viernes, 9 de agosto de 2013

CAP.CCLXII: Veinte recetas de arroz y una canción desesperada: Arroz negro.


A la media tarde del martes Cándido tomó el ferry que le llevaría a Ibiza, no dudó en coger el más lento, el que tardaría más en devolverle a sus obligaciones cotidianas; pensaba que cogiendo el barco que realizaba la travesía con más calma estiraba su estancia en la isla.

Seguramente a la mañana siguiente añoraría la imagen de Muriel desnudándose para él, tendría que colarse clandestinamente en el baño para ver a Carmen duchándose y paliar así los efectos de la ausencia. Tal vez las mujeres se convertían en diosas durante el instante en las que recién quedaban desnudas. Puede que la felicidad quedara al final circunscrita sólo a ese instante.

La felicidad de nuevo, empezaba a agobiarle tanto o más que empezaba a preocuparle la muerte. Consecuencias todas de haber superado los cincuenta años de edad. No sería de extrañar, pensaba, que muerte y felicidad fueran en realidad preocupaciones complementarias.

Durante muchos años, justo antes de cumplir los cincuenta, soñaba con una muerte fulminante que preferiblemente le sorprendiera de noche. No le importaba que el rayo que le dejara seco lo hiciera a edad temprana. Una sacudida, después la nada, el vacío, el silencio, la ausencia absoluta.

Con el paso del tiempo empezaba a no importarle un tránsito un tanto más pausado hacia la muerte, algo parecido a lo que le ocurría con la elección de los ferrys, a lo mejor no era tan malo buscar un medio más cadencioso para pasar a la otra orilla, poder ordenarse y ordenar la despedida, terminar todas las tareas pendientes, sobre todo las referidas a la familia, a los amigos, a Carmen sobre todo, que había ido complementando todos los huecos que dejaba su vida intermitente, sus ausencias.

Cándido buscó en el bolsillo para ver si disponía de monedas sueltas, comprobó que le quedaba una de dos euros y sonrió discretamente, puede que pudiera colocársela entre los dientes al bajar y garantizar a Caronte el pago del pasaje y, sobre todo, la ventaja de que con la moneda al llegar a la otra orilla perdería por completo la memoria.

Muerte, felicidad y memoria, una combinación que Cándido no terminaba de gestionar con comodidad. Una de las últimas noches, aguardando a la llegada del sueño, había redescubierto en una cadena de televisión una vieja película de fantasmas, el Fantasma y la Señorita Muir, una comedia más o menos romántica de los años cuarenta en la que un fantasma quisquilloso acompañaba a una chica indecisa ante las angustias del amor. El fantasma terminaba por hacer las veces de asistente o confesor impertinente. Si en la mano de Cándido estuviera puede que optara por convertirse en un fantasma, quizás ya lo era. Un fantasma que no diera grandes molestias, que no hiciera ruidos nocturnos que velaran al personal, sin sustos ni aspavientos, sólo una presencia más o menos grata.

El fantasma de Cándido tendría muchas tareas pendientes, principalmente las referidas a que Carmen y sus hijos pudieran desentrañar el laberinto de su patrimonio, disperso por medio mundo y escondido tras el manto de sociedades a las que de modo inconsciente había ido dando los distintos nombres que rondaban la muerte, como Calypso Investment, Can Cerverus Corporation, incluso tras Pangloss S.L. quedaba el rastro del sabio malhadado que había muerto infectado por la sífilis. Solo un problema, para desenmarañar ese entramado de sociedades probablemente no era buena idea la de perder la memoria, Cándido, con un gesto instintivo tomó la moneda de dos euros y la lanzó al agua en mitad el canal que unía a Formentera con el mundo.

Su condición de fantasma tal vez fuera la que permitía observar a Muriel sin incomodarla, o la que le permitiría ver a Carmen en la ducha aclarándose el pelo con los brazos extendidos hacia el techo, dejando que el agua recorriera veloz sus axilas. En esa condición estaba llamado a acompañar a sus hijos en el tránsito por la adolescencia y por la juventud, quizás de ese modo podría conocer también a los que serían sus nietos anhelando conocerlos correteando por la playa de Migjorn a finales de un mes de septiembre de un año indefinido. Surgían las primeras dudas ya que concebía los fantasmas como entidades encerradas en castillos, no como espectros errantes, por lo tanto debía decidir si, como fantasma, habría de permanecer confinado en el California Hotel y en su entorno – esperaba que le dejaran llegar hasta la playa -, o si por el contrario sería proyectado a Barcelona, o tal vez a París, donde vivió durante diez años, los primeros años junto, con Carmen, París había sido la culpable de que hubieran tardado más de lo razonable en tener niños; durante sus años en París la maternidad era siempre una cuestión aplazable, ella jugaba con la ventaja de ser bastante más joven que Cándido; para él la paternidad no era una prioridad si ella no tenía prisa. Si le tocaba ser fantasma en París seguramente lo sería recluido en el metro, un espacio que estaba repleto de fantasmas.

