miércoles, 20 de mayo de 2015

CAP.CCCLXVIII.- Pequeña muerte por chocolate (9)


9. EL IRACUNDO PÉREZ PIN.

Me desperté y lo primero que hice fue comprobar que el testamento seguía en casa, mientras subía el café empecé a revisar las carpetas y documentos que había sustraído del piso de Montes, la mayor parte facturas, formularios de préstamos, requerimientos de pago, recibos de agua, luz y teléfono, viejos contratos de edición apilados sin ningún tipo de orden, sin ningún sentido, en aquel maremagnun apareció un justificante de pago de una póliza de seguro, un seguro de vida, el justificante identificaba una cantidad, 200.000 euros, pero no su beneficiario, por lo menos tenía ya un hilo del que tirar.

Había conseguido cumplir con el encargo que me había hecho mi cliente, había encontrado el testamento y, además, una póliza de un seguro de vida que probablemente la favorecería, sin embargo no debía poner en conocimiento de Jess ninguno de esos documentos ya que la convertían en la principal sospechosa de la muerte de Rafael Montes; un testamento manuscrito redactado horas antes de morir y un seguro de vida cuya prima se había pagado una semana antes del asesinato eran un poderoso móvil para el crimen, sobre todo si se tenía en cuenta que Jess y Rafael componían una pareja atípica, con una diferencia de edad brutal, que mi cliente no tenía oficio conocido y que coqueteaba hasta con las farolas. La mejor manera de proteger a Jess era ocultarle mis descubrimientos, además había sido citada a declarar ante la juez, probablemente habría de responder a algunas preguntas embarazosas sobre su relación con Montes.

Tenía dudas sobre la inocencia de Jess, ciertamente disponía de una buena coartada ya que el día de la muerte estaba fuera de Barcelona, con sus amigas en una despedida de soltera, pero nada impedía que hubiera podido contratar a un sicario para ejecutar sus planes; si Jess había sido capaz de contratar a un asesino a sueldo para eliminar a Montes no debía tener grandes problemas para realizar otro encargo para eliminarme a mí. Sentí un escalofrío.

Si Jess no era la asesina, si no era la inductora del crimen, mi situación no mejoraba mucho más ya que el autor o autora de la muerte dispondría de pistas más que suficientes como para constatar que yo estaba hurgando en la vida de Montes, si descubrían que ya me había hecho con el testamento y que además disponía de documentación sobre el seguro, me convertiría en un personaje incómodo al que tarde o temprano habría que eliminar o, cuando menos, asustarme. El escalofrío se repitió.

No era fácil protegerme, no sabía muy bien ni de quien ni como, pero sí tenía claro que aquella documentación quemaba en mis manos. Ir a la policía o entregársela al juez tal vez era poner a Jess a los pies de los caballos, no entregarla me convertía en encubridor. Si la destruía probablemente perjudicaría a Jess, no tanto porque perdiera cualquier expectativa de heredar de Montes, estaba arruinado, sino sobre todo por el seguro.

Los abogados no somos hombres de acción, sino más bien de reacción, yo ni siquiera sabía reaccionar, me había colado en la casa de un asesinado, lo había hecho en varias ocasiones, sin conocimiento ni autorización judicial, puede que incluso sin cliente. Había cogido documentación valiosa y ahora dudada qué hacer con ella.

Recordé a un viejo conocido de la facultad, compañero de aula, había sacado hacía varios años las oposiciones a notario, tenía despacho por la zona del Ensache; yo solía acudir a él cuando tenía que legalizar o protocolizar algún documento, no nos veíamos con frecuencia ya que mis clientes rara vez necesitaban de los servicios de un notario. Manteníamos buena relación desde la facultad, tal vez porque los dos coincidimos en una encrucijada que probablemente marcó nuestras vidas, Mauricio y yo empezamos juntos la carrera, ambos éramos estudiantes grises, no teníamos gran éxito con las chicas, no nos habíamos metido en política, nuestro principal objetivo era encontrar una mesa en el bar de la facultad, con eso nos contentábamos. No compartíamos grandes confidencias aunque nos confortábamos mutuamente hablando de futbol, intercambiando apuntes y criticando al resto del universo universitario, aquel que ligaba, triunfaba y resplandecía luminoso en los pasillos de la facultad. Una mañana de principios de curso, no recuerdo bien si fue al empezar tercero o cuarto de facultad, revisábamos los horarios de las clases, nos habían puesto las clases de derecho civil a primera hora de la mañana, aquél año tocaba herencia y sucesiones, el profesor era soporífero y la materia plúmbea, teníamos que echarnos a suerte quién de los dos iría a clase para tomar apuntes; Mauricio, que era un buen chico, de los madrugadores, se ofreció a cubrir las clases de civil, él tomaría apuntes y me los pasaría semana tras semana, yo, a cambio, iría a las clases de procesal; estrechamos nuestras manos y Mauricio marchó corriendo a clase para no perder la primera sesión. Sus apuntes eran claros, precisos, ordenados, seguramente aquel pequeño sacrificio de ir a las clases de civil de primera hora de la mañana habían despertado su vocación de notario, terminó la carrera y en dos años había ganado plaza en Barcelona. Yo, que me acomodé a las clases de procesal de última hora de la mañana, no conseguí apuntes tan pulcros y tuve que contentarme con ser abogado de oficio. Mauricio siempre recordaba aquella encrucijada y lo determinante que, a la postre, había sido su decisión, tal vez por eso me atendía siempre amable cuando acudía a su despacho. Metí mis papeles en una carpeta, apuré el café y puse rumbo hacia el centro.

Llegué al portal de la notaría, donde relucía una placa que identificaba a Maurici Costrafreda, notario; Mauricio también había tenido que catalanizar su nombre. La recepcionista ya me conocía, me saludo cordialmente y me preguntó si tenía hora, le dije que no pero que no tenía prisa; me condujo a una salita vacía en la que sonaba una agradable hilo musical, sobre una pesa estaba colocada la prensa del día, todo un detalle.

A la media hora la recepcionista me vino a rescatar, el Sr. Costafreda disponía de unos minutos para atenderme. Entré en su despacho, su mesa estaba al fondo, en una de las paredes había una librería de madera noble, en la otra pared unos cuadros, algunos títulos oficiales enmarcados y fotos de Mauricio con autoridades diversas; la mesa completamente despejada, sin un solo papel, sólo la gran pantalla de un ordenador. Mauricio hizo el gesto de levantarse cuando me vio entrar, me esperó tras la mesa y me tendió la mano. Nos saludamos cordialmente, nos hicimos las preguntas de rigor sobre salud, familia y trabajo antes de entrar en materia. Le puse rápidamente en antecedentes sobre Jess, Montes, su relación, mi encargo y el libro en el que se había redactado el testamento, también le facilité algunas indicaciones sobre el modo en el que había accedido al documento, le tendí el libro, lo tomó con delicadeza y durante unos minutos examinó el redactado.

«No lo tienes fácil, Marcelo». El documento era de poca calidad, seguramente tendría que litigar durante años para conseguir que aquellas frases tuvieran validez como testamento, el documento tenía que someterse a pruebas periciales que permitieran confirmar que era letra manuscrita de Rafael Montes, eso era caro y las conclusiones a las que pudiera llegar el perito serían poco consistentes. De todo aquello debía advertir a mi cliente.

Le dije que de momento me conformaba con que el libro quedara en depósito en la notaría, que el objetivo era protegerlo y protegerme si me pasaba algo a mi o a Jéssica. Mauricio avisó a una de sus secretarias y le dijo que preparara un acta de manifestaciones. Me indicó que lo mejor era hacer una fotocopia del libro, intentar que fuera de buena calidad, que pudiera servirme para hacer las gestiones que considerara oportunas, el original quedaría bajo su custodia. Tomó el libro y se incorporó, me pidió que le acompañara a una sala contigua en la que había varias fotocopiadoras, una de las secretarias se levantó como accionada por un resorte para atender al jefe, él le dijo que siguiera con lo que estaba haciendo, que haría él personalmente la copia, la secretaria le miró extrañada y siguió con sus tareas.

Después de varias pruebas consiguió, por fin, una copia que fuera legible, la metió en un sobre y me la entregó. Volvimos a su despacho, ya estaba allí un asistente frente a la pantalla del ordenador, me pidió el documento de identidad y Mauricio empezó a redactar el contenido de la escritura un acta de manifestaciones en la que se hacía constar el día y hora de la visita, mi identidad, la identidad de mi cliente y una sucinta descripción del documento que quedaba en depósito. A la escritura se incorporó otra copia. Revisamos el redactado y en pocos minutos disponía de una carpetilla con la documentación en la que constaba el depósito, si me pasaba algo a mi o mi cliente, o si daba instrucciones al notario, ese documento se pondría a disposición de la policía y del juzgado. Liquidé los derechos y gastos de la escritura antes de recibir la copia.

Mauricio me acompañó hasta la puerta, como en otras ocasiones mi dijo que la próxima vez, si le avisaba con tiempo, tendríamos que ir a almorzar, era una frase que repetía cada vez que nos veíamos aunque lo cierto es que llevaba de notario más de quince años y no había tenido nunca ocasión de comer conmigo, supongo que era una frase hecha que le decía a todos los clientes.

Salí a la calle reconfortado, había cubierto la parte legal; recordé que Montes colaboraba semanalmente en el principal periódico de la ciudad, su director, Virgili Pérez Pin, había acudido al funeral, Jéssica me lo presentó, me comentó que Montes y él solían comer en un restaurante cercano a la redacción. Miré el reloj, la mañana estaba ya muy avanzada, me pareció buena idea intentar abordar a Pérez Pin y contarle lo del testamento, puede que una noticia sobre la herencia de Montiño sirviera para terminar de descubrir al asesino o asesina de Rafael Montes.

Sin encomendarme ni a dios ni al diablo marché en dirección a la redacción del periódico.

Uno se imagina al director de un periódico de prestigio fundando en pipa, leyendo un diario extranjero y vistiendo trajes ingleses. Pérez Pin mordisqueaba la boquilla de un cigarro de vapor, dedicaba su tiempo a resolver un sudoku y la vestimenta era de saldo. No fue complicado localizarle, ocupaba una mesa junto al ventanal, parecía inquieto.

Me acerqué para presentarme, me identifiqué como abogado de Jéssica Palomeque, Jéssica de Montes, como se hacía llamar, me miró extrañado, tuve que darle más detalles «la pareja de Rafael Montes. Montiño».«No ve que estoy comiendo», me espetó. Durante una décima de segundo me dedicó una mirada hiriente antes de regresar a su sudoku.

«Tengo una información que le puede interesar». Pensé que si excitaba su curiosidad periodística podría llamar de nuevo su atención.

«Le repito. No ve que estoy comiendo». Esta vez no movió los ojos, le bastó un bufido seco que pensó que me espantaría.

