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domingo, 10 de marzo de 2019

Capítulo CDLXX.- Vuelcos del cocido.


Vuelco: (1) Acción y efecto de volcar o volcarse. (2) Movimiento con que algo se vuelve o trastorna enteramente.



Este jueves grabamos en casa la tertulia del Ideal de Justicia, lo hicimos entorno a un cocido, cumpliendo así con uno de mis compromisos/placeres. No sé muy bien cómo quedará la charla final ya que estuvimos charlando casi tres horas y hay que sintetizarlo todo en un corte de alrededor de 40 minutos. No quisiera estar en el pellejo de quien tiene que hacer ese trabajo de síntesis.

Corríamos el riesgo de que la solemnidad del cocido pudiera marcar el ritmo de la conversación. El tocino, el trozo de jamón, la pieza grande de carne de morcillo, la ristra de costillas de pecho de ternera, el chorizo, la morcilla y los tuétanos pueden fijar un rigor excesivamente pesado para cualquier reflexión y, si se busca el refugio del vino para gestionar la digestión, se puede pasar de la reflexión a la digresión en cuestión de segundos.

A pesar de todos los pesares, lo cierto es que el resultado fue divertido, aunque las intervenciones puede que fueran un poco más extensas de lo que son cuando nos reunimos entorno a unas copas. Teníamos un invitado sorpresa, ajeno a nuestros encuentros, lo que facilitaba los chispazos, además venía el Gran Jefe de Madrid que se puso a comandar los focos de interés y nos fue llevando hacia terrenos menos técnicos.

Yo también incorporé a una amiga a la tertulia para que dulcificara algunas aristas de los diálogos.

No me corresponde a mi valorar el resultado del invento, a primera hora de la mañana veremos el resultado.

Una tertulia sobre justicia y derecho termina gravitando entorno al derecho penal, es inevitable dejarse llevar por el morbo de la sangre y las grandes o pequeñas tragedias. Ese riesgo se intensifica en el contexto actual, donde la actualidad se encuentra en el proceso al procés, un juicio llamado a pasar a la historia, aunque los filósofos del derecho advierten que los casos célebres hacen mal derecho.

Por terapia y estabilidad mental he optado por no seguir las sesiones del proceso, tengo amigos y compañeros que están enganchados a las declaraciones e intervenciones de acusados, fiscales, abogados, testigos y magistrados. Esclavos del streaming desde las nueve de la mañana hasta bien entrada la tarde. Cada sesión, cada jornada, está llena de incidencias, de pequeños destellos de luz en el marco de un trámite principalmente rutinario. Los principales personajes de la obra ya han definido su papel.

Es tal la sobredosis de información, los comentarios permanentes sobre tal gesto, giro o frase, intentando extrapolarla al pronóstico final. Yo pienso que los hechos deben interpretarse con cierta perspectiva y he dicho en alguna ocasión que lo del proceso es como el Tour de Francia, en el que durante las primeras etapas es importante no perder, no quedar descolocado.

A pesar de mis cordones sanitarios, lo cierto es que sólo con la información que me va salpicando voy enterándome del desarrollo de los acontecimientos, de cada una de las escenas e incidencias del juicio. Escucho opiniones de todo tipo y disfruto descubriendo que, en cada esquina, en cada barra de bar se agrupan especialistas en derecho penal y en derecho procesal que van dando sus opiniones más rotundas. Ya me dijo hace unos días el quiosquero que me estaba equivocando al determinar los elementos del tipo penal de la malversación.

No sé si conseguirán que Cataluña llegue a ser una república de hombres (y mujeres) sabios, lo que si han logrado es que sea una antimonarquía de juristas airados.

Con los ingredientes previos del juicio en el Supremo, abordamos la comida con la sensación de que en cada una de las sesiones del proceso pudiera producirse un vuelco tanto o más contundente de lo que eran los vuelcos de mi cocido.