Puede que fuera la condición de fantasma la que le garantizara ese aspecto intemporal que le permitía haber mantenido un aspecto similar durante lustros, que incluso le permitía modular su juventud y aparecer ahora más en forma, más atractivo y fresco que cuando tenía treinta años y casi todo le preocupaba.

Cándido terminó por definirse a si mismo como un fantasma feliz, o puede que un feliz fantasma. Iba prácticamente sólo en ferry, por el camino se cruzaron con otras embarcaciones mucho más preocupadas por la celeridad tanto las que navegaban de ida como las de vuelta. Mando un guasap a Carmen recordándole la llegada de su vuelo, si no había retrasos podrían incluso cenar fuera para poder poner en común sus respectivas cotidianeidades. Carmen tenía todavía pendiente completar la carta de vinos del California, él se había comprometido a acompañar a su hijo mayor a unas pruebas rutinarias para comprobar que se había recuperado correctamente de una lesión en el hombro.

Con los mimbres del ferry hacia Ibiza la única receta posible para cocinar en su regreso a Barcelona habría de ser un arroz negro, negro y con un punto amargo gracias a las alcachofas, aunque tardías tal vez pudiera encontrar en el mercado las últimas recogidas en los alcachofares de El Prat. Alcachofas no muy leñosas, pequeñitas, habría de comprar siete u ocho, puede que se animara a hacerse con una docena si todavía no estaban muy oscuras y si mantenían el corazón prieto. Para el arroz le bastaba media docena de alcachofas que habría de limpiar con cuidado, cortar en juliana muy final y regar generosamente con limón para que no se oxidaran y se ennegrecieran, qué paradoja, evitar que las alcachofas se oscurecieran cuando estaban destinadas a ir como sofrito de un arroz negro.

En una paella grande podría las alcachofas cortadas, una cebolla grande picada, un pimiento verde y dos dientes de ajos, todos picados, salpimentamos a media cocción y dejamos que se elimine el líquido que desprenden las verduras. La paella previamente engrasada con aceite de oliva, no mucho, fuego suave y la dedicación de un cucharón grande de madera que removiera pausadamente hasta conseguir casi una mermelada parda.

Tendría preparado un plato con poco menos de medio quilo de calamares pequeños bien limpios y cortados en anillas pequeñas, hay que escurrirlos bien porque sueltan mucha agua.

Pasados diez minutos se añade el arroz, entre 300 y 400 gramos, en función de la voracidad de los comensales, se rehoga con la verdura y los calamares. Es el momento de incorporar la tinta, bien la de los propios calamares, bien la de una sepia más grande y sabrosa. Con una bolsa de tinta de una sepia mediana se consigue un arroz tanto o más oscuro que el alma de un pecador. Conviene que la tinta se disuelva bien y, una vez disuelta, se rehogue junto al arroz y a las verduras unos minutos porque la tinta contiene elementos tóxicos que es bueno que se neutralicen por el efecto prolongado del calor.

Todo bien mezclado y oscurecido, sólo queda pendiente del caldo de pescado, que ha de estar hirviendo. Puede que el arroz negro requiera un poco más de caldo del habitual, dos tazas por cada una de arroz y al final una taza más de propina. Se ajusta la sal, se sube el fuego para que rompa de nuevo a hervir y cuando lo haga se vuelve a suavizar la llama para que todo se cocine durante un cuarto de hora.

En el tramo final, cuando ya casi no quede líquido, se incorporan por sorpresa un cuarto de quilo de gambas previamente peladas. Se aparta el arroz del fuego, se cubre con un paño y se le deja reposar unos minutos.

Con el fin de clarear un poco los nubarrones oscuros del arroz negro conviene preparar un alioli alegre de ajo, el aceite terminará de engrasar los granos de arroz que brillarán en la oscuridad de la tinta.

Cuando lo incluyeran en la carta podría acompañarlo de una reproducción de una Naturaleza Muerta de Soutine y tal vez unos versos de Kavafis.
 

Pocas horas después llegaba a Barcelona, Carmen le aguardaba radiante en el aeropuerto, al final iba a ser cierto que su felicidad fuera en proporción a la felicidad de su entorno.

Ni un solo reproche, ni una mala palabra; fueron a cenar a la Barceloneta, mucho vino blanco, gambas, almejas, calamares y buñuelos de bacalao.

