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martes, 25 de junio de 2013

CAP.CCLI.- Todo es posible en Granada.


Hace poco más de un año toda la familia nos pusimos rumbo a Granada, tambores de boda justificaban el desplazamiento. Recuerdo todavía con cierto pánico el envite de preparar casi de improviso unos fideos con conejo para 20 comensales.

El viernes pasado cuando regresamos de nuevo a Granada, de nuevo tambores de boda familiar, nada más pisar tierra recibí un nuevo envite, el domingo, tras la boda, volvería a reunirse el clan; con cierta sorna me dijeron que si el diletante no se veía con ánimo podríamos solucionarlo con unos pollos al ast y unas tortillas de patata, lo importante, dice, es juntarse.

Lo que tuviera que ser sería, lo único que pedía era cierta capacidad de planificación, por lo que cerré con el primo de mi mujer, anfitrión en esta ocasión, que prepararíamos una paella para más/menos 30 personas, incluyendo cinco niños en ese +/-.

Mi plan era el sábado, mientras las damas gestionaban pelos y afeites, ir al mercado con los niños; al final lo del mercado no fue posible pero pude escapar al supermercado del Corte Inglés, con los niños, para comprar la parte principal de mi paella. Para poder comprar con cierta holgura hube de chantajear a los niños con unos Dinofroz, unos dinosaurios mutantes de plástico que por lo visto están de toda moda.

Con el margen de más menos paella para 30 personas afrontamos el operativo de compras: 2 kilos de arroz bomba, un kilo de gamba arrocera, dos kilos de mejillón mediano, tres sepias grandes, un kilo de chirlas, un paquetillo de azafrán y cuatro ñoras. Más dos bricks de caldo – no andábamos con márgenes como para preparar un caldo de pescado -, el primero de los bricks era de crema de marisco, marca Aneto, la segunda un caldo de pescado de gallina blanca. También un bote grande de sofrito de cebolla y tomate, y me olvidaba, también un paquete de medio kilo de gamba gorda pelada y congelada. Anatema para un diletante pero imprescindible en situaciones de urgencia.

Había que mantener el género en buen estado, la primera opción era la de vaciar las neveras del minibar de varias habitaciones para acomodar y refrigerar marisco, conchas y cefalópodos. Al final, como todo es posible en Granada, en la cafetería del hotel se comprometieron a dejar las pesadas bolsas de la compra en las cámaras. Primer problema superado.

Durante la boda comenté con los primos de mi mujer algunos aspectos logísticos y mi sorpresa – principal – era que la paella tenía que hacerse en fuego de leña en un sótano acondicionado como comedor. Lo de hacer la paella sobre brasas no debería tener ningún problema si no fuera porque la temperatura a la sombra el domingo de marras estaba prevista sobre los 35º y porque nunca en la vida había hecho una paella sobre fuego de leña. Todo un reto para dar de comer más o menos a 30º.

Tenía sin embargo un tanto a mi favor, el anfitrión me aseguraba un servicio permanente de cerveza helada; puede que no facilitara para nada el proceso de cocción de la paella, pero si el número de cervezas que tomábamos mientras cocinábamos era el adecuado el arroz podría llegar a darnos completamente lo mismo.

A las 13 horas del domingo estaba ya en posición de revista en casa de la familia, con mis bolsas bien fresquitas y el objetivo, antes de empezar a manipular los alimentos, tomarme la primera cerveza.

El anfitrión y su hermano andaban obsesionados por encender cuanto antes la lumbre, yo, esperando una bombona de butano reparadora, fui alargando los preparativos limpiando primero los mejillones, picando hasta cuatro cebollas, abriendo dos cabezas de ajo, terminando de limpiar las sepias y esperando un milagro que no terminaba de llegar.

A las dos menos cuarto no quedó otro remedio que encender el fuego – la boda por suerte se prolongó hasta muy entrada la madrugada, al pie de la Alhambra – y la mayoría de los comensales llegaban con tranquilidad y con más ansia de cerveza que de arroz.

Con unas llamas infernales y con un perol metálico con capacidad para unos 30 comensales me arranqué con el sofrito: cuarto de litro de aceite y 20 dientes de ajo partidos por la mitad. En segundos el aceite humeaba y con ayuda de la brigadilla retiramos del perol del fuego para salvar los ajos.

