domingo, 7 de octubre de 2012

CAP.CXC.- Introducción a la Cocina: 7ª Receta.


El domingo amaneció lluvioso y oscuro, Germán hubiera preferido quedarse vagueando en la cama pero Gerard le aguardaba para ir al partido. Germán había dormido plácidamente, con la placidez de una victoria inesperada; sin embargo nada más despertarse el reflejo de la desconfianza le llevó como un resorte al salón, sobre la mesa descansaba el libro de Chagall y los trescientos euros en billetes de 20, arrugados, esparcidos por la mesa. El libro del Chagall era, pues, el único “tesoro” que había tenido el vida, el tesoro con el que soñaba ya desde adolescente, algo que le permitiera ser especial, disfrutar de un objeto único. Aunque su primer pensamiento lo había destinado a su profesora, lo cierto es que hasta que se diera esa improbable oportunidad de regalárselo el libro sería suyo. Daba lo mismo que no supiera francés y que hasta hacía pocas semanas no tuviera mucha idea de quien era Marc Chagall, daba lo mismo no saber si era una burda imitación o si se trataba de una joya única, un regalo que realmente hiciera el pintor a un pescador de Tossa.

Miró la dedicatoria y el simple boceto firmado por Chagall, jugó a intentar traducir algunas palabras sueltas que le sonaban del francés, leyó en voz alta algunas frases entonando en un francés imposible. Tomó apresuradamente un café y marchó a recoger a su hijo, aunque lloviera a cántaros el partido se tendría que jugar. A media mañana devolvería a Gerard a casa de su madre y regresaría para volver a toquetear el libro, a buscar un lugar seguro en su habitación en el que pudiera esconder su inesperado tesoro.

A las ocho de la mañana de un domingo de noviembre la ciudad estaba deshabitada casi por completo, algún mendigo dormitaba acurrucado en los soportales de los cajeros de los bancos, abrían las primeras panaderías y algún bar.

Aparcó el coche en el lugar de costumbre a pocos metros del portal del que fuera su domicilio, encendió la radio y aguardó a que bajara Gerard; a Germán le gustaba escuchar radio fórmulas con éxitos de los años ochenta y noventa, canciones que pudiera reconocer. Sonó un viejo éxito de Dire Straits, “Romeo & Juliette”. Recordó haberle regalado ese disco a Olga al poco tiempo de ennoviarse, un vinilo que se había quedado en Gran Desgracia olvidado en el altillo. Escuchando la canción, que no entendía, le vino a la cabeza una preocupación que le llevaba rondando cierto tiempo pero que hasta esa mañana no había podido o sabido concretar: ¿Estaba enamorado ? o, lo que podía ser más grave ¿ había estado alguna vez enamorado ?, ¿ sabía realmente lo que era el amor ?

En un mundo idea, o idealizado, Germán hubiera querido sentarse aquella mañana a desayunar con su hijo y preguntarle a cerca del amor. Por su edad y por algunas pistas en forma de SMS guardados en su teléfono Germán sabía que Gerard había tenido ya los primeros econtronazos con el amor; era feo revisar los correos pero resultaba una tentación inevitable cuando quedaba el móvil abandonado sobre el sillón del salón.

Como su mundo no era ideal, ni estaba idealizado, por lo menos Germán no había sido capaz de crear ese clima, tuvo que contentarse con los habituales gruñidos y monosílabos con los que solían comunicarse; ni por asomo se atrevió Germán a preguntar a Gerard por su estado sentimental y mucho menos a facilitarle algún dato sobre el suyo. Germán recibió una escueta información sobre la marcha de los estudios, alguna vaga referencia a la pequeña – recuperada ya del todo – y tres o cuatro apuntes sobre el rival de aquella mañana, un equipo duro del extrarradio que mantenía a base de patadas y marrullerías el primer puesto en la liga intercolegial; en un partido anterior Gerard había tenido más que palabras con un defensa central que le había asegurado que le iba a destripar y estaba deseoso de rencontrarse con el en el barrizal y ajustar cuentas pendientes.

Germán dejó a su hijo en la concentración y recuperó el ritual de encontrar un bar en el que almorzar; las lentejas del día anterior habían quedado estupendas pero lo cierto es que desde el mediodía del sábado no había probado otro bocado que el de la victoria a las cartas. Dio con una taberna oscura a pocos metros del campo de futbol. La prensa deportiva, un par de cañas y un bocadillo de butifarra negra fueron su única compañía durante un par de horas.

El partido empezó a las diez de la mañana, había dejado de llover pero el campo estaba impracticable, no había apenas padres en la grada y, como era previsible, el equipo de su hijo perdió por tres goles a uno. El defensa central le había marcado los tacos a Gerard en el muslo, Gerard en otro lance había soltado un codazo instintivo que le había hecho saltar dos incisivos a su rival, acción por la que fue inmediatamente expulsado. Aunque el resultado del partido no había sido ni mucho menos favorable Gerard salió de la ducha eufórico de haber salido victorioso de su choque, cierto es que cojeaba y que seguramente le sancionarían con dos o tres partidos, pero peor suerte había corrido su rival, que abandonó el campo con una toalla taponándole la boca, escupiendo sangre. En un mundo ideal, o idealizado, Germán hubiera debido reprender a su hijo por su reacción violenta pero en ocasiones ese clima que mezclaba incomunicación con camaradería favorecía los largos silencios.

No hablaron de amor, tampoco de respeto, no hablaron de violencia, ni de deportividad. Se dieron un leve beso en la mejilla y Gerard salió corriendo poco antes de la una para llegar a tiempo a la casa ya que tenían una comida fuera de la ciudad con los hijos de Ricard, el marido de su madre; dos gemelos adolescentes un poco más pequeños que la pequeña Olga, encabronados con el mundo y, por extensión, con su padre y con todo lo que tuviera que ver con su padre ya que pensaban que Ricard atendía mejor a los hijos de su nueva pareja que a los suyos propios.

Germán, de nuevo solo, retomó lentamente el camino hacia su casa y, con ello, sus reflexiones sobre el amor: ¿Estaba enamorado de Luz?, ¿Se habría enamorado Germán alguna vez?