«Creo que la información que puedo darle justifica la interrupción», tomé aire para anunciarle que tenía el testamento manuscrito del insigne gastrónomo. No me dio tiempo a hilar la frase siguiente cuando levantó la cabeza para decirme:

«Mire usted, señor Ruiz de Mañanitas, Rafael Montes era el mayor hijo de puta que me he echado a la cara en 30 años de profesión. Era un gorrón, un ególatra, un farsante, un sinvergüenza. Lo tuve que aguantar durante años por viejas deudas de mi padre pero ni su vida, ni ahora su muerte me importan poco más que una mierda seca en la acera. Su novia era un putón desorejado a la que se había cepillado la mitad de la redacción, yo incluido, puede que fuera la responsable de un brote de purgaciones en la oficina. Era tanto o más aprovechada que el cornudo de su novio, que de puro fatuo no era consciente del ridículo que hacía. Si Montes es el padre de la gastronomía moderna catalana no quiero pensar quien puede ser la madre, ni qué aberraciones aparecen en ese testamento. Montes era un mamarracho y todo lo que rodeaba a ese rufián no deja de ser una mamarrachada; incluido usted y el zorrón al que representa. El testamento se lo puede meter usted por donde le quepa o, en su caso, se lo mete usted donde le quepa a su protoviuda. El señor Montes ha dejado deudas en todos los restaurantes del mundo y yo he tenido que ir cubriéndolas año a año, se ha bebido a mi costa los vinos de las mejores añadas y eso que su paladar no distinguía un pis de gato de una copa de jerez. Así que o se marcha ahora mismo de mi vista o no descarto darle a usted las dos ostias que en su día debería de haberle dado a Montes. Ha entendido».

Entendí y marché huyendo del local, aquel sujeto era capaz de cumplir con creces sus amenazas y darme una paliza allí mismo. Desde la calle le vi bajar de nuevo la cabeza, concentrarse en el sudoku y aspirar tranquilamente el vapor de su cigarrillo, así de elegantes eran los prohombres de la ciudad.

Yo tenía hambre pero cualquiera se atrevía a entrar de nuevo en el restaurante para comer. Caminé unos metros y entré en otro local de menú que estaba un poco más abajo.

De momento sólo podía contar con el apoyo del notario.

Me pedí un empedrat de primero, de segundo un filete a la plancha con verduras, añoraba los platos de cuchara de la Santina. Me trajeron de inmediato el plato con el empedrat, seguramente deformado por el permanente contacto con gente de la cocina me dediqué a diseccionar aquel plato.

Tenía unas tiras cortadas muy finas de bacalao desalado, un tomate de pera pelado y despepitado, cortado en dados, una cebolleta tierna cortada en juliana fina, cuatro o cinco aceitunas negras, sin hueso, medio pimiento rojo cortado en daditos pequeños, otro medio pimiento verde también en daditos. Culminaba el plato un cuartillo de judías blancas hervidas, judías de Santa Pau, un poco más pequeñas que las que habitualmente se utilizan en los guisos. Una pizca de pimienta, un poco de sal, perejil picado y un chorreón generoso de aceite de oliva extra. Recordaba que Montillo aconsejaba hacer la vinagreta que acompaña al empedrat chafando previamente cuatro o cinco judías en el mortero, añadir el perejil fresco, la sal y trabar la salsa como si fuera una mayonesa que fuera tomando cuerpo a medida que se iba añadiendo el aceite, mezclar el aderezo, las hortalizas picadas y las legumbres y servir frio. Es importante que las judías no queden muy pasadas, porque el plato no puede quedar muy apelmazado. Al plato le va bien un huevo duro cortado en rodajas, se puede sustituir el bacalao por una conserva de atún o de caballa; las legumbres también pueden sustituirse.

Allí estaba yo emulando a Montiño y haciendo elucubraciones sobre los platos cuando sonó el móvil, el inspector Caballero me devolvía de nuevo a la realidad, esa misma mañana había presentado una denuncia contra Jésica Palomeque, la imputaban sustracción de documentos y de objetos de valor, coacciones, amenazas, fraude e inducción al asesinato. La denunciante Helena de Montes. La denuncia se había presentado directamente ante el juzgado y la juez le había pedido a Caballero que realizara un breve informe para ver si acumulaba la denuncia al caso ya abierto por el fallecimiento de Montes. Caballero me adelantaba que la juez iba a llamar a declarar a Jésica en calidad de denunciada, que la convocaría por telegrama y que si no acudía a la declaración, fijada para dentro de 48 horas, acordaría la detención y prisión de la señora Palomeque.

Agradecí a Caballero su advertencia, le debía ya muchos favores, crucé los dedos para que a Jess no se le cruzara un cable y desapareciera de nuevo, me sentí culpable durante unos segundos ya que había sido yo el que había entrado en la casa la noche anterior y había sustraído los documentos; la mala conciencia me duró unos segundos ya que si confesaba mi atrevimiento puede que el acusado y detenido fuera yo. Pedí un café doble y mandé un wasapp a Jésica recordándole que iría a buscarla al aeropuerto a la mañana siguiente, le anuncié que tenía novedades. No me contestó.
Cafe Aix-en-Provence

miércoles, 6 de mayo de 2015

CAP:CCCLXVII.- Pequeña Muerte por Chocolate (8)

