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miércoles, 18 de mayo de 2016

CAP. CCCLXXXIV.- De lo grande y de lo pequeño.


LO GRANDE Y LO PEQUEÑO.

El pasado sábado llevé a mis hijos a ver a Bruce Springsteen, ha cumplido 67 años, pensé que sería una experiencia que recordarían siempre. Cerca de 70.000 personas coreando canciones agridulces de hace más de 30 años, bailando, saltando y disfrutando del momento como si fuera único. A mí me hubiera gustado que asumiera algún riesgo más, sobre todo en el tramo final, pero es difícil contentar a tanta gente, cada uno tenía en la cabeza una playlist íntima del Jefe.

Los pequeños aguantaron dos horas, sorprendidos y asustados, intentando seguir las descargas eléctricas de la Banda de la Calle E, unos sesentones un tanto ruidosos. Antes del tramo final su madre se los llevó a casa, estaban agotados, todavía quedaba una hora larga a pleno pulmón, con las luces encendidas. Yo me quedé con la mayor, que ya ha visto a Bruce 4 veces, cinco si contamos con la que escuchó estando su madre embarazada. Los dos pequeños también escucharon a Bruce con su madre embarazada. Casualidades.

Hubiera podido escribir una entrada aprovechando la épica del concierto, esa ceremonia colectiva de la que todos salimos sintiéndonos un poco mejores, porque Springsteen consigue que pensemos que todos somos mejores.

Pero no, al final busco caminos más complicados, menos trillados. Hoy he comprado entradas para ver a los Jayhawks el 22 de septiembre, en una sala infinitamente más pequeña, puede que apenas tenga aforo para 500 personas. Hace una década parecía que los Jayhawks serían capaces de llenar grandes estadios, era una banda de folk rock perfectamente engrasada, luego cayeron en las rutinas, se pelearon, puede que la gloria les viniera grande. Hace tres semanas publicaron un nuevo libro – Paging Mr. Proust -, vuelven por la senda de las armonías vocales, de los ritmos medios, melancólicos. No me he atrevido a sacar entradas para los niños, de momento sólo dos pases ( aquí va un avance del disco: https://www.youtube.com/watch?v=xHxx3c3mWP0; la canción Leaving the monster behind).

Es importante participar de grandes emociones colectivas, pero mucho más participar de emociones particulares. No todo van a ser experiencias místicas.

En esta línea intimista hoy toca una receta discreta, tradicional, un conejo con chalotas a la cantinera (Lapin a l’échalote vivandière), receta de  Henri Fau compilada por Curnonsky.

Préparation: 40 minutes. Cuisson: 1 h 30

I beau lapin tronçonné, sel, poivre, 150 g de beurre, 20 echalotes hachées, 2 dl de consommé, bouquet garni.

Faire revenir en cocotte le lapin; saler, poivre. Ajouter le moitié des èchalotes. En fin de cuisson, mettre le restant des échalotes, laisser mijoter un instant et déglacer avec le consommé. Persil haché au départ.

Un conejo rehogado con abundante cebolla, el uso del francés hace que la receta parezca más elegante.

En el mismo libro, Cocina y Vinos de Francia, Curnonsky incluye una receta más complicada, el conejo de Irma, guisado con nuez moscada, jamón crudo, canela, zanahoria, un litro de vino blanco ayant du corps, non aigre (con cuerpo, no agrio), grasa de oca y 5 cl de sangre (imagino que del propio conejo).

El glosador de la receta añade una nota para los cœurs délicats, si surge la preocupación de que el vino deje el guiso demasiado fuerte (traduzco libre del francés), se puede añadir un poco de agua, pero advierte Curnonsky mai cette pratique est peu recommandable.

Curnonsky fue un gastrónomo francés de finales del Siglo XIX y primera mitad del Siglo XX, llamado el príncipe de los gastrónomos. Durante sus años de juventud trabajó de escritor a sueldo para otros. No le gustaba conducir y se hacía llevar por sus amigos y colaboradores a los restaurantes de toda Francia porque él no conducía. Fue el autor de la primera guía gastronómica francesas y escribía semanalmente una columna gastronómica para Michelin.