Germán, poco dotado para las emociones, encendió el ordenador pensando que Google le podría dar alguna pista, tecleó “amor” en el visor del buscador de Google y, de inmediato, aparecieron ciento ochenta y cinco millones de resultados en apenas 0’34 segundos. La Wikipedia funcionaba como un potente reparador emocional: “El amor es un concepto universal relativo a la afinidad entre seres, definido de diversas formas según las diferentes ideologías y puntos de vista (científico, filosófico, religioso, artístico). Habitualmente, y fundamentalmente en Occidente, se interpreta como un sentimiento relacionado con el afecto y el apego, y resultante y productor de una serie de emociones, experiencias y actitudes. En el contexto filosófico, el amor es una virtud que representa toda la bondad, compasión y afecto del ser humano. También puede describirse como acciones dirigidas hacia otros y basadas en la compasión, o bien como acciones dirigidas hacia otros (o hacia uno mismo) y basadas en el afecto. En español, la palabra amor (del latín, amor, -ōris) abarca una gran cantidad de sentimientos diferentes, desde el deseo pasional y de intimidad del amor romántico hasta la proximidad emocional asexual del amor familiar y el amor platónico, y hasta la profunda unidad o devoción del amor religioso. En este último terreno, trasciende del sentimiento y pasa a considerarse la manifestación de un estado de la mente o del alma, identificada en algunas religiones con Dios mismo y con la fuerza que mantiene unido el universo. Las emociones asociadas al amor pueden ser extremadamente poderosas, llegando con frecuencia a ser irresistibles”.

Podía Germán afirmar que se sentía afín a una persona a la que apenas conocía o era el suyo un deseo pasional, una fuerza poderosa e irresistible que, sin embargo, no le había permitido ni tan siquiera esbozar una ceremonia de acercamiento hacia Luz.

Tecleó nuevamente en el visor, esta vez la palabra fue “enamoramiento”; de nuevo la Wikipedia salió en su auxilio: “El enamoramiento es un estado emocional surcado por la alegría, intensamente atraído por otra persona y la satisfacción de encontrar a otra persona que es capaz de comprender y compartir tantas cosas como trae consigo la vida. Desde el punto de vista bioquímico se trata de un proceso que se inicia en la corteza cerebral, pasa al sistema endocrino y se transforma en respuestas fisiológicas y cambios químicos ocasionados en el hipotálamo mediante la segregación de dopamina. Según Yela (2002), a diferencia de la creencia generalizada de que el enamoramiento es un fenómeno impredecible y aleatorio, un número creciente de científicos sociales han construido diferentes modelos teóricos que describen y explican el enamoramiento. Las características principales del enamoramiento son sintomáticas, las cuales según la mayoría de autores son:

 Intenso deseo de intimidad y unión física con el Individuo (tocarlo, abrazarlo, relaciones sexuales). Intenso deseo de reciprocidad (que el Individuo también se enamore del sujeto). Intenso temor al rechazo. Pensamientos frecuentes e incontrolados del individuo que interfieren en la actividad normal del sujeto puro. Pérdida de concentración. Fuerte activación fisiológica (nerviosismo, aceleración cardíaca, etc.) ante la presencia (real o imaginaria) del individuo.  Hipersensibilidad ante los deseos y necesidades del otro. Atención centrada en el individuo. Idealización del Individuo, percibiendo sólo características positivas, a juicio del sujeto. El proceso de enamoramiento suele comenzar con una atracción física inicial hacia otra persona”.

Reducido el amor a un conjunto de síntomas a Germán le resultaba más sencillo explorarse, autodiagnosticarse y, en la medida de lo posible, automedicarse: tenía problemas claros de concentración y cierta intensidad no sólo en el deseo, también en el temor.

La cuestión no era si estaba enamorado de Luz – creía estarlo -, la cuestión era si alguna vez había estado enamorado, aquella pregunta le obligaba a un ejercicio que había evitado durante décadas. Olga y él nunca hablaron de amor, sí que hablaron de desamor cuando Olga le dijo que quería separarse y que se había enamorado de otra persona, en aquel momento a Germán le pareció que Olga y él nunca estuvieron en realidad enamorados, sólo encadenaron una serie de situaciones más o menos cómodas que supieron combinar con un grado intenso de atracción, sobre todo al principio.

Olga y Germán se conocían prácticamente de toda la vida, unos tíos de Germán era íntimos amigos de los padres de Olga, esa casualidad hizo que desde niños coincidieran habitualmente en encuentros familiares – cumpleaños, comuniones, navidades … -, por eso cuando se encontraron en el instituto el contacto fue sencillo y Germán enseguida se enganchó al grupo de amigos y amigas de Olga, chicos aplicados, sin grandes preocupaciones.

Olga inicialmente rechazó a Germán, la Olga de los entornos familiares tenía poco que ver con la Olga del instituto. En casa ella era una chica callada y estudiosa, fuera de la casa era una mujer de carácter fuerte, la primera en fumar en el grupo, la que siempre tenía claro donde ir y que hacer, la que organizaba los turnos para coger apuntes. Olga tenía miedo de que Germán pudiera descubrir en su entorno familiar aquella dualidad y, lo que entonces le parecía más grave, descubrir que fumaba y que salía con un chico que estaba a punto de terminar el COU.

A los pocos meses de iniciarse el curso Olga y su novio cortaron, lo hicieron de modo abrupto y público ya que en una de las primeras fiestas aquel muchacho se lio con otra chica del instituto. Olga perdió de repente su halo de mujer indestructible y segura, instante que aprovechó Germán para aproximarse a ella discretamente, descubriéndola un puente entre la Olga doméstica y la mundana, un puente en el que ella podía refugiarse. Tardaron poco tiempo en empezar a bailar juntos y, con esos bailes, Germán fue desenredando su pelo, acariciándole la espalda, aproximando la mejilla, buscando sus pechos. Fue un proceso lento de casi dos cursos.

A ojos de todos los amigos Olga y Germán se habían hecho novios mucho antes de que lo aceptaran ellos, de modo que cuando lo hicieron público su romance era un secreto a voces. Olga empezó a estudiar en la facultad de Biología, Germán intentó una ingeniería, aunque en pocos meses descubrió que le venía excesivamente grande, que tendría que contentarse con algún peritaje técnico. La inercia del tiempo juntos hizo que cuando ella aprobó las oposiciones para profesora de instituto y el fue contratado en el ayuntamiento gracias a un enchufe de la familia de Olga, enseguida surgieran los planes de vivir juntos y de inmediato de boda; empujados por un entorno familiar y de amistad en el que todo el mundo les consideraba la más perfecta de las parejas. Germán estaba convencido de que si el diagnóstico de su entorno era que hacían una pareja perfecta era evidente el que a ojos del mundo estaban enamorados, de ahí que validara esa opinión como suya, aunque la verdad es que los “tequieros” cruzados durante muchos años eran tan anodinos como los “pásameelsalero”, fruto de una rutina más o menos cómoda y agradable, así como de cierta complicidad física. Germán no podía recordar una fase de intensidad ni tan siquiera en el arranque del instituto, puede que sí hubiera un deseo físico de capturar a aquella chica tan mona y callada que aparecía en todas las fiestas familiares desde que tenían uso de razón.

