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domingo, 10 de marzo de 2013

CAP.CCXXVIII.- Arros de Notari en un anticipo de la primavera.


En la ruta de la ciudad de Palma al Cabo de Ses Salines, en el pueblo de Ses Salines, hay un restaurante de carretera que se anuncia como Casa Barahona, aunque casi todo el mundo la llama Casa Manolo.

El mesón fue fundado en 1945 por un emigrante de Jaén que cayó por la isla en busca de fortuna y acabó regentando una casa de comidas; fue su hijo Manolo quien le dio fama al local derrochando simpatía y malas pulgas.

Caí casi por sorpresa el sábado, por sorpresa mía ya que mi mujer llevaba semana preparándome la escapada a Mallorca, incluyendo la reserva en Casa Manolo y un majestuoso desayuno en el Hotel Maricel de cala Mayor.

Habitualmente Mallorca a principios de marzo empieza a desperezarse, hoteles, bares y restaurantes van adecentándose poco a poco, en los alquileres de vehículos se estrenan coches, por las playas pasean grupos de jubilados en viajes del Inserso y algún alemán en manga corta buscando los primeros rayos de sol templados del año.

No pensaba que Casa Manolo estuviera lleno en el arranque de la temporada, pero el propio Manolo llamó nervioso a mi mujer cuando apenas habían pasado diez minutos de la hora prevista para la reserva. Tuvimos la suerte de que estábamos ya aparcando en el pueblo y no perdimos la reserva.

El plato principal era un arros de notari – arroz de notario – un guiso de arroz caldoso con bogavante que ya había probado en otras ocasiones.

Cuentan las historias que por aquel restaurante paraba un notario glotón que llegaba a comerse hasta tres platos de arroz con bogavante, tal era su fidelidad a ese plato que cuando alguien conseguía completar las tres raciones de arroz caldoso en el restaurante cantaban “ya tenemos otro notario”.

El arros de notari solo se puede disfrutar previo encargo y reserva con una antelación mínima de 24 horas; ni qué decir tiene que durante el mes de agosto hay que reservar mesa con varios días y no siempre están dispuestos a preparar el plato.

Para los privilegiados que podemos escaparnos a la isla fuera del mes de agosto la posibilidad de probar el arros de notari se convierte en una fiesta mucho más sabrosa de lo que suele serlo en período estival, en el que el calor y el agobio de los turistas pueden convertir la visita a Casa Manolo casi en un suplicio.

Apenas estuvimos en Mallorca 30 horas disfrutando del arranque prematuro de la primavera. Mientras reposaba el arroz dimos cuenta de un calamar de potera troceado en la propia mesa, una tortilla de junquillos – chaquetes – a la plancha, un una ensalada verde aderezada con fenoll marí. Lo acompañamos de un par de botellas de 12 voltios, un vino mallorquín un punto afrancesado.

Ni qué decir tiene que Manolo, vocinglero y simpático, no da muchas pistas sobre los ingredientes de su arros de notari, sólo indica que el caldo lleva hasta 12 tipos distintos de pescado de roca, bogavante y calamar.

De regreso a casa busqué en los recetarios mallorquines que guardo en las estanterías, ni rastro del arroz de notario; rastreé también por internet sin mucha suerte, más allá de algunas referencias vagas sobre los 12 tipos de pescado, la tinta y poco más.

Al final Manolo va a tener razón y su plato terminará por ser original, sometido a una fórmula secreta.

Acostumbrado como estoy a tratar con notarios, nunca me ha resultado complicado cumplir con el ritual de los tres platos de arroz, mi marca personal está en cinco platos completos, este sábado sin embargo me paré con la cuarta ración, dedicando la última de ellas a intentar descifrar alguno de los secretos de ese arroz caldoso.

No debo andar muy descaminado cuando arranco la receta poniendo un chorrito de aceite en una gran olla, en ese aceite rehogaré un par de cebollas, tres zanahorias peladas, un tomate, un puerro, una rama de apio, una hoja de laurel y pescado de roca – cabracho y lluerna fundamentalmente -. Antes de añadir el agua me atrevería a añadir un chorreón generoso de coñac, subiendo un poco el fuego para flambearlo.

Con la base del caldo preparada añadiría tres litros de agua mineral y dejaría que hirviera pacientemente durante una hora.

