sábado, 26 de septiembre de 2015

Capítulo CCCLXXIII.- Pequeña muerte por chocolate (14).


14. SERVICIO DE HABITACIONES.

Era agradable la sensación de tener colgada del brazo a una mujer como Jess, me hacía sentir alguien. Higini nos hizo una señal desde la puerta, nos invitaba a regresar. Nos condujo hacia las cocinas, pidiéndonos que guardáramos silencio, había algunos invitados todavía en los salones. Esperaba que en la paz de los fogones nos hiciera alguna revelación.

Sobre una barra de mármol había una caja de cartón, por indicación de Higini Jess la abrió y asomaron unos envoltorios de papel de seda. «Canougats de chocolate. Los preferidos de Montiño. La pasta de chocolate me la traen directamente desde Perú».

Desenvolvimos uno de los papelillos y apareció una onza brillante de chocolate. Jess se la llevó a la boca y nos sonrió. Cuando Higini vio la sonrisa de Jess reanudó sus sollozos. Lo me tomé un par de pastillas de chocolate sin ser capaz de emocionarme. Le pregunté al cocinero cual era el misterio de aquellos chocolatines.

«Canougats», me rectificó. Una receta en apariencia sencilla en la que se combinaban un vaso de leche de cuarto de litro, el mismo vaso lleno de azúcar, dos onzas de chocolate negro, tres cucharadas de miel y una cucharada de mantequilla – Higini dijo una nuez -.

Se incorporan los ingredientes a un puchero a fuego vivo, primero la leche y el azúcar, después el chocolate rallado, la miel y, finalmente la mantequilla. Hay que remover constantemente para evitar que se pegue el chocolate al fondo del puchero. A medida que la mezcla toma temperatura se va espesando y cuando queda un bloque consistente se vuelva sobre un molde de caramelos previamente engrasado con aceite dulce de almendras. Se deja reposar primero en una zona fresca de la cocina y luego se termina de enfriar en la nevera antes de desmoldarlos y envolverlos en papeles de seda de diversos colores. No hay gran secreto en los canougats.

Costó desprenderse de Higini, no había manera de salir de su cocina y de desprenderse de sus abrazos y gimoteos. Jess empezó a bostezar sin disimulo,  pidió que llamaran un taxi.

Yo no paré de tomar caramelillos de chocolate.

De nuevo en la calle Jess buscó mi brazo y me susurró «ha sido siempre un pesado. Creo que estaba enamorado de Rafael. Hoy ha sido la viuda más viuda de la recepción». Un taxi se detuvo a la puerta del restaurante.« ¿Me acompañarás al hotel? Hace tanto frio, estoy tan sola, que el mundo se me viene encima». No hizo falta que insistiera mucho, aunque yo sabía que lo único que buscaba era no tener que pagar el transporte, ya iba conociendo a Jesica Palomeque. Se recostó sobre mi hombro y me preguntó si teníamos noticias de Didier, le dije que todavía era pronto, que pasarían un par de días. Mientras el conductor atravesaba la ciudad nos sumimos en un sopor agradable. El taxista se detuvo a la puerta del hotel, Jess seguía sobre mi hombro, me pidió que la acompañara hasta la habitación. Había un millón de razones para salir huyendo, probablemente la detendrían a la mañana siguiente y, entre las múltiples acusaciones, era más que posible que la imputaran como inductora al asesinato de Montes. Yo, que ya había violado todas las normas que regían la deontología de mi profesión, que había seguramente asumido riesgos más allá de lo razonable para cualquier persona con dos dedos de frente, me disponía a acompañar a Jess a la suite de un hotel de lujo. Recordaba que había una factura de varios miles de euros por satisfacer, que el acompañante de Jess estaba en un calabozo, que en pocas horas le ingresarían en prisión y que Jess se escurriría del hotel dejándome a mí como único garante de sus deudas.

Jess me gustaba, era imposible que aquella mujer no gustara al común de los mortales. No estaba ni mucho menos enamorado pero sentía cierta curiosidad como saber lo que sentiría un tipo como yo entrando del brazo de una mujer del calibre de mi acompañante, no tendría ninguna otra oportunidad en mi vida de disfrutar de un momento así, aunque me condujera irremisiblemente a la catástrofe.

En la recepción nos recibieron con la mejor de las sonrisas, nos acompañaron al ascensor. Jess seguía colgada de mi brazo y yo debía caminar seguro, dominar la situación aunque luego fuera obligado a dormir como un perro abandonado a los pies de aquella mujer.

Delante del encargado del ascensor Jess me dio un sonoro beso en la mejilla, se lo agradecí aunque pensara que era de mentira. Mientras se cerraba la puerta del elevador atravesamos el largo salón, las luces se encendían milagrosamente a nuestro paso. Franqueamos la puerta del dormitorio, pensé que en ese momento Jess me indicaría que mi sitio estaba en la antecámara, que debía enroscarme como pudiera en el sofá y esperar a que amaneciera. Siempre sorprendente me dio un beso en los labios, algo que yo no me hubiera atrevido a darle nunca. Sufrí un tremendo ataque de vértigo pensando que debía tomar la iniciativa. Yo no despegaba mis labios de los suyos, ella apoyó ligeramente la palma de sus manos sobre mi pecho y me separó. «He de pasar un momento al baño. Ponte cómodo». Mientras se despedía tomó la colcha de la cama por un extremo y abrió a mi vista las sábanas blancas, recién planchadas; hizo un gesto con la mano para indicarme que me esperaba en la cama.

Me quité primeramente la chaqueta y me aflojé el nudo de la corbata, pensé que ese era el modo correcto de ponerme cómodo. En el baño sonaba el ruido de la ducha y los minutos pasaban sin que yo recibiera ninguna otra señal.

Finalmente me atreví a sentarme en el borde de la cama, inmensa cama, el tiempo seguía transcurriendo y llegué a pensar que Jess había huido, que me había dejado solo en la habitación. Me acerqué a la puerta del baño y tembloroso golpeé ligeramente con  los nudillos, enseguida escuché su voz: «No te impacientes. Si quieres vete desnudando».

Regresé al borde de la cama, me sentía como si me hubieran sentado al borde un precipicio. Me quité los zapatos, para mí era como llegar casi al límite de la desnudez. Llevaba todo el día fuera de casa y me di cuenta de que los calcetines desprendían un tufillo que era muy poco apropiado para esa primera cita galante. Inevitable debía deshacerme de los calcetines. Me los quité y los escondí dentro de los zapatos, escondí los zapatos bajo la cama y deambulé nervioso por la habitación. Sin chaqueta, descalzo, agotado tras un día de arriba abajo; vi que la camisa además de sudada y arrugada desprendía también un olor acre casi tan incómodo como el de los calcetines. Si me quitaba también la camisa no me quedaría más remedio que desnudarme del todo.

No puede decirse que fuera de los que ganara desnudo, más bien todo lo contrario. Además mi ropa interior, comprada en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes, dejaba al descubierto el paso de la edad y de la falta de cuidado. Coloqué con cuidado los pantalones sobre la chaqueta, que reposaba en el respaldo de una silla. La camisa y los zapatos perdidos debajo de la cama.

Angustiado por un golpe de pudor me tumbé en la cama y me tapé con sábanas y colchas hasta el suelo, sólo cuando llegara la penumbra podría descubrir mis beldades. Los minutos seguían pasando sin que llegaran noticias desde el baño, seguramente el plan de Jess para evitar mayores contactos físicos era atrincherarse en el servicio hasta que yo cayera rendido, de ahí su obsesión por mi comodidad.

Pese a que lo intenté en varias ocasiones, fui incapaz de dar con los interruptores que consiguieran un ambiente más íntimo en la instancia. Con cada botón que accionaba aumentaba la iluminación de la habitación y con ella mi pudor.