Germán estaba bastante desconcertado, había iniciado la mañana preguntándose si estaba enamorado de Luz y, pasadas las tres de la tarde de aquel domingo llegaba a la conclusión de que nunca había estado enamorado de Olga y todo por culpa de la sintomatología del amor sacada de la Wikipedia.

Empezaba a sentir mariposas en el estómago, no de amor sino de apetito; en la calle había  arrancado de nuevo la lluvia y casi sin quererlo Germán se encontró revolviendo en la cocina, colocando sobre la tabla de cortar restos de verduras. De modo instintivo se había puesto a cocinar, por primera vez en su vida lo de cocinar no era una imposición desagradable sino un gesto intuitivo, sabía que si rehogaba un poco de cebolla con trocitos de pimiento, un calabacín y tres o cuatro tomates tendría la base para una sanfaina en la que podría cuajar un huevo con unas tiras de jamón. Quedaban en el armario unas rebanadas de pan de molde que podría tostar para acompañar al huevo. Había sal, un molinillo de pimienta, un bote con orégano en polvo, otro con albahaca, si combinaba las especias con el preciso descuido que le había visto a Luz podría preparar un platillo más o menos potable que le evitaría salir a la calle en busca de lasañas precocinadas y salchichas de Frankfurt.

Un cuartillo de vino olvidado en una botella y casi oxidado le permitió acompañar la comida y, lo que era más importante, transitar hacia la siesta sin grandes estridencias. La siesta, sin embargo, no fue todo lo reparadora que pensaba ya que invadió su sueño una Gladys provocadora y carnal que reivindicaba no sólo un lugar en su historia sino, lo que era más preocupante, también en su cama. Sueños húmedos que Germán no sabía como gestionar.

A media tarde llamó a sus hijos para recibir el parte del fin de semana.

Decidió guardar el libro de Chagall en el cajón de la mesilla de su dormitorio, debajo de la ropa interior; volvió a contar el dinero ganado – 340 euros al final, un pellizco extra que le permitiría alguna alegría -. En la calle seguía lloviendo sin parar, por lo que regresó al salón buscando alguna película que le permitiera terminar de transitar por aquel raro domingo que había destinado a buscar, sin mucha fortuna, el verdadero sentido del amor.

Era complicado “domesticar” a la soledad, Germán no lo había conseguido del todo, aunque sí había aprendido a dejar la mente casi en blando y dejar que discurrieran las horas sin sobresaltos delante del televisor, en un eterno zapeo de un programa a otro. El divorcio le había cogido de improviso, la pensión pactada de alimentos, el alquiler del nuevo piso y los gastos corrientes comprometían la práctica totalidad de sus ingresos, por lo que el refugio de la calle y de los bares que había visto en otros amigos separados le resultaba a Germán imposible ya que cada tarde/noche que salía para mitigar su soledad le generaba un pequeño descalabro financiero; los 30 ó 40 euros que gastaba si salía a tomar una cerveza o a ver el partido de futbol en el bar de la esquina se lo tenía que escamotear a sus hijos, que estaban acostumbrados a que cuando visitaban a su padre le arrancaban una pequeña sobrepaga de 5/10 euros con las que completar la semanada.

Al principio de la separación Germán fue bandeando las estrecheces a base de horas extras, horas que acumulaba casi agradecido no sólo por la pequeña inyección económica, sino sobre todo por las horas que le ocupaba. Cuando llegó la crisis y con ella los recortes terminaron las horas extra y fueron llegando las reducciones de sueldo tanto para él como para Olga, lo que generó algunas fricciones y ajustes que consiguieron gestionar al margen de los niños. Germán tenía que financiar con la tarjeta de crédito del Corte Inglés los 15 días de vacaciones que le tocaban con los chicos, gestión que le obligaba a fraccionar en 12 mensualidades las dos semanas que pasaban en un hotel de la costa de Tarragona, no muy alejado de Salou, en el pasaban con un “todo incluido” la primera quincena de agosto. Tanto Gerard como Olga acudían encantados ya que la mayoría de sus amigos veraneaban en El Vendrell y en Torredembarra, lo que había obligado a Germán a convertirse en un taxista permanente que llevaba a sus hijos de una playa a la otra para que sus hijos regresaran contentos.

Soledad, desamor y falta de recursos económicos era una combinación lisérgica que colocaba a Germán en una situación de agobio permanente que sólo mitigaba a golpe de tarjetazo de El Corte Inglés, que le permitía pequeños lujos cuyo plazo iba aplazando durante meses.

Las clases de cocina habían aparecido primero como una terapia barata y cercana, también como un medio para intentar reducir los gastos en congelados y precocinados; lo que no pensaba Germán es que terminarían convirtiéndose en una precipitada educación sentimental.

Estaba deseando que llegara el lunes para rastrear por las pantallas de los ordenadores del trabajo hasta dar con el coche de Luz y poderla ir persiguiendo por Barcelona, intentando descubrir sus hábitos y rutas, intentando aprender un poco más de ella. Poco a poco fue descubriendo que dos mañanas a la semana Luz aparcaba su coche en el parking de la catedral y que desde allí iba caminando a una escuela de cocina que había frente a la Iglesia de Santa María del Mar, Germán no sabía si Luz acudía en calidad de profesora o de alumna, aunque sí le daba la posibilidad de poderse hacer el encontradizo ya que salía de la clase cerca de las dos de la tarde; las aulas no estaban lejos de las oficinas en las que trabajaba Germán que sólo necesitaba hacerse con un poco de valor para intentar abordarla por casualidad a la salida de la clase.

Otros dos días de la semana Luz marchaba a eso de la media mañana a un centro municipal muy parecido al que acudía Germán; allí estaba casi una hora. También acudía a un comedor social del Raval sin duda para preparar la comida a los necesitados del barrio. La vida de Luz giraba en torno a los alimentos, era una apasionada de la cocina que había conseguido ganarse la vida cocinando, enseñando y aprendiendo a cocinar. Germán iba construyendo con la precisión de un relojero los horarios e itinerarios de su profesora, detalles que apuntaba minuciosamente en una libreta titulada las Rutas de la Luz, una libreta en la que también iba pegando reproducciones de cuadros de Marc Chagall que normalmente localizaba gracias a internet. La última de las láminas que había conseguido se titulaba Romeo y Julieta, como la canción de Dire Strait.
 

