domingo, 25 de octubre de 2026
Capítulo CDXXXV.- La construcción de un otoño 2.0
Avanza el mes de octubre. El «fresquito» de hace unas semanas se ha convertido en un «fresco», sin vuelta atrás. Esta noche han cambiado la hora, se atrasaron los relojes y anochecerá antes. Quedaron atrás las tormentas furibundas con las que el verano intentaba no despedirse, el otoño luce plácido y tranquilo.
Reviso las notas de la Ilíada, la terminé de leer hace un par de años. Refresco la memoria. La guerra de Troya duró 10 años, sin embargo, la Ilíada apenas discurre en 51 días, los que se corresponden con la toma final de la ciudad. Ulises todavía tardará 10 años más en regresar a su tierra.
El tiempo de la Ilíada se inicia a finales de verano, nuestro septiembre, y se adentra en el otoño. La caída de Troya coincide con el final de nuestro octubre, tal vez Troya cayó un día como el de hoy de hace 3.200 años. Ahí es nada.
Releo algunos pasajes que tenía marcados, los que se refieren a cómo preparaban aqueos y troyanos las batallas, En el Canto II se describe: «Ahora vayan a comer para que luego trabemos el combate. Que cada uno afile bien su lanza, prepare bien su escudo, dé el pasto a los caballos de rápidos pies y examine bien su carro por ambos lados, pensando en la guerra...»
En este otoño prebélico yo no afilo mis lanzas, ni bruño mi escudo o mi casco, pero en los amaneceres que paso en Madrid aprovecho las horas de la madrugada para planchar la camisa, alisar los pliegues de las corbatas que llevo en la mochila y reviso los trajes, normalmente oscuros, que suelo ponerme para ir a trabajar; elimino las arrugas más evidentes y dejo la ropa colgando hasta la hora de salir de casa.
No es un ritual tan épico como el de los aqueos y troyanos, pero las tareas de planchado en la soledad de mi apartamento, mientras empieza a clarear el día, se convierten en una rutina que me ayuda a ordenar las tareas y las peleas de la jornada.
Si todo va bien, que irá bien, esta semana encontraré tiempo para visitar a mi madre (recuerdo todavía los días en los que hacía comentarios puntuales a este blog. Hace tiempo que ya no se acuerda de que este blog existe); también me perderé unas horas por el museo del Prado. He preparado los materiales para detenerme un buen rato a disfrutar del Marte de Velázquez, me he documentado para contemplarlo durante unos minutos, para descifrar sus secretos. Siempre pensé que era la imagen de un dios derrotado, ahora tengo mis dudas.
Reviso el cuadro y veo a un Marte meditabundo, de edad madura, con sus atributos guerreros desordenados, no muy preocupado por su desnudez. Reposa en el límite de una cama desordenada. Marte ha abandonado la guerra por el amor, es un héroe satisfecho al que no le preocupa lo que sucederá en la guerra.
Como he madrugado esta mañana por el cambio de hora, he tenido tiempo para dedicarlo a las tareas propias de la diletancia. Pese a que he intentado leer todo lo que ha llegado a mi mano sobre Velázquez, nunca había tenido el tiempo, la paz de espíritu o la cultura suficiente como para enlazar tres obras importantes de Velázquez: La fragua de Vulcano (1630), Marte (1638) y la Venus del Espejo (1647).
El primero y el último de esos cuadros los pinto Velázquez en Roma, en su primera y su segunda estancia. Entre estas tres obras queda perdido el cuadro de Venus y Adonis, pintado en 1634 y perdido en el incendio del Alcazar Real.
La vida de Velázquez queda marcada, principalmente, por sus ambiciones, por su afán por ser pintor de la corte. Un hombre recto y disciplinado que, sin embargo, tuvo un desliz conocido y reconocido en su segunda estancia en Roma, cuando se enamoró de Flaminia Triunfi, con quien tuvo un hijo que llegó a reconocer.
Coincidiendo con su primer viaje a Roma Velázquez pinta la fragua de Vulcano, donde plasma el momento en el que el marido de Venus conoce la traición de su esposa con Marte y fragua su venganza.
