miércoles, 6 de mayo de 2015
miércoles, 8 de abril de 2015
CAP:CCCLXVI.- Pequeña muerte por chocolate (7)
7. FALÍN Y SUS MISERIAS.
A las nueve en punto de la
mañana estaba de nuevo en el despacho de Rovirosa, apenas habían pasado unas horas
desde que nos vimos por última vez, sin embargo yo llegué con la sensación de
llevar días desconectado de las cuitas de la familia Montes y de su peculiar
entorno. Me sentía agotado, saturado de los dimes y diretes de aquellos sujetos
y sujetas mezquinos, aunque buenos pagadores.
Yo no era persona de grandes
principios, andaba falto de dinero y sobrado de tiempo libre, además me
consideraba más inteligente que aquella caterva de presuntuosos, asesinos todos
en potencia, exceptuado el fallecido Montes, que se contentaba con ser un
cretino presuntuoso.
Las secretarias de Rovirosa
arrojaron un poco de luz a mis cenizos pensamientos, era imposible pensar que
el criterio de elección de aquellas recepcionistas se movía exclusivamente por
criterio de competencias, todas ellas parecían sacadas de un casting para un
pase de modelos, encajaban perfectamente en sus trajes de chaqueta gris oscuro,
sus pañuelos rojos anudados al cuello, la manicura perfecta, los ojos almendrados
y las melenas recortadas, flotando por encima de los hombros.
Daba gusto escucharlas saltar
del castellano al catalán, del catalán al inglés, del inglés al francés y de
nuevo al castellano. No desdibujaban nunca la sonrisa y, solícitas, me ofrecían
café y pastas para suavizar las horas de espera.
Junto al desayuno me
ofrecieron la prensa del día, me aseguraron que el Sr. Rovirosa sabía ya de mi
presencia y que en breve sería atendido pero lo cierto es que pasé casi una
hora acomodado en el sofá viendo deambular aquellas ninfas que parecían flotar
a pocos centímetros del suelo, siempre diligentes, siempre sonrientes, siempre
atentas pero distantes. Yo les devolvía la sonrisa para no quedar diluido en el
sofá. Lo cierto es que ni mi teléfono sonaba ni tenía nada mejor que hacer esa
mañana, puede que no tuviera mucho mejor que hacer a lo largo de ese año.
A eso de las diez de la
mañana llegó, como alma que llevaba el diablo, el joven Rafael Montes, el hijo
del fallecido; salió del ascensor como una exhalación, dejando atrás a la
recepcionista que le había escoltado en el elevador, intentó franquear la
puerta que daba al despacho de Rovirosa pero estaba cerrada por dentro, parecía
una puerta firme, anclada en varios puntos a un grueso muro, por lo que sin
duda Rovirosa ni se enteró.
El joven Rafael quedó con el
gesto bobo, frente a la puerta, no sabía si empezar a aporrearla o si debía
sentarse junto a mí. Estaba tan alterado que no me identificó, pese a su saludo
cordial, le ofrecieron café, lo pidió doble, en su estado de excitación un café
doble era lo menos recomendable.
Le di los buenos días
cortésmente y le aproximé un plato con croasanes. Me miró de nuevo e hizo un
gesto inequívoco de que no me identificaba. «¿Nos conocemos?», dijo. No debía
ponérselo fácil, por lo que le administré un escueto «sí», seguido de un denso
silencio mientras apuraba el último sorbo de café. Me miró extrañado. «En el
funeral de su padre». Demostraba que yo sí le conocía. De nuevo silencio hasta
que se le escapó un ligero «Ah», alargando la hache final como si le faltara el
resuello. «¿Conoce también a Rovirosa?», me sorprendió el también, le dije que
sí, que era Rovirosa quien reclamaba mi presencia. Volvimos al silencio.
Se abrió la puerta de la fortaleza
y una de las secretarias clonadas indicó al Sr. Montes que el Sr. Rovirosa
podía dedicarle unos minutos. Yo levanté el cuello como pude para reafirmar mi
presencia y mi espera, fui ignorado con una leve sonrisa de la secretaria del
Sr. Rovirosa, que tenía la presencia de un introductor de embajadores de la
corte de Carlos IV.
No parecía el Sr. Rovirosa
muy generoso con su tiempo y el joven Montes salió en pocos minutos, no le dio
tiempo a calentar el asiento, parecía muy ofendido, marchó sin despedirse, no
era difícil escuchar sus blasfemias.
La misma secretaria que le
había franqueado la salida del despacho me hizo un leve gesto para captar mi
atención. «El señor Rovirosa no podrá atenderle esta mañana, ruego le disculpe».
Intenté recordarle que mi presencia allí era a requerimiento del propio
Rovirosa, que yo no había perdido nada allí, salvo los cafés y los bollos
gratuitos y los periódicos del día, que me llevé bajo el brazo.
En la puerta coincidí con el
joven Rovirosa, que seguía blasfemando, ahora por teléfono. Me quedé a una
distancia prudencial, para evitar sus escupitajos pero para que fuera
ineludible que se diera cuenta de mi presencia y de mi espera.
Mientras se retiraba el
auricular de la oreja le ofrecí tomar un café, la casualidad me permitía
intimar con otra persona más del entorno de Rafael Montes, seguramente la parte
más hermética de ese entorno. No fue necesario mucho esfuerzo, el joven Montes,
a quien todos llamaban Falín, empezó a hablar a borbotones, asegurando que la
memoria de su padre estaba siendo mancillada por aquel trapacero, aquel mal
editor y peor amigo, aquel malnacido que pretendía que el joven Montes
finalizara el libro que había dejado a medias su padre y que lo hiciera en
quince días, renunciando a figurar en la portada, a lo sumo una breve reseña
como colaborador, y todo esa tarea sin cobrar un solo euro porque el viejo
Montes había la agotado varios adelantos. Lo que sin duda escocía más al Joven
Montes, ya Falín tras un nuevo café, era que no percibiría un euros y que debía
estar agradecido de que, por la memoria del gran Montes, Rovirosa no reclamara
devolución de cantidad alguna.
Ofrecí mis servicios a Falín
y le dije que podría contar conmigo si era necesario litigar contra Rovirosa y
su editorial. No tenía especialidad ni conocimiento alguno en materia de
propiedad intelectual, pero daba lo mismo, tampoco parecía que la familia
Montes estuviera dispuesta a contar con los servicios del abogado de Jess, de
la última de las barraganas. Le rogué que no insultara a mi cliente, que ella
le amaba de verdad y que lo único que quería era preservar el nombre y el
prestigio de Montes y de su obra.
