domingo, 21 de octubre de 2012

CAP.CXCIV.- Introducción a la cocina: 9ª Receta.


Su vida se estaba convirtiendo en un circo y todavía no tenía claro el papel que le tocaba desempeñar, puede que la de un oso melancólico dispuesto a danzar bajo el son de un violín tocado por su domador.

Gladys no tardó en mandarle un mensaje – un whatsApp,  como se había empeñado en enseñarle aquella tarde, asegurándole que esa mensajería no llevaba coste adicional -; fue un escueto: “han sido unas horas divertidas que espero podamos repetir pronto”. Más complejo e inesperado fue el mensaje de su exmujer: “Vas en serio con esa caribeña. Los niños van a alucinar”.

No contestó a ninguno de los dos, además de la casa le tocaba poner orden a alguna cosa más. El frío se había instalado en la ciudad y le tocaba afrontar una semana complicada, la última semana de noviembre, previa a los puentes y, tras ellos, a la navidad. El mes de diciembre era devastador para los separados, mucho tiempo libre, muchas horas muertas y pocas posibilidades de escapar. Tenía conocidos también separados que aprovechaban los puentes de diciembre para viajar, Germán no había conseguido hacerlo nunca y ese invierno no iba a ser una excepción. Gracias a las ganancias del póquer estaba a punto de superar el mes sin números rojos, pero de inmediato llegarían las facturas de los grandes almacenes, los pagos aplazados de las compras del menaje de cocina necesario para ejecutar con precisión las recetas de Luz, los ingredientes más caros – como el dichoso rape que había pagado a 22 euros kilo en el mercado.

Para esas navidades además habían anunciado además la eliminación de la paga extraordinaria, por lo que los reyes de los chicos los tendría que hacer a golpe de tarjeta de crédito. Olga y Ricard ya le habían anunciado que marcharían a esquiar con los niños en fin de año, a La Molina, como siempre.

Germán había conseguido desarrollar cierta destreza emocional e invernaba sus sentimientos durante todo el mes de diciembre hasta después de reyes, de modo que se conformaba con que en la televisión programaran películas que no fueran muy lacrimógenas; esperaba que Gonzalo hubiera superado su cabreo monumental y organizara alguna partida de cartas en el que seguramente sería su primera navidad separado.

La semana, por lo demás, se presentaba sin grandes sobresaltos aunque la clase de cocina del jueves 29 de noviembre le generaba bastante inquietud ya que sería la primera ocasión en la que volvería a ver a Gladys, también a Luz.

El jueves fue un día lluvioso y frio, absolutamente hostil; Germán llegó al aula el primero y, como de costumbre, se acomodó en la última fila, junto a la puerta. Una a una fue recibiendo a sus compañeras de clase esbozando un saludo desganado que la mayoría de las ocasiones se contentaba con un susurro y un leve arqueo de cejas. Gladys entró junto a otra señora, charlaban animosamente, ella aprovechó un descuido para guiñarle un ojo, fue el único signo de complicidad.

Luz llegó tarde, como de costumbre, revolviendo en el bolso hasta dar con la carpeta de Chagall en la que llevaba los apuntes y recetas.

-      Hoy seguiremos con los platos de pescado – hizo un gesto hacia Gladys, a la que invitó a que se acercara a la cocina del aula -. Hoy le toca a usted Gladys.

Germán se ruborizó ya que las miradas tanto de Luz como de Gladys se dirigieron hacia él; todo parecía indicar que ambas cocinarían ese día en su honor.

-      Espero que en el centro hayan tomado buena nota de los ingredientes que necesito para el plato de hoy, no me ha dado tiempo a confirmar que estaba todo.- Sacó del bolso un frasco de mostaza cremosa.

-      Prepararemos un salmón con salsa de mostaza, es muy sencillo y queda lo suficientemente vistoso y original como para que os podáis plantear hacer el plato para estas navidades, seguro que más de uno se queda sorprendido de lo sabroso que resulta… Gladys, por favor, búsqueme en el armario una paella amplia, vamos a preparar seis raciones y necesitamos un cacharro amplio para cocinar, lo haremos todo en la misma paella para no manchar muchos cacharros.

Germán se fue abstrayendo poco a poco hasta convencerse de que era el único asistente a la clase. Gladys y Luz terminaban cocinando sólo para él, sin dejar de mirarle fijamente y de deslizar mínimas sonrisas de complacencia.

-      Como sé que se quejan en ocasiones de que los productos que utilizamos son un poco caros para este guiso de salmón no será necesario que utilicen salmón fresco, aunque no está mal de precio en el mercado. Yo compro unos lomos de salmón desespinado congelado que además lo venden en paquetes individuales. Una nota curiosa para que vayan ampliando su vocabulario culinario, cuando se compra una pieza de lomo de cualquier pescado desespinado se le suele llamar suprema, es la parte más selecta del pescado, de hecho para sacar unas supremas correctas es necesario desechar una parte importante del pescado.

Luz se dio media vuelta y abrió la nevera.

-      Ayer compré estos dos lomos de salmón, son muy hermosos y frescos. El pescado si no se va a utilizar al momento conviene secarlo bien con papel de cocina para retirarle toda la humedad, se conserva mejor en un tupper que envuelto en papel de plata. Pensad que el pescado absorbe rápidamente los sabores del resto de alimentos que hay en la nevera y, a la vez, suele dejar también su impronta en cualquier otro producto fresco que se conserve junto a él. Lo que hace que el pescado tome ese olor tan peculiar, sobre todo si pasa más de 12 horas en la nevera, es la humedad, que es un agente desestabilizador muy potente de casi cualquier alimento fresco… Por favor, Gladys, no te importa eliminar con el papel secante los restos de humedad.

Sobre la mesa quedaron dos grandes piezas de salmón, abiertas en forma de libro. Eran de un intenso color rosado. Antes de empezar a manipular el pescado puso en marcha la cocina, unas placas de inducción que se manejaban por medio de sensores digitales, no parecía que Luz fuera a cocinar, más bien daba la impresión de estar a los mandos de una nave espacial.

-      Una vez están bien secas las piezas de salmón pasamos a salpimentarlas y a espolvorear un poco de eneldo sobre la carne. El eneldo es una especia anisada de sabor intenso y muy peculiar, le va muy bien al salmón ya que elimina la sensación grasa de este pescado.- Luz abrió un bote trasparente con unas briznas de hierba en verde oscuro, tras poner un poco de eneldo sobre el pescado continuó – Si queréis podemos pasar el bote para que lo oláis, en cuanto lo acerquéis a la nariz seguro que enseguida os viene a la memoria alguna otra receta en la que se utiliza este condimento; es muy habitual en las recetas caseras de salmón marinado, las que se preparan a base de azúcar y a eneldo. Es importante esta especia y, por desgracia, no tiene sustitutivo para esta receta, la ventaja es que no es muy cara, se encuentra con facilidad y se conserva muy bien, no es necesario comprar la hierba fresca ya que las desecadas industriales tienen una calidad más que aceptable. Es un ingrediente habitual en las receta de cocina escandinava, allí sí que es habitual utilizar la hierba fresca, que es mucho más anisada y dulzona, en el proceso de secado se pierden parte de los azúcares.

De momento Luz no había entrado en contacto directo con el pescado, era Gladys la que manipulaba las piezas con cuidado. Germán recordó el sms de Olga y vio que eran evidentes sus rasgos caribeños, toda ella era caribe descompensado, embutida en unos legins imposibles que se le adherían como una segunda piel.