8. DOÑA MERCEDES Y SU APETITO VORAZ.
Era una mañana calma de invierno, el solo templaba el mediodía y la zona del puerto estaba plagada de extranjeros que, extrañamente, paseaban en manga corta, es evidente que en función de la longitud y latitud de procedencia la percepción del frío y del calor es distinta, por no decir contrapuestas.
          Sonó el teléfono, pensé que sería mi madre pidiendo alguna indicación más, era Caballero, el inspector Caballero, me llamaba preocupado porque la jueza no daba con el paradero de Jéssica Palomeque, también conocida como Jess de Montes, sin no daba señales de vida en 24 horas su señoría daría orden de detención. Caballero seguía demostrando que era un tipo cabal, tenía poco que ver con la imagen que habitualmente tenemos de los policías, por eso le auguraba un porvenir complicado en el cuerpo, en cualquier cuerpo de policía, incluso en el autonómico. Mi encuentro con doña Mercedes se convertía en mi última esperanza y, quien sabe, si la última esperanza de Jess, a saber qué pruebas había recopilado la policía judicial para incriminar a mi cliente.
En la medida en la que mi objetivo era prepararle una envolvente a doña Mercedes, me pareció poco oportuno ponerla sobreaviso, la cuestión era que se sintiera cómoda, que me contara lo que considerara oportuno y, si ha caso, a los postres entrar directamente al asunto de Jess y su desaparición súbita.
Sentado en la terraza del restaurante, disfrutando del sol frio de finales de febrero, viendo el puerto, que parecía el atrezzo de una película barata, con un enjambre de turistas deambulando entre tenderetes de souvenirs, con una copa de vino blanco en la mano, un plato de almendras recién fritas sobre la mesa, algo de dinero en el bolsillo y todo el tiempo por delante, tenía pocos motivos para ser infeliz, por lo menos para serlo aquel mediodía.
Perdí la noción del tiempo, que fue mucho, lo suficiente como para que el camarero me rellenara un par de veces la copa y trajera algún otro aperitivo. Finalmente al fondo del paseo las vi bajarse del autobús, ajenas por completo al retraso acumulado. Caminaban tranquilamente, hablando de sus cosas, abstraídas del guirigay de vendedores ambulantes que se les aproximaban para venderles el dorado. Me acerqué a la barandilla de la terraza para que confirmaran que no se habían perdido, el mismo camarero que, solícito, me provisionaba de vino, bajó a recogerlas.
«Hay hijo, Barcelona está tan mal de casi todo que resulta imposible calcular cuando llegan los autobuses», mi madre intentó excusarse. Le dije que no se preocupara, que no había prisas. Besé a su amiga Mercedes y durante unos instantes quedé adherido a su mejilla, tal era la capa de maquillaje que llevaba sobrepuesto que hizo un efecto argamasa que me dejó pringoso durante el resto de la tarde; ella me estampó un beso sonoro cerca de la dona de contacto y me quedaron marcados sus labios rojos. Doña Mercedes era una mujer tan extremada como su hija aunque con treinta y cinco años de diferencia. Si las hijas terminan pareciéndose a sus madres a Jess le convenía asentar su vida y parejas antes de que llegara el cataclismo.
El camarero que les había acompañado hasta la mesa intentó recogerlas el bolso y los abrigos, tarea imposible, una jubilada no se aleja más de dos o tres centímetros de su bolso y cualquier acción en apariencia cortés es evaluada como un intento de robo. Les aseguró que unas grandes estufas exteriores las protegerían del frio, que podían quitarse el abrigo sin miedo. Sus intentos fueron vanos, se sentaron una a cada lado de la mesa con el bolso colgado del antebrazo y el abrigo sobre los hombros. Le hice una señal al camarero para que las sirviera vino, ellas se habían abalanzado ya sobre los restos de almendras y las croquetas.
El camarero, destinado por completo a nuestra mesa, les acercó las cartas, ambas las rechazaron con cierto desdén, «ya pedirá mi hijo por nosotras, no se preocupe, chico». El camarero debía tener más de cincuenta años, aún y así mi madre le estuvo llamando «chico» durante todo el almuerzo.
Cuando me disponía a elegir los platos, mi madre, tras apurar la copa de vino y dejar inclinada en vilo entre sus dedos la copa con un ligero contoneo para que el «chico» se diera cuenta de que convenía reponer la bebida, me dijo: «Pide lo que quieras, hijo, pero a la señora Mercedes y a mí nos gustaría probar unos buñuelos de bacalao, me parece que también tienen gambas, los rusos de aquí al lado se están tomando una xatonada que tiene muy buena pinta, alguna concha nos entraría bien y, por descontado, un platito de jamón, con pan de coca. De segundo nos ha dicho una vecina que preparan muy bueno el all cremat de rape, pero si te apetece a ti otra cosa pide sin problemas, ya sabes que nosotras nos amoldamos a cualquier plato, sobre todo si el que pagas eres tú, porque pagarás tú ¿No? Ya sabes que nosotras somos unas pobres pensionistas que no podemos permitirnos estos lujos». Miré al camarero, cerré la carta y le dije que nos trajeran lo que habían sugerido las señoras, además él ofreció un plato de anchoas de la escala y unas cigalas a la plancha que contaron con el visto bueno de mi madre, parecía que no hubieran comido en una semana. Ni siquiera me dieron el gusto de continuar con el mismo vino, le pidieron cava ya desde el aperitivo.
Por romper con el monólogo de mi madre comenté lo bien que veía a doña Mercedes y aquel comentario cortés sirvió para que me pusieran al día de todos sus achaques, de sus visitas a los médicos y lo mal que iba la sanidad. El camarero fue instalando una aparatosa cubitera de metacrilato llena de hielos, cubierta con una servilleta empapada; nos cambió las copas y empezó a servir. Enseguida llegaron los primeros aperitivos y con ellos un repaso, minucioso, de las actividades que las dos jubiladas hacían en el barrio, empezaron por el acuagym en la piscina municipal y terminaron con las clases de sardana en el casal de avis del distrito. Sorprendía su habilidad para hablar y devorar a la vez, su juego de brazos hacía casi imposible que alcanzara una gamba, una cigala o un trozo de jamón.
Aproveché la llegada de un plato de almejas a la marinera para preguntarle a doña Mercedes por Jess.«Hay hijo, tendrían que casarte con ella. La veo muy dispersa, fíjate que se ha marchado de Barcelona y está trabajando en un hotel en Mallorca. Con lo bien colocada que está aquí con el señor aquel que era su novio, el que salía en la tele, un poco mayor, eso sí, pero tan amable, tan señor. Una pena que lo mataran. Lo que ha pasado mi Jess con ese hombre». Paró para tomar aire y para disputarle la última cigala a su amiga; de nuevo aproveché yo el instante de silencio para comentarle que había perdido el teléfono de Jess y que me urgía llamarla por un tema profesional. «Aunque no lo hubieras perdido, se lo ha cambiado hace unos días, no sé qué problema tuvo con la compañía, la cuestión es que me llamó anteayer y me puso al día de los cambios, que vivía en Palma, que estaba de relaciones públicas de un hotel del paseo marítimo y que durante una temporada no podría venir a Barcelona, que la clientela del hotel era de lo más selecta, sobre todo rusos y algún colombiano, gente de dinero. Fíjate la pobre, le toca empezar otra vez de cero. A ver si se centra un poco y vuelve a Barcelona. Podrías llamarla, invitarla a cenar, hacéis buena pareja, por lo menos tú eres de su edad, y la centras mucho, no hay más que ver lo mucho que la has ayudado estos días; seguro que con tus gestiones cobra la herencia en unos días, os compráis un apartamento y a darme nietos, porque tú serás de los que quieres tener hijo ¿No?». Enrojecí como un tomate, no era capaz de articular una palabra. «Fíjate», medió mi madre, «lo bonito que sería que os casarais siendo Mercedes y yo tan amigas, y vosotros que os conocéis desde niños. Además tendríais canguro todas las noches, vamos, que podríais hacer vuestra vida sin molestia alguna, con tu posición y con los encantos de Jess en tres años teníais piso en Pedralbes y apartamento en la costa brava». Me dejó su teléfono móvil para que pudiera copiar el teléfono, me dijo que no le había puesto nombre pero que habían hablado aquella misma mañana, sobre las doce, localicé el número y lo apunté en la tarjeta del local.
Le pedí al camarero que nos sirviera cava, necesitaba diluir en alcohol el torrente verbal de aquellas dos mujeres. Llegó el all cremat, yo casi no lo probé, estaba astragado, mi madre le pidió al camarero que prepararan un tupper, que se llevaba los restos para la cena. Con el segundo plato cayó la segunda botella de cava, que se sumaba a la de vino ya consumida y a una tercera botella de cava que pidieron a los postres, porque hubo postres, unos milhojas de crema, un helado de limón y los frutos secos del postre del músico; con los cafés trajeron unas tejas de almendra y el camarero nos dijo que la casa invitaba a un digestivo. Mi madre y la señora Mercedes apuraron sus copas de cava y pidieron un Marie Brizard, con mucho hielo. Pasadas las cinco de la tarde, cuando empezaba a oscurecer, salimos del restaurante, yo encogido tras la cuenta que me habían pasado, un palo en todo lo alto que diluyó por completo el anhelo de felicidad que había esbozado unas horas antes. Guardé la factura con la intención de poderla pasar como gasto a algún cliente.
Las dejé en el autobús, esperé en la parada a que llegara el servicio, hice cola mientras ellas se distraían viendo los tenderetes montados para los extranjeros. Fui de nuevo besado por doña Mercedes antes de que partiera el autobús, de nuevo quedé mercado por su carmín y su maquillaje.
Necesitaba caminar para diluir todo el alcohol y la verborrea incontrolada de mi madre y su amiga, la digestión se preveía pesada y el vino, el cava, el orujo y los dos cafés que me había tomado auguraban una tarde de perros, con acidez de estómago incluida.
Recuperé la tarjeta con el teléfono de Jess, marqué, tardaba en contestar, de hecho saltó el buzón de voz, no dejé mensaje, a los pocos minutos me devolvió la llamada. «Hola, soy Jess de Montes, creo que me has llamado hace un instante, ¿quién eres?»; le informé que era Marçel, al quedar en silencio le recordé que era su abogado. «Ah. Marcelo, tenía pendiente llamarte, soy una malqueda», tenía razón. Me dijo que se había ido a pasar unos días a Palma con una amiga y que allí le había salido la oportunidad de trabajar como relaciones públicas en un hotel de lujo del Paseo Marítimo, «Public relations», me dijo.
Le comenté que era urgente que nos viéramos, que la juez que llevaba el caso de Montes había intentado localizarla para tomarle declaración. Ella empezó a darme largas, a decirme que justo en los primeros días de trabajo le venía «fatal» viajar a Barcelona, que los clientes del hotel «eran de mucho nivel» y que eso le obligaba a dedicarles mañana, tarde y noche, que de hecho vivía en el propio hotel. Le dije que tenía la obligación de acudir al juzgado y que si no corría el riesgo de ser detenida, lo que no iría nada bien para su nuevo trabajo, sobre todo si era tan exigente y de tanto nivel; además le advertí que mi deontología profesional me obligaba a comunicar su nuevo domicilio al juzgado. Se enfadó, me recordó que me había dado un anticipo y que de ser leal a alguien tendría que serlo con ella, no con el juzgado. Vi que con amenazas de calabozo no iba a llegar a ninguna parte, además me daba un miedo atroz tener que viajar a Palma a entrevistarme con ella, que me embaucara en sus nuevas trapisondas.
Cambié de estrategia, le dije que entre los papeles de Rafael había encontrado una póliza de seguro en la que constaba ella como beneficiaria, que necesitaba que viniera a Barcelona para facilitarme unos datos y poder cobrar la indemnización, que calculaba que serían 250.000 euros el capital asegurado y que era imprescindible aportar una copia de las actuaciones de la policía en la que constaban las circunstancias de la muerte, que esas actuaciones las tenía que pedir ella personalmente a los Mossos de Escuadra porque aunque yo era el abogado no me había dejado ningún poder.
Lo de la póliza de seguros y los 250.000 euros la destensó. De pronto todo eran facilidades, me aseguró que en 48 horas estaba en Barcelona para lo del papeleo y para ver a la jueza, por descontado. Me dijo que me facilitaría el número de vuelo, así podría ir a recogerla, estaba muy afectada todavía por la muerte de Rafael y mi presencia le ayudaba a superar los «tragos». Colgó con ese compromiso y con el mío de ir a esperarla al aeropuerto.
Disponía de varias horas para revolver de nuevo la casa de Rafael e intentar encontrar una póliza de seguros. De momento había conseguido que Jess regresara y tenía por delante un día y medio para poder terminar de urdir mi mentira piadosa, si conseguía que Jess fuera a declarar ante la juez terminaban con ello mis responsabilidades y podría descansar.
El piso de Rafael estaba lejos de la zona del puerto, no me importó caminar, aunque fuera cuesta arriba todo el rato. Poco a poco me fui alejando de la zona de turistas. Corría el riesgo que la bruja de la criada de Montes o las más brujas de las viudas de Montes hubieran cambiado las cerraduras. Corría también el riesgo de que si me sorprendían en la casa de Montes me denunciaran por allanamiento de morada, por robo de documentos o por cualquier otro delito. Le pesada digestión de los ajos quemados me arrastraba a aquellos pánicos, unidos al pánico de que Jess se disgustara por mi mentira a cerca de la póliza de seguro.
Llegué casi sin resuello al portal de Montes, abrí la puerta de la calle y comprobé el buzón, allí constaba en el principal segunda el nombre de Rafael de Montes y el de Jessica Palomeque, ese dato despejaba cualquier riesgo de ser detenido por allanamiento de morada, yo seguía siendo el abogado de Jessica, por lo tanto estaba autorizado a entrar en el apartamento, además la policía me había entregado a mí las llaves, por lo que estaba protegido frente a cualquier acción legal.
No habían cambiado las llaves del piso, pude acceder sin problema. Todo estaba ordenado, sin rastro del caos que había dejado atrás la investigación policía y sin rastro del desorden que dejó mi anterior visita. El servicio había trabajado a fondo y eso reducía sensiblemente las posibilidades de encontrar algo útil en la casa.
Arramplé con varias carpetas que había olvidadas en uno de los cajones del despacho de Montes, documentación varia, sin clasificar, me pareció ver algunos papeles de bancos, escrituras notariales, correo sin abrir fechado años atrás, varios cartapacios colocados al fondo de uno de los cajones, dos o tres cajas más con papeles revueltos, llevé los bultos a la entrada y regresé de nuevo a las habitaciones, fui directo al dormitorio de Montes, recordaba haber visto allí varios libros revueltos, tirados por el suelo. Según Jéssica, su novio pasaba mucho tiempo en la cama, de hecho trabajaba desde la cama.
Los libros estaban ordenados sobre la mesilla, novelas, libros de cocineros famosos, libros firmados por el propio Montes. El más grueso de aquellos libros era una edición cuidada titulada “La cocina de los Valientes”, de un tal Arenós. Le di un vistazo más por curiosidad que por otra cosa y comprobé que la primera de las hojas había sido cuidadosamente cortada, alguien se había ocupado de arrancar esa primera página, normalmente en blanco, que iniciaba la edición, allí debía haber escrito Montes su testamento. Metí el libro en una de las cajas con documentos y me dispuse a regresar a casa. Era incómodo transportar aquel hatillo de papeles y de sobres, estaba agotado, la digestión no terminaba de culminar y el ardor de estómago era insoportable.
Ya en la calle paré un taxi. Estaba inquieto pero contento porque en aquel batiburrillo estaba seguro que aparecerían las últimas claves, las que me permitirían escabullirme del laberinto de Montes, de Jess y de todo aquel grupo buitres que les rodeaban.
Dejé la caja con las carpetas sobre la mesa y abrí el libro por las primeras páginas, recordaba los tiempos de niños, cuando en los recreos intentábamos ocultar códigos secretos en los libros de texto. Busqué en el cajón un lápiz de mina blanda y fui trazando suaves líneas sobre la primera página, justo la que servía de soporte a la página arrancada. Poco a poco fueron perfilándose las letras que buscaba mi cliente, las que certificaban el testamento de Montes, un testamento redactado después de su último destello de placer. A duras penas se podía leer: «Todo para tí Jessica, mi amada, a quien dejo todo y a quien quiero dar un hijo que selle nuestra unión» , en letra ampulosa, de trazo quebrado, bajo la frase la firma de Montes.
Ahora, cuando a nadie le interesaba el testamento de un escritor fatuo y arruinado, yo había conseguido cumplir con la encomienda de mi cliente, había dado con el testamento. La primera medida era que Jéssica no se enterara de mi descubrimiento, no tenía mucho sentido, dudo que quisiera quedar embarazada de un viejo endeudado. Sin embargo aquel testamento podría servirme para desvelar algún que otro misterio y quién sabe si no me serviría como escudo protector frente a futuros ataques del entorno de Montes. Desi, la criada, seguro que estaba al tanto de la existencia del testamento, era mi primera sospechosa de haber hecho desaparecer las últimas voluntades del viejo Montes, puede que fuera la primera sospechosa incluso del asesinato.
Me eché sobre la cama, al quedar horizontal los reflujos de la cena intensificaron sus movimientos. Vi que la noche quedaba en vilo, me incorporé y cogí uno de los libros de recetas de Montiño, allí estaban los ingredientes del arma de destrucción masiva que me había puesto el estómago de punta, el all cremat; cierto era que el cava y el vino blanco habían contribuido también a los ardores.
Para cocinar un all cremat de rape se necesita un kilo de carne de rape, carne bien prieta, limpia de entretelas; dos cabezas de ajo sin pelar, dos litros de caldo de pescado – se puede hacer con la cabeza, las espinas, las barbas y el hígado del rape -, cuatro tomates maduros, sal, aceite y un kilo de patatas peladas.
En una cazuela amplia de hierro colado se pone un chorro de aceite de oliva, se parten las cabezas de ajo por la mitad y cuando el aceite empiece a chisporrotear se incorporan al aceite. Hay que remover constantemente con una cuchara de madera para que el ajo no se arrebate. Cuando estén dorados los ajos – alguno de ellos se habrá desprendido de la cabeza – se añaden los tomates rallados. Se salpimenta el guiso y se remueve con cuidado para que se vaya evaporando el agua de los tomates.
Hay que dedicar por lo menos 20 minutos a este rudimentario sofrito, luego se añaden las patatas cortadas a dados grandes y se mezclan con el sofrito, añadiendo poco a poco el caldo de pescado para que el guiso tome cuerpo. Se mezcla todo durante 5 minutos y se incorporan las tajadas de pescado con el resto del caldo. Se baja el fuego al mínimo y se deja cociendo 15 minutos más. Hay que cuidar que no se deshagan del todo las patatas.
Cuando se apague el fuego se deja reposar unos minutos el guiso, espolvoreando un poco de pimentón rojo dulce, que ha de ligarse con la salsa, también unas hojas de perejil picado. Puede servirse en la mesa con unas rebanadas de pan frito empapando en el caldo.
Es fundamental no condimentar mucho el guiso porque la gracia es que se note la presencia del ajo tostado, casi requemado.
Descabecé un primer sueño, previo a una noche en duermevela, una vigilia en la que tuve que beberme casi tres litros de agua. En alguna de las cabezadas me encontré por fin sentado en una de las terrazas de Wren.
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miércoles, 8 de abril de 2015

