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lunes, 20 de mayo de 2013

CAP.CCXLI.- Tardes desoladoras de un mayo muy frio.


Hay pequeñas incidencias domésticas que me desequilibran por completo, de todas ellas sin duda la de que se averíe la caldera es la mayor de las desgracias, llevo tres días teniéndome que duchar con agua fría, los niños han ido salvando el tipo gracias a las duchas de la casa de su abuela.

Llevo una semana con un trancado de muy señor mío y lo de las duchas frías no termina de ayudarme, aunque la verdad es que los aullidos matutinos deben despistar a los vecinos, o a ganar mi prestigio como amante matinal.

Además este fin de semana las temperaturas se han desplomado y apetecía encender un rato la calefacción.

Se me abren las carnes pensando en la ducha de mañana por la mañana, además con afeitado incluido. Hemos recibido la visita de tres técnicos desde el jueves pasado y de momento la opción menos mala pasa por cambiar la caldera.

Situaciones como esta me colocan en un estado cercano a la melancolía que espero que se arregle en los próximos días.

Para salir de este estado lisérgico nada como repasar los objetivos gastronómicos empezando por el próximo sábado en Zuberoa y dentro de un mes Celler de Can Roca, siento dar envidia, consolaos pensando en la tanda de duchas frías que me quedan esta semana, eso en el caso de que todo vaya bien y mañana encontremos unos instaladores de calderas dispuestos a instalarnos la nueva de inmediato. De momento habrá que ir llevando a los críos a casa de su abuela por las tardes.

Envuelto en una manta, en el salón de casa, no descarto invadir la casa del vecino a las siete de la mañana con la toalla, un bote de champú, la maquinilla y la espuma de afeitar.

Me queda en la cocina medio paquetillo de garbanzos de pedrosillano, pequeñitos, casi de mantequilla. Antes de acostarme podría especular con un platillo de cuchara que me arranque de esta situación desoladora, la nevera no anda muy poblada por lo que cualquier receta no dejará de ser un ejercicio de estilo. Habría que desterrar los garbanzos que no fueran del país, lo siento por los garbanzos mejicanos, cuando me toca cocinarlos – hay cocinas ajenas en las que se despistan con las denominaciones y así piensan que ahorran – es un drama.

Si una receta me hubiera de sacar de mi estado de melancolía sin duda sería la de unos garbanzos azafranados con salmón, un plano inusual en estas tierras, en el que las grasas del salmón encajan de maravilla con la fina manteca de mis pedrosillanos hervidos con máximo mimo.

Primero hay que dejar en remojo durante 12 horas los garbanzos – no pasa nada si se añade una cucharadita de bicarbonato al agua, o medio litro de agua con gas -. Los garbanzos conviene echarlos al puchero cuando el agua esté humeando – 300 gramos -. Puede que me ponga estupendo pero puestos a darle buena vida al garbanzo deberían cocerse en un par de litros de agua mineral y, ya puestos, bezoya. Para darle vidilla al caldo añadirle una cabeza de salmón.

El agua humeante y tras los garbanzos se incorporan dos tomates maduros pelados y despepitados, cortados en daditos; una cebolla hermosa también picada, dos zanahorias peladas y en daditos, un puerro y una hoja de laurel, sal pimienta y fuego suave durante una hora y media – si se recurre a la olla express en 20 minutos la base del guiso está hecha.

Cuando los garbanzos estén tierno se añaden unas hebras de azafrán, las que quepan en una cucharilla de postre; dado que estamos exquisitos no está mal alentar ligeramente las hebras pasando la cucharilla unos segundos sobre la llama de un fuego chico de la cocina, lo justo para que tomen un punto de calor. Se remueve el guiso y se deja durante unos minutos para el azafrán contagie bien a los garbanzos y tiña el caldo.

Se retira la cabeza de salmón y se escurren los garbanzos dejando el caldo todavía hirviendo un rato hasta que reduzca su volumen a casi la mitad.

En una sartén se sofríe un diente picado de ajo, media cebolla picada muy fina – pueden rescatarse los restos de cebolla del guiso y rehogarlos -, añadir un par de cucharadas del caldo de cocción del salmón e incorporar dos lomos de salmón por comensal – como me voy creciendo podríamos llamarlas supremas de salmón, que le darán un toque regio al plato.

El salmón se hace en 7/8 minutos, no muchos más. En la misma sartén en la que se han hecho los lomos – la sartén ha de ser grande – bajamos el fuego al mínimo y añadimos cuatro o cinco cazos bien colmados del guiso de garbanzos con su salsa para que termine de trabar el plato; que no haya miedo en darle un golpe de muñeca al guiso de vez en cuando para que la salsa quede bien ligada y que incluso alguna de las lascas del salmón se desprendan del lomo y se confundan con el garbanzo. En tres o cuatro minutos el plato debe estar completamente integrado, dispuesto para llevarlo a la mesa con una pizca de perejil fresco picado muy fino.

Si no me han engañado en los garbanzos, de un dorado apagado, unidos al azafrán y a los naranjas del salmón harán del plato un festival de luz.

Todavía bajo el influyo de la lectura del Gatsby de Fitzgerald, acompaño el guiso de un risling cremoso de la zona del penedés, no muy dulce, y un nuevo cuadro de Picabia titulado Elegancia.

jueves, 16 de mayo de 2013

CAP.CCXL.- Gatsby: Un diletante en la biblioteca.


