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miércoles, 25 de diciembre de 2013

CAP.CCXCVII.- Precipicios navideños.


Todas las navidades inevitablemente se asoma uno al precipicio; suele ocurrir en las vísperas, con un regalo que no aparece, con una visita inesperada, con el agobio de si las recetas elegidas serán suficientes o si quedarán poco lucidas.

No conviene compartir los precipicios navideños, en realidad no conviene compartir ningún precipicio; cada uno los debe gestionar como buenamente pueda, bien asomándose discretamente para sentir el angustioso cosquilleo en el bajo vientre, ignorarlos con suficiencias, correr hacia ellos con el deseo de saltar al vacío o contemplarlos con cierta distancia como en los cuadros de Friedrich, un pintor alemán del XVIII que pasará a la historia por sus personajes de espaldas contemplando el finito o el infinito.
 

Una misma navidad puede ser una sucesión de precipicios de mayor o menor intensidad, nosotros en casas durante unas horas tuvimos tan bien escondidas unas peonzas para los niños que casi las dimos por perdidas, al final aparecieron en el último segundo en un rincón, del que no se habían movido en varios días.

Los precipicios navideños tienen la virtud de acercarnos a la realidad, recordarnos que no todo es perfecto, ni siquiera en navidad y que los agobios cotidianos siguen allí, incluso se intensifican con el frio y con el exceso de cariño familiar. Una navidad sin precipicios terminaría siendo aburrida, casi como un anuncio perpetuo de la televisión, una mezcla de anuncio de colonias, de juguetes o de grandes almacenes.

Hoy he dedicado la mañana a asar un carré de cordero, sin prisa, casi cinco horas de horno a 120 grados, colocando la pieza sobre una parrilla y debajo una parrilla con agua que va desprendiendo vapor y recogiendo los jugos del cordero. Habrá quien piense que el cordero asado no exige más complicaciones que las de acompañarlo con unas patatas asadas y su propia salsa, es una opción, aunque desde mi precipicio viendo el carré de cordero recurro a tres recetas que son tres declaraciones de intenciones.

(1) Carré de cordero de los gastrónomos – receta de Bocuse –. Se necesita una pieza hermosa de cordero – dos kilos por ejemplo -  24 castañas hermosas, 12 riñones de gallo, 12 trufas medianas que se dejan macerando en una copa de coñac durante unas horas, una copa de champagne brut (es receta francesa), 500 gramos de champiñones, 150 gramos de mantequilla, el fondo que haya destilado el asado del cordero, medio litro de caldo de carne, una ramita de apio, un chorro de oporto o de madeira y pimienta cayena.

El asado del cordero no tiene mucho misterio, lo único colocarlo durante el asado sobre una rejilla, con un recipiente que recoja el jugo. Mientras se asa el cordero se colocan en una cacerola las trufas con el coñac de maceración y el champagne, una pizca de sal y otras de pimienta cayena. Se lleva a ebullición con el cazo tapado a fuego vivo durante 5 minutos. Se aparta el recipiente y se deja reposar unos minutos y luego se escurren y se colocan en un plato hondo, tapadas con un paño.

En el caldo en el que se han cocido las trufas se añaden 4 cucharadas de caldo del asado y se deja reducir un poco antes de añadir de nuevo las trufas.

Los riñones de gallo se pinchan con un tenedor para que no revienten y se escalfan en cuarto de litro de caldo de carne, media cucharada sopera de harina, media cucharada de postre de vinagre de zumo de limón. Cuando hierbe la mezcla se sumergen los riñones y se apaga el fuego dejando los riñones durante 5 minutos.

Con el cuarto de lito de caldo restante se colocan en una sartén y se deja reducir casi a la mitad, se añaden los riñones escurridos y la copita del vino de oporto o de madeira hasta que el caldo se convierta en una salsa densa. Mover con cuidado los riñones para que no se quiebren.

Se pelan y descascaran las castañas y se sumergen durante 2 minutos en aceite bien caliente. Se escurren bien y se ponen a hervir con un poco de caldo y la ramita de apio, unos 20 minutos a fuego suave. Cuando pasen los 20 minutos se escurren y se pasan por una sartén con un poco de mantequilla para que se doren un poco.