Golpearon con firmeza la puerta de la habitación, sin tiempo para reaccionar una voz se anunció como servicio de habitaciones. Pensé que Jess desde el baño había encargado una botella de champagne, por un instante recuperé mis energías y autoricé a que el servicio de habitaciones entrara en el dormitorio. Lo hice desde la cama, el servicio de los grandes hoteles debía de estar más que acostumbrado a lidiar con situaciones como esta, dejarían la cubitera en una discreta esquina y dos copas sobre la mesa. Nada más lejos de mis expectativas. La puerta se abrió de golpe y ante mi apareció Rafaelito de Montes con una pistola firmemente enganchada a su mano derecha. Abrió la puerta con un gesto firme y empezó a gritar y a insultar primero a Jess y después a mí. A duras penas podía entenderle más allá de palabras sueltas, mi principal agobio era saber que probablemente moriría en calzoncillos sucios en un hotel de lujo por culpa de un acceso de curiosidad, ni siquiera de lujuria, la curiosidad de saber qué se sentía abrazando y besando a una mujer como Jess.

Pese a lo tenso de la situación lo que me obsesionaba de verdad era estar en calzoncillos, escondido entre sábanas y edredones, con cara de conejillo asustado. Dudaba si primero me ejecutaría a mí y luego se lanzaría hacia la puerta del baño. Seguía su chaparrón de insultos, puede que me estuviera dando alguna orden, yo era incapaz de procesar otra información que no fuera mi ridícula desnudez. Y de repente se abrió la puerta del aseo y entre vapores emergió Jésica completamente desnuda, desnuda y rasurada, seguramente no había tenido en la vida las dudas que a mí me atenazaban. Pude disfrutar de su cuerpo durante una milésima de segundo, luego dirigí mis ojos hacia Rafaelito, que seguía con sus insultos y con sus gestos nerviosos, quien sabe si la pistola no terminaría por dispararse accidentalmente. Rafaelito miró durante un instante el cuerpo desnudo de la que durante meses fuera su madrastra. No paraba de gritar, ahora a ella. Como impulsado por un resorte lancé las sábanas y colchas sobre el cuerpo de Rafael, tras el ajuar me abalancé yo moviendo los brazos como aspas de molino. Sonó un disparo y sentí en el hombro una punzada de calor, como si me estuvieran soldando con un soplete, después un dolor intenso. Yo no dejaba de mover los brazos y golpear el bulto bajo las sábanas. Jess me ayudaba dándole patadas e insultándole también. Intenté tomar parte de la frazada para que Jess no me viera en ropa interior.

La sangre empezó a manchar la moqueta de la habitación y las sábanas que a duras penas contenían a Rafaelito. Fue inevitable comprobar lo mal que quedaban las salpicaduras de sangre sobre mi calzoncillo, parecía que estuviera enfermo del riñón. Jess golpeaba con saña y por el rabillo del ojo pude disfrutar de partes insospechadas de su espléndida anatomía. Puede que el destino me recompensara con un absurdo revolcón antes de morir.

Todos gritábamos desaforadamente y de repente empecé a sentir golpes que no provenían del bulto, tampoco de Jess, comprendí que habían llegado los servicios de seguridad del hotel y que me habían confundido con el intruso. Era yo quien recibía los golpes de porra y amenazas de los encargados de mi seguridad. Ella desnuda y yo en calzoncillos ensangrentados podían llevar a esos gorilas a conclusiones desacertadas.

Finalmente Jess impuso su ley para indicar que el agresor estaba liado entre las mantas. Aunamos nuestros esfuerzos para terminar de noquear a quien se a duras penas se movía dentro del bulto. A medida que se clarificaba la situación fui debilitándome hasta perder el sentido. La cabeza me daba vueltas y el rojo de mi sangre se confundía con los intensos bermellones de los paisajes pintados por Wren.
En la boca me quedaba el regusto a los chocolatines con los que nos había obsequiado Higini. Disfruté cada milésima de segundo antes de desvanecerme, segundos en los que noté la cálida piel de Jess y el cremoso aroma de su body milk. Luego todo quedó oscuro, quien sabe si finalmente no habría sido yo el que había muerto. Muerto en calzoncillos sucios en una habitación de hotel de la que se debían más de treinta mil euros, sin contar con los destrozos del incidente.

Probablemente nunca había estado tan cerca de la felicidad.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CAP. CCCLXXII.- Pequeña muerte por chocolate (13)


13. LA CLARIVIDENCIA DE FERMÍN.

Apenas pude caminar unos minutos cuando recibí la esperada llamada de Jess; sonaba entre crispada y nerviosa, me comunicó que habían detenido a Didier. Me costó mostrar sorpresa. Hablaba entre hipidos en los que era complicado distinguir cuanto se debía a la ansiedad, cuanto a la indignación y cuanto al enfado. Aseguraba que no había razón alguna para la detención y veía la larga mano de la ex mujer de Montes, no andaba descaminada pero sólo con que fuera cierto la mitad del relato que aparecía en el informe había razones más que de peso para que Didier pasara una temporada larga en la cárcel. Evidentemente le oculté que disponía de la información, también omití cualquier referencia a mi encuentro con Mateu.

En el breve lapso de unos segundos me pidió que acudiera presto a la policía, que indagara en el juzgado y que fuera al hotel a hacerla compañía. Era imposible estar en los tres sitios a la vez. Advertí a Jess que las leyes españolas permitían a la policía mantener detenido a su novio durante un máximo de 72 horas y que yo sólo podría intervenir si Didier solicitaba expresamente mi presencia. Era mejor no precipitarse y esperar unas horas, sobre todo si cabía la posibilidad de que ella no tardara en ser detenida también.

El hotel en el que estaba alojada Jess estaba en la otra punta de la ciudad, no había buena combinación en transporte público; me hubiera convenido seguir mi paseo pero hubiera corrido el riesgo de nuevas llamadas a la desesperada. Con gran dolor de mi corazón paré un taxi y le pedí que me llevara al hotel.

El hotel Vela lo construyeron sobre cemento en un espigón robado al mar hacía el confín del puerto. Era una estructura de cristal y metales que destacaba groseramente sobre una amplia explanada ocupada por ciclistas, skatter y patinadores, resultaba imposible transitar por aquellos lugares sin toparse con uno de aquellos ingenios sobre ruedas.

El edificio evocaba las formas del velamen de un barco desplegado sobre el mar, era un hotel de alto lujo, ajeno a los circuitos habituales de la ciudad, asentado sobre una nueva zona destinada casi exclusivamente al turismo más selecto.

El hall del hotel era un cruce grupos cargados de maletas entre busconas, turistas despistados intentando colarse a los pisos superiores para poder hacer fotos, taxistas que ofrecían sus servicios y empleados solícitos de la empresa que se ocupaban de poner orden en el caos.

Para poder acceder a los ascensores había que pasar por un escritorio de seguridad en el que se identificaba a los transeúntes, evitando con ello que entraran intrusos.

No recordaba el apellido de Didier y me resultaba extraño que Jess hubiera reservado a su nombre. La llamé al móvil y aguardé a que contestara.

Estaba en la habitación 1245, en una de las plantas superiores del edificio; me dijo que no podía bajar a buscarme y que me las averiguara con los de seguridad, también me recordó que la habitación estaba a nombre de Didier, Didier Fecault. Resultaba violento pedir en recepción por el Sr. de Fecault, sobre todo porque si había sido detenido horas antes en su habitación aquel incidente habría causado un revuelo inusual en este tipo de establecimientos.

Confirmé mis sospechas ya que cuando di el nombre de Fecault al encargado de información torció el gesto, hube de sacar mi carnet de abogado y asegurarle que era el asesor del Sr. de Fecault y de su pareja. Antes de franquearme el paso llamó a la habitación para confirmar que era bienvenido, también apuntó mis datos en una ficha.

Jessica estaba alojada en una suite a la que se accedía por medio de un ascensor exclusivo que dejaba en el recibidor de la estancia, sólo era posible llegar a la habitación si el encargado del elevador introducía una llave en el panel y tecleaba un código de acceso. La señora de Fecault estaba advertida de mi llegada.

El recibidor de la habitación conducía a un salón enmoquetado con vistas al mar abierto, era un salón decorado como si fuera el despacho de una empresa internacional, con una amplia mesa de trabajo y cómodos asientos. Al final del salón había unas puertas de madera oscuras que seguramente daban a la alcoba.

Jess, seguramente azorada y fuera de sí, me recibió en ropa interior, unas braguitas tanga de color burdeos y un sujetador de blondas a juego. O seguía azorada o simplemente era así de desinhibida.