Me aseguró que su padre era
un calzonazos, que siempre se había dejado engatusar por unas faldas; que era
un tipo fatuo, vanidoso, que no hubiera llegado a ningún sito sin la ayuda
primero de su primera mujer, la presencia de doña Helena es cada vez era mayor
en su conversación, en su monólogo; después se reivindicó como el sustento
profesional de Rafael Montes, sin el pequeño Falín el viejo Montes se hubiera
desmoronado como un terrón de azúcar disuelto en el café.
Me aseguró que su padre había
perdido el paladar por culpa del tabaco, que tenía una úlcera abierta de
estómago y reflujos permanentes que le impedían distinguir un hígado de oca del
Perigord de una suela de zapato. El olfato lo perdió el viejo Montes ya en la
adolescencia y la permanente ingesta de todo tipo de alcoholes había dejado las
papilas gustativas del reputado gastrónomo para el arrastre.
Cierto era que Montes solía
escribir sus crónicas, o por lo menos esbozaba algunas ideas y frases, pero
siempre se apoyaba en algún colaborador cercano para que le describiera
sabores, texturas, olores y condimentos. Desideria era el paladar más fiel del
entorno de Montes, aunque para los restaurantes públicos solía valerse del
pequeño Falín, que desde niño le había acompañado a muchas salidas. En ese
contexto la presencia de Jess había sido casi un sacrilegio, Jess había sido su
lazarillo gastronómico en los últimos años y tal vez por eso se habían
vulgarizado las crónicas de los últimos tiempos de Montes, que había agudizado
sus querencias por productos caros, que abandonaba definitivamente la cocina de
terruño. Vinos caros, siempre patrocinados por el distribuidor, y restaurantes
a la moda, en los que era más importante identificar con quien comías que lo
que comías.
A Falín le dolía que su padre
nunca hubiera reconocido en público el papel que había jugado en las últimas
publicaciones, la importancia del paladar de Falín en las crónicas más
afamadas, las de los restaurantes escondidos en las montañas del prepirineo, el
último libro en el que Montes había sido capaz de descubrir algo nuevo comiendo
en posadas olvidadas y en casas de comidas frecuentadas por los montañeros.
Pocas opciones me dio para
terciar en monólogo, parecía haber vaciado todas sus iras hacia Rovirosa, hacia
Jess, hacia Montes, su mundo y su vida. El Joven Montes pasaba a engrosar mi
lista de candidatos a asesinos, aquella crispación, aquellos movimientos
sincopados, esos golpes de puño incontrolados sobre la barra del bar. El
teléfono no dejaba de vibrarle y finalmente lo atendió. Balbució un par de «mamá,
mamá» antes de alejarse hacia la salida de la cafetería para continuar en
privado la conversación.
Me quedé junto a la barra,
atenazado, sin atreverme a sacar la cartera, me veía pagando aquellos tristes
cafés mientras veía como Falín se iba alejando. Dejé un billete de cinco euros
sobre el mostrador, el camarero me advirtió que no llegaba, que el otro señor
se había pedido un agua también. Dejé algunas monedas más y salí a la búsqueda del
joven Montes.
Le hice un gesto para que
advirtiera mi presencia y le pedí, le rogué, que me pudiera dedicar unos
minutos en un futuro próximo, que tenía mucho interés en hablar con él, en
poder charlar también con su madre. Seguro que había muchos detalles del legado
de Montes que era mejor que pudiéramos comentar y pactar sin necesidad de tener
que andar con litigios. Les recordé que mi cliente, Jess, estaba embarazada y
que para bien o para mal debían aceptar que en breve tendrían un nuevo hermano.
Me aseguró que tenía mucha
prisa pero que me dejaba una tarjeta con su móvil directo, me agradeció la
paciencia con la que había soportado todos sus improperios, me pidió disculpas
y me aseguró que el no solía ser así, pero que llevaba varios días muy tenso,
que encuentros como el que había tenido como Rovirosa había terminado de
desatar sus nervios. Le reventaban aquellos vampiros que habían vivido décadas
a costa de su padre, pensé que en su delirio Falín no se incluía entre esos
vampiros, como si la familia pudiera chupar del bote, de cualquier bote, sin
que eso pudiera ser afeado por nadie.
Me rogó que le trasladara a
Jess que no había rencores, que era lógico que cada uno defendiera lo suyo, y
que el objetivo principal era preservar el legado, la memoria del gran Montes,
el mismo que minutos antes había sido descrito como un farsante, déspota y
caprichoso.
Fascinado por Falín, me
fascinaba todavía más la figura de su madre, la que no había tenido ningún
empacho en tildar de putilla a la viuda actual de Rafael Montes en un templo,
con el cuerpo presente de su marido.
Yo también le dejé mi
tarjeta, me anunciaba como abogado multidisciplinar. Le aseguré que mi idea de
la justicia iba más allá de los intereses de mi cliente y que en aras de la paz
le propondría a Jess alcanzar un acuerdo que fortaleciera la memoria del gran
Montes, el padre de la cocina catalana moderna. Que para esa tarea estaba
dispuesto a buscar entre los papeles de Montes algunas de sus últimas notas,
que sabía que Montes no había dejado ningún libro escrito y que lo que
pretendía Montes era terminar de exprimir la memoria del viejo obligando a Falín
a escribir un libro completo como sosías de su padre. Finalmente el joven
Montes se fue, tomó un taxi al vuelo y antes de que arrancara ya estaba de nuevo
enganchado al teléfono.
Era fundamental recobrar en
breve mi contacto con Jessica, no me quedaba más remedio que acudir a mi madre,
que pedirla que me llevara a comer con la madre de Jess. Había abandonado a mi
madre en las últimas jornadas, no le había cogido el teléfono pese a sus
insistentes llamadas; me tocaba desplegar todos mis encantos, incluso estaba
dispuesto a invitarla a comer a un restaurante de la Barceloneta, un
restaurante caro, incómodo y de cocina dudosa, aunque había tenido el honor de
albergar en sus mesas a un afamado director de cine americano que había rodado
una escena en el corredor principal del restaurante.
Ensayé mi voz más seductora
antes de llamar a mi madre, de hacerme el simpático y proponerle que ella y su
amiga vinieran a comer conmigo, sabía que se haría de rogar, que se escudaría
en su mala salud de hierro pero que finalmente sus ganas de salir, de ser
paseada, sería mayor.
Todavía disponía de un par de
horas antes del almuerzo, me ofrecí a pasar a recogerlas, pero ella me dijo que
no me preocupara, que había un autobús que la dejaba a las puertas del
restaurante, que llegarían sobre las dos y media, que casualmente habían
hablado esa mañana y que sabía que la madre de Jess no tenía planes para aquel
día, ni para aquel año seguramente.
Empecé a caminar hacia la
zona marítima, caminaba despacio, aprovechando la luz y las calmas de invierno.
