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martes, 29 de noviembre de 2011

CAP.LXXXVII.-Espejismos entre el mar y la montaña.

No sé si era Pablo Picasso el que comentaba a cerca de la inspiración que cuando llegara era mejor que le encontrara trabajando.
Hay ocasiones en las que uno se queda esperando una ráfaga de luz que no termina de llegar y, mientras tanto, se pierde algunas señales luminosas que considera menos importantes, puede que eso haya sido lo que me ha ocurrido este complejo mes de noviembre que estoy deseando que termine.
Llevo días empeñado en encontrar entre mis recetarios alguna referencia a un guiso de cigalas con manitas de cerdo, estaba convencido de que entre los libros de Josep Pla, los de Vazquez Montalbán, los del Motel Ampordá, los dietarios de Comadira o vayase usted a saber donde conservaría uno de los ejemplos claros de loq que suele denominarse cocina de mar y montaña, muy usual en el Ampordá y, por extensión, en casi toda la cocina catalana.
Después de revolver Roma con Santiago he descubierto que mi soñada receta de escamerlans amb peus de porc, o peus de porc amb escamerlans no existía sino en mis ensoñaciones lo que me ha obligado a replantear esta entrada.
Un amigo muy querido que no sé si leerá de continuo este blog me comentaba el otro día que estaba dispuesto a epatar a su familia política - salmantina - con esta receta para navidades.La imagen era casi tan potente como el sabor de este plato ya que me imaginaba la estólida meseta castellana, blanqueada por la escarcha del mes de diciembre, envuelta en los vapores de un guiso tan peculiar. Un espejismo que podría llegar a convertirse en una pesadilla si se gestionaba sin sentido del humor.
Enfrascado en estas ensoñaciones descubrí de modo causal la obra de un pintor cubano asentado en Europa, un nombre fijo en el catálogo permanente de la Marborough: Julio Larraz, pintor que acaba de cumplir setenta años, deudor de los hiperrealistas como Antonio López, del arte pop, influenciado por Magritte, empapado del mejor Hockney,  de la melancolía solitaria y marina de Hopper, tropicalista a su pesar. Todos ellos y ninguno a la vez.
En mi espejismo de cigalas me gustaría que pudiera pescarlas la muchacha de este cuadro

No han de ser cigalas muy grandes, las de San Carlos de la Rápita creo que servirán. La cigala - norway lobster para los anglosajones - conserva un punto dulzón en sus piezas más exquisitas, a mi juicio es un marisco más sabroso que la propia langosta, un bocado exquisito que me ha costado más de un disgusto con los pescateros ya que cualquier manipulación por mínima que sea se detecta con con solo olerlas.
Pasaré un quilo de cigalas por una sartén con un diente de ajo, una hojita de perejil, un poco de pimienta y un chorreó de aceite de oliva. No conviene que se hagan mucho, lo justo para que suelten un poco de jugo y muden el color de la cáscara. han de estar muy frescas, sería estupendo poder esperar a que nuestra buceadora nos las llevara a la orilla y cocinarlas allí en una hoguera sobre la arena.
A riesgo de que lo que propongo sea delito, incluso, pecado, la otra opción será la de pedir que sea un pescador profesional el que nos las facilite.