Llegó el jueves y con él la clase de cocina, sexta sesión, la última dedicada a los primeros platos. Luz les proponía una crema de calabaza con langostinos. Germán tomó algunas anotaciones complementarias sobre la receta que les había fotocopiado la profesora: La crema quedaba en tonos naranjas, rojos y blancos. Para que la crema quedara perfecta necesitaban un pasapurés o un chino, otro cachivache que Germán se veía obligado a comprar haciendo que su cocina, inicialmente despoblada, se fuera ocupando por instrumental que hasta esa fecha a Germán le resultaba insospechado; cada uno de los instrumentos de cocina comprados durante esa semana, cada uno de los ingredientes hasta la fecha novedosos le evocaban a Luz.

Cuando entró en la clase, libreta en mano, se encontró de improviso con Gladys, que le recordó:

-      Usted y yo tenemos asuntos pendiente, creo. Me tiene mi niño un poco abandonada.

Germán apenas pudo balbucear un: “No tenía forma de localizarte” y seguir con un “la semana que viene me gustaría invitarte a cenar. Esta semana imposible, me tocan niños”. La excusa fue suficiente como para aplacar las iras de Gladys, aunque quedara en el aire el compromiso de una cena en la que abordar esos asuntos pendientes.

El sábado Germán le preparó a sus hijos la crema de calabaza con langostinos.

Empezó deshaciendo en una cacerola 125 gramos de mantequilla – justo la mitad de una pastilla normal -, le echó un poquito de acepte porque Luz aseguraba que con el aceite evitarían que se tostara la mantequilla.

Cuando la mantequilla estaba deshecha añadió un puerro picado, sólo la parte blanca, lo salpimentó y bajó el fuego al mínimo para que el puerro se hiciera poco a poco. Cuando los trocitos de puerro quedaron casi transparentes añadió 350 gramos de calabaza picada – la había encontrado ya pelada, despepitada y troceada en una bolsa al vacío en el supermercado –, dos patatas peladas a cuadritos y una zanahoria pelada y picada. Añadió una pastilla de caldo de pollo y removió todo unos segundos. Luz les había dicho que además de la pimienta podían utilizar como especias el curry, el comino o la nuez moscada; Germán en un arrebato de osadía había comprado un botecillo de cada una de las especias y había puesto media cucharadita de café de cada una de ellas en el sofrito. El curry intensificó el color naranja, el comino y la nuez moscada consiguieron que el guiso tuviera un intenso olor a madera.

Cubrió el sofrito con un litro de agua y subió el fuego a la máxima potencia, potencia que mantuvo hasta que el agua empezó a hervir. Cuando rompió el hervor bajó de nuevo la llama para que los ingredientes se cocieran lentamente y sin mucha evaporación.

Al cabo de 20 minutos pinchó con un cuchillo los trozos de patata, que estaban ya cocidos. Era el momento de tomar una decisión complicada, la de añadir un brick de crema de leche o de optar por mantener la crema sin ese ingrediente – iba en gustos lo que pasaba es que según la profesora el uso de la crema de leche aunque hiciera el plato más cremosos lo convertía en más pesado -; Germán prefirió añadir la crema por miedo a que el plato quedara insulso.

Había comprado el dichoso chino, un aparatoso cacharro metálico lleno de agujeritos sobre el que depositó primero los trozos de patata, calabaza, zanahoria y los hilos de puerro; sobre aquella pasta colocó un disco metálico accionado por una manivela que convertía los trozos n puré; mientras con una mano iba dando a la manivela con la otra vertía poco a poco el caldo para conseguir que el puré se fuera convirtiendo en crema y cayera sobre un bol que fue tiñéndose de naranja hasta completar un litro cumplido de crema muy fina que reservó sobre la encimera de la cocina.

Le hubiera encantado comprar langostinos frescos pero su precio era imposible, la propia pescatera le recomendó que comprara unos langostinos congelados que vendían al peso y que le saldrían mucho más económicos e igual de sabrosos, sobre todo para una crema.

Los había comprado el día anterior y, por indicación de la vendedora, los dejó en un plato para que se descongelaran poco a poco toda la noche. Recordaba que Luz había descabezado y pelado los langostinos sobre el bol con la crema, de modo que iba cayendo a la crema el juguillo del langostino, lo único era tener cierto cuidado para que no cayeran también restos de las cáscaras que afearan la crema.

Cuando hubo pelado todos los langostinos – 24 en total – sobre la superficie de la crema quedaban manchas rojizas del jugo del marisco; lo removió con firmeza hasta que homogeneizó de nuevo el color de la crema.

Abrió por la parte superior los langostinos pelados con la punta de un cuchillo, de modo que se abriera como la hoja de una palmera. Puso una sartén grande con una gotita de aceite y la mantuvo en el fuego hasta que empezó a humear; cuando humeaba fue colocando los langostinos pelados que rápidamente acentuaron su apertura cocinándose a la plancha en un momento; los retiró a un plato y allí les añadió una pizca de sal y otra de pimentó dulce. De los 24 langostinos picó 15 en pequeñas rodajas que añadió a la crema, los 9 restantes los reservó para adornar el cuenco en el que los serviría, cada cuenco llevaría asomados tres langostinos pelados a la parrilla.

Para terminar de presentar el plato sólo le quedaba añadir unas pocas pipas peladas – la otra posibilidad que barajó luz fue unas semillas de sésamo tostadas -, un chorrito de aceite de oliva virgen y la crema podría ir a la mesa.

De segundo plato Germán preparó a sus hijos unos filetes de pechuga de pollo empanadas con patatas fritas.

miércoles, 3 de octubre de 2012

CAP.CLXXXIX.- Descubriendo los macarrones.


Creo que ya he comentado en alguna ocasión que uno de mis primeros recuerdos de gourmet fue un programa de la televisión francesa que se llamaba La Cocina de los Mosqueteros, lo presentaban dos matronas francesas rodeadas de grandes marmitas que mezclaban cantidades ingentes de verduras entre risotadas y aspavientos. Lo ponían después de la retransmisión del Tour de Francia y en el mes de julio lo sintonizábamos casi por casualidad, fascinados por el Tour, no por los fogones. Entonces debía tener siete u ocho años.

Cuando muchos años después descubrí que Alejandro Dumas era un gran cocinero y mejor comilón me hizo gracia mantener ese hilo de contacto entre la literatura y la gastronomía casi desde la infancia.

Hace pocos meses descubrí que la editorial Gadir había editado un libro de Alejandro Dumas titulado Diccionarios de cocina. El libro lo he hojeado en las librerías en varias ocasiones y siempre me echó para atrás que era excesivamente sencillo, que no había apenas rastro de la fuerza narrativa de Dumas y que todo se reducía a una relación más o menos ordenada de lugares comunes y de anécdotas facilonas en torno a los guisos y a los productos.