En uno de los periódicos
reproducían una de las recetas patrocinadas por Montes, una receta de las
básicas, de las que encantaban a mujeres como mi madre. Era la receta de una
paella tradicional para que la que recomendaba utilizar arroz del delta del
Ebro, medio quilo, – Montes aparecía en una foto entre arrozales -, cuatro
alitas de pollo, medio quilo de conejo cortado menudo, 300 gramos de judías
verdes, 200 más de garrofón – la judía seca y plana levantina -, 200 gramos de
tavelles – unas legumbres parecidas a las alubias, también levantinas -un
tomate maduro rallado, aceite de oliva, una pizca de pimentón rojo dulce, una
pizca de azafrán, una pizca más de canela, sal dos litros de caldo de ave.
Montes aseguraba que el arroz
tradicional se hacía en cazuelas de barro, que había que sofreír a fuego vivo
la carne troceada, hasta que se dorara, luego añadir la judía verde, las
tavelles y el garrofón, rehogarlo 10 minuto removiendo con una cuchara de
madera, para evitar que se pegue. Luego el tomate y el pimentón rojo, evitando
que se queme para que no amargue. Se añade el caldo de ave, se sala un poco,
cuando rompa a hervir añadir el arroz, el azafrán y la pizca de canela.
Se deja hervir unos 20
minutos, sin moverlo, bajando el fuego casi al mínimo aunque sin que deje de
hacer burbujillas el caldo.
Los campesinos valencianos le
daban un toque final de horno a 180 grados antes de llevarlo a la mesa.
Convenía que se retirara el
arroz del fuego cuando aún quedaba una pizca de líquido burbujeante. Dejarlo
reposar tres o cuatro minutos tapado con un paño antes de llevarlo a la mesa.
Recorté la receta y la
reservé para mi madre, seguro que le haría gracia guardarla y poder enseñar a
sus amistades que su hijo era ahora el abogado de la familia de Montes, del
gran Montes.
Camino del restaurante
encontré a un pintor aficionado que vendía cuadros parecidos a los de Wren,
puede que todos los cuadros me recordaran a Wren.
miércoles, 18 de marzo de 2015
CAP.CCCLXV.- Pequeña muerte por chocolate (6)
6. DESLICES DOMÉSTICOS DE
DESIDERIA.
Prolongué la sobremesa en la
Santina hasta media tarde. El inspector Caballero me esperaba en la comisaría,
le mandé un mensaje indicándole la hora a la que me pasaría por allí, después
quedé cité a Rovirosa media hora más tarde en el hall del NH Constanza, que
estaba al costado de la comisaría.
Caballero no me hizo esperar
mucho, hizo que me acompañaran a su despacho y allí me recibió con cierta cordialidad,
incluso me invitó a tomar un café de la máquina. Me preguntó por Jéssica, le
informé que tenía otras ocupaciones aquella tarde y que había delegado en mi
todas las gestiones, no le extrañó; me preguntó también si asistiría a Jéssica
cuando fuera a declarar ante la juez – por lo visto el asunto le había tocado
por reparto a una juez joven, muy puntillosa -, le dije que no había recibido
instrucciones en contra, dato cierto dado que Jess había cortado cualquier vía
de comunicación con su abogado. Le pregunté si podría acceder a las actuaciones
policiales y me comentó que prefería que esos trámites los realizara ya en el
juzgado, creían que no había razones para decretar el secreto del sumario, pero
entendía que debía ser la jueza quien examinara las actuaciones policiales y
decidiera los pasos que debía a dar para encauzar la investigación; ellos
tenían algunas líneas de investigación – las «obvias», intentó tranquilizarme –
y pensaba que la juez no tardaría mucho en iniciar las declaraciones, de hecho
tenía programada una entrevista con ella a la mañana siguiente.
No le pude sacar muchos datos
y poco menos conclusiones, me intrigaba saber a qué hora habían descubierto el cadáver,
Caballero me dijo que el servicio doméstico llamó a la policía sobre las nueve
y media de la mañana del lunes y que en 10 minutos había ya una unidad de lo
Mossos, otra de la policía local y una ambulancia que, finalmente, resultó innecesaria.
La jueza instructora llegó a eso de las 10 de la mañana con el forense y el
resto de la comisión, tomaron unas fotos y dio instrucciones de que el cuerpo
fuera trasladado al depósito. En la casa sólo estaba una persona de servicio,
Desideria, que fue la que se encontró el cadáver y la casa revuelta; casi de
pasada Caballero se sorprendió de la fría reacción de la criada, que intentó
seguir con sus tareas domésticas pese a que el secretario judicial le advirtió
en varias ocasiones que no se podía tocar ningún objeto.
Terminamos el café y
Caballero sacó del cajón una bolsa de plástico transparente, cerrada con un
precinto adhesivo, en el interior se veía un grueso manojo de llaves, la
abultada cartera de Montes, un reloj de pulsera, tres anillos, uno de ellos con
una pieza de obsidiana y un escudo de armas, varias cadenas de oro, algo de
correo comercial y bancario que había quedado en el buzón, notas sueltas, un
cuadernillo con apuntes y las tarjetas de varios restaurantes. Antes de
permitirme tocar la bolsa me hizo firmar un recibí en el que se detallaban los
objetos entregados; a partir de ese momento como representante de la familia
del finado me comprometía a entregar de inmediato todos esos objetos personales.
Rovirosa me esperaba inquieto
a la entrada del hotel, le hice ver que el hall no era lugar apropiado para
desprecintar la bolsa. Nos dirigimos hacia la cafetería que había junto a la
recepción, antes de tomar asiento Rovirosa ya había pedido un whisky doble con
mucho hielo, no le quité mano y no dejé que bebiera solo, pedí otro para mí.
Ante su atenta mirada abrí la bolsa, se desperdigaron sobre la mesa los objetos
personales de Montes, parecían los abalorios de un viejo tratante de ganado.
Revisó nervioso las notas y el cuadernillo, en seguida los lanzó sobre la mesa.
Buscó con la mirada el manojo de llaves, parecía que era su última esperanza.
Se tomó el whisky de un solo trago y dejó sobre la mesa un billete de 20 euros,
yo apenas pude darle un sorbo al mío, no tenía las urgencias que justificaran
un golpe de alcohol tan seco y repentino en mis venas.
Mi nuevo cliente era de
bolsillo menos perezoso que Jess, pagó la consumición y también el taxi que nos
llevaba a casa de Montes, se pasó el trayecto, no muy largo, revisando los
mensajes de su teléfono, en un silencio tenso que sólo se rompía cuando el taxista
blasfemaba al llegar a los cruces, parecía que la blasfemia le franqueara el
paso y le permitiera cruzar sin mirar. Intenté tranquilizarle asegurándole que
en la casa encontraríamos el ansiado manuscrito.
