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martes, 11 de marzo de 2014

CAP.CCCX.- Bocados de realidad.


No es sencillo mantener un grado de fertilidad constante en esto de la diletancia; como en todo, en la diletancia hay ciclos o rachas en las que parece que no haya cocinado en la vida.

Buscaba inspiración en los últimos platos probados, más composiciones que platos. Investigaba sobre el origen de los pimientos del cristal, cultivados en Navarra, concretamente en Corella – dicen los que saben. Se asan a fuego vivo de sarmientos hasta que se arrebata la piel externa del pimiento. Se sacan del fuego con cuidado, para que no se quiebren, y se envuelven en papel de estraza para que conserven el calor.

Hay que pelarlos cuando todavía están calientes, casi escaldándose los dedos. Si se pelan sobre una bandeja se puede aprovechar el caldillo que destilan.

Los pimientos del cristal – rojos por supuesto – se pasan unos segundos sobre una sartén engrasada, se colocan en tiras sobre un plato blanco, si puede ser rectangular.

Se elige un huevo hermoso, separando la yema de la clara. La yema se coloca sobre las tiras de pimiento.

La clara se fríe en una sartén aparte, cuando esté cuajada se dobla como si fuera un pañuelo – de los que solían ponerse los señoritos de postguerra en el bolsillo de la chaqueta -. Las puntillas doradas, brillantes.

La clara frita se coloca sobre los pimientos, justo debajo de la yema. Si se tiene cierta gracia el contraste del plato blanco, la yema y la clara puede crear un trampojo divertido. Se enluce el plato con unos cristales de sal maldon y un chorrito de aceite de oliva verde intenso.

Podría haberme contentado con llegar hasta aquí, incluso pedirle prestada la foto al restaurante La Manduca de Azagra, en la web vi la receta; pero la realidad termina dando bocados tremendos.
No solo porque hoy haga 10 años del 11/M, me pilló en Madrid.

La frivolidad puede ser un remedio cuando para suavizar la realidad, sobre todo cuando las circunstancias permiten a uno ser frívolo.

Cerca de mi casa hay una plaza muy amplia, sin apenas árboles; tiene forma irregular, con un mercado en medio. En uno de los extremos hay un banco - una entidad bancaria – y en el cajero duerme durante hace unos días una pareja. Cuando me toca levantarme pronto todavía duermen con cierta placidez, abrazados y cubiertos con mantas viejas. Ordenan el calzado, las cuatro o cinco pertenencias que les quedan, apelotonadas en un carro de compra destartalado.

Da cierto pudor – y algo de miedo, para ser sinceros – hacer uso del cajero mientras duermen.

A eso de las ocho menos cuarto llegan los primeros empleados del banco, supongo que debe existir una red de acuerdos tácitos sobre el uso de los cajeros. Hubo temporadas en los que permanecían cerrados a cal y canto, impidiendo el acceso a cualquier transeúnte. Sin embargo durante el invierno, sobre todo las noches más crudas,  decidieron dejarlos abiertos, sobre todo porque la estación de metro cercano sí que cierra irremisiblemente a la media noche – parece que los banqueros tienen mejor corazón que los concejales.

La directora de la oficina les deja pagado un café en el bar de la esquina, que abre sobre las siete, de ese modo desalojan el cajero de modo ordenado y desayunan en la terraza, todavía envueltos en mantas. Es una pareja de mediana edad, con las facciones curtidas – deben llevar tiempo en la calle -. No hay restos de botellas ni de bricks de vino, sólo tristeza.

Conozco a la encargada del bar y no me extrañaría que junto al café que paga la empleada del banco caiga también algo de bollería o un bocadillo. Mientras desayunan se ventila el cajero, como ventilamos cualquiera de nosotros la habitación.

Los ocupantes del cajero vigilan discretamente a los que van/vamos a sacar dinero; no piden limosna, ni mucho menos, parece que intentaran descifrar las claves de la suerte, de las razones que les han llevado/nos han llevado a estar donde estamos. Puede que dos o tres decisiones o situaciones cruciales en la vida hubieran podido intercambiar a unos y otros.

Viéndoles es inevitable pensar que la suerte juega en todo esto.

Cuando terminan de desayunar se trasladan al banco – de sentarse – está enfrente del cajero; siguen escrutando en silencio a los transeúntes, a los niños que esperan uniformados la llegada de la ruta del colegio.

Apenas hablan, solo aguardan a que pase el tiempo, sin hacer comentarios. Sobre las nueve desaparecen de la plaza y pasadas las diez de la noche, cuando cierra el bar, regresan primero al banco de la calle y después al cajero. Extienden las mantas, se abrazan y seguramente refunfuñan porque la iluminación del cajero es muy intensa.

La pareja se ha integrado en la vida del barrio, nadie parece escandalizarse, aunque todos evitamos mirarles a los ojos. Como digo no piden limosna, tampoco buscan diluirse u ocultarse. Todos tenemos algo de responsabilidad por permitir que haya gente que duerma en la calle, mucha gente duerme en la calle y quienes mandan, quienes mandamos, preferimos no mirarles a los ojos.

Son bocados de realidad. Nada que ver con los mendigos de Murillo, son más bien los espectros de Daumier.