Mientras termina de hacerse el caldo picaría bien una cebolla para hacer el sofrito directamente en una cazuela de barro, tras la cebolla rayaría un tomate cuidando que no cayeran las pepitas; rascaría también la carne de un par de ñoras previamente remojadas en agua tibia, la ñora le da un punto de profundidad al plato y deja un rastro de picante al final.

Cuando la cebolla esté bien pochada se disuelve en el sofrito la tinta de un calamar, dos si va haber más de cuatro comensales. El sofrito se oscurece hasta llegar al límite con el negro.

El secreto del sofrito está en la suavidad de la llama, si la cebolla no está bien picada habrá que darle un toque de batidora antes de añadir el calamar y el bogavante.

He de sacrificar un bogavante para que la gelatinosa sangre transparente empape el sofrito; un bicho de quilo y medio deberá dar por lo menos seis porciones. El bogavante hay que rebanarlo en vivo sobre una tabla de madera, reteniendo con fuerza al bicho con un trapo y cuidando de que no se pierda el líquido que suelta.

Las porciones y el agüilla van al sofrito, como también irán al sofrito dos calamares cortados en trocitos pequeños, del tamaño de la uña de un dedo meñique.

Se remueve con brío el bogavante y las pizcas de calamar para que absorban bien el color y el sabor de la cebolla y la tinta. Se salpimenta el guiso y se incorpora una taza mediana de arroz bomba por comensal. Removido se comprueba que el fuego está al mínimo antes de añadir el caldo previamente colado.

No hay que escatimar caldo de pescado, el plato es caldoso y casi tiene más importancia el caldo que las tajadas. La razón de echar el caldo con el fuego al mínimo es evitar que se arrebate el guiso y se requeme la cebolla.

Cuando hayamos puesto todo el caldo se puede subir el fuego para llevar el guiso a hervir durante 15/17 minutos, el tiempo justo para que se haga el arroz.

Se sirve en el propio cacharro de barro, tapado para que no es escapen los olores. Es plato de cuchara, no se empapa con pan.

La primera ración nunca ha de ser generosa, ya que el guiso no está todavía reposado; con la segunda ración hay que emplearse a fondo, es la más sabrosa. Para la tercera ración conviene añadir más caldo que arroz y disfrutarla como un caldo. En la tercera vuelta hay que rescatar de la cazuela los últimos trozos de calar y los restos de la carne desprendida del bogavante; esta tercera ración es la de los verdaderos profesionales, en este momento se pueden permitir algunas licencias, como la de diluir una cucharada de alioli en el caldo y mojar unas migas de pan moreno mallorquín.

El cuarto y el quinto asalto son espacios para la gula y para el resto de placeres capitales; habrá envidiosos que sientan no tener el saque necesario para dar correcta cuenta del plato. Con esos últimos asaltos el vino es fundamental.

Conviene dejar un pequeño espacio para los postres, aunque solo sea por probar el requesón que compran en la vaquería que hay a la entrada del pueblo mezclado con miel y canela; yo preferí una porción de ensaimada rellena de crema quemada y calentada sobre una sartén. Palabras mayores.

El arros de notari de Casa Manolo sólo puede rematarse con cualquiera de los cuadros orgánicos de Miquel Barceló.

martes, 16 de agosto de 2011

CAP.XLVII.- Autopistas.

Las autopistas tienen muchas virtudes, entre otras permiten viajar desde Salobreña a Barcelona - más de 900 kilómetros - en nueve horas; sin embargo conducir por una autopista, salvo que seas Julio Cortazar, puede ser una actividad monótona y frustrante para un diletante, a lo largo del recorrido uno ve pasar carteles de pueblos y ciudades que evocan quesos, vinos o guisos fastuosos que no se podrán probar; todo ello mientras vas devorando quilómetros por paisajes normalmente inhóspitos.
Los que tenemos niños pequeños somos usuarios más que habituales de las áreas de servicio, monumentos a la aberración gastronómica que inevitablemente hemos de visitar cada dos/tres horas. Cualquier mortal renuncia a un refligerio razonable con tal de que no haya que hacer cola en el cuarto de baño y que los suelos no estén inundados o las tazas de baño estén embozadas de papel higiénico. Las áreas de servicio son lugares hostiles para los diletantes.
Nuestro viaje por autopista tuvo una parada técnica en Valencia, donde nos acogieron unos amigos. Ese intermezzo levantino además de descansar nos permitieron tomar una paella con un estupendo vino aragonés.