Anochecía, costó convencer a
Rovirosa de que esperara al ascensor. Pese al frio de febrero sudaba como si se
encontrara en el trópico, fue inevitable imaginar cómo hubiera afrontado ese
trance Jess, seguramente con mucho más encanto. Añoraba su ligereza y su frivolidad.
Fue girar la llave y sentir
que las cosas no irían bien, una sola vuelta y accedimos a al recibidor, había
luz en la casa y en pocos segundos Desideria llegó a la puerta, sorprendida por
nuestra presencia; Rovirosa dio un paso atrás y me dejó en primera línea de
fuego. Nos miramos durante unos instantes a los ojos, luego yo bajé la mirada,
ella ganaba, yo empecé a balbucear: «La señora me ha autorizado a traer los
objetos personales del señor». «¿La señora?». Preguntó. Marcó un silencio
eterno que apuntaló mirándome nuevamente a los ojos. «Doña Jesica». Nuevo
silencio antes de que articulara un sonido gutural. «Ah». Un sonido seco,
acompañado de un nuevo silencio. «Hagan lo que tengan que hacer, como si
estuvieran en su casa». Se dio media vuelta y regresó a sus quehaceres. Dándome
la espalda comentó «yo estoy intentando poner un poco de orden».
Rovirosa pensó que estaba más
seguro ya que dio un nuevo paso al frente y se adentró en las habitaciones,
parecía conocer bien la casa. Entró en el despacho y abrió los cajones en busca
de algún legajo, no le dolieron prendas al coger algunos pendrives, le recordé
que cuando los hubiera revisado debía reintegrármelos. No le hacía mucha falta
mi presencia, así que decidí seguir con mis pesquisas con la casa y fui hacia
el dormitorio de Montes, el último lugar en el que Jess y Rafael estuvieron
juntos.
Desideria trajinaba por el
salón, yo iba por el largo pasillo hacia las alcobas cuando, a la altura de la
puerta de la cocina oí la musiquilla de un teléfono móvil, era de tono muy
bajo. Sobre la encimera de la cocina había un teléfono, supongo que de
Desideria, mi primera intención fue avisarla de la llamada pero fue mayor mi
curiosidad, me acerqué hacia la pantalla y vi el nombre de doña Helena, grabado
en letras mayúsculas y azules. El teléfono dejó de sonar pero la pantalla quedó
iluminada con la indicación del remitente. Le di un ligero toque a la puerta de
la cocina, para no ser sorprendido con las manos en la masa, y comprobé las
llamadas registrada en la memoria, había una larga sucesión de comunicaciones
entre Desideria y doña Helena, en el listado constaba que Desideria había
llamado a la viuda a las ocho y media de la mañana en la que se descubrió el cadáver.
Ninguno de mis clientes me
había encomendado que investigara sobre el crimen, tanto Jess como Rovirosa
parecían más empeñados en que buscara documentos que en averiguar la verdad,
puede que la verdad no les preocupara. Sin embargo a mí se me amontonaban los
indicios, a mi lista de sospechosos se incorporaban Desideria y Doña Helena, la
primera hermética, la segunda lenguaraz.
Seguramente la memoria de aquel
teléfono me habría dado alguna otra sorpresa, pero me costaba mucho actuar al
margen de las leyes aunque mi curiosidad me hubiera llevado a una audacia
inusual en mí.
Podría haberme dirigido al
salón y haber abordado a Desideria, no era sin embargo mi función y corría el
riesgo de que me fulminara sólo con la mirada. Salí de la cocina, marché hacia
el salón y, de pasada le comenté a Desideria que me parecía haber oído sonar un
teléfono. Dejó sobre la mesa del salón una pila desordenada de libros y salió
ligera hacia la cocina. Acostumbrada a dirigirse a mí de espaladas me dijo que
no era necesario que me acercara a los libros, que ella se ocuparía gustosa.
Estaba claro que le incomodaba mi presencia, sobre todo en el salón. Entre los
libros que había abandonado había varios de formato grande, recetarios de
grandes cocineros internacionales y un ejemplar facsímil de la primera edición
de la Fisionomía de Gusto, de Brillant Savarín, por lo visto – lo estudié
después – uno de los padres de la gastronomía moderna. No me atreví a tocar los
libros, bastante había arriesgado ya en la cocina, como para adentrarme en
nuevos riesgos en el salón, si Desideria había tenido la sangre fría de matar a
quien había sido su jefe durante más de cincuenta años seguramente no tendría
problema alguno en liquidarme allí mismo. Si a Jessica la consideraba con
talento suficiente como para haber encomendado a terceros el asesinato, si a
Rovirosa lo consideraba lo suficientemente alterado como para disparar a Montes
en un momento de angustia, de lo que no me cabía duda era de que si Desideria
hubiera sido la asesina lo hubiera hecho con la frialdad y la precisión de una
asesina a sueldo.
Andaba yo en estas
disquisiciones cuando noté clavada en la espalda su mirada. «Si el señor busca
algo yo se lo puedo encontrar, no revuelva, y dígale a aquel sujeto que anda
pululando por el despacho que deje ya de enredar, por respeto a la memoria de
Montes». Tomó de nuevo la pila de libros y los fue colocando ordenadamente en
las baldas de la biblioteca. Intenté retener en la memoria la imagen de
aquellos libros, seguro que tenía algún sentido la pulcritud con la que
Desideria colocaba aquellos ejemplares.
Rovirosa seguía revolviendo cajones
y rebuscando papeles sin mucho sentido. Le indiqué que nuestro tiempo en la
casa se estaba agotando y que convenía marchar, que Desideria se ocuparía de
todo, sin saber muy bien qué significada aquel «todo».
Rovirosa me preguntó si tenía
planes para cenar, quería llevarme a uno de los restaurantes preferidos de
Montes, podíamos ir andando. Por el camino revisó la pantalla de su teléfono
móvil, mandó unos mensajes y caminó como si lo hiciera solo.
Entramos en un restaurante
viejo, mal iluminado, parecía anclado en los años setenta, todavía no había
llegado ningún comensal, puede que aquella noche no tuvieran otros clientes. El
restaurante tenía servicio preparado para atender a 300 personas, quién a 300
fantasmas. En las paredes había fotografías perdidas en el túnel del tiempo,
personajes de un pasado remoto, entre ellos un joven Montes, ya orondo y
periforme, de pie, en mitad de una era, cubierto con un largo babero y
peleándose con una cebolleta semicarbonizado y pringado de una salsa
anaranjada, un calçot. Sobre la fotografía la firma autógrafa de Montes y una
cariñosa dedicatoria al dueño del restaurante. Había otras fotografías en las
que aparecía Montes, a veces solo, a veces acompañado de la gente más
variopinta, entre ellos a la mismísima Lola Flores frente a una bandeja de
caracoles.
