca de la cabecera de la cama y me puso al día de los acontecimientos, el relato no era complicado. Jéssica bien, no había sufrido ningún daño; Rafaelito había sido detenido tras el incidente, se había derrumbado en comisaría y confesado ser el autor de la muerte de su padre. La prensa andaba alborotada de nuevo con la tragedia de la familia Montes y merodeaban el hospital buscando alguna declaración, de ahí la presencia de policía en el pasillo, la primera noche se había colado un fotógrafo y había publicado una fotografía mía inconsciente en la cama, rodeado de tubos y con la leyenda: «El héroe del Hotel Vela».

Caballero comunicaría a la jueza de instrucción que yo había recuperado la consciencia y en breve me tomaría declaración, seguramente se desplazaría la comisión judicial al hospital para que les ayudara a reconstruir los hechos. No había ninguna acusación contra mí, tampoco contra Jess, aunque era inevitable todo el trámite de instrucción. Caballero me dijo que mi vida no corría ningún riesgo pero que la estancia en el hospital no sería corta, había perdido mucha sangre y tenía una herida de bala en el hombro izquierdo, una herida que requería cierto cuidado. Antes de marchar me trasladó un ruego del abogado de Montes, quería visitarme a la mayor brevedad. Le dije al caporal que no había ningún problema pero que prefería no entrevistarme con Mateu hasta que no hubiera declarado ante la juez.

Las horas en el hospital eran aplastantemente monótonas, mi madre no sólo recuperó la templanza, sino también su afición por la televisión, me sometió a los programas más casposos y sensacionalistas de todas las cadenas, saltaba de uno a otro canal rastreando las noticias y las tertulias en las que comentaban, entre otros sucesos, el asesinato de los Montes. Ante tanta basura no me quedó más remedio que fingir un sopor permanente que me permitía estar con los ojos cerrados, intentando aislarme.

La comisión judicial vino a visitarme aquella misma tarde, fue un interrogatorio monótono, la jueza la Fourcade seguía siendo una mujer fría y distante, pero había abandonado parte de su agresividad. Mateu, el abogado de Montes, no quiso hacerme ninguna pregunta, la fiscal tampoco. Mateu anunció que su cliente reconocía todos los hechos y que aceptaría la condena que propusiera el fiscal. Al terminar la declaración pidió autorización a la juez para conversar a solas conmigo, adujo que siendo ambos abogados quería comentar algunas cuestiones prácticas sobre el caso.

Su propuesta era sencilla, estaba negociando con fiscalía una sentencia de conformidad, Rafaelito tenía asumido que pasaría al menos treinta años en prisión y casi recibía la noticia con alivio ya que eso le liberaba de la constante presión de su madre y de Desideria, quien por lo visto había sido la principal inductora del crimen. La tarea de Mateu era evitar que doña Helena y Desideria hubieran de sentarse en el banquillo. Buscaba mi discreción, la mía y la de Jessica, me rogaba que no hiciera ninguna declaración ante la empresa, que no me dejara atraer por ofertas carroñeras y que evitara que Jessica aprovechara el tirón mediático de la noticia. Como contraprestación a nuestro silencio la familia Montes retiraría cualquier cargo contra Jess, asumiría todos los gastos y perjuicios ocasionados por los hechos, incluida la tremenda factura pendiente del hotel y mis honorarios, honorarios que cubrirían en la cantidad que yo considerara oportuno, sin discusión alguna.

Marchó Mateu y volvió a entrar la juez, esta vez a título particular, para preocuparse por mi estado de salud y para rogarme que le informara si la familia Montes me intentaba someter a algún tipo de extorsión. Le agradecí el detalle y le aseguré que el encuentro con Mateu había sido de pura cortesía, que en modo alguno me había presionado, más bien al contrario, se había puesto a mi disposición.

Cuando se restableció la rutina en la habitación regreso mi madre ávida de chafarderías sobre el procedimiento judicial, despaché sus requerimientos como pude y le pregunté por Jess, me dijo que, con autorización de la juez, había regresado a Mallorca. Me anunció que al día siguiente vendría su madre a visitarme.

Me escudé en mi deber de confidencialidad y en el secreto del sumario para evitar dar respuestas concretas a los cientos de preguntas que me iba haciendo mi madre, mucho más severa que la jueza. Me escurría como podía hasta que llegó Covadonga, había cerrado durante unas horas la Santina y me traía un tupper, bromeó a cerca de lo mal que se come en los hospitales, me regaño porque hacía varios días que no pasaba por el restaurante, «ahora que te codeas con gente importante», me recriminó entre sonrisas. Enseguida enhebró conversación con mi madre, no era complicado empezar a comentar mis aventuras, desventuras y sucesos. Quedó sobre la mesilla el tupper, me resultaba imposible alcanzarlo. Covadonga seguía de cháchara comentando que nunca se imaginó que un tipo esmirriado, como yo, se atreviera a abalanzarse desnudo sobre un tipo desequilibrado y armado.

Carraspeé para recordarle que había venido a visitarme a mí, y, sobre todo, que tenía un hambre atroz.

Recuperó la fiambrera y destapó unos centímetros para que pudiera olerla. Era una pasta blanca de olor dulzón,«menjar blanc»; ante mi cara de extrañeza me reprochó que «moviéndome en el mundo de los grandes chefs» no supiera qué era el menjar blanc. Traía unas cazuelillas vacías y unas cucharillas metálicas envueltas en una servilleta, conocía bien las limitaciones del hospital. Aclaró que era una crema de almendras, plato típico de la zona de Tarragona.

Yo me lancé sobre mi ración como un lobo, mi madre también dio buena cuenta al manjar, de hecho mi madre llamaba al plato «manjar blanco». Tras algunos titubeos consiguió sacarle la receta.

Se necesitaban 300 gramos de almendras crudas, preferiblemente del tipo marcona, 100 gramos de almidón – se puede sustituir por arroz, aunque se corre el riesgo de que quede como un arroz con leche -, una ramita de canela, un litro de agua, 150 gramos de azúcar, la piel de un limón y una pizca de sal.