Ayer estrenaron la nueva versión del Gran Gastby en Cannes, mañana la estrenarán en España, tengo muchas ganas de verla aunque seguramente me cabrearé como un mono con el montaje de Luhrmann, no termino de tener claro que este tipo haya sido capaz de captar la esencia de la novela y se habrá contentado con organizar un espectáculo de fuegos artificiales.

El Gran Gastby es una novela ideal para diletantes, apenas tiene 140 páginas y es de lectura en apariencia fácil, es una novela con diferentes capas y la ventaja de que hay 4 versiones de cine que pueden aliviar los momentos de debilidad.

Yo me he leído varias veces la novela y ahora, con la excusa de la película, me la he bajado para el Ebook en inglés, sigue siendo un buen ejercicio de diletancia.

No me habría importado nada haber podido asistir a alguna de las fiestas que organizaba Gatsby en su mansión de los Hamptons, sin embargo Scott Fitzgerald no le puso mucha atención a los menús, en la novela aparecen hasta en 10 ocasiones escenas en las que beben sin mucho decoro, un whisky tras otro, y sin embargo apenas hay un par de referencias a platos de pollo, sin muchos detalles.

El Gran Gatsby pese a su brevedad permite muchas lecturas, todas ellas complementarias. De todas ellas a mi la que siempre me ha seducido ha sido la de la relación de Gatsby con el narrador, Nick Carraway, un cobarde estructural que aprovecha su amistad con Gastby para disfrutar de aspectos de la vida que hasta entonces eran inalcanzables, no se trata de disfrutes materiales sino de la intensidad de una amistad que, a la postre, resultaba interesada.

La historia de amor de Gatsby con Daisy, amiga de Nick, no me emociona mucho; tampoco la historia de desamor de Daisy con su marido Tom Buchanan, si los escarceos amorosos de Tom con su amante. Ese entramado sentimental conforma una de las capas más evidentes de la novela.

El misterio de Gatsby, su pasado y sus riquezas, conforman otra de las capas, envidiosos y especuladores aparecen y desaparecen. La guerra, la gran guerra, también juega su papel. Hay también espacios para el glamour, las grandes fiestas y, después, los momentos de soledad.

La novela la pueblan todo tipo de cobardes de todo pelaje, Carraway es un cobarde estructural, no es un miserable pero resulta tan precavido, asume tan pocos riesgos, que se le escapa la mujer de su vida. Carraway, sin embargo, es el único personaje que actúa de modo honesto; supongo que no es complicado llegar a construir un personaje como Gastby, incluso sabiendo desde el arranque es terminará perdiéndolo todo, sin embargo construir un personaje como el de Carraway es más complicado.

Mientras escribo esta entrada en la televisión ponen el programa de Chicote, que le está dando la brasa a un viejo colega alcoholizado.

Como comentaba pese a que una parte importante de la novela gira entorno a las fiestas que preparaba Gatsby para atraer a Daisy, no hay prácticamente ninguna reseña gastronómica, aunque en las películas – tanto la de Clayton como seguramente la nueva – aparecen bandejas con majares deslumbrantes, ensaladas, fiambres, pastelillos y frutas.

No es sencillo encontrar un recetario acorde con Gatsby, aunque a medida que se aproxima uno a Scott Fitzgerald van apareciendo personajes como Gertrude Stein –eterna anfitriona – y Alice B. Toklas, conocidas también por su amistad con Picasso. Alice B. Toklas recopiló sus recetas en un libro en el que combina anécdotas con platos preparados.

Toklas cocinó varias veces para los Fitzgerald y bien podría haber incluido alguna de las recetas del libro, como la del pollo de medio luto, un plato que, con otro nombre, podría haberse servido en las fiestas de Gatsby.

Para el pollo de medio luto hay que cocer cuatro trufas en vino muy lento, en una cazuela tapada, durante 20 minutos. Pasado ese tiempo se retira y se deja enfriar.

Se pone un pollo grande entero y eviscerado en una cocotte con tapa de cierre hermético. Se cubre la mitad del pollo con caldo de ternera, una cucharadita de sal, media de pimienta, un hatillo de perejil, tomillo y media hoja de laurel.

Se pone a fuego medio y cuando rompa a hervir se baja al mínimo.

El pollo necesita una hora de cocción.

Para terminar la salsa se calienta en una sartén 125 gramos de mantequilla, dos cucharaditas de harina, tres cuartos de litro de caldo de ternera y 60 gramos de champiñones picados. Se remueve con suavidad para que engorde la salsa.

Cocinado el pollo se retira de la cocotte, se escurre para desgrasarlo. Se añade a la salsa 120 ml de nata montada, las trufas picadas y se trincha el pollo en una bandeja que irá unos minutos al horno sin hervir.

Nada dice la Toklas pero la carne podría servirse con una gran bandeja de arroz batsmati.

En el libro de la Toklas aparece una receta de huevos revueltos que preparaba al pintor Francis Picabia, cuajaba 8 huevos ligeramente batidos y trabados a fuego mínimo con mantequilla fundida, que se añade casi gota a gota, como si fuera una salsa holandesa sobre una sartén a fuego reducido.
 

Fitzgerald escribió el Gran Gatsby en 1925, probablemente el equivalente a nuestro 2004. Para cerrar la entrada una cita con la que arranca la novela: “‘Whenever you feel like criticizing any one,’ he told me, ‘just remember that all the people in this world haven’t had the advantages that you’ve had”. Un Consejo que Carraway recibe de su padre: Siempre que sientas la necesidad de criticar a alguien recuerda que la mayoría de la gente de este mundo no ha tenido las ventajas que tú has tenido.

Esa frase esconde la grandeza, también las miserias de Gatsby y de su entorno.