-      No es necesario – continuó Luz – añadir aceite a la paella ya que el salmón es muy graso y al pasarlo por la plancha enseguida empieza a rezumar grasa suficiente como para que el recipiente quede bien engrasado, sin riesgo de que se pegue… Por favor Gladys, si eres tan amable de localizar en el cajón tres cebollas grandes y las vas picando … La paella ha de estar bien caliente, se colocan las piezas enteras empezando por la parte de la piel, veréis que el calor y la grasa hacen que enseguida chisporrotee la plancha. Este plato sólo tiene el problema de que el olor del salmón es tan potente que la ropa que utilicéis para cocinar ha de ir a la lavadora o al tinte de inmediato, so pena de que echéis un pestazo a salmón durante días que termine por revolveros el estómago. Es curioso comprobar como la gente que cocina salmón suele perder el apetito, no le apetece normalmente probar sus platos ya que los efluvios del guiso son tan fuertes que uno tiene la impresión de haberse comido un salmón entero.

Gladys quedó oculta tras una humareda asalmonada, entre el humo y las cebollas los ojos se le enrojecieron de inmediato, empezando a abrirlos y a cerrarlos compulsivamente. Luz, que sin duda había pasado por situaciones similares en muchas ocasiones, había dado un par de pasos hacia atrás, que la alejaban instintivamente del foco molesto. Tomó un trozo de papel de cocina y se lo acercó a Gladys para que mitigara el picor en los ojos.

-      Tengo un amigo – bromeó Luz -, que prepara este plazo con unas gafas de buceo. No se trata de hacer el pescado del todo en la plancha, basta con tenerlo tres minutos por el lado de la piel y dos por el de la carne; aunque quede crudito por dentro no os agobiéis porque ha de cocinarse del todo con la salsa… Gladys, hay que utilizar unas palas grandes de madera para retirar el pescado; tener cuidado porque se desmonta con facilidad, pensad que al utilizar piezas hermosas la parte más fina, la que está más cerca del estómago, se hace prácticamente del todo, pero la más cercana a la espina dorsal al ser más gruesa prácticamente no hace sino quedarse ligeramente dorada en la superficie… Si examináis la grasa que suelta el pescado veréis que es un parecida a la mantequilla, es un pescado muy graso.

Gladys consiguió rescatar las dos pieza de salmón sin que se desmoronara ninguna de las lascas. Luz bajó la intensidad del calor y añadió un poco de aceite en la grasa que quedaba en la paella.

-      Gladys, toca ahora poner la cebolla; habéis comprobado que he bajado el fuego al mínimo y que he añadido un poco de aceite para completar la grasa necesaria para rehogar la cebolla, no os paséis de calor ya que uno de los trucos para que el plato quede agradable al paladar es que la cebolla no se tueste, ha de quedar transparente, por eso es preferible picarla en juliana, tiras alargadas – aclaró -, en vez de picada en trozos pequeñitos. Hay que armarse de paciencia ya que para que la cebolla se haga de modo homogéneo, casi como si fuera una mermelada, hay que ir removiéndola con mucha paciencia usando un cucharón de madera… Gladys, hay en los cajones instrumental de madera.

Germán no recordaba que en las clases anteriores Luz se hubiera apoyado tanto en el pinche ocasionalmente elegido; normalmente la persona que le acompañaba durante la clase iba haciendo algunas tareas puntuales pero Luz llevaba el peso del guiso. EN esta ocasión, sin embargo, la práctica totalidad de la receta la estaba haciendo Gladys, que era la que había sufrido la irritación de los ojos, la que se debatía entre la humareda del salmón y la que trajinaba de un lado a otro cada vez que se escuchaba la frase: “Gladys, por favor”. Germán pensó que podía ser porque la receta de aquella noche era, con mucho, la más pesada de realizar, la que generaba mayores tareas desagradables ya que prácticamente toda la sala apestaba a salmón a la plancha, seguramente porque el aula no disponía de un aspirahumos en condiciones y nadie se atrevía a abrir los ventanales ya que en el exterior diluviaba y se levantaban ráfagas esporádicas de viento. Otra posibilidad es que Luz estuviera utilizando ese suave despotismo para trasladarle a ella y, seguramente a Germán, su descontento por haberlos sorprendido cenando juntos. En los momentos más comprometidos de la receta ambas dirigían su mirada a Germán para comprobar que estaba atento a cada uno de los pasos del plato.

La tarea de confitado de la cebolla era necesariamente lenta y durante ese tiempo muerto – cercano a los 15 minutos – Luz fue haciendo preguntas a los alumnos para comprobar que habían seguido con interés la clase.

-      A ver, Germán, por cual de los lados hay que colocar al principio el salmón en la plancha.

-      Da lo mismo – contestó instintivamente.

-      Andas hoy un poco despistado, si hubieras puesto interés a lo que ocurría en la paella hubieras visto que se colocaban sobre el lado de la piel … Pero claro, como no le quitas el ojo de encima a Gladys, se te escapan los detalles.

Germán y Gladys se ruborizaron, en la clase se generalizaron los murmullos ya que no era habitual que Luz en sus comentarios hiciera referencia alguna a sus alumnos.

-      Da lo mismo, luego, cuando os pase las fotocopias con la recetas podréis revisar cada uno de los pasos; son importantes, llevamos ya nueve clases y va siendo hora de que vayamos siendo precisos… Hay que añadir un poco de sal a la cebolla para que termine de sudar, comprobaréis que la salsa va tomando cuerpo, conviene mantener el fuego muy suave para que haya poca evaporación y los líquidos tanto del salmón como de la cebolla se conserven al máximo.

Luz buscó con la mirada el bote de mostaza que había sacado al principio de la clase, un vaso de cristal en el que aparecía la referencia de mostaza cremosa de Dijón.

-      Es importante que la mostaza que elijáis sea cremosa, no vale esa mostaza que venden en grano, tampoco la mostaza industrial que sirve para los perritos calientes y las hamburguesas. La que he traído hoy creo que es la mejor. Hay que añadir tres o cuatro cucharadas de postre al guiso, no os dé miedo ser generosos. Hay que diluir la mostaza poco a poco en el guiso, que irá espesando. Removemos lentamente, veréis que el guiso ya no huele tan intensamente al salmón y que las especias de la mostaza se van adueñando del plato. Cuando la mostaza se haya deshecho del todo es el momento de añadir un par de vasos de vino blanco un poco afrutado… Gladys, por favor, hay en la nevera una botella abierta de vino.

Gladys incorporó el vino, era del Penedés, viña esmeralda, un vino barato y de fácil paladar, muy agradable. Mientras iba añadiendo el vino, Luz subió un poco la intensidad del calor de la cocina.

-      Cuando pongáis el vino subid un poco el fuego para facilitar la evaporación, removerlo todo para que se integre el vino en el caldo. Por los vapores del vino mezclados con la mostaza podréis imaginaros casi todos los matices del plato. Como os digo aunque es muy vistoso y sorprendente, eso que todavía queda algún paso más. Conviene ahora poner un poquito más de eneldo en la salsa, ya le pusimos en su momento al salmón pero conviene potenciar un poco más el sabor de esta especia ya que sino la mostaza solapara el sabor casi por completo, además el eneldo también es muy aromático y conseguiréis que la cocina os envuelva a todos con los sabores del guiso.

Gladys estaba sudando, pese a las incidencias de su intervención había ido cumpliendo las instrucciones con precisión y tenía un dominio casi absoluto de la cocina, hasta el punto de anticipar algunas maniobras antes de que Luz hiciera ningún requerimiento.

