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lunes, 29 de abril de 2019

Capítulo CDLXXIII.- Desconexión marroquí

He desconectado unos días. Marchamos con los niños a Marruecos, luego, de regreso, nos pillaron los últimos coletazos de la Semana Santa y, al empezar la rutina otra vez, una gastroenteritis familiar y depurativa. Además, cuestiones laborales varias y las elecciones que, hasta el último segundo, me han tenido con el corazón y el estómago en vilo.
Lo quiera o no, todo gira alrededor del estómago, allí se concentran tensiones, pasiones, angustias y anhelos. Todos estos días, desde la última entrada, han sido gastrointestinalmente agitados, puede que, como algunos gusanos, haya terminado por pensar por el estómago. Leía una de las crónicas preelectorales en las que uno de los librepensadores habituales de la prensa progre (he terminado por incluir de nuevo en mis códigos lingüísticos lo de progre porque creo que a este calificativo es el que utilizan los Vox-eros para llamar a los que nos definimos como gente de izquierda) decía que era mejor votar con el estómago, porque si se hacía con la cabeza había mucho más riesgo de intoxicación con toda la basura soltada durante la precampaña y la campaña electoral.
Pero no trataba de escribir sobre política, mucho menos en caliente. Hemos vuelto al discurso de derechas y de izquierdas, al de buenos y malos, al de amenazas y salvadores. Hará falta mucha sensatez para encontrar de nuevo espacios donde pueda entenderse todo el mundo.
Pero trataba de huir de la política, que todo lo envuelve, escribiendo sobre mi experiencia marroquí.
Había viajado a Marruecos hace más de 30 años. Se suponía que era un viaje generacional y emocionalmente importante, sin embargo, la memoria, mi memoria, caprichosa, sólo conserva algunos retazos, algunos fogonazos desordenados de aquel viaje que en su momento me pareció crucial para la que sería mi vida inmediata. Caprichosa la memoria que ahora sólo me regala algunas sensaciones dispersas, fragmentadas, mezcla de emoción, miedo y sorpresa. Tengo guardadas en una caja las fotos de aquellos tiempos y espero tener el momento para revisarlas y contrastar si aquel viaje, bajo el influjo del Cielo Protector, se correspondía con lo poco y confuso que ahora recuerdo.
El viaje de 2019 era un viaje con niños, tenía como objetivo principal llegar y disfrutar del desierto. Hemos llegado casi hasta Argelia, atravesando una porción importante del desierto en la que invertimos casi la mitad de nuestro viaje, desde llegamos a Marrakech hasta la salida por Merzoua y por las Gargantas.
El viaje ha sido toda una experiencia, todo un contraste de luz, de colores y sabores. Los niños han quedado impactados.
Nos sorprendió Marruecos, un país lleno de niños, un país rico pero descompensado, sometido a la vigilancia estricta de la religión, que parece ser el único pegamento que junta todas las piezas dispersas del país y de sus gentes. Allá donde estuviéramos sonaba atronadora la llamada al rezo, sobre todo la llamada de las cinco de la mañana, que era la que nos desasosegaba antes del amanecer. Poco pudimos ver de ese Marruecos agnóstico, tolerante y cosmopolita, puede que porque nos movimos por los centros históricos de las ciudades y no nos sumergimos por las barriadas donde vivían las clases medias. Barrios que atravesábamos en nuestro coche, pudiendo disfrutar de construcciones y de hábitos que no eran muy lejanos a los de las barriadas de las ciudades de Europa. Debe haber un porcentaje importante de ciudadanos de Marruecos que viven, se educan y se preocupan de un modo muy parecido al muestro.
Las luces y los olores han sido fundamentales en el viaje, también los colores rabiosos. Comprendo que muchos pintores, especialmente Matisse, quedaran marcados por los colores del norte de África y pasaran toda su vida agitados por el azul Majorrelle o el rojo Rubí.
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EL viaje a Marruecos daría para un relato muy largo, que podría contrastar la opinión de los niños y mis difusos recuerdos del final de la adolescencia. De momento, como diletante, guardo algunos fogonazos de sabor, como el cus-cus rústico que nos tomamos en una tasca minúscula en la medina de Marrakech, o la cena en el hotel árabe de la Mamounia, un capricho que arrastraba desde hace años.
Ha sido un viaje de cus-cuses y, sobre todo, de tajines de todo tipo. Aunque también fue memorable el pescado a la brasa en Essauira, donde tomamos un gallo pedro a la brasa y unos salmonetes para llorar.
De entre todos los platos para mí en este viaje el rey, o la reina, ha sido la pastila, un plato salado que, sin embargo, queda mediatizado por su cubierta todo. Una experiencia absolutamente excepcional de contrastes.
Tomé pastila de ave en dos ocasiones, completamente distintos, completamente seductores. La primera pastila la tomé en el Marrocco de la Momounia, una pastila de paloma y almendra hecha al gusto occidental, presentada como si fuera un bocado juguetón. Impecable.
La segunda pastila fue mucho más contundente, todo un reto. Un plato pedido en Chez Said, en Fez, una de las terrazas nada más entrar a la medida por la Puerta Azul. Cuando la pedí, a mediodía, el camarero me agradeció, sorprendido, la petición, luego tuve que esperar durante casi una hora a que llegara el manjar y, cuando me vio inquieto, el jefe me aseguró que ellos la pastila la hacían de modo auténtico, empezando desde 0 cada vez que se la piden.
La pastila es una modalidad de empanada hecha con una cobertura de finas capas de pasta brick, una pasta muy fina, una lámina milimétrica de hojaldre que va cubriendo un sofrito de carne rehogada.
La pastila de la Mamounia fue de palomo, la de fez de pollo. Ambas fantásticas.
He encontrado una receta compilada por Ignacio Medina y publicada hace mil años en un suelto de El País dedicado a las cocinas del mundo.
Sobre esa receta he hecho algunos ajustes. Creo, por ejemplo, que no es necesario rehogar la carne en crudo, que podría hacerse el sofrito aprovechando un pollo asado que quedara jugoso. Se necesita, poco más o menos, medio quilo de carne de pollo, ya asada, jugosa y deshilachada.
Se pica una cebolla hermosa, se pone en una cazuela grande, con un chorro generoso de aceite, fuego muy suave, para que la cebolla empiece a sudar. Se pica fija, se añade una pizca de sal, pimienta, una cucharadita mínima de canela y una pizca de azafrán.
Cuando la cebolla esté atontada se incorpora, cuarto de litro de caldo de ave, que no sea muy fuerte (se puede hacer con agua porque la canela y el azafrán aromatizarán suficientemente el guiso). En la receta de la Mamounia añadían en ese momento almendras picadas (150 gramos), en la de Fez no había almendra.
Cuando la cebolla y el pollo se han guisado, formando una pasta jugosa (calcular 30 minutos a fuego suave), se añade una cucharada sopera de cilantro picado, otra de perejil, 50 cc de agua de azahar, una cucharada sopera de azúcar y se remueve bien, para que se integre todo, formando una especie de mermelada que no debe quedar muy seca.
(en la receta que he consultado, donde la carne se cocina desde un principio, una vez rehogada la carne se retira y se deja la cebolla con las especias y el caldo reduciendo hasta que queda una salsa condensada. En mi caso, como el pollo está previamente guisado, creo que es mejor reducir el líquido inicial, bajar el mínimo al fuego y dejar que la carne absorba casi todo el caldo).
Con el fin de darle cuerpo al relleno de la pastila en la receta recomiendan añadir unos huevos batidos (la receta indica que 10 huevos, a mí me parece excesivo, con 3 huevos habrá más que de sobra). Hay que mezclar muy bien porque la textura no es la de un revuelto, el huevo prácticamente no se nota.
Se busca un molde circular metálico, un molde de 30 centímetros de radio. Se engrasa bien con mantequilla y se coloca la primera hoja de pasta brick, se engrasa con un pincel con aceite y se coloca una segunda hoja, se engrasa de nuevo y así hasta 4 capas inferiores.
Sobre las hojas de pasta brick se coloca la masa de carne y cebolla rehogada y templada (no conviene que esté muy caliente para que no se ablande antes de tiempo la pasta brick). Se cubre la carne con 4 hojas de pasta brick que previamente hayan sido engrasada. Se cierra y encajan las hojas inferiores y las superiores, con la carne en su interior, hasta quedar sellada toda la carne. Se unta la última capa de la pasta brick, la que queda en la superficie, con yema de huevo batida, así se garantiza que quede bien brillante. Se hornea durante 10 minutos a 180º (el horno previamente calentado).
Se saca caliente, justo antes de servir, se espolvorea azúcar glas sobre la superficie y un poco de canela molida, formando una celosía de canela sobre el fondo blanco del azúcar.
El plato hay que llevarlo de inmediato a la mesa.