Se sofríen los champiñones limpios y cortados en cuartos, cuando estén sofritos se pasan por un pasapuré para que tomen la consistencia de un puré.

Para presentar el plato se coloca la pieza de cordero en el centro de una fuente grande y a su alrededor se ponen pequeños montículos de puré de champiñón con un riñón, una trufa y dos castañas cada uno. Se rocía todo con lo que quede de la salsa de haber asado la carne y se lleva a la mesa.

 

(2) Cordero del limousin marinado con limones – receta simplificada de Ducasse -; utiliza una pieza un poco más pequeña que la de Bocuse. Se saltea previamente a fuego vivo con el fin de que se dore la grasa sin cocer la carne. Una vez dorada se retira y se coloca sobre una rejilla. Se frota la carne con un diente de ajo y tomillo fresco. Luego se introduce en el horno a 120º y se hornea durante 3 horas.

Se localizan pimientas distintas – Ducasse usa la negra de Sarawak, la larga, la de Sichuan y la de Java; yo en casa tengo un molinillo con cinco pimientas que puede sustituir sin problemas la mezcla de Ducasse -. Servirá para sazonar el cordero en el momento de la presentación.

Se cortan dos cebollas rojas en juliana fina, una pizca de cilantro y se pochan en aceite con dos dientes de ajo picados, una pizca de las pimientas y un poco de ralladura de piel de limón. Cuando esté la cebolla bien pochada, casi caramelizada, se le añaden dos o tres cucharadas del caldo de cocción del cordero.

Se pelan cinco limones y se exprimen cuatro de ellos. La parte amarilla de la piel de los limones se conserva ya que la salsa se hace confitando las pieles en el zumo de limón con 80 gramos de azúcar a fuego muy lento, hasta que quede como un jarabe. Se retiran las cáscaras y se reserva el jarabe cerca del fuego para que no se endurezca.

En una sartén con 50 gramos de mantequilla se ponen 12 almendras crudas, media docena de alcaparras, un albaricoque confitado, unas tiras de pimiento de piquillo, dos dientes de ajo en láminas y unas uvas blancas y negras. Se calienta todo en una sartén sin que rompa a hervir.

Se presenta el cordero en el plato – dos o tres palos de cordero por comensal – se sala y se pimenta la carne, colocándola sobre un lecho de la compota de cebollas, se remoja con el jarabe de limón y se rodea de los frutos secos y las uvas.

 

(3) Carré de cordero de las Cusses asado con cebollas florentinas y caldo con azafrán – al estilo de Michel Bras -. Las cebollas florentinas son como las cebolletas de ensalada españolas, se cortan conservando un par de dedos del tallo, la parte blanca. Se blanquean las cebollas enteras por la mitad en agua hirviendo duante 3 minutos, se escurren y retiran. Una vez blanqueadas se ponen a hervir en agua con un trozo de piel de manzana, unos granos de cilantro, dos granos o tres de pimienta negra, una hoja de laurel, un tallo de apio y unas hebras de azafrán. Se dejan hirviendo durante 20 minutos y se retiran.

El carré se asa a 170º sobre una rejilla. No conviene que se haga mucho. Se presenta el carré deshuesado y cortado en tacos, se moja un poco con el caldo de haber cocido las cebollas y se acompaña con una cebolla entera cocida partida por la mitad.

 

Al final ninguna de estas preparaciones han sido las que ha sufrido mi cordero de hoy, me he contentado con un asado a baja temperatura, sin salsa.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

CAP.LXXVIII.- Los retos imposibles del diletante.