En una de estas horas muertas dedicadas a la lectura furtiva en grandes almacenes, haciendo tiempo hasta que los niños salen del colegio, localicé una voz del diccionario que podía tener un poco más de enjundia referido a los macarrones.

Lo divertido del comentario era vez como Dumas en el arranque del siglo XIX celebraba la llegada de los macarrones a la cocina francesa, celebración que tomaba como una gran novedad. Casi doscientos años después los macarrones se han integrado en nuestra cocina hasta el punto de ser un plato casi vulgar, un plato de batalla, sólo en Italia me he encontrado algunos restaurantes de cierto postín en los que todavía se atreven a introducir en su menú platos con macarrones que harían las delicias del más exigente gourmand.

Entre las grandes virtudes del macarrón se encuentra su nombre se remonta al griego en el que la palabra “Makàrios” se refiere a la persona feliz, beata; de makàrios pasó a makaria – una pasta hecha a base de cebada y avena – y de makaria a macheroni, por lo tanto los macarrones se convierten en la antesala de la felicidad.

Cuenta Dumas que los macarrones llegaron a Francia por medio de la italiana Catalina de Médicis, que se casó con Enrique II; asegura el autor que los macarrones nunca hicieron furor. Considera Dumas que los macarrones son originarios de Nápoles, patria del macarrón, donde lo preparan de mil maneras; es un plato de ricos y de pobres – los lazzaroni napolitanos que son un remedo de los picaros castellanos.

Dumás prefiere los macarrones que no sean demasiado gruesos, justo del grosor de una brizna de paja, se han de hervir en agua salada, incluso mejor en caldo, los aliña con queso rallado parmesano – ¾ de kilo -, mantequilla y caldo de buey.

Se aventura a dar una receta sobre el caldo, hecho a base de lomo de buey – 3 libras -, 6 tomates y 6 cebollas blancas que él denomina Españolas. Hay que hervir en agua fresca estos ingredientes durante 3 horas y después colarlos.

El caldo sirve de base para los macarrones ya que se ponen un par dedos de caldo y sobre ellos una cama de macarrones; sobre los macarrones se espolvorea el queso rallado y sobre ese queso un poco más de caldo con un sofrito de cebolla, tomate, ajo, pimiento rojo, sal, pimienta, champiñones, crestas de gallo, trufa, taquitos de jamón cocido y lengua, sofrito ligado con generosa cantidad de mantequilla.

Se gratinan al horno y se llevan a la mesa.

Partiendo de esta receta básica de macarrones me ha venido a la memoria otro plato de macarrones que durante muchos años me gustaba pedir en un restaurante cercano a Santa María del Mar, el Senyor de Perellada, una sucursal de la Fonda Europa de Granollers; allí anunciaban en su carta los macarrones del Abogado Solé, un líder sindical del tardofranquismo que aunaba en una sola figura la de comunista y vividor, cuando ser vividor no estaba mal visto por los comunistas y ser comunista no era un obstáculo para ser vividor.

El abogado Solé – Solé Barberá para más señas, diputado por el PSUC en la primera legislatura – solía pedir ese plato cuando salía de las magistraturas en los años setenta, después de haberse peleado con jueces del régimen y funcionarios de dudoso pedigrí.

Los macarrones del Abogado Solé llevan los siguientes ingredientes:

•400 g. de macarrones

•200 g. de hojas de espinacas frescas lavadas

•150-200 g. de bacon cortado a dados pequeños

•4 tomates maduros de pera

•250-300 g. de nata líquida

•1 diente de ajo laminado

•40 g. de mantequilla.

El truco de este plato de macarrones era que el bacon – en realidad panceta o carnsalada ahumada, nada que ver con el bacon infame que venden empaquetado en los supermercados – se cortaba en daditos, no en lonchas. As espinacas apenas reciben un hervor. Se ligan los ingredientes de la farsa de los macarrones a fuego muy suave, deshaciendo primero la mantequilla, sofriendo el bacon, salpimentándolo, añadiendo el ajo laminado – que no debía freírse, sino confitarse -, después los tomates pelados, las espinacas crudas para que se cocieran en la grasa. Finalmente un vasito de la nata líquida, que no debía hervir, sólo calentarse y dejarse llevar por un ligero y permanente meneo de sartén – no muy lejano al del pil pil – que trabara bien la salsa. Mi subconsciente me anima a añadir un puñadito de piñones pero revisadas mis fuentes compruebo que en las recetas originales no había piñones.

Lo dicho, comida de comunistas con fama de vividores, o de vividores con fama de comunistas. Gente de fiar en cualquier caso, gente de otro tiempo. Culta y luchadora.

De postre un cuadro barroco de Anibale Carracci, no quiero imaginarme los macarrones que debían comerse en el puesto de estos carniceros.

lunes, 1 de octubre de 2012

CAP. CLXXXVIII: Introducción a la cocina: 6ª Receta.


La quinta de las sesiones de cocina tocaba el jueves uno de noviembre, como era fiesta la aplazaron a la semana siguiente. Olga se había recuperado estupendamente, casi tenía olvidada la intervención. El día 8, cuando reanudaron las sesiones, Luz se aproximó a German y, discretamente, le preguntó por la salud de la niña.

-      Por suerte lo tiene casi olvidado, sólo una pequeña cicatriz por encima de la ingle le recordará que fue operada de urgencia.

-      ¿ El mousse le gustó ? – Preguntó cortésmente la profesora.

-      Funcionó casi mejor que las medicinas.

La interrupción de las clases durante una semana había desconectado casi por completo a Germán de sus preocupaciones culinarias, también le había servido para disipar el recuerdo de Gladys, qué, de momento, no se había incorporado a la sesión del día 8 de noviembre. Germán le había dado algunas vueltas al modo en el que reaccionaría cuando se la volviera a encontrar, seguía un tanto aturdido por la provocativa despedida y no tenía del todo claro si le correspondía a él mover ficha o si sería Gladys la que mantendría la iniciativa. De momento la ausencia le daba un respiro.

-      La receta de hoy – arrancó la clase la profesora Sánchez – es mucho más sencilla de lo que parece; hay que estar un poco atentos ya que la base de este guiso os servirá para muchos potajes y pucheros similares. Hoy cocinaremos unas lentejas con confit de pato, os reparto la nota con los ingredientes y los pasos a seguir.

La relación de ingredientes era, con diferencia, la más completa de las que habían hecho hasta ahora, sin embargo la propuesta le abría a Germán algunas expectativas hasta entonces insospechadas, podría sorprender a los amigos. Necesitaba:

Dos zanahorias peladas y picadas finas.