El cocinero del local salió a
recibirnos, se abrazó efusivamente a Rovirosa, por lo visto le había editado un
libro de recetas años atrás. Nos llevó a una mesa escondida tras un biombo, me
sorprendió porque no parecía que aquella noche tuviéramos gran riesgo de ser
descubiertos por terceros. Rovirosa pidió un whisky para hacer boca, además le
pidió que fuera enfriando una botella de champagne, no parecía que hubiera
mucho que celebrar. Rovirosa me preguntó si no me importaba que se incorporara
a la mesa un comensal de última hora, por lo que me comentaba acababa de
recibir un mensaje de un viejo amigo que lo era también de Montes, un crítico
gastronómico de Madrid que estaba de paso por la ciudad, por lo visto quería
editar un libro explicando los entresijos del boom de la cocina española.
A esas alturas de la noche me
daba lo mismo casi todo.
Como homenaje a Montes y a su
destreza desenfundando calçots pedí de primer plato un pastel de calcots y de
gambas, supongo que la misma receta se podría hacer también con puerros, pero el
sabor a brasas de las cebolletas catalanas le daba un punto cenizo al plato.
Como Rovirosa y su amigo se
enfrascaron en una larga conversación casi en clave sobre vivencias y recuerdos
comunes, me entretuve en revisar las fotografías del restaurante, le pedí al
camarero que nos atendía que me facilitara el libro de recetas del chef, el que
había editado Rovirosa, descubrí que la receta era sencilla, se necesitaban 600
gramos de calçots ya braseados y pelados, sólo se usaba la parte blanca de la
cebolleta. 150 gramos de gambas frescas, también peladas, sólo se utilizaban
las colas. 6 huevos, 250 mililitros de nata líquida, sal, pimienta, nuez
moscada, aceite de oliva, mantequilla y un poco de harina de repostería.
Se cortan los calçots en
trozos pequeños y se terminan de confitar – estaban previamente asados – con un
poco de aceite de oliva, hasta que queden casi como una compota. Se escurren y
reservan.
Se pone una cazuela con un
chorrito de aceite, a fuego vivo, se puede aprovechar el aceite en el que se
han rehogado los calçots. Se pasan las gambas durante un par de minutos,
meneando la cazuela. Cuando tomen color se baja el fuego y se añaden los
calçots. Se remueve con cariño hasta que se mezcle todo. Se pone el fuego al
mínimo, se salpimenta el guiso y se le añade una pizca de nuez moscada. Se
añade la nata y se deja calentar unos minutos, sin dejarla hervir para que no
se corte. Cuando traba bien la mezcla se aparta el cazo del fuego y se le da un
golpe de batidora, cuidando que no se deshagan las gambas, han de notarse los
trocitos.
En un cuenco a parte se baten
los huevos, mientras enfría el contenido del cazo. No conviene que la mezcla de
leche, calçots y gambas esté muy caliente, se mezcla todo con los huevos y se
pasa todo a un molde metálico previamente engrasado con mantequilla y
enharinado ligeramente para que no se pegue.
Se coloca el molde en el
horno, al baño maría; el horno ha de estar previamente caliente – a 175 grados
-. Para que cuaje el pastel será necesaria por lo menos una hora de cocción, no
conviene que el fuego esté muy vivo porque quedará muy seco; si el fuego es muy
suave no se terminará de cuajar y puede desmontarse cuando se desmolde.
Se saca del horno y se deja
reposar un par de horas antes de desmoldarlo. Se puede presentar sobre una cama
de escarola y con un poco de la salsa típica de los calçots, una mezcla de
almendras tostadas , ñoras, pan tostado, aceite de oliva y una pizca de
guindilla, ajos, tomate triturado, vinagre y pimentón, una salsa densa y
sabrosa que puede ser un contrapunto agradable para el pastel; recomendaban que
no se abusara de la salsa para evitar que diluyera el sabor de las gambas.
Terminamos la cena sin que
terminara de entender bien qué razón tenía mi presencia en aquella mesa. Habíamos
abierto boca con un whisky, dos botellas de champagne, otra de tinto y un
whisky más a los postres. La conversación y el alcohol habían relajado algo a
Rovirosa, no a mí, que seguía pensando en el espectro de Desideria, puede que
quien estaba en el apartamento aquella tarde no fuera ella sino su fantasma,
haciendo compañía al fantasma de Montes.
En las novelas americanas el
detective protagonista tiene relativa facilidad para hablar con testigos y con
sospechosos, a veces recibe algún puñetazo pero lo cierto es que las narraciones
suelen navegar fluidamente gracias a la facilidad con la que los detectives
llegan a las casas de las personas a las que investigan y, en pocos minutos,
consigue iniciar un interrogatorio elegante y sagaz. En España esa accesibilidad
era una quimera, Desideria nunca se prestaría a contestar a mis preguntas,
puede que no aceptara contestar ni tan siquiera a un juez; doña Helena ya había
demostrado que era capaz de interponer entre ella y Jess una nebulosa de
abogados petulantes. Además entre mis tareas no estaba la de descubrir quién
asesinó a Rafael Montes, tenía que contentarme con ser perrito faldero de
Rovirosa, quien, por cierto, me citó a la mañana siguiente a las 9 de la mañana
en su despacho.
De salida al exterior
comprobé que aquel restaurante no había tenido otro cliente en toda la noche.
En un recodo junto al baño había un Leonard Wren, seguro que Montes había tenido
algo que ver con ese cuadro.
miércoles, 4 de marzo de 2015
CAP.CCCLXIV.- Pequeña muerte por chocolate (5)
5. LAS ANGUSTIAS DE ROVIROSA.
Me acosté con la firme
convicción de renunciar a la defensa de los intereses de Jéssica y con la misma
convicción me levanté a la mañana siguiente, hasta el punto de telefonearla a
las nueve de la mañana para comunicarle mi abandono; como era previsible no
cogió el teléfono, hay categorías de mujeres que no están operativas a las
nueve de la mañana y Jéssica indudablemente pertenecía a ese tipo de mujeres.
No me atreví a formalizar mi decisión pero serio y circunspecto le dejé un
mensaje en la que le decía que teníamos que vernos urgentemente. A los pocos
segundos de haber terminado de hablar con su contestador sonó el teléfono, por
un instante pensé que era ella, que había recapacitado y me pediría disculpas.
No era ella quien me llamaba
sino Rovirosa, el editor de Montes, seguía tan alterado como le había conocido
días atrás, me preguntó si yo era el abogado de Montes, le dije que hasta donde
yo sabía Montes no tenía abogado o, si lo tenía, no había dado señales de vida;
le aseguré que yo defendía únicamente los intereses de Jéssica Palomeque por lo
que difícilmente podría ayudarle. Insistió en que nos viéramos de inmediato,
parecía que le iba la vida en ello. Me convocó en su despacho y me dio el
margen de una hora para que pudiera ducharme y desayunar. Tenía la oficina en
el paseo de Gracia, allí nos veríamos sobre las diez y media.