Me contó al detalle el modo en el que se había producido la detención, policías de paisano acompañados por el encargado de seguridad del hotel. Se habían mostrado educados pero contundentes, hasta el punto de no dejar que Didier pudiera darse ni siquiera una ducha, eso que acababa de subir del gimnasio y, todavía sudoroso, daba cuenta del desayuno. No fue posible ni la ducha, ni que se cambiara de ropa, ni siquiera que pudiera preparar una pequeña bolsa con cosas de aseo y una muda. Se lo llevaron esposado, con el chándal empapado y ninguna explicación, más allá de mostrar una petición internacional de detención que Didier había leído sin demostrar emoción alguna.

Durante su relato escuché las palabras atropello, injusticia, desfachatez, venganza, bananera, absurdo, inconstitucional, escandaloso, tercermundista, humillante, vejatorio, increíble, despreciable… No me atreví a preguntar si la policía había encontrado a Jess con la misma ropa, o falta de ropa, con la que me había recibido, o si su desnudez era consecuencia del sofoco.

En todo caso el interior de la alcoba, casi tan grande como el salón, era un revoltillo de maletas, prendas de vestir de toda índole, toallas, revistas y restos de desayuno. La cama estaba todavía sin hacer y a lo lejos el baño también parecía desordenado. Pese a todo la vista desde el ventanal era indescriptible: Mar, sólo mar, algunos cargueros y cruceros pasando por el horizonte.

Repetí a Jess lo que ya le había contado por teléfono, que la orden de detención era sin duda correcta y que la policía contaba con varias horas para poder realizar sus pesquisas. Didier, por descontado, podría llamar a un abogado, o llamarla a ella para que fuera Jess quien decidiera la mejor asistencia. Despotricó contra España, contra su sistema judicial y policial, le dije que era muy parecido en el resto de Europa y que lo que debía considerar Jess es si había razones de peso para haber adoptado esa medida, por las pocas referencias que había podido recabar era posible que Didier tuviera problemas en Luxemburgo, no me atreví a adelantarle ninguna otra conclusión.

Jess deambulaba semi en cueros por la habitación, hurgaba entre los montones de ropa, paseaba hacia el salón, no era capaz de decirme que estaba buscado o que justificara que no se pusiera una bata y se sentara unos minutos.

En cuanto tuve ocasión, no fue fácil, le anuncié que aquella misma noche habían preparado un homenaje a Montes en el restaurante de Higini, le dije que se había puesto en contacto conmigo la representación de Helena y de Rafaelito, que contaban con la presencia de Jess y que era necesario perfilar algunos detalles del encuentro, sobre todo lo referido a la organización de las mesas y los parlamentos de los asistentes más notables. Jess no lo dudó, dijo que no faltaría y que quería recordar a Rafael, hacerlo en público y hablar la última. A mi me tocaba negociar con Mateu las condiciones de ese encuentro y, seguramente, el coste del evento y el grado de contribución atribuido a Jess.

Jess por fin se dio cuenta de su desnudez, me miró fijamente a los ojos y, después de cruzarse los brazos  para cubrir parte de su vientre y entrepierna, me pidió que la dejara descansar durante un par de horas, que gestionara lo de la cena y que pasara a recogerla sobre las seis de la tarde, esperaba que a esa hora ya se hubiera aclarado lo de Didier.

Antes de que yo hubiera abandonado la estancia ella ya había empezado a cerrar las puertas del dormitorio. Me entraron dudas, dudas sobre si aguardar a que ella se recompusiera esperando en el salón o si sus órdenes era que abandonara por completo la habitación, incluso el hotel, durante esas horas. Después de valorar las distintas opciones pensé que lo más prudente era quedarme en el hotel, buscar una cafetería en la que pudiera pasar el tiempo que quedara hasta las seis, no en vano los hoteles eran mi hábitat natural.

Toqué la tecla del ascensor y mi sorpresa fue que, tras unos minutos de espera, en la cabina me esperaba el ascensorista, impoluto, esbelto e hierático como un modelo de alta costura, y un sujeto trajeado que se identificó como jefe de seguridad del hotel; para que no hubiera dudas me extendió su tarjeta, yo le di la mía. No me dio de tregua ni siquiera el viaje de regreso a la superficie, mientras bajábamos me espetó: «Póngase en mi lugar». Me hubiera gustado tener los reflejos para pedirle que, a la recíproca, se pusiera él en el mío.

Me aseguró que el hotel estaba sujeto a una durísima campaña de desprestigio orquestada por las sombras ocultas del turismo de la ciudad; que incidentes como el de esa mañana ayudaban poco a mejorar la imagen del establecimiento y la imagen de la propia Barcelona; aseguraba que entre la clientela de hotel no se aceptaban personas con los riesgos del sr. de Fecault; aquí sí que estuve ágil ya que le recordé que en España imperaba la presunción de inocencia. Ya en la entreplanta, entrando en su despacho, me exhibió una factura cercana a los 30.000 euros, eran los gastos acumulados por Jess y su acompañante durante su estancia en Barcelona. La preocupación no era sólo reputacional, sino también económica. Sin ambages me preguntó por la ocupación de la Sra. Palomeque, si era una mera acompañante, una profesional de la compañía, pareja ocasional o permanente del Sr. Fecault.

Salí en defensa de los intereses de Jess, al fin y al cabo seguía siendo mi cliente. Me levanté ofendido del asiento que me había brindado para indicarle que pensaba comunicar a la Sra. Palomeque las insinuaciones que acababa de escuchar, le advertí que la señora Palomeque había sido durante años la pareja de un insigne cronista gastronómico de la ciudad, destaqué su nombre, y fui desglosando los medios en los que había colaborado Montiño, destacando que esa misma noche la señora Palomeque tenía que acudir a un homenaje en la que estaría presente el director de uno de los periódicos más influyentes de Cataluña.

Sin duda aquel sujeto conocía a Montiño ya que de inmediato le cambió el semblante, me pidió que me sentara de nuevo y que aceptara las disculpas y un café. De nuevo me pidió que me pusiera en su lugar y que calibrara la situación. Le dije que en unas horas quedaría aclarado todo el incidente y que no dudara en modo alguno ni de la solvencia ni de la seriedad de la señora Palomeque – bastaba con que yo albergara y alimentara esas dudas -. Le dije que la señora Palomeque tenía prevista su estancia en el hotel por lo menos hasta el día siguiente y que si el hotel se ponía en la posición incómoda y  desasosegante de la señora Palomeque tal ella pudiera ayudar en los medios a consolidar el prestigio del hotel y romper una lanza – era una frase que siempre sonaba adecuada – por el buen nombre, incluyo haciendo una referencia expresa en el homenaje a Montiño que tendría repercusión en los diarios.

No sólo conseguí, por primera vez en mi vida, ser invitado a un café en un hotel de lujo, sino que además aquel tipo llamó al encargado de la Lounge – una terraza cubierta en la entreplanta – para que pudiera esperar a la señora Palomeque con comodidad. Él mismo me acompañó al Lounge para que me acomodara.

En vez de un café pedí una cerveza y un bocadillo, no había comido todavía, dejé a la elección del camarero tanto la marca de la cerveza como el tipo de bocado a tomar. Al final optó por un Baggle New York, un panecillo redondo relleno de finas lonchas de carne asada, dos tipos distintos de lechuga un una mayonesa suave de mostaza.

Antes de pedir la segunda cerveza llamé a Mateu para informarle de que tanto la sra. Palomeque como yo acudiríamos al homenaje, que no había problema alguno en cuanto a los parlamentos que pudieran producirse aquella noche, incluido el de la primera esposa y el hijo de Montes, siempre y cuando Jess pudiera disfrutar de las palabras finales. Aceptó mi petición siempre y cuando esa intervención final no durara más de cinco minutos. Al final de la conversación me preguntó si había informado a Jess de su situación y de las posibles transacciones, le dije que la señora Palomeque disponía de todos los datos y que antes de 24 horas tendría respuesta. Ganaba unas horas de margen probablemente para nada útil, sólo seguir alargando el desenlace final.

La segunda cerveza me dejó amodorrado, creo que llegué a darme una cabezada mientras hacía como si leía el diario, sólo la recomendación del jefe de seguridad evitó que fuera lanzado de aquel local. Pasadas las seis y media conseguí despejarme, pasé por el baño para enjuagarme la boca y subí presto a la habitación de Jess.

