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miércoles, 23 de enero de 2013

CAP.CCXIX.- La línea que une a Arzak, a Dustin Hoffman y a Eduardo Chillida.


El pasado domingo en El País Semanal entrevistaban a Dustin Hoffman, un tipo en apariencia normal que, sin embargo, ha hecho alguna de las mejores películas del último tercio del siglo del siglo pasado. Qué adolescente no ha soñado con ser El Graduado, o no se ha identificado con el miope que salvaba la vida en Pequeño Gran Hombre, o la capacidad para merendarse a Robert Redford en Todos los Hombres del Presidente.

Hoffman pasados los setenta años se ha atrevido a dirigir su primera película, una historia a cerca de cantantes de ópera jubilados. EN la gira promocional Hoffman se somete a centenares de entrevistas en cada ciudad y en cada una de ellas tiene la obligación de ser un tipo cordial y cercano y, a la vez, único.

Hoffman ha reivindicado durante las últimas décadas que el mundo también puede ser patrimonio de los tipos feos.

En su entrevista para EPS hablaba de la importancia del arte efímero, explicando que los actores antes de inventarse el cine y la televisión se debían contentar con plasmar su talento en obras de teatro que de las que no quedaba otra huella que el recuerdo de los espectadores y la referencia de la crítica. Para intentar encontrar un ejemplo similar en nuestro tiempo Hoffman se refirió sorprendido a su experiencia en Arzak, el restaurante al que le había llevado en su periplo por España. Hoffman hablaba maravillas de Arzak y de su hija y consideraba que durante la cena había asistido a la ejecución de una obra de arte efímera, que tenía todo su sentido para las comensales que tenían la suerte de comer o cenar en el restaurante.

La referencia a Arzak me dejó sorprendido de descubrir ese punto de conexión entre Hoffman, Arzak y el arte. La excusa perfecta para escribir sobre cine, cocina y arte.

He tenido la oportunidad de cenar varias veces en Arzak en los últimos 15 años, bastantes, en alguna ocasión he cenado solo, en otras en compañía de mi mujer, de amigos o en cenas más o menos profesionales. En todas y cada una de las ocasiones en las que he visitado a Arzak ha sucedido algo especial, empezando por la calidez de las señoras que se ocupan del servicio, unas mujeres que conectan con las mêres lionesas que son uno de los pilares de la cocina universal. Arzak zascandilea por las mesas como un niño grande, sin sombra de petulancia, con la cordialidad de quien te hubiera tratado toda la vida, casi en todas las ocasiones pregunta por el modo en el que había conseguido la reserva.

Creo que es el único sitio del mundo en el que pueden coincidir en la misma sala un premio nobel de literatura y un padre con un hijo adolescente que come por primera vez en un restaurante.

Tanto o más importantes que las veces que he tenido la suerte de cenar en Arzak serán las que sin duda me quedan por disfrutar, sin las estridencias que exigen otros restaurantes con tres estrellas Michelin.

Hay un millón de razones para que un blog de cocina haga referencia a Arzak y cientos de recetas merecería la pena reseñar. Por aquello de justificar esta entrada, que cruza a Hoffman con el arte y la cocina, me va de maravilla un postre de chocolate hecho a partir de la evocación del peine del viento de Chillida. Chillida también merecería una entrada en un blog de cocina, aunque sólo fuera por su sobriedad y por el hecho de haber sido portero de la Real Sociedad, no es mala combinación la del futbol y el arte, un combinación extraña pero sorprendente.
 

Me consta que además Arzak se vuelva en la cocina durante el mes de septiembre para agasajar a las estrellas que acuden al festival de cine de San Sebastián, por su mesa han pasado Bette Davis o Howard Hawks, De Niro, Hitchock, Coppola cuando no era todavía Coppola … De todos y cada uno de ellos quedan anécdotas en los restaurantes de San Sebastián.

Sin embargo creo que no sería justo con Arzak y cuando me animo a tunear una de sus recetas eligiera una de las menores. Creo que a los grandes cocineros hay que copiarles a lo grande y qué mejor que su receta del pastel de cabracho a la plancha, una receta que tiene más de 40 años, que ya no aparece en la carta de casi ningún restaurante y que, sin embargo, Arzak mantiene entre sus platos de referencia y de uno u otro modo, con una u otra modalidad, termina por encontrarse en aquella casa.

PASTEL DE KABRARROKA A LA PLANCHA.

Ingredientes (6 personas).