Volcamos la bandeja de gambas y dejamos que chisporrotearan durante tres o cuatro minutos; con ayuda de una gran pala – a falta de un remo – retiré las gambas del perol antes de que se arrebataran.

Sobre el aceite, que ya había tomado color y sabor, lancé la cebolla picada, fue un lanzamiento en toda regla ya que al acercarme al perol las llamas socarrimaban los pelillos del brazo. Era el momento de la segunda cerveza.

Armados de atizadores mis brigadistas, que mantenían un ritmo de cerveza similar al mío, fueron dispersando los troncos bajando de ese modo la intensidad de las llamas, no era tan sencillo con la llama del gas butano pero lo cierto es que era eficaz.

Sudor intenso, hasta el punto de ofrecerme unas bermudas para que el sofoco fuera menor. Por suerte me había rapado el pelo una semana antes y por lo menos mi cabeza no era una fregona despeluchada, sino un cepillo canoso y brillante, muy higiénico.

A medida que se fueron incorporando los mayores a la sala de máquinas para buscar cervezas y los primeros aperitivos, llegaron las primera observaciones, todas ellas correctas pero contundentes.

-      Niño, vosotros no hacéis la paella mixta.

-      Niño, que lo que estás haciendo no es paella. Hay que ver con lo que me gusta a mi mezclar conejo, pollo y gambas.

-      Niño, lo de la cebolla de donde lo has sacado, dónde se ha visto una paella con un sofrito de cebolla.

-      Niño, no tocaría calentar un poco el agua.

Niño para arriba, niño para abajo; andaba yo pelando las gambas arroceras sin atreverme a mirar a mis apuntadores a los ojos. La gamba arrocera tiene la virtud de ser sabrosa, el defecto de ser muy menuda, por lo que pelar un kilo de gamba arrocera exige cierta paciencia y habilidad.

Frente a un fuego propio del averno es muy difícil calcular tiempos de cocción, además el calor frente a las llamas tampoco permite muchas contemplaciones.

La brigada se despistó unos momentos cargando las cámaras con más cervezas e intentando que los niños no se desmadraran más allá de lo razonable, por lo que me tocó a mí retirar el perol con el sofrito de cebolla.

Abrí los dos paquetes de arroz y lo mezclé concienzudamente con el sofrito. Mi afición al atizador y a la pala me permitió modular de nuevo las llamas, hasta reducirlas a un tamaño e intensidad razonable. Habían empezado a crepitar el grano de arroz, momento adecuado para echar subrepticiamente el bote de tomate frito industrial. Quienes me habían reprimido severamente por el uso de la cebolla podrían llegar a expulsarme de la casa si veían cómo manejaba el tomate.

Volví a tener nueva tanda de “niño”:

-      Niño no has hecho caldo de pescado.

-      Niño, no convendría poner a hervir unos litros de agua.

-      Niño, con los buenos ingredientes que habéis comprado no hace falta caldo. El agua del grifo de aquí es estupenda.

Abrí el brick de crema de marisco y diluí el arroz en el primer litro de líquido. De inmediato el brick de caldo de pescado y un litro y medio más de agua. Crucé los dedos para que la cantidad de líquido fuera la correcta, un poco menos del doble del volumen del arroz usado. La razón de escatimar el líquido fue por una parte la de calcular que las cebollas y el tomate habían generado un caldo adicional que ya estaba mojando al arroz, por otro lado si añadía mejillones, almejas y sepia incorporarían sus líquidos adicionales.

El caldo de pescado cubría cumplidamente los dos kilos de arroz, agrupé de nuevo los troncos para que se avivara la llama en el arranque de la cocción.

En apenas unos minutos para ver los primeros borbotones, momento preciso para esparcir de nuevo las brasas y reducir el fuego. Con un cucharón de madera removí el arroz para asegurarme de que el hervor era uniforme en la amplia superficie del perol.

Estabilizada la llama y con los comensales ya impacientes, apagué las primas con una nueva cerveza – perdida ya mi cuenta – y puse en el mortero las hebras de azafrán, los ajos tostados, un pellizco de sal y las ñoras – 3 – picadas. Conseguí hacer una pasta uniforme de color tostado.

-      Niño, cuando quiera te paso el colorante.