Con ochenta años le pusieron a una severa dieta que le privó prácticamente de todo lo que no fueran galletitas y leche. Tan grande fue su melancolía que se tiró por una ventana.

Hace unas semanas encontré una edición francesa fechada en 1953. En el prólogo Curnonsky habla de la gloria de la cocina francesa y de los buenos vinos de Francia. Allí echa pestes de la alta cocina y reivindica la cocina burguesa, la del salón familiar. Abjura de la cocina de productos raros y de adiciones que superan las posibilidades del francés medio.

No es fácil encontrar cuadros con conejos, he recuperado a Chaim Soutine, una vieja referencia del Diletante.

miércoles, 24 de julio de 2013

CAP.CCLVII.- Veinte recetas de arroz y una canción desesperada: El arrós del senyoret.


Incluso en las épocas de mayor estrés laboral Cándido había mantenido cierta fidelidad con el gimnasio; al caer en paro lejos de abandonarse Cándido intensificó su actividad física y, sin llegar a ser un vigoréxico, lo cierto es que había conseguido adelgazar unos kilos y afinar la musculatura. Los primeros paseos por la playa de Migjorn, el pelo un poco más largo, igual que las patillas, le habían quitado varios años de encima y le había instalado en una edad ambigua de maduro resultón y pinturero. Carmen estaba encantada de que pese a todos los pesares no se hubiera abandonado.

Cándido llegó a Barcelona al filo de la medianoche del viernes, Carmen salió a recogerle al aeropuerto. El día siguiente pensaba comunicar a la familia la compra del “viejo pescador”, ahora Hotel California, así como su intención de ir a vivir a la isla. El restaurante tenía anexado un bungalow que terminaría de acondicionar, una estancia con tres dormitorios, un amplio salón y un minúsculo baño construido con paneles de cristal translúcidos en el jardín.

Cándido tenía pensado cocinar la noticia cocinando un exquisito arrós del senyoret, una receta que había aprendido en Denia y que requería cierta paciencia, mucho mimo.

Nada adelantó a Carmen, aunque ella barruntaba que las visitas a Formentera le depararían alguna sorpresa, aunque pensaba que su marido, de natural cauto, se lo pensaría con mucho cuidado.

Para el arroz del señorito Cándido compró un paquete de un kilo de arroz senia, directamente traído de la albufera, para el guiso del sábado le bastaban 400 gramos. Amaneció en el mercado del ninot e hizo guardia para asegurarse de que compraba los primeros mariscos: 600 gramos de gambas de Palamós, 600 gramos de cigalas de la Rápita, 600 gramos de Benicarló, 3 tomates de pera, dos cebollas pequeñas, 4 dientes de ajo, azafrán en hebra, 4 ñoras y casi dos litros de caldo de pescado. Con esos ingredientes prepararía el arroz, sin embargo se animó a cumplir hasta el kilo de cada uno de los mariscos ya que de primero quería preparar un pastel de marisco a base de colas de gamba, de langostino y de cigala, cuatro huevos hermosos, una lata de leche ideal, sal, pimienta y perejil fresco, picado, batido y cuajado al baño maría nada más llegar a casa para que estuviera a punto para la comida.

Hecho el pastel y dado que a las nueve y media de la mañana todavía no había nadie despierto en la casa, bajó a comprar unas botellas de vino blanco, Belondrade, que sabía que era el preferido de Carmen.

En un tupperware de capacidad de un litro lo llenó casi por completo de agua caliente y dejó las ñoras en remojo abiertas por la mitad.

Para este arroz se necesitaba una paellera muy amplia, de modo que quedara una capa muy fina, casi de un gramo de grosor. Cándido engrasó la paella para sofreír ligeramente el marisco, con un par de dientes de ajo.

Mientras realizaba estas tareas mecánicas Cándido recordó las circunstancias en las que adquirió el restaurante, su dueño, Monsieur Pangloss, era un marsellés que superaba los setenta años, seco como un sarmiento, requemado por el sol y una mata de pelo blanco, hirsuto, desordenado, que le daba un toque bohemio aunque algo trasnochado.