-      Si me aceptáis en vuestra troupe regreso contigo al California el viernes por la mañana.

-      Formas parte del grupo, nos vendrá bien tener una somelier durante el fin de semana y podrías ayudar a Muriel como maitre… Ya sabes, sueldo corto más propinas, además de tu participación en la sociedad.

-      Por otro paseo, otro baño y otro revolcón en la playa estoy dispuesta incluso a fregar platos… Este look a lo Newman desaliñado te pone muy apetecible viejo Cándido.

Bebieron y apuraron las copas de vino.

martes, 6 de agosto de 2013

CAP.CCLXI.- Veinte recetas de arroz y una canción desesperada: Arroz a banda.


Martes, ocho menos cuarto de la mañana, Cándido en la terraza del California Hotel tomándose el primer café. Amanecer limpio, luminoso; la tranquilidad de la playa apenas quebrada por el batir leve de las olas sobre la arena de la orilla. Aguas en todas las tonalidades del azul, con pequeños bancos de algas que formaban dibujos hechos carboncillo.

Cándido vio llegar a lo lejos a Muriel, corriendo por la orilla; ella en cuanto le identificó levantó la mano en señal de saludo, se detuvo a 50 metros del promontorio que formaba la terraza del restaurante, un poco más cerca del punto en el que se había parado el día anterior. Se desnudó por completo dejando ropa y zapatillas sobre unas piedras, junto a una minúscula bolsa en la que llevaba el pareo, unas sandalias y probablemente la muda de la ropa interior. Ajena a las miradas entró poco a poco en el agua para nadar unos minutos; a la salida demoró cada uno de sus pasos, mirando de reojo a Cándido, buscó una piedra en la que pudiera secarse, siempre a la vista de su patrón.

Cándido disfrutó de aquel cuerpo glorioso y de toda su naturalidad. Si Muriel quería provocarlo lo había conseguido. Se revolvió el pelo para que terminara de secarse, se ató un pareo rojo, negro y morado al cuello y caminó hacia la terraza.

-      Veo que madrugas – fue su saludo.

-      Sí, soy de poco dormir, yo ya he corrido y me he bañado al amanecer. ¿Te preparo un café?

-      ¿No debería ser al revés, el patrón eres tú?

-      Mantengo el monopolio sobre la cafetera cuando el restaurante está cerrado.

-      Tiene cierto morbo ser servida por el jefe – sonrió.

Cándido fue hacia el interior y ella se acomodó en la silla, poniéndola orientada hacia el sol, estiró las piernas y cerró los ojos.

-      Tostadas… mantequilla… mermelada… algo de fiambre…un zumo… - gritó Cándido desde el interior.

-      Lo que entre en el menú y, por favor, la leche que esté muy caliente, no soporto los cafés fríos.

-      Oído cocina.

-      Qué esperás de mí – le dijo ella mientras preparaba las tostadas.

-      Lo primero que no grites mucho, Didier y Cloude viven en el piso de arriba y no se levantan hasta bien pasadas las nueve.

-      Perdón, no estoy acostumbrada a jefes tan comprensivos.

Cándido llegó con una gran bandeja redonda en la que había incluido también unas magdalenas y un segundo café para él.

-      Te preguntaba qué esperas de mí.

-      Supongo que te lo dijo mi mujer, quiero que estés en disposición de sustituirme cuando tenga que ausentarme, que nos complementes a todo y que me ayudes a gestionar este local.

-      Todo y nada.

-      Todo y todo. Esta tarde he de regresar a Barcelona y no regresaré hasta el viernes por la mañana. Acabamos de abrir y se trata de coger el ritmo y de ir consolidando los cambios que hemos introducido estas semanas. Clocló y Didí tienden a dispersarse y hay que estar encima de Mustha para que haga las cosas y, sobre todo, que limpien, cuando entré aquí por primera vez la mugre invadía hasta sus almas.

-      Hace buen café esta máquina.

-      Los italianos son unos artistas, el secreto está en tener paciencia para que el agua tenga la presión correcta y, sobre todo, elegir bien el agua.

-      Exquisito, no me va a importar que me prepares el desayuno todas las mañanas.

-      Menos coba. Hoy había pensado aprovechar este rato tranquilo de la mañana para que me ayudes a preparar un caldo de pescado, quiero introducir algunas modificaciones en el arroz a banda y antes he de hacer algunas pruebas, tenga la impresión de que aquí los fumets son bastante anodinos, he buscado en viejos y nuevos recetarios, voy a utilizar una receta de Quique Dacosta, el dueño del Poblet, en Denia, es un maestro de los arroces.

-      A sus órdenes.

-      Puedes dejar de llamarme de usted.