Se escaldan las almendras en agua hirviendo para poderlas pelar bien – si se compran peladas no es necesario escaldarlas -. Se pican las almendras lo más fino posible y se dejan  reposando en un litro de agua tibia durante dos o tres horas, conviene no meter el recipiente en la nevera.

A la mañana siguiente se cuela el agua con las almendras con un colador de malla muy fina – los puristas dicen que debe filtrarse con ayuda de un trapo fino -. Se consigue aproximadamente un litro de leche de almendras.

Se pone la leche de almendras en una cazuela al fuego, cuando temple la leche se añade el azúcar, la rama de canela, la piel de limón y la pizca de sal. Se deja infusionando a fuego lento.

En tu tazón con un poco de agua se disuelve el almidón y se remueve hasta que vaya cogiendo cuerpo. Se incorpora el almidón poco a poco a la leche de almendras y se remueve hasta que quede una crema espesa, de textura parecida a unas natillas.

Se retira la canela y el limón, se deja enfriar la mezcla primero a temperatura ambiente, cuando enfríe se pasa a una nevera tapando la cazuela con un plato, para que el menjar no coja olores.

Se sirve en pequeñas cazuelas con un poco de canela en polvo. Así de sencilla era la receta del menjar blanc de Reus.

Tanto mi madre como yo nos tomamos dos raciones cada uno e invitamos a Covadonga a que al día siguiente trajera algún otro platillo. Como compensación la dejé que se hiciera una foto conmigo aún a riesgo de que en pocos minutos estuviera colgada en cualquier red social.

Convencí a mi madre de que marchara con Covadonga, yo estaba bien atendido. A última hora de la tarde pasó la enfermera cambiar la bolsa de la sonda y administrarme más calmantes. En pocos minutos me invadiría el sopor.

Tirado en la cama, inmóvil, incomunicado del exterior, era complicado distinguir la mañana de la tarde, el día de la noche; estaba tan incómodo que apenas podía conciliar el sueño durante unos minutos, nunca más de una hora, después le seguía un rato de vigilia en la que todo me incomodaba. Sólo las atenciones de las enfermeras y la esporádica visita de algún médico que sacaban de la rutina. El médico me aseguraba que en una semana podría regresar a casa, aunque necesitaría hacer algo de rehabilitación para recuperar la rotación del hombro.

Al día siguiente regresó mi madre acompañada de la madre de Jéssica, doña Mercedes me llenó de besos, postrado en el lecho no pude esquivar ninguno. Dedicó muchos minutos a agradecer que hubiera salvado a Jéssica de una muerte segura en manos de aquel psicópata. «Es una pena, qué buena pareja haríais». Era imposible contactar con Jess, me aseguró, ella recibía llamadas esporádicas, siempre desde un número oculto, por lo visto protegida por la policía. No me atreví a preguntar por Didier, yo esperaba que siguiera en la cárcel.

Jess había pasado un par de días en Barcelona, alojada en el hotel. Había pasado varias veces por el hospital, pasó algunas horas a los pies de mi cama. De pronto se esfumó, como ya era habitual, aunque dejó a su madre un gran sobre cerrado a mi nombre.

Le pedí a doña Mercedes que lo abriera, calló sobre la colcha un fajo de billetes de quinientos euros y un cartoncillo con una acuarela de Leonard Wren. Al final una cuartilla manuscrita y doblada por la mitad.

Mi madre recogía los billetes desperdigados por el suelo «quince mil euros» exclamó. Le pedí a doña Mercedes que me colocara la nota en la mano que no tenía inmovilizada. Jess no era mujer de muchas palabras, lo demostraba con su despedida: «Querido Marcellino, me hubiera encantado agradecerte en persona todo lo que has hecho por mi durante estas semanas, has sido mi ángel de la guarda. Sin duda no hubiera podido salir sola de este absurdo embrollo que sólo tú has sido capaz de comprender. Digan lo que digan quise mucho a Rafael, le dediqué muchos años de mi vida y creo que le hice feliz. Montiño, como habrás podido comprobar, era un tipo peculiar, un vividor, seguro que se alegrará de haber muerto de modo tan trágico, agrandará su leyenda. Al final pude cobrar la póliza de seguro, un dineral que me ayudará a rehacer mi vida. Didier, el pobre Didier queda atrás, no sé si te pedirá que le ayudes a salir de esta. Tengo mucha vida por delante y el comisario Caballero me ha ayudado a convencer a la juez de que pueda dejar Barcelona, al fin y al cabo soy la verdadera víctima de este complot. Me gustaría ser capaz de olvidar estas semanas de pesadilla, las falsas insinuaciones, todavía soy joven. No hay dinero en el mundo que pueda pagar todo lo que has hecho por mí, acepta estos quince mil euros como compensación por los desvelos. Quédate también con esta acuarela de Wren, de todas las que has visto durante este tiempo es la única verdadera, las demás son falsas reproducciones que encargamos a un pintor callejero del Raval. Montiño era consciente de su ruina y volviendo de Estados Unidos se le ocurrió hacerse pasar por marchante de Leonard Wren, un pintor norteamericano con cierto renombre en California, compramos algunos catálogos y revisamos las referencias de la web, luego encargamos a un pintor de los que se gana la vida en las ramblas que nos reprodujera algunos paisajes, le pagábamos 100 euros por cuadro, luego Montiño los revendía por dos mil euros a sus amistades, yo me ocupaba de preparar los certificados. Puede que todo fuera una estafa, aunque al pobre Rafael este modo de ganarse la vida le parecía menos humillante que sus ya manidos sablazos; el único cuadro auténtico es esta sencilla acuarela que encargamos por medio de la página web, gracias al certificado de esa acuarela pudimos falsificar los que yo expedía. Ahora con su trágica muerte se volverán a editar sus libros y quién sabe si por fin se le reconocerá como uno de los padres de la cocina catalana moderna. Yo renuncio a todo, cuando hables con la familia de Montes diles que no les guardo rencor, me conformo con que cumplan sus condenas. Lo dicho Marcellino, millones de besos y mucha suerte. A mi madre le hubiera encantado emparejarnos pero has de ser consciente de que sigo siendo una mala influencia en tu vida».
Resultado de imagen de leonard wren

Dejé la nota entre las sábanas y le dije a mi madre que me guardara el dinero, yo no lo iba a necesitar. Le propuse que buscaran un viaje las dos amigas y que se lo costearía gracias a la generosidad de Jess. Doña Mercedes también quiso hacerse una fotografía conmigo y justo cuando realizaba la torsión de brazo que permitía encuadrar los dos rostros apareció la enfermera, que también me pidió compartir cámara y fotografía para enseñar a sus compañeros.