A los cocinillas en ocasiones no empeñamos en cocinar platos, hacer recetas que han sido ya bordadas por la industria, sin embargo nos enredamos consultando recetarios imposibles de los cocineros más puristas con el fin de emular lo que se ha conseguido ya con un simple proceso industrial. Seguramente este es uno de los rasgos definidores de los diletantes en la cocina, la cabezonería.
Seguramente si se examinara con perspectiva el contenido de los casi 80 capítulos del blog se podría llegar a la conclusión de que una de mis obsesiones es el pato en todas sus facetas. Casi con el arranque de esta bitácora tuve la oportunidad de comentar las virtudes de los conserveros genoreses - gironinos - en todo lo que tiene que ver con el pato y con la oca. De entre todas mi preferida es la marca Imperia - www.imperia.es -, que conozco y frecuento desde hace muchos años. Hace unos días tuve la oportunidad de probar el poché micuit, una de las joyas de la corona.
Animado por un amigo llevo varios días intentando dar con una receta sencilla que me permita hacer un foie micuit. Empiezo pidiéndole prestado un cuadro a Claude Monet, amante de la naturaleza y de la buena mesa seguro que no le importará que le dé salida a las ocas que pintó nadando tranquilamente cerca de Giverny.
Extiendo sobre la mesa varios libros de cocina, a la derecha los franceses Bocuse y Ducasse, a la izquierda los españoles Parabere y Medina. Es importante saber lo que queremos hacer dado que con el hígado de una oca es posible realizar distintos preparados, de todos ellos parece que el más delicado es el micuit, una semiconserva de hígado de pato o de oca bien cebada que se ha de cocer poco más de una hora - 75 minutos - a una temperatura que no supere los 85º en su corazón.
Los grandes cocineros centran sus advertencias en la elección del mejor de los hígados posible, así como el modo de reconocerlo. Tengo debilidad por Bocuse, suele ser muy preciso en sus descripciones, o puede que sea su traductora Janine Muls. "Aconsejamos apartar los dos lóbulos y comprobar el estado de esa parte interna. Hay que rechazar taxativamente todo hígado que no presente un color netamente rosado y aquellos que estén estriados de mínúsculos vasos sanguíneos negruzcos. Para poder emitir un criterio seguro sobre la calidad del hígado, retirar con la punta de un cuchillo del interior de uno de los lóbulos una pequeña porción de hígado, del tamaño de un guisante. Amasarla entre las yemas del índice y del pulgar; se ablandará con el calor de los dedor o bien permanecerá untuosa y homogénea o bien, tornándose aceitosa se disociará". El hígado correcto es el que pertenece untuoso y homogénea.
Para limpiar bien el hígado hay que utilizar un cuchillo de punta afilada, retirando delicadamente las pieles y los filamentos negruzcos. Cuidado con la bolsita de hiel, hay que retirarla sin que se abra, eliminando las zonas más próximas a la bolsita, que suelen tener un color un poco amarillo, el contacto de la delicada carne del hígado con la hiel amarga y puede malograr el plato.
Para estas maniobras es preferible que el hígado esté frio, sin congelar, eso permitirá manipularlo mejor, retirando las venitas y los nervios. Conviene terminar el proceso lavar los lóbulos con agua tibia y secarlos con un paño.
Donde se observan las mayores discrepancias en el proceso de macerado y en el tiempo que ha de estar en maceración; ahí dependen los gustos, Bocuse utiliza lascas de trufa cruda, una copa de coñac y sal especiada, haciendo unas pequeñas incisiones en la superficie del hígado para colocar la trufa. Lo deja macerando dos horas envuelto en un redaño de cerdo.
