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domingo, 18 de marzo de 2012

CAP.CXXVI.- Bel·la Roma.


El próximo fin de semana me escapo a Roma con mi mujer. A la gente de mi generación y, sin duda, a la de generaciones anteriores lo de salir fuera de España sigue produciendo mucha emoción; no era tarea fácil. Excepto Portugal, el resto de Europa tenía precios prohibitivos, el transporte tampoco era barato y la mía es una generación que – en términos generales – sigue siendo bastante torpona en esto de los idiomas.

Salir al extranjero por placer era una experiencia por sí misma emocionante, al margen de la ciudad que fueras a visitar. Luego vinieron los inter-railes, los Erasmus, el Euro, los vuelos baratos … Mi hija mayor no tiene ya ese concepto de frontera que teníamos nosotros, que todavía necesitábamos pasaporte en regla y haber cambiado pesetas; los pequeños en apenas tres años han visto ciudades que yo tarde 18/20 años en conocer.

El arranque de esta entrada es ya una clara evidencia de lo chocho que puedo llegar a ponerme cuando estoy a punto de viajar.

A mi juicio Roma es una ciudad menos “sobrecogedora” de lo que pueda ser París, una ciudad más “humana” en la que a mí, por lo menos, no me entra el complejo de inferioridad que siento cuando paseo por otras capitales europeas y eso que Roma probablemente sea una ciudad inmensamente rica en historia, en arte y en encanto.

Por diversas casualidades esta escapada va a tener el añadido especial de que podremos visitar los jardines del Vaticano, un lugar no abierto al público, así que cruzo los dedos para que el sábado por la mañana amanezca un día soleado, a la altura del paseo que nos espera. El domingo si todo va bien podremos colarnos en la embajada española en la Santa Sede.

A lo largo de las ciento y pico entradas que lleva ya este blog he tenido la oportunidad de referirme a distintos platos de la cocina italiana, por lo tanto sería poco original que me conformara para esta ocasión con otra receta más. Puesto que el viaje quedará marcado por el influjo vaticano creo que es buena ocasión para referirme al libro “los secretos de la cocina del Vaticano”, de Eva Celada, editado por la Editorial Planeta en el año 2006; ya he hecho alguna referencia a este libro.

Revisando alguna de las recetas que, en su día, me llamaron la atención releo la referencia de un restaurante romano: La Cappellette, una sala frecuentada por diversos cardenales, seguro que no se come mal. De entre ellos destaca el primado de Chicago, el Cardenal Low, que pierde el sentido por una cotrada de lubina con patatas.

Imagino que cuando uno llega a determinados niveles de poder o de influencia en el Vaticano lo de la fe debe quedar en segundo plano y habrán de primar otras cualidades.

El branzino que coloca al cardenal Low a la altura de cualquier mísero mortal es una lubina gratinada entre dos capas de patatas.

Se necesitan las supremas – los lomos sin espinas – de una lubina salvaje.

Arranca la receta pelando medio kilo cumplido de patatas que hay que pelar y cortar en rodajas de un centímetro de ancho. Se pasan las patatas por aceite de oliva, lo justo para que se doren aunque no se hagan del todo por dentro. Hay que retirar y escurrir bien las patatas.

En una fuente de horno se coloca de fondo una capa de las patatas fritas, se salpimentan ligeramente y sobre las patatas se extienden los lomos de lubina con la piel bocabajo, se salan los lomos y se le añade un poco de perejil picado.

Cada uno de los lomos de lubina queda después cubierto por un langostino fresco pelado y abierto en canal, los langostinos han de cubrir el pescado a modo de láminas translucidas, conviene por lo tanto que el langostino esté fresco. La receta no lo especifica pero habrá de quitarse el intestino que recorre toda la columna del langostino.

Hay que cubrir la bandeja con una capa final de patatas que debe comprimirse un poco, apretando las rodajas de patata con un tenedor, quebrando un poco las patatas hasta que la apariencia del plato sea la de un pastel.

Se cubre la bandeja con una bechamel no muy espesa y un poco de queso emmental rallado. Se pone el horno a 180º grados y se coloca la bandeja sobre los 20 minutos – un poco más si las supremas son gruesas. El toque del cardenal es que en el momento de servir las porciones del pastel de lubina se espolvorea caviar.

Siendo el Cardenal Low primado de Chicago tenía la excusa estupenda para bucear en The Art Institute of Chicago, en el que había un cuadro de Manet que me venía como anillo cardenalicio al dedo, la pena es que ese cuadro lo había utilizado ya para una de las primeras entradas.


Con el fin de no perder la originalidad rescato de aquella pinacoteca de Chicago un maravilloso cuadro de Gauguín de título también sacro: el día de los dioses.

No descarto escaparme al Cappellette a la búsqueda de algún cardenal hambriento.

martes, 30 de agosto de 2011

CAP. LII.- Disgresiones gastronómicas de finales de agosto.

