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miércoles, 7 de marzo de 2012

CAP.CXXI.- España huele a ajo.


Esta frase la dijo Victoria Bekham al llegar a España; no es una cita muy intelectual pero resulta una excusa perfecta para arrancar la entrada de hoy. El olor de España a ajo no debe ser mucho mayor que el olor a ajo de otros países como Francia o Italia que utilizan el ajo como uno de los condimentos fundamentales de su cocina.

El ajo (Allium sativum) pertenece a la familia de las Liliaceae  y es originario de Asia central. Es una planta herbácea, perenne, bulbosa que es cultivada prácticamente en todo el mundo por su aroma.

Solo empezar a hablar del ajo ya produce cierto malestar gástrico que le hace poca justicia a esta planta que está presente en muchos platos aunque en pocas ocasiones tiene el honor de aparecer en el nombre del plato, más que nada porque su solo nombre suele asustar.

Con el fin de suavizar el impacto de la entrada hoy voy a colocar la imagen al principio acudiendo a un pintor poco sospechoso de “españolidad”, un impresionista francés al que ya le he robado algún que otro cuadro: Gustave Caillebotte; el cuadro de hoy es un homenaje al ajo en todo su esplendor: Dientes de ajo y cuchillo en el borde de la mesa, pertenece a una colección privada, probablemente de un amante de la cocina.


Revisando a vuelapluma el itinerario del diletante hasta el día de hoy recuerdo algunas entradas y referencias al ajo tanto al hablar del ajoblanco, como del rape con ajos requemados, la brandada de bacalao y multitud de sofritos en los que el ajo laminado o picado ha realizado discretamente su función de aderezo.

El bacalao al ajoarriero, las sopas de ajo, la cabeza de ajo en las lentejas, el pollo al ajillo, el alioli que marca su impronta en fideuas y en arroces marineros … Hay multitud de platos poco aptos para vampiros.

En la antigua Grecia en el templo de Cibeles estaba prohibido que entraran los devotos oliendo a ajo ya que los sacerdotes consideraban que el olor a ajo ofendía a la diosa; sin embargo en la Odisea de Homero Hermes facilitó a Ulises un ajo dorado para evitar que la diosa Circe le convirtiera en cerdo.

En indonesia hay una tribu que utiliza el ajo como aditamento para recuperar las almas perdidas.

Alfonso de Castilla en el año 1300 estableció que los caballeros que hubieran comido ajo no entraran en la corte ni pudieran dirigir la palabra a los cortesanos durante al menos un mes.

La diosa Hécate, diosa de la oscuridad y de la brujería, ha dado lugar a la superchería de colocar ajos en las encrucijadas de los caminos para alejar así los malos augurios; así quien vea ristras de ajos colgados a mediados de agosto por las calles que huya despavorido porque los ajos suelen anunciar ritos paganos – a Hécate se la celebra en la medianoche del 13 de agosto.

Pese a la mala fama del ajo lo cierto es que su presencia en los guisos potencia el sabor y lo vincula a ese gusto “umami” tan de moda en la actualidad. Sin ir más lejos este fin de semana asé un pollo con una triste cabeza de ajo en su interior y tanto la carne como la salsa del asado fue mucho más sabrosa que la de otras ocasiones en las que utilizo una manzana o un limón como aderezo interno.

Con el fin de terminar la entrada de modo elegante – por si lee este blog Victoria Bekham donde quiera que esté – voy a utilizar una receta de Ducasse, poco sospechoso de españolidad en su cocina, un cocinero elegante y postinero. El plato no enmascara su devoción por el ajo ya que se llama Sopa de ajo rosa de Lautrec, supongo que el maestro disculpará si no se usan ajos rosas de Lautrec y nos contentamos con un digno ajo albaceteño.

Para la sopa de ajo de Ducasse hay que poner en remojo medio quilo de lomos de bacalao durante 48 horas, cambiando el agua cada seis. Retirar la piel una vez desalado, secar bien los lomos y maceraros en una olla con un litro de leche y unas bayas de anís estrellado. Para macerarlos habrá que poner el fuego a muy baja temperatura para evitar que la leche hierva y mantenerlos en la leche caliente durante cinco minutos.

Se sacan los lomos de bacalao, se vuelven a escurrir si se rocían con aceite de oliva para tenerlos otros 15 minutos mas en cocción muy suave.

Terminado el proceso de maceración se desmiga el bacalao y se reserva.

Para la sopa se buscan 6 dientes de ajo hermosos, se pelan y se parten por la mitad para retirar el germen – así se suaviza el sabor -.

Se pelan dos o tres patatas monalisa y se cortan en dados gruesos.

Se cogen dos lonchas generosas de panceta que hierven en una cacerola a fuego muy lento, cuando el agua rompa a hervir se retira la panceta y se enfría de golpe en agua.

Se seca bien la panceta, se corta en tiras y se fríe con fuego vivo en una cocotte metálica – una cacerola, vamos -, cuando está dorada la grasa se añade una cebolla muy picada que se sofríe durante unos minutos evitando que se dore.

Se añade al menos medio litro de caldo de gallina al sofrito – habrá que retirarlo primero del fuego y esperar a que temple para evitar que el contacto del aceite con el líquido arrebate la cebolla y se ennegrezca.

Cuando hierva el guiso se le añaden los ajos pelados y picados, las patatas y una rama de tomillo, una hoja de laurel, unas ramas de perejil, un poco de pimienta molida y sal.

Se tapa la cacerola y se deja hervir una media hora a fuego muy suave.

Se retiran los trozos de panceta y las hojas de tomillo, laurel y perejil que han servido como condimento.

Se tritura el guiso pasándolo por una batidora, trabando un poco el caldo con un chorrito de aceite de oliva.

