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jueves, 23 de agosto de 2012

CAP.CLXXVI.- Sensaciones encontradas:Tempura de cazón.


Sensaciones encontradas. Hace tres días que me incorporé al trabajo y la sensación sigue siendo extraña, por una parte la oficina vacía y los pasillos desiertos, no suena el teléfono y ninguna excusa que interrumpa la concentración; los modernos edificios herméticamente cerrados ni tan siquiera deparan el entretenimiento del vuelo de una mosca. En mi caso para poder abrir una ventana es necesario tramitar una serie de permisos casi tan intrincados que cuando los consigues te has olvidado de las razones que te llevaron a solicitarlo; sorprende sin embargo que el cristalero que viene a limpiar una vez cada quince días con una simple llave allen consiga abrir sin obstáculos las ventanas de todo el edificio – misterios de la burocracia.

Lo malo de escaparse a finales de julio es que el trabajo se fue acumulando y pese a las vacaciones nadie se ocupa de hacerlo, salvo cuestiones de catástrofe nacional, por lo que el papel acumulado aguarda cariñoso a que llegue a finales de agosto.

Las mañanas de agosto en la oficina son muy productivas, descomprimidas y en ocasiones ingrávidas ya que la ausencia casi absoluta de funcionarios y de visitas lleva a pensar si no estaré trabajando en una estación espacial, suspendido en el aire, ajeno a una realidad que debe moverse entre playas y piscinas apurando los últimos coletazos de agosto.

Me gustaría haberme sacudido las últimas briznas de las vacaciones, más que nada para perder este tono melancólico y añoroso que hasta a mi me cansa, lo intento pero el insoportable calor – parece que los hados se hubieran conjurado para que los días de verdadero calor de este verano me pillaran en el despacho -, la ausencia/presencia de los niños sin escuela y los primeros contactos con amigos y conocidos me llevan inevitablemente a recordar los días en la playa, las cervezas y la felicidad de no mirar el reloj, de guiarse por el sol.

En lo que afecta a la vertiente gastronómica de las vacaciones me vendría muy bien extraditar el verano para poderme quitar los tres o cuatro kilillos que se me han adherido a mi ya rotundo físico gracias al alcohol, a las frituras y embutidos. Cuatro días sin probar la cerveza me han permitido recuperar la muesca superada de la hebilla del cinturón, todo un logro.

Como tengo amigos todavía de vacaciones, empeñados en recordármelo e invitarme a que les vea como disfrutan de las últimas bocanadas, algunas tardes e incluso el fin de semana volveremos a la playa y con ella a los hábitos playeros.

En definitiva creo que hasta que no nos adentremos en septiembre no va a haber manera de desvacacionarme ni física ni emocionalmente.

Pensé que por medio del diletante podría ir explorando un otoño salubre a base de judías verdes y brócoli en ajada, prometo que lo estoy intentando pero las provocaciones que recibo lo complican; sin ir más lejos como respuesta a una de mis entrada me han pedido la receta del adobo, una petición que me teletransporta de nuevo a Cádiz, al bienmesabe. La ventaja de estar en casa es la de volver a disponer de mis libros y referencias cotidianas lo que facilita mucho el trabajo de documentación, que no sólo ha de fiarse de internet.

La diferencia entre el adobo y el escabeche es que el adobo se realiza con el producto en crudo, se marina en un combinado de especias y vinagre durante unas horas antes de escurrirse y cocinarse – normalmente rebozado y frito -; mientras que en el escabeche el producto se cocina con el vinagre. Hablo de “producto” porque adobos y escabeches pueden hacerse de carnes, de pescados, incluso de verduras y vegetales – los olvidados encurtidos.

El adobo por antonomasia del verano, por lo menos en el sur, es el adobo de cazón; el cazón es un bicho muy feo, de la familia de los escualos – tiburones – que no siempre es fácil de encontrar fuera del sur (en Barcelona me las desearía para encontrarlo salvo que escapara a la Boquería). El cazón es, por lo tanto, un bicho grandote que da cierto miedo; en los mercados andaluces que he visitado este verano tenían expuestas las cabezas con las fauces abiertas para asustar a los niños. Se vende al corte, cortado de modo tradicional suele hacerse en rodajas con la espina rotunda en medio – dicen que la espina permite coger el bocado de pescado con los dedos sin quemarse -; en los bares prefieren los cortes en lomos, desechando las espinas para que el bocado sea limpio, sin molestias, se sirve en pequeños taquitos del tamaño de las viejas cajas de cerillas.

La receta es muy sencilla ya que basta con comprar un kilo de cazón – digo un kilo como podría decir una tonelada ya que la cantidad habrá de adaptarse al número de previsibles comensales -, se le pide al pescadero que le quite la piel y lo corte en trozos de 4/5 centímetros. El pescado ha de ser muy fresco y conviene secarlo bien antes de someterlo a los rigores del adobo – dicen los cocineros japonés que lo que daña al pescado y acelera su descomposición es la excesiva humedad en la que suele conservarse, por eso en los buenos restaurantes japoneses las piezas de pescado que se sirven cruzas suelen estar guardadas en recipientes de cierre hermético y envueltas en un paño que absorbe la humedad -.