Durante mi viaje a Marruecos fui el rey de la pastila. No recuerdo haberla probado en mi viaje anterior, pero hay tantas cosas de las que casi no me acuerdo de aquel viaje que no podría jurar no haberla probado antaño.

martes, 2 de julio de 2013

CAP.CCLIII.- Galbana tras el Celler de Can Roca.


Ya lo he dicho en alguna ocasión, no sirvo como crítico gastronómico. El sábado fuimos a comer al Celler de Can Roca; el año pasado, justo después de salir de su comedor ya estaba reservando para poder repetir doce meses después. Creo que para el año que viene lo tendré mucho más complicado.

Ha sido de nuevo maravillosa, sin embargo nada más salir del restaurante lejos de verme sumido en una histeria diletante, me he visto embargado de cierta melancolía que todavía me impide escribir.

Un auténtico crítico gastronómico – no lo soy en absoluto – hubiera hecho fotografías de todos los platos y hubiera tomado notas de las sensaciones y percepciones de cada plato, de cada momento; yo, sin embargo, marcado por mi espíritu diletante, he optado por dejarme llevar y disfrutar del momento y, sobre todo, de la compañía. Al final no es tan importante la realidad como la imagen que uno se va construyendo de ella. El objetivo no es otro que el conseguir que la experiencia de Can Roca sea más un camino soñado y no un relato realista y puntilloso.

Por otra parte hay en la diletancia cierta tendencia a la galbana que hace que las fotografías o los apuntes se aplacen, tal vez en el convencimiento de que habré de regresar más veces.

Comer en este tipo de restaurantes, como hacerlo en otros de categoría similar, viene acompañado de cierto deleite estético, de hecho cada plato es por si solo una presentación compleja llena de detalles y con una indudable vocación artística; incluso las composiciones aparentemente más sencillas llevan aparejadas una larga reflexión no sólo sobre los sabores y texturas, también sobre la presentación. Además los cubiertos y los platos son parte indivisible de la puesta en escena. Así, por ejemplo, la ensalada de ortiguillas de mar, navajas, espardeña y alga escabechada se presenta en una especie de cabeza de Hidra que da al plato dimensiones mitológicas. La delicada flor de alcachofa presentada como un mandala de flores y verduras minúsculas fue casi una postal.

Siendo como es el mejor restaurante del mundo, lo ha sido desde antes de que se le reconociera esa condición más publicitaria que efectiva, el Celler tiene, sobre todo para los que no son/no somos de Girona, algunos inconvenientes que surgen fundamentalmente por la comparación. Para conseguir ser el mejor restaurante del mundo es necesario realizar un ejercicio comparativo respecto de otros restaurantes que antes lo fueron y aquellos que compiten por serlo.

El entorno del Celler no sale muy bien parado de esa comparación ya que está en un barrio de la periferia de Girona sin grandes pretensiones. Dista mucho de los parajes maravillosos del Bulli y queda mucho más cercano al entorno de Arzak. No es lo mismo llegar a un restaurante perdido tras recorrer carreteras sinuosas que salir de una autopista y adentrarse en un polígono industrial. Nosotros sin embargo este año gracias a un despiste llegamos al restaurante tras cruzar una pista forestal entre casas rurales.

El Celler está en una casona amurallada, con un jardín no muy grande, de altos muros; una vez dentro del Celler uno pierde consciencia del entorno y empieza a disfrutar ya que sus comedores tienen una clara vocación francesa de salones amplios, iluminados, que aíslan perfectamente cada mesa de las contiguas, hasta el punto de tener la sensación de que cocinan y sirven sólo para ti.

Para los de Girona el Celler también tiene un elemento comparativo tanto con la cocina tradicional de la familia Roca, los padres mantienen todavía una casa de comidas de gran éxito en la ciudad, como con el restaurante originario.

Hay, sin embargo, en los Roca, un factor importante de empatía ya que su éxito se consigue tras muchos años de trabajo constante, sin aspavientos, su éxito responde a la máxima de que cualquiera que trabaje duro y con rigor puede llegar a lo más alto. No se trata, por lo tanto, del destello de la genialidad sino de la filosofía de que no se gana hasta que no ganamos todos.

A lo largo de los años han ido descargando los platos y recetas del elemento evocador, son muy pocos los bocados que permiten trasladarse a los territorios de la infancia o a los sabores tradicionales, no se trata, por lo tanto de jugar con la memoria histórica de los comensales a partir de las magdalenas de Proust, sin embargo tanto en el cordero como en el cochinillo el minúsculo bocado de carne condensa la intensidad de los asados tradicionales, igual que en las falsas cocochas de sardinas a la brasa. Uno queda con ganas de comer una gran bandeja en la que se pudiera mojar pan.

El menú queda marcado por el juego con el comensal, desde el arranque hay todo tipo de bombones salados de modo que los primeros compases de la comida son un trampojo de los postres, además de que el manejo de los dulces es magistral – los bombones de carpano (un vermut amargo de origen italiano) y las trufas de trufa piamontesa podrían haber sido servidos como postre.

Divertidas las cigalas a la brasa, que se presentan en una cocote minúscula, sobre una parrilla que tiene en el fondo unos tizones de encina al rojo vivo. El camarero riega con jerez las cigalas y cierra de inmediato la cocote para que se hagan al vapor, como si se tratara de una sauna.

Volvieron a ponernos la comtessa de espárrago blanco y los bocados de salsa de cebiche, que ya me volvieron loco el año pasado.

Si hubiera de quedarme con un plato – difícil después de una treintena de bocados – elegiría un complejo consomé vegetal a baja temperatura de brotes, flores, hojas y fruta, infusión de sauco con cerezas al amaretto, cerezas al genjibre y anguila ahumada. El color intenso de las picotas y su contraste con el encurtido de pescado me partió en dos. La verdad es que resulta mucho más largo el nombre del plato que su presentación, en su sencillo cuenco oriental de fondo dorado viejo en el que una gran cereza confitada y dos minúsculas bolas de crema de cereza descansaban sobre un caldo claro hecho a partir de la infusión de verduras.

Trasladar este plato al mundo de los mortales exige un esfuerzo de equilibrio, aunque creo que a partir de un caldo suave de verdura, un helado de cereza – no es fácil de encontrar – y puede que unas pizcas de arenque en salazón se podría construir una sensación aproximada.

Con el paso de las horas la verdad es que siento lo de ir haciéndome viejo y siento, en cierta medida, haber acumulado tanta experiencia culinaria ya que me habría gustado llegar al Celler con el espíritu de un recién llegado, que aquella hubiera sido mi primer experiencia gastronómica, una experiencia fundacional, de ese modo hubiera eliminado el elemento comparativo.

También es verdad que los años dedicados a mesas y fogones permiten construir un relato mucho más elaborado en el que fue inevitable añorar a Michel Bras, algo que tiene su mérito dado que aunque ninguno de los comensales habíamos ido al restaurante de Bras, sin embargo teníamos en mente y paladar muchos de sus platos, hasta el punto de que nos conjuramos en la mesa para organizar un viaje al refugio de Bras con el fin de disfrutar de las presentaciones del maestro - http://www.alifewortheating.com/france/bras -, un cocinero cercano ya a la setentena de años que ha marcado estética y gustativamente a una parte importante de los cocineros españoles.

Bebimos, reímos, charlamos, brindamos, salimos al jardín para una larga sobremesa y tras casi ocho horas de deleite regresamos al mundo real de nuevo por la autopista, pensando ya en la estrategia para poder regresar al Celler en junio del año que viene.

Por el camino, mientras dormitaban mis acompañantes – me tocó conducir y, por lo tanto, fui yo el más moderado con los alcoholes -, terminé de perfilar los que serían mis recuerdos gustativos de la comida, obsesionado con no olvidarme de algunos detalles, como el del olor del jerez al evaporarse sobre las cigalas, la esponjosidad del brioche de trufa, la carnosidad de una flor hecha con finas lonchas de pechuga sangrante de pichón o el intenso erotismo de un postre titulado adaptación del perfume Shalimar de Guerlain, que fue casi como si me hubieran dejado lamer el lóbulo de la oreja izquierda y el cuello de Catherine Deneuve cuando la Deneuve tenía 35 años y yo apenas 17.