CAP:CCCLXVI.- Pequeña muerte por chocolate (7)


7. FALÍN Y SUS MISERIAS.

 

A las nueve en punto de la mañana estaba de nuevo en el despacho de Rovirosa, apenas habían pasado unas horas desde que nos vimos por última vez, sin embargo yo llegué con la sensación de llevar días desconectado de las cuitas de la familia Montes y de su peculiar entorno. Me sentía agotado, saturado de los dimes y diretes de aquellos sujetos y sujetas mezquinos, aunque buenos pagadores.

Yo no era persona de grandes principios, andaba falto de dinero y sobrado de tiempo libre, además me consideraba más inteligente que aquella caterva de presuntuosos, asesinos todos en potencia, exceptuado el fallecido Montes, que se contentaba con ser un cretino presuntuoso.

Las secretarias de Rovirosa arrojaron un poco de luz a mis cenizos pensamientos, era imposible pensar que el criterio de elección de aquellas recepcionistas se movía exclusivamente por criterio de competencias, todas ellas parecían sacadas de un casting para un pase de modelos, encajaban perfectamente en sus trajes de chaqueta gris oscuro, sus pañuelos rojos anudados al cuello, la manicura perfecta, los ojos almendrados y las melenas recortadas, flotando por encima de los hombros.

Daba gusto escucharlas saltar del castellano al catalán, del catalán al inglés, del inglés al francés y de nuevo al castellano. No desdibujaban nunca la sonrisa y, solícitas, me ofrecían café y pastas para suavizar las horas de espera.

Junto al desayuno me ofrecieron la prensa del día, me aseguraron que el Sr. Rovirosa sabía ya de mi presencia y que en breve sería atendido pero lo cierto es que pasé casi una hora acomodado en el sofá viendo deambular aquellas ninfas que parecían flotar a pocos centímetros del suelo, siempre diligentes, siempre sonrientes, siempre atentas pero distantes. Yo les devolvía la sonrisa para no quedar diluido en el sofá. Lo cierto es que ni mi teléfono sonaba ni tenía nada mejor que hacer esa mañana, puede que no tuviera mucho mejor que hacer a lo largo de ese año.

A eso de las diez de la mañana llegó, como alma que llevaba el diablo, el joven Rafael Montes, el hijo del fallecido; salió del ascensor como una exhalación, dejando atrás a la recepcionista que le había escoltado en el elevador, intentó franquear la puerta que daba al despacho de Rovirosa pero estaba cerrada por dentro, parecía una puerta firme, anclada en varios puntos a un grueso muro, por lo que sin duda Rovirosa ni se enteró.

El joven Rafael quedó con el gesto bobo, frente a la puerta, no sabía si empezar a aporrearla o si debía sentarse junto a mí. Estaba tan alterado que no me identificó, pese a su saludo cordial, le ofrecieron café, lo pidió doble, en su estado de excitación un café doble era lo menos recomendable.

Le di los buenos días cortésmente y le aproximé un plato con croasanes. Me miró de nuevo e hizo un gesto inequívoco de que no me identificaba. «¿Nos conocemos?», dijo. No debía ponérselo fácil, por lo que le administré un escueto «sí», seguido de un denso silencio mientras apuraba el último sorbo de café. Me miró extrañado. «En el funeral de su padre». Demostraba que yo sí le conocía. De nuevo silencio hasta que se le escapó un ligero «Ah», alargando la hache final como si le faltara el resuello. «¿Conoce también a Rovirosa?», me sorprendió el también, le dije que sí, que era Rovirosa quien reclamaba mi presencia. Volvimos al silencio.

Se abrió la puerta de la fortaleza y una de las secretarias clonadas indicó al Sr. Montes que el Sr. Rovirosa podía dedicarle unos minutos. Yo levanté el cuello como pude para reafirmar mi presencia y mi espera, fui ignorado con una leve sonrisa de la secretaria del Sr. Rovirosa, que tenía la presencia de un introductor de embajadores de la corte de Carlos IV.

No parecía el Sr. Rovirosa muy generoso con su tiempo y el joven Montes salió en pocos minutos, no le dio tiempo a calentar el asiento, parecía muy ofendido, marchó sin despedirse, no era difícil escuchar sus blasfemias.

La misma secretaria que le había franqueado la salida del despacho me hizo un leve gesto para captar mi atención. «El señor Rovirosa no podrá atenderle esta mañana, ruego le disculpe». Intenté recordarle que mi presencia allí era a requerimiento del propio Rovirosa, que yo no había perdido nada allí, salvo los cafés y los bollos gratuitos y los periódicos del día, que me llevé bajo el brazo.

En la puerta coincidí con el joven Rovirosa, que seguía blasfemando, ahora por teléfono. Me quedé a una distancia prudencial, para evitar sus escupitajos pero para que fuera ineludible que se diera cuenta de mi presencia y de mi espera.

Mientras se retiraba el auricular de la oreja le ofrecí tomar un café, la casualidad me permitía intimar con otra persona más del entorno de Rafael Montes, seguramente la parte más hermética de ese entorno. No fue necesario mucho esfuerzo, el joven Montes, a quien todos llamaban Falín, empezó a hablar a borbotones, asegurando que la memoria de su padre estaba siendo mancillada por aquel trapacero, aquel mal editor y peor amigo, aquel malnacido que pretendía que el joven Montes finalizara el libro que había dejado a medias su padre y que lo hiciera en quince días, renunciando a figurar en la portada, a lo sumo una breve reseña como colaborador, y todo esa tarea sin cobrar un solo euro porque el viejo Montes había la agotado varios adelantos. Lo que sin duda escocía más al Joven Montes, ya Falín tras un nuevo café, era que no percibiría un euros y que debía estar agradecido de que, por la memoria del gran Montes, Rovirosa no reclamara devolución de cantidad alguna.

Ofrecí mis servicios a Falín y le dije que podría contar conmigo si era necesario litigar contra Rovirosa y su editorial. No tenía especialidad ni conocimiento alguno en materia de propiedad intelectual, pero daba lo mismo, tampoco parecía que la familia Montes estuviera dispuesta a contar con los servicios del abogado de Jess, de la última de las barraganas. Le rogué que no insultara a mi cliente, que ella le amaba de verdad y que lo único que quería era preservar el nombre y el prestigio de Montes y de su obra.

Me aseguró que su padre era un calzonazos, que siempre se había dejado engatusar por unas faldas; que era un tipo fatuo, vanidoso, que no hubiera llegado a ningún sito sin la ayuda primero de su primera mujer, la presencia de doña Helena es cada vez era mayor en su conversación, en su monólogo; después se reivindicó como el sustento profesional de Rafael Montes, sin el pequeño Falín el viejo Montes se hubiera desmoronado como un terrón de azúcar disuelto en el café.

Me aseguró que su padre había perdido el paladar por culpa del tabaco, que tenía una úlcera abierta de estómago y reflujos permanentes que le impedían distinguir un hígado de oca del Perigord de una suela de zapato. El olfato lo perdió el viejo Montes ya en la adolescencia y la permanente ingesta de todo tipo de alcoholes había dejado las papilas gustativas del reputado gastrónomo para el arrastre.

Cierto era que Montes solía escribir sus crónicas, o por lo menos esbozaba algunas ideas y frases, pero siempre se apoyaba en algún colaborador cercano para que le describiera sabores, texturas, olores y condimentos. Desideria era el paladar más fiel del entorno de Montes, aunque para los restaurantes públicos solía valerse del pequeño Falín, que desde niño le había acompañado a muchas salidas. En ese contexto la presencia de Jess había sido casi un sacrilegio, Jess había sido su lazarillo gastronómico en los últimos años y tal vez por eso se habían vulgarizado las crónicas de los últimos tiempos de Montes, que había agudizado sus querencias por productos caros, que abandonaba definitivamente la cocina de terruño. Vinos caros, siempre patrocinados por el distribuidor, y restaurantes a la moda, en los que era más importante identificar con quien comías que lo que comías.