Los vuelcos del cocido tradicional oscilan entre tres y cuatro, son tres o cuatro las escenas en las que se estructura: Primero el caldo con los fideos, después los garbanzos, con una pizca de aceite y sal, en tercer lugar, las verduras escurridas y, finalmente, las carnes humeantes en bandeja metálica.

Hay quien unifica el guisante con la verdura; también hay quien descompone el vuelco de la carne en tres o cuatro actos sacando primero la ternera, después los trozos de pollo, en un tercer tiempo, morcillas, tocinos y chorizos, para culminar con los tuétanos. Así, en el Charolés de El Escorial pueden contarse hasta 14 vuelcos, convirtiéndose la obra en un remedo del Mahabharata de Peter Brooks, que duraba casi 12 horas.

Como Diletante, ya escribí sobre el cocido hace cuatro años y medio (http://undiletanteenlacocina.blogspot.com/2014/10/capcccxlix-las-musas-de-abantos.html), allí están los ingredientes y las instrucciones para ir cociendo cada uno de los ingredientes siguiendo las pautas de los cocidistas más ortodoxos.

En mi cocido de esta semana intenté jugar con los vuelcos y me propuse doblarlos, de modo que en vez de comernos un cocido nos tomáramos dos. Todo un reto.

En realidad, el primero de los cocidos llegó a la mesa en forma de aperitivos, ya lo había hecho otras veces.

Para preparar los primeros vuelcos del cocido hay que preparar un cocido completo, dejarlo templando en la olla (conviene hacer el guiso el día anterior para que los sabores se reposen y terminen de compactar. También tenerlo hecho del día anterior para poder desengrasarlo bien, a medida que se enfría el caldo, la grasa se condensa y sale flotando a la superficie, por lo que es más fácil retirarla).

El primer aperitivo era un flan de verduras del cocido. La receta es sencilla. Se entresacan del caldo de cocido las verduras principales ya hervidas (media zanahoria, media patata, un nabo pequeño, una pizca de chirivía, un cuarto de puerro, unos cascotes de cebolla, unas hojas de repollo y unas ramas tiernas de apio). Se colocan en un bol, bien escurridas y se chafan ligeramente con ayuda de un tenedor hasta que quede un puré grumoso en el que se distinga el origen de cada pieza y pueda jugarse con los colores).

Casqué un huevo sobre la mezcla y 250 miligramos de leche evaporada (leche Ideal). Rallé un poco de nuez moscada, salpimenté y batí un poco más la mezcla hasta que el huevo y la leche quedaron bien integrados.

Tenía en casa unos moldes de silicona pequeños, de los que uso para hacer madalenas, puse un par de cucharadas en cada uno de los moldes, sin colmarlas hasta arriba.

En tandas de cinco moldes cuajé los flanes en el microondas, a máxima potencia tres minutos y medio.

Cuando se enfriaron los flanes los coloqué en una gran bandeja de loza y le añadí una cucharadita mínima de tomate frito (me gusta acompañar los garbanzos del cocido con un tomate frito casero hecho sólo con dados de tomate, comino en cantidad y aceite de oliva en el que confitarlo todo durante casi dos horas).

Para el segundo aperitivo organicé unas galletas rellenas de humus de garbanzo, con la forma y el color de unas galletas Oreo.

Para la masa de las galletas utilicé dos de las morcillas del cocido. Morcillas de cebolla y piñones. Hay que cortar ligeramente la tripa que las envuelve y deshacerlas en un plato hondo. Cascar dos huevos e incorporarle cuatro cucharadas soperas de harina. Se mezcla todo bien hasta que queda una masa oscura que se tiene que extender sobre una hoja de papel satinado para hornear.