Se busca un tupper de cierto tamaño, o una fuente alta, y se colocan los trozos de pescado. En un mortero se ponen tres o cuatro dientes de ajo pelados, una cucharadita de pimentón dulce, una cucharadita de orégano, una hoja de laurel, una cucharadita de comino y un poco de sal; se maja bien la mezcla hasta que quede casi como una pasta. Cuando esté bien majado se le añade poco a poco un vaso de vinagre – a poder ser de jerez. Este es el adobo.

Se unta el pescado bien con el adobo, que cubra por entero cada uno de los trozos de pescado, terminada esa operación se añade agua fría hasta cubrir las piezas, se cierra o tapa el recipiente y se deja en la nevera 8 horas para que la mezcla impregne bien todo. En función del gusto o afición al vinagre se puede jugar con el tipo de vinagre – por ejemplo a mi me ronda la idea de poderlo preparar con vinagre de arroz, reducir el número de dientes de ajo y variar algunas de las especias -, también se pueden ajustar los tiempos de maceración para que la invasión ácida sea un poco más suave. Todos los recetarios coinciden en afirmar que lo ortodoxo son las 8 horas y el vinagre de jerez.

Cumplidas las horas de reposo del pescado se saca de la nevera, se seca bien, se reboza y fríe de inmediato; para la fritura en el sur sería un pecado otro aceite que no fuera el de oliva, aunque creo que otros aceites menos contundentes, más ligeros, podrían ser prácticos siempre y cuando fueran limpios y de calidad.

En cuanto al rebozado lo del sur es un arte en si mismo, imposible de imitar. Se venden por ahí harinas especiales para rebozados. Mi rebozado preferido para el bienmesabe es el que se consigue con una técnica similar a la del tempura japonés, una técnica que hace que el rebozo quede más ligero, como si fueran escamas.

Un tempura de cazón en adobo sería un ejemplo claro de “cocina-fusión”; también venden harinas preparadas de tempura pero como todavía no estamos con los agobios del día a día merece la pena preparar las bases del rebozo en casa, sin fiarnos de los compuestos preparados. Para el tempura casero se necesita harina de trigo, pongamos 200 gramos, se pasa por un tamiz y se le añaden 75 gramos de harina de maíz (la maicena de toda la vida) y una yema de huevo. Se remueve bien la mezcla hasta que quede homogénea. Se abre una botellita de agua de vichy, agua con gas de la de toda la vida, muy fría y se incorpora a la mezcla poco a poco hasta que gane la consistencia necesaria para el rebozo – yo suelo cocinar a ojo pero creo que con las cantidades que hemos puesto de una botella de cuarto de litro de agua con gas bastará poco menos de la mitad del líquido.

Se remueve bien y sin dejarlo reposar – el truco está en que el mejunje ha de estar muy frio, de ahí que algunos cocineros preparen el tempura con la masa metida en un bol pequeño que, a su vez está mediosumergido en un recipiente más grande con hielos – se pasa el pescado para que se cubra por completo, es fundamental que la textura de la masa sea compacta para que no chorree y se pierda, la gracia está en que el rebozo cubra y proteja por completo cada pieza. A la hora de rebozar sobre todo trozos pequeños cada vez soy más partidario de utilizar unos palillos chinos largos en vez de las pinzas o los tenedores.

El aceite de la fritura ha de estar muy limpio y caliente, ha de ponerse en abundancia puesto que cada pedazo ha de quedar suspendido en el aceite hirviendo unos instantes, lo justo para que la masa se escame y dore. Como no dispongo de las habilidades de las freidurías andaluzas he de freír pieza a pieza, dejarla escurrir unos instantes en una rejilla – mejor que el papel absorbente de cocina que deja blanducho el rebozo – y llevarlo rápido a la mesa.

El pescado en adobo antes de freírse puede conservarse unos días, no muchos, siempre que se asuma que cada hora de más que pase en el adobo el vinagre será más invasivo, por eso merece la pena comprar, preparar y consumir cantidades no muy grandes.

Cierro la receta con un cuadro de los que asuntan, Watson y el Tiburón, la pintura está en la National Gallery de Washintong y es obra de un artista norteamericano del siglo XVIII, John Singelton Copley, un pintor muy influido por los neoclásicos y los postromáticos europeos. El cuadro describe una historia real, la de Brook Watson, un militar inglés que cuando tenía 14 años, nadando en el puerto de la Habana, fue sorprendido y atacado por un tiburón que en dos lances le arrancó una pierna a la altura de la rodilla. El cazón preferiblemente en la cazuela.

miércoles, 27 de julio de 2011

CAP.-XXXIX.- Planes de verano: Niños, bullabesas y cuadros de Sorolla.

