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miércoles, 29 de marzo de 2017

CDXIII.- Proust, Tiépolo, la princesa de Guermantes, pimentón, calamares y el color rojo.


No suelo utilizar el pimentón habitualmente en la cocina, me gusta su sabor, creo que da un toque muy original a los platos, no sólo por su sabor, sino también por el colorido que deja sobre la mesa.

Me da rabia comprar pimentón porque para utilizar una o dos cucharaditas he de comprar un bote que termina olvidado en el cajón de las especias durante meses.

EL pimentón no se conserva bien, a diferencia de otras especias que resisten una eternidad en los armarios, el pimentón entristece y va adquiriendo un color parduzco, pierde su brillo y su sabor se va amargando poco a poco, sumiendo los guisos en una depresión de la que difícilmente pueden salir.

Cuando reviso el cajón de las especias compruebo que tengo tres o cuatro frascos empezados, aún y así, cuando he de cocinar con pimentón voy de nuevo a la tienda para comprar y abrir un bote nuevo por el placer de ver ese color rojo resplandeciente, el rojo Tiepolo que describía algún novelista del siglo XIX. Ese color rojo intenso que se traslada al guiso y que consigue que desprenda luz desde dentro.

Cada cierto tiempo reviso los cajones, abro los botes o las latitas metálicas con viejas muestras de pimentón, compruebo cómo han evolucionado los colores y, al cabo de unos meses, tiro los viejos recipientes todavía medio llenos.

Es una pena que no vendan el pimentón en recipientes minúsculos, parecidos a los del azafrán, los que permiten utilizar una o dos dosis a lo sumo, aquellos que sirven para un par de guisos.

No sé cuánto dinero llevo tirado en pimentón. Por suerte no es un producto excesivamente caro, pero me da rabia desperdiciarlo gratuitamente. Tal vez por estas razones llevo mucho tiempo sin guisar con pimentón, es una pena.

Hace un par de noches, leyendo para coger el sueño, descubrí una descripción de una fiesta en un glamuroso salón de finales de siglo. El escritos describía el vestido de una de las protagonistas que llevaba un magnífico rojo Tiépolo.

A la mañana siguiente puse en el buscador de la tableta el nombre de Tiépolo para intentar recordar cómo eran aquellos rojos. Buceando en la red descubrí hasta tres Tiepolos pintores, los tres barrocos, el padre y sus dos hijos, los tres excelentes dibujantes. El padre, pintor de la corte española del siglo XVIII, es el más afamado: Giambatista. Yo, sin embargo, he elegido un cuadro de su hijo Giandoménico, encaja mejor con la receta y con la historia que quiero contar.

El rojo Tiépolo tiene poco que ver con los bermellones intensos que aparecen en las salsas de tomate. El rojo Tiépolo es más delicado, menos rotundo. Supongo que una salsa de tomate hecha con pimientos rojos, tomate, cebolla y una zanahoria, podría llegar a tener un color menos intenso que el de las salsas de tomate que encantan a mis hijos.

Enseguida vinculé el rojo Tiépolo al destello rojo que se produce cuando se abre una lata de buen pimentón, pimentón de la Vera.

Proust, el tránsito al sueño, los echarpes de la princesa de Guermantes, Tiépolo … Una cosa llevó a la otra y he terminado preparando unos calamares a la andaluza, buscando en el plato esos rayos luminosos de surgen del buen pimentón.

Tenía la impresión de haber escrito sobre esta receta antes, de hecho, he estado utilizando varios buscadores para intentar localizarla/localizarme. Al final el ordenador me dice que no he escrito nada sobre un guiso de calamares con pimentón, calamares a la andaluza, un platillo que preparo de vez en cuando y con el que consigo engañar a los niños.

Para unos calamares a la andaluza se necesitan 3 calamares de potera (si son de peor calidad no hay problema, igual que si se utiliza sepia). Se limpian y cortan en aros, conservando las tripas, no la tinta.