Me duché y estiré como pude
el traje recién comprado, la verdad es que la experiencia del tren de Sitges de
la tarde anterior había dejado el terno como un guiñapo; lo dejé colgado de una
percha mientras me duchaba para ver si el vapor eliminaba alguna de las arrugas,
quedó correoso por la humedad, lo cierto es que mi otro traje no tenía mucha
mejor presencia. A los gastos ya acumulados habría de incluir los de una
urgente tintorería.
No tenía costumbre de coger
taxis, ni costumbre ni economía que soportara tales dispendios, pero se me
hacía tarde; no era sencillo atravesar Barcelona a esas horas de la mañana,
todavía circulaban alguno autobuses escolares y la ciudad, medio en obras, era
intransitable. Pese al gasto extraordinario de locomoción llegué cinco minutos
tarde a la cita, cinco minutos a los que añadí diez minutos más para tomarme un
café que me ayudara a terminarme de despejar. Llamé otra vez, sin éxito, a
Jéssica, no me atreví a dejar un nuevo mensaje.
Pasé por la recepción de la
editorial, allí una hermosa azafata me atendió y me acompañó al ascensor,
cuando uno se encuentra con una mujer tan hermosa como aquella es difícil llamarla
portera y lo de recepcionista tampoco terminaba de encajar con sus zapatos de
tacón en punta y su estrecha falda de tubo con una acertada hendidura por la
parte de atrás. Los tacones, la moqueta y el tubo de la falda apenas la dejaban
caminar, lo hacía como si fuera una geisha. Entramos juntos en el ascensor,
activó con una tarjeta magnética los botones que indicaban las distintas
plantas, pulsó la última de ellas y salió de inmediato asegurándome que una
asistente del Sr. Rovirosa me aguardaba en la antesala del despacho.
La asistente que me aguardaba
arriba era un clon de la que me había atendido en la planta inferior, los
mismos tacones, la misma blusa transparentosa, la misma falda de tubo y la
misma fría amabilidad. Golpeó ligeramente con los nudillos una solariega puerta
de roble y, sin esperar respuesta, me hizo pasar. Rovirosa hablaba por
teléfono, me hizo un gesto para que me acomodara en uno de los butacones de
cuero. Desde el ventanal del despacho se veía el Paseo de Gracia, parte de la
Diagonal y las terrazas de los edificios más emblemáticos del ensanche. En las
paredes había fotografías de Rovirosa con los principales escritores españoles
e hispanoamericanos de los últimos 50 años, alguno de ellos era tan famoso que
incluso yo los conocía aunque llevara décadas sin leer otra cosa que no fuera
la prensa. También había un cuadro de Wren, supongo que Rovirosa, al igual que
Montes, había sucumbido a los encantos del acuarelista norteamericano.
Esperé unos minutos hasta que
terminó la conversación, hablaba de la posibilidad de publicar unos cuentos de
un francés de nombre impronunciable, yo me sonreí porque apellido que barajaba
sonaba algo así como Huelemalk, o puede que Huelebien, en toco caso una palabra
divertida, impropia de un autor consagrado.
Colgó el teléfono y se puso
en pie para darme la mano, completamente sudada, y para dirigirme hacia una ala
del despacho en la que había unos cómodos sofás y una mesa baja de marmol,
llamó a una secretaria para que nos trajeran café y varios botellines de agua.
Arnau Rovirosa había sido sin
duda un hombre apuesto, un ejecutivo triunfador, pero en aquel momento, con
sesenta años ya cumplidos, parecía un hombre angustiado, sudoroso, de aspecto
algo descuidado, la cara fofa y la mirada perdida, una caricatura del galán que
aparecía en todas la fotos que decoraban la estancia.
Tras un intercambio inicial de
frases de cortesía me planteó su principal problema con relación a Montes,
seguro que tenía otros cientos de problemas que le angustiaban menos. Por lo
que me comentó Montes era un sableador profesional, se había pasado los últimos
meses pidiéndole anticipos a cuenta de un libro definitivo que estaba
escribiendo sobre la cocina catalana; por lo visto el entorno de amigos de
Montes sabía que su situación económica no era muy boyante y todos ellos habían
recibido de una u otra manera requerimientos de dinero. Era habitual que Montes
pidiera dinero a sus amigos, normalmente pequeñas cantidades que resarcía
rápidamente en forma de artículos o de pequeños favores comerciales, tenía por
norma no devolver nunca el dinero pero sí hacer una reseña favorable de un
restaurante si su chef le había prestado alguna cantidad, o hablar bien de un
vino si le debía dinero al bodeguero; para Rovirosa había escrito algunos
prólogos y asistido a presentaciones de algunos libros cuenta de cantidades
entregadas, y siempre recomendaba con interés cualquier publicación que tuviera
el sello de Rovirosa Ediciones. Sin embargo en los últimos tiempos las
peticiones de dinero se habían incrementado, Montes imputaba a Jessica esos
dispendios, aseguraba que era una mujer caprichosa que en todo momento exigía
atenciones especiales. Rovirosa había decidido dejarle de prestar dinero, en su
lugar le entregó varios pagarés que sólo se harían efectivos a medida que
Montes le entregara los capítulos del anunciado libro; cinco pagarés que
alcanzaban la suma total de 50.000 euros a cuenta que la publicación de una
obra llamada a ser un hito en la historia de los fogones de Cataluña.
La sorpresa de Rovirosa vino
cuando descubrió que Montes, sin duda acuciado por la necesidad de efectivo,
había negociado esos pagarés y se los había endosado a un prestamista; por lo
visto el prestamista había adelantado una cantidad importante de dinero a
cuenta de los pagarés y ahora los tenía en su poder.
Yo, en mi papel de abogado y
pensando que Rovirosa requería mis servicios, me ofrecí para llevarle las
posibles reclamaciones; él me aseguró que las reclamaciones que hasta el
momento le habían hecho no eran judiciales, que le habían advertido que si en
48 horas no hacía efectivos los pagarés le iban a partir las rodillas, de hecho
la última llamada que recibió fue de un
sicario con un marcado acento del este. Poco podría hacer yo como
guarda-espaldas de Rovirosa, tampoco contaba con amistades en el submundo de
los usureros.