Dos pencas de apio limpias y picadas finas.

Dos cebollas moradas peladas y picadas.

Grasa de pato o aceite de oliva.

Medio kilo de lentejas, preferentemente de puy.

Un litro de caldo.

Un par de patatas peladas.

Seis patas de pato en confit.

200 gramos de espinacas frescas.

Sal, pimienta y vinagre.

Una penca de apio.

Un manojo de tomillo fresco.

Un manojo de perejil.

Una hoja de laurel.

Dos hojas de puerro.

El sábado German había quedado con un grupo de amigos del instituto; como le había sucedido a otros amigos la separación había sido una excusa para el regreso a la “arcadia”, arcadia que casi todo el mundo identifica con la adolescencia. El grupo se había nucleado alrededor de unas partidas de póker – Texas Póker – que organizaba Gonzalo, el más petulante y vanidoso de sus compañeros de instituto. Gonzalo, que ahora se hacía llamar Gonçal,  siempre había necesitado rodearse de una corte de aduladores que le alabaran el gusto y le rieran las gracias. Poco quedaba de aquellos chavalines que veían con asombro lo rápido que evolucionaba el mundo; ahora eran un conjunto de casados, descasados, abandonados, tristes y anodinos supervivientes que con la excusa de la partida de póker una vez cada mes y medio ajustaban cuentas con el mundo, sobre todo con su mundo.

Habitualmente era Gonzalo el que se ocupaba del almuerzo previo a la partida, fiambres y algún plato precocinado, siempre comprado en las tiendas más selectas – no podía ser menos.

Nada más salir de la clase Germán llamó a su amigo para hacerle la propuesta de que cocinara él, de inmediato Gonzalo le citó a primera hora de la mañana en la Boquería, el mejor mercado de Barcelona; desayunarían dentro del mercado y comprarían todo lo necesario para la comida. Tenían mucho que hablar.

Mientras estuvo casado Germán dejó de ir a muchas convocatorias, entre otras razones porque Olga no tragaba a su amigo, del mismo modo en el que Gonzalo ignoraba la presencia de Olga y de los niños. Gonzalo consideraba que durante las partidas se prolongaba la adolescencia con todos sus efectos colaterales.

Germán mantenía una relación curiosa con su amigo, le admiraba, era inevitable, Gonzalo era el ejemplo claro de un triunfador: la mejor casa, el mejor sueldo, el mejor coche, la mejor esposa … Todo lo mejor; el único problema era la obsesión de Gonzalo de quedar permanentemente por encima de cualquiera que les rodeara, sobre todo si eran sus amigos. Esa propensión al fantasmeo terminaba por desquiciar a Germán que había establecido un sistema de protección especial, un mecanismo que no controlaba pero que solía aflorarle, como un brote psicótico, en las circunstancias más inesperadas.

La primera vez en la que apareció esa reacción fue cuando visitó por primera vez la nueva casa, hará cosa de quince años; Gonzalo se había ido a vivir a la periferia de Barcelona, a un pueblo exclusivo en el que vivían todos y cada uno de los futbolistas importantes de la ciudad, temporada tras temporada Gonzalo aseguraba que coincidía con tal o cual jugador en el kiosko, en la panadería o en cualquiera de los restaurantes de moda que abrían cada dos o tres meses, restaurantes caros, normalmente orientales en los que era casi imposible conseguir una reserva, salvo que se tuviera una recomendación que, por descontado Gonzalo, facilitaba.

Germán había bebido y al ir al baño apuntó mal, lejos de preocuparse, lo que hizo fue limpiar los vestigios de su descuido con las toallas, que dejó primorosamente dobladas en el mismo toallero en el que estaban. Tres meses después Germán consiguió convencer a sus jefes para que colocaran en naranja intermitente permanente el semáforo que habilitaba las entradas y salidas de la oficina de Gonzalo, una bocacalle que daba a la avenida Diagonal y en la que resultaba prácticamente imposible salir, lo que le había ocasionado a su amigo algún percance ya que entre las virtudes de Gonzalo no se encontraba la paciencia. En una ocasión sumergió durante unos segundos un teléfono móvil de última generación, lo escurrió y secó con sumo cuidado para no despertar sospechas; el teléfono no volvió a funcionar. Había aflojado tuercas de las tuberías del lavabo para que, en unos días, se le inundara el cuarto de baño.

Lo importante de todas esas pequeñas diabluras era que no afloraran de inmediato, que Gonzalo no pudiera vincular su fatalidad con la presencia de Germán; de modo que rompía el cristal de un marco de fotografía despistado en un dormitorio, arañaba con una llave el marco de una puerta lacada, por la base. Un desagrado por visita, un leve rastro de maldad que tardara días en ser percibido, evitando dejar pistas que le delataran, de ahí que nunca se hubiera atrevido a quitarle ningún objeto de valor.

Gonzalo había ganado su primer millón, entonces de pesetas, al poco de terminar la carrera gracias a un algoritmo informático que permitía a los bancos conectar con administraciones públicas, lo que facilitaba el pago de impuestos desde el ordenador. A Germán ese primer millón le resultó especialmente amargo ya que meses antes había rechazado constituir con su amigo una consultoría. El resto de millones, finalmente de euros, habían llegado por medio de un matrimonio agraciado con la hija de un constructor. Gonzalo era una especie de Rey Midas que parecía haber absorbido la suerte que parecía faltarle a sus amigos, aunque Germán tenía una sospecha muy fundada de que en el póker no era la suerte la que le permitía ganar sino las cartas marcadas ya que de otro modo no se entendía que partida tras partida fuera Gonzalo quien terminara ganando; por suerte las reglas eran muy estrictas y en ningún caso se permitía jugar por encima de los cien euros por sesión, quien ganaba podía llegar a llevarse seis cientos euros y para quien perdía el descalabro no era muy grande.