Se pica una cebolla hermosa, de las frescas blancas de Figueras que son un punto dulces y muy acuosas.

Se pone un chorro generoso de aceite de oliva en una sartén grande y se templa a fuego medio, no tiene que humear.

En cuanto el aceite tome temperatura se echa la cebolla picada y se deja rehogando a fuego suave para que no se doren los trocitos de cebolla. A media cocción se añade sal y una pizca de pimienta blanca.

Cuando la cebolla esté transparente se añade una cucharada sopera de harina y se deshace bien en el sofrito. Cuando haya quedado bien deshecha se le pone al guiso una copa de vino de jerez seco, subimos un poco el fuego para que evapore bien el alcohol.

Se pican las tripas de los calamares (en catalán les llaman budells, son los intestinos de color pardo, no la tinta. Tienen un sabor muy intenso). Se incorporan las tripas al sofrito, se mezclan bien y enseguida se añaden dos cucharadas pequeñas de pimentón rojo de la vera. Fuego muy bajo, si el pimentón se tuesta amargará. No le va mal añadir una cucharada de tomate frito.

Una vez mezclado se añaden los aros de calamar, medio litro de caldo de pescado que no sea muy fuerte (puede ponerse agua porque entre el pimentón, el jerez y las tripas del calamar). Se menea un poco la sartén para que todo trabe bien, 10 minutillos de cocción y a la mesa con un poco de arroz hervido (arroz pilé si queremos que quede más fino) o de quinoa (el comidista no sabía qué hacer hoy con la quinoa).

Si todo va bien, que siempre va bien, quedará un plato con tonalidades rojas Tiépolo.

Como imagen de referencia un cuadro del hijo de Tiépolo, en realidad unos frescos de una villa italiana. Es un cuadro sorprendente porque casi todos los personajes están de espaldas, viendo las novedades que vienen del mundo nuevo, de América, como vinieron los pimientos que se asentaron en Murcia para disfrutar ahora del pimentón de Vera, una delicia llena de matices. Puede que compre otra latita de pimentón para seguir cocinando.

Si os fijáis en el cuadro los vestidos de los personajes reproducen el rojo en sus distintos matices.
Resultado de imagen de tiepolo

viernes, 29 de junio de 2012

CAP. CLIX.- Atemperando el espíritu (2)


Me quedan unas horas para marcar hacia Girona, a comer en el Celler; ésta ha sido una semana calurosa, de madrugadas pesadas en las que no ha sido sencillo conciliar el sueño, en las que los amaneceres iban acompañados de una absurda resaca consecuencia de las deshidratación. No hay nada más triste que levantarse entumecido, con la boca pastosa y un persistente dolor de cabeza sin haber bebido nada de alcohol.

Con la finalidad de ir atemperando el espíritu de cara a la comida de mañana nada mejor que algunas lecturas – El catalán muy fino no sólo me solucionó mis dudas existenciales sobre el aperitivo, sino que también me facilitó una receta que espero copiar y tunear los próximos días; José Carlos Capel en su blog comentaba que había visitado el Celler el fin de semana de San Juan y acompañaba una serie de fotos absolutamente lujuriosas - http://blogs.elpais.com/gastronotas-de-capel/2012/06/24/

Este ejercicio de atemperamiento espiritual me ha llevado a un viejo recuerdo sobre las razones que me llevaron en su día a iniciar esta bitácora, la necesidad de conectar la cocina, la gastronomía, en el ámbito o expresión de la cultura, del modo de ser de la gente. Hace muchos meses un bloguero argentino me propuso que le mandara una fotografía de mi biblioteca de cocina; hace otras semanas en otro blog se pedía una fotografía de un instrumento de cocina con especial significado o cariño, yo mandé la fotografía de una pequeña mandolina.