El plato se presenta añadiendo al caldo espeso las lascas de bacalao y una yema de huevo sobre la que colocamos unos cristales de sal maldón y una pizca de perejil picado. Si el caldo está bien caliente la yema de huevo cuajará ligeramente mientras se monta el plato y se presenta. Como mi amigo “el chaval” me regaló el otro día un huevo de pato creo que voy a utilizar la yema de aquel huevo – amarillo intenso, densa y luminosa – para mi refinada sopa de ajo afrancesada.

¿ Huele Francia a ajo ? ¿ Será Victoria Behkam una transmutación de Hécate ? Quien sabe.

jueves, 26 de mayo de 2011

CAP.-XV.- Gazpacho y despecho.

Gazpacho.- Género de sopa fría que se hace regularmente con pedacitos de pan y aceite, vinagre, sal, ajo, cebolla y otros aditamentos.
Despecho.- Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad. Desesperación.

25 de mayo, viaje a Madrid en AVE, salida a las 13 horas y regreso a las 21 horas. Primero el puente aéreo y después el AVE ha convertido el viaje Barcelona/Madrid/Barcelona en una rutina casi cotidiana, sin duda será positivo en muchos aspectos, a mí, por ejemplo, me ha permitido trabajar hasta bien entrada la mañana, preparar la reunión en el tren, hacer las gestiones en cuatro horas en Madrid y regresar a una hora razonable.
Esa optimización del tiempo tiene una penitencia: He malcomido y malcenado. Si viajas en turista la comida se reduce a un bocadillo correoso en el vagón cuatro o, en el mejor de los casos, unas tapas sintéticas en cualquiera de los bares de la estación. Si viajas en preferente te ofrecen períodicos, bebidas, las cajitas con comistrajos y, fundamental, un enchufe para el ordenador.
La primera vez que viajé de Madrid a Barcelona todavía no había autopista hasta Zaragoza, viajaba con mis hermanos y un amigo para ver por primera vez a Bruce Springsteen, paramos en Ateca para comer unas judías blancas con chorizo. Hacer el viaje en menos de siete horas era una azaña.
Ahora en los trenes la gente lleva portátiles, tabletas, MP3 ó 4, pero nadie lleva tarteras con tortilla de patatas o con filetes de pechuga de pollo empanados. Los vagones no huelen a comida sino a plástico recalentado.
Viajaba con el portatil para trabajar y para surfear buscando algún cuadro original. El verano ha llegado de golpe y tenía la necesidad de buscar algún bodegón luminoso.
Osias Beert, un pintor Flamenco, maestro de la escuela de Amberes, que desarrolló su obra a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII.
Los solícitos azafatos enseguida pasaron el menú, ya de verano, anunciando como entrante tanto a la ida como a la vuelta gazpacho.
En prevención, no es la primera vez que viajo con estos horarios, suelo buscarme un buen libro de cocina, cuando uno sabe cierto que no podrá comer bien puede suplirlo con alguna modalidad de onanismo gastronómico. Hace unos días encontré una edición de bolsillo de Les Fórmules Magistrals del poeta Narcis Comadira - editorial La butxaca, febrero de 2011 -. Sería conveniente que el libro se tradujera al castellano para ampliar su difusión, es una compliación de las reseñas gastronómicas que publicó en la edición catalana del diario El País.

Parece mentira que con lo que cuidan en el AVE la atención a los viajeros, sin embargo la comida cada vez es más tremebunda. Junto al gazpacho anunciaban unos raviolis de crema de queso flotando sobre una salsa viscosa de color blanco. A la vuelta un pescado indefinido sobre una cama de puré de coliflor con un pimiento rojo.
Gazpacho de entrante, uno sueña con una jarra de cristal,  con una crema roja intensa, sin embargo los azafatos arrastran los carritos con un tetrabriq medio volcado a temperatura ambiente, lo que es un problema porque en el exterior hay casi treinta grados de temperatura. El gazpacho del AVE no es sino un despecho. El único consuelo es la receta de Comadira, que traduzco libremente del catalán: "Recuerdo los gazpachos de mi abuelo materno, en su elaboración a veces le había ayudado. El mortero de mármol recibía primero un diente de ajo - el punto del ajo es importante -, después una miga de pan, grande como un puño, que debía de estar ensopada en vinagre, bien escurrida. Este pan remojado se convertía en pasta con el ajo chafado. Después se añadía tomate - en catalán es femenino (tomata, lo que no deja de ser un acierto): Pelado, cortado y a daditos. Este tomate también se convertía en pasta en el conjunto. Cuando esta mezcla se tenía por hecha, se le añadía la sal, el aceite de oliva, poco a poco, y venga a remover con la mano del mortero. Después, también poco a poco,agua bien fresca - digo fresca, no helada - hasta que se obtenía un líquido opalescente ligeramente rosado. Se volcaba en una sopera y allí se añadía todavía más agua, la suficiente. Esta era la base del gazpacho. Después vehía el trabajo de cortar cebolla, tomate, pepino, pimiento rojo y pimiento verde. Todo muy pequeño, vigilando que no quedara ninguna semilla. Finalmente, las hortalizas se añadían a la sopera, se miraba el punto de sal y se dejaba todo en un lugar fresco hasta la hora de la comida. Se servía en platos hondos y se acompañaba con pequeños daditos de pan que los hambrientos mezclaban con abundancia. Estos eran los gazpachos de mi infancia. Nunca más he comido ninguno como aquellos".
Despecho frente a gazpacho. Comadira convierte la sopa en un rito, la Renfe no está bien dotada para la poesía, aunque tiene una selección de ginebras muy aceptable.