Si yo me adormilé - lo reconozco -, lo de Jess fue una siesta en condiciones, cuando llegué de nuevo a su estancia estaba con la misma desvestimenta con la que me había recibido horas antes, los ojos enrojecidos por el sueño, el pelo revuelto y cara de completa placidez. Me pidió media hora más para arreglarse, esta vez sí que me indicó que me quedara en el gabinete adjunto, dejó las puertas entornadas y pude ir adivinando sus movimientos durante la hora que duró su recomposición.

Nos habían convocado en el restaurante de Higini a las ocho y media, dio la hora prevista y todavía seguíamos en la habitación. Jess me pidió que llamara al servicio del hotel para que la habitación quedara acondicionada cuando regresaran.

A las nueve menos cuarto tomábamos un taxis, desplazamiento que seguramente tendría que abonar yo también, al principio guardaba los recibos de los viajes pensando que en algún momento recuperaría lo adelantado, aunque los últimos gastos los tuviera ya descontrolados. Al entrar en el taxi Jess me dio una carpetilla con unos papeles sueltos, casi todos ellos tenían que ver con el trabajo que hacía en Mallorca: folletos publicitarios, referencias de restaurantes y tiendas exclusivas de la isla.

Llegamos los últimos, los comensales agotaban los aperitivos y apuraban las copas en animados círculos entre los que Helena y su hijo dominaban todas las conversaciones, pasaban de un circulo a otro.

Jess mantenía su ropa interior burdeos, exuberantes las blondas del sujetador, que se escapaban de un ajustado traje de chaqueta de Channel, esta vez de tonos tostados. Pese a todos los esfuerzos fue complicado llamar la atención del resto de comensales.

Al franquear la puerta Higini golpeó ligeramente una cucharilla contra una copa de vino y pidió que todos se sentaran en una larga mesa en forma de U. Helena, Rafaelito y Jéssica presidían la cena, entre ellas colocaron al Consejero del Gobierno catalán, que ya había acudido al funeral, y al director del diario. Los dos abogados flanqueábamos a nuestras clientas.

Sobre cada plato había una pequeña esquela en la que se reseñaba el evento, el menú que ofrecía Higini y una reproducción de un inevitable cuadro de Wren.
Resultado de imagen de Leonard Wren

Habíamos pactado que los primeros parlamentos se produjeran mientras se servían los entrantes, así que el consejero empezó su intervención, por lo visto debía abandonar la cena de modo precipitado para asistir a otro compromisos.

Cuando empezó a hablar se vieron los primeros flashes, fueron palabras solemnes, impersonales. Tras el consejero intervino el editor de Montiño, un poco más emotivo, aunque yo recordara todavía el desprecio con el que me trató y trató la memoria de célebre marmitón. Fueron frases engoladas, huecas, rancias, no despertaron mucho interés, aunque el pobre Higini, que había contenido las emociones durante todo el tiempo empezó a gimotear; sus lagrimones contrastaban con el seco semblante de las mujeres e hijos de Montes; Jess tuvo la delicadeza de brindar alguna sonrisa a conocidos a los que no había podido saludar, Helena, por el contrario, no fue capaz de alterar el semblante durante las intervenciones, aunque miraba de reojo a su hijo.

El plato principal era una terrina de Liebre con confitura de ciruelas, por lo visto el plazo favorito de Montes. Cuando empezaron a servirlo Higini tomó la palabra para agradecer a Montes todas y cada una de sus críticas, las que habían permitido que aquel local fuera durante años el referente principal de la gastronomía de la ciudad. No fue capaz de hilar un discurso comprensible, rompió a llorar varias veces y, al final, fue Helena la que le tomó del brazo para que se calmara y pudieran terminar de cenar.

Con los postres intervino el director del diario en el que Montiño llevaba escribiendo décadas, prometió compilar todas las reseñas de Montes, promesa que resultó vana ya que días antes había anunciado que en unos meses el diario abandonaría su edición en papel y que sólo se serviría en formato digital.

Yo no pude aguantar más mis necesidades fisiológicas y mientras se agotaba aquel parlamento me escurrí hacia el cuarto de baño. Al pasar junto a las cocinas un viejo camarero comentaba al resto del servicio: «Vaya partida de cretinos se ha reunido aquí esta noche, además son de los que no dejarán ni un duro de propina». En la chaquetilla de aquel camarero estaba grabado el nombre de Fermín.

Regresé del baño cuando servían los postres. Primero habló Helena: seca, correcta, poco emotiva, dedicó su intervención a recordar los primeros libros y lo mucho que habían contribuido ella y los hijos a conformar el paladar de Montiño.

Rafaelito Montes fue el penúltimo en intervenir, su intervención compendió lo peor de cada uno de los intervinientes: fue engolado, hueco, vano, poco hilado, fatuo en sus referencias, obsesionado por aparecer como su verdadero sucesor.

Finalmente Jess se dispuso a intervenir, me pidió la carpetilla que me había dado en el taxi, miró a todos los comensales, hizo un mohín como de emoción, tomó aire y recordó lo mucho que quería a Montiño y lo mucho que quería que la memoria de Montes siguiera viva; acto seguido anunció que esa misma tarde había estado reunida con los máximos responsables de la televisión catalana y que en esa carpeta estaba el esbozo de un nuevo programa de televisión en el que se glosaría la figura e influencia de Montes en la cocina del país, un programa documental de 13 episodios que visitaría sus rincones preferidos de Cataluña, sus recetas predilectas, sus mejores anécdotas y algunas referencias sobre la industrial gastronómica catalana. Ella sería la asesora de los guionistas de la serie y, con el dinero que le habían prometido impulsaría la fundació Montes de Cuina de la Terra. Helena y Rafaelito descompusieron el gesto, intercambiaron miradas furibundas y buscaron con la mirada a su abogado para saber si era posible algún tipo de réplica o de recurso. Antes de obtener respuesta el público asistente rompió a aplaudir, los camareros retiraron los servicios y los invitados principales empezaron a avasallar a Jess para conocer los detalles de aquel proyecto.

Higini no paraba de llorar emocionado. Cuando comprobé que la situación estaba completamente descontrolada y que Jess se había convertido en la figura de la noche, busqué al camarero visionario y le pedí que me facilitara la receta de la terrina, siempre y cuando en la cárcel nos permitieran cocinar, porque tras la improvisada intervención de Jess tenía claro que doña Helena no se contentaría sólo con la cabeza de su oponente.

Para hacer una terrina de Liebre con confitura de ciruelas se necesitan 400 gramos de carne de liebre – ha de ser pieza de caza, no criada en cautividad -, preferiblemente de las zonas con menos hueso ya que se debe desmigar, también conviene conservar hígado y riñones. La carne de liebre se debe complementar con 200 gramos de papada de cerdo, 200 de morcillo de ternera y 200 más de lomo de cerdo – preferiblemente ibérico -. 250 gramos de ciruelas pasas deshuesadas, 100 gramos de trufa negra, 100 mililitros de oporto, la misma cantidad de coñac francés. Laurel, sal, pimienta negra, 3 huevos, 300 gramos de manteca de cerdo, romero. La terrina se puede acompañar con una mermelada de cebolla confitada y aderezada con unas gotas de vinagre.

El plato se inicia deshuesando la liebre y marinándolo durante medio día con el coñac, el oporto, sal, pimienta y laurel.

El resto de carne se ha de trocear con un cuchillo hasta conseguir dados muy pequeños. Se escurre la liebre una vez marinada y el líquido sobrante  se utiliza para mezclar el resto de carne con los huevos, unas hierbas aromáticas y la trufa rallada. Se mezcla todo bien, incluso usando las manos.

Se forra un molde con la manteca de cerdo y se pone la carne – tanto la de la liebre deshuesada como el resto de carne – y las ciruelas secas. Se compactan las carnes para que no haya burbujas de aire, Se cubre el molde con papel de aluminio y se lleva a un horno precalentado a 180 grados. El molde tiene que estar sobre una bandeja alta medio cubierta de agua, para que se haga al baño marina.

Pasados 75 minutos se saca el molde y se deja reposar un par de horas, hasta que termine de cuajar la terrina. Se desmolda en frio y se sirve en lonchas gruesas, acompañadas de un poco de mermelada de cebolla y unas tostadas de pan negro.