Rovirosa, dispuesto a
sincerarse, me comentó que su editorial tampoco pasaba por un período boyante,
de hecho él se había desprendido de la mayor parte de las acciones de su propia
compañía, que se las había vendido a un potente grupo inversor sueco y que
únicamente ostentaba la posición de presidente no ejecutivo de la editorial,
sólo ponía su sonrisa para salir en alguna foto, su agenda para conseguir algún
favor y poco más; por lo tanto los cincuenta mil euros habría de pagarlos de su
bolsillo. Aquello siendo un problema no era sin embargo su mayor preocupación,
su angustia veía por el riesgo de que Montes, hombre de pocos escrúpulos, no
hubiera vendido finalmente el libro a cualquier editorial competidora. Rovirosa
conocía bien a Montes y sabía de lo que era capaz por dinero.
En aquel pasaje de sus
confidencias sonó mi móvil, número oculto, normalmente no me gusta interrumpir
una reunión por una llamada pero la posibilidad de que fuera Jessica la que
hubiera tenido a bien contactar conmigo me hizo ser descortés con mi anfitrión.
No era Jessica sino el
inspector Caballero, me anunciaba que habían dado traslado de las diligencias a
la juez de instrucción y que ésta había ordenado alzar el precinto del
domicilio de Montes. Me indicaba que estaban a disposición de “la viuda”
algunos objetos personales que había recogido en el domicilio, la
correspondencia de los últimos días y un juego de llaves. Por lo visto no
habían podido localizar a la señora de Montes y por eso contactaban conmigo.
En circunstancias normales
cuando un abogado recibe una llamada como la que yo había recibido lo que debía
hacer era contactar con su cliente y ponerla inmediatamente al tanto de la
información. Ni mis circunstancias eran las normales, ni yo me tenía por un
abogado éticamente pulcro, mi cliente tampoco lo era; por lo tanto no dudé en
comentarle a Rovirosa el contenido de la llamada y ofrecerle mis servicios para
poder indagar si entre los objetos personales de Montes o en su domicilio
pudiera estar oculto el dichoso manuscrito.
Rovirosa, atenazado sin duda
por la angustia, no dudó en contratar mis servicios en aquel mismo instante y,
para fidelizarme, sacó un talonario en el que extendió a mi nombre un cheque
por la suma de tres mil euros que podrían hacerse efectivos esa misma mañana,
la única condición que ponía Rovirosa es poder acceder a las pertenencias y
domicilio de Montes antes incluso que la propia Jessica; no se fiaba en
absoluto de Jéssica y no dudaba de que si caía en sus manos aquel libro
excepcional lo pudiera malbaratar.
Dudé unos instantes ya que
una cosa era tener dos clientes entre los que pudiera haber un conflicto de
intereses y otra, muy distinta y grave, la de traicionar a mi cliente inicial.
Finalmente acepté el talón y la encomienda convencido de que Jessica hubiera
actuado igual en idéntico trance, además yo ya había decidido renunciar a la
defensa de Jessica y sólo me quedaba hacer efectiva esa renuncia. Los tres mil
euros mejoraban mi margen de operaciones.
Antes de despedirme
convinimos en vernos a las cinco de la tarde en una cafetería cercana a la
comisaría de los Mossos de Escuadra, yo habría recogido ya los objetos
personales de Montes y podríamos ir juntos al domicilio del fallecido. Disponía
de unas horas para cobrar el cheque, localizar a Jess, resolver nuestra
relación profesional y empezar a asistir legalmente a mi nuevo cliente.
De regreso al exterior
contacté de nuevo con las asistentes de Rovirosa, mi nueva relación profesional
me hizo concebir la esperanza de que regresaría en más ocasiones a aquellas
oficinas y quién sabe si no terminaría siendo el abogado de aquella editorial,
no tenía que hacer otra cosa que encontrar el libro dichoso y entregárselo a
Rovirosa.
Ya en la calle llamé
nuevamente al móvil de Jess, la voz metálica de una operadora me dijo que el
número marcado no coincidía con ningún teléfono de la compañía; repetí la
operación varias veces, comprobé que los números marcados eran los correctos;
el mensaje era siempre el mismo, aquel abonado se había dado de baja. Jéssica
había aprovechado aquel rato para cancelar el número de teléfono.
Fui a cobrar el talón a una
oficina bancaria cercana y, con el dinero en el bolsillo, paré un taxi para que
me llevara al apartamento de Jessica; lo de tener cierto desahogo monetario me
estaba convirtiendo en un usuario habitual del taxi, sabía que si seguía
abusando del gasto tarde o temprano me iba a arrepentir pero en mi nuevo
estatus de abogado de un editor sentía ciertas premuras.
El portero del edificio en el
que vivía Jess – aquél sí que era un portero tradicional, vestido con una bata
azul oscura y pantalón gris raído -, me comunicó que la señorita de Montes
había dejado el apartamento aquella misma mañana, que se había marchado con
varias maletas y que le había entregado las llaves en un sobre, asegurándole
que no volvería por allí. EL portero le ayudó a dejar las maletas sobre la
acera, avisó un taxi y vio como Jessica abandonaba ese barrio hacia un destino
desconocido, aunque el portero no descartaba que hubiera salido de viaje, sólo
así se entendía todo aquel despliegue de maletas y de prisas.
El errático comportamiento de
Jessica aplacó mi mala conciencia, cada vez veía menos reproches en mi actuar
de aquella mañana. Consideraba evidente que Jessica había dado por tácitamente
resuelta nuestra relación profesional, sólo así se justificaba que no me hubiera
comunicado su partida, que hubiera cancelado la línea de móvil y que no me
hubiera dado ninguna instrucción. ¿Qué podría hacer yo ahora si aparecía el
dichoso testamento ológrafo redactado por Montes en el postcoitum?¿Seguía
teniendo interés Jessica en aquel documento una vez se había enterado de que el
patrimonio de Montes estaba infectado de deudas?
Entre idas, venidas y otras
cuitas había llegado la hora de comer. Mi madre me llamó para ver si me
acercaba a su casa para almorzar con ella y acompañarla a hacer unos recados,
escabullí el bulto como pude, no me apetecía gran cosa que me interrogara a
cerca del asunto Montes, ni que me pidiera detalles de mis trabajos para la
hija de su amiga. Mi madre protestó, se quejó de que llevara varios días sin llamarla
y sin ir a verla, mi recriminó que no hubiera sido nada cariñoso con ella y con
su amiga el día del funeral. Le aseguré que tenía muchos trabajos y muchas
complicaciones, que el asunto Montes era extremadamente complejo y que la
familia había depositado en mi toda su confianza para gestionar multitud de
cuestiones legales, era mi oportunidad de convertirme en un abogado de
referencia en la ciudad. Tan serio me puse que mi madre no tuvo otro remedio
que pedirme sinceras disculpas y ofrecerse para ayudarme en todo lo que fuera
preciso.
