lunes, 14 de septiembre de 2026
Capítulo CDXXXIII.- La construcción de un verano 3.0
Se acerca el final del verano. Quedan ya lejos las vacaciones. Los días son más cortos. Las noches un poco más frescas. Las rutinas de todo tipo están a punto de imponer su tiranía, pero todavía quedan destellos de lo que significa el verano: Una escapada a la playa, una cena que se prolonga más allá de lo necesario, el último chapuzón en la piscina para tenderse luego un rato al sol…
Esas ráfagas de lo que fue el verano hacen que septiembre sea un mes agradable. A mi me resulta más grato el tránsito del verano al otoño de lo que suele ser el de la primavera al verano, cuestión de gustos.
A lo largo de estos tres meses casi cumplidos he construido escenarios de lo que creo que es un verano ideal, queda todavía tiempo para escribir sobre otra construcción del verano compatible con ese modo sedentario de asumir el calor, también con el verano intrépido del nómada, ya que en uno y otro verano aparecen tiempos que parecen muertos y que, en realidad, están llenos de vida. Tiempos de espera o meramente contemplativos en el que me aguardan horas sentado, incluso tumbado, tiempo para pensar, para construir, también para leer.
Porque este último capítulo de la construcción de un verano lo quiero dedicar a la lectura. Ya sé que muchos políticos y celebridades aseguran que el estío lo dedican a la lectura, incluso recomiendan, dándose ínfulas, lo que leerán los días de descanso.
En mi caso, el verano ha sido desde hace más de cuarenta años el territorio ideal para los grandes retos lectores; el resto del año leo en cuanto tengo ocasión, pero las lecturas de verano tienen un sesgo especial.
Paso la mayor parte del año planificando lo que leeré los días de vacaciones. Las semanas anteriores a la partida recopilo libros, dudo, cambio de opinión; en ocasiones la maleta o la mochila con lecturas es más voluminosa que la de la ropa.
Recuerdo perfectamente mi primer verano construido sobre la lectura. Era el verano en el que cumpliría 17 años (nací a mediados de septiembre). Tuve algún percance de salud y me tocaba reposo, mucho reposo. Ese verano elegí las Memorias de Adriano y la Historia Interminable. Tengo un vago recuerdo de los dos, me dejaron buen sabor de boca, tanto que no me he atrevido a releerlos.
Después de aquel verano accidentado – las vacaciones se prolongaron hasta bien entrado septiembre porque a mi percance se le unió la operación de apendicitis de mi padre, que hubo de guardar reposo también -. Llegaron otros veranos en los que la lectura era un elemento más, un elemento fundamental de las vacaciones. Fueron veranos en los que me empeñé en leer a Proust; me costó, hasta el punto de que empecé cuatro veces en veranos sucesivos Por el Camino de Swann. Tardé mucho en subir aquellos picos, programando un volumen cada año, con la disciplina de un ciclista empeñado en subir el Tourmalet. Tuve que diseñar una planificación especial que incluyó la lectura de dos biografías y algunos ensayos sobre Proust. Ahora tengo una biblioteca bastante completa en torno a Proust y alguno de los libros de la Búsqueda del Tiempo Perdido los he duplicado porque la edición inicial, la de Alianza, tenía algunas páginas borrosas y la letra era endiabladamente pequeña.
Hubo veranos para Stendhal, veranos para Homero – he leído varias veces la Odisea, ahora de moda, en distintas ediciones (también recopilo Odiseas que tengo distribuidas por casa) -. La Iliada me costó más, pero conseguí terminarla hace un par de veranos.
Fueron especialmente agradables los veranos dedicados a Flaubert. Fui tan osado que incluso compré una edición en francés de Madame Bovary, aunque no puede pasar del capítulo III. Lo intenté con los rusos, en concreto Tolstoi y su Ana Karenina. Puede que el año que viene me atreva con Guerra y Paz.
Leí y releí el Gran Gastby, una novela a la que siempre recurro. Aquí soy fiel, leo siempre la misma edición, el mismo ejemplar.
Intento que todos los años se cuele en la mochila algún libro de historia, sobre todo contemporánea. El verano es un buen momento para intentar comprender lo que pasa en el mundo. Quedan todavía pendientes de lectura los libros que fueron de mi padre sobre la historia de España desde finales del XVIII hasta principios del XX, una época tormentosa y compleja que cuanto más leo menos entiendo.
Cada verano va acompañado de algún libro de poemas. Suelen ser poco voluminosos, fáciles de transportar. Los veranos de Gil de Biedma, los de Ángel González, Cláudio Rodríguez, Las Flores del Mal, el Spleen de París, la poesía completa de Kavafis, los versos de Comadira, los de Aleixandre encerrado en Wellintonia… Este año elegí, en el último momento, Soñar con Bicicletas, de Ángeles Mora.
Cuando me invadió el diletante fue inevitable colar en la maleta algún libro de cocina, para intentar aprender, para ampliar fronteras, pero los libros de cocina cada vez son menos manejables, por lo que en vez de llevarlos, espero a llegar a destino para comprarme alguno.
Cuando llegó el diletante con él traía la costumbre de las pequeñas novelas gastronómicas, las nouvelles que planificaba durante una gran parte del año, de diez o doce capítulos, novelillas breves que escribía en tiempos muertos y que publicaba por capítulos cada dos o tres días. Ninguna de ellas tuvo especial eco, aunque yo ahora aproveche los últimos coletazos del verano para releerlas y comprobar que tampoco estaban tan mal, aunque las escribiera para mi puro deleite. Revisando el blog creo que el diletante escribió cinco o seis novelillas gastronómicas y que otras tantas quedaron a medio escribir. Quien sabe si recuperaré el aliento para retomarlas.