La masa debe extenderse hasta conseguir una capa de poco más o menos medio centímetro, no muy gruesa. Se coloca en la bandeja del horno y se deja cociendo durante 15 minutos, a 130º. No conviene que se quede muy dura, ni muy seca. Hay que ir vigilándola hasta ver que se ha terminado de hacer. No es difícil dar con el punto de la masa, hay que comprobar que la grasilla que ha soltado la morcilla chisporrotea ligeramente y deja una capa brillante. Se apaga el horno y se deja la puerta del horno abierta para que el calor se pierda lentamente. Cuando está templada la masa, se coloca sobre la tabla o el mármol de la cocina, se le da la vuelta y se quita el papel de cocina. Queda una superficie de masa completamente alisada, de color parduzco, muy parecida a la masa de galleta Oreo.

Con ayuda de un vaso se hacen las galletas, yo utilicé una copa pequeña de jerez que me ayudó a fabricar dos docenas de galletas redondas, del tamaño de una moneda de dos euros.

El humus de garbanzo no tiene ninguna complicación. Se ponen 200 gramos de los garbanzos cocidos (yo utilizo los pequeños de Pedrosillano), medio diente de ajo, 75 gramos de semillas de sésamo crudas y un chorro generoso de aceite de oliva. Con ayuda de una batidora voy haciendo la masa, que voy trabando como si fuera una mayonesa, es decir, añadiendo poco a poco el aceite hasta conseguir que quede una crema compacta de color de un color naranja desteñido, parecida a la crema con la que se rellenan las galletas Óreo.

El proceso culmina cogiendo una galleta, poniendo una cucharadita de crema de garbanzos sobre la parte rugosa y colocando otra galleta encima. Se aprieta ligeramente con los dedos para que la pasta se distribuya bien y van a la bandeja directamente.

Para el tercero de los aperitivos pensé en unas gyozas (unas empanadillas japonesas de harina de trigo) rellenas de las carnes del cocido.

En alguna receta relativamente reciente he explicado como hacer la masa de las gyozas, pero esta vez no quería meterme en follones, fui a un supermercado oriental que hay cerca de donde trabajo y compré un paquete de obleas de gyoza (en cada paquete van una cincuentena de ellas, por lo que he estado todo el fin de semana haciendo empanadillas a mis hijos).

El relleno de la empanadilla es un picadillo hecho a base de el morcillo, el pecho de ternera, la pechuga de pollo, el chorizo, la punta de jamón y el grueso tocino. Conviene no coger mucha cantidad de cada una de las piezas de carne, sólo el equivalente a un bocado de cada, puede que de tocino un poco más.

Se pica bien sobre una tabla, con ayuda de un cuchillo grande y afilado, hasta que queden daditos minúsculos. Puse los ingredientes en un plato sopero y añadí dos cucharadas de mostaza cremosa y un chorrito de salsa de soja. Lo mezclé bien, hasta que quedó una masa viscosa.

Cogí una oblea de masa, puse en el centro un puñadito de las carnes mezcladas (todo hecho con las manos bien limpias), me mojé la yema de los dedos en agua tibia para cerrar las empanadillas (hay que mojar con agua templada los bordes de las obleas para que se sellen bien). Cuando hube formado 12 empanadillas las coloqué sobre papel satinado en la vaporera del Thermomix (hay que tener cuidado, porque si no se utiliza el papel satinado las empanadillas se pegarán sobre la superficie metálica de la vaporera). Se colocan al vapor durante 17 minutos. La masa toma brillo y algo de volumen. Como andaba ya un poco pillado de tiempo, no pude pasarlas por una sartén caliente después, las llevé hervidas al vapor.

En una gran bandeja de loza coloqué todos los aperitivos en orden (los flanes con su top de tomate, las oreo cremosas y las empanadillas). Hice una foto que colgué el jueves en Instagram (undiletanteenlacocina). Allí se ve bien el resultado.

Me faltó un cuarto aperitivo que no me atreví a preparar, una síntesis condensada del caldo de cocido. En una cazuela pequeña se pone poco menos de medio litro del caldo del cocido con un puñado de semillas de comino, se pone el fuego vivo, hasta que rompa a hervir. Cuando El caldo está hirviendo violentamente se cascan dos huevos hermosos y, sin solución de continuidad, se remueve todo con una cucharada de palo, tienen que formarse unos remolinos tormentosos que convierten el huevo en pequeños filamentos blanquecinos y amarillentos que se empapan del sabor del caldo. Con ayuda de un tenedor se depositan las hilachas de huevo en un cucharón oriental, de los que se utilizan para comer el ramen. Se pica un poco de perejil o de cebollino para darles un punto de contraste y se añaden a la bandeja de los aperitivos.