Hubiera podido ir a comer a
cualquier restaurante de la ciudad, seguía disponiendo de dinero, tanto el que
me había entregado Rovirosa como el que me pagó Jéssica, pensaba que con una
huida tan precipitada su última preocupación sería que saldáramos cuentas.
Aquella nueva perspectiva del dinero no me impidió decidir ir a comer a la
Santina y evitar coger un nuevo taxi. La ventaja de la Santina es que fuera la hora
que fuera me prepararían un plato caliente, estaba cerca de casa y si el
mediodía se daba bien incluso podría descabezar una siesta antes de ir a la
comisaría a encontrarme de nuevo con Caballero, a quien no debía anunciar la
fuga de mi antigua cliente, y con Rovirosa, a quien tampoco convenía tener
demasiado informado, bastante agobiado se le veía como para incrementar sus
tensiones con especulaciones acerca de la desaparición de la novia de su amigo.
Rovirosa, al igual que
Jessica, tampoco parecía especialmente preocupado porque alguien averiguara la
identidad del asesino de Montes, o ambos
tenían mucha confianza en la policía, o ambos tenían algo que ocultar, o simplemente
Montes había sido un sujeto tan mezquino y deleznable que les daba
completamente igual identificar al autor material de aquella muerte tan atroz.
Caminé durante media hora
para intentar ordenar algunas ideas, intentado identificar los sitios en los
que Montes habría podido guardar el manuscrito de su nuevo libro, si es que
existía tal ejemplar; intenté recordar la distribución de las estancias de la
casa, el despacho de Montes y las decenas de carpetas, recortes y libretas que
habían quedado desparramados por el suelo; no fui capaz de identificar si en la
casa había algún ordenador en el que pudiera estar encriptado el original;
confiaba en el inspector Caballero, seguro que el habría sistematizado las
piezas de convicción y me entregaría en mano un pen drive lleno de documentos
originales de Montes dispuestos a ver la luz y la gloria, eso evitaría que
tuviera que allanar de nuevo la morada del fallecido y de tener que cargar con
Rovirosa toda aquella tarde.
En la Santina los habituales
estaban tomando ya los cafés y empezando a repartir las cartas para la partida
de sobremesa. Covadonga me miró con cierto desprecio a la vez que me anunciaba
que había albóndigas con sepia, un plato habitual de la casa aunque fuera de la
cocina tradicional catalana; le molestaba tener que dejar de fregar el suelo de
la sala de comidas y tener que pedir que se encendieran de nuevo los fogones, a
esa hora le gustaba acomodarse en la barra y servir los carajillos y las copas
de coñac mientras veía el serial de la sobremesa.
El guiso estaba estupendo y,
para congraciarme con la patrona, así se lo dije, pidiéndole, si era posible,
repetir. Sabía que si alagaba su mano en la cocina a lo mejor conseguía que
esbozara una sonrisa y que perdonara mi impuntualidad. Aquel segundo plato de albóndigas
me supo incluso mejor, tanto que le pedí la receta. “Ahora que te juntas con
gente postinera te interesa la cocina”, me dijo con malicia; le pregunté que
como sabía que yo tenía ahora como clientes a gente de posibles, guardó
silencio pero me lanzó a la mesa el diario en el que aparecía una foto del
funeral de Montes en la que aparecía yo tras Jessica, enfundado en mi traje oscuro.
Se sentó en la mesa conmigo,
algo inusual, pensé que empezaría a preguntarme a cerca de mi clienta y de mis
nuevas relaciones. Nada más alejado a su intención. Me miró con picardía y me
dijo: “Toma nota”. Paró en seco. “Aunque a ver si aprendes a cocinar y pierdo
un cliente”. La cogí de las manos y le aseguré que los tipos como yo nunca
dejamos tirada a una dama, que la Santina era mi segunda casa.
“Toma nota, zalamero”, me
dijo. Empezó a enumerar los ingredientes necesarios para hacer una sipia amb mondonguilles
de verdad:
Para la masa de las albóndigas:
Medio quilo de carne picada –
ella usaba una mezcla con 3 partes de carne de lomo de cerdo y dos de babilla
de ternera, con un trozo de jamón serrano también picado para darle un toque de
sabor.
1 huevo
1 diente de ajo picado
3 cucharadas de pan rallado
2 cucharadas de leche
1 pellizco de sal y de
pimienta.
Aunque era precisa en las
medidas me aseguró que ella había terminado por poner los ingredientes casi a
ojo.
Para para la picada se
necesitaba
Una onza de chocolate negro
1 diente de ajo pequeño
10 avellanas o almendras
1 cucharadita de perejil
picado (fresco o seco)
½ cucharadita de canela
molida.
Unas hebras de azafrán.
Además la receta necesitaba
que se tuvieran presentes 2 Sepias
medianas, aceite de oliva, harina para rebozar las albóndigas y 100 gramos de
guisantes – ella utilizaba unos congelados que compraba en la Sirena y que eran
mejores que los frescos - una cebolla mediana, dos tomates pequeños y maduros, ½
vaso de vino blanco y un poco de caldo, era indistinto que fuera de pescado o
de carne ya que como era un plato de los de mar y montaña casaba bien cualquier
tipo de caldo.
Había que preparar por un
lado las albóndigas y por otro el guiso de sepia. Ella decía que era mejor
empezar a cocinar las sepias cortándolas a tiras y ponerlas en una sartén amplia
con un chorrito de aceite. Hay que dejar que se evapore un poco el agua,
echarle sal y pimienta y dejar que las tiras de sepia cojan algo de color. Se
reserva la sartén con la sepia y el jugo que destilen.
En un recipiente amplio
mezclamos todos los ingredientes para la masa de las albóndigas. Se van
formando las bolas, a poder ser pequeñas, se rebozan con la harina y se doran
ligeramente en una sartén o cacerola con un chorro generoso de aceite a fuego
medio para que se doren. Se reservan también Reservar.
En el aceite en el que se han
dorado las albóndigas se rehogan durante unos minutos los guisantes, no hay
necesidad de descongelarlos previamente.
Se pela y se corta fina la
cebolla y añadirla a una cazuela limpia, con un poco de aceite. A continuación
se añaden los tomates rallados y se fríen junto con la cebolla durante unos 6-7
minutos a fuego medio. Seguidamente añadía el vino blanco dejándolo rehogar
unos minutos antes de añadir el caldo y dejar todo hirviendo mientras preparaba
la picada.
Para la picada ponía en el
mortero majamos todos los ingredientes de la picada, añadiendo un poco de
líquido de la cazuela para que trabe bien. Hecha la picada se añade a la
cazuela que está hirviendo amorosamente – palabra de Covadonga -. Tiene que
hervir todo unos 10 minutos antes de añadir por fin las albóndigas, la sepia y
los guisantes. 10 minutos más para que se integren los sabores y ya puede ir el
plato a la mesa.
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