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miércoles, 10 de mayo de 2017

CAP. CDXVI.- Porqué soy del atleti y lo mal que lo paso.


Soy del atlético de Madrid, muy del atleti, a quien le guste el futbol comprenderá lo que significa.

Llevo unos días meditabundo, cabizbajo, me escoció mucho que el Madrid me metiera tres goles la semana pasada (digo me escoció porque no me gusta utilizar palabras malsonantes en las redes, no vaya a ser que me censuren), me los metió a mí, no a mi equipo.

Cuando te meten un gol en el minuto 8, después de un fuera de juego posicional, en el campo del RM, un campo agresivo, brabucón, innecesariamente faltón. No queda nada del señorío del que hacían gala hace medio siglo, ahora es el RM es un equipillo más, obsesionado con la historia, con su historia.

Nosotros nos vinimos abajo, es normal que nos vengamos abajo, nuestra vida futbolística ha estado marcada por la fatalidad, parecemos personajes de una tragedia de Shakespeare, enfrentados a nuestro oscuro destino. Hemos tocado varias veces la gloria con la yema de los dedos, hemos saboreado durante algunos segundos el placer de las estrellas, pero caemos estrepitosamente, con estilo, con dignidad, pero con estrépito. Somos maestros de la aptitud y la actitud, durante los últimos años hemos impreso una forma de enfrentarnos a la realidad, al mundo, con intensidad, con respeto, con esfuerzo colectivo. Partido a partido.

Esta noche no veré el partido, me pongo nervioso, yo, que nunca pierdo la calma, en estos partidos suelo angustiarme absurdamente, además mis hermanos pensaban que era un poco gafe.

Me iré a cenar con unos profesores italianos que están de paso por Barcelona, profesores de Florencia. No veré el resultado hasta que no regrese a casa.

Pase lo que pase estaré contento, si ganamos y eliminamos al Madrid además de un milagro será una nueva pequeña cuota de gloria, de esa gloria que rondamos y que no terminamos de rematar. Puede que nuestro encanto se encuentre en ese merodeo por las inmediaciones del Olimpo.

He elegido como cuadro un clásico de Picasso, la Alegría de Vivir, un cuadro que entronca con los grandes cuadros festivos de la historia de la pintura.

Como receta algo sencillo, original, un punto mágico, un aperitivo que muy bien podría servir para una tarde/noche como la de hoy, un aperitivo ideal para acompañarlo con un riesling.

Se necesitan un par de manzanas ácidas (granny Smith), una plancha de salmón ahumado, unas avellanas tostadas y unas cucharadas de azúcar moreno.

Se pasan las avellanas tostadas por una sartén, sin aceite ni nada, se trata de extraer a las avellanas el máximo de humedad, que queden doradas sin quemarse. Cuando estén bien tostadas se retiran y se dejan enfriar (conviene que no tengan muchos pellejillos).

Cuando estén frías se pican – 150 gramos es suficiente - (con una picadora o con el thermomix), se añaden tres cucharaditas de azúcar moreno. Quedará un praliné de avellana muy sabroso.

Se pelan un par de manzanas ácidas, se descorazonan y se parten en láminas de dos milímetros de grosor. Si no se van a usar de inmediato conviene poner a las manzanas un poco de limón para que no se oxiden.

Se extiende la picada de avellana y azúcar en un plato sopero y se van rebozando los trozos de manzana ácida, hasta que queden razonablemente cubiertos del granulado.

Sobre cada rodaja de manzana se pone una lasca de salmón ahumado (conviene que sea de buena calidad). El contraste graso del salmón, dulce del azúcar, ácido de la manzana y tostado de los frutos secos combina a la perfección.