Para firmar los papeles Pangloss convocó a Cándido en una terraza cerca de la playa de la tramuntana, el txiringuito se llamaba El Aeródromo y, en función de las rutas aéreas, se podían ver llegar los aviones que aterrizaban en el aeropuerto de Ibiza, volaban tan bajo que era sencillo distinguir las compañías.

Monsieur Pangloss le citó sobre las 12 de la mañana, cuando Cándido llegó aquel caballero apuraba ya el primer whisky con hielo.

-      Es relajante ver llegar los aviones casi en fila – le recibió el francés -, llevo años haciéndolo. En primavera la frecuencia es cada 20 minutos, a finales de julio y durante la primera semana de agosto desfilan cada cinco minutos. A medida que se acerca septiembre el rito se apacigua.

-      Sí que es entretenido, cuando abrieron el aeropuerto de Barcelona mi padre nos llevaba al bar de la terminal a que viéramos entrar y salir aviones. Veo, señor Pangloss, que no sólo habré de agradecerle la venta del restaurante, sino también el descubrimiento de esta terraza.

-      Además la bebida no es de garrafa. Me permitirá que le pida un Johnny Walker doble negro con mucho hielo, creo que es el único local de la costa en la que tienen esta categoría de alcoholes.

-      No acostumbro a beber por la mañana.

-      Ya se acostumbrará. Además le conviene estar un poco bebido antes de firmar. Es consciente de que no me está comprando nada?

-      No sé crea, estoy comprando parte de su felicidad.

-      Visto así, puede que me haya quedado corto en el precio.

-      Todavía está a tiempo de echarse para atrás. El dinero regresa rápido al banco; en ese caso quedará disculpado sólo si paga las copas.

-      Estoy cansado y me irá bien el dinero para escapar de la isla, no soportaría a un italiano más.

Cándido en realidad no compraba nada, sólo arrendaba el local – propiedad de Monsieur Pangloss -, así como los bungalows anexos con el compromiso de no despedir al servicio – Didí, CloClo, Mustha y su hermano Ibrahim, que ayudaba los fines de semana -; el traspaso del arriendo le costaba a Cándido 150.000 euros que debía pagar en efectivo y un canon de 30.000 euros al año pagados en cuotas cuatrimestrales ingresados en una cuenta domiciliada en Marsella; el arriendo por 15 años, prorrogables, con una opción de compra transcurridos 20 años, a precio de mercado a esa con un descuento del 50%.

Costó tres o cuatro whiskys la firma, cuatro  whiskys y casi un centenar de aviones de distinto origen. Cándido y Pangloss competían intentando ser el primero en identificar la compañía, el francés ganó de goleada.

Cándido echó por tandas el marisco en la paella, retirándolo tan pronto como tomaba una brizna de color. No convenía que quedara muy hecho.

Bajó el fuego al mínimo, incorporó un poco más de aceite y picó los dientes de ajo y las cebollas.

Carmen y los niños se fueron levantando. Estaban acostumbrados a las intermitencias de Cándido y a sus regresos fulgurantes, cargado de productos exquisitos, sin dar grandes explicaciones. Desayunaron en la cocina, pendientes de las maniobras de Cándido, que les espetó:

-      Necesito que cada uno de vosotros me deis vuestra definición de felicidad.

Se hizo un silencio sepulcral, roto solo por Carmen que, como quien no hubiera escuchado nada, preguntó:

-      ¿ Quién me pasa los croissans ?

-      No es ninguna coña – reiteró Cándido – necesito saber cuál es para cada uno de vosotros la idea, el concepto de felicidad. Empieza tú, Biel – era el pequeño.

-      No sé, papi, supongo que uno es feliz cuando tiene todo lo que quiere.

-      Y tú, Miquel.

-      Seré feliz cuando consiga los objetivos que me he marcado – era mayor y ya pensaba en el futuro.

-      Quedas tú Carmen.