-      Muchas gracias Gladys, sin duda todo el éxito de la receta de hoy va a ser tuyo, no sé si quieres llevarte el plato a casa, seguro que por aquí hay algún tupper que podamos utilizar, incluso el mismo en el que conservamos el pescado… Toda ahora devolver el pescado a la paella, con cuidado para que no se rompa; hay que depositarlo con suavidad sobre la cebolla, dejar que se hunda un poquito en la salsa, si veis que el caldo ha quedado corto añadid un poco de agua, pero con cuidado de que no queden cubiertas del todo las piezas de pescado. Si añadís agua conviene darle un meneo para que ligue la salsa. En nuestro caso como hemos puesto un poco más de vino del que tocaba no hará falta mucha agua. Pensad que el agua va también bien para que la salsa quede a vuestro gusto, sobre todo las primeras veces que se prepara esta receta la salsa suele quedar un poco fuerte, de ahí que el agua permita suavizarla. Si, por el contrario, la salsa se os queda sin mucho sabor ponedle sin miedo otra cucharada de mostaza y un poco más de pimienta y de eneldo. Como es un plato con sabores muy potentes y muy definidos la combinación final queda un poco al criterio del cocinero.

Las cristaleras del aula se había empañado con los vapores de la cocción; los olores, intensos en el arranque del plato, iban poco a poco armonizándose, dejaban de ser violentos. Luz por primera vez en la sesión se arremangó y tomó un paño húmedo para limpiar un poco los restos de grasa que habían quedado sobre la encimera.

-      Antes de tapar la paella podéis añadir unas uvas moscatel al guiso, no muchas, docena y media serán suficientes para 6 comensales. Las uvas le dan un contrapunto dulce a la mostaza y combinan bien con el vino, con el eneldo también… Gladys, abajo en el último cajón de la nevera debe haber unos racimos de uva, da lo mismo si están un poco pochas, con el hervor quedarán en todo caso como si fuera pasas. Al guiso le quedan diez o doce minutos a fuego de nuevo suave, con la paella tapada, ya hemos perdido bastantes vapores. Diez minutillos es tiempo suficiente como para que el salmón termine de hacerse e incorpore los sabores de todos los ingredientes. Para servir el plato podéis partir los grandes trozos de salmón, si habéis utilizado las supremas congeladas que os comenté al principio de la clase el tiempo de cocción del guiso será menor, calculad dos porciones por comensal. Si queréis que sirva como plato único podéis acompañarlo con una guarnición de arroz blanco.

Mientras la receta terminaba de hacerse Luz repartió las fotocopias entre los alumnos, el último fue Germán, que no se atrevió a mirarle a los ojos para evitar un nuevo rubor. Luz miró la hora y se dio cuenta de que había superado con creces la duración normal de las sesiones, cifrada en tres cuartos de hora.

-      Hayve, hoy nos hemos despistado; podéis marcharos.

Gladys, hacendosa, empezó a recoger los cacharros empleados, dejó depositados en la pila aquellos que debían fregarse, normalmente quedaban allí para que se ocuparan de ellos las señoras de la limpieza. Germán con la excusa de terminar de tomar apuntes demoró su salida hasta que todos los alumnos excepto Gladys habían abandonado la sala, se acercó a la cocina para ayudarla a pasar un paño húmedo sobre la encimera; Luz recomponía su bolso y guardaba los ingredientes que había sacado al inicio.

-      La verdad es que primero me sorprendió y luego me hizo ilusión encontraros en la Balsa; si he de ser sincero lo último que hubiera pensado es que surgiría una pareja de estas clases y menos contigo, Germán, que pareces tan tímido y escondido emboscado en la última fila. Siento si no he podido quitarte la vista de encima en todo el rato, no podía sacármelo de la cabeza … de verdad que me hace mucha ilusión.

Gladys, que escuchaba la conversación unos pasos retirada de la escena sonrió abiertamente. Germán no acertó a articular una sola palabra. En el momento de la despedida Gladys le plantó dos sonoros besos en la mejilla a la profesora, que se quedó sorprendida.

-      Germán, si te apetece podemos comernos el salmón en mi casa.

-      Si lo prefieres – contestó Germán – podemos cenarlo en la mía, estaremos más tranquilos, podremos comprar una botella de vino blanco al pasar por el opencor y así redondeamos la receta, vino y un poco de pan porque la salsa tiene una pinta estupenda.

Luz había abandonado casi del todo la sala, aunque se quedó unos instantes contemplando a la pareja desde la salida, no podía escuchar lo que hablaban, pero sí escrutar sus caras y movimientos. Gladys tardó unos instantes en contestar a la propuesta de Germán.

-      Acepto la invitación mi viejo, siempre y cuando no me eches a media noche y me tenga que volver solita a casa – estalló en una carcajada -; si solo me ofreces la cena pendejo me voy para mi casa, así que ya puedes ofrecerme alguna cosilla más, incluido el vino.

-      Qué cosas me dices chica, conseguirás que siga poniéndome colorado. Ya has visto la caña que nos ha dado la profesora durante toda la clase.

-      Está bien, ha habido un momento en el que viendo como te miraba pensé que también le gustabas a Luz y me he puesto celosa como una mona.

-      Qué me dices, ella es una chica más joven, ella nunca se fijaría en un tipo como yo …

-      Y yo ? – Gladys no le dejó terminar la frase -, que pasa que yo si que puedo fijarme en un tipo como tú.

-      La verdad es que yo tampoco me lo explico, a mujeres como tu seguro que os sobran pretendientes.

-      Sí, pero no cocinan ni ayudan a limpiar. Como comprenderás no he venido desde tan lejos para terminar liada con un tipo de mi país, los españoles sois más corteses.

Gladys colocó los trozos de salmón en el tupper y luego lo cubrió con salsa; rebuscó en su bolso hasta dar con una bolsa de plástico mientras Germán terminaba de dejar los cacharros en la pila. En el centro empezaban a apagar las luces, ellos salieron con prisa.

En la calle el frio era muy intenso y enseguida Gladys buscó arrebujarse bajo el brazo de Germán.

-      Ten en cuenta mi viejo que mañana he de levantarme prontito para llegar a la hora al trabajo, a ver si me voy a dormir en los laureles y voy a perder el laburo, que dicen los argentinos.

Pasaron por el supermercado para comprar la botella de vino, Viña Esmeralda, igual que el empleado en la receta, compraron también unas barquitas de arroz blanco precocinado. Germán se acercó a la zona de aseo para buscar un cepillo de dientes para Gladys.

-      No hace falta, llevo uno en el bolso – al abrir el bolso Germán comprobó que llevaba también una muda de ropa interior -. Sólo necesitaré que me dejes una camiseta vieja para no coger frio por la noche.

Ya en la casa abrieron la botella de vino antes de ponerse a cenar, Gladys buscó entre las cadenas de la televisión hasta dar con una emisora musical; revolviendo en los cajones dieron con unas velas olvidadas que colocaron en varios vasos, improvisando una cena romántica.

Apuraron la última copa de vino besándose sobre el sofá, toqueteándose como adolescentes. La música les acompañó hasta la habitación de los niños, juntando como pudieron las dos camas e hicieron el amor sin el estrépito de la primera noche.

A las seis y media de la mañana sonó el despertador, Germán se levantó a preparar café mientras Gladys se duchaba, la música había quedado sonando toda la noche. Pasadas las siete de la mañana Gladys marchó con prisas, Germán se quedó revisando su correo electrónico y dispuesto a picotear algunas páginas web hasta dar con un nuevo cuadro de Chagall, en esta ocasión un hombre gallo que sobrevolaba los tejados de Vitebsk, puede que Germán no fuera el oso melancólico que bailaba sonámbulo al son de un violín, sino un gallo disfrazado de arlequín.
 

El viernes vendrían los niños a pasar el puente porque Olga marchaba de fin de semana con Gerard. Germán no sabía qué planes podría tener Gladys, solo sabía que había de retirar cualquier vestigio del paso de ella por el piso y, en concreto, por la habitación de los chicos, cambiaría la funda de los edredones y volvería a colocar la mesilla separando ambas camas.

miércoles, 17 de octubre de 2012

CXCIII.- Compañeros periféricos.