Escribo con prisas, antes de que empiece el partido, antes de huir. Mañana, pase lo que pase, sacaré pecho ante cualquier adversidad, soportaré la burla de los merengones, la soberbia con la que nos miran, perdonándonos la vida. Pero si por esos caprichos del destino ganamos y nos clasificamos, sonreiré, como siempre sonrío cuando llego a territorio hostil, y me acordaré del relato que escribió Fernando de León en el libro que conmemorativo del centenario del Atleti. De León robó una historia sacada de una película francesa, allí unos ejecutivos fanfarrones y ostentosos comentaban, acodados en la barra de un bar, sus éxitos y seducciones, elevaban la voz, no se privaban de detalles, estaban gozosos de que todos los presentes pudieran escuchar lo buenos que eran, su inteligencia, sus triunfos, el dinero que les salía de los bolsillos, el bronceado impecable de su piel, el rizo perfecto sobre la cabeza, el traje impecable, corbata de alta costura.

Acodado en la barra de ese mismo bar un chico en vaqueros, desaliñado, con aspecto de haber tenido poca fortuna en la vida. Sin embargo, estaba feliz, radiante, sin llegar a mirar a sus compañeros de barra sonreía pícaramente, lo que hacía que sus compañeros elevaran todavía más la voz, describieran con mayor detalle sus seducciones, dando incluso nombres de mujeres hermosas y conocidas que habían sucumbido a sus encantos. Cuanto mayores eran las hazañas contadas por sus compañeros, más resplandecía la sonrisa de aquel chaval flacucho y desaliñado.

Daba lo mismo que los gemelos fuera de oro, que los relojes fueran suizos, que no hubieran de incluirse en las listas de espera de los grandes restaurantes, que mujeres de belleza increíble hubieran caído rendidas a sus encantos. El muchacho desgalichado sonreía y disfrutaba con lentitud de una copa de cerveza con unas almendras tostadas.

Desesperado, uno de los ejecutivos agresivo, uno de esos triunfadores que galleaban con sus triunfos se le acercó desafiante y le dijo: “Tú, pringado, porqué te ríes, no te damos envidia, no querrías ser uno de nosotros, no soñarías con disfrutar de una décima parte de todo lo que hemos disfrutado nosotros en la vida”.

El chico le miró a los ojos y, sin perder la sonrisa, les dijo: “no os envidio en absoluto, habéis hecho el amor a cientos de mujeres de bandera, habéis comido en los mejores restaurantes y no tenéis que preocuparos por vuestra cuenta corriente. Os habéis bebido ya seis cubalibres y dentro de un rato iréis a vuestros lujosos apartamentos y dormiréis solos, empapados en vuestras proezas. Yo, sin embargo, no dormiré solo, hace meses que no hago el amor, pero esta noche lo haré, hoy me toca a mí y mi noche, aunque fuera la única de mi vida, vale mucho más que todas vuestras aventuras. Porque es mi noche, porque hoy no tengo incertidumbres, haré el amor y, además, estoy enamorado”. Apuró su cerveza y marchó cantando del bar.

         Mi versión del relato de Fernando de León no es literal, no he encontrado el libro en el que aparece, pero el relato condensa las razones por las que soy del atleti.

martes, 2 de diciembre de 2014

CCCLIV.- Carlos Casagemas se encuentra una revista de cocina en un rincon oscuro del Museo Nacional.


Son las diez de la noche y voy en un AVE de regreso a casa. Había cogido el tren de ida a Madrid a la una y media, llegué a la ciudad a las cuatro y cuarto, di un paseo hasta la sede en la que debía dar una clase a la cuatro y media, terminé la clase a  las nueve menos cuarto, otro paseo a la estación y regreso a casa.

Poco más de cinco horas de viaje total,  cuarenta minutos paseando cerca del retiro y una clase de casi cuatro horas dedicadas a hablar de instituciones preconcursales y refinanciaciones para un grupo de 12 personas.

Cuando me invitan a este tipo de envites – maratones expositivos sin mucho sentido – suelo utilizar una táctica infalible: facilito el correo electrónico a los asistentes, les pido que no tomen nota y me comprometo a acabar la clase en poco más de dos horas seguidas, así la gente puede dedicar las tardes a cosas más útiles, o a pasear, o a besar a su pareja, o a hacer la compra para preparar una cena especial. Si no tienen que tomar notas de lo que les cuento y les resuelvo las dudas por medio del correo electrónico consigo amortizar una parte importante de las horas y me dedico a pasear por Madrid, a entrar furtivamente al Prado para ver aunque sea durante unos minutos las Meninas.