El viernes 29 de julio a las 12'30 horas empiezan oficiosamente mis vacaciones - se dirá que un diletante está en situación de vacación permanente en la medida en la que el verano no es una estación sino una forma de vida -. En todo caso el viernes a media mañana con el coche cargado de niños, de maletas, de libros y de botellas de los mejores vinos que quedan en casa partimos a la búsqueda de playas y de sol.
Las vacaciones con niños comportan un riesgo especial que a algunos aterra pero que normalmente suele ser maravilloso. Cualquier detalle por absurdo que sea puede convertirse en una aventura.
Niños, playa, sol. Inevitablemente obligan a un cuadro de Sorolla.
No conviene marcarse muchos objetivos durante el verano, ni siquiera los más sencillos, sin embargo creo que voy a ser capaz de hacer alguna entrada que mantenga en cierta forma esta bitácora. Durante más de un mes no voy a pisar mi casa, mi ciudad, espero dormir en Tarragona, en Alicante, en Granada, en Málaga, en Valencia y en Mallorca. Un periplo más relajado de lo que pueda parecer sobre una hoja de ruta.
No parece conveniente aparcar al diletante durante los días de estio, entre otras razones porque he marcado algunos hitos para que dentro de un orden mi diletante no se diluya. Uno de esas referencias habrá de ser la visita al Calima de Marbella, por fin voy a conocerlo, sueño con los bocados de salmorejo criocongelados. Espero también que me de de comer la mejor cocinera del mundo en Palma, María Perello me ha prometido una sorpresa hacia finales del verano. Entre medias creo que seré capaz de encontrar pescadores que me vendan pescado reciente capturado, y que en los mercadillos ambulantes de Palma sigan vendiendo fruta de primera.
Me espera un verano de Sorolla, camas elásticas y tiovivos.


En la maleta nada de trabajo, aunque sí el portatil y el ipad - para que los peques no se aburran durante los desplazamientos -. Aprovecho los primeros días para terminarme de leer un dietario escrito por Arcadi Espada dedicado a las matronas del Hispania, un libro titulado Las Dos Hermanas - editorial Salsa Books - que ya me ha deparado alguna alegría como la de darme una alternativa a la soñada bullabesa marsellesa.
Ahí va la propuesta:
Cuatro rodajas gruesas de merluza, otros cuatro medallones grandes de rape, cuatro cigalas, cuatro gambas, ocho mejillones de roca y ciento cincuenta gramos de calamar cortado en haros finos. (es una receta para cuatro comensales).
Para el caldo necesitamos tres litros de fumet de pescado a base de pescado de roca y un sofrito con mucho ajo - las hermanas Reixach indican que son necesarios 45 minutos para el sofrito y otro tanto para que hierva el caldo -.
Cuando hierva el caldo de pescado hay que añadir un vaso de vino blanco - por aquello de que las hermanas Reixach son de Synera podríamos utilizar un blanco de Alella que se quema previamente para apagarle la acidez. 
Tras el vaso de vino quemado hay que añadir una cucharada sopera que lleve dos dientes de ajo bien picado y abundante perejil fresco picado, así como un poco de aciete de oliva extra virgen. Dos gotas de pernod y cuatro cucharones de salsa marinera - que es un concentrado hecho a partir de un sofrito de ajo, cebolla, puerro, zanahoria, apio, tomate, nabo, tomillo, laurel, un kilo y medio de morralla y cuarto de quilo de harina. Cuando está hecho ese sofrito se añaden cinco litros de agua mineral y se deja hervir a fuego vivo, destapado durante media hora y otra media hora a fuego suave y tapado - Se pasa el caldo por un chino y con ese caldo se tiene una salsa marinera que complementará al fumet. Recordemos: 3 litros de fumet (caldo claro de pescado) y cuatro cucharones de salsa espera marinera.
Queda enharinar el rape y la merluza  - las hermanas proponen que el pescado enharinado pase directamente al puchero, yo creo que es mejor pasar las piezas de pescado primero por una sarten unos minutos, los justos para que se dore la harina sin hacerse por dentro el pescado.
Con el rape y la merluza ya en el puchero sólo resta que hierva todo diez minutos a fuego vivo sin tapar - la casa debe estar ya oliendo al guiso de mar -, y añadir el resto del pescado (gambas, cigalas, calamares y mejillones) lo justo para que se abran los mejillones, serán el indicador de que crustáceos y cefalópodo están en su punto.

De nuevo creo la bullabesa debe ir a la mesa en una sopera grande y humeante, para desde allí servirla en plato sopero en el que pondremos primero las rodajas de pescado, luego la gamba y la cigala que pertoque a cada uno, unos haritos de calamar y tres o cuatro mejillones.  Caldo por encima y unas rebanadas de pan tostado con alioli - a mi me gusta disolver una cucharada de alioli en el caldo.
Podemos terminar de bebernos la botella de vino de alella que hemos abierto para el guiso.
Salud y buen verano.