Creo que solo Matisse es capaz de reflejar la alegría, la intensidad y el color de nuestra experiencia en el Celler.

viernes, 15 de febrero de 2013

CAP CCXXIV.- Las estaciones del Zascandil. Tercera estación: Mi reino por un gazpacho.


LAS ESTACIONES DEL ZASCANDIL.3ª ESTACIÓN: MI REINO POR UN GAZPACHO.

 

Sábado, 8 de junio.- Daniel pasó la noche inquieto, encadenando pesadillas; el bebé no le ayudó mucho al descanso, se despertó en tres o cuatro ocasiones. Al amanecer Daniel claudicó, sacó a la pequeña de su cuna y la deslizó con cuidado entre las sábanas de la cama de matrimonio, instintivamente Mariela se abrazó a su hija y ambas engancharon rápidamente el sueño, ajenas a las primera luces del día.

Daniel en pijama, sin tiempo para poner el café, abrió el ordenador para revisar el correo de la enigmática señora Rênal:

“Esquivo Daniel: Pensé que en mi correo anterior habría abierto suficientes incógnitas como para excitar tu curiosidad… Anhelante se despide Mdme. Rênal.”

Era complicado especular sobre el origen del correo, no le cabía duda de que quien se lo hubiera remitido o bien le conocía con cierta profundidad o, cuando menos, se había ocupado de documentarse con alguien de su entorno. No creía en las casualidades, en los mensajes había suficientes referencias como para pensar que quien los enviaba era alguien cercano o que pretendía ser cercano, aunque pasa eso hubiera de remover viejas referencias adolescentes.

Lo razonable hubiera sido que le comentara los anónimos a Mariela, no era una mujer celosa ni mucho menos, se había acostumbrado a la vida más o menos nocturna de Daniel y la soportaba con cierto desdén; no preguntaba, no indagaba y sólo pedía que los días en los que él se acostaba tarde por las cenas o se debía levantar pronto para comprar no hiciera excesivo ruido para no despertarla ni a ella ni a la niña.

Probablemente con ese mismo desdén recibiría la noticia de esos mensajes insinuantes y probablemente sería el origen de algunas bromas sobre la incipiente fama de su pareja como cocinero mediático. Por otra parte la tentación de contestar al correo y sondear la posibilidad de conocer la verdadera identidad de la Sra. Rênal le producía cierto placer morboso. Daniel tenía amigos fascinados por el ligoteo en la red, por la creación de dobles o triples personalidades con las que iniciarse en el coqueteo virtual, incluso en el ataque abiertamente obsceno. Internet era el territorio ideal para ciertas perversiones y licencias.

Descartada la complicidad de Mariela, muy agobiada por la niña y por el trabajo, se planteó la posibilidad de pedir consejo a Petra; tampoco era una buena opción, no convenía quebrar la relación jefe empleada con confidencias personales, además Petra era lo suficientemente desenvuelta y directa como para contestar ella a las misivas de Mdme. Rênal. La opción de pedir ayuda a su hermana podría ser más útil, Daniel y Luz apenas se llevaban dos años, había ido juntos al Liceo Francés y ella conocía a todos o, por lo menos, a gran parte de los amigos de Daniel de aquella época lo que podría ayudarle a desentrañar el misterio, en el supuesto de que el origen de los correos se encontrara en la época y en la gente que conoció en el liceo; puede que Luz recordara algún amor frustrado o desatendido aunque tal vez ella pudiera ser cómplice de aquella broma, no era descartable que Luz directa o indirectamente estuviera detrás de los correos porque sólo en ella confluían las referencias de Francia, Matisse, Stendhal y la cocina. Además se daba la circunstancia de que Luz no le tenía especial simpatía a Mariela, la soportaba aunque a veces se le escapara en tono un tanto despectivo la frase: “La argentinita, que tiene los pies de cemento, no te dejará nunca volar, y aún te robará la cartera”. Mariela era hija de padres argentinos, llegó de niña a Barcelona, sus progenitores difundieron la idea de que habían venido huyendo de la dictadura militar a principios de los setenta del siglo pasado pero lo cierto es que no tardó en saberse que el padre de Mariela se había visto implicado en una estafa en Buenos Aires que les obligó a escapar ante el riesgo no ya de la cárcel sino de ser apaleado por los estafados. Mariela estaba convencida de que detrás de esa historia no había otro deseo que el difamar a su padre y que la historia de la estafa no era sino un invento de los propios militares. Fueran o no ciertas las informaciones Daniel decidió ponerse del lado de sus suegros y acallar cualquier rumor o comentario.

Si era Luz la que se escondía tras los correos y ponía así a prueba la estabilidad de la pareja a Daniel no le quedaban sino dos opciones, la primera la de mantener el silencio y esperar a que se aburriera su remitente anónima, la segunda contestar con interés y desenmascarar cuanto antes a su fingida enamorada.

Revisó nuevamente los dos correos y se aprestó a contestarlos convencido como estaba de que era Luz quien le proponía ese juego galante con fin de comprobar si la relación de Daniel con Mariela era suficientemente sólida o sí, como creía Luz, Daniel también zascandileaba en asuntos sentimentales.

“Traviesa Mdme. Rênal, recibí tanto su primera misiva como ésta última con cierta inquietud. Por las referencias que maneja sin duda sabrá que aunque no estoy casado llevo años emparejado felizmente y hace unos meses fui padre de una niña preciosa. En mis circunstancias no parece correcto embarcarse en galanterías, ni tan siquiera en aquellas que de modo frívolo o, cuando menos, ligero pudieran plantearse de modo epistolar.

No quiero que se moleste, me halagan mucho sus comentarios y en otras circunstancias personales y profesionales buscaría el modo de que nos conociéramos, incluso puede que me animara a cocinar sólo para usted, aunque de sus palabras creo entender que ya ha tenido ocasión de probar mis habilidades culinarias.

Le mentiría si le dijera que sus palabras me han dejado indiferente, veo que me conoce bien, conoce bien mi trabajo y los territorios en los que me muevo. Los cuadros de Matisse, que reproduce con cierta picardía, se encuentran entre los que más me gustan. Tanto las referencias pictóricas como su propio alías – Mdme. Rênal – me llevan a pensar que la influencia francesa va más allá del simple juego y que a usted, tanto o más que a mí, le fascina todo lo francés.

Me ha costado un poco descubrir el libro del que elige usted sus recetas pícaras, al final he caído en la cuenta de que maneja usted la versión española de “La Cucina impúdica”, la versión que yo manejo va acompañada de imágenes y estampas que hacen todavía más sugerentes los títulos de los platos que cocina el autor anónimo que hace casi cien años se animó a escribir este breve divertimento. Sabrá usted que el libro se publicó con la leyenda de “recetas secretas de una mujer de mundo reveladas a quien pretenda serlo”.

Espero que comprenda mi distancia y prevenciones, que no considere oportuno provocar ningún encuentro, ni tan siquiera fortuito; aunque para premiar su osadía le ruego que siga atenta el programa de radio en el que colaboro ya que tengo previsto cifrarle un mensaje que espero que reciba.

Cortésmente Daniel, conocido como el Zascandil”.

No quiso Daniel repasar su mensaje, rápidamente le dio a la tecla de enviar.

Aprovechando la tranquilidad de la mañana empezó a planificar la cena japonesa que le habían encargado. Barcelona estaba plagado de restaurantes japoneses, alguno de ellos excelente, estaba claro que los futuros comensales al acudir al Zascandil buscaban algún aliciente más.

Rebuscó entre los estantes del salón hasta recopilar todos los libros de cocina del Japón, la mayoría eran divulgativos, de enciclopedias de cocina internacional, había también una pequeña obra sobre técnicas para cortar el pescado y un vistoso recetario de Nobu, la franquicia de cocina Japo/americana que hacía las delicias de la clientela más cool de Londres, Nueva York y París. Visto así le parecía halagüeño que le hubieran elegido a él para preparar un evento gastronómico oriental.

Lo primero que tendría que hacer era hablar con su pescatera de confianza para que estuviera preparada el día de la compra, acudiría al mercado acompañado de los comensales y creía imprescindible cierto ceremonial que pasaba por visitar las cámaras en las que reposaban los pescados, debería pedirle que para ese día guardara grandes piezas sobre todo de túnidos y de pescados azules, no iría mal que le localizaran el llamado pez mantequilla, incluso algunas lubinas salvajes con las que poder preparar ceviches o tiraditos – ya se estaba despeñando hacia la deriva japo/andina, también de moda y mucho más cool.