De regreso a España pinta su Marte maduro y melancólico reposando a los pies de una cama revuelta, con sus pertrechos guerreros abandonados.
Regresa de nuevo a Roma, donde pinta la Venus del Espejo, con el cuerpo esplendoroso y desnudo de la diosa, pero con la cara difuminada ante un espejo.
Parece que el interés de Velázquez por las correrías de Venus y sus amantes se produce coincidiendo con sus viajes a Italia. En dos de los cuadros no necesita estar presente para comprobar la trascendencia que tiene en la historia que cuenta. En el último de ellos es un cuerpo sin rostro o con el rostro difuminado.
Puede que Sigmund Freud tuviera mucho que decir sobre la incidencia de la mitología Marciana y Venusiana en Velázquez.
La cuestión es que este otoño y el tiempo calmo, prebélico, me permite nuevas lecturas de historias que creía conocidas.
Puede que sea misma calma, esa resignación ante la fatalidad de un invierno que todavía no está en puertas, me lleva también a revisar una receta hecha una y mil veces, un guiso que, de pronto, descubro que puede que no haya hecho del todo bien.
La construcción de un otoño me lleva de nuevo al caldo, a la sopa.
Llevo unos días planchando camisas en la soledad de mi apartamento en Madrid con la parsimonia de un Ulises velando sus armas de guerra. También llevo unos días preparando los primeros caldos de este año.
Hice un primer intento de preparar un caldo de pollo a baja temperatura, sin mucho éxito, por imprecisiones en los puntos de ebullición para hacer el caldo. El pollo necesita para infusionar y empezar a generar caldo con 65 grados, mientras que las verduras necesitan entre 85 y 100 grados. Por lo que la baja temperatura del pollo no coincide con la de las verduras, que quedaron duras y sin apenas aportar al caldo.
Así las cosas, ayer cambié mi modo de preparar el caldo de pollo. Cogí una olla grande, le puse un poco de aceite de oliva, no mucho, fuego al mínimo. Puse medio tomate olvidado en la nevera, media cebolla, dos puerros, tres zanahorias peladas, dos ramas de apio, un nabo, una chirivía, dos calabacines, media remolacha pelada y media col, más dos patatas (quiero dejarme hecho un trinchat para la semana).
Antes de añadir el agua espolvoreé una cucharada de comino, cuatro granos de pimienta y una hoja de laurel. Cubrí de agua fría las verduras, tapé la olla y subí el fuego. Calculo que poco menos de cuatro litros.
En cuanto rompió a hervir (100º), bajé al mínimo y conté 20 minutos.
Mientras pasaban los minutos en los que la verdura lo daba todo. Pasé por una sartén dos trozos de hueso de ternera (rodilla y caña), para que se tostaran.
Pasados los 20 minutos, retiré toda la verdura. El caldo era lo suficientemente sabroso como para tomarlo directamente, pero quedaba la carne.
Sumergí un pollo entero, limpio por dentro, los dos huesos y un trozo de jamón serrano.
Añadí un litro más de agua, cortó el hervor y dejó el líquido en ese punto entre 65º y 70º, no lo medí. Dejé cubierta la olla con la tapa al revés y dos vasos de agua fría para contener en parte el vapor. Bajé el fuego al mínimo y dejé que se cocinara todo 45 minutos.
Pasados los tres cuartos de hora apagué el fuego y dejé que reposara la carne media hora en el caldo, para que terminara de infusionar.
El caldo quedó sabroso, abundante y claro (si no hubiera puesto la remolacha y la cebolla hubiera ido sin piel habría quedado más claro, pero me apetecía que quedara un poco más tostado).
Hice una sopa de pasta fantástica. Reservé un litro y medio para usos varios de la semana y otros tres litros fueron al congelador.
Entre el guiso, Velázquez y los guerreros aqueos velando sus armas he construido otra estación del otoño.
El cuadro y el enlace en el Instagram de #undiletanteenlacocina.
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