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lunes, 9 de enero de 2012

CAP.CI.- Mi memoria me ha dado un bocado de liebre royal.

Hace poco menos de un año que acudí con unos amigos a tomar una liebre royal al Motel Ampurdán, cuando el año anterior intentamos reservar en el Motel para probar ese mismo plato a finales de febrero el jefe de sala nos recordó que la temporada de liebre había acabado y que los últimos platos se habían servido justo unos días antes. Este año no hemos podido reservar para tomar la liebre royal, tendremos que esperar hasta el año que viene para intentar repetir ese mismo ritual
A lo largo de estos meses me he referido en varias ocasiones a la fascinación que ha producido el Motel Ampurdán en muchos amantes de la buena mesa, seguramente habrá mejores restaurantes en Girona, en España o en el mundo, no dudo que en muchos restaurantes prepararán una liebre royal tanto o más exquisita que la que pude probar en el Motel, sirva como referencia la de C'al Enric o la descrita en el blog No se le puede llamar cocina (http://www.noselepuedellamarcocina.com/2010/11/07/la-liebre-al-estilo-del-senador-aristide-couteaux/) atribuida a Jöel Robuchon.
Hoy, un día soleado y frio, usual para las calmas de enero, la memoria me ha dado un bocado de liebre royal. Podría ir mañana al mercado y encargar una liebre de entre 3/4 kilos para este fin de semana y embarcarme en la titánica tarea de reproducir la receta - exige una dedicación casi exclusiva durante más de 10 horas -.
La receta tiene su origen en un civet de liebre típico de la cocina francesa del Siglo XV, una receta reinterpretada por un senador marmitón frances llamado Aristide Couteaux que pensó que pasaría a la historia como autor de un libro titulado "Derecho Popular y Derecho Divino", pero que sin embargo habrá de contentarse con ser citado como referente de una mítica receta de la cocina francesa.
El bocado que me ha dado la memoria al evocar la liebre royal lo ha aliviado René Magritte, pintor surrelista belga, que ha permitido una de las noticias más paradójicas de estas navidades, la de unos ladrones que robaron un cuadro de Magritte en Bruselas en el año 2009 a punta de pistola y que 2 años después no les ha quedado otro remedio que devolverlo al no encontrar comprador, el cuadro era una sensual respresentación de la esposa del pintor recostada y desnuda con una caracola sobre el vientre. La noticia de la devolución seguro que ha despertado la codicia de muchos coleccionistas clandestinos y la frustración de los ladrones que han visto como la noticia les habrá abierto un mercado que consideraban imposible. Paradojas del enigmático René Magritte, recomiendo a los ladrones que intenten robar el cuadro otra vez para ver si mejora su fortuna, si son apresados tendrán el dudoso honor de convertirse en los ladrones de arte más tontos de la historia.
Podría reproducir aquí el cuadro de Magritte, ya he reproducido otros cuadros de este autor, sin embargo el apetecible desnudo no me ha producido bocado alguno en la memoria, aunque sí lo ha hecho otro cuadro de Magritte depositado en una galería virtual de la fundación; el cuadro se titula "esto es un bocado de queso", título que evoca un título mítico del surrealismo alrededor de una pipa.