A Falín le dolía que su padre nunca hubiera reconocido en público el papel que había jugado en las últimas publicaciones, la importancia del paladar de Falín en las crónicas más afamadas, las de los restaurantes escondidos en las montañas del prepirineo, el último libro en el que Montes había sido capaz de descubrir algo nuevo comiendo en posadas olvidadas y en casas de comidas frecuentadas por los montañeros.

Pocas opciones me dio para terciar en monólogo, parecía haber vaciado todas sus iras hacia Rovirosa, hacia Jess, hacia Montes, su mundo y su vida. El Joven Montes pasaba a engrosar mi lista de candidatos a asesinos, aquella crispación, aquellos movimientos sincopados, esos golpes de puño incontrolados sobre la barra del bar. El teléfono no dejaba de vibrarle y finalmente lo atendió. Balbució un par de «mamá, mamá» antes de alejarse hacia la salida de la cafetería para continuar en privado la conversación.

Me quedé junto a la barra, atenazado, sin atreverme a sacar la cartera, me veía pagando aquellos tristes cafés mientras veía como Falín se iba alejando. Dejé un billete de cinco euros sobre el mostrador, el camarero me advirtió que no llegaba, que el otro señor se había pedido un agua también. Dejé algunas monedas más y salí a la búsqueda del joven Montes.

Le hice un gesto para que advirtiera mi presencia y le pedí, le rogué, que me pudiera dedicar unos minutos en un futuro próximo, que tenía mucho interés en hablar con él, en poder charlar también con su madre. Seguro que había muchos detalles del legado de Montes que era mejor que pudiéramos comentar y pactar sin necesidad de tener que andar con litigios. Les recordé que mi cliente, Jess, estaba embarazada y que para bien o para mal debían aceptar que en breve tendrían un nuevo hermano.

Me aseguró que tenía mucha prisa pero que me dejaba una tarjeta con su móvil directo, me agradeció la paciencia con la que había soportado todos sus improperios, me pidió disculpas y me aseguró que el no solía ser así, pero que llevaba varios días muy tenso, que encuentros como el que había tenido como Rovirosa había terminado de desatar sus nervios. Le reventaban aquellos vampiros que habían vivido décadas a costa de su padre, pensé que en su delirio Falín no se incluía entre esos vampiros, como si la familia pudiera chupar del bote, de cualquier bote, sin que eso pudiera ser afeado por nadie.

Me rogó que le trasladara a Jess que no había rencores, que era lógico que cada uno defendiera lo suyo, y que el objetivo principal era preservar el legado, la memoria del gran Montes, el mismo que minutos antes había sido descrito como un farsante, déspota y caprichoso.

Fascinado por Falín, me fascinaba todavía más la figura de su madre, la que no había tenido ningún empacho en tildar de putilla a la viuda actual de Rafael Montes en un templo, con el cuerpo presente de su marido.

Yo también le dejé mi tarjeta, me anunciaba como abogado multidisciplinar. Le aseguré que mi idea de la justicia iba más allá de los intereses de mi cliente y que en aras de la paz le propondría a Jess alcanzar un acuerdo que fortaleciera la memoria del gran Montes, el padre de la cocina catalana moderna. Que para esa tarea estaba dispuesto a buscar entre los papeles de Montes algunas de sus últimas notas, que sabía que Montes no había dejado ningún libro escrito y que lo que pretendía Montes era terminar de exprimir la memoria del viejo obligando a Falín a escribir un libro completo como sosías de su padre. Finalmente el joven Montes se fue, tomó un taxi al vuelo y antes de que arrancara ya estaba de nuevo enganchado al teléfono.

Era fundamental recobrar en breve mi contacto con Jessica, no me quedaba más remedio que acudir a mi madre, que pedirla que me llevara a comer con la madre de Jess. Había abandonado a mi madre en las últimas jornadas, no le había cogido el teléfono pese a sus insistentes llamadas; me tocaba desplegar todos mis encantos, incluso estaba dispuesto a invitarla a comer a un restaurante de la Barceloneta, un restaurante caro, incómodo y de cocina dudosa, aunque había tenido el honor de albergar en sus mesas a un afamado director de cine americano que había rodado una escena en el corredor principal del restaurante.

Ensayé mi voz más seductora antes de llamar a mi madre, de hacerme el simpático y proponerle que ella y su amiga vinieran a comer conmigo, sabía que se haría de rogar, que se escudaría en su mala salud de hierro pero que finalmente sus ganas de salir, de ser paseada, sería mayor.

Todavía disponía de un par de horas antes del almuerzo, me ofrecí a pasar a recogerlas, pero ella me dijo que no me preocupara, que había un autobús que la dejaba a las puertas del restaurante, que llegarían sobre las dos y media, que casualmente habían hablado esa mañana y que sabía que la madre de Jess no tenía planes para aquel día, ni para aquel año seguramente.

Empecé a caminar hacia la zona marítima, caminaba despacio, aprovechando la luz y las calmas de invierno.

En uno de los periódicos reproducían una de las recetas patrocinadas por Montes, una receta de las básicas, de las que encantaban a mujeres como mi madre. Era la receta de una paella tradicional para que la que recomendaba utilizar arroz del delta del Ebro, medio quilo, – Montes aparecía en una foto entre arrozales -, cuatro alitas de pollo, medio quilo de conejo cortado menudo, 300 gramos de judías verdes, 200 más de garrofón – la judía seca y plana levantina -, 200 gramos de tavelles – unas legumbres parecidas a las alubias, también levantinas -un tomate maduro rallado, aceite de oliva, una pizca de pimentón rojo dulce, una pizca de azafrán, una pizca más de canela, sal  dos litros de caldo de ave.

Montes aseguraba que el arroz tradicional se hacía en cazuelas de barro, que había que sofreír a fuego vivo la carne troceada, hasta que se dorara, luego añadir la judía verde, las tavelles y el garrofón, rehogarlo 10 minuto removiendo con una cuchara de madera, para evitar que se pegue. Luego el tomate y el pimentón rojo, evitando que se queme para que no amargue. Se añade el caldo de ave, se sala un poco, cuando rompa a hervir añadir el arroz, el azafrán y la pizca de canela.

Se deja hervir unos 20 minutos, sin moverlo, bajando el fuego casi al mínimo aunque sin que deje de hacer burbujillas el caldo.

Los campesinos valencianos le daban un toque final de horno a 180 grados antes de llevarlo a la mesa.

Convenía que se retirara el arroz del fuego cuando aún quedaba una pizca de líquido burbujeante. Dejarlo reposar tres o cuatro minutos tapado con un paño antes de llevarlo a la mesa.

Recorté la receta y la reservé para mi madre, seguro que le haría gracia guardarla y poder enseñar a sus amistades que su hijo era ahora el abogado de la familia de Montes, del gran Montes.

Camino del restaurante encontré a un pintor aficionado que vendía cuadros parecidos a los de Wren, puede que todos los cuadros me recordaran a Wren.
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miércoles, 18 de marzo de 2015

CAP.CCCLXV.- Pequeña muerte por chocolate (6)


6. DESLICES DOMÉSTICOS DE DESIDERIA.

 

Prolongué la sobremesa en la Santina hasta media tarde. El inspector Caballero me esperaba en la comisaría, le mandé un mensaje indicándole la hora a la que me pasaría por allí, después quedé cité a Rovirosa media hora más tarde en el hall del NH Constanza, que estaba al costado de la comisaría.

Caballero no me hizo esperar mucho, hizo que me acompañaran a su despacho y allí me recibió con cierta cordialidad, incluso me invitó a tomar un café de la máquina. Me preguntó por Jéssica, le informé que tenía otras ocupaciones aquella tarde y que había delegado en mi todas las gestiones, no le extrañó; me preguntó también si asistiría a Jéssica cuando fuera a declarar ante la juez – por lo visto el asunto le había tocado por reparto a una juez joven, muy puntillosa -, le dije que no había recibido instrucciones en contra, dato cierto dado que Jess había cortado cualquier vía de comunicación con su abogado. Le pregunté si podría acceder a las actuaciones policiales y me comentó que prefería que esos trámites los realizara ya en el juzgado, creían que no había razones para decretar el secreto del sumario, pero entendía que debía ser la jueza quien examinara las actuaciones policiales y decidiera los pasos que debía a dar para encauzar la investigación; ellos tenían algunas líneas de investigación – las «obvias», intentó tranquilizarme – y pensaba que la juez no tardaría mucho en iniciar las declaraciones, de hecho tenía programada una entrevista con ella a la mañana siguiente.

No le pude sacar muchos datos y poco menos conclusiones, me intrigaba saber a qué hora habían descubierto el cadáver, Caballero me dijo que el servicio doméstico llamó a la policía sobre las nueve y media de la mañana del lunes y que en 10 minutos había ya una unidad de lo Mossos, otra de la policía local y una ambulancia que, finalmente, resultó innecesaria. La jueza instructora llegó a eso de las 10 de la mañana con el forense y el resto de la comisión, tomaron unas fotos y dio instrucciones de que el cuerpo fuera trasladado al depósito. En la casa sólo estaba una persona de servicio, Desideria, que fue la que se encontró el cadáver y la casa revuelta; casi de pasada Caballero se sorprendió de la fría reacción de la criada, que intentó seguir con sus tareas domésticas pese a que el secretario judicial le advirtió en varias ocasiones que no se podía tocar ningún objeto.

Terminamos el café y Caballero sacó del cajón una bolsa de plástico transparente, cerrada con un precinto adhesivo, en el interior se veía un grueso manojo de llaves, la abultada cartera de Montes, un reloj de pulsera, tres anillos, uno de ellos con una pieza de obsidiana y un escudo de armas, varias cadenas de oro, algo de correo comercial y bancario que había quedado en el buzón, notas sueltas, un cuadernillo con apuntes y las tarjetas de varios restaurantes. Antes de permitirme tocar la bolsa me hizo firmar un recibí en el que se detallaban los objetos entregados; a partir de ese momento como representante de la familia del finado me comprometía a entregar de inmediato todos esos objetos personales.

Rovirosa me esperaba inquieto a la entrada del hotel, le hice ver que el hall no era lugar apropiado para desprecintar la bolsa. Nos dirigimos hacia la cafetería que había junto a la recepción, antes de tomar asiento Rovirosa ya había pedido un whisky doble con mucho hielo, no le quité mano y no dejé que bebiera solo, pedí otro para mí. Ante su atenta mirada abrí la bolsa, se desperdigaron sobre la mesa los objetos personales de Montes, parecían los abalorios de un viejo tratante de ganado. Revisó nervioso las notas y el cuadernillo, en seguida los lanzó sobre la mesa. Buscó con la mirada el manojo de llaves, parecía que era su última esperanza. Se tomó el whisky de un solo trago y dejó sobre la mesa un billete de 20 euros, yo apenas pude darle un sorbo al mío, no tenía las urgencias que justificaran un golpe de alcohol tan seco y repentino en mis venas.