-      No me digas tonterías, Cándido, pasas cuatro días fuera y vienes con tonterías.

-      No son tonterías, hablamos poco de la felicidad.

-      Bueno, si te empeñas, para mí la felicidad es ver felices a todas las personas que quiero.

Se hizo de nuevo el silencio, hasta que Carmen lo quebró.

-      Bueno, campeón, quedas tú por desvelarnos tu concepto de felicidad.

-      La felicidad termina siendo una combinación de vuestros tres conceptos.

-      Eres un tramposo.

Cándido sacó las ñoras del tapper y con ayuda de una cucharilla desprendió la carne rojiza para que se mezclara con el sofrito. El líquido en el que se habían esponjado las ñoras se incorporó a una cazuela en la que había caldo de pescado. Cándido peló los tomates, quitó las pepitas y los ralló sobre la cebolla, el ajo y las ñoras. Añadió un poco de sal, una cucharadita de postre de azúcar y mientras su familia terminaba de desayunar terminó de vigilar el sofrito removiendo de vez en cuando. Aprovechó el tiempo pelando el marisco y dejando cáscaras y cabezas en el caldo.

Pasado un cuarto de hora apago el fuego y cubrió la paella con un paño. A las dos reanudaría el guiso. Propuso un paseo familiar, sólo Carmen le secundó, los chicos tenían que estudiar.

A las dos de la tarde regresaron, abrieron una de las botellas de vino y Cándido encendió de nuevo el fuego tanto de la paella como del caldo de pescado con los restos de marisco.

Cuando el aceite de la paella empezó a chisporrotear incorporó el arroz, medido en tazas, poco más de 400 gramos, lo dejó unos minutos distribuyéndolo con una gran cuchara de madera, mezcló bien con el sofrito y no le importó que algunos granos se doraran ligeramente. Distribuyó unas hebras de azafrán y cubrió con el caldo, a razón de dos tazas de caldo caliente por cada taza de arroz. Pasados 15 minutos a fuego vivo añadió los cuerpos del marisco completamente pelados y limpios. Metió los tres últimos minutos la paella en el horno, previamente calentado a 200 grados. Cuando el arroz del señorito estaba en el horno llamó a la familia a la mesa, en la que le esperaba cuajado y desmoldado el pastel de pescado y marisco con unos cuencos de mayonesa que ligó en un instante.

Todos dieron cuenta rápida del pastel de pescado, los niños repitieron, Carmen y él apuraron un par de copas de vino. El arros del senyoret reposaba humeante sobre una tabla de madera.

Antes de servir el arroz Cándido anunció:

-      Familia, he comprado un pequeño txiringuito en Formentera, con un restaurante que pienso llamar Hotel California; me gustaría que todos nos fuéramos a vivir a la isla en cuanto terminéis los colegios.

-      Estás loco – dijo Carmen sin levantar los ojos del plato -, más loco de lo que pensábamos.

Los chicos hicieron como si no hubieran oído nada y mantuvieron su conversación anodina a cerca de los estudios y las perspectivas de veraneo, la verdad es que no era mala perspectiva la de veranear en Formentera.

De postre tomaron helado de limón. Carmen y Cándido se quedaron haciendo la sobremesa mientras apuraban el vino. Cándido le enseñó el catálogo expresionista que había comprado meses antes en Londres, le preguntó si conocía que hubiera algún cuadro de Soutine expuesto en Barcelona.

domingo, 21 de julio de 2013

CAP. CCLVI.- Veinte recetas de arroz y una canción desesperada:Arroz con sardinas.


El día 16 empezamos vacaciones, no está mal. Lo importante de las vacaciones es conseguir desconectar, no es sencillo dejar olvidado el móvil en la mesilla y marchar a la playa sin mala conciencia, es cuestión de practicar. Hemos pasado primero por las playas de la Atmella – cerca del circuito de Calafat – y hoy hemos amanecido en Puerto Carmen, Lanzarote; hay ocasiones en las que pienso que si no nos metemos una ensalada de kilómetros para el cuerpo no tenemos sensación de vacaciones, de hecho estamos buscando un alquiler de coches para recorrer la isla. Estaremos aquí 12 noches, volveremos a Barcelona y de ahí saldremos hacia Andalucía el primero de agosto.