Siento apartarme de Bocuse y decidirme por un macerado más prolongado - hay libros que nos llevan hasta las 12 horas (Ducasse) aunque puede que con seis quede más que macerado -, sin trufa, tengo confianza plena en el hígado que he comprado. Salpimento la pieza con sal maldon y pimienta negra recien molida, mojo un paño limpio con una copa de coñac y envuelvo con el paño húmedo el hígado. Lo conservo en un tupper hermético, remojando el paño cada dos o tres horas con un poco mas de coñac.
Se saca el hígado macerado del tapper y toca la cocción. Medina lo hace colocando los lóbulos en recipientes de cristal, colocándolo con cuidado hasta que quede cubierta toda la superficie, incluso recomienda poner un peso encima del recimiente para que el hígado quede al nivel de la tarrina. Se tapa y se hornea al baño maría durante 40 minutos con el horno a 180º.
Ducasse y la Marquesa de Parabere cuecen los lóbulos en grasa clarificada de oca, que llevan primero a 100 grados, la espuman y descienden la temperatura a 75º para sumergir los lóbulos boca abajo, cubierto en la grasa, a una temperatura constante que no debe superar los 70º/80º. La grasa se puede sustituir por un caldo de ave e incluso añadirle un par de copichuelas de vino o de oloroso.
Pasados los primeros 10 minutos se le dan la vuelta a los lóbulos con una espumadera - ojo porque es una fase delicada ya que puede quebrarse la pieza -; por el otro lado ha de estar otros 15 minutos.
Ducasse le aplica una cocción corta - 25 minutos -, la Marquesa se va a los sesenta minutos; creo que el tiempo de cocción dependerá del tamaño de las piezas, si los lóbulos superan los 400 gramos cada uno habrá que irse por encima de los 40 minutos, si son pequeños mejor no superar los 30 minutos.
Solventadas las dudas existenciales sobre el tiempo de cocción, hay que dejar que los lobulos se escurran sobre una rejilla o una placa perforada, un par de horas, dándole vueltas a las piezas cocidas cada 20/30 minutos con el fin de que no se deformen mucho. La grasa del escurrido se conserva.
Para darle la forma final hay cocineros que utilizan las tarrinas de cristal, colocando la pieza o lóbulo con cierta presión, aunque sin quebrarlo, cubriendo con la grasa escurrida hasta que quede lleno el recipiente. Otros cocineros prefieren usar el papel film, en este caso hay que elegir uno que sea un poco más consistente para evitar que supure.
El proceso termina con el enfriado final de la pieza una vez en su envase, enfriado que tendrá que ser en cámara fria, no en congelador; si va a la nevera mejor colocarlo en la parte menos fria. Ahí tendrá que reposar al menos 24 horas antes de servirse. Conviene dejarlo a temperatura ambiente media hora antes de consumir.
Creo que con estas indicaciones mi amigo tendrá muchas más dudas que certezas, aunque espero que alguna luz de haya dado.
Puesto que estoy decidido a traicionar a los franceses recomiento tomar el micuit con una copa de cava catalán, el Gramona Celler Batlle Gran Reserva 1999, a juicio de los entendidos - le he robado la nota de cata a un bloguero elegante que se hace llamar un catalán muy fino (http://catalanmuyfino.blogspot.com/) - podría competir con los champanes franceses.
Si falla la receta siempre queda la opción de acudir a Imperia.
Terminada la maceración se colocan los lóbulos en unas tarrinas de cristal