Así quedan condensados en un aperitivo los 4 vuelcos del cocido (la sopa deshilachada, el flan de verduras, las oreos de humus y las gyozas de carne). Un cocido pijo dijo uno de los invitados.

Tras los aperitivos viene el cocido de verdad, con un gran plato de sopa de fideos (fue lo que más éxito tuvo), luego los garbanzos, que vinieron mezclados con la verdura (tan entretenidos estábamos ya con la comida que se me olvidó sacar la aceitera y la sal de maldón que tenía preparada), finalmente llegó una bandeja con las carnes lustrosas.

Así conseguimos estructurar la comida en 6 vuelcos, a cada cual más divertido. Con cada vuelco llegaron ráfagas de conversaciones distendidas, de discrepancias cariñosas sobre la violencia, la democracia, las leyes, el pueblo, los mandatos, los jueces, los abogados, los fiscales, los testigos y todo tipo de factores ambientales.

Para quien tuvo ánimo, y todos lo tuvieron, había guardado un pomelo chino que abrí para desengrasar, un bocado sorprendente que conjuga el amargor y la acidez del pomelo con un toque dulce y fresco que ayuda a hacer la digestión.

Finalmente llegaron los postres, flan casero y fresas con nata recién montada. Con los cafés saqué unas tabletas de chocolate de distintas intensidades y purezas. En ese tramo los tertulianos estábamos ya desatados. No había solución posible.

Poco antes de las cinco de la tarde levantamos la mesa y nos dispersamos a cumplir con nuestras obligaciones vespertinas.

He encontrado un cuadro de Félix Valotton que creo que encaja bien con esta entrada, con los cocidos, los procesos y los vuelcos.
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lunes, 15 de diciembre de 2014

CAP.CCCLV.- Relaciones peligrosas en torno a la escudella, la carn d'olla y el cocido.


DANGEROUS LIAISONS – relaciones peligrosas -. Se acerca la navidad y toca planificar menús. Este año por fin me voy a animar a hacer la comida típica de Cataluña el día de navidad: La escudella y la carn d’olla.

El plato no tiene mucha complicación pero trasladarla al territorio de la diletancia tiene un problema, más que nada porque hace pocas semanas que hice una entrada recuperando la receta del cocido madrileño. Son recetas que parecen muy similares pero cuando se estudian en profundidad se da cuenta de lo importante que son los matices.

La relación entre el cocido y la escudella puede considerarse una relación peligrosa. He encontrado un cuadro de Rene Magritte que describe perfectamente las inquietudes que puedes generar este tipo de comparaciones.

Lo primero que hay que advertir que lo que en Madrid es el cocido, con todos sus vuelcos, se define como una unidad, mientras que la escudella y la carn d’olla definen un solo plato bajo dos rúbricas, la escudella es la sopa y la carn d’olla el despiece de la carne cocinada para hacer el caldo.

He revisado muchas recetas de escudella, de entre todas me quedo con la que recopila Narcis Comadira. Sirva como referencia su descripción de la sopa: “grassa, opalescent, aromática y reconfortant” – grasa, opalescente, aromática y reconfortante -. La escudella de navidad lleva unas caracolas grandes de pasta, llamadas galets.

Las verduras que lleva el caldo son, en palabras de Comadira: Las patatas mantecosas, como de marfil;  col como malaquita apastelada, garbanzos como topacios, el grito anaranjado de la zanahoria. Las carnes también tienen su reflejo poético: el negro luciente de la butifarra, el rosado de las carnes, desde el tierno y translucido de la panceta hasta el más terroso de la ternera, pasando por el rosado primaveral de la gallina o del brazuelo del cordero.

