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miércoles, 14 de septiembre de 2016

CCCXCV.- El diablo está en los detalles. La piperada filosofal.


He preparado miles de sofritos, tengo una amiga, no especialmente cocinillas, que me comenta que ella deja de leer las entradas del blog justo cuando empiezo a pochar la cebolla.

El sofrito es una rutina fundamental, casi un mantra en la cocina, el inicio de muchas recetas. Se tiende a pensar que el sofrito es uno de los pilares de la cocina mediterránea, ciertamente así parece, pero cuando uno escarba un poco se da cuenta de que en realidad es un ejemplo de mestizaje en los fogones. Cierto es que el aceite de oliva está en la médula de los guisos mediterráneos, pero el tomate y el pimiento vienen de América, por lo que el sofrito en el modo en el que lo conocemos hoy es un invento del siglo XVII.

AL automatizar el sofrito a veces olvido la importancia que la química tiene para preparar esta base, esta salsa. El sofrito es un prodigio de la química que permite trabar ingredientes en apariencia irreconciliables, el secreto está en la paciencia (fuegos al mínimo), en el mimo cuando se remueve (siempre con cuchara de madera) y en la magia de la sal, de la pizca de azúcar, del golpe de pimienta, de la punta de comino, el pellizco de perejil o de orégano, la levedad de unas hojas de albahaca.

El sofrito es, pues, una encrucijada mucho más compleja de lo que aparenta. Por eso hoy quiero dedicar unos minutos a la piperada, una receta de raíces provenzales (piperada tiene su etimología en la palabra piper, pimiento en provenzal). La piperada se instala con comodidad en la cocina vasca, aunque lo cierto es que aparecen variantes de este sofrito en la práctica totalidad de recetarios regionales españoles.

La piperada es un sofrito apoyado en la contundencia de los pimientos asados. Un sofrito que puede ser considerado una mera salsa que acompaña a carnes y verduras, o que puede convertirse en plato principal. Es fundamental decidir qué tamaño queremos darle a las verduras, sobre todo a los pimientos, también es fundamental decidir si al final añadimos calabacín o berenjena para convertir el plato en un pisto o en una sanfaina.

Mi piperada aspira a ser una salsa que acompañará este domingo a un asado meloso de cordero. No será una base del guiso, es decir, no empezaré haciendo el sofrito que luego vaya al horno. Será una salsa independiente que se incorporará al cordero en el momento de emplatar.

Mi piperada será un sofrito que se aproximará a la mermelada, exige que la verdura se corte en daditos muy pequeños y que confite lentamente, ayudada por un poco de azúcar, algo de comino y un hatillo de romero, laurel y tomillo.

Habré de preparar una cantidad generosa ya que preveo cocinar para 12 comensales.

Picaré primero dos dientes de ajo. Sin encender el fuego buscaré una sartén grande a la que añadiré cuatro o cinco cucharadas (soperas) de aceite. Con el fuego apagado pondré el ajo picado.

Fuego muy suave para que no se quemen los ajos, ni siquiera tendrán que dorarse.

Mientras se atempera el aceite pelaré y picaré muy finas dos cebollas hermosas. Las incorporaré rápidamente a la sartén para que se mezclen bien con el ajo.

No soy partidario de echarle sal de inmediato a la cebolla, prefiero que sude bien en el aceite, si se le añade pronto la sal se acelera la pérdida de agua y se corre el riesgo de que en vez de sofreír hirvamos.

Mientras se atonta la cebolla – fuego al mínimo, por dios -, pelaré y despepitaré 6 tomates de pera hermosos y maduros. No hace falta picarlos, basta con incorporarlos a la sartén abiertos por completo, yo suelo quitarles el nervio central que es duro y blanquecino, son manías de viejo marmitón.

El fuego sigue estando bajo. Mezclo los tomates con la cebolla ya pochada y el ajo. La sartén empieza a teñirse de rojo, los tomates empiezan a soltar agüilla, inundan la sartén. Subiré un poco el fuego para acelerar la evaporación. El guiso empezará a chisporrotear suavemente, yo no pararé de removerlo con el cucharón para ayudar al tomate a que se deshaga.

Bajo de nuevo el fuego y añado una cucharadita de sal, un poco de pimienta y una cucharadita de azúcar. Sigo removiendo. El tomate ya se ha integrado en la salsa, casi no se distinguen los trozos de verdura, el guiso es un confite.

Llega el tramo final, hay que añadir unos pimientos asados y pelados – en los recetarios se ve de todo, desde quien mezcla pimiento rojo con pimiento verde a quien utiliza pimientos morrones de lata -. Mi piperada será con pimientos rojos asados previamente en casa, usaré la carne a tiras de dos pimientos rojos previamente asados (tal vez pueda asarlos a la leña, quien sabe).