Puede que al final la necesidad de hablar o de escribir sobre cocina sea tanto o más apetecible que el placer de comer o de probar nuevos platos; no en vano la cocina puede terminar de convertirse en un genero literario no sólo por la influencia de escritores como Vázquez Montalbán o Josep Pla, sino por la tradición de Dumas o de la Pardo Bazán. Es divertido descubrir en una novela la importancia que para la narración o el narrador pueda tener un plato o un sabor. De ahí que la imagen de hoy no se destine a destacar el reflejo de la comida en el arte, sino que se trate de un bodegón, una naturaleza muerta compuesta por libros, un cuadro de Botero, pintor de las redondeces.


El placer de hablar, de escribir, de ver las cocinas y sus manejos, conecta con cierto gusto por la estética de los platos de muchos cocineros; atrás queda el feísmo de los platos llenos hasta los bordes, los caldos pardos y las piezas o porciones irregulares; atrás queda la opulencia naturalista de los asados que parecían ejercicios de taxidermia; atrás también algunas combinaciones rococós en las que el plato se adornaba con perifollos y guirnaldas que no eran comestibles.

La cocina moderna se ha apuntado fundamentalmente al minimalismo, algunos cocineros se animan a presentaciones influidas por el arte pop; hay cierto gusto estético no sólo en las presentaciones, sino también en las cocciones y guisos.

Algún día tendré que recuperar una vieja receta de Adriá que convertía en una vidriera modernista un plato de verdura escalibada.

Hoy será un día de lecturas y de lechugas, con el fin de terminar de afinar el ánimo y los adentros; una opción para la receta de hoy podría ser un vaso de agua fría y unas hojas de lechuga romana aderezadas con un chorrito de aceite y un poco de comino en polvo, pero la revisión de los recetarios de Joan Roca me ha llevado a una parmentier de calamares, un trampojo que puede presentarse como si fuera una pieza de bisutería.

Es necesario un calamar de potera que se limpia reservando las aletas y las patas para trabar la salsa.

Se abre el calamar como si fuera una hoja de papel y se corta en tira de 0’5 centímetros de ancho, se espolvorea un poco de pimentón rojo y se colocan como si fuera un hatillo, un cilindro que se compacta envolviéndolo en papel film, dejándolo en el congelador para que coja cuerpo. En el momento de servir se corta en lonchas finas produciendo la sensación de que se trata de un fiambre.

Para la parmentier de patatas se necesitan 750 gramos de patatas nuevas que se cuecen al horno con la piel, cuando estén tiernas se les retira la piel en caliente y se pasan por un pasapuré – la razón de asarlas en vez de hervirlas es evitar agua adicional que le reste cremosidad al puré.

Con la pasta de la patata ya pasada se colocan en un vaso de batidora y se emulsiona añadiendo 10 cl de nata líquida y después otros 10 cl de aceite de oliva, un poco de sal y de pimienta blanca. La nata y el aceite se añaden como si fuera para hacer una mayonesa, con la batidora a velocidad media/alta y un hilillo de líquido cayendo sobre la masa de la patata.

Para la espuma de calamares hay que cortar dos cebollas y dos zanahorias en juliana, se rehoga la verdura a fuego suave con un poco de aceite de oliva. Cuando la verdura esté “atontada” añadir las patas y las aletas del calamar que hemos limpiado antes; se cubre la mezcla con agua  mineral – poco menos de un litro – y se deja hervir durante al menos media hora. En el tramo final de la cocción se añaden 100 gramos de mantequilla en pomada – se pone el trocito de mantequilla en un cuenco y se le aplican 20 segundo de microondas para que quede licuada -; con unas varillas se bate la mezcla para que quede espumosa.

A la hora de presentar el plato se da forma de semiesfera al puré cremoso de patata, sobre esa semiesfera se coloca una loncha fina del “fiambre de calamar” y se salsea con la espuma de calamares. Se plato puede terminarse pasando por una plancha unos chipirones pequeñitos.

No me resisto a espolvorear una pizca de perejil fresco, unos cristalillos de sal y un hilo de aceite de oliva para darle lustre al plato.