Una buena amiga que sigue el blog prácticamente desde el primer día me comenta que suele leer mis entradas con el máximo interés pero que cuando llega a la receta se la salta. Probablemente sea el máximo halago que puede recibir un diletante ya que una de las virtudes del diletante es la de poderse mover con comodidad por la periferia del conocimiento sin tenerse que empapar del enojoso rigor.

Otro amigo, también aficionado a los fogones, me ha prestado un libro de James Salter, un prestigioso novelista americano, que ha escrito junto a su mujer una especie de dietario entorno a la comida y a la gastronomía que se titula “Life is Meals”, como si fuera una especie de diario de un gourmet va desgranando día a día pequeñas anécdotas y reflexiones que tienen que ver con la buena mesa y los fogones; he hojeado varias de las entradas y curiosamente tiene muy pocas recetas completas.

Estas dos personas son una clara constatación del aforismo de Brillant Savarin, que afirmaba que el hombre se alimenta pero que sólo la persona de ingenio sabe comer.

Creo que tenemos que cuidar a todos estos compañeros de la periferia y recordar lo importante que resulta que se mantengan allí, que como Salter o como Brillant Savarin eviten las recetas y que se interesen por lo que rodea a la receta, que en el fondo es lo que da más placer.

En cierto sentido mi hijo pequeño es también un perfecto compañero de la periferia, no ha cumplido todavía cuatro años, sin embargo se comporta en la mesa como el más exigente de los gourmets, su plato preferido son los calamares a la romana, de hecho cuando salimos a comer fuera se enfada si en la carta no aparecen sus dichosos calamares. Cuando llega a la mesa la ración rebosante de aros rebozados nos pide que se los cortemos para después cuidadosamente tomarse el rebozo y apartar los calamares, normalmente insípidos. Desde muy pequeño ha descubierto que el verdadero secreto de la buena mesa está en los aspectos accesorios.

El placer de las etimologías permite afirmar que no en vano la palabra compañero viene del latín con-panis, es decir, el que comparte su pan con alguien.

Como se trata de compartir el pan con alguno de estos compañeros he encontrado una receta que reúne todas las virtudes de la periferia, primero porque es una receta isleña, nada hay más periférico que una isla, concretamente de Sicilia; segundo porque es una receta hecha a base de trigo; tercero porque tras la receta hay una pequeña historia que se remonta al arranque del siglo VII cuando durante una hambruna los habitantes de esta ciudad se encomendaron a la protección de Santa Lucía, patrona de la villa, para que les consiguiera comida. Al parecer la Santa les hizo caso a medias ya que tras las rogativas avistaron un barco cargado de trigo. Tal era la necesidad y apetito de los siracusiense que abordaron la nave con cierta violencia cuando comprobaron que el trigo venía dañado por el agua del mar y no servía para hacer pan, el ingenio de los vecinos les permitió aprovechar aquella calamidad y prepararon una sopa de trigo llamada sopa de Santa Lucía en honor a la patrona y al incidente.

La receta la encontré en un libro también periférico titulado Las Islas del Mediterráneo-La Cocina Mediterránea, de la editorial Tandem Verlag GmbH, impreso en China; en la página final del libro aparecen sonrientes una docena de cocineros de distintas islas del mediterráneo, los sicilianos Beppo Barone y Angelo La Spina. El libro lo descubrí por casualidad en un estante de saldos y ofertas de una gran librería, no llegó a costarme ni cuatro euros, cuando lo hemos hojeado en casa hemos visto que este libro casi residual va a darnos grandes tardes de gloria en los fogones, otra de las ventajas de la periferia.

Para la sopa de Santa Lucía necesitamos un cuarto de kilo de granos de trigo sin la cáscara, 50 gramos de garbanzos y 50 gramos de judías blancas pequeñas y secas. Como la receta utiliza fuentes muy tradicionales las medidas se dan también en tazas – de desayuno -, dos de trigo y media de las otras legumbres.

El trigo hay que ponerlo a remojo durante 72 horas en agua con sal. Los garbanzos y las alubias también – sólo 12 horas -; cada uno de los ingredientes ha de someterse a remojo en recipientes distintos, no mezclarse.

Es apunte mío, tomando los consejos de algún afamado bloguero, el de añadir una cucharadita de bicarbonato a las aguas del remojo, permitirá que los granos queden más esponjosos.

Superados los tiempos de remojo hay que hervir cada uno de los ingredientes por separado. Una hora de cocción para el trigo, una hora los garbanzos y hora y media las judías – ojo que para que las judías queden tiernas es necesario romperlas la cocción con agua fría tres veces, de modo que cada vez que rompan a hervir hay que quebrar el hervor. Para cocerlas además de salar el agua va bien poner unas hojitas de laurel o de tomillo.

Se reserva el grano y las legumbres.

Para hacer la sopa es necesario contar con algunas hierbas silvestres frescas, la receta original lleva en partes iguales achicoria, acelgas y estragón – pueden sustituirse por espinacas o por canónigos, incluso por lechugas, endivia o escarola -; la achicoria y la acelga tienen un puntito amargo y el estragón un toque anisado muy peculiar por lo que yo no prescindiría del estragón ya que le va a dar mucha personalidad a la sopa y va a contrarrestar el excesivo amargor de otras plantas.

Necesitamos cuarto de quilo de hierbas silvestres que hay que lavar bien y escaldar en agua hirviendo con sal durante tres minutos. Una vez escaldadas se escurren y pican. Puede reservarse el agua utilizada en este proceso ya que es una buena base para el caldo – la otra posibilidad es la de utilizar para la sopa un caldo de verduras o de ave.

Se pican dos dientes de ajo, una cebolla, una zanahoria y una rama de apio fresca; se sofríen durante 5 minutos con aceite de oliva. Se salpimenta para que sude bien el sofrito.

En esa misma sartén se añaden las hierbas silvestres escaldadas y escurridas, también los granos de trigo hinchados. Se deja todo cociendo durante cinco minutos, removiendo suavemente con una cuchara de palo.

Terminado de rehogar todo se pasa a una olla más grande, se añade un litro cumplido – litro y un poco más – del caldo de cocción de las verduras o de otro caldo que no haya quedado muy fuerte. Cuando rompa a hervir de nuevo el caldo se cuentan 10 minutos, se añaden los garbanzos cocidos y las judías blancas también cocidas, también un ramillete de hierbas aromáticas (laurel, tomillo, mejorana y romero. Lo venden preparado, es el bouquet garní) y se deja hirviendo a fuego muy suave otros 15 minutos más. Se rectifica de sal y el plato puede ir a la mesa.

Se sirve acompañado de tostadas de pan con ajo.

En honor a Santa Lucía una litografía de Salvador Dalí, Santa Lucía o el triunfo de la luz; creo que encaja bien con el plato y con las islas periféricas.

domingo, 14 de octubre de 2012

CAP. CXCII.- Introducción a la cocina: 8ª Receta.


Llegó el jueves siguiente y con él llegó Gladys y el compromiso pendiente. Ella prefería el sábado al viernes ya que algunos viernes prolongaba su horario de trabajo y se quedaba cuidando a unos niños por la noche. Germán reservó en un restaurante que recordaba cercano a la ronda de Dalt, un chalecito de madera enclavado en una zona residencial que se llamaba La Balsa, seguramente porque su estructura recordaba al casco de un viejo barco varado entre árboles y enredaderas; no estaba muy lejos de la casa de Germán, por lo que si la noche no quedaba muy fría no descartaba poder regresar dando un paseo.

