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martes, 9 de junio de 2015

CAP.CCCLXIX.- Pequeña muerte por chocolate (10)


10. DIDIER MON AMOUR.

 

Tal y como había prometido, a las once de la mañana estaba en el aeropuerto, pendiente de la llegada de Jessica. Aproveché el tiempo de espera para intentar construir un relato verosímil de lo sucedido en su ausencia, ocultando la aparición del testamento, omitiendo mis visitas clandestinas al domicilio de Montes y advirtiéndole de los futuros compromisos judiciales. Mi relación con Jessica había sido breve pero intensa, lo suficientemente intensa como para saber que era una mujer imprevisible.

Se hizo esperar, llegué incluso a pensar que en el último momento se había arrepentido de su promesa; estuve cerca de media hora viendo salir jubilados con el inconfundible paquete de ensaimadas que delataba su aeropuerto de origen, cuando ya parecía que no quedaba nadie por salir apareció ella embutida en un ajustadísimo traje de chaqueta de piel color blanco roto, la melena al viento, posiblemente más clara de lo que estaba antes de partir, parecía que hubiera sacado el traje de un imposible pase de modelos de principios de los años ochenta del siglo pasado, una especie de Barbarella que solo se movía con soltura cuando se colocaba en los extremos.

Me fijé en que había adelgazado y que se había deshecho del cojín con el que había fingido un precipitado embarazo, eso me tranquilizó, parecía haber pasado página; puede que hubiera pasado tantas páginas como para haberse olvidado de Montes, de mí y de sus ansias de heredar.

Siendo sorprendente su estampa, mucho más lo era la compañía, salía colgada del brazo un hombre mucho mayor que ella, un tipo de piel bronceada, amplia sonrisa de dientes blanqueados, pelo canoso y revueltos como los de un adolescente probablemente latente en el cuerpo de un hombre con pinta de haber vivido mucho y bien. El sujeto llevaba un traje de corte clásico, en color crema, camisa abierta hasta el tercer botón, por supuesto sin corbata, el pecho bien poblado de pelo entrecano sobre el que destacaba una gruesa cadena de oro. Sacaba varias cabezas a Jessica, que, a su lado, parecía una niña recién salida de la escuela. El modo en el que salían abrazado ponía de manifiesto que la suya no parecía ser una relación casual.

Al verme Jess se sonrió, luego sonrió a su acompañante y, sin soltarle, me dio dos sonoros besos en las mejillas. «Didier, este es Marcelo, Marcelino, mi abogado en Barcelona, un encanto, seguro que os lleváis bien». Didier me saludó cortésmente en un español macarrónico, de un macarronismo que sólo son capaces de conseguir los franceses. Se llamaba Didier Fecault.

Jess me preguntó si llevaba coche, le dije que no, que iríamos en taxi; me dijo que tenían reserva en el hotel Vela, junto al mar, que si no me importaba acompañarles hasta allí. Por el camino me comentó que le había salido trabajo en Palma de Mallorca como relaciones públicas de un importante hotel de la ciudad, un hotel que había comprado un millonario ruso que estaba convencido de que Palma sería la nueva Montecarlo; allí había conocido a Didier, un empresario luxemburgués que se había tomado unos días de descanso; el hotel se estaba especializando en tratamientos anti-estrés, pensados sobre todo para ejecutivos y «gente de alto standing», aquella palabra en boca de Jessica tenía unos contornos un tanto turbios.

Didier no hacía otra cosa que sonreír y apretar fuertemente a Jess contra su torso semidesnudo. Él se había brindado a acompañarla a Barcelona para cerrar definitivamente el asunto Montes, recoger cuatro cosas, despedirse de los últimos amigos y regresar rápidamente a la isla a organizar su nueva vida. Didier estaba buscando una villa en Mallorca, compra, no alquiler, sus negocios le permitían pasar largas temporadas en la isla, donde necesitaba un lugar en el que poder recibir a sus amigos y clientes, Didier le había propuesto a Jess convertirla en su asistente personal, asistente, no asistenta.

Montes, Barcelona y yo mismo nos habíamos convertido en prescindibles. Le dije que teníamos que charlar con cierta tranquilidad sobre su situación legal, que no podíamos despachar el asunto en el coche. Me contestó que llegaban muy cansados, que la noche anterior habían tenido compromisos importantes y que viajaban prácticamente sin dormir, me aseguró que si le esperaba en el hall del hotel en cuanto colocaran el equipaje me dedicaría unos minutos.