Era esencial que la pescatera instruyera a los asistentes sobre el modo en el que calibrar la frescura del pescado, los indicadores que permitían identificar los excesos de plomo, cobre y otros metales en las piezas. Para aquella pantomima no le quedaba otro remedio que garantizar a la pescadería una compra mínima elevada para lo que no descartaba incluso la posibilidad de que los comensales pudieran comprar también pescado.

El segundo de los actos que debía programar era el de dar unas nociones sobre las técnicas para cortar el pescado, circulaban por la red cientos de videos de cocineros japoneses practicando el ritual del secado, limpieza y cortado del pescado para el sushi y para los rollitos. Le pediría a Petra que le filmara algunas tomas seleccionando y preparando las piezas para poderlas proyectar en los tiempos muertos previos a la cena, que vieran los comensales que el Zascandil era un experimentado sushiman; puede que tuviera que aderezar su biografía con un stage en Tokio, algo no del todo falso ya que pasó un invierno en Japón aunque no entre fogones, sino persiguiendo un amorío japonés que había conocido un verano en Granada.

Sería imprescindible contar con algún asistente asiático en la cocina, creía que no habría ningún problema, de hecho en su barrio había un sushi express que repartía a domicilio makis y tallarines, era un garito minúsculo llamado Doctor Wakanabe, lo regentaba una pareja, ella catalana/el japonés, no sería muy complicado pedirle al Wakanabe que durante una noche y por el módico salario de 300 euros se aviniera ayudarle en la cocina. Petra, Luz y el doctor Wakanabe eran una combinación lo suficientemente cosmopolita como para fascinar a sus clientes; en esta ocasión prescindiría de Germán – el conocido de su hermana – ya que su aspecto y maneras no terminaban de encajar en el ambiente sofisticado que pretendía imprimir a la cena.

Petra además de preparar el video y de ayudar en los fogones – tenía que sugerirle que se depilara los brazos y que se arreglara un poco el pelo -, debería hacer una selección de imágenes orientales que terminaran de configurar el clima del rebost; una opción podría ser la de elegir la serie japonesa de Monet, los cuadros de los jardines y mujeres con kimonos que había pintado tras su viaje a Japón.

Respecto de los platos a preparar creía que no habría muchos problemas si se planteaba dos licencias, la primera la de japonesizar algunas recetas de su repertorio habitual, la segunda la de incorporar platos que no siendo auténticamente japoneses tuvieran un toque oriental.

Sin solución de continuidad mandó un mensaje a Luz y a Petra convocándolas a una reunión ejecutiva el lunes a las 11 de la mañana, les acompañó un memorándum de la cena japonesas y les asignó ya algunas tareas preparatorias. El sábado fue un día absolutamente eufórico y japonés. El domingo, por el contrario, le asaltaron las dudas y a punto estuvo de rechazar el encargo, estaba perdiendo el estilo, el marchamo propio que le podría permitir despuntar; en pocas semanas había abierto muchos frentes – la radio, la publicidad de los supermercados, los nuevos menús del Zascandil -, ninguno de ellos era sólido, corría el riesgo de diluirse, de zascandilear. Pese a las dudas no le quedaba más remedio que aceptar el encargo, todavía no podía permitirse el lujo de rechazar clientes.

Mariela aprovechó la tranquilidad del domingo para terminar de aclarar las perspectivas del verano, ella sólo tenía 20 días de vacaciones; otros años Daniel aceptaba pasar unas semanas ayudando en el restaurante de un hotel en LLança, en el alt ampordá; el hotel le facilitaba una habitación y cierta flexibilidad de horario, sobre todo a medio día, aunque por las noches debía oficiar su papel de chef con ínfulas vanguardistas – espumas, gelés y en saladas orientales -. A Mariela le gustaban esos días de playa y pensaba que el primeros días de playa de la pequeña serían divertidos, de hecho había animado a sus padres a reservar unas noches en ese mismo hotel.

Daniel eludió tomar una decisión definitiva, estaba pendiente de saber si entrarían nuevas reservas en el Zascandil y las expectativas de ampliar sus intervenciones en la radio. Mariela se enfadó y le aseguró que ella y la niña irían en todo caso a la playa de Llança.

 

El lunes por la mañana tuvo la reunión operativa con Luz y con Petra; el chico de doctor Wakanabe había mostrado interés por la propuesta pero le resultaba imposible acudir a la primera reunión. Petra recibió con cierta perplejidad las indicaciones y tareas del jefe, aprovechando un instante de relax colgó en todas las pantallas del rebost una imagen divertida y apostilló.


-      Herrrr ZascÁndil creo que estás patinando. Terminarás haciendo tacos tex-mex y poniendo corridos mejicanos.

A Luz se le escapó una sonrisa, aunque el gesto seco de Daniel le llevó a seleccionar las primera imágenes japonesas de Monet.

A última hora de la mañana Daniel recibió una llamada del productor del programa de radio, no eran instrucciones pero sí sugerencias no del todo vinculantes: La cadena de supermercados había sacado para la temporada de verano una línea de gazpachos de marca blanca, Gazpachos de confianza, que convenía promocionar; Daniel recibiría unas muestras ese mismo lunes por si podrían servirle como inspiración para la próxima receta. Los datos de audiencia eran esperanzadores y la productora se planteaba incluso poder proponerle un espacio semanal, un consultorio culinario de confianza.

Un espacio semanal no sólo mejoraría la estabilidad económica del proyecto, también le permitiría estabilizar una plataforma permanente de publicidad del Rebost, propondría, si era posible gestionar el consultorio desde su cocina, ayudado por una webcam que le permitiera publicitar en streaming el programa.

Se pasó la mañana mandando mensajes a Mariela, intentando recomponer los equilibrios quebrados durante el fin de semana, le propuso incluso prepararle una comida especial los dos mano a mano en casa. Agobiado por los silencios mandó un mensaje al hotel de Llançá aceptando la oferta de incorporarse como cocinero para los cookshows de la noche, el contrato sería por un mes y medio, en idénticas condiciones que los años anteriores, con la única salvedad de que este año necesitarían una cuna en la habitación; además consiguió que a sus suegros les hicieran un descuento especial del 25% por las cinco noches reservadas. Después de mandarle un último mensaje informando a Mariela de sus decisiones estivales consiguió que ella bajara las defensas y le contestara que prefería que tomaran una ensalada por el centro, tenían que comprar algo de ropa de verano para la pequeña. Se tomarían la tarde libre.

El martes acudió al mercado, le costó mucho convencer a Mariloli, la pescatera, para que le dejara organizar la gira por el mercado con parada en las cámaras frigorífica.

-      Mi niño – le dijo la pescadera -, ya sabes que eso está prohibido, como me pillen los inspectores del ayuntamiento se me cae el pelo.

Tras garantizarle a Mariloli que el gasto en pescado del grupo podría llegar a superar mil euros, la pescatera dio su brazo a torcer, incluso aceptó que fuera el doctor Wakanabe quien diera las explicaciones referidas a la frescura del pescado.

El resto de semana discurrió tranquila y Daniel pudo preparar unas notas para la radio. Gazpacho, mi reino por un gazpacho. Daniel recordó que meses antes se habían descubierto los restos del Rey Ricardo III, el monarca británico cruel y contrahecho al que Shakespeare había puesto en su boca la frase de: Un caballo, mi reino por un caballo. Daniel se puso ante el micrófono del ordenador para dar el alarido:

-      Un gazpacho, mi reino por un gazpacho. Aprietan los calores y todos daríamos nuestro reino y quién sabe si incluso parte de nuestra vida por un gazpacho de confianza, un gazpacho casero que aspirara a ser algo más que un zumo de tomate aguachinado y cargado de vinagre. Para un gazpacho de confianza es necesario contar con productos frescos, de confianza…

Para el éxito de su nueva intervención en el programa era esencial que Daniel no hubiera llegado a probar el gazpacho industrial que recibía por cortesía de su patrocinador, de hecho no podía ni tan siquiera tener los envases a la vista, fueron directamente al consumidor de la basura.