Antes de salir del local Jess se abrazó a Higini y le aseguró que él sería pieza principal del nuevo proyecto. Luego buscó mi brazo y salimos hacia la calle. Era ya noche cerrada, muy fría. Jess había vuelto a sorprender a todos.

sábado, 22 de agosto de 2015

CAP.CCCLXXI.- Pequeña muerte por chocolate (12)


12. SEDOSO PERE MATEU.

La siesta fue menos placentera de lo previsto. Pere Mateu, el abogado que aquella misma mañana había bombardeado a mi clienta con todo tipo de insinuaciones, quería verme. Recibí varias llamadas, era insistente, yo dejaba sonar el teléfono mientras intentaba dormitar en el sofá.

Hasta que no me despejé, me preparé una cafetera y redacté el escrito solicitando a la juez Lafourcade diligencias de instrucción que abrieran nuevas líneas de investigación no le devolví la llamada.

Mateu dejó varios mensajes en mi buzón de voz, aseguraba que resultaría provechoso que nos viéramos de inmediato. Su tono de voz era parecido al silbido de una serpiente: dulce, distante, cautivador. Empezaba sus mensajes llamándome «respetado compañero» y aseguraba que a la señora Palomeque le resultaría de sumo interés escuchar sus propuestas.

Dejé que se desesperara, así constataba que habíamos pinchado en alguna zona dolorosa y sensible de sus clientes. Al filo de las siete de la tarde decidí llamarle, aduje que había estado ocupado atendiendo a otros clientes. Llamé directamente a su móvil, sin pasar por el filtro del ejército de secretarias y asistentes que tenía en su despacho.

Quería verme a toda costa, un encuentro privado, discreto, informal… Estaba dispuesto a suspender su agenda de aquella tarde, incluso de la noche si fuera menester. Preferí darle cierta distancia y demoré nuestro encuentro hasta el día siguiente.

Se disponía a desplazarse a mi inexistente despacho, quería evitar sus elegantes salas de paseo de Gracia ya que la reunión no era oficial, era extremadamente delicada y, además, afectaba a un cliente personal suyo, no del despacho. Helena de Montes le había pedido, como favor personal, que defendiera a Desideria, la criada de la familia.

Le convoqué a la mañana siguiente, a las once, en la cafetería que había junto a la recepción del hotel Juan Carlos I; no era un lugar cómodo, cogía ciertamente a desmano de cualquier sitio. Quedando a media mañana me daría tiempo a pasar por el juzgado y dejar sellada mi solicitud de prueba y las razones de la misma.

El Juan Carlos I era parada habitual de muchos árabes que pasaban por la ciudad, aunque era un hotel relativamente moderno y con aires funcionales tenía cierta majestuosidad. Daba vértigo entrar a su recepción, puede que por tratarse de un espacio sin techo, inmensamente grande, solamente protegido por las paredes acristaladas del edificio.

El hotel estaba sometido a estrictas medidas de seguridad, mayoritariamente privadas; por el hall principal circulaba una marea de túnicas y chilabas que podían llegar a convencerte de que aquel era un sitio enclavado en Dhubai, lleno de jeques, emires y colaterales; de mujeres con el rostro velado y niños correteando sobre las mullidas moquetas de la recepción. Sólo el enjambre de ruidosos taxistas barceloninos que aguardaban a la entrada rompía la magia de las mil y una noches.

No me fiaba en absoluto de Pere Mateu, aunque habíamos quedado a las 11 yo aparecí por el hotel a eso de las diez. Fue extremadamente doloroso porque mi bolsillo estaba ya en pérdidas, pero tuve que acceder al hotel en taxi, no hay transporte público directo y para llegar a una zona cercana al hotel hay que tomar una combinación de metro y tranvía que era poco eficiente, además amaneció el día lluvioso y no quería aparecer con el traje hecho un acordeón.

Ya había tenido algunos encuentros profesionales en el hotel. Había una zona decorada como un saloncito inglés en la que era posible tener un encuentro de trabajo, aunque las mesas eran exageradamente bajas y el despliegue de ordenador personal y papeles judiciales resultaba incómodo, algo forzado. Era una zona pensada para lectores de periódico.

Busqué una mesa cercana a un grupo amplio de árabes que departían amigablemente con tres o cuatro sujetos trajeados, me coloqué de manera que desde la entrada a la cafetería pareciera que yo era uno más de aquella reunión, era cuestión de jugar con las perspectivas. Pedí al camarero el consabido café con leche, un diario en inglés – lengua que no dominaba en absoluto – y coloqué sobre la mesa una carpeta con fotocopias del sumario.

A las once menos cuarto llegó el compañero Mateu, traje impecable, con una ligera raya diplomática, sin una sola arruga. Era increíble ver su rubicundo flequillo peinado de manera tal que su flequillo basculaba al menor movimiento, parecía un personaje de una película inglesa de espías.

Levanté el brazo para saludarle, mientras me incorporaba hice el ademán de despedirme de mis ficticios compañeros, bastaba con hacer como si hablara con ellos indicándoles que no se levantaran de la mesa. A mis ficticios compañeros extrañados de mis muecas  no les quedó más remedio que fijarse en mi lo que permitió una composición casi perfecta.

«Justo terminaba la reunión», le dije a Mateu,«quedan algunos flecos que pulirán mis colaboradores. Tenemos media hora para charlar». Le extendí la mano.

Buscamos una mesa lo más alejada posible de la que ocupaba inicialmente, coloqué a Mateu dando la espalda a mi ficticios acompañantes para que no pudiera mirarles en modo alguno.

Mateu agradeció que hubiera hecho un hueco en mi agenda con tanta premura y me rogó que nos tuteáramos, yo le dije que mientras hubiéramos de tratar temas profesionales prefería mantener ciertas formas. Sonrió y fue de inmediato al grano del asunto.

«Querido Marçel», no pudo evitar seguir tuteándome, «ya te he adelantado que me han rogado que asuma la defensa de la fiel Desideria Ramirez, la criada del Rafael de Montes, difícilmente encontraréis nada que pueda incriminarla, pero son tantos años de fidelidad a la familia que doña Helena me ha pedido que la acompañe si tiene que declarar.» Hizo un breve silencio que le sirvió para tomar aire «Ni a ti, perdón, ni a usted, ni a mi nos conviene que nuestros clientes pierdan los estribos y que vuelquen en el juzgado las cuitas y diferencias de estructuras familiares complejas que arrastran años de conflicto». Yo asentí con la cabeza. «Mis clientes», continuó, «a quienes no les faltan razones para desconfiar de la señorita Palomeque, me han autorizado para hacer una propuesta». Silencio de nuevo. «Pero antes me han autorizado para compartir contigo cierta información que llegará al juzgado en breve». Abrió una carpeta de cuero, mucho más elegante que la mía, ya desgastada, y sacó tres dosieres perfectamente encuadernados. Me indicó que eran copias para mí, que los originales estaban en el despacho.

Mientras Mateu pedía un café con leche y a mí me traían una nueva consumición, empecé a hojear los documentos. «No te importará si pido algo sólido para acompañar el café, a estas horas necesito un poco de azúcar», con su interrupción me hizo saber que sería yo el que tendría que hacer frente a la factura por las consumiciones.

A vuelapluma le di un vistazo a las tres carpetillas que puso a mi disposición, la primera se titulaba Historial Delictivo de Didier Fecault, allí aparecían algunas órdenes de búsqueda y captura internacional, copia de resoluciones dictadas por tribunales belgas, franceses y luxemburgueses y un breve resumen ejecutivo en el que se imputaban al Sr. Fecault varios delitos de estafa a gran escala así como el uso de información privilegiada en transacciones mercantiles vinculadas a turbios negocios de países del Este. La segunda carpeta tenía como leyenda El Sr. Fecault en España, allí aparecían sobre todo fotografías del Sr. Fecault en actitudes cariñosas con la señora Palomeque, alguna de las fotografías se habían tomado en la intimidad de una lujosa habitación de hotel, otras en un yate amarrado en la bahía de Palma y las últimas circulando en un Masserati último modelo; por lo visto el Sr. Fecault había dejado sin pagar facturas en las Baleares cercanas a los cien mil euros, circunstancia que había determinado que varios abogados mallorquines hubieran iniciado acciones legales contra Didier Mon Amour. La tercera de las informaciones iba enmarcada con la referencia Palomeque, también había fotografías, algunas indecorosas, en un contundente apartado de conclusiones se aseguraba que la Sra. Palomeque ejercía una suerte de prostitución de altos vuelos, que conocía y se relacionaba con el Sr. Fecault desde hacía varios años y que había elementos de convicción lo suficientemente firmes como para acreditar que la señora Palomeque había sido mantenido relaciones íntimas con terceros antes, durante y después de su relación formalizada con el Sr. Montes.