Sin quererlo me había convertido en un pequeño héroe, esperaba que aquella fama se diluyera con el paso del tiempo y que pudiera regresar a mis rutinas.

Parecía imposible pero al final me dieron el alta. Sólo las visitas de mi madre, loca de contenta porque en unas semanas partiría de crucero por los fiordos noruegos, y las de Caballero me sacaban de la modorra. Mateu me mandó un acuerdo de confidencialidad tan voluminoso y enrevesado que lo firmé tras haber leído sólo los dos primeros párrafos y el último. Ser un pusilánime me retribuía con 50.000 euros. Además su despacho se ocupaba de gestionar las posibles presiones mediáticas.

Al cabo de unas semanas la jueza terminó la instrucción, Rafaelito Montes aceptó el procesamiento y la pena que proponía el fiscal, una condena por la que pasaría probablemente el resto de su vida en la cárcel, a cambio respetaban a Desideria y evitaban cualquier implicación de doña Helena en los hechos. Tras aceptar la condena la fortuna empezó a sonreírle a Rafaelito, la televisión catalana le propuso protagonizar un reality que se titulaba un cocineros entre rejas, en principio 12 programas en los que el pequeño Montes daría rudimentos de cocina para mejorar la calidad de vida de los presos, todo gracias a una cámara que acompañaría al ilustre preso 24 horas al día. En poco tiempo se convirtió en un referente mediático, consiguió un reconocimiento impensable meses atrás.

Yo reorganicé mi vida haciendo lo que más me gustaba del mundo, no hacer nada, ver pasar las nubes, comer en la Santina, donde habían puesto mi foto convaleciente en un sitio de honor.

Invité a comer a mi amigo notario para recuperar el testamento hológrafo de Montes, a los postres, aprovechando la llama de un puro que se fumó mi antiguo compañero de universidad, destruimos el original y brindamos por la gloria de las mujeres misteriosas.

De vez en cuando recibía alguna llamada de quienes se identificaban como amigas de Jéssica, todas ellas envueltas en situaciones rocambolescas que necesitaban de la paciencia de un abogado atento y discreto. Líos de familia, de herencia, algún que otro delito más o menos menor. Todas ellas mujeres fascinantes que ejercían en mi la atracción de un agujero negro, todas misteriosas, egoístas, absorbentes, no todas se acordaban de pagar mis servicios aunque me permitían durante algunos días aspirar sus perfumes intensos, disfrutar de sus trajes ceñidos; me dejaban tomarlas del brazo a la salida de las notarías, de los juzgados, siempre ocultas tras exageradas gafas de sol. Yo siempre vestido con impecables trajes negros, normalmente de firma.

Al final la pequeña muerte por chocolate de Montes el miserable nos había venido bien a todos, incluso a Montiño, que había visto reeditados todas sus publicaciones.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Capítulo CCCLXXIII.- Pequeña muerte por chocolate (14).


14. SERVICIO DE HABITACIONES.

Era agradable la sensación de tener colgada del brazo a una mujer como Jess, me hacía sentir alguien. Higini nos hizo una señal desde la puerta, nos invitaba a regresar. Nos condujo hacia las cocinas, pidiéndonos que guardáramos silencio, había algunos invitados todavía en los salones. Esperaba que en la paz de los fogones nos hiciera alguna revelación.

Sobre una barra de mármol había una caja de cartón, por indicación de Higini Jess la abrió y asomaron unos envoltorios de papel de seda. «Canougats de chocolate. Los preferidos de Montiño. La pasta de chocolate me la traen directamente desde Perú».

Desenvolvimos uno de los papelillos y apareció una onza brillante de chocolate. Jess se la llevó a la boca y nos sonrió. Cuando Higini vio la sonrisa de Jess reanudó sus sollozos. Lo me tomé un par de pastillas de chocolate sin ser capaz de emocionarme. Le pregunté al cocinero cual era el misterio de aquellos chocolatines.

«Canougats», me rectificó. Una receta en apariencia sencilla en la que se combinaban un vaso de leche de cuarto de litro, el mismo vaso lleno de azúcar, dos onzas de chocolate negro, tres cucharadas de miel y una cucharada de mantequilla – Higini dijo una nuez -.

Se incorporan los ingredientes a un puchero a fuego vivo, primero la leche y el azúcar, después el chocolate rallado, la miel y, finalmente la mantequilla. Hay que remover constantemente para evitar que se pegue el chocolate al fondo del puchero. A medida que la mezcla toma temperatura se va espesando y cuando queda un bloque consistente se vuelva sobre un molde de caramelos previamente engrasado con aceite dulce de almendras. Se deja reposar primero en una zona fresca de la cocina y luego se termina de enfriar en la nevera antes de desmoldarlos y envolverlos en papeles de seda de diversos colores. No hay gran secreto en los canougats.

Costó desprenderse de Higini, no había manera de salir de su cocina y de desprenderse de sus abrazos y gimoteos. Jess empezó a bostezar sin disimulo,  pidió que llamaran un taxi.

Yo no paré de tomar caramelillos de chocolate.