-      El acierto de los gazpachos – continuó – está en la calidad de los tomates, preferiblemente de pera y en el instrumental empleado; os recomiendo que lo paséis y coléis mediante un colador de los llamados chinos. Si vais a utilizar la batidora es preferible que peléis antes los tomates, para que no queden los restos de pellejos en el gazpacho. En cada casa cada madre tenía un truco para personalizar el gazpacho, para hacerlo de su entera confianza, estaban las que recomendaban añadir media manzana starky pelada, o media zanahoria pelada también; las que sustituían el pan de barra del día anterior por pan de molde; la que no utilizaba pepino o la que añadía unas semillas de comino; otras recomendaban quitarle el corazón a los ajos, incluso escaldarlos antes en agua hirviendo durante dos o tres minutos, el tiempo mínimo para que perdieran bravura. Estoy seguro que termina por haber tantos gazpachos como madres y que todos pensamos que como el gazpacho de casa ningún otro.

Tomó aire y detuvo la grabación durante unos minutos para revisar los libros que tenía extendidos sobre la mesa.

-      No voy a daros la receta del gazpacho auténtico, no porque no exista sino porque en mi caso se trata de un secreto casi de estado, un secreto que sólo estará al alcance de los que se animen a comer o cenar en mi restaurante. Pero creo que es divertido hacer referencia a algunos posibles gazpachos aún a sabiendas de que hoy por hoy hemos terminado llamando gazpacho a cualquier crema fresca de verduras y hortalizas. El gazpacho nació en principio como un plato humilde, de aprovechamiento, era un modo de utilizar los tomates golpeados o pasados; sin embargo con el paso del tiempo el gazpacho ha terminado por colarse en los salones más distinguidos y es un plato fundamental en verano en cualquier mesa. Para el programa de hoy he rebuscado en mi biblioteca y he encontrado un recetario de altísima alcurnia, el recetario de la Casa de Alba, en el año 2010 Eva Celada publicó para la editorial Grijalbo un libro titulado “La cocina Actual de la Casa de Alba”, allí aparece una docena larga de cremas frías a las que llaman gazpachos, cremas de toda índole con la característica fundamental de ser frescas, por lo tanto muy apropiadas para afrontar los calores estivales. Hoy recopilo alguno de estos gazpachos, los que me parecen más originales empezando por uno hecho con melón y menta para el que se necesita un melón de dos kilos debidamente pelado y despepitado, el zumo de un limón, que sustituye al tradicional vinagre, y un chorro de aceite de oliva, sal y pimienta según gustos y un par de ramas de menta fresca; se pasa todo bien por la batidora, se cuela y se deja reposar. La duquesa, que al parecer es muy aficionada al picante, le añade unas gotitas de tabasco. Este gazpacho se presenta a la mesa con unas tiras de bacón fritas y con unas hojitas picadas de menta para adornar; no creo que esta receta tenga ningún problema para aceptar también un dientecillo de ajo.

-      En este mismo libro aparece también otra crema original, un gazpacho de lechuga, para el que se necesitan dos lechugas medianas bien limpias, en vez de las lechugas romanas o de orejas de burro podríamos utilizar cuatro cogollos de lechuga. Se lavan y escurren bien, se pican y se mezclan con dos yogures naturales sin azúcar, un diente de ajo, un chorrito de vinagre de jerez y otro de aceite, sal y pimienta. Se pasa por la batidora la mezcla y se rectifica con agua en función de las apetencias de consistencia de los comensales, se cuela y se deja reposar y enfriar en la nevera. Se presenta en la mesa con huevo duro picado y un puñadito de alcaparras.

-      También reseña un gazpacho de remolacha, pepino y queso gruyer. La base de este gazpacho es un pepino pelado, media cebolla, ½ kilo de remolacha cocida, 1 kilo de tomates de pera y dos dientes de ajo; se pasa toda esta mezcla por la batidora mezclándolo con un chorrito de vinagre de jerez y una buena dosis de aceite, sal y pimienta; al final se le añade agua fresca hasta lograr el espesor que agrade al cocinero. Se sirve frio con trocitos de queso gruyer y unos daditos o tiras de remolacha cocida.

-      Por lo visto a la duquesa también le gusta una crema de tomate y albahaca, sin ajo y sin otras verduras, la crema de yogur y pepinos; ya veis que el gazpacho lo aguanta casi todo. Para acabar, atendiendo a una consulta que me ha hecho una oyente misteriosa, madame Rênal, os apunto una última receta de un gazpacho/crema de zanahorias. Madame Rênal me sugiere que afronte alguna receta de contenido afrodisiaco y yo me he animado a retocar la receta originaria añadiéndole un trocito de raíz de jengibre, le dará un toco exótico y sensual a una crema que ya de por sí es muy apetecible. Para esta receta se necesita un pimiento rojo, dos tomates rojos, medio kilo de zanahorias y 4 zanahorias baby adicionales, orégano, zumo de limón, aceite y sal; a estos componentes yo le añado, en homenaje a esta oyente, un dadito de raíz de jengibre pelado y unas gotitas de salsa perrins que seguro que mi enigmática madame agradecerá. Para hacer esta crema hay que empezar pelando las zanahorias y partiéndolas en dos o tres trozos cada una, se poner a cocer durante 3/4 minutos con una pizca de sal. Cuando pasen los cinco minutos se escurren y enfrían rápido – es una crema de verano, no un puré. Una vez fríos se pasan al vaso de la batidora, al que se incorporan los dos tomates pelados y, en la medida de lo posible, despepitados, así como el pimiento, el dadito de jengibre, el zumo de un limón, sal, una pizca de orégano y pimienta. Se traba la crema con un chorro de aceite de oliva y se le añade un vaso de agua fría. Se cuela la crema y se deja enfriar. Se sirve adornado con hojas de orégano y con las zanahorias baby cortadas en rodajitas. Es sin duda una receta propicia para los rituales de amor.

Daniel remitió el archivo de sonido a Petra para que lo pasara a papel y pudiera revisarlo; mandaría la receta a la radio con el margen de unos días por si era necesario pulirla; esperaba que con sus comentarios la patrocinadora del espacio quedara satisfecha y pudiera colar después las cuñas promocionando el gazpacho de confianza, un gazpacho que el Zascandil había tirado directamente a los contenedores de basura.

Transcurrieron los días sin grandes sobresaltos y Daniel afrontó su programa dedicado a los gazpachos; ese día se levantó animado y terminó especialmente satisfecho del brío y la soltura con la que había ido desgranando todas y cada una de las recetas y consejos. Media hora después de haber terminado su intervención recibió un nuevo mensaje de Madame Rênal:

“Pícaro Daniel: No te negaré que tu respuesta por correo me dejó un tanto fría, desilusionadas; sé perfectamente cuáles son tus circunstancias personales y el efecto que podrían producir mis interferencias. A pesar de todos los pesares lo cierto es que la atracción y deseo que siento por ti me arrastra a ser osada e intentar contagiarte de mi osadía.

Acabo de escucharte en la radio y no te quepa duda de que prepararé la receta, aunque nada me agradaría más que ver como la preparas mientras yo te aguardo recostada en una tumbona, tomando el sol.

Por lo que te leo y escucho me temo que nuestro posible encuentro queda todavía lejano, pero no me resisto a provocarte y a decirte que el próximo sábado asistiré a un concierto de un cuarteto de cuerda que hay programado en la Pedrera, es un concierto nocturno; nada me excitaría más que podernos cruzar clandestinamente y rozarnos entre penumbras. No creo que estés todavía en condiciones de reconocerme, aunque probablemente habrás ya especulado con mi identidad y aspecto. Claro que nos hemos visto en más ocasiones de las que piensas, aunque probablemente te habré pasado desapercibida, de ahí mi reto, de forzarte a escrutar entre las personas que acudirán a ese concierto. Como quiero ponerte las cosas fáciles y que no te escuden en excusas absurdas para eludir mi envite te aseguro que hay a tu disposición dos entradas en la taquilla de la Pedrera, van a tu nombre.

                Compruebo tu sagacidad y descubro que has adivinado mis referencias culinarias, cierto es que manejo la edición ilustrada de la Cocina Impúdica, editado en castellano por Ediciones TREA en 2005. Dado que tú me has dedicado una receta erótica esta mañana en la radio te acompaño yo la cita de otra receta erótica, una crema de apio, dice internet que Sus largos tallos poseen androstenona y androstenol, dos feromonas naturales, que producen un efecto de atracción en el sexo opuesto. Cuando una persona come un trozo de apio, libera moléculas de estas sustancias en la boca. Éstas viajan a través de la garganta hasta la nariz. Una vez allí, las feromonas producen un aroma casi imperceptible que ayuda a que (especialmente las mujeres) se sientan más atraídas. Además, el apio contiene muy pocas calorías y es una alimento que tiene mucha fibra. Así, que se puede comer todo lo que se quiera, sin preocuparse por el peso.