-      Las distancias las quito y las pongo yo, no usted.

-      Entendido.

Cándido se incomodó ligeramente y trasladó la conversación hacia terrenos más convencionales, le preguntó a cerca de su experiencia profesional, el tiempo que llevaba en las islas y sus habilidades en los fogones. Muriel desayunó como si en un siglo que no hubiera probado bocado. Cuando vio que terminaba Cándido se levantó a por dos vasos de agua fría. Ella había recogido los restos del servicio y los había colocado de nuevo en la bandeja, fue ella la que llevó la bandeja a la cocina.

-      Bueno Muriel – estaban ya en la cocina -, lo primero que hay que hacer es encender el horno. En la parte de baja del refrigerador verás un par de paquetes, el envoltorio es blanco, hay media gallina y un kilo de costillas de cerdo troceadas.

-      ¿No íbamos a preparar un caldo de pescado?

-      Sí, por eso te decía que hay que darle un poco más de vida a las bases que hasta ahora utilizaban en el restaurante. Horno a 200º grados y en una bandeja engrasada con un poco de aceite colocas la gallina y las costillas de cerdo, con un poco de sal y de pimienta.

-      Me dejará antes que me ponga el uniforme de combate.

-      Por descontado.

Muriel fue hacia el fondo de la cocina y de un cuarto que se utilizaba para almacenar latas, guardar los productos de limpieza y, en general, como pequeño trastero, sacó una bolsa de deportes. Con absoluta naturalidad se desanudó el pareo, se dio media vuelta, quedándole el torso completamente desnudo y unas minúsculas braguitas que evidenciaban la eficiencia de su depilado. Se puso unos pantalones tipo chino de color negro, ligeramente acampanados, una camiseta sin mangas también negra y el mandil. Dobló el pareo, guardó las sandalias y se calzó unos zuecos de enfermera que elevaron varios centímetros su estatura.

-      Así mejor… Horno encendido.

Cándido abrió uno de los armarios bajos junto a los fogones y sacó una gran cacerola que colocó al fuego suave. Muriel había ya metido la carne en el horno para que se dorara.

-      Necesito una cabeza de ajos, pártamela por la mitad… En el cuarto frio verás una gran caja de plástico con marisco y pescado, la trajo ayer por la noche Canito, nuestro proveedor, ya le conocerás.

-      Veo que en mi trabajo aquí me va a tocar mancharme las manos.

-      Es lo que toca.

Muriel colocó sobre una de las mesas auxiliares una gran caja en la que aparecían ordenados varios tipos y tamaños de pescados así como algo de marisco.

-      Tráeme las galeras y los cangrejos.

La cazuela, con capacidad para 8 litros de caldo, estaba sobre el fuego, Cándido echó un poco de aceite y la cabeza de ajos cortada por la mitad. Galeras y cangrejos pesaban más de un kilo en total, las incorporó a la cazuela y avivó el fuego, que empezó a chisporrotear. Sacó un cucharón de madera para remover los crustáceos y que sudaran bien.

-      Vete pelándome cuatro zanahorias y cuatro cebollas. En cuanto los bichos suelten su jugo hay que retirarlos y empezar a añadir verdura.

Muriel se movía con soltura por la cocina y trabajaba silenciosa, cumpliendo las órdenes del jefe.

Ayudado de una espumadera Cándido retiró galeras y cangrejos, la cabeza de ajo quedó en el sofrito; bajó de nuevo el fuego, rectificó de aceite y puso la primera tanda de verdura a rehogar.

-      Trocéame dos puerros y seis tomates de pera.

Añadió primero los puerros troceados y removió con firmeza para que se mezclaran bien con la cebolla y la zanahoria; mientras se cocían abrió la portezuela del horno para comprobar que la carne se doraba correctamente.

Cuando los trozos de puerro empezaron a quedar transparentes añadió una cucharada sopera de pimentón dulce, volvió a mezclarlo todo bien con el cucharón antes de añadir los tomates cortados y una lata de 250 gramos de tomate frito. Subió un poco más el fuego para que evaporara el agua de vegetación.

Sin necesidad de que Cándido diera instrucción alguna Muriel fue limpiando y desescamando los pescados más pequeños. Cándido aprovecho para cortar la cabeza y limpiar un gran rape de boca fantasmagórica. Con la morralla y los deshechos del rape organizaron la base de pescado para el caldo, mezclándola bien con las verduras.

Una ñora, dos hojas de laurel, la gallina y el cerdo tostados al horno. Uno tras otro fueron añadiéndose los ingredientes que restaban para el caldo.

-      ¿Y la sal, patrón?

-      Ni gota de sal, tiempo habrá de salar los guisos.