De nuevo en la calle Jess buscó mi brazo y me susurró «ha sido siempre un pesado. Creo que estaba enamorado de Rafael. Hoy ha sido la viuda más viuda de la recepción». Un taxi se detuvo a la puerta del restaurante.« ¿Me acompañarás al hotel? Hace tanto frio, estoy tan sola, que el mundo se me viene encima». No hizo falta que insistiera mucho, aunque yo sabía que lo único que buscaba era no tener que pagar el transporte, ya iba conociendo a Jesica Palomeque. Se recostó sobre mi hombro y me preguntó si teníamos noticias de Didier, le dije que todavía era pronto, que pasarían un par de días. Mientras el conductor atravesaba la ciudad nos sumimos en un sopor agradable. El taxista se detuvo a la puerta del hotel, Jess seguía sobre mi hombro, me pidió que la acompañara hasta la habitación. Había un millón de razones para salir huyendo, probablemente la detendrían a la mañana siguiente y, entre las múltiples acusaciones, era más que posible que la imputaran como inductora al asesinato de Montes. Yo, que ya había violado todas las normas que regían la deontología de mi profesión, que había seguramente asumido riesgos más allá de lo razonable para cualquier persona con dos dedos de frente, me disponía a acompañar a Jess a la suite de un hotel de lujo. Recordaba que había una factura de varios miles de euros por satisfacer, que el acompañante de Jess estaba en un calabozo, que en pocas horas le ingresarían en prisión y que Jess se escurriría del hotel dejándome a mí como único garante de sus deudas.

Jess me gustaba, era imposible que aquella mujer no gustara al común de los mortales. No estaba ni mucho menos enamorado pero sentía cierta curiosidad como saber lo que sentiría un tipo como yo entrando del brazo de una mujer del calibre de mi acompañante, no tendría ninguna otra oportunidad en mi vida de disfrutar de un momento así, aunque me condujera irremisiblemente a la catástrofe.

En la recepción nos recibieron con la mejor de las sonrisas, nos acompañaron al ascensor. Jess seguía colgada de mi brazo y yo debía caminar seguro, dominar la situación aunque luego fuera obligado a dormir como un perro abandonado a los pies de aquella mujer.

Delante del encargado del ascensor Jess me dio un sonoro beso en la mejilla, se lo agradecí aunque pensara que era de mentira. Mientras se cerraba la puerta del elevador atravesamos el largo salón, las luces se encendían milagrosamente a nuestro paso. Franqueamos la puerta del dormitorio, pensé que en ese momento Jess me indicaría que mi sitio estaba en la antecámara, que debía enroscarme como pudiera en el sofá y esperar a que amaneciera. Siempre sorprendente me dio un beso en los labios, algo que yo no me hubiera atrevido a darle nunca. Sufrí un tremendo ataque de vértigo pensando que debía tomar la iniciativa. Yo no despegaba mis labios de los suyos, ella apoyó ligeramente la palma de sus manos sobre mi pecho y me separó. «He de pasar un momento al baño. Ponte cómodo». Mientras se despedía tomó la colcha de la cama por un extremo y abrió a mi vista las sábanas blancas, recién planchadas; hizo un gesto con la mano para indicarme que me esperaba en la cama.

Me quité primeramente la chaqueta y me aflojé el nudo de la corbata, pensé que ese era el modo correcto de ponerme cómodo. En el baño sonaba el ruido de la ducha y los minutos pasaban sin que yo recibiera ninguna otra señal.

Finalmente me atreví a sentarme en el borde de la cama, inmensa cama, el tiempo seguía transcurriendo y llegué a pensar que Jess había huido, que me había dejado solo en la habitación. Me acerqué a la puerta del baño y tembloroso golpeé ligeramente con  los nudillos, enseguida escuché su voz: «No te impacientes. Si quieres vete desnudando».

Regresé al borde de la cama, me sentía como si me hubieran sentado al borde un precipicio. Me quité los zapatos, para mí era como llegar casi al límite de la desnudez. Llevaba todo el día fuera de casa y me di cuenta de que los calcetines desprendían un tufillo que era muy poco apropiado para esa primera cita galante. Inevitable debía deshacerme de los calcetines. Me los quité y los escondí dentro de los zapatos, escondí los zapatos bajo la cama y deambulé nervioso por la habitación. Sin chaqueta, descalzo, agotado tras un día de arriba abajo; vi que la camisa además de sudada y arrugada desprendía también un olor acre casi tan incómodo como el de los calcetines. Si me quitaba también la camisa no me quedaría más remedio que desnudarme del todo.

No puede decirse que fuera de los que ganara desnudo, más bien todo lo contrario. Además mi ropa interior, comprada en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes, dejaba al descubierto el paso de la edad y de la falta de cuidado. Coloqué con cuidado los pantalones sobre la chaqueta, que reposaba en el respaldo de una silla. La camisa y los zapatos perdidos debajo de la cama.

Angustiado por un golpe de pudor me tumbé en la cama y me tapé con sábanas y colchas hasta el suelo, sólo cuando llegara la penumbra podría descubrir mis beldades. Los minutos seguían pasando sin que llegaran noticias desde el baño, seguramente el plan de Jess para evitar mayores contactos físicos era atrincherarse en el servicio hasta que yo cayera rendido, de ahí su obsesión por mi comodidad.

Pese a que lo intenté en varias ocasiones, fui incapaz de dar con los interruptores que consiguieran un ambiente más íntimo en la instancia. Con cada botón que accionaba aumentaba la iluminación de la habitación y con ella mi pudor.

Golpearon con firmeza la puerta de la habitación, sin tiempo para reaccionar una voz se anunció como servicio de habitaciones. Pensé que Jess desde el baño había encargado una botella de champagne, por un instante recuperé mis energías y autoricé a que el servicio de habitaciones entrara en el dormitorio. Lo hice desde la cama, el servicio de los grandes hoteles debía de estar más que acostumbrado a lidiar con situaciones como esta, dejarían la cubitera en una discreta esquina y dos copas sobre la mesa. Nada más lejos de mis expectativas. La puerta se abrió de golpe y ante mi apareció Rafaelito de Montes con una pistola firmemente enganchada a su mano derecha. Abrió la puerta con un gesto firme y empezó a gritar y a insultar primero a Jess y después a mí. A duras penas podía entenderle más allá de palabras sueltas, mi principal agobio era saber que probablemente moriría en calzoncillos sucios en un hotel de lujo por culpa de un acceso de curiosidad, ni siquiera de lujuria, la curiosidad de saber qué se sentía abrazando y besando a una mujer como Jess.