Aquel sábado de noviembre amaneció muy lluvioso, Germán prefirió ir al mercado en metro, sabía que su amigo abría aparcado su cuatro por cuatro cerca de la Boquería. A eso de las nueve de la mañana desayunaron unos callos y una butifarra de setas, luego le pasó la lista de ingredientes a Gonzalo para que le guiara. Con el primer bocado Gonzalo le anunció que se separaba de Sita – su mujer -, hasta cierto punto la noticia estaba cantada desde hacía tiempo, entre otras razones porque el padre de Sita, constructor postinero durante muchos años, llevaba arruinado desde el inicio de la crisis, incurso en multitud de procedimientos judiciales, un apestado para los parámetros sociales y económicos de Gonzalo. De momento Sita se había marchado con los niños – 3 – a un apartamento en la ciudad y él quedaba en la casa ajardinada de las afueras, que llevaba en venta varios meses sin recibir grandes ofertas. Gonzalo tenía parte de sus ahorros fuera de España y aunque había tenido que cerrar varias oficinas, lo cierto es que seguía manteniendo su consultoría informática con varios bancos lo que permitía tener garantizados ingresos razonables y, sobre todo, una agenda repleta de contactos, su última aventura era la de defender que con la independencia Cataluña saldría rápidamente de la crisis y se convertiría en una nueva Suiza a la que llegaría el dinero a espuertas, de ahí que se hiciera llamar Gonçal y anduviera diseñando la red informática bancaria de una Cataluña ajena a España.

El desayuno fue un monólogo alrededor de sus amoríos, de sus negocios y de sus veleidades políticas, sin embargo el coche había dejado de ser el mejor – circulaba en un modelo de cuatro o cinco años de antigüedad con algunas abolladuras -, le devolvieron la tarjeta de crédito con malos gestos en tres ocasiones, lo que obligó a Germán a pagar facturas absurdas por productos que no necesitaba, y apuntaba una papada y una barriguilla que evidenciaba que hace varios meses que no pasaba por el gimnasio.

A eso de las once de la mañana estaban en la casa de Gonzalo, el jardín estaba completamente abandonado y en el suelo de la entrada se amontonaban cartas de bancos sin abrir y avisos de notificaciones de la Agencia Tributaria. En el balcón principal de la casa una gran bandera catalana estelada anticipada una futura independencia que sacaría a Gonçal de todas sus tribulaciones.

Germán tomó posesión de la cocina, dejó sobre la encimera las bolsas de la compra y le pidió a su amigo que le localizara sartenes y una olla lo suficientemente grande como para cocinar un potaje de lentejas con confit de pato que saciara el apetito del resto de jugadores. A Gonzalo se le habían antojado unas setas de temporada que había pagado Germán a precio de oro; el encargado del puesto, obsesionado porque no le tocaran el género, le había colocado cuarto de kilo de colmenillas, cuatro o cinco piezas de edulis relucientes y unos huevos de rey a punto de estallar. Gonzalo empezó a limpiarlos con un cepillo de dientes, eliminando cualquier resto de tierra; no tardó en blasfemar porque bajo la manía de no dejar que los clientes se acercaran a las setas el tendero ocultaba que alguna de las setas estaban picadas, unos gusanillos blancos, minúsculos, que malograron las expectativas de Gonzalo; en un arranque de ira tiró todas las setas a la basura.

Germán aprovechó para informarle de sus avances en la cocina, asegurándole que la lenteja de puy era el caviar de los pobres, un manjar diminuto, de color oscuro, que necesitaba muy poco tiempo de cocción.

Empezó abriendo las latas del confit de pato, en cada lata había dos piezas – muslo y contramuslo – sumergidas en grasa gelatinosa; rebuscó entre los cajones hasta dar con una cuchara de madera, puso dos cucharadas cumplidas de la grasa del pato y le pidió a Gonzalo que le enchufara las placas de la cocina, una sofisticada encimera de inducción con los mandos de una nave espacial. Mientras calentaba la grasa Germán peló y picó las zanahorias, la cebolla y el apio; había ensayado durante días en casa hasta conseguir la destreza de un profesional. Gonzalo le había sugerido que comprara incluso los ingredientes más comunes asegurándole que la cocina estaba arrasada. Desde que habían entrado en la casa había tenido la impresión de que llevaba deshabitada varios meses, lejos de la pulcritud de otras visitas, los muebles estaban cubiertos con una ligera capa de polvo, nada más llegar encendieron la calefacción, Gonzalo se excusó asegurando que justo esa misma mañana había llegado de un viaje a París.

Germán rehogó las verduras a fuego muy suave, cuidando que no se doraran en exceso; cuando la cebolla estaba casi transparente pasó el contenido de la sartén a la olla, dejó la sartén en la pila para lavar y colocó sobre ese mismo fuego la olla.

Con la punta de un cuchillo abrió por la mitad un puerro, sobre una de las capas de puerro colocó una ramita de apio, unas ramitas de tomillo fresco, un manojo cumplido de perejil y dos hojas de laurel; cerró la hoja de puerro y sacó del bolsillo una hebra de hilo de cocina que había traído desde casa. Si pretendía sorprender a Gonzalo lo estaba consiguiendo.

-      Este hatillo se lo llaman los cocineros profesionales bouquet garní, como ves Gonzalo esto de las clases de cocina va a conseguir que sea todo un Arguiñano.

Colocó el hatillo en la olla colocó las seis piezas de pato, que rompieron rápidamente a sudar desprendiéndose de los restos de grasa; no convenía mantenerlos mucho tiempo en la olla ya que las piezas vienen ya previamente cocinadas. Cuando se deshicieron los restos de grasa añadió el medio quilo largo de lentejas y el caldo vegetal – como no había tenido tiempo de preparar el caldo tuvieron que pasar por un supermercado para comprarlo envasado, incluso respecto del caldo Gonzalo le había asegurado que determinada marca – el Aneto – era la más renombrada de entre las que había a la venta.

Peló las patatas y las cortó en dados, puso las espinacas bajo el chorro del grifo y también las añadió al hervido. Como eran hojas tiernas y pequeñas – espinacas baby, le habían asegurado en el mercado – no hizo falta picarlas.

La receta indicaba que las lentejas tenían que hervir a fuego suave durante 45 minutos pero, dada la delicadeza de las de Puy, cría que con media hora sería suficiente. Como la lenteja espesa un poco, más si lleva patata, comprobó que había suficiente caldo y añadió un poco más.

Mientras recogía la cocina le pidió a Gonzalo que abriera un poco de vino:

-      Anda, que no has hecho nada en toda la mañana, abre una de las botellas que me has hecho comprar, como no salga bueno te vas a enterar – Gonzalo le había recomendado comprar unos vinos del priorato, estaba encaprichado en uno llamado Vall-Llach, menos mal que el bodeguero se había apiadado de Germán y le había asegurado que la misma bodega tenía otro un poco más económico e igualmente exquisito.

-      No te quejes Germán, yo pondré la mesa, el resto deben estar al caer.

Subieron las persianas del salón para iluminar un poco más la estancia, Gonzalo abrió una rendija las ventanas discretamente para que se disipara el olor a cerrado; la calefacción todavía no había caldeado la casa, sólo entonces se Germán se dio cuenta de que no se habían quitado el abrigo, llevaban casi dos horas en la casa y habían estado cocinando con él puesto. Gracias al vino y al golpe de calor de los radiadores se despojaron de los abrigos y en unos minutos estaban ya en mangas de camisa.