Cándido fue al almacén a por una garrafa de agua mineral, con cuidado fue añadiendo el agua mientras Muriel removía suavemente con el cucharón. Necesitaron casi cinco litros de agua hasta que quedó cubierta toda la carne y el pescado. Avivó el fuego.

-      Una hora hirviendo. A ver si nos acordamos de espumar el caldo cada veinte minutos… Creo que nos hemos ganado otro café.

Desde el piso superior se escucharon los primeros signos de vida, sillas que se movían y grifos que se abrían y cerraban. Cándido empezó a organizar los desayunos de Clocló y de Didí, el primero un capuchino y tostadas con mermelada de grosellas, el segundo un café solo muy cargado y un bocadillo de jamón y queso. A eso de las nueve y media el panadero traía el pan del día.

Todavía tuvieron unos minutos de intimidad antes de que el resto del equipo se incorporara a la terraza. El último Mustha, que llegaba en una motocicleta destartalada que sólo él sabía arrancar. Atado al manillar con unos alambres llevaba un cajón de plástico en el que solía transportar las frutas y verduras del pequeño huerto que tenía su familia, sus padres habían sido agricultores en marruecos y entretenían las horas cultivando unos tomates, pepinos y calabacines muy jugosos; alguna pera, ciruelas, melocotones, melones y sandías.

-      Ha guardado el pescado? – preguntó Cándido.

-      Sí, patrón – contestó Muriel.

-      Luego recuperaremos una sepia y los lomos del rape para poder preparar arroz a banda, a ver cómo reaccionan los clientes, de momento hoy para comer nos tomaremos uno nosotros con un poco de ali oli a la murciana, se prepara añadiendo una patata hervida al ajo y al aceite, así que ya puedes poner un par de patatas en el hervido para que se cuezan y vayan cogiendo el sabor al pescado.

El caldo debía de hervir una hora y luego reposar tranquilamente durante tres horas más, por lo que a la una estaría preparado para los servicios del mediodía. Cuando apagó el fuego lo dejó tapado con el fin de que infusionara. Poco antes del mediodía colaron cuidadosamente el caldo, apretando bien carnes, pescados y verduras para que destilaran los últimos jugos. Completaron una garrafa de más de 5 litros que dejaron en el cuarto frio para evitar riesgos de fermentación.

A eso del mediodía Didí tenía ya preparados los servicios de las mesas interiores – había un par de reservas – y las mesas de la terraza impolutas, sirviendo algunos cafés y bocadillos. A la una la terraza quedaba para comidas y, si acaso, desayunos contundentes.

-      Muriel, vente conmigo a la cocina, que te enseñaré los trucos de un buen arroz a banda… Recupera la sepia del cuarto frío.

Muriel cumplió obedientemente.

-      Limpio la sepia.

-      No, colócala sobre la tabla.

Canito les había traído una sepia de casi medio metro de largo, oscura, terrosa, fea como un demonio. Cándido la colocó sobre la espalda y con ayuda de un cuchillo la abrió en canal.

-      Acércate Muriel, mira qué hermosa, la bolsa de la tinta – señaló con la punta del cuchillo y bulto de color parduzco a la izquierda -, las huevas – a la derecha – y esto tan grande y con pinta asquerosa es la melsa.

-      ¿La melsa?

-      Sí, el bazo. Las sepias como todos los cefalópodos tienen un bazo tremendo, casi todo el mundo lo tira pensando que son los intestinos y es una pena ya que suele ser la parte más sabrosa. Los cefalópodos tienen el cerebro junto al esófago, incluso en eso son unos bicho peculiares… Guardamos la tinta para el arroz negro, con las huevas limpias y pasadas por huevo y harina podemos hacer una tapa estupenda. Y la melsa, la melsa nos servirá como base para el arroz a banda. Guarda cada pieza en un tupper. Ahora limpiamos bien la sepia, le quitamos tentáculos y telillas, la troceamos y reservamos para los arroces. Los trozos de sepia poco más grandes que la yema de un dedo.

Muriel clavó los ojos en Mustha y le indicó con la punta de un cuchillo lo que había que hacer.

-      Hay que saber delegar, jefe – sonrió.

La receta del arroz a banda era sencilla. Se engrasa una paella con un poco de aceite, se doran 150 gramos de sepia en tiras y 200 gramos de rape en daditos. Una vez dorados se añaden dos ajos picados finos, una cucharada de pimentón dulce – cucharilla de postre – y dos tomates rallados junto con la melsa también picada; como la sepia era muy grande bastaría 1/5 de la melsa que habían retirado.

Se deja sofreír todo durante bastante tiempo, removiendo con cuidado, el objetivo es que el sofrito quede muy denso, casi como una mermelada parduzca.