Solo de este primer destello aparecen nuevas diferencias entre el cocido y la escudella: La catalana no tiene cocido y sustituye la morcilla por la butifarra negra.

Sistematizados los vegetales de la escudella son: patatas, garbanzos, col, puerro, zanahoria, un trozo de nabo, una xirivía, un ramo de perejil, un par de dientes de ajo y un troncho de apio. En cuanto a las carnes, los cuatro evangelista: brazuelo de cordero, morcillo de ternera – aquí le llaman peixet o conill de la reina – costilla o cola de ternera, morro, papada o pie de cerdo – aquí hay otra diferencia ya que la escudella con esas piezas del cerdo sale mucho más melosa -; de las ave la gallina – a poder ser pechuga -, pero aguanta todo tipo de volatinera como el pollo, el pato, la oca o la paloma torcaz; más los huesos de ternera – huesos con tuétano y de rodilla -, la panceta entreverada; la butifarra negra y blanca y la famosa “pilota”, que es una especie de albondiguillas hechas con carne picada de cerdo y ternera, miga de pan empapada en leche, un huevo, ajo y perejil, incluso una pizca de canela.

Se hacen bolitas pequeñas.

En otro recetario tradicional indican que el hervido necesita por lo menos cuatro horas, más un día entero de reposo. Recomiendan que los garbanzos no se cuezan hasta que el hervido no lleve al menos una hora y que las butifarras y las pilotas estén menos de una hora cociendo. Las cantidades, en función de los comensales, no importa si sobra porque al día siguiente las sobras sirven para hacer canelones.

Se separa el caldo de la verdura y la carne, al caldo se le incorpora la pasta – hay quien cuece la pasta a parte ya que al tratarse de piezas muy grandes necesitan mucho tiempo de cocción lo que reduce mucho el caldo. Apenas tocan cuatro o cinco galets por plato. La carne y la verdura, garbanzos incluidos, van en bandeja aparte.

El conflicto no es solo entre Madrid y Cataluña ya que otras comunidades tienen platos similares, me han dicho que los valencianos hacen un cocido al que añaden embutidos especiales de navidad.

Lo dicho, relaciones peligrosas.

domingo, 17 de noviembre de 2013

CAP.CCXCI.- Cena de noviembre.


Al final llegaron las musas y, con ayuda de mi mujer, pudimos preparar el menú del sábado.

Empezamos con una cita de Fernand Point: "No se puede cocinar bien si no se pone en ello el corazón, dado que, por encima de todo se trata de que reinen en torno a la mesa sentimientos de amistad y de fraternidad"

 

Aquí va la minuta:

MINUTA PARA UNA CENA DE OTOÑO

(De repente llegan los fríos)

Entrantes.- Un cocido clandestino.

~     Oreo de morcilla con hummus castizo.

~     Consomé.

~     Pato al huevo con trinxat que no es de la Cerdanya.

~     Brik de arreglos de carne con una gota de tomate.

Para desengrasar.

~     Ceviche de gamba.

Primero.

~     Ensalada otoño de brotes de espinaca.

Tránsito al segundo.

~     Rollitos de solomillo.

Segundo.

~     Taco de atún con puré de calabaza.

Para desengrasar.

~     Txupito de fresas con menta.

Postre.

~     Tatín en monodosis.

Me ha hecho gracia en hoy en un semanal viniera una receta prácticamente idéntica a la de mi cebiche de gambas. Es una pena que no le hiciera una fotografía ya que quedó muy vistoso.

Del menú probablemente lo más divertido como cocinero fue lo del cocido clandestino, aunque tal vez hubiera sido mejor llamarlo cocido escondido.

Preparé unos entrantes en cuatro fases. Previamente el viernes preparé un cocido clásico y el sábado por la tarde me dediqué a esconderlo y simplificarlo del modo siguiente:

(1) Las oreo de morcilla con humus.- Separé del puchero la morcilla de arroz – podría haberlo hecho también con una morcilla de cebolla -, la deshice en un bol y la mezclé con dos huevos, dos cucharadas soperas de harina y 100 gramos de mantequilla blanda.