                Ahí va mi cita, cargada de androstenona y androsenol. Crema de Apio: Mientras me tiraba de los lazos del corpiño ante la chimenea llamada del torneo, en la galería del Hotel Jacques Coeur, Mme. H.B. me dijo que acababa de recordar un proverbio que repetía su abuela cuando ayudaba a limpiar las verduras. Si l’homme savait l’effet du céleri, il en remplirait son courtil”… Para empezar escalda dos grandes corazones de apio y resérvalos aparte. Después diluye 250 gramos de harina de arroz e medio litro de leche fría. En una olla lleva casi a ebullición medio litro de caldo de pollo. Ayudándote con una varilla, añade la harina de arroz al caldo y bátelo para que no queden grumos. Añade los dos corazones de apio y dos dientes de ajo y cuece el preparado durante al menos una hora y media a fuego leento. Pasa el contenido de la olla por la estameña y vuelve a ponerlo al fuego. Añade un vasito de nata líquida fresca, una pizca de nuez moscada, una de pimienta y rectifica el punto de sal. En el momento de servir la crema, en una sopera previamente calentada, espolvorea con un par de cucharadas de queso gruyer.

                Esta crema tiene un defecto, concluyó Mme. H.B., es deliciosa solo si la acompañas con una copa de champán.

                Ya ves, deseado Zascandil, que mi receta puede ser tanto o más afrodisiaca que la tuya; como también lo puede ser la nueva reproducción de Matisse.
 

Indaga en Matisse y a lo mejor descubres un poco más de mí.

Ilusionada se despide Mdme. Rênal”.

martes, 29 de enero de 2013

CAP. CCXX.- Las estaciones del Zascandil. Segunda estación: Los placeres de un trampojo.


LAS ESTACIONES DEL ZASCANDIL.2ª ESTACIÓN:LOS PLACERES DE UN TRAMPOJO.

 

Sábado, 25 de mayo.- Daniel leyó en varias ocasiones el correo intentando adivinar quién sería su remitente.

“Admirado Daniel … Con todo el cariño Mdme. Rênal”. En el mensaje aparecían datos suficientes como para considerar que era cierto que le conocían bien, no sólo por los datos actuales del restaurante y su decoración, sino también por esa enigmática referencia a Mdme. Rênal, la ingenua e inexperta heroína de Stendhal a la que había dedicado un trabajo de literatura en el último curso de bachillerato. Daniel pensó que tal vez alguna de las comensales de la última cena en el Rebost hubiera podido ser la profesora de literatura que le animó a escribir sobre esa novela, le daba rabia no haber sido capaz de reconocerla. Fue recordando a todas y cada una de las comensales intentando encajarla en sus viejos recuerdos de alumno del Liceo Francés. Recordar a madame Rênal era rememorar una frase que retumbaba desde su adolescencia:” Como la señora de Renâl nunca leía novelas románticas todos los matices de su felicidad eran algo nuevo para ella”. Sonrió pensando que mensajes como aquél podrían ser uno de los peajes de la fama.

La semana se presentaba con algunas incertidumbres, tenía encargado preparar un catering para la comunión del nieto de unos amigos de sus padres, un catering para merienda/cena en el que le habían pedido que hubiera bandejas especiales para niños a base de mediasnoches con nocilla, sándwiches de jamón de york y croissants de chocolate. Los cursos en la escuela de hostelería quedaban en ocasiones reducidos a poco más que una merendola familiar. El lunes, salvo imprevistos, aparecería en el programa de televisión; a partir del lunes podría calibrar si el impulso mediático ayudaría a la supervivencia del restaurante, si no llegaban cambios sustanciales debería cerrar.

El fin de semana discurrió tranquilo, pudieron dejar a la pequeña con los abuelos y se fue con Mariela al cine, la primera película juntos en muchos meses; Daniel se hubiera ido a tomar una copa, ella prefirió que marcharan a dormir para intentar recuperar parte del sueño perdido durante la semana.

Cuando el lunes Daniel volvió al Rebost se encontró con que Petra ya había llegado, había empezado a ordenar los suministros para el catering que empezaban a llegar mientras que en la pantalla del ordenador iban apareciendo imágenes de estatutas vivientes. Tras el cristal de la cocina, tecleando con descuido, había un chico delgado, de perfil afilado y rastas.

-      Es Oriol, mi novio – se adelantó Petra a los posibles requerimientos de Daniel -, tiene que entregar uno de los capítulos de su tesis esta semana y se ha roto el ordenadorrrr de nuestro apartamento.

Daniel le saludó levantando levemente la mano y dejó que continuara saltando de una a otra imagen. No había mucho trabajo pendiente y consideraba razonable que Petra no quisiera estar sola.

-      Por cierto Daniel, tienes un ipad ?

-      No me digas que me lo vas a expropiar también para tus investigaciones.

-      No lo descarto, me vendría muy bien; pero de momento sólo pienso que a lo mejorrrrr podrías sincronizar el ordenador del restaurant con la tableta y utilizarlo como si fuera una carta. Así los clientes verían simultáneamente los platos en el Ipad y en la grrrannnn pantalla.

-      Es buena idea, no sé cuanta batería le quedará, mira en el último cajón del armario de la derecha de la cocina, allí debe estar. Por cierto Petra, hoy a mediodía pondrán el programa de recetas …

-      Ya sé – no le dejó terminar la frase -, hay que preparar un envío de correo electrónico a los habituales anunciándole el evento … Cuando leí el anuncio en el que ofregcian este tragbajo no pensé que se refeguian a una secretaria, yo me veía corrrrtando cebollas toda la mañana.

-      Alguna queja…

-      No, es mejorrrr así.

Oriol salió de repente de su burbuja y requirió la atención de Petra.

-      Petra, Petra. Mira qué fotografía he encontrado en la red, no sé muy bien si la habrán tomado en Barcelona. Parece una tontería, pero seguro que este tío ha tenido que estudiar arte y quien sabe si literatura, hay referencias a Magritte y a Ionesco, seguramente también a Buñuel; es alucinante la imagen queda de un burguesote cagando como si tal cosa en mitad de la calle, completamente de blanco. El detalle del bombín, la escobilla a su derecha, el rollo de papel a la izquierda y el desafío de permanecer con los pantalones bajados a la intemperie durante horas… Daría una mano por saber qué libro está leyendo, creo que descubrir el libro desentrañaría parte del misterio del personaje… La cantidad de horas que habrá invertido hasta terminar de construir el personaje y la trama… Marcho corriendo a la facultad, seguro que allí lo tienen ya inventariado. Tipos como este confirman la íntima conexión entre el teatro callejero y la influencia del anarquismo en el teatro europeo del siglo XX; es un personaje sacado de una comedia de Dario Fo, seguro que este tío se conoce de pe a pa las obras de Fo

Salió corriendo, sin despedirse, con collar lleno de pendrives parecido al que llevaba Petra, dejó congelada en la pantalla la imagen del deponiente.

 
-      Oriol es así, no descansará hasta dar con el personaje, puede que le obligue a cambiar por completo el contenido de su tesis. Yo cuando hago las fotografías no me paro a pensar mucho, me basta echarrrrles una moneda y pedirles que se queden quietos, no me interesa en absoluto el ritual del saludo sino el éxtasis de la quietuddddd prolongada durante horas.

Daniel no pudo articular palabra alguna para salir de su asombro. Petra había tomado posesión del Rebost y lo manejaba como si hubiera trabajado allí toda la vida, lo sorprendente es que el local estaba impecable y con detalles de orden que a Daniel no se le habían ocurrido en la vida. Petra entró a la cocina, tomó posesión del teclado, rebuscó en los cajones hasta dar con el Ipad y en pocos segundos había sincronizado las pantallas de los dos aparatos.

-      Daniel. Si quieres invitarrrr a algún amigo a ver el programa de televisión, ya tengo localizada la web para que se vea en directo. Te dejaré en favoritos en enlace para que no te pierrrdas.

Daniel no estaba para muchos eventos, hasta que no cobrara lo del catering de la comunión la caja estaba vacía y no quería pedirle dinero prestado a Mariela para organizar nada. Los proveedores se había acostumbrado a suministrarle productos que normalmente se pagaban a una semana vista, las cantidades debidas no eran muy elevadas y Daniel solía compensar la incertidumbre facilitando alguna receta, incluso preparando algún plato especial, esa mañana, por ejemplo, tenía que preparar un brazo de gitano relleno de trufa para la hija de Mariloli, su pescadera de cabecera. Empezó a sacar de la nevera los huevos, la mantequilla y la leche.