Con el fuego medio se ponen 400 gramos de arroz bomba – la receta estaba pensada para 5/6 comensales – y se mezclan con el sofrito.

Es el momento de poner el caldo caliente, dos tazas de caldo por cada una de arroz, el truco es que la capa de arroz sea muy fina. Se mantiene el fuego vivo durante los cinco primeros minutos, con cuidado de que hierva uniformemente y sin remover el arroz. Luego otros diez/doce minutos con el fuego un poco más suave. Hay que tener un poco de paciencia ya que merece la pena que el arroz repose dos minutos más fuera del fuego.

-      Sabe qué, patrón. Las recetas de arroz terminan siendo absolutamente monótonas.

Los desnudos de Soutine no era, ni mucho menos, tan atractivos como los de su amigo y mentor Amadeo Modigliani, en este punto Cándido estaba decidido a traicionar a su pintor de referencia.
 

sábado, 3 de agosto de 2013

CAP:CCLX.- Veinte recetas de arroz y una canción desesperada:Arroz con pato.


Lunes, uno de junio. Cándido despertó con las primeras luces del día, se puso unas zapatillas y marchó a correr por la playa durante casi una hora. Amaneció un día estupendo, buen augurio para la reapertura del restaurante. Tras la carrera se instaló en la terraza del Hotel California, encendió la cafetera express, que tardaba unos minutos en calentar, y se quedó contemplando la orilla.

Estaba inquieto, una mezcla extraña entre ilusión y pánico. Seguía intentando definir la felicidad, su felicidad, pensando que conocía personas que han vivido un instante de felicidad y que lo evocan o rentabilizan durante años; él, sin embargo, creía que la felicidad debía ser una situación razonablemente duradera, con cierta continuidad en el tiempo; no se trataba de recibir una ráfaga de felicidad sino de dejarse empapar lenta y suavemente por ella durante meses, puede que años.

Todavía no sabía si se sentía feliz, de momento sólo tenía nervios, y razones poderosas para tenerlos; había sido inhabilitado durante quince años para el ejercicio de cualquier profesión que tuviera que ver con el asesoramiento financiero, se había salvado de la cárcel gracias a la pericia de los abogados del banco, que habían pactado la máxima sanción profesional y una multa muy elevada a cambio de evitar un juicio contra la entidad; no es que Cándido fuera el responsable directo o indirecto del desaguisado, pero lo cierto es que se convirtió en la persona adecuada para asumir esas responsabilidades. Sus jefes de Londres había remunerado su desememoria con una fortísima indemnización y Cándido, cual lotófago, dejó en blanco cualquier recuerdo que pudiera comprometer a sus antiguos responsables. Aquella amnesia provocada por el dinero había tenido como consecuencia colateral la conversión de Cándido en un verdadero defraudador ya que una parte sustancial de su indemnización reposaba opacamente en un paraíso fiscal; Cándido se había acostumbrado a disgregar sus inversiones por el mundo sin tener muy claro el límite entre lo legal o lo ilegal, en todo caso Cándido tenía mucho más fácil sobrevivir en cualquier punto del mundo, por remoto que fuera, que conseguir un préstamo en España.

Desde el punto de vista familiar Cándido tenía la impresión de estar a punto de partir en dos su vida, los chicos habían hecho como si no fuera con ellos la propuesta de cambiar de casa y de vida; Carmen, un monumento a la paciencia, iba y venía de Barcelona a la isla y trataba a Cándido como a un adolescente más que estuviera bajo su esfera de control y protección.

Y allí estaba Cándido, sentado en la terraza de un restaurante vacío, mirando al mar, pendiente de que sus inversiones terminaran de funcionar, apartando dudas e incertidumbres, con la única preocupación de que la cafetera consiguiera la presión suficiente como para que pudiera prepararse un expreso cremoso y vigorizante; todavía sin duchar, con el rostro curtido ya por el sol y el pelo revuelto como una escarola.