El primero de los objetivos del veraneo es dejar la mente casi en blanco, no pensar en casi nada, o por lo menos no pensar en casi nada de lo que me ha preocupado durante el resto del año.

He dedicado las primeras horas de las vacaciones a preparar las tareas del diletante de cara al verano, no ha sido complicado ya que llevaba días dándole vueltas a dedicar estas semanas a indagar sobre recetas de arroz, algo así como “20 recetas de arroz y una canción desesperada”, homenajeando a Neruda. Leyendo a Mc Gee descubro que hay más de 100.000 tipos de arroz y que es el alimento básico de ¾ partes de la población del mundo. Con tanto tipo y tanta variedad de arroces está claro que tengo mucho margen de experimentación.

No han sido fáciles estas primera horas culinarias ya que los tratadistas se debaten sobre los posibles tipos de arroz a utilizar, la conveniencia o no de añadir el caldo hirviendo o frío, las virtudes de lavar primero o rehogar el arroz. La importancia de utilizar un recipiente plano – paella –, o un caldero, incluyo recetarios respetables reivindican el uso de una cazuela de barro.

Dudo mucho que tras mi periplo por el recetario del arroz pueda despejar esas dudas existenciales. Para el arranque de las vacaciones me voy a apoyar en un recetario y en las indicaciones que ya he utilizado en otras ocasiones, textos de Ignacio medina, diseño de Emo, editado en el año 2005 para los coleccionables de El País.

En lo referente a pintores también voy a dedicarlo monográficamente a un pintor que tenía muy poco trabajado, Chaim Sautine, un artista que nació en Bielorusia a finales del siglo XIX y que desarrolló su obra en Francia a lo largo de la primera mitad del siglo XX; amigo de Modigliani, vecino de Montparnase, depresivo, ulceroso y malhumorado, es uno de los representantes más destacados del expresionismo.

Soutine y arroz son las bases de mi periplo veraniego, también una vieja anécdota e hace doce años, en la isla de Zanzibar, un matrimonio de médicos españoles, catalanes para más señas, lo habían abandonado todo para montar una escuela de buceo en una playa paradisiaca, Spanish Dancer se llamaba, ellos contaban encantados las virtudes de su cambio de vida, mientras tanto un niño de 9 años se descomprimía en una habitación en semipenumbra jugando a la gameboy como si no terminara de creerse que sus padres le habían hecho la putada de desarraigarle de Barcelona.

A ver a donde llego.

ARROZ CON SARDINAS.-

Cándido había tomado el trasbordador más lento, el que necesitaba casi cuarenta y cinco minutos para llegar a Ibiza, no tenía realmente prisa en abandonar Formentera; había dejado que los transeúntes que aguardaban en el puerto se pelearan por las últimas plazas de la barca rápida, él se había acomodado casi solo en una barcaza más pesada que todavía tardaría unos minutos en partir.

Formentera en abril no tiene nada que ver con la isla en verano, en realidad Formentera en abril no tenía que ver casi con nada Cándido leía un pequeño libro de recetas y pasaba algunas notas a una libreta de tapas plastificadas, revisaba un guiso de raíz catalana, un arroz con sardinas que él quería convertir en arroz de sardinas.

Necesitaría, para seis raciones, 400 gramos de arroz, dos docenas de sardinas no muy grandes, 150 gramos de guisantes desgranados – le irían bien  los extras congelados de la Sirena -, tres tomates maduros, dos cebollas medianas, un manojo de ajos tiernos, un litro y medio de cado de pescado, una hoja de laurel, unas hebras de azafrán, una ramita de perejil, aceite de oliva y sal.