Pese a lo tenso de la situación lo que me obsesionaba de verdad era estar en calzoncillos, escondido entre sábanas y edredones, con cara de conejillo asustado. Dudaba si primero me ejecutaría a mí y luego se lanzaría hacia la puerta del baño. Seguía su chaparrón de insultos, puede que me estuviera dando alguna orden, yo era incapaz de procesar otra información que no fuera mi ridícula desnudez. Y de repente se abrió la puerta del aseo y entre vapores emergió Jésica completamente desnuda, desnuda y rasurada, seguramente no había tenido en la vida las dudas que a mí me atenazaban. Pude disfrutar de su cuerpo durante una milésima de segundo, luego dirigí mis ojos hacia Rafaelito, que seguía con sus insultos y con sus gestos nerviosos, quien sabe si la pistola no terminaría por dispararse accidentalmente. Rafaelito miró durante un instante el cuerpo desnudo de la que durante meses fuera su madrastra. No paraba de gritar, ahora a ella. Como impulsado por un resorte lancé las sábanas y colchas sobre el cuerpo de Rafael, tras el ajuar me abalancé yo moviendo los brazos como aspas de molino. Sonó un disparo y sentí en el hombro una punzada de calor, como si me estuvieran soldando con un soplete, después un dolor intenso. Yo no dejaba de mover los brazos y golpear el bulto bajo las sábanas. Jess me ayudaba dándole patadas e insultándole también. Intenté tomar parte de la frazada para que Jess no me viera en ropa interior.

La sangre empezó a manchar la moqueta de la habitación y las sábanas que a duras penas contenían a Rafaelito. Fue inevitable comprobar lo mal que quedaban las salpicaduras de sangre sobre mi calzoncillo, parecía que estuviera enfermo del riñón. Jess golpeaba con saña y por el rabillo del ojo pude disfrutar de partes insospechadas de su espléndida anatomía. Puede que el destino me recompensara con un absurdo revolcón antes de morir.

Todos gritábamos desaforadamente y de repente empecé a sentir golpes que no provenían del bulto, tampoco de Jess, comprendí que habían llegado los servicios de seguridad del hotel y que me habían confundido con el intruso. Era yo quien recibía los golpes de porra y amenazas de los encargados de mi seguridad. Ella desnuda y yo en calzoncillos ensangrentados podían llevar a esos gorilas a conclusiones desacertadas.

Finalmente Jess impuso su ley para indicar que el agresor estaba liado entre las mantas. Aunamos nuestros esfuerzos para terminar de noquear a quien se a duras penas se movía dentro del bulto. A medida que se clarificaba la situación fui debilitándome hasta perder el sentido. La cabeza me daba vueltas y el rojo de mi sangre se confundía con los intensos bermellones de los paisajes pintados por Wren.
En la boca me quedaba el regusto a los chocolatines con los que nos había obsequiado Higini. Disfruté cada milésima de segundo antes de desvanecerme, segundos en los que noté la cálida piel de Jess y el cremoso aroma de su body milk. Luego todo quedó oscuro, quien sabe si finalmente no habría sido yo el que había muerto. Muerto en calzoncillos sucios en una habitación de hotel de la que se debían más de treinta mil euros, sin contar con los destrozos del incidente.

Probablemente nunca había estado tan cerca de la felicidad.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CAP. CCCLXXII.- Pequeña muerte por chocolate (13)


13. LA CLARIVIDENCIA DE FERMÍN.

Apenas pude caminar unos minutos cuando recibí la esperada llamada de Jess; sonaba entre crispada y nerviosa, me comunicó que habían detenido a Didier. Me costó mostrar sorpresa. Hablaba entre hipidos en los que era complicado distinguir cuanto se debía a la ansiedad, cuanto a la indignación y cuanto al enfado. Aseguraba que no había razón alguna para la detención y veía la larga mano de la ex mujer de Montes, no andaba descaminada pero sólo con que fuera cierto la mitad del relato que aparecía en el informe había razones más que de peso para que Didier pasara una temporada larga en la cárcel. Evidentemente le oculté que disponía de la información, también omití cualquier referencia a mi encuentro con Mateu.

En el breve lapso de unos segundos me pidió que acudiera presto a la policía, que indagara en el juzgado y que fuera al hotel a hacerla compañía. Era imposible estar en los tres sitios a la vez. Advertí a Jess que las leyes españolas permitían a la policía mantener detenido a su novio durante un máximo de 72 horas y que yo sólo podría intervenir si Didier solicitaba expresamente mi presencia. Era mejor no precipitarse y esperar unas horas, sobre todo si cabía la posibilidad de que ella no tardara en ser detenida también.

El hotel en el que estaba alojada Jess estaba en la otra punta de la ciudad, no había buena combinación en transporte público; me hubiera convenido seguir mi paseo pero hubiera corrido el riesgo de nuevas llamadas a la desesperada. Con gran dolor de mi corazón paré un taxi y le pedí que me llevara al hotel.

El hotel Vela lo construyeron sobre cemento en un espigón robado al mar hacía el confín del puerto. Era una estructura de cristal y metales que destacaba groseramente sobre una amplia explanada ocupada por ciclistas, skatter y patinadores, resultaba imposible transitar por aquellos lugares sin toparse con uno de aquellos ingenios sobre ruedas.

El edificio evocaba las formas del velamen de un barco desplegado sobre el mar, era un hotel de alto lujo, ajeno a los circuitos habituales de la ciudad, asentado sobre una nueva zona destinada casi exclusivamente al turismo más selecto.

El hall del hotel era un cruce grupos cargados de maletas entre busconas, turistas despistados intentando colarse a los pisos superiores para poder hacer fotos, taxistas que ofrecían sus servicios y empleados solícitos de la empresa que se ocupaban de poner orden en el caos.

Para poder acceder a los ascensores había que pasar por un escritorio de seguridad en el que se identificaba a los transeúntes, evitando con ello que entraran intrusos.

No recordaba el apellido de Didier y me resultaba extraño que Jess hubiera reservado a su nombre. La llamé al móvil y aguardé a que contestara.