El niño aseguraba que el arroz que estaba preparando podría necesitar muchas cosas pero no color y menos naranja, el arroz tendría un elegante color borgoña.

Añadí los mejillones y las almejas, removí un poco para que se integraran con el arroz; después tocó el turno a la sepia troceada y después a la gamba pelada del sofrito y a la gamba fulera que había comprado pelada y congelada.

Por último añadí unas cucharadas de caldo hirviendo del guiso para disolver lo que había picado en el mortero.

Con la ayuda de un cucharón de madera y los brazos insensibles ya al calor gracias a la cerveza distribuí equitativamente el ajo, el azafrán y los tropezones. Esparcí todavía más las llamas y empecé a probar el punto de cocción del grano.

Los comensales – sobre los 30 seguían siendo sin que nadie se atreviera a concretar – estaban ya a la mesa dando cuenta a los aperitivos, entre abrazos y parabienes a medida que se incorporaban nuevos comensales.

A eso de las tres y media, cuando yo creía que a mi arroz le quedaban todavía unos minutos, el comité de expertos que se había reunido entorno al “niño” aseguró que el arroz debía salir del fuego y reposar cinco minutos cubierto por un gran paño para que el grano no se pasara.

Ante la orden del comité de expertos no me quedó más remedio que retirar el perol – a mi juicio un pelín duro – sin embargo durante el tiempo en el que pude tomarme una nueva cerveza y dos croquetillas el milagro se produjo y el grano quedó en toda su extensión – dos kilos de arroz bomba – en su punto.

Dado que no habíamos concretado el número de comensales – no dejaba de ir llegando gente – fui llenando platos dado que, a juicio de la anfitriona quien mejor que yo para saber exactamente cuántos comerían arroz esa tarde.

Pese a todos los anatemas y dudas lo cierto es que fue un éxito de crítica y público. Incluso la familia de la novia, que llegaba únicamente al café, se animó a tomar un platillo de paella – arroz de gambas según las expertas – antes de tomar la sandía y el melón.

Solo Brueghel, el superlativo en todo, era capaz de pintar un cuadro con un fuego de leña y un perol similar al que yo utilicé. Domingo divertido, intenso, ahumado y acervezado. Mis anfitriones me permitieron descabezar un sueño en una mecedora mientras tomaban café y brindaban con champagne a la salud de los novios.

martes, 1 de mayo de 2012

CAP CXLI.- El turista accidental.


El Turista Accidental era una novela de Anne Tyler que probablemente tenga 30 años, la excusa narrativa de la novela es contar la historia de un redactor de guías de viaje para ejecutivos, un redactor que normalmente ni conoce ni contrasta la información, pese a ello las guías tienen éxito. Puede que yo me encuentre bajo el síndrome del Turista Accidental, acabo de regresar de Granada – viaje familia -, el jueves vuelo a Vigo, duermo en Pontevedra, el viernes regreso a casa. A la semana siguiente salto relámpago a Palma y luego tres días a Cerdeña. No creo que tenga tiempo ni tan siquiera de hojear las guías.

Tengo unos amigos con el don de que allí donde viajan se alojan en los mejores hoteles, comen en restaurantes de ensueño y lo hacen todo de manera muy económica, nadie como ellos a la hora de viajar; yo no tengo la misma suerte, en ese sentido si me dejo guiar por el síndrome del turista accidental termino cenando solo en restaurante, rodeado de camareros atónitos y enfadados por haber alterado su rutina.

Este fin de semana en Granada las gitanas se tomaron puente porque no ha dejado de llover, el único elemento exótico eran los subsaharianos vendiendo paraguas por las esquinas y el granizo, que lanzó a las críos a la calle, convencidos de que llovían caramelos.

Ayer lunes, cuando las temperaturas se desplomaron por debajo de los 10º, me encomendaron preparar comida para 17 ó 25 personas, no estuvo claro el número de comensales hasta la misma hora de comer. La encomienda entrañaba el reto adicional de hacer la compra en medio de un puente, fuera de mis lugares habituales, lejos de los mercados. En principio debía ser un arroz pero la incertidumbre sobre el número de cubiertos y la hora de la comida me llevaron a preparar unos fideos con los primero que encontré en el supermercado que había abierto frente al hotel, apenas media hora para comprar y convencerles a todos de que las recetas del diletante no me impedían preparar un “perol”.