La construcción del verano sobre la lectura produce una resaca agradable, aquella que permite prolongar más allá del estío las lecturas programadas para agosto. Muchas de esas lecturas, las más voluminosas, se estiraban hasta bien entrado el otoño, devolviéndome durante unos instantes el placer del tiempo vacante.
Este verano ha sido y está siendo el tiempo de la Divina Comedia. Tanto la he disfrutado que he decidido que cada noche sólo puedo leer un canto, así que terminaré septiembre y no habré salido del purgatorio. La leo en una edición bilingüe, de tapa dura, me la regaló un amigo cuando cumplí 60 años. Es una edición comentada, muy cuidada, me dio miedo llevarla a la playa, sólo la leo por la noche, como paso previo para que me venza el sueño.
Puede que, con un poco de disciplina y algunas horas invertidas en mi desordenada biblioteca, podría conseguir una cronología de mis lecturas veraniegas de estos 45 años. Seguramente esa cronología serviría como biografía personal, sobre el modo en el que me he construido a lo largo de casi medio siglo de lector.
Construir una versión del verano sobre la escritura puede hacer que las obligaciones culinarias se despisten o se relajen. Pero en la medida en la que el verano es tiempo de ocio en el que suele cambiar la percepción y el paso del tiempo, entre libro y libro puedo permitirme también zascandilear por los fogones.
En alguna ocasión, cuando he quedado sólo y holgante en la casa, tendido en un sofá o en una hamaca mientras el resto de familia hace alguna actividad de las que me generan fatiga, he interrumpido momentáneamente el placer de la lectura para preparar la comida. Programando la receta al ritmo de los capítulos, de los párrafos o los versos que tuviera entre manos. De ese modo, la lectura ayudaba a marcar el tiempo de cada uno de los pasos de la receta, devolviéndome momentáneamente a la realidad.
Para construir esta tercera versión del verano dudé entre varias recetas, alguna de ellas pura perrería para que no me distrajera, pero al final he decidido contar un plato de los de transición al otoño, un sí pero no, que puede tomarse no muy frío, tampoco muy caliente. Un plato que mezcla los restos de la cocina de verano. Unos canelones de atún.
Los canelones de atún los preparaba mi madre muchos domingos. Éramos cuatro hermanos, bastante maniáticos en lo de comer. A alguno de mis hermanos no le gustaban los lácteos, así que mi madre preparaba los domingos una grandiosa bandeja de canelones de atún a los que daba un golpe de horno para quitarles el frio antes de llevarlos a la mesa.
Ayer dejé preparados para mis hijos unos canelones de atún. Mi receta es un poco más sofisticada que la que preparaba mi madre, a la que nunca le gustó cocinar, lo hacía por obligación y se notaba.
Mis canelones empiezan picando una cebolla grande, dos zanahorias y un pimiento rojo. Los pongo a sofreír, fuego no muy vivo, pero alegre, sino la verdura se queda mortecina y no se evapora bien el agua. Añadí pimienta, una pizca de orégano, hojas de albahaca fresca y sal. Cuando esté bien rehogada la verdura añadiré una docena de tomates de pera, tomates carnosos, a poder ser maduros, de los que están a punto de ser inservibles.
En paralelo puse una gran olla con agua, allí herviría los huevos y las placas de pasta para el canelón. Herví cuatro huevos.
Hecho el sofrito de tomate, aparté un tercio para la cobertura, el resto lo pasé a un bol, para que se atemperara.
Piqué los huevos – reservé las llenas de uno de ellos, también para la cobertura -, dos latas no muy grandes de aceitunas rellenas de anchoa y cuatro latas de atún en aceite. Escurrí un poco el aceite para que la masa quedara compacta.
Podría añadir pepinillos, alcaparras, cebolleta fresca, cangrejo, sobras de algún pescado… Este plato es de aprovechamiento, lo acepta casi todo. Aunque en esta ocasión me conformé con la opción básica, sin más complementos.
El secreto es que todo quede bien picado y se pueda mezclar bien con el sofrito de tomate y verdura.
Conviene que no haya trozos grandes, que todo se amalgame para poder ir formando los canelones.
Engrasé con mantequilla una bandeja para ir formando y depositando cada canelón. Conviene ser algo cuidadoso y no muy generoso con la farsa, para que la pasta cierre bien. El truco para que no se deshagan es que la farsa no quede depositada en el centro, sino en el tercio inferior de la masa extendida, así es más fácil de enrollar. Otro truco, también eficaz, es utilizar placas de lasaña en vez de las de canelones, así los canelones son más grandes y más fáciles de manejar. Un canelón grande, ahora de toda moda en los restaurantes, hace las delicias de los más tragones.
Hechos los canelones, toca cubrir la bandeja con abundante sofrito de tomate – hay quien se atreve a colocar primero una capa de bechamel ligera antes de añadir el tomate, va en gustos -. Sobre el tomate espolvoreé un poco de yema de huevo picada, que hace las veces del queso rallado y le da una nota de color – si se quiere algo más sofisticado, otra opción de topping puede ser la del katsoubushis, las lascas de bonito seco que utilizan los japoneses, con ellas consiguen que el plato parezca que se mueva ya que las láminas son tan finas y delicadas que se cimbrean sobre la salsa de tomate.
He dudado también con el cuadro que colgaré en Instagram (#undiletanteenlacocina). Tenía pensada una pintura de una artista alemana moderna, la descubrí en Palma de Mallorca hace unos meses; pero al final he preferido algo más contundente, puede que decadente y cansino, pero creo que es una buena transición para que dentro de unas semanas empiece a construir un otoño, se trata del retrato del Principe don Carlos de Viana, obra de José Moreno Carbonero, está en la galería de las obras de gran formato de la planta baja del Museo del Prado.
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