Estaba en la habitación 1245, en una de las plantas superiores del edificio; me dijo que no podía bajar a buscarme y que me las averiguara con los de seguridad, también me recordó que la habitación estaba a nombre de Didier, Didier Fecault. Resultaba violento pedir en recepción por el Sr. de Fecault, sobre todo porque si había sido detenido horas antes en su habitación aquel incidente habría causado un revuelo inusual en este tipo de establecimientos.

Confirmé mis sospechas ya que cuando di el nombre de Fecault al encargado de información torció el gesto, hube de sacar mi carnet de abogado y asegurarle que era el asesor del Sr. de Fecault y de su pareja. Antes de franquearme el paso llamó a la habitación para confirmar que era bienvenido, también apuntó mis datos en una ficha.

Jessica estaba alojada en una suite a la que se accedía por medio de un ascensor exclusivo que dejaba en el recibidor de la estancia, sólo era posible llegar a la habitación si el encargado del elevador introducía una llave en el panel y tecleaba un código de acceso. La señora de Fecault estaba advertida de mi llegada.

El recibidor de la habitación conducía a un salón enmoquetado con vistas al mar abierto, era un salón decorado como si fuera el despacho de una empresa internacional, con una amplia mesa de trabajo y cómodos asientos. Al final del salón había unas puertas de madera oscuras que seguramente daban a la alcoba.

Jess, seguramente azorada y fuera de sí, me recibió en ropa interior, unas braguitas tanga de color burdeos y un sujetador de blondas a juego. O seguía azorada o simplemente era así de desinhibida.

Me contó al detalle el modo en el que se había producido la detención, policías de paisano acompañados por el encargado de seguridad del hotel. Se habían mostrado educados pero contundentes, hasta el punto de no dejar que Didier pudiera darse ni siquiera una ducha, eso que acababa de subir del gimnasio y, todavía sudoroso, daba cuenta del desayuno. No fue posible ni la ducha, ni que se cambiara de ropa, ni siquiera que pudiera preparar una pequeña bolsa con cosas de aseo y una muda. Se lo llevaron esposado, con el chándal empapado y ninguna explicación, más allá de mostrar una petición internacional de detención que Didier había leído sin demostrar emoción alguna.

Durante su relato escuché las palabras atropello, injusticia, desfachatez, venganza, bananera, absurdo, inconstitucional, escandaloso, tercermundista, humillante, vejatorio, increíble, despreciable… No me atreví a preguntar si la policía había encontrado a Jess con la misma ropa, o falta de ropa, con la que me había recibido, o si su desnudez era consecuencia del sofoco.

En todo caso el interior de la alcoba, casi tan grande como el salón, era un revoltillo de maletas, prendas de vestir de toda índole, toallas, revistas y restos de desayuno. La cama estaba todavía sin hacer y a lo lejos el baño también parecía desordenado. Pese a todo la vista desde el ventanal era indescriptible: Mar, sólo mar, algunos cargueros y cruceros pasando por el horizonte.

Repetí a Jess lo que ya le había contado por teléfono, que la orden de detención era sin duda correcta y que la policía contaba con varias horas para poder realizar sus pesquisas. Didier, por descontado, podría llamar a un abogado, o llamarla a ella para que fuera Jess quien decidiera la mejor asistencia. Despotricó contra España, contra su sistema judicial y policial, le dije que era muy parecido en el resto de Europa y que lo que debía considerar Jess es si había razones de peso para haber adoptado esa medida, por las pocas referencias que había podido recabar era posible que Didier tuviera problemas en Luxemburgo, no me atreví a adelantarle ninguna otra conclusión.

Jess deambulaba semi en cueros por la habitación, hurgaba entre los montones de ropa, paseaba hacia el salón, no era capaz de decirme que estaba buscado o que justificara que no se pusiera una bata y se sentara unos minutos.

En cuanto tuve ocasión, no fue fácil, le anuncié que aquella misma noche habían preparado un homenaje a Montes en el restaurante de Higini, le dije que se había puesto en contacto conmigo la representación de Helena y de Rafaelito, que contaban con la presencia de Jess y que era necesario perfilar algunos detalles del encuentro, sobre todo lo referido a la organización de las mesas y los parlamentos de los asistentes más notables. Jess no lo dudó, dijo que no faltaría y que quería recordar a Rafael, hacerlo en público y hablar la última. A mi me tocaba negociar con Mateu las condiciones de ese encuentro y, seguramente, el coste del evento y el grado de contribución atribuido a Jess.

Jess por fin se dio cuenta de su desnudez, me miró fijamente a los ojos y, después de cruzarse los brazos  para cubrir parte de su vientre y entrepierna, me pidió que la dejara descansar durante un par de horas, que gestionara lo de la cena y que pasara a recogerla sobre las seis de la tarde, esperaba que a esa hora ya se hubiera aclarado lo de Didier.

Antes de que yo hubiera abandonado la estancia ella ya había empezado a cerrar las puertas del dormitorio. Me entraron dudas, dudas sobre si aguardar a que ella se recompusiera esperando en el salón o si sus órdenes era que abandonara por completo la habitación, incluso el hotel, durante esas horas. Después de valorar las distintas opciones pensé que lo más prudente era quedarme en el hotel, buscar una cafetería en la que pudiera pasar el tiempo que quedara hasta las seis, no en vano los hoteles eran mi hábitat natural.

Toqué la tecla del ascensor y mi sorpresa fue que, tras unos minutos de espera, en la cabina me esperaba el ascensorista, impoluto, esbelto e hierático como un modelo de alta costura, y un sujeto trajeado que se identificó como jefe de seguridad del hotel; para que no hubiera dudas me extendió su tarjeta, yo le di la mía. No me dio de tregua ni siquiera el viaje de regreso a la superficie, mientras bajábamos me espetó: «Póngase en mi lugar». Me hubiera gustado tener los reflejos para pedirle que, a la recíproca, se pusiera él en el mío.