Mientras Gonzalo rebuscaba en los cajones para localizar los platos y los cubiertos Germán se quedó curioseando en la librería, nunca le había puesto mucho interés a los libros de la casa, nunca hasta esa fecha en la que descubrió que una de las estanterías estaba dedicada a grandes libros de arte; Gonzalo y Sita habían invertido parte de sus ahorros en cuadros y eran habituales de exposiciones y galerías.

-      Tienes alguna cosa de Chagall.

-      Como es eso, Germancillo, aficionado ahora al arte?

-      Con la cocina han ido llegando otras aficiones.

-      Creo que por ahí atrás, si no se lo ha llevado Sita, que lleva unos meses bastante borde, debe haber un libro no muy grande; es un ejemplar curioso, lo compró mi suegro, bueno, mi exsuegro; por lo visto Chagall veraneó algunos años en Tossa de Mar, a principios de los años treinta, le dedicó un libro biográfico a un pescador de la zona, un borrachín que le contaba a Chagall leyendas de la costa. Los nietos del pescador hace algunos años pusieron a la venta el libro dedicado, que tenía un sencillo apunte de una marina firmado por Chagall. Ya sabes que el padre de Sita tiene casa en Tossa, se encaprichó del libro y lo compró por cienmil pesetas de las de hace veinte años, era dinero. Lo malo es que el libro está en francés.

Germán tardó un poco en dar con el ejemplar, antes de dar con el libro en cuestión hojeó otro del que recordaba haber arrancado años antes una de las páginas centrales, aquel libro – que reproducía los bocetos de Dalí para un ballet en París – seguramente llevaba años sin ser leído, por lo que aquella tropelía quedaba todavía en secreto. Devolvió el ejemplar a su lugar sin poder evitar estornudar por el polvo acumulado. Apartado en un rincón, casi al fondo estaba “Mi Vida” de Marc Chagall, un libro de bolsillo de apariencia vulgar, en la primera página una sencilla dedicatoria: Pour mon amí Manel, un apunte en pluma de una barquita de pescadores navegando junto a una sencilla luna menguante y unas estrellas, debajo la firma clara de Chagall.

Sonó el timbre de la calle y llegaron el resto de comensales, ruidosos, como siempre, con botellas de vino bajo el brazo; dispuestos a recordar viejas hazañas, a dejarse engatusar por las aventuras y desventuras de Gonzalo que, en cuanto abrió la puerta de la calle recuperó la luminosidad de otras ocasiones; mientras dejaban los abrigos en una de las habitaciones, en un aparte Gonzalo le rogó a Germán:

-      No comentes nada de lo de Sita, a lo mejor al final lo arreglamos; no quiero amargaros la tarde con lamentos.

-      No te preocupes – contestó Germán.

Los invitados estaban hambrientos, pidieron cervezas y Gonzalo improvisó un aperitivo con embutido, queso y unas latas de conserva; todos quedaron sorprendidos al ser informados de que era German el improvisado cocinero.

Con la gran olla sobre la mesa Germán se atrevió a dar algunas indicaciones:

-      Os he preparado un potaje de lentejas de Puy con pato, confit de pato; en España las lentejas se suelen espesar con un sofrito de cebolla, pimentón dulce y harina tostada, que se añade cuando el guiso vuelve a hervir. Los franceses, que son más finos, prefieren tomarlas o con un chorrito de vinagre o con un poco de crema de leche, de nata líquida.

Pese a las risas y a los comentarios iniciales lo cierto es que las lentejas le habían quedado estupendas, todos ellos repitieron y dejaron los huesos del confit de pato mondados, incluso mojaron pan en los restos del caldillo.

Llegaron los postres y las copas, con ellos la partida. Gonzalo sacó la vieja caja de nácar para el Póker, los seis comensales se convirtieron rápidamente en seis jugadores ligeramente embriagados por el vino y por los primeros whiskys; con impaciencia cambiaron cada uno de ellos sus cien euros por el correspondiente taco de fichas y empezaron a jugar al póker descubierto, el que repartía se quedaba sin jugar.

Al cabo de tres horas y por primera vez en muchos años Germán iba ganando; a las ocho en punto se cerraba la timba porque  las nueve de la noche jugaba el Barcelona y casi todos ellos querían ver el futbol.

En la última de las manos Germán y Gonzalo quedaron enfrentados, Germán tenía dos reinas, había una más sobre la mesa; Gonzalo tenía dos nueves y había otro más sobre la mesa. Sorprendentemente Gonzalo había quedado abandonado por la suerte, le quedaban dos fichas. El mano levantó la última carta, otra dama. Gonzalo lanzó sus dos últimas piezas sobre el tapete, Germán las igualó y discretamente añadió una ficha de más. Las reglas del juego eran claras, las apuestas no podían superar el límite marcado de los 100 euros, Gonzalo, nervioso, reprendió a su amigo ya que sabía que al colocar una ficha más le dejaba fuera de la partida.

Gonzalo protestó, Germán empezaba a recoger las fichas con sus cartas tapadas, si no quedaba ningún apostante tenía la posibilidad de ocultar su jugada. Gonzalo se desabrochó el reloj y lo colocó encima de la mesa:

-      Añado mi rolex de oro para verte la jugada.

-      Ya sabes que no puedes.

El resto de jugadores permanecía en silencio, expectante ante la tensión que había generado Gonzalo en unos segundos.

-      Aunque – prosiguió Germán – si en vez de el reloj te juegas el libro de Chagall te aceptaré el envite.

Gonzalo se levantó y se acercó tambaleándose a la estantería, torpemente lanzó el libro sobre la mesa y descubrió sus cartas: Un full de nueves y damas. Germán destapó sus dos damas y con ellas un póker que le permitía recoger no sólo las fichas, sino también el libro dedicado de Chagall. Por primera vez en su vida podría abandonar la casa de Gonzalo sin tener que cometer ninguna maldad clandestina. Con los trescientos euros que finalmente había ganado invitaría a cenar a Gladys, el libro de Chagall lo guardaría para Luz, pasaba a ser su as en la manga.

Fue el primero en marchar, después de haber cambiado las fichas por dinero; sus amigos mantuvieron a raya a un Gonzalo iracundo y borracho. Esperó en la calle a que saliera el primero de sus compañeros, que le bajó al centro de la ciudad, por el camino comentaron con cierta sorna que por fin Gonzalo había perdido una partida. Ya era hora.

Aquella noche Germán soñó que sobrevolaba París con su profesora de cocina.