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miércoles, 10 de agosto de 2011

CAP.XLV.- Usos y abusos de los ritos iniciáticos.

Ayer finalmente cenamos en CALIMA. En medio del caos de Marbella una isla de paz, la cena sorprendente, respetuosa con los productos y platos de la tierra; platos nada barrocos, sencillos en apariencia, pero con mucha trastienda. No soy crítico de gastronomía - los hay mejores que ya han hecho la reseña -, pero para mi gusto el más vistoso y sorprendente fue la pipirrana nitro de bacalao.
Mi intención sin embargo no es la de glosar las bondades de la cocina de Dani García sino la de hablar de un riesgo que tiene mucho que ver con propuestas como la de CALIMA que convierten el hecho o acto de cenar en un rito casi iniciático que tiene que ver con la moda/ritual de los menús degustación.
En ocasiones comento a mis amigos que poca gente ha hecho tanto daño a la música como los Beatles, no lo digo porque no me gusten sus canciones - que no están entre mis preferidas -, sino porque fueron y se creyeron tan grandes que a su sombra surgieron infinidades de grupos y tendencias que terminaron por convertir el pop en algo muy noño o excesivamente trascendente.
Seguramente con Ferrán Adriá y todos sus seguidores reales o imaginarios pueda afirmarse algo similar a lo que pienso de los Beatles y que seguramente Adriá, uno de los creadores más elevados del arte culinario, puede ser el responsable de la desaparición de la restauración considerada como un acto social, lúdico y esencialmente placentero en el que el comensal, el cliente, puede actuar con cierta libertad de criterio.
Los menús degustación se han convertido ya en una plaga que corre el riesgo de hacer desparecer de la faz de la tierra los restaurantes. Me explico: Primeramente hay que advertir que cada vez son más los restaurantes que han eliminado la carta y que imponen al comensal un menú cerrado en el que ni tan siquiera se puede alterar el orden del servicio, a lo sumo tienen el detalle de preguntarte antes de la cena si hay algún producto que genere alergias o rechazo visceral en el comensal. Por lo tanto vas a comer a piñón fijo.
El segundo problema de este tipo de restaurantes es que cada vez sirven menos comidas y se han especializado en cenas, rompiendo con ello la regla de oro de desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo. Las cenas largas y estrechas están destinadas a estómagos altamente resistentes y sus digestiones requieren aguantar despierto hasta altas horas de la noche para terminar de digerir las preparaciones.
Las cartas de vinos, aguas y licores son enciclopédicas y convierten la elección de los vinos en un duro ejercicio de (s)elección bajo la rigurosa mirada del somelier, permanentemente dispuesto a conducirte a una decisión que no es ajena a altos riesgos - hay que pensar que todos y cada uno de los vinos suelen multiplicar por 3 sus precios habituales de mercado y para los que no somos ricos de familia eso quiere decir que el vino puede convertir la factura en una verdadera ruina. Ni qué decir tiene que pedir un vino dulce con los postres o alguna copa larga o corta al final - suelen ser también afamados cocteleros - lanza la factura directamente a la estratosfera.
No es correcto hablar de dinero pero hay que decir que este tipo de experiencias gastronómicas no son ni mucho menos baratas, los que tenemos este tipo de aficiones establecemos algún tipo de ahorro que nos permite darnos homenajes de vez en cuando. En todo caso cualquier precio de referencia que aparezca publicado ha de incrementarse en un 40% por comensal debido a los extras.