«En definitiva, querido Ruiz de Manyanet, tu cliente es una prostituta, o mejor dicho una prostipluta, a la que no sería fácil imputar la muerte del Sr. Montes». Silencio de nuevo. Me costó un poco descubrir el juego de palabras del sedoso Mateu, hube de recurrir a los neblinosos recuerdos del bachillerato para recordar que Pluto era el dios de la riqueza griego y que, en una comedia de Aristófanes se jugaba con su ceguera para justificar su prodigalidad.

Tomó aire Mateu, que volvía a parecer que actuaba frente a un tribunal y continuó con su monólogo: «Pero no es de interés de mis clientes ver a la Sra. Palomeque entre rejas, ni mucho menos, tampoco verla sometida a un penoso procedimiento penal por inducción al asesinato; sólo queremos que reconozca que obró con malicia, que se aprovechó del pobre Montes, ya en el declive de su hombría, que devuelva aquello que se llevó indebidamente y que pida perdón».

Mientras peroraba fue deslizando sobre el mármol de la mesa una cuartilla con una lista de peticiones, yo hube de sortear platillos con bollería, tazas, jarras y vasos para hacerme con el listado de reclamaciones. Mateu puso su mirada sobre las ensaimadas y croasanes disponiéndose a desayunar, como si yo no le hiciera compañía.

La lista de reclamaciones empezaba con la devolución de hasta tres Leonards Wren - adjuntaba unas fotografías que reproducían los cuadros -, así como unas litografías firmadas por Miró, Dalí y Tapies, manuscritos sin concretas, varios libros de ediciones bibliófilas, una cristalería de bohemia, una cubertería completa de alpaca y dos vajillas inglesas para doce comensales. Trescientos mil euros, acciones en varias sociedades cotizadas y una declaración jurada en la que pedía expresas disculpas a doña Helena, a sus hijos y al entorno familiar de Rafael Montes por las insidias vertidas durante los últimos meses.

Si la señora Palomeque – me dijo – aceptaba esas condiciones, ellos estaban dispuestos a solicitar una pena mínima por estafa y apropiación indebida que evitaría a la Sra. Palomeque ir a la cárcel; creía Mateu que resultaría difícil que el juzgado pudiera imputar a la Sra. Palomeque ningún tipo de participación en la muerte de Rafael Montes, sobre todo si la familia abandonaba la acusación particular.

Mateu me advirtió que para que la señora Palomeque fuera consciente de la fortaleza de sus argumentos esa misma mañana sería detenido el Sr. Fecault ya que pondrían a disposición del juzgado el primero de los informes sobre las andanzas y desventuras del querido Didier.

Antes de dejar mi compañía el abogado Mateu me indicó que Jéssica disponía de 24 horas para tomar una decisión, que esperaba que yo contribuyera a que la ponderación que le correspondía realizar a Jéssica se decantara por una solución amistosa; prueba de la buena voluntad de Mateu y de sus representadas, el abogado me indicó que si culminaba con éxito la transacción doña Helena estaba dispuesta a asumir el pago de mis honorarios profesionales sin discusión ni enmienda alguna. También me indicó Mateu que esa misma noche estaba previsto un homenaje a Rafael Montes organizado por la redacción del diario en el que colaboraban, la cita era restaurante de Higini, a las nueve de la noche; aunque la situación era compleja Perez Pin había rogado que asistiera todo el entorno de Montes, incluida Jéssica. Me advirtió que doña Helena acudiría acompañada por su abogado y que esperaba que doña Jéssica hiciera lo propio, tal vez así pudiera sellarse el pacto. Me extendió la mano, que parecía de mantequilla, y marchó dejándome con la palabra en la boca.

Quedaban sobre la mesa varios bocados, una jarra con café, otra con leche y una factura desproporcionada – Mateu había incluido los desplazamientos al hotel asegurando en recepción que los atendería el Sr. Ruiz de Manyanet. Pagué con prontitud, para evitar suspicacias, y decidí pasar allí el resto de la mañana, en parte para amortizar el coste de aquel festín mañanero, en parte para intentar diseñar lo que pudiera definirse como una estrategia, sin duda imposible.

La lectura de los dosieres era demoledora y las pruebas, al parecer, irrefutables. Pasó un camarero y le pedí el diario, si tenía que pasar lo irremediable mejor que me pillara relajado.

Escondida en un recuadro de la parte inferior de una página par aparecía una receta de Rafael de Montes, el hijo había sustituido la foto de su padre por una en la que, barbilampiño, aparecía en una pose similar a la de su progenitor. La propuesta era sencilla, un plato tradicional de canelones, tan tradicional que no creo que nadie en su sano juicio tomara canelones después de conocer los elementos que incorporaba el relleno de carne, a saber: Unos sesos de cordero, 250 gramos de carne magra de cerdo, una pechuga de pollo de corral, dos higadillos de pollo, una cebolla pequeña, dos tomates maduras, una copita de coñac, una cucharada de harina, un vasito de leche, aceite, sal, pimienta y una pizca de mantequilla. En la bechamel no parecía haber secretos: 40 gramos de mantequilla, otros tantos de harina, medio litro de leche, sal, aceite y una pizca de nuez moscada. Para coronar el plato queso rallado, que no fuera muy fuerte.

Comenzaba la receta hirviendo las placas de pasta en abundante agua, recomendaba una marca específica, supongo que porque esponsorizaba el espacio en el diario. Una vez hervidos, y evitando que quedaran excesivamente blandos, los enfriaba al chorro de agua fría antes de extenderlos sobre un trapo para que terminaran de perder la humedad.

La carne la preparaba en una cazuela de barro cortando a dados la pechuga y la carne magra de cerdo, dados pequeñitos. Una vez dorada la carne añadía los higadillos, la cebolla cortada en juliana, los tomates rallados y la copita de coñac. Se dejaba sofreír durante unos minutos, hasta que la carne quedara tierna y la pechuga de pollo empezara a deshilacharse. Era el momento de añadir el seso de cordero cuidando que no quedaran filamentos de las pequeñas venas y nervosidades, un poco de sal y un poco de pimienta sin parar de remover hasta que los sesos se hubieran deshecho y ligado la carne.

Montes junior recomendaba pasar toda la carne por una batidora, para que quedara una masa melosa, pero advertía que la textura del canelón iba en gustos. Cuando la carne estaba bien guisada se preparaba en una sartén la primera pizca de mantequilla, cuando se ha deshecho se tuesta un poco de harina y se añade la primera porción de leche. Esa mezcla se incorpora a la carne cocinada para que termine de compactar la masa. Hay que dejar que se rehogue durante 5 minutos más, cuidando que no se pegue la carne a la cazuela.

Cuando esté hecha del todo la carne se cubre con un paño humedecido para que la capa superior no se quede dura. La carne ha de reposar durante 40 ó 50 minutos. Mientras tanto se prepara la salsa bechamel.

Cuando esté templada y asentada la carne, cocinada también la bechamel, se empiezan a formar los canelones utilizando las placas de pasta.

Se colocan en una fuente profunda previamente engrasada, se colocan los canelones ordenadamente, se cubren con la salsa bechamel y se espolvorea el queso rallado. 5 minutos gratinando al horno y ya se puede servir.

Estaba convencido de que el padre de Rafaelito habría escrito docenas de veces una receta parecida con mayor gracejo.

A eso del mediodía abandoné el hotel y me di un largo paseo hacia la casa.

miércoles, 5 de agosto de 2015

CAP.CCCLXX.- Pequeña muerte por chocolate (11).