Pasamos el último día en Mallorca, se han ido los amigos y hemos cumplido con prácticamente todos nuestros compromisos; vuelve a apretar el calor. Improvisamos una excursión mañanera a Cala Figuera y el parque natural de Mondragón - la playa de S'Amarador y la cala Mondragón -. En Cala Figuera paramos a tomar un café obligado - uno de los niños tiene que ir al servicio y no aguanta mucho -, son apenas las doce y media de la mañana y casi todos los bares y restaurantes están cerrados, la necesidad apremia, hay que parar de inmediato. En el centro del pueblo encontramos un restaurante francés, muy francés, que está empezando a trajinar en la cocina; cuando digo que el restaurante es muy francés es porque es muy francés: Tablones exteriores con los platos en francés, cocinero francés que no quiere hablar una palabra de castellano cuando le pedimos un par de cafés como excusa para que los niños le ocube el lavabo, guisos netamente franceses (gigot de cordero con salsa de tomillo o de ajo, clafutís varios, quiches de todo tipo, turnedó rossini y foie en diversar versiones, así como todo tipo de aspics salados y repostería afrancesada); en las paredes del local fotografías de Brassen, Montand, Gainsbourg, Brel - que es belga pero le tienen asimilado -, Piaf, y fotos de Polares clásicos de los años 60 y 70; la música sin embargo es reggae, supongo que cuando empiecen los servicios atacarán con lo mejor de la Chançon.
El restaurante está situado en una pequeña iglesia neorenacentista, no es un sitio muy puesto pero sí llamativo en un entorno de pizzerías y puestos de salsichas y hamburguesas. Tiene una terraza en un reducido jardín en el pórtico de la capilla; se para un camión de reparto de carne y un recio transportista baja con un cordero de unos 10 kilos cargado a la espalda.
Primera disgresión: ¿ Qué pintará un restaurante francés en medio de aquel lugar ? Cala Figuera es una garganta preciosa a 10 kilómetros de Santanyí, unas cuantas calles entorno a un puerto natural. El restaurante se llama la petite iglesia (www.la-petite-iglesia.com); cuando entro en la página web le encuentro algo de sentido a ese capricho francés en un rincón de la isla, el restaurante ofrece un catering a los barcos que recalan por la zona, así sí encajan las propuestas y también los precios. Apuntamos la referencia para probarlo sin niños y sin apremios.
Segunda disgresión: El fin de semana pasado vinieron a vernos unos amigos de Barcelona, él es un gran cocinilla y ella tiene un paladar exigente; durante una de las comidas me comenta su descubrimiento del gazpacho Alvalle, hasta allí todo bien ya que por lo visto es un precocinado de prestigio; lo sorprendente es que me comentara que empleaba el gazpacho como sustitutivo de la salsa de tomate en algunos guisos, sustitución que le había dado grandes éxitos familiares ese verano, sobre todo en unos calamares rellenos. En el blog de El Comidista de hoy aparece una hit parade de los gazpachos industriales - http://blogs.elpais.com/el-comidista/ -. Apunto el truco aunque no prometo utilizarlo ya que mis pobres tripas sufren ardores incandescentes solo pensando en el gazpacho artifical.
Tercera disgresión: una buena amiga -- activa seguidora de este blog - me comenta que este verano ha descubierto las cigalas con patatas y huevos fritos; una combinación para mí novedosa aunque ya había concodio los huevos fritos con foie, con láminas de boletus edulis, incluso con angulas (los huevos charleston del Casa Clara en el límite entre Alicante y Valencia por la antigua nacional). De nuevo habré de tomar nota, puede que no me atreva a profanar unas cigalas en casa pero si veo el plato en alguna carta exótica tendré que catarlo.
Cuarta disgresión: Como ejercicio de disciplina me había impuesto para esta fase mallorquina del veraneo utilizar reproducciones de playas impresionistas, de hecho tenía ya seleccionada la de esta última entrada.
Una playa de Manet, sin embargo pasados los días creo que es un desatino no buscar alguna playa de Mallorca, donde hay una importante escuela de paisajistas con claras influencias impresionistas y fauvistas. Buscando en mis archivos he encontrado algunos cuadros de Dionis Bennasar, un pintor afincado en Pollença que ha desarrollado su obra durante la primera mitad del siglo XX (murió en 1967).
Esta es la web de su fundación museo - http://www.museudionisbennassar.com/index.php -.