Mientras la barcaza desamarraba y empezaba las maniobras para salir del puerto dedicó unos instantes a pensar en la felicidad, en su posible felicidad, la felicidad de la huida; hay quien encuentra la felicidad huyendo, otros regresando. Cándido estaba inquieto, tenía dudas de cómo reaccionaría Carmen, que poco a poco se iba acostumbrando en los últimos tiempos a sus excentricidades, también le preocupaban los niños, si es que podía considerar que a los 9 y 12 años seguían siendo niños.

Este arroz se prepara en cazuela de barro, Cándido pensó que para el futuro necesitaría por lo menos una docena de cazuelas de barro, 3 para 4 raciones, 3 para 6 raciones, otras 3 para 8 raciones y tres del mayor tamaño posible. Creía haber visto juegos de cazuelas de barro descantilladas en el viejo Pescador.

La precisión de la receta le preocupaba poco ya que ese mismo plato podría prepararse con caballas, con boquerones o con cualquier pescado azul, incluido el atún.

Pensaba/soñaba con un gran perolo metálico en el que poder preparar litros y litros de caldo de pescado aprovechando los pescados de roca y las espinas y la cabeza de unas caballas. Rehogaría primero unas verduras, una cabeza de ajos partida transversalmente, incluiría cuatro tomates, antes de rehogar el pescado e incorporar una garrafa de 5 litros de agua mineral. Esa era la base del caldo de pescado, eso y dejarlo cocer poco más de una hora, teniendo cuidado de recoger la espumita, esperaba que Mustha – su pinche en la cocina – no protestara mucho con los nuevos hábitos.

A Cándido le aguardaban 40 minutos hasta el puerto de Ibiza, luego un breve recorrido en taxi hasta el aeropuerto, disponía de un margen de tres horas antes del vuelo, por lo que podría optar bien por pasear por la vieja Vila casi abandonada, o leer plácidamente en el aeropuerto.

Transcribió en su bloc los pasos de la receta, empezando por la labor de engrase de la cazuela colocada sobre el fuego, incorporando el aceite de oliva en un círculo amplio que coincidiera con la cuerda de la cazuela.

Para garantizar una correcta distribución del calor tendría que revisar el perfecto funcionamiento de los difusores de gas, un artilugio que pensaba olvidado en la memoria de sus padres. Puede que con el tiempo se atreviera a prepararlo con leña de olivera.

Mientras se calentaba el aceite picaría finas las cebollas y las rehogaría a fuego muy bajo, removiendo con parsimonia hasta que la cebolla tomara color.

Cuando la cebolla se empiece a dorarse se pica el manojo de ajos tiernos, la receta originaria hablaba sólo de la parte blanquecina pero Cándido creía que no pasaría nada si picaba también los tallos de color verde intenso, la cuestión era picarlos muy finos. Siempre se había dejado llevar por la intuición, no sólo en la cocina.

También añadiría la hoja de laurel, dos si son pequeñas. Mustha le tendría ya pelados los tomates, de pera, y sacadas las semillas. Cándido terminaría de picar los tomates y añadirlos al sofrito dejando que el guiso cociera durante cinco minutos, así se eliminaría el agua de la cebolla y el tomate. Era el momento de añadir una cucharada sopera rasa de sal, sal de Formentera.

Llegaba el momento del arroz, tipo bomba, los granos debían impregnarse bien de la grasilla del sofrito y quedar translúcidos, para eso necesitaría dos o tres minutos.

Seguiría la tradición de medir el arroz en tazas, de modo que el caldo que añadiría al guiso sería dos tazas y media por cada una de arroz. El caldo siempre caliente para que el guiso recuperara rápido el hervor.

En un mortero majar las hebras de azafrán unas hojas de perejil, un puñado de avellanas y dos cabezas de sardinas frescas. Hay que majarlo con una pizca de aceite y conseguir que se convierta en una pasta muy ligada, si es el caso se añade un poco más de aceite. El majado se mezcla en la cazuela.

Si hemos avivado el fuego en el momento de añadir el arroz y el caldo, ahora tocaba bajarlo y  menear un poco la cazuela para que se diluya bien el majado.