A eso de las ocho y media de la mañana vio llegar desde la playa a la que sería su asistente, Muriel llegaba corriendo por la orilla, embutida en un ajustado pantalón de deporte negro que le cubría hasta la pantorrilla y una minúscula camiseta sin manga también ajustada, la melena rubia cogida con una goma y todas y cada una de las revueltas de su cuerpecillo marcadas por la ropa, el sol de la mañana y el viento. A poco más de 50 metros de la terraza Muriel se detuvo, se desnudó por completo, dejó la ropa y los zapatos hechos un hatillo en la orilla y se zambulló en el mar, donde estuvo nadando hacia el horizonte durante el tiempo suficiente como para que Cándido pensara que había sido devuelta al fondo marino, como una sirena. Se tranquilizó cuando vio a lo lejos la espuma que levantaba al bracear y poco a poco fue distinguiendo su cabeza, sus brazos y sus hombros, para verla salir del agua desnuda, completamente depilada y con el cuerpo de un uniforme color dorado. Se quitó la cola de caballo y se frotó la melena hasta que fue tomando cuerpo. Buscó una roca al sol en la que terminar de secarse. Cándido pudo recrearse durante unos minutos en cada milímetro de su cuerpo, sobre todo en sus pechos breves, como pequeños flanes, sus caderas firmes y las nalgas relucientes y tersas. Muriel, ajena a los observadores, terminó de secarse, hizo unos estiramientos y sacó de una minúscula mochila un pareo rojo con soles amarillos, se lo anudó al cuello y, despreocupada, se aproximó lentamente hacia la terraza del California, saludando con la mano al que sería su patrón.

-      Vos sos mi nuevo jefe, no ?

-      Tú eres Muriel ?

-      Sí. Llegaron los papeles de la gestoría, hasta que no firmemos no me pondré a trabajar.

Parecía una chica desenvuelta.

-      Nada impide que nos tomemos un café.

-      ¿Exactamente qué he de hacer aquí?

-      Exactamente no lo sé, supongo que te lo explicaría Carmen, mi mujer, se trata de que puedas sustituirme cuando me ausente y puedas ayudar en lo que haga falta.

-      Por tres mil euros al mes más las propinas la indefinición no me preocupa mucho.

-      Hoy es el primer día de trabajo, el viejo dueño me traspasó el restaurante y hemos estado unas semanas de reforma. Creo que nadie aquí sabe bien bien lo que le tocará hacer.

En pocos minutos darían las diez de la mañana; en las habitaciones que había sobre el restaurante Didier y Cloude empezaban a desperezarse. Cándido les había acostumbrado a que cuando bajaban al restaurante les tenía preparados ya unos cafés, tostadas, mantequilla y mermelada. A las diez y media tenían la primera reunión de intendencia.

El Hotel California no aspiraba a ser más que un txiringuito, a Cándido le faltaba constancia y talento para querer hacer de aquella terraza una cosa distinta. Un txiringuito que si funcionaba bien podría llegar a rendir 100 euros por silla al día durante los 100 días que más o menos, con esas perspectivas Cándido llegaría incluso a ganar dinero. Un txiringuito responde a la fórmula de ensaladas, algo de fritura, varios arroces, plancha de pescado y carne, media docena de postres, fruta y menú infantil. Cándido había introducido algunas modificaciones en los arroces, esperaba que una barbacoa de pescado instalada en la parte trasera de las cocinas le permitiera ampliar la oferta de pescados; en la carta inaugural no había grandes novedades, aunque esperaba jugar con los platos fuera de carta, sobre todo si el suministro de Canito no fallaba. De momento para la primera semana tenían preparados los carpaccios de gamba de Ibiza con vinagreta de pistacho.

Las principales novedades llegaban con la carta de vinos y, sobre todo, con la reluciente nevera de vinos que presidía en nuevo salón, allí aparecían expuestas botellas magnum de hasta 12 litros, cuatro o cinco marcas fundamentales de champagne francés y abundantes vinos tinos y blancos franceses, españoles, algún italiano, californianos, chilenos y argentinos. La parte superior, la más fría, para los espumosos, los blancos inmediatamente después, rosados y en la parte inferior tintos. Un buen catálogo de licores. Todo ello en una habitación acristalada que se había instalado con la vocación de ser la joya del California, Cándido había invertido 150.000 euros en la instalación y el botellerío.

Por lo demás Cándido había impuesto cierta manía obsesiva por la limpieza, algo ajeno al viejo pescador, Cocina, salón y terraza debía quedar impecables antes y después de cada servicio, de hecho la reunión de intendencia era más una revisión de pulcritud. Para ayudar a esas tareas una de las primas de Mustha hacía un par de horas – de cinco a siete de la tarde – para asegurar que el servicio de cena sería impecable.

Se mantenían viejas reglas impuestas por Pangloss, la primera que no se hacían reservas para la terraza, sólo para el salón interior; nunca mesas de más de 12 comensales. Para los compromisos y los grandes clientes se habilitaba el llamado rincón de Pangloss, en realidad una mesa para seis comensales que se instalaba fuera de la terraza, sobre la arena, en principio estaba radicalmente prohibido superar los límites de la terraza por lo que el rincón de Pangloss sólo se ponía en servicio en ocasiones excepcionales y con la certeza de que la factura podría compensar la posible multa que pondría la policía municipal si por casualidad se dejaba caer por el local.