Reproduzco este cuadro de Roy Lichenstein, que tenían mis amigos en el salón de su casa.
Entrando ya a Barcelona hicimos otra parada técnica a pocos quilómetros de Barcelona, en Vallirana, donde comimos otra paella completamente distinta de la que tomamos en Valencia e igualmente estupenda.
La experiencia de las dos paellas permite confirmar que no hay dos paellas iguales. Así las cosas doblemente paellados llegamos entrada la noche a casa con el tiempo justo de ajustar las maletas y prepararnos para la travesía a Mallorca. El efecto de la paella limita mucho mi capacidad de evocación gastronómica en esta entrada, he de preparar un poco de pollo empanado y macarrones con tomate para los niños en el barco - viajamos de día pero en camarote, con el secreto deseo de poder descabezar un sueño.
Revisando papeles y lecturas para este tramo final del verano redescubro un libro de Julian Barnes, traducido al castellano para la editorial Anagrama como El perfeccionista en la cocina, he de decir que me gusta mucho más su título en ingles: The Pedant in the Kitchen. Barnes, un excelente escritor y un buen cocinero tardío, escribe un opúsculo delicioso sobre su experiencia culinaria, un libro acompañado de unos cuadros originales y de constantes referencias musicales y literarias. Mi reencuentro con Barnes me recuerda lo poco original que puede llegar a ser el diletante.
Enfrascado en este amanecer barcelonino en localizar algunos libros que me acompañen a Mallorca localizo una cita de Barnes en la que da diez consejos respecto de la compra de libros de cocina:
1) Nunca co`mpres un libro por sus ilustraciones y digas: "voy a hacer esto". No puede. Una vez conocí a un fotógrafo publicitario, especializado en comida y, créeme, el trabajo de postproducción... no es nada comparado con la presentación de un plato.
2) Nunca compres libros con diseño artificioso.
3) Evita los libros de contenido demasiado amplio - algo que se llame remotamente grandes platos del mundo - o demasiado restringido: Mariscos del Mar de los Sargazos o Maravillas de los gofres.
4) Nunca compres el recetario del chef expuesto en un lugar prominente a la salida del restaurante. recuerda, por eso, en principio,has ido al restaurante, para probar su cocina, no tu pobre versión de la misma.
5) Nunca compres un libro sobre zumos si no tienes exprimidor.
6) Resístete, si es posible,a la tentación de comprar, como recuerdo de unas vacaciones en el extranjero, atractivas antologías de recetas regionales .... acaparan espacio durante años y no se utilizan ni una sola vez-
7) Evita los libros de recetas famosas del pasado, sobre todo si se reproducen en ediciones facsimils con grabados de la época.
8) Nunca sustituyas tu antiguo ejemplar raido ... por una nueva versión que contenga exactamente el mismo texto pero esta vez con otras ilustraciones. No lo usarás nunca y volverás a utilizar el desgastado original en rústica porque tiene tus notas al margen y, con razón, te resulta cómodo.
9) Nunca compres una colección de recetas copiladas con fines benéficos, en especial de locutores de televisión que ofrecen su plato favorito. Dona directamente a obras de caridad el precio de venta del libro: así recaudrán más y tu no tendrás que descartarlo en la siguiente criba.
y 10) Recuerda que los autores de cocina no son diferentes de otros escritores: muchos llevan sólo un libro dentro(y algunos, para empezar, nunca deberían haberlo sacado). Considera esta posibilidad cuando le estén dando bombo al nuevo.

Reproducidos estos consejos de Barnes, no queda sino cerrar las maletas y pensar que, tras un nuevo viaje de 8 horas - esta vez en barco en vez de por autopista -, llegaré a la playa de Ses Salines donde me esperan los salmonetes, las gambas con garbanzos de mi amigo Toni, la lasaña de Morcilla, mi reencuentro con la mejor cocinera del mundo, puede que una caldereta de bogavante en Casa Manolo, el mató de la vaquería del cruce, las ensaimadas, el pan negro, una punta de sobrasada con galletas quely, alguna botella de Anima Negra o de 14 voltios ....


martes, 31 de mayo de 2011

CAP.-XVII.- La mejor cocinero del mundo.