Los peroles camperos poco tienen que ver con las rutinas del turista accidental, los peroles son una combinación de improvisación y osadía, preparados normalmente en situaciones complicadas y esta lo era ante la mirada de rigurosa de experimentadas cocineras que apuntaban: “Niño, me parece que los trozos de carne son demasiado grandes”, “niño, no crees que sería mejor calentar primero el caldo”, “niño, utilizas caldo en vez de agua”. “Niño ¿ Y la pimienta ?, ¿No le pones pimienta?”.

A eso de las once y media de la mañana el diletante, ayer en funciones de “niño”, entró apresurado en un supermercado de Granada, un centro elegido casi al azar, sujeto a la única casualidad de encontrarse frente al hotel en el que estábamos alojados; el reto hacer un arroz para 17/25 personas, cifra a determinar en función de imponderables de última hora. Descartado en primer lugar el pescado tanto por el temporal como por el puente, cualquier pieza que proviniera del mar llevaba varios días confinada en una cámara, algo intolerable para cualquier diletante, salvo que pretenda preparar un arroz al amoniaco.

Vértigo de última hora, tras pasearme por el corredor de los arroces me decidí por unos fideos gruesos, de los que tienen un agujerito en el centro. Como base una plancha de pollo troceado y un conejo que se vendía entero y confinado en un plástico retractilado, elegidas con urgencia algunas verduras, vedado el pimiento porque no gustaba a uno de los comensales, reducidos al máximo los productos porcinos ya que el aperitivo anunciaba un homenaje al mejor de los colesteroles, a base de chorizos a la plancha y morcilla hervida. Las verduras empaquetadas en polispán.

Por dudar hasta del lugar donde debía cocinar ya que la previsión inicial era guisar en el campo, en un cortijo – ubicación natural de cualquier perol que se precie -, finalmente las lluvias intermitentes y el frio inusual de últimos de abril me condujeron a los bajos de una casa en un pueblo cercano a Granada, con un infernillo de gas instalado a media altura y una paella alta de hierro colado, grande como una plaza de toros.

Encendido el fuego lo primero poner un poco de aceite y dos cabezas de ajo cortadas por la mitad y 200 gramos de taquitos de jamón curado. Cuando empezó a chisporrotear añadí el pollo troceado y el conejo mal cortado que dejé rehogando después de bajar el fuego. “Niño, no son muy grandes los trozos de conejo”. Retiré la cabeza y los menudillos, a veces sofrío un poco el hígado, el corazón y los riñones para hacer una picada con un poco de pan duro, unas almendras y el ajo frito, pero me dio pánico que amargaran las vísceras.

Mientras se guisaban las carnes piqué menudas dos cebollas, un par de calabacines en daditos, una berenjena, dos manojos de espárragos verdes y media col lombarda que pesqué casi por casualidad en el supermercado y que me hizo gracia. Los espárragos y la col lombarda además de darle color al guiso le darían cierta profundidad de sabor.

La carne tenía que quedar bien guisada ya que para evitar nuevos comentarios me había comprometido a deshuesarla y desmenuzarla entre los fideos.

Cuando anuncié a las observadoras de la ONU con no me atrevería a guisar un arroz sino unos fideos los comentarios fueron demoledores: “Niño, Pues a mi me gusta más el arroz, qué le vamos a hacer”; “¿ qué es entonces, niño, una fideuá ?”. Yo defendía la opción del fideo campero ya que la fideuá responde a otros cánones.

Retiré la carne a una bandeja para que perdiera un poco de temperatura. Añadí primero la cebolla, después el calabacín picado. Me había olvidado de comprar zanahorias, muy socorridas y con el punto de dulzor necesario para suavizar cualquier plato. Como los despistes nunca vienen solos no supe localizar la pimienta en la cocina y en el supermercado había comprado un bote de eneldo – absolutamente inadecuado para mi guiso – en vez de los cominos; así pues mis únicas especias aliadas fueron el tomillo y el romero, excusa perfecta para un perol campero.