-      Petra, hoy haré un brazo de gitano – ante la mirada extraña de su ayudante, tuvo que explicarle -; llamamos así a un bizcocho de masa fina relleno de nata o de trufa, que se enrolla hasta tomar la forma de un tronco, de un brazo. En repostería es importante dejar que los ingredientes tomen un poco de temperatura para que las masas tengan un poco más de elasticidad. Mientras se atemperan podemos ir a tomar un café.

Petra se quitó el mandil y de un salto llegó a la puerta de la calle, que mantuvo abierta hasta que salió su jefe.

-      Daniel – le preguntó -, no te imporgtará si te hago fotos mientras cocinas ?

-      Tu especialidad no son las estatuas vivientes.

-      Sí. Pero creo que puede ser muy interesante organizarte un book cocinando.

-      Muy amable.

-      No te creas, si lo termino y es de tu agrado pienso cobrártelo a parte.

 

Daniel quedó con Mariela para ver el programa de cocina, le resultaba extraño escucharse en catalán, se vio un tanto rígido e inexpresivo; sin embargo en pocos segundos empezó a recibir mensajes por el móvil, el primero el de su hermana Luz, que se burlaba de su barbita de chivo y sus ademanes de cocinero postmoderno, echaba de menos algún lamparón de grasa en la casaca, como los de los cocineros de verdad.

-      Verás cómo es un éxito, de esta relanzamos el rebost. Ahora a disfrutar de tu minuto de fama. Pero antes hay que recoger a la niña, que mis padres tienen que estar ya hasta el gorro de ella.

En aquel momento Daniel se hubiera encerrado en la cocina y se hubiera puesto a repetir la receta hasta conseguir que le saliera perfecta, sin embargo las rutinas de casa le obligaban a dedicar los lunes por la tarde a la familia de Mariela.

El productor del programa le mandó a última hora de la tarde un mensaje en el que le facilitó los datos provisionales de audiencia tanto de la intervención en la radio como la de la televisión; valoraban su presencia como un pequeño éxito ya que habían recibido un 10% más de mensajes y comunicaciones que en espacios similares. Tomás, el productor, le proponía que comieran al día siguiente, puede que hubiera alguna novedad. Petra, que se había brindado a gestionar la cuenta de correo del restaurante, le anunció que habían recibido esa tarde 100 mensajes, todo gracias al detalle de haberle dejado colocar durante unos seguros el mail del restaurante, en cinco de los mensajes le pendían información complementaria sobre menús y precios de eventos. Daniel le dijo que él mismo los contestaría a la mañana siguiente, pero que les remitiera un link con la web del restaurante.

 

La tarde fue una sucesión de llamadas y de mensajes, por primera vez en meses tenía la sensación de haber dado con el camino correcto, aunque Mariela le fue recordando durante el día que mantuviera los pies en el suelo y que intentara distribuir las reservas a lo largo de tres o cuatro meses, el modelo de negocio basado en que los comensales se implicaran en la compra de los productos y en la cocina, no se trataba de precipitar las cosas y convertirse en un restaurante más.

Pese al ajetreo Daniel tuvo el tiempo, o puede que la obsesión, de intentar descifrar quien podía esconderse tras el seudónimo de Mdme Rênal; estuvo tentado de comentarle el mensaje a Mariela, hacerla cómplice y pedirle ayuda para desentrañar el misterio, aunque en el último instante una sensación extraña le fue reteniendo. Sabía además que una de las reglas fundamentales de la red, sobre todo cuando se podía tener cierto nivel de popularidad, era la de no entrar en el juego de responder a los mensajes de ningún extraño. Al final pensó que el mensaje quedaría como un referente aislado, que no se repetiría.

La mañana del martes la dedicó a contestar correos electrónicos y a intentar explicar cuál era el concepto de su local, no se trataba de reservar una mesa para cenar, sino de implicar a 10 ó 12 personas dispuestas a implicarse en una experiencia integral en la cocina.

Al día siguiente durante la comida le tocó poner al día a Tomás de su trayectoria profesional y del proyecto, a lo largo de los últimos 10 años el productor había tenido la oportunidad de relacionarse con cientos de cocineros, de todo pelaje y color, la mayor parte de ellos prescindibles. Quedaron en Casa Paloma, un local especializado en carne, un poco ruidoso e incómodo para charlar, sin embargo los platos no estaban mal, sobre todos los segundos.

Tuvo que empezar por aclararle el origen de su alias como el Zascandil, Daniel se remontó a la infancia, a sus padres salmantinos recién destinados en Barcelona, en principio por un par de años. Daniel era un niño inquieto y su madre en la primera reunión que tuvo en el colegio, cuando la profesora le advertía que el chico no atendía en clase, a doña Luz le salió del alma advertirle a la profesora: “Es que el niño es un zascandil”, a la profesora le hizo gracia y cada vez que tenía que llamarle la atención le regañaba llamándole zascandil, y así fue arrastrando el mote de un curso a otro.

Al final de la comida Tomás le comentó que se había dirigido al programa de radio una cadena local de supermercados dispuesta a invertir 6000 euros al mes en publicidad, supeditado a que se dedicaran 5 minutos adicionales en cada programa dedicados a un consultorio de cocina en el que el cocinero tenía que terminar recomendando los productos de la línea blanca del super, una línea que se llamaba “de confianza”, previamente durante el programa el cocinero tenía que decir en dos o tres ocasiones la palabra “de confianza” a la hora de referirse a alguno de los ingredientes de la receta. Si Daniel aceptaba la propuesta le ofrecían llevarse un 15% de la inversión en publicidad de aquel nuevo sponsor, que parecía muy interesado en arriesgar su dinero a la proyección de aquel cocinero tan joven y desenvuelto. Daniel tendría que firmar un nuevo contrato en el que se especificaban las condiciones de la campaña de publicidad, su papel en ella y el compromiso de “guionizar” las recetas de la semana, es decir, de necesidad de que el director de publicidad del supermercado diera el visto bueno a las recetas que habría de presentar quincenalmente con el fin de que fuera dando a conocer las distintas gamas de productos que comercializaban como línea blanca.

-      Pero tendré que utilizar los productos de esa marca en mi restaurante? – Consultó un tanto espantado el Zascandil.

-      En principio no, por lo menos en los borradores de contrato que nos hemos cruzado no se contempla ese compromiso, cuestión distinta es que lo quieras negociar a parte… Por cierto Daniel, que habrá que ir pensando en que invites al equipo del programa a cenar en el rebost, no sería la primera vez que en la radio contratamos como experto en cocina a un tipo que no ha frito un huevo en su vida.

Cerraron el acuerdo con un apretón de manos, Daniel hubiera preferido disponer de algo de tiempo para comentarle la propuesta a Luz, a Mariela e incluso a Petra, pero lo cierto es que novecientos euros extra al mes le venía de maravilla para ir cubriendo los gastos fijos del local, sólo con aquel asunto tenía más que cubierto el sueldo de Petra. Tenía una semana larga para encontrar una receta en la que poder encajar aquellos mensajes subliminares con la palabra confianza y luego pactar unas preguntas de consultorio que no quedaran muy casposas, corría el riesgo de que su propuesta del rebost del Zascandil perdiera en una semanas el toque cool que pretendía darle al local, su intención de convertirlo en uno de los locales clandestinos de moda en la ciudad, una propuesta que podía frustrarse si se veía obligado a recomendar latas de atún en conserva ricos en omega 3.

 Aunque disponía de cierto margen, más de una semana, aprovechó aquella tarde para planificar la receta que quería ofrecer; pensó que sería mejor si se ponía delante de la grabadora del ordenador que lo de ponerse a redactar; pasaría a Petra la grabación para que la transcribiera y, una vez corregida, se la haría llegar a Tomás.