miércoles, 22 de junio de 2011

CAP.XXVI.- La transmutación del cordero o la defensa de la cocina como ciencia inexacta.

Antes de que se pusiera de moda la llamada cocina tecno-emocional la cocina tradicional ya se había manifestado como ciencia absolutamente inexacta. Aunque los defensores del thermomix - yo lo soy - estén convencidos de que los platos sólo salen si se siguen al pie de la letra los pasos que pone la receta de los discípulos del Sr. Worwerk, lo cierto es que cuando se profundiza en cualquier plato se descubre con terror de que bajo el mismo nombre o referencia pueden esconderse infinidad de combinaciones a veces aterradoras.
El diletante llega a esa conclusión después de llevar varios días agobiado por la cena de San Juan - Sant Joan en Cataluña -, fiesta mayor, probablemente la noche más importante del año. Terminan los colegios, aprieta el calor, se prepara la verbena. En todas las culturas el solsisticio de verano tiene un componente mágico vinculado a los ritos de la reproducción. Cuando uno tiene niños pequeños y multitud de juanes en la familia los preparativos de Sant Joan pueden ser la antesala del caos.
Me gustaría poder disponer de la armonía espacial y emocional de las cocinas que pintaba Joachim Beuckelaer, un pintor flamenco del siglo XVI, sobrino de Pieter Aertsen, que dedicó una parte importante de su obra a reproducir escenas en imponentes cocinas calvinistas, como esta que acompaño, que está expuesta en el Rijksmuseum de Amsterdam.
A mi la noche de Sant Joan me toca cocinar fuera de casa, somos bastantes comensales, no tengo horno y los gustos de los invitados obligan a buscar menús no muy sofisticados y, además, sin abusar del pescado; no puedo perder mi aura de cocinillas sofisticado y dispongo de poco tiempo para cocinar en territorio extraño ya que el jueves hay que trabajar y no llegaré a los fogones hasta entrada la tarde.
Si dijera que el menú que estoy pergeñando lo componen unas almejas a la marinera, una ensalada de pasta y un guiso de cordero probablemente perdería una parte importante de seguidores - si es que me queda alguno después de tanto rollo -, así que me toca transmutar el menú y ofrecer unas almejas al Sake, un Tabbulé y Navarín de Cordero.
No hay que asustarse ya que en el fondo el menú es idéntico al inicialmente programado:
- Para las almejas al Sake hay que seguir los pasos de unas almejas en salsa verde de toda la vida, sustituyendo el vino blaco por el licor de arroz japones, el resultado es sorprendente ya que el Sake es un licor destilado al que le sienta estupendamente bien el calor. Por lo tanto bastará con cortar muy fina un par de cebollas, rehogarlas a fuego lento con un par de dientes de ajo, añadir al guiso una cucharada sopera de harina cuando la cebolla esté translúcida, dejar que la harina se tueste un poco, incorporar un par de copas pequeñas de Sake, poner el fuego un poco más vivo para que se evapore el arroz, luego un vaso colmado de agua y añadir las almejas - que sean hermosas por favor ya que son de fiesta -, cuando se abran las almejas se espolvorea perejil picado en abundancia y se le da un meneo a la sartén para que ligue la salsa.- Dos advertencias yo cocino con poca sal y la añado normalmente al final, de ahí que se me olvide a veces referir la sal en mis recetas. La segunda es que es un guiso cuyo secreto es que trabe la salsa, por lo que hay que ir removiendo con una cuchara de madera.
- Para el Tabbulé.- Necesitamos medio quilo de sémola de la que se utiliza para el cuscus; quien no esté habituado a utilizarla que sepa que es muy fácil su cocción ya que basta con añadir la misma cantidad de agua hirviendo que de sémola en un cuenco y dejar que los granitos de pasta absorban el agua con el cuenco tapado. Se añade a la sémola seca un chorro de aceite, sal pimienta y un poco de comino antes de añadir el agua. En el Tabbulé la sémola ha de estar fría tras la cocción, es un plato muy fresco ya que incorpora menta picada, perejil muy picado, tomates maduros, zumo de limón, comino, un pellizco de canela y pimienta. Yo suelo añadirle pepino muy picado también, incluso pimientos rojos, verdes y amarillos. Se mezcla todo, de rectifica de sal y se añade aceite sin pasarse para que terminen de soltarse los granos y se conserva en la nevera cubierto de film para evitar que coja sabores extraños.