Hoy, sin embargo, no he podido aplicar mi infalible técnica de escaqueo, no había caído en que mi intervención era la inauguración de un curso que se prolonga durante varios meses. Así que yo he llegado apurado al lugar al que me habían convocado – los paseos por el Retiro en las tardes luminosas de diciembre tienen el riesgo de detener el tiempo – y ya estaban en la calle esperándome. Serios y encorbatados, pensando que les había dejado colgados y que había perdido el tren.

Mi falta de previsión ha hecho que esta mañana no me afeitara y que viajara en vaqueros, con una camisa vieja de rallas y una chaqueta vieja pero cómoda. Cuando he llegado al centro el director del curso me ha presentado a un magistrado del tribunal supremo que asistiría a la sesión inaugural, todos los asistentes iban de punta en blanco y yo con la barba cana de un par de días, la mochila llena de trastos y la placidez de haberme dejado llevar por el parque.

Siguiendo la consigna de los dibujos animados preferidos de mis hijos – los pingüinos de Madagascar – he utilizado la frase salvadora: “Cucos y coquetos”, y me he puesto a agradecer a los organizadores la amable invitación, me he sentido honrado de haber sido elegido para dar la sesión inaugural, les he comentado que imponderables de última hora me han impedido acudir con la vestimenta orgánica que requería la ocasión, he contado una anécdota leve para arrancar mi exposición y me he dado cuenta de que mientras el coordinador del curso estuviera en la sala sería imposible escaquearme o arañar unos minutillos de ocio. Así que me he calzado las más de cuatro horas de sesión intentando que no se me durmiera el respetable. Solo me han dado 10 minutos a media sesión para ir al baño, circunstancia que han aprovechado los organizadores para plantearme algunas dudas sobre el programa y el desarrollo docente, no mi sesión, sino sesiones posteriores que finalmente no tenían bien cerradas.

He salido escopeteado hacia la estación pasadas las nueve menos cuarto con intención de pasear de nuevo hacia la estación, esta vez sin animarme a atravesar el Retiro a oscuras.

Paso rápido, mirada al frente y el tiempo justo para coger el tren.

Por la mañana en la estación había cogido una revista de cocina navideña, llena de fotos espectaculares con todo tipo de sugerencias para las fiestas. Mi pasaje de vuelta no llevaba incorporada la cena por lo que he tenido que hacerme con unos sándwiches en el bar del tren, sándwiches y una cerveza no del todo fría; ni siquiera he tenido opción de poder tomar algún bocadillo caliente porque el horno tarda un cuarto de hora en calentar.

Con unos emparedados de fiambre de pollo con un poco de lechuga y mostaza he empezado a hojear la revista. Muerto de hambre después de mi maratón. Tal vez hubiera sido mejor que me hubiera comprado una revista pornográfica, hubiera pasado menos envidia.

En el tren de ida había leído que en Francia se celebraba el bicentenerio de la muerte del Marqués de Sade, debatían sobre si Sade era el primer espíritu libérrimo de la ilustración o si se trataba el último y degenerado coletazo del l’Ancianne Regimen, la exaltación de todos los vicios y excesos del despotismo prerrevolucionario. El pobre Marques, menos libertino en la vida que en su obra, pasó gran parte de su vida de cárcel en cárcel, repudiado por nobles y por jacobinos. Su reivindicación es un hecho relativamente moderno y todavía hay quien le acusa de ser un mal escritor, una imputación a todas luces más dura que la de ser un pornógrafo.

Enganchado a mi remedo de pornografía, sólo culinaria, he ido dando sorbos a mi cerveza caldosa y bocados a los sándwiches correosos mientras disfrutaba de las fotos verdaderamente obscenas de lo que la revista consideraba que debía ser una mesa preparada para la navidad, platos sencillos, vistosos, una especie de Play Boy de la cocina navideña, primeros planos, piezas deslumbrantes, toda clase de lencería sobre la mesa (cubiertos, manteles, cristalería navideña) y fotos trucadas para que cualquier bocado pareciera delicioso.

Yo seguía mordisqueando el pan de molde e intentando que la mostaza no me manchara mi ya castigada chaqueta.