-      Para mi segunda receta he decido arriesgar un poco más, hacer algo un poco más moderno, la receta de hoy está inspirada en una receta legendaria del Bulli. Desde hace algunos años cualquier receta de la cocina española tiene más o menos algo que ver con las genialidades de Ferrán Adriá, aunque sólo sea para criticarle. En el Bulli eran unos maestros de la trampa … espero que se me entienda bien … hacían de la trampa una forma de expresión, un juego. Mentiría si dijera que yo hice un stage en el Bulli, ni siquiera tuve la oportunidad de cenar allí antes de que lo cerraran, sin embargo mis maestros en esto de los fogones sí que pasaron por allí y me descubrieron algunos trucos, algunos juegos que poco a poco hemos ido incorporando a nuestra cocina cotidiana. Hay una receta impactante en la que te presentan un plato que, a primera vista, parece un plato con tierra del jardín, al probarlo tiene textura y sabor de cus cus pero cuando te paras a comprobar los granos de sémola descubres que en realidad no es sino coliflor picada y cocida al dente. Presentan el plato como un trampojo, como un truco visual, la primera cucharada la tomas con cierto recelo, pensando que realmente te llevas a la boca un poco de tierra, piensas que, en el mejor de los casos, se tratará de chocolate, sin embargo con el primer bocado te sonríes y compruebas que la apariencia te ha engañado, como los falsos paisajes pintados en las fachadas de algunos edificios. Cuando uno está dispuesto a dejarse engañar conviene disfrutar del engaño, dejarse llevar por los placeres del trampojo.

Había consumido los primeros minutos sin haber encontrado el hueco para las palabras convenidas. Tomó aire y reanudó su exposición.

-      El guiso se hoy pretende ser un trampojo, un engaño al que podríamos llamar “cus-cusliflor”. Lo primero que necesitamos es comprar una coliflor de tamaño medio, hay que buscar un frutero de confianza ya que la coliflor ha de ser muy fresca y tersa, de esa que crujen cuando se les arranca una ramita. La preparación es un poco trabajosa ya que hay que ir cortando todos y cada uno de los ramilletes, desechando los troncos. Se van apartando los ramilletes sobre una tabla de madera que sea grande, no importa si se desprenden algunos de los gránulos, de hecho el falso cus cus se forma a partir de los gránulos que conforman cada ramillete. Podéis ir “desmigándolos” con los dedos, ayudaros por un cuchillo o utilizar un picador eléctrico, lo importante es que la coliflor termine descompuesta en unos granos blancos similares a los del cus cus. Cuando se han picado bien todos los ramilletes se pasan por agua hirviendo con sal, se escaldan, durante 30/45 segundos, de ese modo la textura de la verdura queda parecida a la de la pasta al dente. Se pasa por agua fría y se deja escurriendo. Ya tenemos la base del cus cus. Una posible salida para este plato sería el de preparar una ajada de las de toda la vida con tres dientes de ajo, aceite y pimentón rojo, pimentón de Vera, ha de ser un pimentón de confianza que se tueste un poco en el contacto con el aceite, de ese modo tomará color a tierra, se incorpora la ajada a la coliflor que se irá tiñendo de color tierra roja, luego dependiendo de la habilidad de cada uno en la presentación el plato puede terminar pareciendo un paisaje lunar. Pero con los calores en puertas parece que apetece más preparar una ensalada, un plato más fresco, menos contundente, de ahí que vamos a intentar construir una ensalada de falsa sémola, un taboulé que preparamos picando muy fino un pepino, un pimiento rojo no muy grande, dos tomates de pera pelados y despepitados, un ramillete de hojas de menta y dos cebolletas que previamente habremos dejado reposar durante una hora en un bol con agua fría y un chorrito de limón, para que no quede tan picante. Ni qué decir tiene que hay que acudir a una tienda de confianza para que todos estos productos sean muy frescos ya que el éxito de la receta pasa por mantener el sabor de las verduras. Se mezclan bien los ingredientes picados en un bol, los más osados podéis añadir algo de cilantro fresco, los más tradicionales aliñad la ensalada con aceite de oliva y sal. La ventaja de hacer falsas recetas es que disponéis de una libertad muy amplia en la elección de los ingredientes y en la combinación. Todo pasa porque no se os pase el punto de cocción de la coliflor, ha de quedar al dente, y que al mezclar los gránulos con las verduras la ensalada no os quede muy apelmazada.

Cerró el archivo de voz y se lo adjuntó en un correo a su hermana. Dudó unos segundos y, finalmente, le mandó el correo también a Petra con instrucciones para que lo fuera transcribiendo. En unos minutos recibió la contestación de Luz, la receta le parecía original, la propuesta de publicidad generaba sus riesgos, entre ellos el de que Daniel no terminara de encontrar su estilo ni en los fogones ni en las ondas.

Petra, mucho más pragmática, le comentó que había dado dos recetas en una, que tendría que pulir algunos detalles; adjuntaba además un mensaje de un grupo de 20 personas que solicitaban del zascandil la preparación de una posible cena japonesa. Aunque en los menús colgados en internet aparecían algunos platos con influencia oriental, pero nada estrictamente japonés; sin embargo contestó al mensaje dándole algunas indicaciones sobre un posible presupuestos – 100 euros por comensal, bebidas a parte y la advertencia de que la cena sería japonesa fusión -. Consideró la posibilidad de que en la biografía que tenía colgada en la web apareciera la referencia de “cocinero versátil”.

En apenas una semana Daniel había pasado de gestionar un restaurante que renqueaba a aparecer en la televisión, arrancar con un programa de radio, contratar a una ayudante germana que no tenía ni idea de cocina, tenía en la agenda la preparación de un catering para una primera comunión y la posibilidad inaugurarse como sushiman. Demasiados frentes abiertos en pocos días.

Petra transcribió la receta y Daniel se la rebotó a la productora con el ruego de que pudieran pactar las preguntas de la primera jornada del consultorio.

Si le inquietaba la inactividad, mayores agobios le generaba la avalancha de compromisos que no terminaban de cuajar. Mariela estaba acostumbrada a esos picos de ansiedad en los que Daniel se comportaba como un zascandil que se movía nervioso de un lado para el otro mientras extendía por el salón libros y revistas de cocina, anotando recetas en la tableta, mandando y recibiendo correos electrónicos.

El viernes por la mañana al abrir su correo electrónico personal apareció un nuevo mensaje de la misteriosa Mdme. Rênal.

“Esquivo Daniel:

Pensé que en mi correo anterior habría abierto suficientes incógnitas como para excitar tu curiosidad, quedé un tanto frustrada cuando he visto que pasaban las horas y tu contestación no llegaba. Puede que haya sido una osadía contactar contigo por este medio tan equívoco, no quisiera que soy la típica acosadora.

Me encantó verte en televisión aunque tu catalán sigue siendo limitado, me gustas más en la radio; ardo en deseos de volverte a escuchar la semana que viene, anuncia ya que vas a abrir un consultorio de cocina al que me estoy planteándome ya llamar.

Ya sabes que madame Rênal era una mujer inexperta pero impulsiva aunque no hubiera leído novelas de amor.

En mi primer correo elegí un cuadro de Matisse que te permitiera comprobar que conozco tu local, sin embargo hubiera preferido enviarte otro cuadro, puede que más a tono con mis deseos e intenciones. Pocos como Matisse han conseguido desnudos tan sensuales.

 

Puede que no tenga mucho sentido buscar parecidos – no los hay – aunque sí actitudes, no cabe duda que la queda paciencia de las modelos de Matissie, su abierta desinhibición al posar y, sin embargo, sus ojos vacíos, dejan cierta sensación inquietante entre piernas y brazos forzosamente cruzados en posiciones de aparente relajación.

Te dejo este Matisse y una nueva receta que espero haga más mella en tus menús de la que en el primer correo hizo la receta de callos.

En el correo de hoy te acompaño uno de los platos de referencia de la vieja taberna Pascal, frente a la calle de la Escuela de Medicina en la Cité de París; se trata de un mousse primavera hecho mezclando 30 gramos de mantequilla con 150 gramos de requesón, de mató o de queso mascarpone – ves que te pongo fáciles los ingredientes -. Se cortan a pedacitos pequeños 300 gramos de salmón ahumado de la mejor calidad y se pican algunas ramitas de cebollino; mezclarlo todo hasta que forme una masa homogénea.

Se montan aparte 200 gramos de nata líquida, Montada la nata se incorpora con cuidado la mezcla de queso, salmón y mantequilla, con cuidado para que la nata no pierda volumen. Se coloca la mezcla en un recipiente grande de cristal, a poder ser cristal tallado, conviene que el bol sea un poco profundo y que se haya guardado durante unas horas en el congelador para que se mantenga bien frio. Se adorna la superficie de la mousse con unas huevas de salmón, de las de intenso color naranja.

La mousse se sirve sobre rebanadas de pan negro, si fuera posible se acompaña el plato con una crema agria hecha con nata líquida, el zumo de un limón, sal y una pizca de nuez moscada.

Esquivo Daniel, espero que este mensaje avive tu curiosidad y quiebre la distancia que, en apariencia, abrió la primera de mis misivas.

Anhelante se despide Mdme. Rênal.”