Mi nuevo cliente era de bolsillo menos perezoso que Jess, pagó la consumición y también el taxi que nos llevaba a casa de Montes, se pasó el trayecto, no muy largo, revisando los mensajes de su teléfono, en un silencio tenso que sólo se rompía cuando el taxista blasfemaba al llegar a los cruces, parecía que la blasfemia le franqueara el paso y le permitiera cruzar sin mirar. Intenté tranquilizarle asegurándole que en la casa encontraríamos el ansiado manuscrito.

Anochecía, costó convencer a Rovirosa de que esperara al ascensor. Pese al frio de febrero sudaba como si se encontrara en el trópico, fue inevitable imaginar cómo hubiera afrontado ese trance Jess, seguramente con mucho más encanto. Añoraba su ligereza y su frivolidad.

Fue girar la llave y sentir que las cosas no irían bien, una sola vuelta y accedimos a al recibidor, había luz en la casa y en pocos segundos Desideria llegó a la puerta, sorprendida por nuestra presencia; Rovirosa dio un paso atrás y me dejó en primera línea de fuego. Nos miramos durante unos instantes a los ojos, luego yo bajé la mirada, ella ganaba, yo empecé a balbucear: «La señora me ha autorizado a traer los objetos personales del señor». «¿La señora?». Preguntó. Marcó un silencio eterno que apuntaló mirándome nuevamente a los ojos. «Doña Jesica». Nuevo silencio antes de que articulara un sonido gutural. «Ah». Un sonido seco, acompañado de un nuevo silencio. «Hagan lo que tengan que hacer, como si estuvieran en su casa». Se dio media vuelta y regresó a sus quehaceres. Dándome la espalda comentó «yo estoy intentando poner un poco de orden».

Rovirosa pensó que estaba más seguro ya que dio un nuevo paso al frente y se adentró en las habitaciones, parecía conocer bien la casa. Entró en el despacho y abrió los cajones en busca de algún legajo, no le dolieron prendas al coger algunos pendrives, le recordé que cuando los hubiera revisado debía reintegrármelos. No le hacía mucha falta mi presencia, así que decidí seguir con mis pesquisas con la casa y fui hacia el dormitorio de Montes, el último lugar en el que Jess y Rafael estuvieron juntos.

Desideria trajinaba por el salón, yo iba por el largo pasillo hacia las alcobas cuando, a la altura de la puerta de la cocina oí la musiquilla de un teléfono móvil, era de tono muy bajo. Sobre la encimera de la cocina había un teléfono, supongo que de Desideria, mi primera intención fue avisarla de la llamada pero fue mayor mi curiosidad, me acerqué hacia la pantalla y vi el nombre de doña Helena, grabado en letras mayúsculas y azules. El teléfono dejó de sonar pero la pantalla quedó iluminada con la indicación del remitente. Le di un ligero toque a la puerta de la cocina, para no ser sorprendido con las manos en la masa, y comprobé las llamadas registrada en la memoria, había una larga sucesión de comunicaciones entre Desideria y doña Helena, en el listado constaba que Desideria había llamado a la viuda a las ocho y media de la mañana en la que se descubrió el cadáver.

Ninguno de mis clientes me había encomendado que investigara sobre el crimen, tanto Jess como Rovirosa parecían más empeñados en que buscara documentos que en averiguar la verdad, puede que la verdad no les preocupara. Sin embargo a mí se me amontonaban los indicios, a mi lista de sospechosos se incorporaban Desideria y Doña Helena, la primera hermética, la segunda lenguaraz.

Seguramente la memoria de aquel teléfono me habría dado alguna otra sorpresa, pero me costaba mucho actuar al margen de las leyes aunque mi curiosidad me hubiera llevado a una audacia inusual en mí.

Podría haberme dirigido al salón y haber abordado a Desideria, no era sin embargo mi función y corría el riesgo de que me fulminara sólo con la mirada. Salí de la cocina, marché hacia el salón y, de pasada le comenté a Desideria que me parecía haber oído sonar un teléfono. Dejó sobre la mesa del salón una pila desordenada de libros y salió ligera hacia la cocina. Acostumbrada a dirigirse a mí de espaladas me dijo que no era necesario que me acercara a los libros, que ella se ocuparía gustosa. Estaba claro que le incomodaba mi presencia, sobre todo en el salón. Entre los libros que había abandonado había varios de formato grande, recetarios de grandes cocineros internacionales y un ejemplar facsímil de la primera edición de la Fisionomía de Gusto, de Brillant Savarín, por lo visto – lo estudié después – uno de los padres de la gastronomía moderna. No me atreví a tocar los libros, bastante había arriesgado ya en la cocina, como para adentrarme en nuevos riesgos en el salón, si Desideria había tenido la sangre fría de matar a quien había sido su jefe durante más de cincuenta años seguramente no tendría problema alguno en liquidarme allí mismo. Si a Jessica la consideraba con talento suficiente como para haber encomendado a terceros el asesinato, si a Rovirosa lo consideraba lo suficientemente alterado como para disparar a Montes en un momento de angustia, de lo que no me cabía duda era de que si Desideria hubiera sido la asesina lo hubiera hecho con la frialdad y la precisión de una asesina a sueldo.

Andaba yo en estas disquisiciones cuando noté clavada en la espalda su mirada. «Si el señor busca algo yo se lo puedo encontrar, no revuelva, y dígale a aquel sujeto que anda pululando por el despacho que deje ya de enredar, por respeto a la memoria de Montes». Tomó de nuevo la pila de libros y los fue colocando ordenadamente en las baldas de la biblioteca. Intenté retener en la memoria la imagen de aquellos libros, seguro que tenía algún sentido la pulcritud con la que Desideria colocaba aquellos ejemplares.

Rovirosa seguía revolviendo cajones y rebuscando papeles sin mucho sentido. Le indiqué que nuestro tiempo en la casa se estaba agotando y que convenía marchar, que Desideria se ocuparía de todo, sin saber muy bien qué significada aquel «todo».

Rovirosa me preguntó si tenía planes para cenar, quería llevarme a uno de los restaurantes preferidos de Montes, podíamos ir andando. Por el camino revisó la pantalla de su teléfono móvil, mandó unos mensajes y caminó como si lo hiciera solo.

Entramos en un restaurante viejo, mal iluminado, parecía anclado en los años setenta, todavía no había llegado ningún comensal, puede que aquella noche no tuvieran otros clientes. El restaurante tenía servicio preparado para atender a 300 personas, quién a 300 fantasmas. En las paredes había fotografías perdidas en el túnel del tiempo, personajes de un pasado remoto, entre ellos un joven Montes, ya orondo y periforme, de pie, en mitad de una era, cubierto con un largo babero y peleándose con una cebolleta semicarbonizado y pringado de una salsa anaranjada, un calçot. Sobre la fotografía la firma autógrafa de Montes y una cariñosa dedicatoria al dueño del restaurante. Había otras fotografías en las que aparecía Montes, a veces solo, a veces acompañado de la gente más variopinta, entre ellos a la mismísima Lola Flores frente a una bandeja de caracoles.

El cocinero del local salió a recibirnos, se abrazó efusivamente a Rovirosa, por lo visto le había editado un libro de recetas años atrás. Nos llevó a una mesa escondida tras un biombo, me sorprendió porque no parecía que aquella noche tuviéramos gran riesgo de ser descubiertos por terceros. Rovirosa pidió un whisky para hacer boca, además le pidió que fuera enfriando una botella de champagne, no parecía que hubiera mucho que celebrar. Rovirosa me preguntó si no me importaba que se incorporara a la mesa un comensal de última hora, por lo que me comentaba acababa de recibir un mensaje de un viejo amigo que lo era también de Montes, un crítico gastronómico de Madrid que estaba de paso por la ciudad, por lo visto quería editar un libro explicando los entresijos del boom de la cocina española.

A esas alturas de la noche me daba lo mismo casi todo.

Como homenaje a Montes y a su destreza desenfundando calçots pedí de primer plato un pastel de calcots y de gambas, supongo que la misma receta se podría hacer también con puerros, pero el sabor a brasas de las cebolletas catalanas le daba un punto cenizo al plato.

Como Rovirosa y su amigo se enfrascaron en una larga conversación casi en clave sobre vivencias y recuerdos comunes, me entretuve en revisar las fotografías del restaurante, le pedí al camarero que nos atendía que me facilitara el libro de recetas del chef, el que había editado Rovirosa, descubrí que la receta era sencilla, se necesitaban 600 gramos de calçots ya braseados y pelados, sólo se usaba la parte blanca de la cebolleta. 150 gramos de gambas frescas, también peladas, sólo se utilizaban las colas. 6 huevos, 250 mililitros de nata líquida, sal, pimienta, nuez moscada, aceite de oliva, mantequilla y un poco de harina de repostería.

Se cortan los calçots en trozos pequeños y se terminan de confitar – estaban previamente asados – con un poco de aceite de oliva, hasta que queden casi como una compota. Se escurren y reservan.

Se pone una cazuela con un chorrito de aceite, a fuego vivo, se puede aprovechar el aceite en el que se han rehogado los calçots. Se pasan las gambas durante un par de minutos, meneando la cazuela. Cuando tomen color se baja el fuego y se añaden los calçots. Se remueve con cariño hasta que se mezcle todo. Se pone el fuego al mínimo, se salpimenta el guiso y se le añade una pizca de nuez moscada. Se añade la nata y se deja calentar unos minutos, sin dejarla hervir para que no se corte. Cuando traba bien la mezcla se aparta el cazo del fuego y se le da un golpe de batidora, cuidando que no se deshagan las gambas, han de notarse los trocitos.

En un cuenco a parte se baten los huevos, mientras enfría el contenido del cazo. No conviene que la mezcla de leche, calçots y gambas esté muy caliente, se mezcla todo con los huevos y se pasa todo a un molde metálico previamente engrasado con mantequilla y enharinado ligeramente para que no se pegue.

Se coloca el molde en el horno, al baño maría; el horno ha de estar previamente caliente – a 175 grados -. Para que cuaje el pastel será necesaria por lo menos una hora de cocción, no conviene que el fuego esté muy vivo porque quedará muy seco; si el fuego es muy suave no se terminará de cuajar y puede desmontarse cuando se desmolde.

Se saca del horno y se deja reposar un par de horas antes de desmoldarlo. Se puede presentar sobre una cama de escarola y con un poco de la salsa típica de los calçots, una mezcla de almendras tostadas , ñoras, pan tostado, aceite de oliva y una pizca de guindilla, ajos, tomate triturado, vinagre y pimentón, una salsa densa y sabrosa que puede ser un contrapunto agradable para el pastel; recomendaban que no se abusara de la salsa para evitar que diluyera el sabor de las gambas.

Terminamos la cena sin que terminara de entender bien qué razón tenía mi presencia en aquella mesa. Habíamos abierto boca con un whisky, dos botellas de champagne, otra de tinto y un whisky más a los postres. La conversación y el alcohol habían relajado algo a Rovirosa, no a mí, que seguía pensando en el espectro de Desideria, puede que quien estaba en el apartamento aquella tarde no fuera ella sino su fantasma, haciendo compañía al fantasma de Montes.