Después de atravesar toda la avenida del puerto antiguo, cuando parecía imposible que quedara carretera asfaltada, llegamos a la entrada del hotel Vela, un hotel imponente que parecía construido sobre el mar. Como era previsible, me tocó pagar el taxi con todos sus recargos. Salieron hacia la recepción sin tener en cuenta que el equipaje estaba en el maletero, pagué la carrera, pedí un recibo por si en algún momento podía justificar gastos, y fui arrastrando las dos maletas y los chaquetones de la pareja. Por el hotel sólo pululaban rusos, orientales y algún norteamericano, mi presencia era absolutamente exótica, con mi traje oscuro y mi corbata discreta.

Didier hizo una seña a un mozo para que recuperara sus maletas y le indicó el número de habitación. Jess me aseguró que en cinco minutos estaría conmigo, que marchara hacia la cafetería, hacia allí fui y los cinco minutos se convirtieron en más de dos horas, tiempo suficiente para tomar un café, deambular nervioso por el hall y desear que se hubieran quedado en la isla, que me hubieran dejado plantado en el aeropuerto, hubiera sido menos embarazoso y mucho más barato porque cada café con pastas, acompañado de un botellín de agua mineral costaba la friolera de quince euros.

Jess bajó a la cafetería acompañada por Didier, seguían adheridos el uno al otro, tenían pinta de haber retozado, descansado y aseado juntos, se les veía resplandecientes, tan resplandecientes como suelen parecer quienes acaban de tener un encontronazo carnal. Además tenían apetito, un apetito voraz, propio también de quienes han dedicado parte de la mañana al fornicio.

Jess me dijo que le hacía ilusión que Didier conociera la cocina de Higini, el amigo de Montes, me comentó que acababan de hacer una reserva para tres personas, se sentía gentil, me aseguró que durante la comida podría ponerla al día de los asuntos legales. Didier no dejaba de hablar por el teléfono móvil, el suyo era un francés rasposo, con un punto autoritario, explosivo, no sabía quién estaba al otro lado de la línea, pero tenía claro que no quería encontrarme en el lugar de quien estaba recibiendo tan severa reprimenda.

Como no podía ser de otro modo, me tocó pagar el taxi de subida hacia el restaurante, mientras Jess hacía arrumacos a su nuevo acompañante, a quien llamaba «mon amour», Jess había dejado de ser Jess de Montes y pasaba a ser Jess de Fecault.

Higini nos esperaba a la puerta del local, probablemente Jess le había mandado un mensaje anunciando la inminente llegada, puede que quisiera impresionar a Didier. Higini, ignorándome, se deshizo en halagos hacia sus nuevos clientes, recordó lo mucho que añoraba a Montes y lo importante que había sido para la cocina de la ciudad; Didier asentía sin dejar de sonreír.

Jessica no nos dejó consultar la carta, pidió los platos preferidos de Montes, incluido el vino, los vinos por ser más precisos, aunque abrimos boca con un champagne francés que contó con la aprobación del mismísimo Didier. Tras unos aperitivos sencillos a base de jamón, esqueixada y buñuelos de bacalao, unas almejas a la marinera y unos camarones, llegó el primero de los platos de cuchara, unos garbanzos con callos y espardeñas – cigrons, capipota i espardenyes en palabras de Higini -, una combinación imposible entre legumbres, casquería y bivalvos marinos.

El cocinero se incorporó a la mesa, se sirvió una copa de champagne y se brindó a explicarnos cómo hacer aquel plato.

La casquería la componían fundamentalmente tripas de ternera, cabeza y patas de ternera guisadas y deshuesadas como si fueran unos callos. Había que sofreír un diente de ajo laminado, una cebolla picada, medio pimiento rojo, una pizca de guindilla, una ramita de apio, laurel, cuatro tomates pelados y despepitados, sal y pimienta; fuego muy suave, hasta confitar la verdura, cuando estuviera confitada se añadía un quilo de cap i pota hervida, cortada en dados no muy grandes, se subía una pizca el fuego y se añadían 250 cc de vino blanco que fuera bueno, un punto ácido si era posible. Cuando hubiera evaporado el alcohol  se cubría con agua y se dejaba hervir una hora. Pasada la hora se retiraba la cazuela del fuego y se pasaba la carne a un molde para que reposara hasta cuajar.

Del día anterior tenía unos garbanzos hervidos en verdura – Higini reconoció que los mejores garbanzos eran los de Pedrosillano, aunque eso supusiera traicionar la tradición catalana -. Una vez cocidos se retiraba toda la verdura y se dejaban los garbanzos en el caldo.