El sábado por la mañana Germán se acercó al mercado a buscar pescado para la primera de las recetas de “pez” que les había dado Luz; era inevitable sentir que con su encuentro con Gladys traicionaba a Luz, atraído por la carnalidad y desenfado de Gladys apartaba el sueño de seducir a su profesora por la casi absoluta seguridad de acostarse con Gladys sin que hubiera incertidumbres sobre la seducción dado que la imagen del gesto invasivo de la entrepierna en el portal le permitía augurar una fácil tarea de seducción.

Seducir, acostarse, Gladys, Luz, pescado … Germán amaneció inquieto ese sábado ya que era su primera cita romántica en décadas, la cita romántica de un cincuentón a quien le resultaba más sencillo jugar a ser un enamoradizo adolescente que espiaba en secreto a la mujer deseada, que a la de una persona normal dispuesta a inicial una relación convencional. Seducir, acostarse, Gladys, portales y entrepiernas; una partida de póquer ganada, una inyección extra de dinero que le permitía invitarla a un restaurante en vez de organizar una cena en casa, escenario que le hubiera generado mucha más inquietud a German.

Seducir, acostarse, Gladys, póquer, una cena romántica … Germán no podía descuidar algunos detalles como el de ducharse y afeitarse el sábado – algo poco habitual ya que cuando no le tocaban niños solía abandonarse frente al televisor para ver pasar las horas del fin de semana -, elegir una camisa que le sentara bien, puede que incluso estrenar la colonia que sus hijos le habían regalado las pasadas navidades y no olvidarse de comprar preservativos. Germán nunca había comprado preservativos, con Olga nunca había hecho falta, con Carmen era ella la que se ocupaba de guarnir sus ocasionales encuentros, eligiendo no sólo los preservativos, sino también colocándoselos a él como una fase más de su mecánico ritual. Germán sabía que en muchos supermercados se vendían profilácticos, pero le quedaba un atávico temor a que en un super fuera de peor calidad o estuvieran caducados; además le daba cierto reparo tener que soportar la risilla de la cajera cuando tuviera que pasar por el lector los condones con un paquete de arroz y unas acelgas.

Prolongó el paseo por los alrededores del mercado escrutando con discreción las farmacias hasta dar con una en la que los dependientes no fueran mujeres; cuando por fin encontró la farmacia adecuada se acercó al mostrador para con un susurro pedir una caja “normal” de preservativos, había estado ensayando ya que no sabía si decir una caja normal de preservativos o una caja de preservativos normales.

Tuvo mala fortuna Germán ya que el dependiente tras su bata impoluta resultó ser un tanto amanerado y se le escapó un:

-      hay, vaya, sábado, sabadete … No lo querrá con sabor a frutas. - Germán se puso de todos los colores y apenas pudo articular un:

-      Normales, normales.

-      Te pongo mejor unos extrasensitive que te irán como un guante, espero que vengas a verme otra vez para contarme cómo te han ido.

Germán escapó como pudo sin tan siquiera recoger las monedas del cambio; guardó la bolsa de la farmacia entre la de las verduras y marchó caminando a casa pensando que todo el mundo le miraba. El día se estabilizaba con un sol frio de noviembre que animaba a la gente a salir a la calle.

Germán colocó sobre la mesa de la cocina los ingredientes para elaborar la receta de la semana, un rape a la panadera; encendió el horno para que se fuera calentando – 180º - y sacó una fuente de cristal de pirex con una tapa también de cristal.

Peló y picó en rodajas de un dedo de grosor tres zanahorias y dos puerros; después sacó de la bolsa dos calabacines y un par de tomates de ensalada. A Luz le salían los trozos más o menos regulares, Germán tenía que concentrarse mucho para conseguir cierta armonía.

Engrasó la bandeja con un chorrito de aceite y dejó la verdura formando un tapiz de colores; salpimentó todo y añadió unas hebras de azafrán, cortó por la mitad un limón y roció las verduras con un poco de zumo antes de meterlas en el horno; todavía no había alcanzado la temperatura necesaria pero iba bien que se fueran rehogando.

Luz les había dicho que debían calcular poco más o menos 15 minutos de la verdura en el horno, tapada para que no perdieran mucha humedad; de vez en cuando convenía sacar la bandeja del horno y remover un poco la verdura, incluso engrasarla un poco más con un poco más de aceite.

Germán había comprado una cola de rape de casi un kilo, tal y como indicaba la profesora se la habían cortado en dos lomos y cada lomo en rodajas gruesas; el rape conserva mucha humedad que hubo de reducir secándolo un poco con un par de servilletas de papel. Salpimentó cada medallón y sacó de nuevo la bandeja del horno para colocar el pescado sobre la verdura ya cocinada, diez minutos más serían suficientes para que se hiciera el pescado en la bandeja sin la tapa. Lo sacó del horno y espolvoreó sobre el pescado pan rallado, lo espolvoreó con generosidad, mojó el pan con el zumo del medio limón que quedaba y cambió el horno a función grill para que se tostara el pan y la verdura; apenas tres minutos para que quedara una capa dorada que podía ir directamente a la mesa.

Germán se encontró de pronto con dos problemas: Había cocinado para seis comensales y todavía no era la una del mediodía; sin embargo aquel plato tenía tan buena pinta que se sirvió una ración generosa y se puso a comer.

Una larga siesta y una insustancial película a media tarde hicieron que la espera fuera mucho más fácil de llevar; había quedado con Gladys en la puerta principal del centro municipal en el que recibían las clases; antes de salir se duchó de nuevo y se afeitó; dudó entre tres o cuatro camisas y al final eligió una con dos virtudes nada desdeñables: El estampado era discreto y el tejido disimulaba razonablemente las arrugas, evitando con ello un planchado de urgencia.

Había anochecido ya. Rebuscó en el armario hasta dar con una vieja chaqueta de pana y sobre la chaqueta se puso un chaquetón que le llegaba casi hasta las rodillas. Salió de camino al punto de encuentro, quedaba más de una hora para las nueve pero prefería esperar allí mismo; antes de salir rescató de un viejo bote metálico sus ahorros del póquer, revisó que todo quedara en orden en la casa: la cama hecha, el salón con los cojines mullidos, sin vasos ni papeles sobre la mesa. La cocina recogida, el pescado sobrante en un tupper, fregados los cacharros y en la nevera una botella de ron, unos refrescos de limón, unas ramitas de hierbabuena fresca, un gran paquete de hielo picado y la esperanza de que Gladys se animara a prepararle unos mojitos con la luz en penumbra y el viejo disco de los dire straits sonando suavemente. Por si las moscas sacó del cajón de la mesilla de noche un par de preservativos por si al final el ansiado encuentro se producía en algún otro lugar, aunque recordaba que el tránsito en la casa de Gladys no había rincones que garantizaran la intimidad.

Gladys llegó diez minutos tarde, cuando Germán desesperado había empezado a perder la esperanza; vestía unos ajustados pantalones de color fucsia, una casaca verde pistacho, el pelo suelto y los labios pintados de un imposible carmín a juego con el pantalón; afinaba los ojos con una levísima línea de rímel. Sobre los hombros un abrigo de paño de color beige y una sonrisa tremenda. Germán se instaló en una primavera permanente que no pudo romper ni siquiera el leve contacto mejilla con mejilla gélida en el apunte de un beso que aplazaban para un momento posterior. Con un gesto seguro Germán paró un taxi y le dio la dirección del restaurante.

A medida que se acercaban a una zona de chalets ajardinados aumentaba la emoción de la pareja; Germán había derivado la conversación para romper el hielo a la cocina y le había descrito con detalle como había guisado el rape a la panadera.

La Balsa estaba escondida entre muros de piedra, se subía al salón principal por una escalera exterior ya de madera que llevaba a los comensales casi hasta la copa de los árboles que protegían una amplia galería acristalada llena a rebosar pese a la crisis.