Lo de comer de tapas es gracioso y permite probar muchos sabores distintos, productos insospechados que se incorporan a nuestro paladar como el dichoso yuzu que se ha puesto de moda o los derivados de cualquier tipo de lácteo fermentado chino, tibetano o de la patagonia. Sin embargo impide construir el menú al gusto del comensal lo que hace que si en mi caso me ha gustado mucho un plato - como los cucuruchos de atún de barbate o los falsos tomates de la pipirrana -, tenga que quedarme con las ganas y mantenerme sometido a la ferrea disciplina del chef. Recuerdo la experiencia de Mugaritz en la que tuvimos que probar hasta tres tubérculos asados de textura áspera para completar el menú degustación.
En este tipo de restaurantes es complicado - salvo que se vaya con papel, lápiz y cámara de fotos - que quede la impronta de algún plato en la memoria, lo que hace que con el paso de los días la referencia de los guisos quede en una nebulosa de recuerdos no siempre definidos, de ahí que sea importante repetir la frase que una vez me dijo un amigo tras acudir a uno de estos templos de la gastronomía: Si uno de los platos no te ha emocionado la experiencia no ha merecido la pena.
Tampoco es fácil reservar en estos restaurantes, de ahí que tengas que amoldarte a la disponibilidad de las agendas del restaurante e ir a cenar el día y la hora que te preasignan por teléfono o internet, incluso algún restaurante muy laureado establece un sistema de reserva por página web que obliga a realizar un ejercicio de precisión y suerte tan complejo como la cocina que sirven - hay restaurantes que abren sus agendas una vez cada tres meses y sólo durante unas horas en internet.
De ahí que sólo asumido como un rito pueda acudirse a cualquiera de estas grastrotecas de moda, como un un rito iniciático en el que no se debe perder la atención ni a lo que se come ni a la explicación que facilita el jefe de sala, a la que suele dedicar varios minutos explicando el nombre, los ingredientes, el proceso de elaboración y el modo en el que debe comerse, recibiendo severas reprimendas si se inicia la ingesta antes de que concluya la exposición.
Como todo rito iniciático suele haber fanáticos que peregrinan todos los años a estas nuevas mecas -de de reconocer que yo pretendo ser uno de ellos -, del mismo modo que hay viscerales detractores.
El problema que me planteo es cuantas personas están realmente dispuestas a someterse a este conjunto de rigores por el puro placer de cenar. Son realmente rentables este tipo de negocios destinados a un grupo reducido de elegidos ? Todos estos cocineros suelen convertirse en marcas móviles que sirven para publicitar cualquier tipo de producto, incluso patrocinar otras líneas de restauración más sencillas y baratas vinculadas a su nombre, experiencias gastronómicas menores que resultan finalmente frustrante tanto para el que conoce la gama alta del creador, como para el neófito que no entiende porqué ha de pagar más de 20 euros por unas patatas bravas.
En definitiva estos popes de la nueva cocina tienen todavía mucho que aprender de la bonhomia y de la gestión de los viejos zorros de la restauración, como ejemplo sirva Juan Mari Arzak y su restaurante de San Sebastián, una verdadera gozada para el comensal de cualquier nivel, un tipo cercano, rodeado de un equipo sensacional dispuesto a darte media ración de cualquier plato con la finalidad de que sea el comensal y no el cocinero el que decida qué y cómo ha de comer.
El cuadro de hoy es el de una pareja de peces melancólicos esperando la llegada de un barco fantasma llamado Seducción, un cuadro de Magritte.
Tenía pensado decostruir una receta tradicional de pollo con aceitunas pero creo que lo dejaré para mejor ocasión, cuando me haya recuperado del impacto de la cocina tecnoemocional y empiece a gestionar la reserva para el año que viene.