Con ayuda de un par de tenedores mezclé bien hasta formar una pasta uniforme que extendí sobre papel sulfatado. Precalenté el horno a 180 grados y mientras se calentaba coloqué otra hoja de papel sobre la masa, con ayuda de un rodillo aplané la pasta hasta que quedó una plancha uniforme de tres/cuatro milímetros de espesor.

He puesto la pasta en el horno durante 7 minutos, la he sacado y la he dejado templar un poco. Con ayuda de un vaso pequeño – de los de chupito – he marcado la forma de las galletas en la masa. He vuelto a meter la masa en el horno 8 minutos más – no conviene que quede muy dura.

Mientras se hacían las galletas he puesto 200 gramos de los garbanzos cocidos del día anterior con un poco de caldo – poco porque la pasta ha de quedar consistente –, unas gotas de limón y 50 gramos de pipas de sésamo; con ayuda de un poco de aceite y la batidora he trabado un puré espeso de garbanzos, un humus simplificado.

Cuando se han enfriado un poco la masa de morcilla he terminado de recortar la forma de las galletas previamente marcadas. He puesto un poco de la pasta de garbanzos sobre las galletas y las he cubierto como si fueran unas oreos. Un toque de calor antes de servirlas y para la mesa.

(2) El consomé ha sido más sencillo. Bastó con poner el caldo previamente colado sobre el fuego, dejar que redujera un poco, añadir una cucharada pequeña de comino en polvo. Cuando ha roto a hervir he añadido dos huevos previamente batidos, si se remueven un poco con un tenedor de madera quedan unos hilillos de huevo en el caldo que parecen fideos. Bien caliente también ha ido a la mesa, servidos en unos vasos japoneses.

(3) Quedaba la verdura del cocido – dos patatas, dos zanahorias peladas, col, puerro, cebolla, nabo y un poco de apio -. Puse en una sartén tres dientes de ajo, antes de que se doraran añadí una cebolla picada; cuando quedó transparente puse toda la verdura cocida y dejé que fuera perdiendo líquido y quedará como un puré irregular, como un Trinxat catalán. Casi al final me animé a picar un trozo pequeño de chistorra – había utilizado chistorra en vez de chorizo -; la chistorra casi no se notaba.

Antes de llevar el plato a la mesa añadí dos huevos de pato fritos. Presenté la verdura con los huevos en un bol antes de terminar el plato rompiendo los huevos para que las yemas emparan bien a la verdura, rehidratándola. Puse una pequeña porción del puré en un cuchara para cada comensal, se trataba de que tuvieran un bocado pero todos ellos repitieron – en realidad repitieron de todos los platos.

(4) Finalmente los restos de carne – unas alitas de pollo, pechuga de gallina, una punta de jamón, otra de carne de morcillo, unas costillas de cerdo y un taco de tocino veteado -, lo deshice con los dedos sobre una sartén; primero el taco de tocino para que se calentara la grasa; la carne en hebras que al final ligué con unos tomates pelados y fritos con cominos, pimienta y una pizca de azúcar.

Dos cucharadas del tomate frito sirvió para terminar de ligar la masa de carne.

Había puesto en remojo unas obleas pasta de arroz, en remojo en agua tibia, durante medio minuto. Extendí las obleas sobre un paño seco y puse en el centro una cucharada cumplida de la pasta de carne. Doblé las obleas como si fueran un pañuelo, pinté la parte superior huevo batido y metí los briqs dos minutos en el grill del horno para servirlo crujiente.

Con estos pañuelos de carne quedaban completos todos los elementos del cocido.

He pensado en un cuadro de un pintor inglés del Siglo XIX, especializados en hadas y en cuentos de niños: John Anster Fitzgerald, el cuadro: La mesa de las hadas.

Puesto que al final llegaron las musas, nada mejor que un cuadro de hadas.