11. IMPLACABLE LA FOURCADE.

Clara La Fourcade, mejor dicho, doña Clara La Fourcade, jueza de instrucción. Que a nadie se le olvidara ponerle el doña delante, no aceptaba ningún tipo de confianza. Doña Clara la implacable, una mujer cercana a los cuarenta años, larga melena rubia, se escudaba en unas gafas de pasta y el pelo recogido en un moño imposible que sujetaba con un palillo lacado de restaurante chino. Recibía en una sala en penumbra, siempre detrás de una mesa llena de legajos, protegida por la pantalla del ordenador, nunca miraba a los ojos. Hablaba con frases cortas, muy secas, inquisitivas, no aceptaba ninguna evasiva y era dura, extremadamente duda.

Algunos compañeros que la habían visto paseando por la ciudad aseguraban que era una mujer hermosa, pero en el juzgado era de una severidad escalofriante.

Para Jessica hubiera preferido un instructor masculino, con un hombre hubiera podido emplear todas sus armas de seducción, tejer la madeja con miradas lánguidas y respuestas ingenuas, mordiéndose el labio inferior para que destacara carnoso, como una piruleta de fresa recién lamida.

Advertí a Jéssica que sería interrogada por una mujer, que seguramente la fiscal también sería mujer, que convenía que fuera precisa, sobria y clara en las contestaciones, que si dudaba no se le ocurriera mirarme y que contestara con la mayor sinceridad. Contaba con la ventaja de que Jess no conocía mis últimos descubrimientos sobre el testamento y las pólizas, tampoco sabía nada de mis últimas incursiones en la casa de Montes, la ignorancia le permitiría ser mucho más transparente.

Fui a buscarla al hotel, le mentí sobre la hora de declaración, le dije que era a las 10 y media, de ese modo conseguí que a las 10 estuviera en la recepción del hotel, en perfecto estado de revista, le recomendé que se abrochara el último botón de la camisa y que cerrara un poco el traje de chaqueta, que rebajara un poco el maquillaje y borrara el estridente carmesí de los labios. De poco la servirían.

La Fourcade nos había convocado a las once de la mañana, eran conocidas sus maniobras asomándose al corredor de espera diez minutos antes de la declaración, miraba por encima de las gafas y hacía pasar a los declarantes. La puntualidad era una obsesión en su sala y los impuntuales eran reprendidos públicamente.

«Forcadas ?, Forcadas? Recuerdo una Clara Forcadas compañera de instituto», repetía Jéssica en el taxi mientras reducía los rastros de su maquillaje, el taxista estaba más pendiente del devenir de sus pechos que de la circulación y a punto estuvimos de colisionar con otro taxista.

«La Fourcade, por dios Jéssica, La Fourcade, no tolera una sola imprecisión y menos con su apellido afrancesado. Piensa que esa mujer debe tener seis o siete años más que tú, es imposible que hayáis coincidido en alguna parte, vivís en mundos opuestos».

«Qué cosas tienes Marcellino, seguro que entre mujeres nos entendemos bien. Nosotras sabemos lo complicada que es la vida para las triunfadoras».

Íbamos mal, por el camino de las complicidades nos despeñaríamos irremisiblemente.

«Jéssica, recuerda que vas en calidad de imputada, que te acusan de delitos muy graves, que el más mínimo error o licencia con la jueza o con la fiscal te lleva directamente a la carcel».

En la ciudad judicial coincidimos en el control de entrada con el abogado Mateu, que me saludó cordialmente, llevaría la acusación particular en el caso, intentó dar dos besos a Jéssica y ella, aleccionada en los lances de la vida, le marcó todos los tiempos de la cobra retirando primero la cara y negándole después incluso la mano. La cara abogado Mateu quedó helada con el mohín de un beso no dado y la mano fofa flotando en el vacío. Intentó sonreír pero solo pudo esbozar una mueca de rabia. «Comprenderá querido Mateu que mi cliente evite cualquier gesto de afinidad con quien se ha de ocupar de acusarla», le susurré al oído. De haber tenido algo de instinto le hubiera tenido que dar un mordisco en la oreja, como aquel boxeador rabioso que fue estrella global a finales de los ochenta.

Íbamos a tomar juntos el ascensor pero yo le propuse a mi cliente tomar un café en el atrio de los juzgados, era necesario darle las últimas indicaciones antes de entrar en la sala. Tuve que hacer algunos codos para alcanzar la barra y pedir dos solos, le recordé a Jéssica que evitara cualquier coquetería, que de nada valían sus encantos en el juzgado.

Llegamos a la planta del juzgado justo en el instante en el que La Fourcade asomaba la cabeza por el corredor, sin solución de continuidad pasamos a su despacho. Recordé que no había que estrechar la mano ni a la jueza ni a la fiscal, aunque saludé con un breve y conciso «buenos días, señorías».

La secretaria judicial leyó los derechos a Jessica, lo hizo de modo mecánico, rutinario, como si fuera la lista de la compra; Jéss aseguró haberlos comprendido y firmó sin leer lo que aparecía en la plantilla. La jueza tenía abierto el expediente sobre la mesa, distintas muescas con papeles de colores destacaba las partes principales de las diligencias. Junto al ordenador había una pequeña reproducción de un cuadro de Leonard Wren, un remanso de paz antes de la batalla.

La jueza no se anduvo con rodeos, la primera pregunta fue directa: «Señora Palomeque, concréteme desde cuando mantenía usted relaciones íntimas con el señor Montes».

La señora Palomeque puntualizó que era señorita y empezó a contar que ya en el primer encuentro mantuvieron relaciones íntimas, Montes era muy fogoso. Jess se acomodó en el butacón dispuesta a entrar en detalles pero la jueza fue contundente al advertirle que no necesitaba mayores detalles, sólo la fecha y la estabilidad de la relación.

La Fourcade hizo una batería de preguntas sobre las circunstancias que rodearon a la pareja los días anteriores a la muerte y, concretamente, el viaje a Madrid. Jess pretendía hacer uso de su teléfono móvil para poder enseñar las fotografías, tanto las que acreditaban la relación como las que justificaban su fin de semana en Madrid; yo había visto alguna de esas fotos y consideraba que eran un poco subidas de tono como para incorporarlas al sumario, por suerte la jueza rechazó con dureza cualquier intento de convertir el teléfono móvil en un elemento de prueba de la instrucción.

Jess dudó en algunos pasajes del interrogatorio e inevitablemente aleteó las pestañas más de la cuenta, puso morritos al finalizar algunas fases e intentaba buscarme de reojo, supongo que buscando mi aprobación. «Señor Ruiz de Manyanet, deje de influir con la mirada en la declaración de la imputada», la reprobación fue tan efectiva que sentí que me arrancaban las corneas de cuajo en aquel instante.

Jess dejó claro que Rafael de Montes era su prometido, que tenían previsto casarse en breve y que incluso habían planeado tener hijos juntos, hizo referencia a un testamento desaparecido y lo sincero de su amor. La Fourcade no daba un solo signo de humanidad, tomaba notas y pasaba hojas del sumario.

Cuando yo creía que el interrogatorio llegaba al tramo final, cuando la jueza se había hartado de indagar sobre las veces que la señora Palomeque había accedido al domicilio del Sr. Montes tras su fallecimiento, tras haber requerido un inventario de los objetos que había recogido en el domicilio; después de que yo hubiera formulado las correspondientes protestas por el tono de algunas preguntas dirigiendo la mirada hacia las manos de la jueza para evitar ponerme más nervioso de lo que me ponía ya de suyo la magistrada; cuando pensaba que llegábamos a la batería final surgió por sorpresa una pregunta imprevista:

«Señora Palomeque, dígame desde cuando conoce al ciudadano luxemburgués Didier Fecault». Protesté con toda mi energía. La jueza me indicó que la acusación particular había aportado pocas horas antes de la declaración un informe de detectives que vinculaba a la señora Palomeque con el súbdito luxemburgués Didier Fecault, empresario vinculado a intereses rusos en distintos países europeos, imputado en varias causas sobre blanqueo de capitales y crimen organizado.

Yo quedé lívido, Jess sonrió y pidió que no mezclaran a Didier en su historia de Montes, aseguró no conocer nada del Sr. Fecault, más allá de su extrema amabilidad y cortesía, un hombre encantador que la estaba ayudando a superar el mal trago de su «viudedad». Si Montes había sido asesinado por un sicario albano-kosovar la conexión con Didier mon amour cerraba muchos círculos.