lunes, 8 de agosto de 2011

CAP.XLIV.- El diletante y su sombra.

Mañana a las 21'30 horas tenemos reserva en el restaurante Calima, de Dani García, en Marbella. Desde hace muchos años le he tenido cierta prevención a lo de viajar a Marbella en verano, seguramente será un prejuicio absurdo ya que nunca he ido a Marbella, pero la imagen pública que irradia aquella ciudad y, en general, la costa del sol, están en las antípodas de mi ideal de verano. Seguro que hay personas estupendas que llevan años veraneando por la zona y que son capaces de convencerme de las bondades estivales de la zona.
He de decir que la razón fundamental de salvar esas reticencias ha sido la propuesta gastronómica de Dani García, un cocinero que desde hace años me ha llamado la atención por su atrevimiento técnico y por su voluntad - ya desde el Tragabuches de Ronda - de modernizar la cocina tradicional andaluza. Hoy mismo he leido en el blog de un profesional de la crítica gastronómica - Carlos Maribona - una larga y reciente reseña que aunque me ha desentrañado alguna sorpresas, hace que la visita de mañana sea todavía más apetecible.(Esta es la reseña del blog: http://www.abc.es/blogs/gastronomia/).
Pero hoy no es mi intención empezar a salivar con las recetas de Dani García sino hablar de la sombra del diletante - que no es ni mucho menos alargada -. Revisando las entradas, sobre todo las más recientes, me ha entrado cierta inquietud, puede que quien no conozca al diletante en la cocina piense que es un ocioso y sofisticado gourmand - no he de negar que aspiro a serlo - pero hasta el momento la cocina del Diletante ha invertido muchas más horas en preparar cacerolas de albóndigas para los niños que en idear espumas imposibles.
La cocina cotidiana difícilmente puede convertirse en un escenario de experimentación culinaria, los comensales habituales de la casa terminarían tirándome los platos a la cabeza, de ahí que el día al día se gestione a base a de arroces con conejo, macarrones con carne picada, algún salmorejo - el pimiento y el pepino me repiten, por eso he eliminado casi por completos los gazpachos -, el pollo empanado y algunas ensaladas. Eso no quiere decir que en cada uno de estos guisos - tanto los de verano como los de invierno - no sea necesario buscar ciertas pautas más o menos sagradas como la de evitar los congelados y los precocinados, intentar que cada plato tenga su tiempo oportuno de cocción, sin abusar del microhondas, ajenos a la olla express.
Incluso los guisos más humildes y cotidianos pueden abrir alguna ventana por lo menos a la sorpresa.
El diletante y su sombra andan estos días fase reflexiva, no sobre la comida y los cocinillas, sino sobre los héroes modernos. Las carteleras de cine están pobladas de presuntos superhéroes modernos, presuntos porque seguramente los héroes modernos tienen poco que ver con los Spidermans y Batmans que entusiasman a mis hijos. Puede que ha heroicidad moderna se encuentre en las debilidades asumidas de los juguetes de Toy Story o en las dudas existenciales de los Monstruos S.A. (los que tengan niños pequeños entenderán estas referencias). Estos días leyendo la despedida de Adriá pude también leer algunos comentarios bastante certeros como el de Izquierdo sobre estos presuntos héroes de la modernidad.
La lectura de la Educación Sentimental con las cobardías y mezquindades de Frederic Moureau puede que sean más atinadas para definir los caracteres de este héroe de la modernidad. En mi caso mis preferencias desde hace años se han decantado por otro mezquino bonvivant, el Ripley de Patricia Hightsmith, personaje al que sin duda habré de hacer referencia en futuras entradas dado que Ripley era un exquisito coleccionista de arte y un refinado gourmet...
Los niños no se han levantado todavía de la siesta, conviene ir cerrando la entrada. Para ello primero un cuadro feliz de Maruja Mallo - una pintora surrealista nacida en Vivero y exiliada en París y Argentina -, el cuadro que acompaño lo compró André Breton en el año 1929, se titula El Espantapajaros:
Y como receta una de la sombra del diletante, cogida de oídas esta misma mañana de Maika - la tía de mi mujer - que es nuestro referente y, sobre todo el de los niños, aquí en Salobreña.
Para este pisto es necesario cierto cacharreo porque cada ingrediente se ha de freir por separado, así que hay que armarse de cierta paciencia y tener algo de logística en la cocina.
Arrancaremos pelando un par de patatas y cortándolas en cuadritos pequeños. Hay que freirlas hasta que queden bien doradas, escurrirlas y apartarlas.
Los siguientes ingredientes que tenemos que dorar son los calabacines - dos - y las berenjenas - otras dos -, también en cuadritos de un tamaño similar al de las patatas. Hay que pocharlos a fuego muy bajo ya que no se trata de que se frían sino de que se sofrían.
La tercera sartenada es la destinada a los pimientos - dos verdes y uno rojo -, Maika también los frie en sartén aparte; aquí me invade el diletante y sustituye los pimientos fritos por unos pimientos horneados - las bandejas esas de pimiento amarillo, verde y rojo pueden servir -, se trata de escalibarlos al horno y dejarlos pelados y en tiras.
La cuarta y definitiva sartén es la destinada al tomate frito, para esta receta es necesario un quilo largo de tomates de pera pelados y troceados. Maika asegura que lo de la cebolla es opcional pero a mi me cuesta mucho hacer un tomate frito sin la cebolla, que le vamos a hacer. A media coción hay que añadir una cucharada sopera de azucar para evitar la acidez del tomate. Un buen tomate frito exige el fuego muy lento y cierto tiempo de cocción.
Maika, como casi todos los cocineros de fuste, suelen ser bastante fuleros a la hora de dar sus recetas, de ahí que me diga que su pisto sólo lleva como condimento la sal, que no le añade ni pimienta de comino, al igual que con la cebolla, que es opcional, nada dice de la posibilidad de poner un par de ajos enteros. Lo que si es importante es que con cada sartén haya que incorporar la correspondiente sal - sobre todo con las verduras para que suelten el agua -. Y luego mezclarlo todo al final en una olla intentando que no se deshagan del todo los cuadraditos de patata y los de berenjena.
El diletante ataca en este tramo final a su sombra y propone una presentación diferente en la que en vez de mezclar los ingredientes una vez sofritos, los monta utilizando un aro metálico: Primero una cama de patatas fritas, después las tiras de pimiento escalibados con un poco de comino en polvo(dicen que ayuda a que la cebolla, los pimientos y en su caso el ajo no repitan), la siguiente capa la conformarán los calabacines y berenjenas pochadas y sobre ellas un par o tres de cucharadas generosas de tomate frito que empape bien el resto de ingredientes. Sobre el pisto va estupendo colocar un huevo recien pochado o un lomo de bacalao frito, incluso unos tacos de atún pasados ligeramente por la plancha. Un poco de pan para mojar y pisto preparado.