El guiso perderá frescura, no tendrá el elemento lujurioso, pero ganará en profundidad.
Retiraremos las cigalas apenas cocinadas y en ese aceite sofreiremos una cebolla hermosa picada al milimetro - mejor una cebolla de figueras, muy acuosa, o una cebolla morada -, y tres zanahorias no nuy grandes, de las de manojo, que son un poco más dulces. también debemos tener preparados un par de tomates de pera pelados y despepitados para añadir en el tramo final.
Con el diente de ajo sofrito, unas ramitas de perejil fresco, una decena de hebras de azafrán, cuatro o cinco avellanas, sal gorda y unas galletas de las de toda la vida - en Cataluña usamos Carquinyolis, que son unas cuñas duras de masa dulce que llevan incrustados frutos secos bien tostados - hacemos una picda generosa que pulverice todos y cada uno de los ingredientes. Si queremos juguetear con la sofisticación podrías terminar de trabar la picada con un chorrito continuo de aceite de oliva que ligara la salsa como si fuera una ligera mayonesa, una crema que podría servirnos para redondear el plato.
Tenemos, por lo tanto, las cigalas sofritas, el sofrito humeante, la picada cremosa. Como se habrán enfriado las cigalas podremos pelarlas sin escaldarnos las yemas de los dedos. Las cabezas, las patas y los caparazones los pasamos por el chino para que suelten todo su jugo sobre el sofrito de verduras, que terminaremos de cocinar hasta que los ingredientes hayan quedado del todo diluidos.
Llega el momento de los pies de cerdo, manitas de cerdo en el nomenclátor culinario castellano. En Cataluña hay afición al pie grande, en Castilla da cierto reparo, yo en este caso prefiero la pezuña pequenita, bien limpia y blanqueada, partida por la mitad. En una olla a parte la escladaremos con abundante agua, terminaremos de eliminar impurezas y algunas cerdas gruesas que embrutecerían el plato. Hay que hervir las manitas - media docena de ellas - en abundante agua fría con un puerro, unos granos de pimienta, dos o tres zanahorias, unos cascos de cebolla, un tomate partido en dos y poco más. En función del tamaño la manita pedirá entre hora y media y dos horas de hervor. Se sabe que están a punto cuando los huesos empiezan a despegarse de los cartílagos.
La tarea que llega ahora es laboriosa ya que hay que deshuesar las manitas intentando que la piel, las gelatinas y los cartílagos comestibles permitan mantener la forma abarquillada del pie, que nos servirá como base para presentar el plato.
Cada media manita abierta y deshuesada se untará generosamente con el sofrito de verdura, y sobre esta capa se colocarán tres o cuatro colas de cigala peladas. La picada convertida en crema de color entre pardo y bermellón, en función del juego que hayan dado las hebras de azafrán, terminará de componer el plato, al que sólo le quedará gratinarse unos minutos al horno con una pizca de pan rallado por encima.
Ya tenemos este espejismo de mar y montaña, hecho a partir de algunos cuadros de Larraz, un plato enigmático, casi tanto como la buceadora en fuga del último de los cuadros que he capturado esta penúltima noche de noviembre.


martes, 30 de agosto de 2011

CAP. LII.- Disgresiones gastronómicas de finales de agosto.

Pasamos el último día en Mallorca, se han ido los amigos y hemos cumplido con prácticamente todos nuestros compromisos; vuelve a apretar el calor. Improvisamos una excursión mañanera a Cala Figuera y el parque natural de Mondragón - la playa de S'Amarador y la cala Mondragón -. En Cala Figuera paramos a tomar un café obligado - uno de los niños tiene que ir al servicio y no aguanta mucho -, son apenas las doce y media de la mañana y casi todos los bares y restaurantes están cerrados, la necesidad apremia, hay que parar de inmediato. En el centro del pueblo encontramos un restaurante francés, muy francés, que está empezando a trajinar en la cocina; cuando digo que el restaurante es muy francés es porque es muy francés: Tablones exteriores con los platos en francés, cocinero francés que no quiere hablar una palabra de castellano cuando le pedimos un par de cafés como excusa para que los niños le ocube el lavabo, guisos netamente franceses (gigot de cordero con salsa de tomillo o de ajo, clafutís varios, quiches de todo tipo, turnedó rossini y foie en diversar versiones, así como todo tipo de aspics salados y repostería afrancesada); en las paredes del local fotografías de Brassen, Montand, Gainsbourg, Brel - que es belga pero le tienen asimilado -, Piaf, y fotos de Polares clásicos de los años 60 y 70; la música sin embargo es reggae, supongo que cuando empiecen los servicios atacarán con lo mejor de la Chançon.
El restaurante está situado en una pequeña iglesia neorenacentista, no es un sitio muy puesto pero sí llamativo en un entorno de pizzerías y puestos de salsichas y hamburguesas. Tiene una terraza en un reducido jardín en el pórtico de la capilla; se para un camión de reparto de carne y un recio transportista baja con un cordero de unos 10 kilos cargado a la espalda.
Primera disgresión: ¿ Qué pintará un restaurante francés en medio de aquel lugar ? Cala Figuera es una garganta preciosa a 10 kilómetros de Santanyí, unas cuantas calles entorno a un puerto natural. El restaurante se llama la petite iglesia (www.la-petite-iglesia.com); cuando entro en la página web le encuentro algo de sentido a ese capricho francés en un rincón de la isla, el restaurante ofrece un catering a los barcos que recalan por la zona, así sí encajan las propuestas y también los precios. Apuntamos la referencia para probarlo sin niños y sin apremios.
Segunda disgresión: El fin de semana pasado vinieron a vernos unos amigos de Barcelona, él es un gran cocinilla y ella tiene un paladar exigente; durante una de las comidas me comenta su descubrimiento del gazpacho Alvalle, hasta allí todo bien ya que por lo visto es un precocinado de prestigio; lo sorprendente es que me comentara que empleaba el gazpacho como sustitutivo de la salsa de tomate en algunos guisos, sustitución que le había dado grandes éxitos familiares ese verano, sobre todo en unos calamares rellenos. En el blog de El Comidista de hoy aparece una hit parade de los gazpachos industriales - http://blogs.elpais.com/el-comidista/ -. Apunto el truco aunque no prometo utilizarlo ya que mis pobres tripas sufren ardores incandescentes solo pensando en el gazpacho artifical.
Tercera disgresión: una buena amiga -- activa seguidora de este blog - me comenta que este verano ha descubierto las cigalas con patatas y huevos fritos; una combinación para mí novedosa aunque ya había concodio los huevos fritos con foie, con láminas de boletus edulis, incluso con angulas (los huevos charleston del Casa Clara en el límite entre Alicante y Valencia por la antigua nacional). De nuevo habré de tomar nota, puede que no me atreva a profanar unas cigalas en casa pero si veo el plato en alguna carta exótica tendré que catarlo.
Cuarta disgresión: Como ejercicio de disciplina me había impuesto para esta fase mallorquina del veraneo utilizar reproducciones de playas impresionistas, de hecho tenía ya seleccionada la de esta última entrada.
Una playa de Manet, sin embargo pasados los días creo que es un desatino no buscar alguna playa de Mallorca, donde hay una importante escuela de paisajistas con claras influencias impresionistas y fauvistas. Buscando en mis archivos he encontrado algunos cuadros de Dionis Bennasar, un pintor afincado en Pollença que ha desarrollado su obra durante la primera mitad del siglo XX (murió en 1967).
Esta es la web de su fundación museo - http://www.museudionisbennassar.com/index.php -.