Nada más entrar, en una mesa junto a una amplia barra de bar, les recibió con sorpresa Olga, que cenaba con Ricard.

Germán no se apercibió de la presencia de su ex hasta que no escuchó repetido dos veces su nombre:

-      Germán, Germán. Qué sorpresa !!!! Y además acompañado !!!

Germán se mantenía atónito, sin capacidad para articular una palabra, a duras penas pudo besar a Olga:

-      No sabía que seguías viniendo a la Balsa, nuestra Balsa. Hoy Ricard y yo celebramos nuestro aniversario.- Germán se sintió ajeno, extraño.

-      Olga, te presento a Gladys, una amiga.- Ricard se incorporó para besar a Gladys y extendió sin mucha convicción la mano para tendérsela a Germán.

-      Me hace mucha ilusión que hayamos coincidido… Y que todo sea tan normal… Los niños se han quedado con mis padres ... Nos encantaría que compartierais mesa con nosotros, aunque supongo que buscaréis un poco de intimidad.

Gladys, sin perder la sonrisa, se dirigió a Olga con absoluto desparpajo:

-      Te hacía mucho más mayor… No os levantéis por favor, se os va a enfriar la cena – sobre la mesa había un plato de jamón de bellota y una ensalada de setas.

A Germán le tranquilizó comprobar que ninguna de las mesas de alrededor quedaba libre y que serían conducidos a otro salón. El jefe de sala aguardaba pacientemente a que terminaran los saludos para conducir a German y a Gladys a su mesa; se había formado un pequeño revuelo y decenas de miradas se dirigían hacia el cuarteto. Los cuatro incorporados, marcando ligeramente las distancias físicas, Gladys echó un brazo sobre el hombro de Germán y lo atrajo hacia sí; ella olía a magnolias, Olga a violetas, siempre había olido a violetas.

-      Encantada – dijo violetas.

-      Un placer – contestó magnolias -.Si no tenéis prisa podemos compartir el café.

-      No podremos – terció Ricard -, los padres de Olga están ya muy mayores y antes de las doce hemos de recoger a los niños.

-      Una pena – intervino Germán -. Ricard, como tiene hijos más mayores, ha superado esta fase – se dirigió a Gladys.

Todos volvieron a cruzar mejillas y abrazos mientras el maitre les trasladaba con el gesto cierta incomodidad ya que había otra pareja aguardando en la puerta.

Pasaron a otro de los salones y apenas tuvo tiempo de excusarse ante Gladys:

-      Qué casualidad.

-      Seguro que no lo has hecho a posta, tienes el gesto descompuesto, mi viejo; pensándolo bien ya la he conocido. Ella se ha quedado helada.

No habían hilvanado la conversación cuando en la mesa que había junto a la que les habían asignado cenaba Luz con un matrimonio mayor. Luz estaba de espaldas, cuando el mestre de sala retiraba ligeramente la silla para que se sentara Gladys los respaldos de los asientos se rozaron levemente y Luz se giró sobresaltada.

-      Qué sorpresa – de nuevo sonaron las mismas palabras -. Mis alumnos favoritos.

Se incorporó y se dirigió al matrimonio mayor, sus padres.

-      Son Gladys y Germán, van a mis clases de cocina en el Casal de Lesseppes. Son mis padres – se dirigió a sus alumnos -. Cenareis bien, aquí trabaja mi hermano, lleva un par de años en la cocina y se nota su mano. Las crepes de marisco son estupendas y si no sois muy tiquismiquis los riñones guisados los bordan.

-      Cenen, cenen, por favor – pidió Germán -. A Gladys y a mi nos ha encantado conocerles, seguro que en su casa se debe comer de maravilla.

-      No sabéis la ilusión que me hace que haya salido una pareja de las clases – sonrió Luz -; no descarto pedir un sobresueldo como celestina.

El maitre contemplaba sorprendido la nueva coincidencia y les acercaba unas cartas.

-      Veo que se sentirán ustedes realmente como en su casa. Buen provecho.

A German le costó romper nuevamente el hielo, Gladys movía a la perfección sus piezas y contestaba cortésmente a cuantas preguntas o consideraciones hacía Germán pero evitaba iniciativas, también evitaba cualquier referencia a Olga, si había algo que le aburría sobremanera era quedar con separados que perdían el tiempo rememorando lo mejor/peor de sus matrimonios. Germán, bloqueado por aquel doble encuentro y por sus consecuencias en su relación con el pasado y con el futuro, llevó la conversación hacia las razones que habían llevado a Gladys a abandonar Venezuela; le hubiera gustado que Gladys fuera una exiliada antichavista que se había visto obligada a abandonar su país y su carrera, sin embargo la realidad era muchos menos glamourosa: Gladys había abandonado Caracas con 18 años, primero marchó a Argentina, después a Brasil y, siguiendo a un novio colombiano que le daba mala vida, terminó varando en Barcelona. Tenía buena mano para los niños, no le importaba cuidar a ancianos; tenía algunas nociones de enfermería y soñaba con poder tener un contrato estable y los papeles en regla. No tenía hijos ni intención de volver a su país; vivía en una casa con otros cinco venezolanos, la regla de oro de la convivencia en la casa era que no hubiera líos de alcoba; ella compartía cuarto con una caraqueña un poco mayor que ella, su compañera sí tenía hijos – 3 – y la intención de regresar.

El vino facilitó la conversación y con la conversación Germán se fue relajando. La espalda de Luz frente a él, su melena corta, morena; en tres o cuatro ocasiones Germán hubo de retirar la mirada al ser descubierto por el padre de Luz, que le devolvía un saludo cortés elevando ligeramente las cejas.

La primera botella de vino cayó con rapidez, un vino blanco fresquito, el Perro Verde; pidieron un poco de jamón, espárragos verdes a la plancha con salsa romesco, las afamadas crepes de marisco recomendadas, unas supremas de dorada salvaje con una patata Hasselback, mousse de mango y una crema de café de postre.

Mediada la cena Germán hizo ademán de pedir una segunda botella de vino, Gladys le advirtió:

-      Chico, te quiero entero toda la noche. - Una frase casi tan directa como el abrupto toque de entrepierna de la primera noche.

Mientras esperaban a los postres Olga asomó la cabeza por la sala:

-      Adiós pareja.

Gladys hizo un gesto con la mano, Germán hizo el además de levantarse, pero Olga había desaparecido. Los movimientos en la mesa hicieron que Luz se girara por primera vez en toda la velada.

-      Es la exesposa de Germán. Hemos coincidido todos en este restaurante tan bonito. Ya es casualidad.

Luz no quiso seguir la conversación, regresó a su plato.

Poco tiempo después salió el hermano de Luz a saludar a la familia:

-      Es el primer momento de paz que tengo en toda la noche – se excuso. Besó a sus padres y a su hermana  y les dijo, al postre y a los cafés son por cuenta de la casa.

Gladys y Germán pidieron cafés; Germán le daba vueltas al modo en el que invitaría a Gladys a dormir en su casa. Gladys reía con facilidad, contaba algunas anécdotas sobre su experiencia de servicio en Barcelona, un matrimonio adinerado y distante, empeñado en que aprendiera cocina catalana.

Luz y sus padres también marcharon:

-      No seáis malos - Se despidió Luz -. El jueves que viene os explicaré como hacer las crepes de marisco.

La sobremesa se prolongaba innecesariamente, pero Germán se veía incapaz de dar ningún paso, aunque no quería que Gladys se incomodara con la cuenta. Germán hizo una señal al camarero.

-      Pedimos un taxi – afirmó Gladys.

-      No será necesario, vivo relativamente cerca – Germán encontró la manera de dar por sentada la invitación.