Esta mañana me he levantado con ganas de referirme a alguna receta de cocina mallorquina. Circunstancias familiares me han vinculado a la isla durante muchos años y sigo yendo con frecuencia, algunos de mis recuerdos más gratos, incluidos los culinarios, conectan con Mallorca.
El mediterráneo es un territorio maravilloso, seguramente las Baleares de todas las islas del mediterráneo son las más especiales por su luz y por sus contrastes - aunque no deja de ser cuestión de gustos -. tendría que revisar el libro de viajes de Josep Pla sobre las islas del mediterráneo.
Soy un diletante con suerte ya que revisando viejos recetarios mallorquines ha aparecido una receta de la que seguramente es la mejor cocinera del mundo - María Perelló -. Muy poca gente ha tenido la oportunidad de probar la cocina de María Perelló porque pertenece a una estirpe de cocineros que han aprendido y desarrollado sus habilidades en domicilios particulares, la cocina doméstica de grandes familias que contaban con cocineros que recogían la tradición de las fincas de campos, pero que se formaban en escuelas francesas de cocina para disponer de las técnicas y de las reglas de servicio y etiqueta más rigurosas.
María es muy celosa con sus recetas, parece que te quiera contar al detalle cada paso en la cocina pero lo cierto es que sus medidas no se corresponden con las que se manejan en la cocina académica, si te despistas un momento le añade un ingrediente inesperado que después niega haber utilizado. Así resulta una tarea imposible la de reseñar al detalle sus platos.
María es extremadamente rigurosa en las materias que utiliza, hasta el punto de que algunos guisos de carne sólo los hace si ha visto previamente vivo al animal y conoce el modo en el que ha sido sacrificado, si no es así prefiere no hacer el guiso.
Cuenta la leyenda que una vez acudió a un selecto restaurante en Francia, de aquellos que tenían en los años sesenta ya una estrella michelín, y fue capaz de detallarle uno a uno al chef no sólo los ingredientes que había empleado en un plato, sino también el orden con el que habían sido incorporados al guiso.
He visto cocinar en muchas ocasiones a María y cada una de las veces me ha llevado a un laberinto imposible de desentrañar. Sin embargo gracias a una buena amiga, Xisca, obtuve la receta sobre la que hoy quiero hablar, El Frito Mallorquín. María ha sido para Xisca, para todos los niños de su casa y para los que de alguna manera nos sentimos unidos a ella, una especie de Mary Popins isleña que nos enseñó a ser un poco mejores.
Cuando esta tarde he descubierto la receta de frito de María Perelló transcrita por Xisca he recordado muchos viajes a Mallorca con amigos que cuando probaron el plato desconocían que había sido guisado con vísceras, amigos que todavía años después recuerdan los matices y la delicadeza de un plato de matanza.
María Perelló no sólo merece que alguien la reconozca como la mejor cocinero del mundo, sino también que se conserve toda su sabiduría. Sin embargo creo la receta es lo suficientemente compleja e importante como para que no la desvele en este capítulo, que la reserve para un futuro y posible capítulo mil del diletante, sólo después de haber sido capaz de redactar mil referencias en este proyecto estaré en condiciones de rendir homenaje al frito de María. Mientras espero a que llegue a ese día - que ruego que alguien me lo recuerde -, permitan que les de tres referencias que puedan hacer más llevadera la espera:
(1) Es imprescindible ir revisando la obra de Miquel Barceló, un pintor que conecta Mallorca y sus gentes con el mundo. Los cuadros de este capítulo son de él:

(2) Mientras llega el día del capítulo Mil quien vaya a Mallorca y quiera probar un buen frito mallorquín tiene la posibilidad de probarlo en la Plaza del Teatro de Sineu, hay dos restaurantes pegados el uno al otro, en ellos probablemente se pueda comer el mejor frito mallorquín del mundo en establecimiento abierto al público.
(3) La tercera recomendación es un aviso para navegantes ya que el frito lleva higadom riñones, pulmón, corazón, tripa y estómago de cordero - de un mismo cordero a poder ser -, así como 1/4 de kilo de sangre del animal -. No va mal que demore la receta definitiva para que de ese modo pueda tener bajo control mi colesterol.
En próximas entradas seguro que irán surgiendo algunos recuerdos que me lleven de regreso al frito mallorquín de María Perelló y ir sumando otros ingredientes. La última vez que estuve en Palma preparó unas manitas de cerdo guisadas, lengua de vaca frita con alcaparras y una mousse de chocolate.