- Para el navarín de cordero.- El Navarín de cordero no es sino un estofado de cordero mondo y lirondo al que añado el locativo de Navarín para que parezca más cosmopolita. Hay pocos recetarios en papel que recojan la receta del Navarín, en España en general hay pocas recetas de guiso de cordero porque con el cordero todo lo que no sea asarlo es un sacrificio; sin embargo cuando uno bucea en los recetarios - sobre todo en los de la red - descubre que el Navarín es un guiso frances hecho a base de Nabo -Navet en francés - que son especialmente sabrosos en primavera. En España el nabo tiene poco recorrido gastronómico aunque en Cataluña hay una rama de la cocina tradicional que maneja con facilidad este tubérculo.
Por lo tanto uno llega al convencimiento de que el Navarín de Cordero no es sino un estofado de cordero con nabos. Podemos ponernos estupendos y decir que es un Ragout d'Agneau, incluso afirmar que su nombre no proviene del vulgar nabo sino de la batalla de Navaríno (1827) durante la independencia griega.
Asumiendo que el guiso era de nabos y de cordero busqué en la cocina de mercado de Bocuse y mi sorpresa fue que el bueno de Paul bajo la referencia de Navarín (receta clásica), ofrece una receta de estofado de cordero sin los dichosos nabos.
Para el Navarín de Bocuse se necesita un kilo largo de cordero - pecho, cuello, costillas y espalda - cortado en trozos pequeños:
En una sartén grande y alta - una brasera por seguir el tono elegante - se pone a rehogar el cordero con poco aceite, dos cebollas partidas en cuatro trozos y un par de zanahorias, sal y pimienta. Cuando la carne está ya dorada se escurre la grasa y se espolvorea con una pulgada de azucar glass, se remueve el guiso a fuego vivo durante un minuto, justo el tiempo que a juicio de Bocuse eserá necesario para que el azucar caramelice prestando al navarín un apetitoso color (Sic). Se incorpora al guiso una cucharada sopera colmada de harina y se sigue removiendo hasta que la harina se incorpore por completo al guiso.
Picar muy finos un par de dientes de ajo que se añaden a la sartén, sobre el cordero, y bañar la carne con agua hasta que quede cubierta, cuando rompe a hervir el agua incorporar un par de tomates maduros cortados en cuatro (se pueden sustituir los tomates por dos cucharadas de tomate frito) y un hatillo de especias (el bouquet garní).
Cuando vuelve a romper el hervor bajar el fuego, tapar la brasera y dejarla "al amor de la lumbre" durante una horita.
Transcurrido ese tiempo se separa la carne de la salsa y de los restos de la verdura utilizada (cebolla, tomate y zanahoria), se eliminan los restos de huesos del cordero que se hayan desprendido y de los jirones de piel sueltos. Reservar la salsa en una cazuela.
Para presentar el plato sólo queda poner la carne en una bandeja grande, acompañarla con cebollitas glaseadas, patatadas asadas y peladas torneadas (yo utilizo las de bote que paso previamente por una sartén con mantequilla para que queden doradas); si tengo suerte de encontrar zanahorias baby las herviré, pelaré y tornearé, no descarto tampoco encontrar los dichosos nabos, hervirlos, pelarlos y tornearlos también para completar el acompañamiento.
Sobre la carne y los acompañamientos sólo queda incorporar la salsa - que habrá que reducir y trabar del todo incorporando si fuera necesario un poquito de cognac -. Llevar la bandeja humeante a la mesa y cruzar los dedos para que los comensales acepten que aquello es un Navarín y no un humilde guiso de cordero.
Luego vienen las cocas, el cava y los petardo, la verbena y el jaleo hasta el amanecer del día de San Juan.