Cuando el guiso lleve quince minutos y el arroz esté chupando el caldo se añaden los lomos de las sardinas eviscerados, desescamados y sin espinas – debería adiestrar a Mustha en el paciente rito de quitar las últimas espinas con unas pinzas. La piel hacia arriba.

Si las cosas se han hecho bien es el momento de apagar el fuego, añadir los guisantes congelados y tapar la cazuela y dejar que los últimos vapores cocinen ligeramente las sardinas.

Dos indicaciones finales, para que el arroz no se apelmace el guiso para 6 raciones debería hacerse en una cacerola para 8; la segunda indicación, servir con un alioli oscurecido con cuatro sardinillas en aceite, de las de conserva de toda la vida.

De primero podría ir bien una crema de guisantes con hierbabuena y virutas de jamón de jabugo.

A Cándido le entretenía ver los borreguillos de las olas, la barcaza se bamboleaba de un lado para otro, obligando a algunos transeúntes a salir al exterior para respirar profundamente y no marearse.

Aquél viaje tenía poco que ver con el primer encuentro con Formentera un par de años antes, justo cuando despidieron a Cándido del banco, banca de negocios para ser más exactos; Cándido consideró el despido un golpe de suerte ya que la situación dentro cada vez era más insoportable. Cándido pensaba que cada acontecimiento de los que habían sucedido en su vida era una oportunidad.

Él, pese a superar la cincuentena, se tomó la carta de despido como una liberación, sin embargo Carmen, su mujer, se empeñó en que se tomaran unos días libres para reorganizar la vida familiar, sobre todo las finanzas domésticas, y aceptó la invitación de unos amigos que tenían una casita en Formentera. Volaron en preferente desde Barcelona, les recogió un conductor particular que les llevó directamente al puerto, donde les esperaba una fuera borda de los señores de la casa. La casa resultó ser un amplio precio escondido entre pinos y cañaverales, una construcción lujosa de dos plantas con una piscina desde la que se entreveía el mar.

Escondidos durante un largo fin de semana de finales de mayo en Villa Cunegunda decidieron aplicar una parte de la indemnización a cancelar la hipoteca sobre el piso de Barcelona – les quedaban apenas cinco años -, así como poner en venta la casa de Tamaríu, Cándido ya no tenía necesidad de tener una casa en Tamaríu y conocía a quien todavía andaba loco por poder pasear por el pueblo. Los niños hacía ya algunos años que pasaban los veranos en Inglaterra, por lo que tampoco añorarían aquel ambiente. Con esas dos decisiones y un par de inversiones meditadas el futuro económico aparecía bastante despejado; Cándido no en vano había sido durante veinte años el responsable de derivados financieros en banca de negocio y lo de invertir, incluso en medio de la crisis, no era un problema si se actuaba con cautela y se vigilaban los mercados asiáticos, era cuestión de madrugar un poco para ver con se comportaba la bolsa en Singapur y en Hong Kong, cuestión de hábitos.

En aquel viaje tuvo su primer contacto con el “viejo pescador”, así se llamaba el txiringuito de la playa de MigJorn, en primera línea de playa, regentado por un argentino avinagrado y tutelado por dos camareros cincuentones, de los que nunca habían conocido un armario, llamados Claude y Didier – Clocló y Didí -. Un cartel en la entrada anunciaba que el local se traspasaba. Cándido, acostumbrado a memorizar cifras, no le costó quedarse con el número de teléfono; Carmen había disfrutado con las ensaladas afrancesadas, los pescados de la zona al horno y una extensa carta de champagnes que Clocló y Didí recitaban de memoria.

De regreso a Barcelona y cuando Cándido estaba dispuesto a iniciar un estéril periplo de remisión de currículos y de entrevistas de trabajo en las que inevitablemente cotizaría a la baja, recibió una llamada desde Londres, donde estaba la sede de sus antiguos patrones. La verdad es que Cándido consideraba que la indemnización recibida era suficientemente razonable como para no discutir ni litigar, no tenía tampoco mucho interés en que le reengancharan a la empresa y mucho menos a algún destino internacional, le daba mucha fatiga dejar a Carmen con los niños en Barcelona y pensaba que los chicos no aceptarían cambios.