Para las ensaladas Cándido se había dejado llevar por la inspiración de Didi que, como buen francés, era un maestro en vestir los aderezos de las ensaladas. La costumbre del viejo pescador y del nuevo California era que las ensaladas fuera generosas, imaginativas y llenas de matices, Didí batía en segundos dos yemas de huevo con mostazas, mieles, especias, costrones de pan frito, lardones de pato, embutidos, virutas de queso, cebolletas y encurtidos hasta construir fuentes monumentales que dejaban sorprendidos a los comensales. El suministro de verdura, todo tipo de lechugas, se garantizaba con bolsas cerradas que llegaban directamente de un mayorista de Barcelona, cada bolsa tenía una vida media de cuatro o cinco días. La casa no invitaba nunca a chupitos de postre, pero quien pidiera bebidas tras el postre o quien reclamara cualquiera de los champagnes franceses sería convidado a las ensaladas.

Para la primera de las reuniones de intendencia Cándido no había preparado ninguna palabra especial, era persona poco dado a discursos; presentó a Muriel, que por la mañana permanecería en la cocina familiarizándose con los platos principales.

A eso de las once llegó un motorista con los papeles de la gestoría, incorporándose con ello oficialmente Muriel a la plantilla del California Hotel. Cloclo preparó una lista de música para el arranque del nuevo negocio, música norteamericana de los años sesenta y setenta, de arranque inaugural una versión del Hotel California de los Eagles perpetrada por los Gipsy Kings en clave de rumba. Cándido preparó una nueva ronda de cafés a la espera de los primeros clientes.

Mustha, Clocló y Didí tenían claro lo que debían preparar durante las dos horas previas a los primeros clientes, Cándido, sin embargo, no tenía otra tarea asignada que la de zascandilear de la cocina, al salón y de ahí a la terraza oteando quien podría ser el primero de los visitantes; durante las primeras dos horas sólo tres turistas apremiados con necesidad de ir al servicio. Las primeras comandas fueron por lo tanto rutinarios cafés.

Muriel recomendó a Cándido que se pusiera su mejor camisa floreada, asumiera el gesto y pose de un sofisticado patrón y se tomara el enésimo café de la mañana leyendo el periódico en la terraza.

En el diario venía una receta de arroz con pato que podría ser ideal para un posible menú de otoño. La receta necesitaba medio kilo de arroz bomba, un pato salvaje – preferentemente azulón -, medio kilo de cabeza de costilla de cerdo, 100 gramos de tomates secos, 50 gramos de aceitunas negras – Cándido imaginó ya el plato con kalamatas -, un diente de ajo, media cucharadita de pimentón dulce, perejil y pimienta en grano.

El pato debe estar limpio y cortado separando muslos, contramuslos, pechugas y alones. Se salpimentan las costillas de cerdo y el pato, cociéndolas en dos litros de agua con unos granos de pimienta negra, un ramillete de perejil y sal. La cocción es reposada ya que el objetivo es que las carnes del pato queden tiernas. Se retira la carne, se cuela y desgrasa el caldo, que servirá para el arroz.

Escurrido bien el plato se rehoga en la paella con un chorrito de aceite de oliva, debe quedar dorado. Una vez conseguido el color deseado se retira el pato y en la misma grasa se rehoga una cebolla y un ajo bien dorado, así como los tomates secos previamente remojados. Los tomates secos se cortan en trocitos pequeños y se saltean junto con la cebolla y la media cucharadita de pimentón.

Añade el arroz y se mezcla bien permitiendo que los granos de arroz se tuesten un poco, se incorpora el caldo hirviendo de la carne – dos tazas de caldo por cada taza de arroz – y se deja cociendo un cuarto de hora generoso. Cuando lleve el guiso 10 minutos se incorpora la carne de las costillas de cerdo y la carne del pato, desechando los huesos más grandes. Se rectifica de sal y se aguarda a que el arroz coja su punto. Mientras reposa se esparcen las aceitunas de Kalamata.

Cándido pensó que este arroz ligaría muy bien con olivada, o con garum que no fuera muy fuerte, para el pato no perdiera sentido.

 Clocló y Didí habían dado la voz entre sus amigos de la isla anunciando que un enigmático empresario catalán se haría cargo del viejo pescador, ahora California Hotel, de modo que antes del medio día había varias mesas de la terraza ocupadas por ruidosos amigos de los franceses. Bien aleccionados los primeros comensales pidieron los nuevos platos, o los platos remozados del menú. Cándido hizo una foto de la terraza con el móvil y se la mandó a Carmen, ella respondió con la imagen de un cuadro de Soutine y todo tipo de besos y parabienes.