Quinta disgresión: Al final no he podido salr a pescar, es complicado encajar tantas aficiones en tan poco espacio de tiempo, lo dejo para el año que viene; hace un par de días cenamos un espectacular cabracho a la parrilla que me supo como si lo hubiera pescado yo mismo.
(Dejo otro cuadro de Bennasar para que os imaginéis la pinta del pescado que nos cenamos).
Sexta y última disgresión. Rebuscando en las bibliotecas virtuales de cara al otoño/invierno - estoy intentado hacerme con un libro de cocina de la Pardo Bazán, con el fin de seguir indagando en los fundamentos de la cocina tradicional española -, descubro que en una de las cenas públicas de mayor trascendencia de su vida profesional, cuando ganó el puesto de catedrática tras haber sido rechazada como académica de la lengua, acudió a platos y recetas francesas en vez de españolas - http://www.historiacocina.com/gourmets/articulos/pardobazan1.htm -, lo que permite pensar que en momentos importantes las convicciones de doña Emilia temblaban. Al hilo de esta última disgresión creo que se justifica que como última receta del verano es vez de un plato tradicional mallorquín apunte hacia un plato de corte italiano que le hice ayer por la noche a unos amigos: Calabacines al pesto.
Para este plato se necesitan tres calabacines de tamaño medio, han de ser de un tamaño parejo los tres -yo utilicé los mallorquines que son de piel verde clara -. Se parten los calabacines en cilindros de tres o cuatro centímetros de alto. Hay que engrasar la placa del horno, salpimentar los calabacines y regarlos con un poco de aceite de oliva. Conviene que el horno no esté a temperatura muy elevada (no superar los 200º) ya que se trata de que se asen sin quemarse las verduras.
Cuando están doraditos por ambos se retiran del horno; hay que dejarlos enfriar un poco para sacar con cuidado la pulpa - la piel ha de conservarse sin romper.
En un vaso de batidora se ponen dos dientes de ajo hermosos, una docena de hojas de albahaca fresca, 150 gramos de queso parmesano, 100 gramos de un manchego tierno y 100 gramos más de queso fresco - yo tenía que utilizar mató de la zona (el brossat mallorquín) pero desapareció a la hora de la merienda -; 100 gramos de piñones, sal y pimienta. Se le aplica batidora hasta que quede una pasta que hay que ir suavizando con aceite, no conviene que quede muy líquida la pasta ya que ha de servir como relleno de los calabacines.
Hecha la pasta se rellenan los cilindros de calabacín y se granitan unos minutos antes de servir. No es el pesto genovese - dos de los tres quesos no son italianos -, pero puede servir como pesto de Sa Rápita.
Ya solo queda darse un último chapuzón y hacer las maletas. La nevera está ya pelada, así que no caben florituras para cenar.