Quinta disgresión: Al final no he podido salr a pescar, es complicado encajar tantas aficiones en tan poco espacio de tiempo, lo dejo para el año que viene; hace un par de días cenamos un espectacular cabracho a la parrilla que me supo como si lo hubiera pescado yo mismo.
(Dejo otro cuadro de Bennasar para que os imaginéis la pinta del pescado que nos cenamos).
Sexta y última disgresión. Rebuscando en las bibliotecas virtuales de cara al otoño/invierno - estoy intentado hacerme con un libro de cocina de la Pardo Bazán, con el fin de seguir indagando en los fundamentos de la cocina tradicional española -, descubro que en una de las cenas públicas de mayor trascendencia de su vida profesional, cuando ganó el puesto de catedrática tras haber sido rechazada como académica de la lengua, acudió a platos y recetas francesas en vez de españolas - http://www.historiacocina.com/gourmets/articulos/pardobazan1.htm -, lo que permite pensar que en momentos importantes las convicciones de doña Emilia temblaban. Al hilo de esta última disgresión creo que se justifica que como última receta del verano es vez de un plato tradicional mallorquín apunte hacia un plato de corte italiano que le hice ayer por la noche a unos amigos: Calabacines al pesto.
Para este plato se necesitan tres calabacines de tamaño medio, han de ser de un tamaño parejo los tres -yo utilicé los mallorquines que son de piel verde clara -. Se parten los calabacines en cilindros de tres o cuatro centímetros de alto. Hay que engrasar la placa del horno, salpimentar los calabacines y regarlos con un poco de aceite de oliva. Conviene que el horno no esté a temperatura muy elevada (no superar los 200º) ya que se trata de que se asen sin quemarse las verduras.
Cuando están doraditos por ambos se retiran del horno; hay que dejarlos enfriar un poco para sacar con cuidado la pulpa - la piel ha de conservarse sin romper.
En un vaso de batidora se ponen dos dientes de ajo hermosos, una docena de hojas de albahaca fresca, 150 gramos de queso parmesano, 100 gramos de un manchego tierno y 100 gramos más de queso fresco - yo tenía que utilizar mató de la zona (el brossat mallorquín) pero desapareció a la hora de la merienda -; 100 gramos de piñones, sal y pimienta. Se le aplica batidora hasta que quede una pasta que hay que ir suavizando con aceite, no conviene que quede muy líquida la pasta ya que ha de servir como relleno de los calabacines.
Hecha la pasta se rellenan los cilindros de calabacín y se granitan unos minutos antes de servir. No es el pesto genovese - dos de los tres quesos no son italianos -, pero puede servir como pesto de Sa Rápita.
Ya solo queda darse un último chapuzón y hacer las maletas. La nevera está ya pelada, así que no caben florituras para cenar.

martes, 17 de mayo de 2011

CAP.XIII.- Manet, Monet y otras excusa visuales para comer.

El pasado viernes fui a ver la última película de Woody Allen - Midnight in Paris -, un homenaje peculiar al universo intelectual de París a finales del siglo XIX principios del XX. Probablemente para disfrutar de la película y de la mayoría de sus gags hay que compartir ciertas claves culturales con Allen sin ellas la película puede considerarse un ejercicio herrático. Yo me lo pasé bien pero no me atrevo a recomendarla.
Sin embargo la excusa de la película me sirve para retomar una de las razones de este blog, la de indagar en lo que ha ido comiendo la gente a lo largo de los tiempos, conectar la comida/la grastronomía, con otros ámbitos de la vida cultural.
Si en el arranque de este blog busqué la imagen de un bodegón de Cezane ahora toca bucear en otros impresionistas intentando establecer qué comían o, fundamentalmente, que querían representar por medio de la comida.
Empezamos con un cuadro evidente, los comedores de patatas de Van Gogh:
Parece evidente que Van Gogh no tenía la comida entre sus prioridades, es difícil que a alguien le entren ganas de comer patatas tras ver este cuadro.
Seguimos con lo evidente, pero más apetecible, Manet:

La duda es si se trata de ejercicios de estilo para asentar la pericia en un arte tan complejo como el bodegón o realmente Eduard Manet era un gran burgues fascinado por la alta cocina. Probablemente cuando tenga que retomar el compromiso de compilar el recetario de Marcel Proust acudiré otra vez a las imágenes de Manet.
De entre esta primera selección de cuadros una referencia visual que en primavera es una gozada. Auguste Renoir - otro gran burgués:

Berenjenas, tomates de distintos timpos, tamaños y grados de maduración, limones, pimientos y una granada.El punto de partida para un pisto fabuloso, adornado con pepitas de granada.
Cerraré este desvarío visual haciendo proponiendo un ejercicio adivinatorio:
¿Cómo han de cocinar los diletantes de Manet el cesto de setas que acaban de recoger?

Una propuesta: No laven las setas, límpienlas ligeramente con un cepillo que tenga puas duras, no importa que queden restos de turba o briznas de hierva. Troceen las setas de modo irregular y colóquenlas sobre una sarten sin aceite, la sarten ha de estar caliente. Dejen que las setas pierdan la humedad, que suden, hay que moverlas a golpe de muñeca. Cuando las setas hayan rezumado líquido algo de líquido añadan un chorro de aceite de oliva, añadan sal al gusto y pimienta molida para que termine de rehogar. Es un plato que no requiere mucho tiempo. En na plancha a parte preparen una pieza de magret de pato - sigo fiel a mi referencia de Girona http://www.imperia.es/ - y coloquen el magret cortado en láminas finas sobre la cama de setas. En función de las aficiones de cada uno pueden colocarse un turbante o depojarse de toda la ropa - creo que tendré que recuperar un viejo relato erótico de García Hortelano en el que un sátiro bate una tortilla desnundo a base de agitar su instrumento.
En definitiva. Gracias Mister Allen por permitirme este juego.