Para el pastel de kabrarroka:

1/2 kilo de kabrarroka cruda y sin cabeza.- Una kabrarroka o cabracho no es sino una escórpora o un caproig. Arzak juega con la ventaja de los pescados del cantábrico, los del mediterráneo tienen una textura distinta, más sabrosa pero con la carne menos consistente. Es fundamental que el pescado sea muy fresco.

8 huevos

1/4 de l de nata

1/4 de l de salsa de tomate

1 zanahoria.

Unas hojitas de perejil.

1 puerro una pizca de mantequilla

una cucharadita de pan rallado

agua para la cocción

pimienta blanca

sal

Elaboración.

Se cuece la kabrarroka con el puerro y la zanahoria en agua con sal. Cuando esté suficientemente cocida, se desmenuza y se desmiga, quitándole las espinas y la piel. Hay que cocerlo con piel y espinas, sin cabeza, el tiempo de cocción dependerá de la firmeza de la carne del pescado, con los del mediterráneo 15/18 minutos es más que suficiente.

Aparte, se montan los huevos como si fuera para una tortilla, e inmediatamente se le añade la nata, el perejil, la salsa de tomate y el pescado reservado. Dar punto de sal y pimienta. Se vierte el preparado en un molde rectangular de litro y medio previamente untado con mantequilla y pan rallado. Se cuece al baño maría en el horno a 225 grados durante 1 hora y 15 minutos. Una vez frío, se desmolda. En algunos recetarios se aconseja pasar la mezcla por un batidor durante unos segundos para que la pasta quede más homogénea. A mí me gusta más no pasarlo por la batidora porque me gusta encontrarme trozos irregulares de pescado.

Con la escórpora mediterránea se puede introducir alguna variante como la de incluir en la mezcla una docena de gambas rojas a la plancha peladas y picadas. También se encuentran en internet recetas en las que el puding se cuaja en el microondas.

Puede que una vez arrancado el siglo XXI esta receta pueda parecer una solemne tontería pero en su momento fue una pequeña revolución, hasta el punto de que durante años no había pesa que se preciara que no incluyera un pastel de mercado en cualquiera de sus modalidades.

El pastel cuajado y frio se cortaba en rebanadas de un centímetro y medio de ancho, se pasaban por una plancha engrasada y se servían con una salsa roja o con una salsa holandesa en muselina. Se puede tomar frio o templado.

Cierro la entrada con un dibujo del Peine del Viento de San Sebastián.
 

domingo, 4 de septiembre de 2011

CAP.LIV.- Cuestión de pebrots.

En Cataluña la palabra pebrots significa literalmente pimientos pero en el lenguaje coloquial sirve también como sinónimo de testiculos, es muy habitual la expresión "un par de pebrots". De momento no me atrevo a hacer una entrada con este tipo de casquería aunque guardo alguna receta tradicional ya que este era un plato que se le daba mucho a los niños pequeños, cuando eran lo suficientemente pequeños como para no indagar sobre el origen de esa carne tan blanda y sabrosa.
los pebrots a los que me voy a referir son la plata conocida como capsicum, una planta de origen americano que tiene muchas variantes que van desde el picante extremo - los chiles y los ajies mejicanos y peruanos -, a las variantes más suaves, los pimientos dulces italianos tanto en su variante rojiza como en la verde o amarilla. Lo pimientos son muy ricos en vitamina C y los más picantes tienen algunos efectos medicinales llegando a utilizarse como calmantes.
Le he robado a David Hockney un dibujo muy sencillo de dos pimientos para enmarcar la entrada:

Revisando las distintas entradas que llevo hechas, más de cincuenta en casi seis meses, me he dado cuenta de la cantidad de ocasiones en las que me he referido a estas verduras de sabor marcado que he incluido en algunos sofritos, en pistos, en ensaladas, en arroces, que he rellenado o asado con distintas especias.
El mundo de los pimientos es gastronómicamente complejo ya que su sabor intenso, aunque no sea picante, mediatiza muchos platos, es muy difícil enmascarar los pimientos con otros sabores, lo que hace prácticamente imposible engañar en la mesa a quien no le gustan.
No suelo utilizar los pimientos en la cocina diaria, prefiero el salmorejo al gazpacho, no los utilizo crudos en las ensaladas y me cuesta incorporarlos a los sofritos, sin embargo  hacer pimientos asados es un ejercicio que llena de cierta placidez culinaria incluso aunque no los coma; me gusta que la casa huela a pimientos asados, la combinación de especias, aceite, agua y un poco de sal sobre grandes pimientos rojos al horno produce cierta sensación de bienestar. 
Normalmente asamos los pimientos sin tener mucho cuidado ni con la temperatura ni con el tiempo de cocción, la Marquesa de Parabere recomienda que se asen a fuego vivo en una parrilla, supongo que para que la piel en algunas zonas se soase más de la cuenta y produzca esas zonas tostadas que incrementan la profundidad del sabor. 
El pimiento es un producto noble que aguanta muy bien varios días en la cocina, que casi nunca se reviene, que soporta las torturas más arbitrarias en la cocina, de ahí que convenga de vez en cuando reivindicarlo.
Es sorprendente el juego que pueden dar los pimientos si se cuecen a muy baja temperatura, colocarlos en una fuente con un poquito de agua, sal, pimienta, un pellizco de canela, una cucharada de azúcar y un poco de comino molido. Se deja el horno a 100º durante cuatro o cinco horas; si el horno es de convección - de esos que llevan un ventilador - mejor que mejor porque se evita que se cuezan. Aunque parezca  mentira terminan tostándose.
Cuando están todavía tibios se pelan intentando que no se deshagan mucho, reservando el líquido de la cocción y escurriendo el que quede en la placa del horno.
Los pimientos que mejor soportan el asado son los pimientos llamados italianos, los grandes y aparatosos que vemos normalmente en las tiendas; también aguantan bien el horneado los pimientos de piquillo y los de Tolosa pero son más pequeños.
Hace algunos años vi un programa de Arguiñano en el que Juan Mari Arzak proponía hacer unas placas de pimiento, para ello había que asar con paciencia los pimientos, pelarlos escrupulosamente para que no quedaran restos ni de pepitas ni de piel, ponerlos en un baso de batidora y añadirle una cucharada sopera de azúcar, batirlos bien batidos hasta que quedaran como una suave crema de pimientos. Para el proceso de laminado había que colocar en la bandeja del horno una hoja de papel sulfurado - del que sirve para asar -, poner el puré distribuido sobre la hoja y dejar el horno a temperatura baja - 120º - para que se evaporara todo el líquido. Si se es lo suficientemente paciente se evapora todo el agua y queda una película de color rojo intenso, flexible gracias al azúcar, una lámina traslúcida que puede servir como base para hacer unos makis donostiarras en el que en vez de algas se utilice este film como envoltorio y se rellenen de morcilla de arroz y un bastoncito de zanahoria cruda.
Normalmente las recetas que se dan para los pimientos más allá de complemento para la ensalada y todo tipo de sofritos suele ser el de rellenarlo de los productos más inverosímiles; en casi todas sus combinaciones el pimiento relleno suele dar buen resultado, es un plato vistoso en la mesa y un vehículo maravilloso para darle salida a las sobras.
Puesto que el objetivo principal es el de reivindicar al pimiento creo justo salirme de cualquier combinación de relleno y robarle de nuevo una receta a Paul Bocuse, que en su libro Cocina de Mercado recupera un plato de pimientos: Los pimientos dulces a la piamontesa.
Se trata de una especie de pastel que se hace con pimientos fritos rehogados con mantequilla o aceite de holiva, tomate frito también rehogado y un risotto sencillo de queso parmesano. No se trata de enmendar la plana a Bocuse ni mucho menos, pero con una base similar se podrían introducir algunas variantes para resaltar las bondades del pimiento.
Se trataría de preparar un risotto a base de mantequilla, cebolla, vino blanco y parmesano - cro que di una receta de risotto en la entrada: Traición de la paella valenciana. No conviene que el arroz quede muy contundente.
Eliminamos el tomate frito, que solaparía sabores con el pimiento e introduciría un toque de acidez que normalmente el pimiento no produce.
Bocuse es partidario de rehogar los pimientos, en propuesta creo que es mejor utilizar pimientos asados, los pimientos rojos, amarillos y verdes, de modo que iniciemos el molde con una capa de risotto, después una capa de pimientos rojos asados, otra capa fina de arroz, una nueva capa de pimientos esta vez verdes, de nuevo el arroz, la capa de pimiento amarillo, otra capa de arroz, un poco de queso parmesano, unas pizcas de mantequilla y cinco minutos para gratinar. Podría presentarse como un pastel de pimientos y arroz, o como un mil hojas de risotto a la piamontesa.
No sé si con esta entrada el pimiento queda suficientemente reivindicado.