-      No es tarde y me gustaría que me llevaras a bailar. Conozco un sitio al principio de la calle Valencia, ponen una música estupenda: Cumbias, mambos … Lo que los españoles llamáis salsa.

-      Hace siglos que no bailo – Germán intentó eludir el compromiso aún y a riesgo de que Gladys pensara que era un tipo aburrido y saliera huyendo.

-      Si estás cansado, te dejo en tu casa y me acerco yo, he quedado con unos amigos … Aunque si no vienes te puedes perder muchas cosas ricas – le miró a los ojos.

Pasadas las doce de la noche, con dos preservativos en el bolsillo del abrigo y una botella de ron de caña en la nevera, Germán se veía abocado a una larga noche de aglomeraciones en un local atestado de colombianos, venezolanos, ecuatorianos, bolivianos y cubanos que se conocían todos entre ellos y giraban como molinillos en torno a una pista de baile.

Germán pagó y pidió que llamaran a un radiotaxi. Aguardarían fuera. Gladys cogió a Germán de la mano.

-      Aquí todos piensan que ya somos pareja – rio con estruendo.

Pese a ser sábado apenas había tráfico en la ciudad, llegaron enseguida al local y enseguida se vieron inmersos en el caos de conversaciones cruzadas y música a todo volumen. Germán pasó por diversos corrillos en los que fue presentado como un nuevo amigo de Gladys; tenía serios problemas para entender lo que le decía, le pasaron un mojito. Él no hacía otra cosa que sonreír y saludar alzando la copa, sentía que sus zapatos estaban cargados de plomo. Gladys le arrastró a la pista de baile, donde improvisó unas nociones de salsa. Germán se contoneaba como un torpe paquidermo entre aquellos caribeños volátiles. Los dientes de Gladys brillaban en la penumbra, su boca y sus ojos parecían mucho más grandes y vivos. Se vio enredado en una de esas ruedas absurdas en las que uno pasaba por distintas parejas hasta perder completamente de vista a Gladys.

En cuanto pudo regresó a la barra y desde allí localizó a corrillo en el que las sonrisas le habían parecido más amables. Apuró el mojito entre sonrisas, intentando seguir alguna de las conversaciones cruzadas. Si Gladys quería darle esquinazo lo había conseguido.

Allí quedaba solo y abandonado Germán, que en una sola noche había hecho un curso acelerado de fatalidad. Su ex estaría regocijándose de la escena del restaurante los pantalones color de chicle que convertían las nalgas de Gladys en el centro de un universo carnal tenían poco que ver con las modosas formas de Olga, que había aprendido a moverse en las teresianas y que conservaba un toque clasista propio de quienes se había educado por encima de la Diagonal. También serían sabrosas las especulaciones de Luz, que había descubierto que aquel cincuentón que le hacía ojitos en las clases era en realidad un depredador, un macho alfa dispuesto a seducir a la alumna más voluptuosa y ruidosa de la clase.

Germán se había gastado casi doscientos euros en la cena, más los taxis, un lujo casi imposible para su castigada economía, más las copas que llevaba pagadas. Apunto ya de salir huyendo de aquel local se le abalanzó de improviso Gladys, que regresaba sudorosa de la pista:

-      Mi niño, no me olvido de que te había prometido hacerte un hombre esta noche. No desesperes – le dio un largo beso en la boca que le hizo recuperar su fe en el género humano, el plomo de los tobillos se diluyó y cogió por la nuca durante unos instantes Gladys.

Gladys le tomó de la mano, dispuesta a cruzar la sala directa a la calle; el recorrido hacia el exterior resultó una tarea trabajosa, casi imposible ya que ella hubo de detenerse en todos y cada uno de los corrillos, incluso improvisar unos pasos de baile que parecía que le iban a devolver a la pista hasta el amanecer. Germán revitalizó su sonrisa en la medida en la que ella no le soltaba la mano.

Ya en la calle tardaron unos minutos en encontrar taxi, fueron caminando por la calle Valencia, acurrucándose el uno en el otro para evitar el relente de la madrugada. Los noviembre de Barcelona terminan siendo gélidos.

Por cortesía Germán le dijo a Gladys que podía dejarla en su casa, que no había ningún compromiso más allá de haber disfrutado de una buena cena y de una velada divertida. Gladys le contestó con un beso largo y húmedo mientras que volvió a apretarle la entrepierna, un gesto tantas veces recordado que a German le resultó familiar.

Entrando en la puerta Germán fue consciente de una incidencia final, un imprevisto que jamás hubiera considerado, en su casa no había camas de matrimonio, de hecho cuando alquiló el apartamento se había quedado con el cuarto más pequeño, el espacio justo para que cupiera una cama de dimensiones mínimas y la mesilla de noche. Los niños disponían de un cuarto más grande, con dos camas individuales que podrían juntarse. La tercera posibilidad era la de intentar alguna acrobacia en el sillón del salón.

Empezaron de hecho en el salón, Germán tuvo serios problemas para poder desnudar a Gladys, el sujetador llevaba el refuerzo de varios enganches metálicos para contener unos pechos inusitadamente grandes, bajo el pantalón fucsia que se le había adherido como una piel Gladys escondía una tanga ínfima. Aquel volcán de carne en erupción era imposible de domeñar en el sofá.

Germán arrastró a Gladys, desbocada y desnuda, al cuarto de los niños; a duras penas pudo juntas las dos camas, empujándolas contra una de las paredes. El estampado de las sábanas, tan infantil que incluso a los niños les resultaba ya ridículo, no enfrió la temperatura de la envestida. Cuando parecía que no había posibilidad de retorno Germán cayó en la cuenta de que los preservativos le aguardaban en la otra habitación.

Hubieron de detenerse durante unos instantes, instantes que aprovechó Gladys para recomponerse y esconderse como pudo entre las sábanas. Germán paseaba desnudo por la casa, dando dentelladas voraces al retractilado que protegía al profiláctico.

-      Mi niño, a ver si le vas a dar un bocado al condón y no va a servir para nada – explotó en una gran risotada Gladys dejando de ser un cuerpo desmelenado.

Allí estaban los dos, a punto de que amaneciera, desnudos y excitados. German finalmente ganó aplomo y con el aplomo pudo volver a besos y caricias más suaves, a enterrarse entre las carnes de Gladys. El embate final duró a penas dos o tres minutos, luego cayeron agotados.

Gladys desparramó su cuerpo ocupando casi por completo las dos camas, cruzada como un aspa; German se recostó plácidamente sobre el pecho de su amante y enseguida enganchó un sueño que pensó que el embarcaría durante horas, durante toda la mañana del domingo; sin embargo apenas permaneció dormido cuarenta o cincuenta minutos y con la salida del sol despertó con la vitalidad de quien hubiera reposado durante trece o catorce horas.

Le dio miedo turbar a Gladys en su descanso, era imposible hacerse un hueco en esa maraña de carne y sábanas desordenadas.

Marchó al salón y se entretuvo buscando cuadros de Chagall por internet hasta dar con uno que reflejaba perfectamente sus andanzas de esa noche.
 

Le dio tiempo a ducharse, a preparar un café, incluso a comprar algo de bollería fresca en una de las panaderías del barrio.

Gladys dio las primeras señales de vida pasadas las once de la mañana. German entró en la habitación con el desayuno, incluyendo un zumo de naranja.

Hicieron de nuevo el amor, con más reposo. Apenas hablaron. Pasadas las tres de la tarde Germán recordó que quedaba pescado suficiente en la nevera para comer, el rape a la panadera aguantaba bien incluso hecho de víspera.

Pasadas las cinco de la tarde Gladys le pidió si podía darse una ducha, a las siete y media tenía que estar en casa de sus jefes para hacerle un canguro.