Llegó a Londres a primera hora de la mañana, con margen suficiente como para poder pasear por la ciudad, le había convocado a un almuerzo en la oficina central, el gran jefe en persona quería comer con él.

Aprovechó la mañana para pasear por la City hasta llegar a la Modern Tate, en la que habían programado una exposición sobre Expresionismo. Cándido no se consideraba un hombre culto, sin embargo se había acostumbrado a matar los tiempos muertos visitando exposiciones.

A eso de la una del mediodía estaba en la puerta de la oficina central, dispuesto a subir a las plantas superiores de la sede central. Traje impecable, corbata alegre y un afeitado reciente gracias a la indicación de un viejo compañero que le indicó la dirección de un barbero cerca de la central. Nadie diría que un mes antes había sido despedido.

En la antesala le aguardaba el director de operaciones en España, el mismo que se había ocupado de comunicarle el despido, le recibió con una sonrisa forzada y le dio la mano con seguridad. Cruzaron unas palabras en castellano, cortesías habituales sobre el estado de ánimo y la familia. Resultó que Cándido estaba más animoso que sus anfitriones.

Enseguida apareció el gran jefe, que le abrazó con una cordialidad inusitada. Pasaron al comedor privado, planta 42 de un edificio impresionante, todo acristalado. El despacho del gran jefe lo presidía un autorretrato  de Chaim Soutine, muy parecido a los que Cándido había podido ver en la Modern Tate. Soutine era un pintor ruso judío que había vivido en el París de la primera mitad del siglo XX, depresivo, déspota y propenso a la úlcera de estómago, poco más o menos como los antiguos jefes de Cándido.

Tras las frases de rigor sobre familia y ánimo el gran jefe le informó de la razón de la comida, la comisión del mercado de valores española iniciaba una investigación sobre el banco en el que había trabajado Cándido, el motivo era sencillo, consideraban que habían comercializado algunos derivados de altísimo riesgo a clientes no capacitados para asumirlos; la propuesta del banco era sencilla, si Cándido cargaba con la responsabilidad de esos productos – no le correspondía – la banca le colocaría en una cuenta en Singapur 15 millones de dólares para endulzarle la muerte civil que suponía pechar con esa carga. El comité de evaluación aseguraba que tras la investigación Cándido, en el peor de los casos, sería inhabilitado durante 15 años y se le impondría una multa que gustosamente pagaría el banco. En realidad Cándido ni podía, ni quería, ni sabría seguir trabajando en la banca de inversión por lo que la oferta, aún amarga por lo que suponía tener que pasar por la CNMV y aguantar la presión mediática durante unos días, en realidad era un cheque que le aseguraba el futuro no sólo propio, también el de sus hijos. En el fondo Cándido sabía que si no aceptaba por las buenas la oferta, el banco disponía de mecanismos para que al final la responsabilidad en todo caso recayera sobre él, o sobre alguien parecido a él, por lo tanto lo de los 15 millones en una cuenta opaca en Singapur no era sino un regalo caído del cielo.

De regreso a Barcelona, en un vuelo la misma noche, revisó el catálogo de la Modern Tate con todas las reproducciones y explicaciones de la exposición, de regreso a casa decidió que negociaría los derechos de traspaso del viejo pescador y que uno de los cuadros de Soutine se convertiría en la marca de la casa del restaurante, que pasaría a llamarse Hotel California, como la canción de los Eagles.
 

Desde aquel viaje a Londres y su travesía Formentera Ibiza habían pasado 18 meses, un mundo.

De regreso a Barcelona le propondría a Carmen irse todos a vivir e Formentera, adecentar al viejo pescador, ahora Hotel California, y permitir que Cándido ejerciera de director y de cocinero principal del txiringuito. Su decisión no tenía retorno, si Carmen y los niños flaqueaban, por lo menos el piso de Barcelona estaba completamente pagado y planificados los gastos hasta que los chicos terminaran los estudios.

La huida como felicidad y el arroz con sardinas como llave para conseguirla.