En las novelas americanas el detective protagonista tiene relativa facilidad para hablar con testigos y con sospechosos, a veces recibe algún puñetazo pero lo cierto es que las narraciones suelen navegar fluidamente gracias a la facilidad con la que los detectives llegan a las casas de las personas a las que investigan y, en pocos minutos, consigue iniciar un interrogatorio elegante y sagaz. En España esa accesibilidad era una quimera, Desideria nunca se prestaría a contestar a mis preguntas, puede que no aceptara contestar ni tan siquiera a un juez; doña Helena ya había demostrado que era capaz de interponer entre ella y Jess una nebulosa de abogados petulantes. Además entre mis tareas no estaba la de descubrir quién asesinó a Rafael Montes, tenía que contentarme con ser perrito faldero de Rovirosa, quien, por cierto, me citó a la mañana siguiente a las 9 de la mañana en su despacho.

De salida al exterior comprobé que aquel restaurante no había tenido otro cliente en toda la noche. En un recodo junto al baño había un Leonard Wren, seguro que Montes había tenido algo que ver con ese cuadro.
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miércoles, 4 de marzo de 2015

CAP.CCCLXIV.- Pequeña muerte por chocolate (5)


5. LAS ANGUSTIAS DE ROVIROSA.

Me acosté con la firme convicción de renunciar a la defensa de los intereses de Jéssica y con la misma convicción me levanté a la mañana siguiente, hasta el punto de telefonearla a las nueve de la mañana para comunicarle mi abandono; como era previsible no cogió el teléfono, hay categorías de mujeres que no están operativas a las nueve de la mañana y Jéssica indudablemente pertenecía a ese tipo de mujeres. No me atreví a formalizar mi decisión pero serio y circunspecto le dejé un mensaje en la que le decía que teníamos que vernos urgentemente. A los pocos segundos de haber terminado de hablar con su contestador sonó el teléfono, por un instante pensé que era ella, que había recapacitado y me pediría disculpas.

No era ella quien me llamaba sino Rovirosa, el editor de Montes, seguía tan alterado como le había conocido días atrás, me preguntó si yo era el abogado de Montes, le dije que hasta donde yo sabía Montes no tenía abogado o, si lo tenía, no había dado señales de vida; le aseguré que yo defendía únicamente los intereses de Jéssica Palomeque por lo que difícilmente podría ayudarle. Insistió en que nos viéramos de inmediato, parecía que le iba la vida en ello. Me convocó en su despacho y me dio el margen de una hora para que pudiera ducharme y desayunar. Tenía la oficina en el paseo de Gracia, allí nos veríamos sobre las diez y media.

Me duché y estiré como pude el traje recién comprado, la verdad es que la experiencia del tren de Sitges de la tarde anterior había dejado el terno como un guiñapo; lo dejé colgado de una percha mientras me duchaba para ver si el vapor eliminaba alguna de las arrugas, quedó correoso por la humedad, lo cierto es que mi otro traje no tenía mucha mejor presencia. A los gastos ya acumulados habría de incluir los de una urgente tintorería.

No tenía costumbre de coger taxis, ni costumbre ni economía que soportara tales dispendios, pero se me hacía tarde; no era sencillo atravesar Barcelona a esas horas de la mañana, todavía circulaban alguno autobuses escolares y la ciudad, medio en obras, era intransitable. Pese al gasto extraordinario de locomoción llegué cinco minutos tarde a la cita, cinco minutos a los que añadí diez minutos más para tomarme un café que me ayudara a terminarme de despejar. Llamé otra vez, sin éxito, a Jéssica, no me atreví a dejar un nuevo mensaje.

Pasé por la recepción de la editorial, allí una hermosa azafata me atendió y me acompañó al ascensor, cuando uno se encuentra con una mujer tan hermosa como aquella es difícil llamarla portera y lo de recepcionista tampoco terminaba de encajar con sus zapatos de tacón en punta y su estrecha falda de tubo con una acertada hendidura por la parte de atrás. Los tacones, la moqueta y el tubo de la falda apenas la dejaban caminar, lo hacía como si fuera una geisha. Entramos juntos en el ascensor, activó con una tarjeta magnética los botones que indicaban las distintas plantas, pulsó la última de ellas y salió de inmediato asegurándome que una asistente del Sr. Rovirosa me aguardaba en la antesala del despacho.

La asistente que me aguardaba arriba era un clon de la que me había atendido en la planta inferior, los mismos tacones, la misma blusa transparentosa, la misma falda de tubo y la misma fría amabilidad. Golpeó ligeramente con los nudillos una solariega puerta de roble y, sin esperar respuesta, me hizo pasar. Rovirosa hablaba por teléfono, me hizo un gesto para que me acomodara en uno de los butacones de cuero. Desde el ventanal del despacho se veía el Paseo de Gracia, parte de la Diagonal y las terrazas de los edificios más emblemáticos del ensanche. En las paredes había fotografías de Rovirosa con los principales escritores españoles e hispanoamericanos de los últimos 50 años, alguno de ellos era tan famoso que incluso yo los conocía aunque llevara décadas sin leer otra cosa que no fuera la prensa. También había un cuadro de Wren, supongo que Rovirosa, al igual que Montes, había sucumbido a los encantos del acuarelista norteamericano.

Esperé unos minutos hasta que terminó la conversación, hablaba de la posibilidad de publicar unos cuentos de un francés de nombre impronunciable, yo me sonreí porque apellido que barajaba sonaba algo así como Huelemalk, o puede que Huelebien, en toco caso una palabra divertida, impropia de un autor consagrado.

Colgó el teléfono y se puso en pie para darme la mano, completamente sudada, y para dirigirme hacia una ala del despacho en la que había unos cómodos sofás y una mesa baja de marmol, llamó a una secretaria para que nos trajeran café y varios botellines de agua.

Arnau Rovirosa había sido sin duda un hombre apuesto, un ejecutivo triunfador, pero en aquel momento, con sesenta años ya cumplidos, parecía un hombre angustiado, sudoroso, de aspecto algo descuidado, la cara fofa y la mirada perdida, una caricatura del galán que aparecía en todas la fotos que decoraban la estancia.

Tras un intercambio inicial de frases de cortesía me planteó su principal problema con relación a Montes, seguro que tenía otros cientos de problemas que le angustiaban menos. Por lo que me comentó Montes era un sableador profesional, se había pasado los últimos meses pidiéndole anticipos a cuenta de un libro definitivo que estaba escribiendo sobre la cocina catalana; por lo visto el entorno de amigos de Montes sabía que su situación económica no era muy boyante y todos ellos habían recibido de una u otra manera requerimientos de dinero. Era habitual que Montes pidiera dinero a sus amigos, normalmente pequeñas cantidades que resarcía rápidamente en forma de artículos o de pequeños favores comerciales, tenía por norma no devolver nunca el dinero pero sí hacer una reseña favorable de un restaurante si su chef le había prestado alguna cantidad, o hablar bien de un vino si le debía dinero al bodeguero; para Rovirosa había escrito algunos prólogos y asistido a presentaciones de algunos libros cuenta de cantidades entregadas, y siempre recomendaba con interés cualquier publicación que tuviera el sello de Rovirosa Ediciones. Sin embargo en los últimos tiempos las peticiones de dinero se habían incrementado, Montes imputaba a Jessica esos dispendios, aseguraba que era una mujer caprichosa que en todo momento exigía atenciones especiales. Rovirosa había decidido dejarle de prestar dinero, en su lugar le entregó varios pagarés que sólo se harían efectivos a medida que Montes le entregara los capítulos del anunciado libro; cinco pagarés que alcanzaban la suma total de 50.000 euros a cuenta que la publicación de una obra llamada a ser un hito en la historia de los fogones de Cataluña.

La sorpresa de Rovirosa vino cuando descubrió que Montes, sin duda acuciado por la necesidad de efectivo, había negociado esos pagarés y se los había endosado a un prestamista; por lo visto el prestamista había adelantado una cantidad importante de dinero a cuenta de los pagarés y ahora los tenía en su poder.

Yo, en mi papel de abogado y pensando que Rovirosa requería mis servicios, me ofrecí para llevarle las posibles reclamaciones; él me aseguró que las reclamaciones que hasta el momento le habían hecho no eran judiciales, que le habían advertido que si en 48 horas no hacía efectivos los pagarés le iban a partir las rodillas, de hecho la última llamada que  recibió fue de un sicario con un marcado acento del este. Poco podría hacer yo como guarda-espaldas de Rovirosa, tampoco contaba con amistades en el submundo de los usureros.

Rovirosa, dispuesto a sincerarse, me comentó que su editorial tampoco pasaba por un período boyante, de hecho él se había desprendido de la mayor parte de las acciones de su propia compañía, que se las había vendido a un potente grupo inversor sueco y que únicamente ostentaba la posición de presidente no ejecutivo de la editorial, sólo ponía su sonrisa para salir en alguna foto, su agenda para conseguir algún favor y poco más; por lo tanto los cincuenta mil euros habría de pagarlos de su bolsillo. Aquello siendo un problema no era sin embargo su mayor preocupación, su angustia veía por el riesgo de que Montes, hombre de pocos escrúpulos, no hubiera vendido finalmente el libro a cualquier editorial competidora. Rovirosa conocía bien a Montes y sabía de lo que era capaz por dinero.

En aquel pasaje de sus confidencias sonó mi móvil, número oculto, normalmente no me gusta interrumpir una reunión por una llamada pero la posibilidad de que fuera Jessica la que hubiera tenido a bien contactar conmigo me hizo ser descortés con mi anfitrión.

No era Jessica sino el inspector Caballero, me anunciaba que habían dado traslado de las diligencias a la juez de instrucción y que ésta había ordenado alzar el precinto del domicilio de Montes. Me indicaba que estaban a disposición de “la viuda” algunos objetos personales que había recogido en el domicilio, la correspondencia de los últimos días y un juego de llaves. Por lo visto no habían podido localizar a la señora de Montes y por eso contactaban conmigo.

En circunstancias normales cuando un abogado recibe una llamada como la que yo había recibido lo que debía hacer era contactar con su cliente y ponerla inmediatamente al tanto de la información. Ni mis circunstancias eran las normales, ni yo me tenía por un abogado éticamente pulcro, mi cliente tampoco lo era; por lo tanto no dudé en comentarle a Rovirosa el contenido de la llamada y ofrecerle mis servicios para poder indagar si entre los objetos personales de Montes o en su domicilio pudiera estar oculto el dichoso manuscrito.

Rovirosa, atenazado sin duda por la angustia, no dudó en contratar mis servicios en aquel mismo instante y, para fidelizarme, sacó un talonario en el que extendió a mi nombre un cheque por la suma de tres mil euros que podrían hacerse efectivos esa misma mañana, la única condición que ponía Rovirosa es poder acceder a las pertenencias y domicilio de Montes antes incluso que la propia Jessica; no se fiaba en absoluto de Jéssica y no dudaba de que si caía en sus manos aquel libro excepcional lo pudiera malbaratar.