Para presentar el plato se pasaban por la sartén muy caliente media docena de espardeñas, apenas un minuto sobre la plancha, no más. Se calentaba el guiso de garbanzos y cuando estuvieran calientes se incorporaban las espardeñas, unos dados de la cap i pota, que con el calor del guiso de garbanzos iban perdiendo la consistencia gelatinosa hasta mezclarse con el caldo. Si se quería resaltar la cap i pota y las espardeñas los garbanzos podían convertirse en puré con un chorreón de nata y aceite de oliva para montarlos como si fuera una especie de crema. El plato llegaba a la mesa adornado por unas hojas de perejil, aunque Higini aseguraba que un poco de rúcula salvaje tampoco combinaba mal. Recordaba haber comido ese plato con unos garbanzos fritos como en tempura, adornando una pequeña corona de puré de legumbres sobre la que se colocaban tres espardeñas y unas tiras de cap i pota, todo adornado con pétalos de flores. Una mezcla al filo de lo imposible.

Durante la comida Jess no paró de hablar, fue explicándole a trancas y barrancas cada uno de los platos a su acompañante. Didier no dejó de beber, el alcohol parecía no tener ningún efecto sobre su organismo, mezclaba palabras sueltas en francés y castellano, algunas risotadas y arrumacos galantes a su pareja.

Llegaron los cafés y con ellos unas copas de armañac, Higini volvió a incorporarse a la tertulia, dispuesto a dar cuenta de los licores.

Yo tuve que aprovechar un momento en el que Didier hubo de salir al exterior a atender una llamaba para informar a Jéssica que al día siguiente a las 10 de la mañana tenía que presentarse en el juzgado de instrucción, tenían que tomarle declaración, le advertí que la exmujer de Montes había presentado una denuncia por allanamiento de morada, sustracción de documentos, coacciones, amenazas y estafa, esa denuncia obligaba a Jess a acudir asistida por abogado. Me puse digno, creyendo que ella prescindiría de mis servicios y pediría el asesoramiento de cualquiera de los cientos de abogados que sin duda rodeaban a Didier y a sus negocios. Jessica me rogó que no le comentara nada a Didier, que no le diera muchos detalles sobre las gestiones que tenían que hacer al día siguiente en el juzgado, de hecho le dijo que los trámites que debían realizar eran los referidos a la renuncia de la herencia, porque Jess estaba decidida a renunciar a su herencia para que Didier tuviera claro su voluntad de desvincularse de Montes y de todo lo que había significado en su vida. Así de generosa era Jessica, hube de advertirla que si no preparábamos bien la declaración corría el riesgo de verse imputada por delitos graves y que no me extrañaba que incluso la familia de Montes le llegara a imputar la muerte del afamado gastrónomo. «Imposible», sentenció. Didier volvía a incorporarse a la mesa, en un breve a parte Jessica me dijo que esa misma tarde me llamaría para preparar con tranquilidad su declaración, donde lo negaría todo, además me pidió que pasara a recogerla sobre las nueve de la mañana por el hotel, así tendría tiempo de desplazarse con tranquilidad a los juzgados.

Tras los cafés y las copas, Didier se fumó un tremendo puro saltándose todas las normas y prohibiciones sobre tabaco en espacios públicos, llegó el momento de pagar. Didier desplegó varias tarjetas de crédito, todas ellas desconocidas o no reconocidas por las terminales del restaurante. Didier protestaba como un oso furioso, ahora sí se notaban los efectos del alcohol en su rostro y en su habla; para aplacar a la bestia Jess propuso a Higini que le aceptara una especie de pagaré que firmaría allí mismo sobre una hoja en blanco y que se comprometía a convertir en dinero a lo largo de ese mismo día. Higini, que sin duda había pasado por trapacerías similares en vida de Montes, se mantenía firme, incluso amenazó con llamar a la policía.

Al final, cómo no podía ser de otra manera, me tocó a mí hacer frente a la factura, tremenda factura marcada por una relación de vinos, champagnes y licores, que, por sí solos llegaban a los setecientos euros. Jess me entregó el pagaré que había redactado, un pagaré que incluía una generosa propina que también tuve que afrontar para conseguir que Higini se tranquilizara.

Jess y Didier marcharon hacia la parada de taxis, abrazados como dos adolescentes enamorados, los ojos de Didier lanzaban destellos alternativos de ira y de lujuria, aunque puede que en el viaje camino del hotel cayera dormido, sobre los brazos de su amante, salvo que dispusiera de recursos químicos artificiales para remontar el vuelo.

Yo conocía ya la ruta de vuelta hacia mi casa, el largo paseo que me permitiera resituarme y buscar la manera de sacudirme de la maldición de Jess. Había acumulado razones suficientes como para dejar a Jess en la estacada pero había dos obstáculos que me impedían abandonarla, el primero, que la mayor parte de los delitos que le imputaban en realidad los había cometido yo, por lo tanto, me interesaba tenerla cerca, tenerla controlada para evitar así que pudieran salpicarme las acusaciones; el segundo obstáculo era la curiosidad por descubrir quien había sido el asesino de Montes y qué papel juagaba Jess en todo aquel tinglado. Además me convenía buscar el modo de recuperar el dinero que había ido adelantando, taxis incluidos.