Advertí a la jueza que impugnaría la incorporación del informe al sumario de modo sorpresiva y me reservé incluso la posibilidad de acudir al tribunal constitucional si no quedaban sin efecto las preguntas acerca del Sr. Fecault.

Llegaba el turno de preguntas del Sr. Mateu, fue mucho menos incisivo de lo que había sido la jueza, se contentó con preguntar a cerca de la relación con Montes mantenía con su familia originaria y algunas cuestiones sobre la situación financiera del Sr. Montes. No dejaba de mirarme y sonreír, devolviéndome los golpes del beso y apretón de manos frustrado. Mateu fue mostrando documentos en los que se acreditaba que la señora Palomeque tenía firma en todas las cuentas y empresas del Sr. Montes, por lo que consideraba no sólo que la señora Palomeque tenía conocimiento de la situación patrimonial del Sr. Montes, sino que era la causante directa de aquel desastre económico.

Mis protestas por las preguntas insidiosas cayeron en saco roto, la jueza La Fourcade en cada una de las protestas solicitaba que se constara en acta y justo en la única pregunta en la que no realicé observaciones la jueza, con cierta sorna me preguntó: «Señor Ruiz de Manyanet, ésta pregunta le parece correcta ?, no quisiera generar en su cliente una situación de indefensión procesal».

Llegué desarmado a mi interrogatorio, como abogado de la imputada tenía el privilegio de poder realizar las preguntas en último lugar. Jéssica lucía radiante, ajena por completo al precipicio al que la estaban llevando.

Tomé aire, tenía la boca seca y bebí un trago de un botellín que la secretaria judicial había puesto a disposición de la señora Palomeque, la embocadura de la botella tenía restos de carmín y al sentirlos en el paladar, con un discreto regusto a cera de fresas, me relajé.

Llevábamos casi tres horas de interrogatorios. Advertí que en aquella circunstancia «intentaría ser breve».  La ventaja de haber estudiado durante aquellos largos 180 minutos a la jueza La Fourcade me permitió imitar aspectos sustanciales de su técnica de interrogatorio.

«Señorita Palomeque, indíqueme a qué hora se enteró usted del fallecimiento de su prometido», fue precisa al puntualizar que habían pasado las 9’30 de la mañana. Le pregunté que quien le había comunicado el fallecimiento, me indicó que Desideria, la criada de toda la vida de Montes. Le pregunté que a qué hora solía llegar Desideria al domicilio del Sr. Palomeque, me aseguró que todos los días llegaba a las 7’30 horas de la mañana, que era una mujer muy puntual. Le pregunté si le constaba que el día del fallecimiento Desideria hubiera retrasado su llegada al domicilio, me dijo que no le constaba. Le pregunté si habitualmente accedían al domicilio del Sr. Montes otros miembros de la familia, me contestó que Rafaelito Montes, el hijo del fallecido, solía acudir todos los días y que le constaba que la primera mujer del Sr. Montes tenía conocimiento detallado del devenir de la casa ya que Desideria hablaba habitualmente con ella. Le indiqué a la jueza La Fourcade que tal vez sería necesario interrogar a Desideria y realizar alguna diligencia que permitiera conocer las llamadas que se habían hecho desde el teléfono móvil de Desideria la mañana en la que apareció el cadáver. Jéssica con formas diligentes cantó a la secretaria judicial los números del móvil de la criada. Jess me guiñó un ojo, o por lo menos eso me pareció, el abogado Mateu solicitó a la jueza un nuevo turno para preguntar, propuesta que fue denegada de modo fulminante. La jueza dejó que permaneciéramos en tenso silencio durante unos minutos, me miró por encima de los cristales de las gafas, por lo que pude comprobar el brillo fulgurante y coqueto de sus ojos. «Señor Ruiz de Manyanet, espero que antes de 24 horas haya redactado el escrito motivado solicitando nuevas diligencias. De momento no adoptaré ninguna medida cautelar respecto de la señora Palomeque, pero ruego que si abandona Barcelona comunique al juzgado su dirección a efectos de notificaciones, he estado a punto de ponerla en busca y captura porque no había manera de localizarla. En secretaria les facilitarán una copia de la declaración así como de los nuevos documentos incorporados a la causa». Se levantó de la silla sin mayores contemplaciones y nos dejó en la sala con la palabra de despedida en la boca. La jueza La Fourcade era implacable incluso en sus modales.

Yo estaba extenuado, Jéssica parecía recién salida de la ducha. Mientras bajábamos por el ascensor pensaba que Jess aceptaría comer conmigo en algún sitio elegante de la zona alta de Barcelona, pero cuando llegamos a la salida mi fascinación se diluyó, allí estaba Didier con un deslumbrante coche deportivo aparcado en la zona reservada a autoridades, departiendo sonriente con los encargados de seguridad de la ciudad judicial, desde la distancia hizo un gesto a Jéssica para que se acercará al coche, mientras se alejaba Jess me hizo el gesto con la mano de que me telefonearía, Didier cerraba la mano y alzaba el dedo pulgar en señal de agradecimiento por mis servicios.

Mi economía no resistía un nuevo taxi a fondo de perdido, me dirigí a la parada de autobús, satisfecho del trabajo realizado, si acertaba con las combinaciones llegaría a mi casa en poco más de una hora, tiempo más que suficiente para poner en orden algunas ideas y terminar de perfilar la estrategia de defensa, siempre y cuando la hermosa y alocada Jess no desapareciera definitivamente.

No habían dado las cuatro de la tarde cuando llegué a la Santina, cocina sin fin. Estaba hambriento y cualquier propuesta me parecía bien. Covadonga anunció que le quedaba un resto de fideos a la cazuela, pedí una copa de vino tinto y hojeé el diario, el pequeño Montes intentaba sobrevivir emulando las crónicas gastronómicas de su padre, pero el espacio en el período para el pequeño cada vez era más reducido y marginal.

No tardaron en llegar los fideos. Como Covadonga sabía que andaba enfrascado en cuitas culinarias me fue cantando la receta mientras barría el comedor.

Necesitaría medio kilo de fideos con cierto grosor, a la cocinera le gustaban unos que tenían una pequeña oquedad en el centro, los llamaba fideos perla. Además 500 gramos de costilla de cerdo cortada en tacos, 125 gramos de conejo también cortado y 200 gramos de pollo – muslo y contra muslo cortados en 5 pedazos -; 100 gramos de panceta, 125 gramos de butifarra cruda, dos dientes de ajo, un pimiento verde, una cebolla, un tomate maduro, un litro de caldo de carne, aceite de oliva y sal. Además Covadonga incluía una picada secreta con dos carquiñolis, sal, pimienta, laurel en polvo y perejil.

En una sartén muy grande – una paella precisó – se debía poner un chorrito de aceite de oliva, cuando empezaba a chisporrotear se añadían troceados la costilla, el conejo y el pollo, ligeramente salpimentados. Cuando la piel del pollo se empezara a dorar se incorporaba la panceta cortada en dados pequeños. Se baja un poco el fuego y se remueve bien para que las carnes dejen todas sus grasas. Se pica una cebolla en trozos pequeñitos, los dos dientes de ajo pelados y picados, se sigue removiendo. Cuando la cebolla empiece a transparentarse se pela y raya el tomate sobre la paella, se rectifica de sal y de pimienta y se incorporan los fideos. Si el sofrito ha eliminado el agua y solo queda la grasa los fideos debían dorarse en esa grasa hasta tomar un color parecido al de una madera noble. Se remueve todo bien durante unos minutos, se añade la picada secreta, que se mezclaba con el sofrito y, finalmente el litro de caldo. En 20 minutos los fideos estarían cocidos, la carne melosa y una pizca de caldo espeso que terminaba de ligar el plato. Poco antes de servir se espolvorea un poco de pimienta blanca y perejil picado. La receta acepta también algunas legumbres, siempre que no eclipsen ni la carne ni los fideos: unos garbanzos, un puñado de judías blancas, unos guisantes e incluso unas setas.

Tomé el café en la barra con un golpe de coñac, la mezcla ideal para conseguir una siesta placentera.