Dudé unos instantes ya que una cosa era tener dos clientes entre los que pudiera haber un conflicto de intereses y otra, muy distinta y grave, la de traicionar a mi cliente inicial. Finalmente acepté el talón y la encomienda convencido de que Jessica hubiera actuado igual en idéntico trance, además yo ya había decidido renunciar a la defensa de Jessica y sólo me quedaba hacer efectiva esa renuncia. Los tres mil euros mejoraban mi margen de operaciones.

Antes de despedirme convinimos en vernos a las cinco de la tarde en una cafetería cercana a la comisaría de los Mossos de Escuadra, yo habría recogido ya los objetos personales de Montes y podríamos ir juntos al domicilio del fallecido. Disponía de unas horas para cobrar el cheque, localizar a Jess, resolver nuestra relación profesional y empezar a asistir legalmente a mi nuevo cliente.

De regreso al exterior contacté de nuevo con las asistentes de Rovirosa, mi nueva relación profesional me hizo concebir la esperanza de que regresaría en más ocasiones a aquellas oficinas y quién sabe si no terminaría siendo el abogado de aquella editorial, no tenía que hacer otra cosa que encontrar el libro dichoso y entregárselo a Rovirosa.

Ya en la calle llamé nuevamente al móvil de Jess, la voz metálica de una operadora me dijo que el número marcado no coincidía con ningún teléfono de la compañía; repetí la operación varias veces, comprobé que los números marcados eran los correctos; el mensaje era siempre el mismo, aquel abonado se había dado de baja. Jéssica había aprovechado aquel rato para cancelar el número de teléfono.

Fui a cobrar el talón a una oficina bancaria cercana y, con el dinero en el bolsillo, paré un taxi para que me llevara al apartamento de Jessica; lo de tener cierto desahogo monetario me estaba convirtiendo en un usuario habitual del taxi, sabía que si seguía abusando del gasto tarde o temprano me iba a arrepentir pero en mi nuevo estatus de abogado de un editor sentía ciertas premuras.

El portero del edificio en el que vivía Jess – aquél sí que era un portero tradicional, vestido con una bata azul oscura y pantalón gris raído -, me comunicó que la señorita de Montes había dejado el apartamento aquella misma mañana, que se había marchado con varias maletas y que le había entregado las llaves en un sobre, asegurándole que no volvería por allí. EL portero le ayudó a dejar las maletas sobre la acera, avisó un taxi y vio como Jessica abandonaba ese barrio hacia un destino desconocido, aunque el portero no descartaba que hubiera salido de viaje, sólo así se entendía todo aquel despliegue de maletas y de prisas.

El errático comportamiento de Jessica aplacó mi mala conciencia, cada vez veía menos reproches en mi actuar de aquella mañana. Consideraba evidente que Jessica había dado por tácitamente resuelta nuestra relación profesional, sólo así se justificaba que no me hubiera comunicado su partida, que hubiera cancelado la línea de móvil y que no me hubiera dado ninguna instrucción. ¿Qué podría hacer yo ahora si aparecía el dichoso testamento ológrafo redactado por Montes en el postcoitum?¿Seguía teniendo interés Jessica en aquel documento una vez se había enterado de que el patrimonio de Montes estaba infectado de deudas?

Entre idas, venidas y otras cuitas había llegado la hora de comer. Mi madre me llamó para ver si me acercaba a su casa para almorzar con ella y acompañarla a hacer unos recados, escabullí el bulto como pude, no me apetecía gran cosa que me interrogara a cerca del asunto Montes, ni que me pidiera detalles de mis trabajos para la hija de su amiga. Mi madre protestó, se quejó de que llevara varios días sin llamarla y sin ir a verla, mi recriminó que no hubiera sido nada cariñoso con ella y con su amiga el día del funeral. Le aseguré que tenía muchos trabajos y muchas complicaciones, que el asunto Montes era extremadamente complejo y que la familia había depositado en mi toda su confianza para gestionar multitud de cuestiones legales, era mi oportunidad de convertirme en un abogado de referencia en la ciudad. Tan serio me puse que mi madre no tuvo otro remedio que pedirme sinceras disculpas y ofrecerse para ayudarme en todo lo que fuera preciso.

Hubiera podido ir a comer a cualquier restaurante de la ciudad, seguía disponiendo de dinero, tanto el que me había entregado Rovirosa como el que me pagó Jéssica, pensaba que con una huida tan precipitada su última preocupación sería que saldáramos cuentas. Aquella nueva perspectiva del dinero no me impidió decidir ir a comer a la Santina y evitar coger un nuevo taxi. La ventaja de la Santina es que fuera la hora que fuera me prepararían un plato caliente, estaba cerca de casa y si el mediodía se daba bien incluso podría descabezar una siesta antes de ir a la comisaría a encontrarme de nuevo con Caballero, a quien no debía anunciar la fuga de mi antigua cliente, y con Rovirosa, a quien tampoco convenía tener demasiado informado, bastante agobiado se le veía como para incrementar sus tensiones con especulaciones acerca de la desaparición de la novia de su amigo.

Rovirosa, al igual que Jessica, tampoco parecía especialmente preocupado porque alguien averiguara la identidad del asesino de Montes,  o ambos tenían mucha confianza en la policía, o ambos tenían algo que ocultar, o simplemente Montes había sido un sujeto tan mezquino y deleznable que les daba completamente igual identificar al autor material de aquella muerte tan atroz.

Caminé durante media hora para intentar ordenar algunas ideas, intentado identificar los sitios en los que Montes habría podido guardar el manuscrito de su nuevo libro, si es que existía tal ejemplar; intenté recordar la distribución de las estancias de la casa, el despacho de Montes y las decenas de carpetas, recortes y libretas que habían quedado desparramados por el suelo; no fui capaz de identificar si en la casa había algún ordenador en el que pudiera estar encriptado el original; confiaba en el inspector Caballero, seguro que el habría sistematizado las piezas de convicción y me entregaría en mano un pen drive lleno de documentos originales de Montes dispuestos a ver la luz y la gloria, eso evitaría que tuviera que allanar de nuevo la morada del fallecido y de tener que cargar con Rovirosa toda aquella tarde.

En la Santina los habituales estaban tomando ya los cafés y empezando a repartir las cartas para la partida de sobremesa. Covadonga me miró con cierto desprecio a la vez que me anunciaba que había albóndigas con sepia, un plato habitual de la casa aunque fuera de la cocina tradicional catalana; le molestaba tener que dejar de fregar el suelo de la sala de comidas y tener que pedir que se encendieran de nuevo los fogones, a esa hora le gustaba acomodarse en la barra y servir los carajillos y las copas de coñac mientras veía el serial de la sobremesa.

El guiso estaba estupendo y, para congraciarme con la patrona, así se lo dije, pidiéndole, si era posible, repetir. Sabía que si alagaba su mano en la cocina a lo mejor conseguía que esbozara una sonrisa y que perdonara mi impuntualidad. Aquel segundo plato de albóndigas me supo incluso mejor, tanto que le pedí la receta. “Ahora que te juntas con gente postinera te interesa la cocina”, me dijo con malicia; le pregunté que como sabía que yo tenía ahora como clientes a gente de posibles, guardó silencio pero me lanzó a la mesa el diario en el que aparecía una foto del funeral de Montes en la que aparecía yo tras Jessica, enfundado en mi traje oscuro.

Se sentó en la mesa conmigo, algo inusual, pensé que empezaría a preguntarme a cerca de mi clienta y de mis nuevas relaciones. Nada más alejado a su intención. Me miró con picardía y me dijo: “Toma nota”. Paró en seco. “Aunque a ver si aprendes a cocinar y pierdo un cliente”. La cogí de las manos y le aseguré que los tipos como yo nunca dejamos tirada a una dama, que la Santina era mi segunda casa.

“Toma nota, zalamero”, me dijo. Empezó a enumerar los ingredientes necesarios para hacer una sipia amb mondonguilles de verdad:

 Para la masa de las albóndigas:

Medio quilo de carne picada – ella usaba una mezcla con 3 partes de carne de lomo de cerdo y dos de babilla de ternera, con un trozo de jamón serrano también picado para darle un toque de sabor.

1 huevo

1 diente de ajo picado

3 cucharadas de pan rallado

2 cucharadas de leche

1 pellizco de sal y de pimienta.

Aunque era precisa en las medidas me aseguró que ella había terminado por poner los ingredientes casi a ojo.

Para para la picada se necesitaba

Una onza de chocolate negro

1 diente de ajo pequeño

10 avellanas o almendras

1 cucharadita de perejil picado (fresco o seco)

½ cucharadita de canela molida.

Unas hebras de azafrán.

Además la receta necesitaba que se tuvieran presentes  2 Sepias medianas, aceite de oliva, harina para rebozar las albóndigas y 100 gramos de guisantes – ella utilizaba unos congelados que compraba en la Sirena y que eran mejores que los frescos - una cebolla mediana, dos tomates pequeños y maduros, ½ vaso de vino blanco y un poco de caldo, era indistinto que fuera de pescado o de carne ya que como era un plato de los de mar y montaña casaba bien cualquier tipo de caldo.

Había que preparar por un lado las albóndigas y por otro el guiso de sepia. Ella decía que era mejor empezar a cocinar las sepias cortándolas a tiras y ponerlas en una sartén amplia con un chorrito de aceite. Hay que dejar que se evapore un poco el agua, echarle sal y pimienta y dejar que las tiras de sepia cojan algo de color. Se reserva la sartén con la sepia y el jugo que destilen.

En un recipiente amplio mezclamos todos los ingredientes para la masa de las albóndigas. Se van formando las bolas, a poder ser pequeñas, se rebozan con la harina y se doran ligeramente en una sartén o cacerola con un chorro generoso de aceite a fuego medio para que se doren. Se reservan también Reservar.

En el aceite en el que se han dorado las albóndigas se rehogan durante unos minutos los guisantes, no hay necesidad de descongelarlos previamente.

Se pela y se corta fina la cebolla y añadirla a una cazuela limpia, con un poco de aceite. A continuación se añaden los tomates rallados y se fríen junto con la cebolla durante unos 6-7 minutos a fuego medio. Seguidamente añadía el vino blanco dejándolo rehogar unos minutos antes de añadir el caldo y dejar todo hirviendo mientras preparaba la picada.

Para la picada ponía en el mortero majamos todos los ingredientes de la picada, añadiendo un poco de líquido de la cazuela para que trabe bien. Hecha la picada se añade a la cazuela que está hirviendo amorosamente – palabra de Covadonga -. Tiene que hervir todo unos 10 minutos antes de añadir por fin las albóndigas, la sepia y los guisantes. 10 minutos más para que se integren los sabores y ya puede ir el plato a la mesa.