Cambiaron besos, teléfonos y algunas confidencias sobre lo oxidado de sus cuerpos. No fueron capaces de fijar en aquel instante una nueva cita.

Acercó con el coche a Gladys a su casa – el presupuesto no daba para muchos más taxis ese mes.
Solo en el piso de nuevo echó a lavar las sábanas de la habitación de los niños, ordenó como pudo el salón y los dormitorios antes de caer rendido. Su vida se estaba convirtiendo en un circo y todavía no tenía claro el papel que le tocaba desempeñar, puede que la de un oso melancólico dispuesto a danzar bajo el son de un violín tocado por su domador.

miércoles, 10 de octubre de 2012

CAP. CXCI.- Ropa vieja, alegre como fiesta entre semana.


En mi caso, en el que tengo que administrarme el tiempo casi al milímetro, el poder disponer de casi treinta hora libres es un verdadero lujo; sucedió el domingo pasado en Tenerife, mi mujer había llegado el jueves para dar una clase, yo aterricé el viernes, después de haber dejado “gerenciados” a los niños, a mi me tocaba dar la clase el lunes por la tarde de modo que cuando mi mujer marchó para el aeropuerto el domingo por la mañana me quedaba frente a 30 horas en un hotel del centro de Tenerife sin nada que hacer más allá de ver pasar el tiempo.

El Hotel Mencey es un hotel recién restaurado, un caserón colonial muy céntrico, cercano a los jardines de García Sanabria, una selva en miniatura distribuida como un oloroso botánico en primavera permanente. Hubiera podido llamar a algún amigo para organizarme el domingo, sin embargo preferí quedarme cómodamente sentado en la terraza del hotel, junto a la piscina. Nada que envidiar a aquellos escritores ingleses que durante los años veinte y treinta del siglo pasado se instalaban a vivir en los hoteles y convertían sus habitaciones en domicilio habitual, todavía hay por la costa brava, por la costa azul, incluso por la amalfitana estancias habitadas por los Durrell, los Bowles, los Graves y similares; después creo que también se animó a este modo de enfrentarse a la vida Truman Capote y, entre las artistas, Ava Gardner, que se instaló en un hotelito de Begur y no descansó hasta haberse emborrachado con todos los pescadores.

Con el espíritu de los grandes aventureros atravesé primero el parque para comprar la prensa del día, incluida también una revista de termomix, que leí de cabo a rabo frente a un café prolongado durante horas gracias e un botellín de agua mineral con mucho hielo.

A eso de las doce de la mañana cambié el café por una cerveza y los periódicos por una novela – las leyes de la frontera, de Javier Cercas -, que había empezado el viernes en el avión y que terminé antes de regresar a Barcelona, casi 400 páginas con la biografía de un quinqui contada con el buen gusto de un dandy de la literatura.

Fueron dos o tres cervezas las que invertí entre la novela y una entrada del diletante, un capítulo reflexivo y lluvioso de Germán Utiel cocinando una crema de calabaza.

El trayecto desde la terraza del café hasta la del comedor, frente a la piscina, fue el instante más duro de la jornada ya, hacía mucho calor, por lo que tuve que provisionarme de otra cerveza, una aterciopelada dorada canaria. Pensé que pasar de la cerveza al vino podría comprometer la siesta, por lo que en una de las decisiones más complejas del día decidí seguir con la cerveza, esta vez a presión.

La comida sencilla, una ropavieja de pulpo, pescado con papas y, de postre, un sorbete de café.

La siesta tuvo un leve preámbulo de búsqueda en internet de un cuadro apropiado para la receta, un apunte de Leonardo elegante y discreto, el boceto de una túnica depositado en el Louvre.

La siesta no se alargó mucho, 45 minutos, lo justo para despejar la cabeza, cargar pilas y regresar a la terraza del bar y pedir un café; revisar el correo electrónico, contestar los indispensables, dar señales de vida a la familia y afrontar algunas tareas menores frente a la pantalla del ordenador. A partir de las siete de la tarde un gin tonic cargado de semillas de enebro y raspaduras de lima y de limón, mucho hielo, un puñado de frutos secos y un empujón más a la novela. Seguramente a lo largo de la mañana se me había ido la mano un poco con las cervezas, la tarde tenía que ser un poco más contenida, tenía que ser capaz de disfrutar de cada instante en silencio, atrincherado frente a un terrario lleno de tortugas, intentando adivinar qué secretos escondían el resto de parroquianos, en su mayor parte extranjeros. Un solo gin tonic era suficiente para mantener los músculos relajados, no quise cenar, ni tan siquiera el sándwich que insistentemente me ofrecía un camarero canario empeñado en asegurarme que disponían de cerca de 40 clases distintas de ginebras, cada una con una preparación especial.

A las nueve y media de la noche – hora canaria – subí a la habitación, puse la televisión con el volumen muy bajito, jugaba el Atleti de Madrid contra el Málaga, emboscados tras la avalancha de neuróticos que se refugiaron horas antes en el Barça/Real Madrid. Con el partido de fondo rematé la novela de Cercas y planifiqué algunas entradas futuras del diletante, por primera vez en estos meses el Diletante conseguía colonizarme por completo.

Como recuerdo de aquellas horas – prolongadas durante la mañana siguiente en la misma terraza, en igual disposición hasta que llegara la hora del almuerzo y con el mi reingreso a la vida en sociedad -, la receta de una ropa vieja sorprendente, la que había comido el domingo a base de verduras, garbanzos y pulpo.

Entre las ruinas de mi inteligencia, como el poema de Gil de Biedma, aquella ropa vieja era una metáfora ideal de aquellas horas contemplativas, semiderrotadas; la ropa vieja es una receta hecha a base de sobras, de restos de guisos guardados en la nevera, un ejemplo claro de la grandeza de la cocina de las sobras, no en vano la memoria no es sino el modo en el que algunas personas gestionamos las sobras de la vida. Seguramente la mayoría de las crónicas del diletante son producto de sobras acumuladas durante 47 años.

Mi recuerdo de la ropa vieja estaba, hasta esa fecha, vinculado, a los guisados de vaca o de ternara, combinados con caldo nuevo y con garbanzos; la sorpresa de esta ropa vieja la llevaba el pulpo, incorporado a un caldo ligero hecho a base de un poco de pechuga de gallina,  dos dientes de ajo, una cebolla, dos zanahorias, apio y tomate. Un caldo ligero con ribetes dorados. Merece la pena hacerlo con un par de litros de agua mineral que contenga un toque metálico.

El pulpo estaba previamente hervido y troceado, conservado evitando que se ponga duro. Yo no me atrevería a hervir el pulpo en el caldo de ave para evitar que se mate el sabor.

En una cacerola amplia se sofríen dos cebollas bien picadas, un pimiento verde no muy grande y otro rojo, dos dientes de ajo y una zanahoria en daditos. Cuando esté todo bien pochado se le añaden los trozos de pulpo, una patatina cortada en dados y dos puñados de garbanzos de fuentesauco previamente hervidos (han podido quedar olvidados de algún cocido), una hoja de laurel y un vino blanco seco; medio litro del caldo de ave y un cuarto de hora de cocción.

Me lo trajeron a la mesa afinado con perejil fresco, una brizna de apio picado y de tomillo fresco.

Ojo porque ni el pimiento ni el tomillo han de imponer su sabor. Tampoco se trata de dejar el plato como unos garbanzos acompañados. Patata, garbanzo y pulpo han de estar presentes en cada plato en proporciones similares. El objetivo es que el comensal no termine de saber si toma las patatas con el pulpo, el pulpo con los garbanzos o los garbanzos con verdura. En definitiva un hatillo de ropa vieja olvidada en algún armario de la memoria.