Me aseguró que el hotel estaba sujeto a una durísima campaña de desprestigio orquestada por las sombras ocultas del turismo de la ciudad; que incidentes como el de esa mañana ayudaban poco a mejorar la imagen del establecimiento y la imagen de la propia Barcelona; aseguraba que entre la clientela de hotel no se aceptaban personas con los riesgos del sr. de Fecault; aquí sí que estuve ágil ya que le recordé que en España imperaba la presunción de inocencia. Ya en la entreplanta, entrando en su despacho, me exhibió una factura cercana a los 30.000 euros, eran los gastos acumulados por Jess y su acompañante durante su estancia en Barcelona. La preocupación no era sólo reputacional, sino también económica. Sin ambages me preguntó por la ocupación de la Sra. Palomeque, si era una mera acompañante, una profesional de la compañía, pareja ocasional o permanente del Sr. Fecault.

Salí en defensa de los intereses de Jess, al fin y al cabo seguía siendo mi cliente. Me levanté ofendido del asiento que me había brindado para indicarle que pensaba comunicar a la Sra. Palomeque las insinuaciones que acababa de escuchar, le advertí que la señora Palomeque había sido durante años la pareja de un insigne cronista gastronómico de la ciudad, destaqué su nombre, y fui desglosando los medios en los que había colaborado Montiño, destacando que esa misma noche la señora Palomeque tenía que acudir a un homenaje en la que estaría presente el director de uno de los periódicos más influyentes de Cataluña.

Sin duda aquel sujeto conocía a Montiño ya que de inmediato le cambió el semblante, me pidió que me sentara de nuevo y que aceptara las disculpas y un café. De nuevo me pidió que me pusiera en su lugar y que calibrara la situación. Le dije que en unas horas quedaría aclarado todo el incidente y que no dudara en modo alguno ni de la solvencia ni de la seriedad de la señora Palomeque – bastaba con que yo albergara y alimentara esas dudas -. Le dije que la señora Palomeque tenía prevista su estancia en el hotel por lo menos hasta el día siguiente y que si el hotel se ponía en la posición incómoda y  desasosegante de la señora Palomeque tal ella pudiera ayudar en los medios a consolidar el prestigio del hotel y romper una lanza – era una frase que siempre sonaba adecuada – por el buen nombre, incluyo haciendo una referencia expresa en el homenaje a Montiño que tendría repercusión en los diarios.

No sólo conseguí, por primera vez en mi vida, ser invitado a un café en un hotel de lujo, sino que además aquel tipo llamó al encargado de la Lounge – una terraza cubierta en la entreplanta – para que pudiera esperar a la señora Palomeque con comodidad. Él mismo me acompañó al Lounge para que me acomodara.

En vez de un café pedí una cerveza y un bocadillo, no había comido todavía, dejé a la elección del camarero tanto la marca de la cerveza como el tipo de bocado a tomar. Al final optó por un Baggle New York, un panecillo redondo relleno de finas lonchas de carne asada, dos tipos distintos de lechuga un una mayonesa suave de mostaza.

Antes de pedir la segunda cerveza llamé a Mateu para informarle de que tanto la sra. Palomeque como yo acudiríamos al homenaje, que no había problema alguno en cuanto a los parlamentos que pudieran producirse aquella noche, incluido el de la primera esposa y el hijo de Montes, siempre y cuando Jess pudiera disfrutar de las palabras finales. Aceptó mi petición siempre y cuando esa intervención final no durara más de cinco minutos. Al final de la conversación me preguntó si había informado a Jess de su situación y de las posibles transacciones, le dije que la señora Palomeque disponía de todos los datos y que antes de 24 horas tendría respuesta. Ganaba unas horas de margen probablemente para nada útil, sólo seguir alargando el desenlace final.

La segunda cerveza me dejó amodorrado, creo que llegué a darme una cabezada mientras hacía como si leía el diario, sólo la recomendación del jefe de seguridad evitó que fuera lanzado de aquel local. Pasadas las seis y media conseguí despejarme, pasé por el baño para enjuagarme la boca y subí presto a la habitación de Jess.

Si yo me adormilé - lo reconozco -, lo de Jess fue una siesta en condiciones, cuando llegué de nuevo a su estancia estaba con la misma desvestimenta con la que me había recibido horas antes, los ojos enrojecidos por el sueño, el pelo revuelto y cara de completa placidez. Me pidió media hora más para arreglarse, esta vez sí que me indicó que me quedara en el gabinete adjunto, dejó las puertas entornadas y pude ir adivinando sus movimientos durante la hora que duró su recomposición.

Nos habían convocado en el restaurante de Higini a las ocho y media, dio la hora prevista y todavía seguíamos en la habitación. Jess me pidió que llamara al servicio del hotel para que la habitación quedara acondicionada cuando regresaran.

A las nueve menos cuarto tomábamos un taxis, desplazamiento que seguramente tendría que abonar yo también, al principio guardaba los recibos de los viajes pensando que en algún momento recuperaría lo adelantado, aunque los últimos gastos los tuviera ya descontrolados. Al entrar en el taxi Jess me dio una carpetilla con unos papeles sueltos, casi todos ellos tenían que ver con el trabajo que hacía en Mallorca: folletos publicitarios, referencias de restaurantes y tiendas exclusivas de la isla.

Llegamos los últimos, los comensales agotaban los aperitivos y apuraban las copas en animados círculos entre los que Helena y su hijo dominaban todas las conversaciones, pasaban de un circulo a otro.

Jess mantenía su ropa interior burdeos, exuberantes las blondas del sujetador, que se escapaban de un ajustado traje de chaqueta de Channel, esta vez de tonos tostados. Pese a todos los esfuerzos fue complicado llamar la atención del resto de comensales.

Al franquear la puerta Higini golpeó ligeramente una cucharilla contra una copa de vino y pidió que todos se sentaran en una larga mesa en forma de U. Helena, Rafaelito y Jéssica presidían la cena, entre ellas colocaron al Consejero del Gobierno catalán, que ya había acudido al funeral, y al director del diario. Los dos abogados flanqueábamos a nuestras clientas.

Sobre cada plato había una pequeña esquela en la que se reseñaba el evento, el menú que ofrecía Higini y una reproducción de un inevitable cuadro de Wren.
Resultado de imagen de Leonard Wren

Habíamos pactado que los primeros parlamentos se produjeran mientras se servían los entrantes, así que el consejero empezó su intervención, por lo visto debía abandonar la cena de modo precipitado para asistir a otro compromisos.