Puse música en el ordenador – un productor funki que responde al nombre de Mark Ronson, hizo algún arreglo para Ami Withehouse -.

Tal vez hubiera tenido que esconderme en el baño del vagón para darle un vistazo a la revista con todas sus procacidades. A mi lado pasaban pasajeros encorbatados – a estas horas el tren es un mar de corbatas y trajes oscuros – que me miraban de reojo, no sé si envidiosos de mi sándwiches o sorprendidos porque un sujeto tan desaliñado como yo pudiera estarse leyendo una revista de las que suelen dejar en las salas de espera de las peluquerías de señoras.

Con mi pelo encanecido y la barba rala nadie diría que venía de codearme con la élite de la jurisdicción y con la cátedra más refinada.

En principio pensaba que hoy le tocaba descansar al diletante, mis otras múltiples personalidades tienen tareas pendientes, sin embargo la imagen del pornógrafo marcando las páginas con las recetas más vistosas me ha despertado unas ganas enormes de escribir, puede como una especie de ejercicio onanista ante la imposibilidad de ponerme a guisar ya que el AVE ni siquiera en la zona de turista plus tiene fogones que nos permitan emular a los de top chef.

De entre todos los platos, cerca de un centenar, el que más me ha llamado la atención ha sido un pastel de pollo con nueces y champiñones, una receta no muy complicada que podría hacer las delicias del marques de Sade ya que debidamente retocada podría despertar los instintos más bajos del marqués de Sade.

La receta originaria – copiada de la revista Lecturas – refiere como ingredientes 250 gramos de pechuga de pollo deshuesada, 150 gramos de carne de cerdo picada, 50 gramos de nueces, 2 huevos, un vaso de leche, medio vaso de vino de oporto, mantequilla, 100 gramos de champiñones, aceite, sal y pimienta.

Sobre esta base he introducido algunas variantes – más que nada porque con el triquetitraque el tren me apetece enredar, he ido a buscar una segunda cerveza, no mucho más fría y queda más de una hora en que el tren llegue a Barcelona.

De momento las pechugas de pollo, cortadas en filetes, las voy a poner a macerar en ron en vez de en vino de oporto. El pollo previamente lo he salpimentado, le he puesto una pizca de canela, otra de jengibre, nuez moscada y cominos – todo en pequeñas proporciones.

Lo dejo macerando tres horas, hasta que consiga que la carne quede oscurecida por el ron – es ron moreno, añejo, no hay que ser rácano con los licores que sirven para macerar.

Escurro la carne bien, reservo una parte del jugo, y salteo el pollo en una sartén, con aceite de oliva. Rehogado el pollo lo escurro otra vez y pico la carne.

En el aceite que ha sobrado sofrío los champiñones cortados en láminas, fuego suave.

Mezclo la carne del pollo con la carne picada de cerdo – mejor si es un poco magra, si fuera posible de cerdo ibérico -, le añado unos taquitos de jamón serrano, poca cosa y no muy gruesos.

Mezclo bien, incluso con las manos, añado los guisantes y un poco del ron que me sirvió para macerar. Casco los dos huevos, los bato bien antes de mezclarlos con la carne, añado la leche y sustituyo las nueces por unos pistachos pelados de color verde.

Hundo los dedos en la masa para comprobar que todo queda bien amalgamado, puede que haya quedado soso, por lo que rebusco en la nevera hasta encontrar una lata de foie gras de pato que añado a la melange.

Engraso un molde alto con mantequilla, pongo el horno a 120 grados y meto la mezcla para que se cocine suavemente durante un par de horas, dándole un vistazo de vez en cuando para comprobar que la parte superior no queda muy dura.

Poco antes de las dos horas pincho con un cuchillo de hoja fina la parte central, queda un pelín húmeda la hoja pero se nota compacta. Lo retiro del fuego y lo dejo enfriar durante unos minutos antes de llevarlo a la mesa, adornado en una fuente con hojas de rúcula y granos de granada, un cuenco con mostaza y rebanadas de pan tostado.