Mientras daba vueltas a mi perol, semiencorvado, por la mesa iban apareciendo platos de jamón y de queso, remojones con tomate, pimiento, aceitunas, cebolleta, naranja y bacalao;  los susodichos choricillos a la plancha y varias morcillas que por la zona se preparan hervidas, con un poco de pan, yo monté un par de pedacillos en patatas fritas y me hice un pincho. De modo indiscriminado se abrían botellas de vino tinto, un bidoncillo de vino blanco fresco, cervezas de la alhambra y otras artesanas de trigo y de cebada – densas y sabrosas como cervezas que yo sólo recordaba de Inglaterra -.

Sofrita la cebolla y el calabacín añadí las especias que pude, la berenjena, media col en juliana – “niño, nunca había visto echarle col de esa a un perol de fideos” – y los espárragos troceados. Tenían que remover de vez en cuando para que no se requemara el fondo de la sartén, entre tragos de cerveza y aperitivos varios.

Cuando templó la carne empecé a deshuesarla discretamente, las observadoras de la ONU no podían descubrir que era la primera vez que lo hacía, debía manejarme con la destreza de quien habitualmente hubiera hecho ese plato. Deshilachadas la carne la reincorporé al perol; todavía no eran las dos de la tarde. Sobre la encimera de la cocina tres paquetes de medio quilo de fideos. “Niño, no es pronto para echar los fideos”. La cuestión era tostarlos primero, subir un poco el fuego del infernillo, apartar las verduras para dejar al descubierto la superficie metálica de la sartén, donde dorar los fideos. Fuego al máximo para que se tostarán en pocos segundos. Después tuve que mezclarlos con la verdura rehogada, la carne desmigada y los taquitos fritos de jamón; aquello empezaba a tomar cuerpo.

Llegaron los últimos comensales – finalmente 19 – y con ellos empezaba la fase final de mi guiso; de nuevo fuego alto para añadir el primer litro de caldo – un preparado comprado a toda prisa en el súper que mezclaba parte de caldo de pollo y parte de verdura -. El primer litro debía empapar rápido todo el combinado, luego bajé el fuego y fui regando con cierta parsimonia los fideos para que no quedaran secos. Sé que hay una polémica mundial a cerca de si debe removerse el fideo o no, pero con un perol que pesaba varios quilos con una cantidad importante de verduras, carnes y fideos el riesgo de que la superficie quedara dura me animó a remover con brío cada vez remojaba la pasta.

El fideo tiene una ventaja indiscutible sobre el arroz de que no se pasa y es mucho menos exigente en cuanto al punto de cocción, permite rectificar sobre la marca y si no nos pasamos con el caldo al principio puede llegar con dignidad a una mesa tan amplia como la nuestra.

Tramo final, hay que apagar el fuego y cubrir con un paño seco la paella para que los vapores terminen adecentar los fideos. Todos en la mesa expectantes.

Raciones medidas – suelen quedar más buenos del final, por lo que quien se reserva y repite puede disfrutar las porciones más sabrosas -. Silencio y principio y luego la aprobación general, incluidas las observadoras de la ONU, que incluso repitieron.

Fue un día divertido, los niños entretenidos, jugando con plastelina y deslizándose con una maleta con ruedines por la rampa de un aparcamiento, una maleta que los niños heredaron de su hermana, que tenía por lo tanto más de 15 años.

Larga sobremesa hasta el anochecer, casi al final vi los mejores cuadros de los últimos días, un retrato de Camarón y el Sprint final de una carrera de caballos.

Días estupendos en Granada, pese al frio, pese a los atracones, pese a que apenas pudimos ver unos segundos el retablo barroco de la iglesia de San Juan de Dios, pese a que hubimos de aplazar la visita a la Alhambra para otra ocasión puesto que el frio y la lluvia son los peores acompañantes para esa visita.

Muchas de las cosas que disfrutamos son ajenas a las guías del turista accidental, es una suerte; quedaron pendientes algunos hitos – el Diamante no había abierto el domingo por la mañana a las 12, por lo que me quedé sin volver a probar las mejores berenjenas fritas del mundo.

Probablemente el turista accidental estaría recopilando recetas de judías verdes para purgar todos los excesos del fin de semana, sin embargo el diletante no podía dejar pasar la ocasión de reseñar una comida memorable.

Como postre una pequeña broma de Bansky a propósito de las espigadoras de Millet, un paso más para la terapia de recuperación.