Cuando empezó a hablar se vieron los primeros flashes, fueron palabras solemnes, impersonales. Tras el consejero intervino el editor de Montiño, un poco más emotivo, aunque yo recordara todavía el desprecio con el que me trató y trató la memoria de célebre marmitón. Fueron frases engoladas, huecas, rancias, no despertaron mucho interés, aunque el pobre Higini, que había contenido las emociones durante todo el tiempo empezó a gimotear; sus lagrimones contrastaban con el seco semblante de las mujeres e hijos de Montes; Jess tuvo la delicadeza de brindar alguna sonrisa a conocidos a los que no había podido saludar, Helena, por el contrario, no fue capaz de alterar el semblante durante las intervenciones, aunque miraba de reojo a su hijo.

El plato principal era una terrina de Liebre con confitura de ciruelas, por lo visto el plazo favorito de Montes. Cuando empezaron a servirlo Higini tomó la palabra para agradecer a Montes todas y cada una de sus críticas, las que habían permitido que aquel local fuera durante años el referente principal de la gastronomía de la ciudad. No fue capaz de hilar un discurso comprensible, rompió a llorar varias veces y, al final, fue Helena la que le tomó del brazo para que se calmara y pudieran terminar de cenar.

Con los postres intervino el director del diario en el que Montiño llevaba escribiendo décadas, prometió compilar todas las reseñas de Montes, promesa que resultó vana ya que días antes había anunciado que en unos meses el diario abandonaría su edición en papel y que sólo se serviría en formato digital.

Yo no pude aguantar más mis necesidades fisiológicas y mientras se agotaba aquel parlamento me escurrí hacia el cuarto de baño. Al pasar junto a las cocinas un viejo camarero comentaba al resto del servicio: «Vaya partida de cretinos se ha reunido aquí esta noche, además son de los que no dejarán ni un duro de propina». En la chaquetilla de aquel camarero estaba grabado el nombre de Fermín.

Regresé del baño cuando servían los postres. Primero habló Helena: seca, correcta, poco emotiva, dedicó su intervención a recordar los primeros libros y lo mucho que habían contribuido ella y los hijos a conformar el paladar de Montiño.

Rafaelito Montes fue el penúltimo en intervenir, su intervención compendió lo peor de cada uno de los intervinientes: fue engolado, hueco, vano, poco hilado, fatuo en sus referencias, obsesionado por aparecer como su verdadero sucesor.

Finalmente Jess se dispuso a intervenir, me pidió la carpetilla que me había dado en el taxi, miró a todos los comensales, hizo un mohín como de emoción, tomó aire y recordó lo mucho que quería a Montiño y lo mucho que quería que la memoria de Montes siguiera viva; acto seguido anunció que esa misma tarde había estado reunida con los máximos responsables de la televisión catalana y que en esa carpeta estaba el esbozo de un nuevo programa de televisión en el que se glosaría la figura e influencia de Montes en la cocina del país, un programa documental de 13 episodios que visitaría sus rincones preferidos de Cataluña, sus recetas predilectas, sus mejores anécdotas y algunas referencias sobre la industrial gastronómica catalana. Ella sería la asesora de los guionistas de la serie y, con el dinero que le habían prometido impulsaría la fundació Montes de Cuina de la Terra. Helena y Rafaelito descompusieron el gesto, intercambiaron miradas furibundas y buscaron con la mirada a su abogado para saber si era posible algún tipo de réplica o de recurso. Antes de obtener respuesta el público asistente rompió a aplaudir, los camareros retiraron los servicios y los invitados principales empezaron a avasallar a Jess para conocer los detalles de aquel proyecto.

Higini no paraba de llorar emocionado. Cuando comprobé que la situación estaba completamente descontrolada y que Jess se había convertido en la figura de la noche, busqué al camarero visionario y le pedí que me facilitara la receta de la terrina, siempre y cuando en la cárcel nos permitieran cocinar, porque tras la improvisada intervención de Jess tenía claro que doña Helena no se contentaría sólo con la cabeza de su oponente.

Para hacer una terrina de Liebre con confitura de ciruelas se necesitan 400 gramos de carne de liebre – ha de ser pieza de caza, no criada en cautividad -, preferiblemente de las zonas con menos hueso ya que se debe desmigar, también conviene conservar hígado y riñones. La carne de liebre se debe complementar con 200 gramos de papada de cerdo, 200 de morcillo de ternera y 200 más de lomo de cerdo – preferiblemente ibérico -. 250 gramos de ciruelas pasas deshuesadas, 100 gramos de trufa negra, 100 mililitros de oporto, la misma cantidad de coñac francés. Laurel, sal, pimienta negra, 3 huevos, 300 gramos de manteca de cerdo, romero. La terrina se puede acompañar con una mermelada de cebolla confitada y aderezada con unas gotas de vinagre.

El plato se inicia deshuesando la liebre y marinándolo durante medio día con el coñac, el oporto, sal, pimienta y laurel.

El resto de carne se ha de trocear con un cuchillo hasta conseguir dados muy pequeños. Se escurre la liebre una vez marinada y el líquido sobrante  se utiliza para mezclar el resto de carne con los huevos, unas hierbas aromáticas y la trufa rallada. Se mezcla todo bien, incluso usando las manos.

Se forra un molde con la manteca de cerdo y se pone la carne – tanto la de la liebre deshuesada como el resto de carne – y las ciruelas secas. Se compactan las carnes para que no haya burbujas de aire, Se cubre el molde con papel de aluminio y se lleva a un horno precalentado a 180 grados. El molde tiene que estar sobre una bandeja alta medio cubierta de agua, para que se haga al baño marina.

Pasados 75 minutos se saca el molde y se deja reposar un par de horas, hasta que termine de cuajar la terrina. Se desmolda en frio y se sirve en lonchas gruesas, acompañadas de un poco de mermelada de cebolla y unas tostadas de pan negro.

Antes de salir del local Jess se abrazó a Higini y le aseguró que él sería pieza principal del nuevo proyecto. Luego buscó mi brazo y salimos hacia la calle. Era ya noche cerrada, muy fría. Jess había vuelto a sorprender a todos.