lunes, 23 de mayo de 2011

CAP.XIV.- Superado el boucle llego a la encrucijada tártara.

Parece que finalmente he podido superar el boucle del capítulo XIII, quería avanzar hablando sobre el steak tartar y me encuentro en una encrucijada. Como comentaba en la entrada anterior probablemente esta sea el paradigma de la no cocina. En mi caso con la patología de un diletante el riesgo de instalarse en la no cocina es muy peligroso, sin embargo le he prometido a un amigo que hablaré del steak tartare.
Y cuando me proponía arrancar aparece (1) la primera encrucijada: Ternera o buey. Bocuse lo tiene claro en su cocina de mercado, prima el buey. Bourdain, que no es un clásico, opta por la ternera. Olivier habla de carne de vacuno. En el libro de Flavio Morganti: Vacas, su dignificación sexual y gastronómica habla abiertamente de carne de vaca, no en vano mucho del buey que corre por las cartas de restaurantes de perstigio no es más que vaca vieja gallega, está estupenda. Si nos atenemos a la leyenda de que esta receta tiene su origen en Atila y los hunos - que dejaban macerando porciones de carne entre la silla de montar y la piel de los caballos, no cabe duda de que era vaca bien vieja la que debía marinarse de ese modo. La versión más edulcorada, que circula por la red, es que la receta la inventó Julio Verne para dotar de cierto exotismo su Miguel Strogoff, si van al restaurante de la Torre Eiffel verán que aparece el plato en la carta de Ducasse.
Es fundamental que la carne sea bien roja ya que un tartar de tonalidades pardas puede arruinar al comilón más dispuesto. Ojo con los sabores a nevera ya que la carne cruda absorbe con facilidad cualquier aroma extraño.
(2) Se abre un segundo avismo ya que la robótica nos ha llevado a un rutinario picadillo de carne en el que suelen aprovecharse los trozos menos lustrosos del matadero, sin embargo los robots - fundamentales en muchos platos - aquí apelmazan la carnee, la convierten en una masa informe de color pardo que hizo que durante años este plato hubiera quedado olvidado. Quien pique la carne con una picadora eléctrica puede abandonar aquí la lectura para evitar más insultos. El tartar ha de ser cortado a cuchillo, un cuchillo largo y afilado de una sola pieza, de esos que pesan en la mano y que responden con exactitud al balanceo de la muñeca. Hay que ser paciente para conseguir esas briznas irregulares de carne.
(3) De nuevo una encrucijada estética. Si se puede elegir es preferible que lo preparen ante los ojos del comensal. Sería una aberración que el tartar lo elaborara el propio comensal, es una tarea demasiado seria para dejarla en manos de no profesionales. El dilentante cuando llega a la mesa de un restaurante no puede tener la tentacion de suplantar al chef.
(4) No debería ser objeto de discusión, el maestro de sala - como le llaman en el País Vasco - ha de mezclar todos los elementos excepto el la yema de huevo; el volcán de carne ha de presentarse al comensal coronado por una reluciente y lustrosa yema de huevo de gallina. Morganti, provocando, lo sustituye por una de codorniz.
(5) Los añadidos pueden conducirnos a un enfrentamiento bizantino. La propuesta de Bocuse es la más minimalista ya que lo combina con cebolla picada, peregil picado y alcaparras, sal y pimienta negra. La mostaza de dijón y la salsa de worcestershire estarían también dentro de la ortodoxia. De igual modo se acepta sustituir la alcaparra por pepinillos encurtidos y picados muy finos. Bourdain añade unas gotas de tabasco, aceite, un par de cucharadas de coñac, incluso unas cucharadas de aceite de soja.Se anima incluso a picar unos filetes de anchoa que pasan desapercibidos tanto a la vista como al paladar pero que sin embargo configuran lo que los estudiosos de la cocina hablan del sabor unami. Sorprende descubrir las discretas tonalidades gustativas que aportan un par de anchoas en algunos guisos. Si ven que en la sala se añade algo de limón probablemente se quiera ocultar algún pecado venial de la carne, que lleva mucho tiempo aparcada en la nevera. Si ven que hay riesgo de delirio pop frenen en seco y recuperen la sobriedad de Bocuse: El tartar es un manjar para los carnívoros, no se trata de esconder el sabor de la carne entre capas no identificadas.
(6) La sexta encrucijada es también estética dado que es preferible que el volcán del tartar una vez mezclado se presente en plato, no en bol.
(7) A mi hija le encanta que se lo pongan con tostadas finas que pueda huntar con mantequilla, yo prefiero hundir el tenedor y llevármelo a la boca sin intermediarios.
(8) Indiscutiblemente el tartar va acompañado de patatas fritas - french fries -, sin embargo Bocuse he ha dejado descolocado cuando aconseja servirlo acompañado con un consomé hirviendo. El adorno exterior de grandes hojas de lechuga roble puede potenciar el impacto visual - igual que las ramas de cebollino.
(9) Excesivo manierismo puede llevar a convertir un steak tartar en un simple filete ruso, rechacen por ello que el maitre recomiende pasarlo ligeramente por la plancha para quien le desagrade la textura de la carne cruda. A quien no le guste la carne cruda que se pida un lenguado y no toque las narices.
Llevo algunos meses indigando donde se prepara el mejor tartar, todavía es pronto para hacer una clasificación cerrada pero si pasan por Barcelona acudan a L'Office, en la calle Villaroel, un restaurante francés de apariencia humilde pero de cocina magestuosa - hay días que tienen ancas de rana. El jefe se llama Jerome y es lyonés, no conoce al Diletante, aunque lo cierto es que paso por allí un par de veces al mes, no sé muy bien cual es su receta, de hecho puede que se me desvíe en alguna de las encrucijadas que les he propuesto. A pesar de todos los pesares lo cierto es que cuando llega el tartar a la mesa se ilumina como una acuarela de Turner.
Recuerden L'Office, calle Villaroel 227, Barcelona, www.officebcn.com . No digan que van de parte del diletante - de nada sirve - pero si reservan por medio de algún buscador de moda se pueden encontrar con la sorpresa de que comer a la carta les cuesta la mitad, y no es de suyo un restaurante caro.