El bocado de queso que propone Magritte es equivalente al que he sentido de liebre royal.
Para calibrar la intensidad del bocado que la liebre ha dado a mi memoria sirva como referencia el arranque de la receta de Bocuse en su cocina de mercado: Liebre "a la royale" del senador Couteaux: Ingredientes: Hacerse con una liebre macho, proviniente a ser posible de una región montañosa o de berzales, que pese entre 2'500 a 3 kilogramos, es decir, que haya rebasado la edad de un lebrato, pero cuando aún adolescente. Condición "sine qua non": haber sido cazado limpiamente, de forma que no haya perdido ni una gota de sangre. Además de la liebre debe destacarse el vino: dos botellas de vino de Chambertín, que lleve al menos cinco años embotellado (o un gran vino tinto, con edad, fuerza y delicadeza).
La lectura de la enrevesada receta de Bocuse es ya un ejercicio evocativo que alimenta casi tanto como el propio plato. La receta del Motel, más sencilla, también resulta un ejercicio de buena literatura gastronómica que arranca con una referencia de Josep Pla a los platos de caza y al punto de cocción. La liebre de la receta del Motel ha de pesar más del doble que la de Bocuse, ha de conservar en todo caso las entrañas y la sangre, ya que servirá para ligar la sangre.
Para la salsa se utilizan los pulmones, el corazón, el hígado, los sesos y las carrilleras, que deben flambearse con armagnac y pasarse por una picadora, junto con un trozo de solomillo de cerdo de 350 gramos y 75 gramos de piñones.
La liebre ha de quedar deshuesada, abierta en canal y eviscerada sobre una tabla, rellenándola con la farsa de los menudillos recien picada y entreverando en el picadillo 500 gramos de hígado fresco de oca cortado en finos filetes.
Se cierra la liebre para que vuelva a recuperar su forma natural, se envuelve la liebre con finas capas de panceta de cerdo (Bocuse recomienda utilizar redaños de cerdo), y se ata con cuerda fina.
Se rehoga la pieza de liebre sobre un fondo de caldo de ternera (1 litro) y otro litro de buen vino tinto, dos cebolletas y una ramita de hierbas (perejil, laurel, tomillo ...), los huesos de la liebre. A fuego muy lento hay que dejarla cocer durante al menos cuatro horas.
Una vez cocida se retira la liebre y se cuela el fondo de cocción que debe ligarse con la sangre guardada, cuatro yemas de huevo y 100 gramos de foie-gras.
En la receta tradicional la liebre se presenta entera, lo cierto es que cuando yo la probé la servían deshilachada, como si fuera un pastel de oscura carne. Con un sabor tan profundo como el que evoca cualquier cuadro de Magritte en el que una receta de liebre royal puede ser casi tan sabrosa como la propia liebre. Un plato al que a lo mejor le convendría una relectura a partir de una cocción al vacío a temperaturas más bajas y un relleno más ligero, con otros matices. Retos de futuro para el diletante.