Queda un rato todavía hasta que lleguemos, en mi pasillo se han aflojado los nudos de muchas corbatas e incluso algún pasajero ronca felizmente. Yo prefiero no dormir, me juego la noche; la película que ponen es infumable, creo que era la misma que pusieron la semana pasada, cuando me tocó viajar a Lérida.

Intento encontrar un cuadro que encaje bien con la receta, curioseando por intenet llego a la página web del Museo Nacional de Cataluña – les gusta poner lo de nacional a cualquier cosa que propongan -, anuncian una exposición de Carlos Casagemas, Barcelona está lleno de carteles anunciando la exposición.

Si Carlos Casagemas hubiera vivido y muerto en nuestro tiempo su historia estaría condenada a las páginas de sucesos, a los rincones más deleznables de la información, los vergonzantes. Sin embargo como murió a principios del siglo XX, allá por mil novecientos uno, se le perdona casi todo.

Carlos Casagemas era un pintor y poeta amigo de Picasso, uno de los animadores dels Cuatre Gats, acompañó a Picasso a París y con él se bebió el Sena. Casagemas, con apenas 21 años, se enamoró localmente de una de las modelos de Picasso, una tal Germaine a la que de vez en cuando se beneficiaba Picasso. Casagemas, con 21 años cumplidos, era un chico atormentado, con tendencia a la melancolía; además por lo visto era impotente en todos los sentidos.

Germaine resultó ser mucha mujer para él, hizo ascos al muchacho y siguió con sus posados y con sus reposadas, ajena a los sinsabores de su enamorado. Picasso se llevó a su amigo a Málaga, para ver si olvidaba ese amor fou; de regreso a la París Casagemas retomó su obsesión por la modelo.

Una noche, coincidiendo Casagemas con Germaine y otros amigos, el desdichado Carlos hizo el gesto de buscar en el bolsillo de su gabán lo que todos creían que sería una carta de amor, o un poema, en realidad sacó una pistola, apuntó hacia Germaine, a quien apenas inquieto ya que entre los nervios, la zarabanda que se organizó y la impericia del enamorado para las cuestiones de tiro, erró el primer disparo. El segundo lo tenía más fácil, se llevó el cañón a la sien y se suicidó delante de todos, de todos menos de Picasso.

Picasso, puede que marcado por la tragedia, o apesadumbrado por haber estado triscando ocasionalmente con la modelo, con su hermana y con cualquier falda que se le pusiera a tiro, se sumió en cierto estado melancólico que le llevó a abandonar los colores, entró en lo que se conoce como el período azul de Picasso; en homenaje a su amigo pintó algún cuadro, incluso evocando al Greco y su entierro del Conde Orgaz; el rostro sufrido y sufriente de Casagemas aparecía en alguno de los cuadros de esa época, en arlequines, en payasos desmadejados, en modelos deslavazados esperando en cuartos azules.

Seguramente si Casagemas no hubiera sido un desequilibrado, un pobre psicópata, su obra se hubiera diluido en la mediocridad, hubiera envejecido a la sombra de su amigo, quien sabe si no hubiera terminado por hacerse funcionario de la diputación de Barcelona para ganar un sueldo digno, casarse y olvidarse de sonetos y pinceles. Puede que Casagemas decidiera poner fin a su vida prematuramente como modo de acceder a la eternidad, como vía para pasar a la historia del arte.

No veo en el tren a ningún Casagemas, ni armado ni desarmado; puede que los Casagemas viajen en interrail, lleven en las mochilas libros del marqués de Sade y escriban poesías en las servilletas de los bares de la estación. Puede que ya no existan modelos como Germaine, puede que quienes visiten la exposición de Casagemas en el museo de Montjuich no lleguen a saber nunca qué misterio esconden las pocas pinturas que pudo dejar para la posteridad. Puede que todos los problemas del pobre Casagemas se debieran a una mala alimentación, por lo que  no descarto pasarme mañana por el museo y dejarme olvidada mi revista de cocina e uno de los rincones, para que cuando por las noches vague lloroso el espíritu de Casagemas se sumerja en las oscuridades de los platos navideños, deje en paz a las modelos huidizas y disfrute de la posteridad.