Incorporo las tiras de pimiento al sofrito y sigo removiendo con cuidado, picando los pimientos con el canto de la cuchara para que se integren rápido y se conviertan en una jalea. Le pongo una cucharadita de comino, otra de perejil picado y unas briznas de tomillo.

Ya tengo la piperada que empapará al cordero que se estará asando tranquilamente en el horno.  Puede que para presentar el plato deshuese el cordero, lo empape con una cucharada del caldo del asado, otra de piperada y un poco de cus-cus de grano grueso.

He buscado cuadros con pimientos, de entre todos me han gustado los de Paul Signac.
Bon apetit.
Resultado de imagen de signac pimientos

miércoles, 4 de mayo de 2011

CAP.- X.-Podrán limitarnos los placeres pero no podrán prohibirnos hablar de ellos.

Hace unos días me dieron los resultados de unos análisis de sangre, el resultado no fue catastrófico - cuando uno pasa de los cuarenta años el resultado de cualquier prueba médica se convierte en un espiral de angustias vitales - pero el colesterol volvió a dar un aviso, colesterol del peor, del que obstruye hasta el alma.
El médico, poco amigo de las pastillas, me ha retado a bajar los índices con algo de ejercicio y dieta sana lo que inevitablemente lleva a la hojilla con tres columnas: La verde dedicada a los productos saludables, la amarilla dedicada a los productos de los que no se puede abusar y la roja destinada a los productos proscritos.
Ni que decir tiene que desde el mismo momento en el que recibí la relación de comidas prohibidas no hago otra cosa que pensar en ellas y parece como si no pudiera vivir sin ellas. Ese estado de frustración sólo puede superarse hablando de esos pequeños placeres, los que a partir de ahora se convertirán en casi furtivos.
Así las cosas toca imaginar un estupendo plato de Lasaña de morcilla.
La receta se inicia con un sofrito de cebolla cortada en juliana, hay que utilizar poco aceite y a baja temperatura,para que la cebolla quede casi en confit.
Cuando la cebolla empieza a quedar transparente se añade un puñado de piñones crudos para que se tuesten un poco.
Cuando la cebolla esté confitada se añaden dos morcillas de cebolla a las que se les ha quitado el pellejo. Con una cuchara de madera se deshace la pasta de la morcilla en el sofrito hasta que queda una masa compacta a la que habrá que añadir un poco de leche, se puede sustituir la leche por un poco de nata líuida para que quede más cremoso y más contraindicado para el colesterol.
Ojo porque la pasta es la farsa de la lasaña, por lo que no puede quedar muy líquida. la ventaja es que la sangre de la cebolla es un estupendo espesante y la leche evapora bien. Queda rectificar de sal, añadir pimienta molida al gusto e incluso un poco de comino en polvo. La leche y el sofrito suavizan mucho la farsa. Hay quien sustituye los piñones por unos trocitos de manzana, que le van muy bien a la morcilla - he leído una tapa de Zampus en el blog de wikitapas que tiene un aspecto fantástico.
Queda ahora montar las placas de lasaña, se pueden utilizar las placas convencionales alargadas, las que hay que hervir previamente y que irremisiblemente se rompen. Un posible truco para evitar esta fase tan enojosa es la de utilizar las placas de los canelones, se quiebran mucho menos y además permite calcular raciones individuales, más fáciles de servir. Otra opción es la de utilizar las placas de lasaña secas que han puesto a la venta hace poco más de un año y que permiten montar la lasaña con las placas secas y que se ablanden en el horno.
Se engrasa un recipiente grande de pirex con un poco de mantequilla para que no se pegue la pasta y se va montando placa de pasta, capa de farsa de morcilla, plaza de pasta de nuevo, después morcilla y así hasta elevar bloque de cuatro o cinco capas.
Se hace una bechamel ligera para cubrir los bloques, se espolvorea un poco de queso rallado sobre toda la superficie y al horno para que gratine y terminen de compactarse los sabores.

Si queremos una lasaña un poco más sofisticada se pueden sustituir las placas de pasta por láminas de manzana cortadas muy finas y pasadas por el horno para que queden con la apariencia de la pasta. De ese modo sólo queda montar la lasaña sobre las planchas de manzana. Si optamos por esta vía no tiene mucho sentido sepultar la estructura en bechamel y servirlo como un milhojas de morcilla y manzana.
Otra versión, más recia de este mismo plato, sería la de sustituir las placas de pasta o manzana por pimientos del piquillo asados y pasados por la sartén. A partir de los pimientos se puede derivar hacia las musakas en las que la pasta se sustituye por rodajas de calabacín o de berenjena asada.
De momento las tasas de colesterol no se disparan por hablar de comidas prohibidas, pero todo se andará.