jueves, 22 de septiembre de 2011

CAp.LXII.- Mis problemas con la (h)ortografía.

Mi amiga Carmen Dot, una de las cocineras con más alma que conozco, me mandó hace unos días un correo comentándome que era una pena que con lo que cuidaba algunos aspectos del blog sin embargo se me deslizara algún gazapo ortográfico. Soy consciente - ya me lo han indicado otros amigos - de que a veces asoma la cabeza un peregil que debería ser perejil, o un a que debería ser ha, así como alguna otra patada al diccionario.
No tengo excusa más álla de mi militancia diletante, especializada en intentar hacer el mayor número de cosas para terminar haciéndolas regular. En mi descargo he de decir que en muchas ocasiones las entradas he de hacerlas a última hora de la noche o al amanecer o con los niños saltando sobre mi chepa; los correctores automáticos ayudan poco a quienes intentamos forzar más allá de lo razonable las palabras, dado que la manía del automatismo transforma palabros conscientemente escritos en otros absurdos.
En mi condición de diletante asumo que debería ser capaz de encontrar el reposo suficiente como para revisar las entradas pero me puede el vértigo del click, aún y así he de advertir que poco a poco he ido revisando algunas entradas, por eso agradecería a quien de modo anónimo o identificándose me advierta de estos gazapos y resbalones-
Como penitencia por mis descuidos propongo un ejercicio de (h)ortografía ya que pienso recuperar una receta de envidias - o puede que endivias - aprehendida/aprendida del M(h)otel Ampurdán.
El M(h)otel Ampurdán acaba de cumplir 50 años, una noticia gozosa/gloriosa en estas fechas en las que todo son cierres y anuncios de cierres, de ahí la envidia que produce este restaurante pegado casi a la frontera francesa.
En los últimos 20 años he estado en muchas ocasiones en el M(h)otel, la experiencia siempre ha sido un placer para todos y cada uno de los sentidos; en muchas ocasiones he tenido la oportunidad de referirme a este restaurante que sigue cambiando la carta en cada estación. En ocasiones he llegado a tomarme hasta tres postres ya que no estaba dispuesto a renunciar ni a las islas flotantes con merengue, ni a los sorbetes, ni al carro de quesos.
No sólo son fantásticos los recuerdos de la Liebre Royal, de la paella de lentejas con cigalitas o los osados pies de cerdo des deshosados con muselina de allioli - o alioli, o ail i oili -, o las raspas de anchoas refritas ... En el Motel no se equivoca uno nunca y, además, tiene la extraña virtud de que es accesible para cualquier bolsillo ya que ofrece platos más que asequibles.
Así que para envidia de la endivia, ejercito mi (h)ortografía para comentar una receta de endivias con flan de crema y jamón ibérico - plato que si lo catalanizo como le gustaba al Sr. Subirós, lo plago de faltas de ortogafía castellana pues las endivias se convierten en endívies, el flan en flam, el jamón en pernil y el ibérico en ibèric.
El plato arranca con ocho endivias - una hortaliza cansina que tuvo su momento de esplendor hace diez años combinadas con crema de roquefort -, endivias que hay que expurgar quitando las hojas exteriores que se reservan. Cortaremos en juliana el resto de hojas para rehogar con un poco de mantequilla a fuego suave.
Cuando la juliana de endivia está atontada se le añade un cuarto de litro de crema de leche y un vasito de caldo de carne - si es de verduras no pasa nada -. Hay que dejar que hierva todo cinco minutos y luego añadir 200 gramos de jamón de york picado, 100 de jamón serrano - si es bueno mejor -, 30 gramos de queso parmesano rallado y un ajete verde bien picado. Dejamos que pierda un poco de calor y añadimos dos huevos crudos que hay que batir bien hasta que quede un "brodo" espumoso.
Hay que buscar por los armarios las viejas flaneras individuales para repartir la crema por los moldes y cuajarlos al baño maría - 120º en el horno, con mucha paciencia; las madres de antaño aprovechaban las cáscaras de los huevos para poner en el recipiente con agua de manera que cuando rompiera a hervir no salpicara a los flanes.
Cuajados los flanes se desmoldan y se forran con las hojas de las endivias que hemos reservado, previamente escaldadas con un poco de mantequilla y el zumo de medio limón para que no se oxiden. la gracia está en que las hojas de la endivia sirvan como molde del flan de endivias.
Para la salsa que napará el flan se rehogan 30 gramos de jamón serrano - que siga siendo bueno - con 30 gramos de mantequilla, un vasito de crema de leche, una pizca de ajo picado, medio vasito de caldo de carne - si es de verdura tampoco pasa nada -, nuez moscada, sal y pimienta. Hay que reducir la salsa para que quede espesa. La salsa ha de hacerse a fuego lento - en el libro que consulto utilizan un gráfico "hacerlo sudar".
Cada flan se presenta en el plato con un poco de salsa y cebollino o pere?il picado para darle el contraste de color.
Como variante diletante propongo forrar los flanes con finas lonchas de jamón ibérico en vez de con las endivias escaldadas.
La receta está tomada del libro de Miquel Berga Histories del Motel, 50 anys de l'Hotel Empordá, Ara llibres, mayo de 2011.
Esta receta hará las delicias de mi amiga Carmen Dot; una receta (h)orto-gráfica, en la medida en la que si sale bien es una delicia también visual.
Como acompañamiento de esta receta aporto la reproducción de un cuadro de Dalí, que tiene su museo principal muy cerca del Motel; el cuadro se llama sublime momento, un título ideal para describir el placer de comer en el Motel un sábado de invierno y pasar la sobremesa en el salón discutiendo de naderías con cualquier amigo.
El cuadro de Dalí anticipaba en el año 1938 las presentaciones de la alta cocina.
Teléfonos, caracoles, cuchillas de afeitar y huevos fritos.


martes, 7 de junio de 2011

CAP.XX.- Crisis de identidad, e identidad de la crisis.

Andaba yo encantado con la pretendida originalidad del blog cuando, de golpe, me dí de bruces con la cruda realidad, también hay muchas páginas web dedicadas al aspecto cultural de la cocina. Por lo menos esta inmersión en la red me ha permitido profundizar en los gustos gastronómicos de Claude Monet, que no cocinaba aunque estuviera obsesionado con la cocina - sus cuadernos de cocina tienen varias referencias en internet: http://cocinaycultura.blogspot.com/2010/09/en-la-cocina-con-monet-1.html.
Tampoco parece que con Matisse tenga mejor suerte ya que la Fundación Thysen organizó hace unos años un menú destinado a fijar cual era el sabor de Matisse - http://gastronomicae.wordpress.com/2009/09/03/del-menu-trendy-al-sabor-matisse/ - proponiendo un menú que incluía Festival de flores (un buñuelo de flor de calabacín y otros pétalos) para abrir boca. Como primer plato, Conversación bajo los olivos:sardinas marinadas con una tapenade de diferentes aceitunas. De segundo, Las dos rayas y el congrio, pescados que el pintor francés reflejó en varios cuadros y que son acompañados deratatouille (pisto de verduras). Como broche Las palmeras, dátiles con limones confitados evocando el mundo vegetal de los lienzos.
No faltan referencias a la Olla Podrida de la Regenta, al pastel nupcial de Madame Bovary y otras delicatessen culturales. En definitiva que si sigo por esta vía corro el riesgo de convertir mi iniciativa en un pastiche de los que ridiculizaba el Equipo Crónica:
El capítulo XX puede ser una buena ocasión para recapitular, he abierto muchos frentes - otros quedan todavía por abrir -. Para la entrada de hoy había encontrado un buen cuadro de Benjamín Palencia, un pintor que no suele estar en los circuitos "trendy" de esta primera década del siglo XXI, sin embargo sus cuadros siguen teniendo un toque moderno.
A partir de ese cuadro recupero una receta muy sencilla del Motel Ampurdán, la primera vez que la probé - hace más de 20 años - descubrí que no sólo me gustaba comer, también me gustaba  disfrutar de los lugares en los que se comía. Llevo más de 20 años acudiendo con cierta asiduidad al Motel Ampurdán, cuando me acerco a aquel hotel a las afueras de Figueras me sigo poniendo nervioso pensando en su carro de postres y en su carro de quesos, todo un rito para finalizar la comida.
La receta que reseño es una de las más simples y, a la vez, más sorprendentes de la cocina catalana, un ejemplo de lo que me gustaría que fuera este blog:
Espinas de anchoas.- Para el plato únicamente se necesitan 40 ó 50 espinas de anchoas bien limpias y bien secas, se dejan a remojo en leche durante media hora.
En una sartén un poco profunda se pone un centímetro de aceite de oliva - puede utilizarse también freidora -, se lleva el aceite a 190º de temperatura.

Remojadas en leche las espinas se colocan sobre un paño de cocina y se espolvorean 100 gramos de harina sobre ella. Sólo queda freir las raspas en el aceite, se sabe que están bien hechas cuando quedan rosadas. Bien escurridas las raspas del aceite se sirven de inmediato para que no pierdan temperatura.
Las espinas fritas han de quedar tal y como aparecen en la fotografia, es un aperitivo sencillo, sorprendente, sabroso, original y muy mediterráneo. El Motel cumple este año medio siglo de vida, el espíritu de Josep Mercader sigue vigente.