Probablemente el amado Didier terminaría comprando alguna acuarela de Leonard Wren, era uno de los caprichos de su dama.
Resultado de imagen de leonard wren

martes, 10 de febrero de 2015

CAP.CCCLXII.- Pequeña muerte por chocolate (3)


3. LA OPINIÓN (INEQUÍVOCA) DE DOÑA HELENA.

 

No pasé buena noche, entre el frio y la tensión llegué a casa sobreexcitado, obsesionado por esconder el cuadro que me convertía en cómplice de mi cliente, cómplice del allanamiento, del robo y quién sabe si de alguna tropelía más; seguro que Jess durmió a pierna suelta. Yo me levanté con la boca pastosa y la sensación de no haber pegado ni ojo. Antes de que sonara el despertador ya estaba en la ducha después de haberme tomado el primer café. Después de muchas vueltas el cuadro había quedado expuesto sobre el sofá junto con la ropa nueva.

Fui caminando al despacho del señor Mateu, enclavado en la zona más noble de la ciudad, en el paseo de Gracia casi esquina con la avenida Diagonal; pese a que llegué con cierto margen de tiempo Mateu no se dignó a recibirme, me dejaron en una sala de espera con la prensa del día, un inspector de los Mossos de Escuadra anunciaba que estaban tras la pista de una banda de albanokosovares que podrían ser los autores de la muerte de Montes. Al poco tiempo se abrió de nuevo la puerta de la salita y entró otra persona, una abogada que tenía vista de las imágenes que utilizaba la televisión como soporte de los casos más mediáticos, siempre al lado de las celebridades;se presentó con desenvoltura: «Inma Puertas, soy la abogado de Chântal Desfarges, la segunda mujer de Rafael Montes». «Marçel Ruiz de Manyanet, represento a Jesica…» quedé en silencio recordé que no me sabía el apellido de mi cliente, mi compañera esbozó una sonrisa y se puso a revisar los mensajes en el móvil. Todavía tardó un rato en asomarse la secretaria de Pere Mateu, yo estaba ya desesperado, Inma Puerta no perdió la compostura en ningún momento, hasta en esperar era una profesional.

La secretaria de Mateu nos llevó a otra sala, más grande, con una mesa ovalada con 10 asientos; en cada uno de los puestos una carpeta de plástico con el logo del despacho, dejamos libre la silla que presidía la sala y nos acomodamos a los lados; nada más sentarnos se abrió una puerta lateral y llegó el señor Mateu acompañado de dos asistentes, los tres impecables, nos rogó que no nos levantáramos, Inma no lo hizo, yo me quedé semi-incorporado en una situación ridícula ya que al extender la mano me llevé por delante un vaso y una jarra con agua. Uno de los asistentes salió a llamar a un auxiliar que recogiera el desaguisado, yo rescaté mi carpeta y cambié de sitio. Mateu se deshizo en excusas por su demora y se puso a hablar. El objeto de la reunión era organizar los detalles del funeral de Rafael Montes que se debía celebrar al día siguiente, cualquier otra cuestión debíamos dejarla para ulteriores encuentros. Mateu abrió su carpeta y revisó el orden del día que nos proponía desde la elección de la iglesia en la que se celebraría el acto, un la gran capilla de forma circular en una de las calles más exclusivas de Barcelona; también se refirió a la publicación de las esquelas en todos los diarios catalanes, la ubicación de la familia y los posibles invitados, respecto del más mínimo detalle Mateu tenía una propuesta además de un presupuesto indicativo del servicio. Sin perjuicio de poder repercutir los gastos al caudal hereditario el compromiso era dividir en tres partes aquellos gastos que se consideraran comunes. En diversas ocasiones intenté conseguir alguna información sobre la situación testamentaria de Montes y sólo recibí reproches. La abogada de Chântal se mantuvo casi todo tiempo en silencio, conforme con casi todo, la única advertencia que hizo, no negociable, es que su cliente viajaría desde París con su hijo Pierre – Pierino –y con su actual pareja, el tercer marido tras su breve experiencia conyugal con Montes. Los asistentes de Mateu no paraban de tomar notas y de teclear en una tableta las decisiones que íbamos tomando; tras cuatro horas encerrados apareció una secretaria con un extenso documento que recogía las decisiones principales del encuentro, entre ellas un acuerdo de confidencialidad y otro por el que las tres viudas se comprometían a no hacer ninguna declaración a la prensa durante el día del funeral, sin ese compromiso todas las cláusulas se convertían en papel mojado y quien quebrara el pacto de silencio sería severamente penalizado, incluso nos comprometimos a someter cualquier controversia al Tribunal Arbitral de Barcelona. Yo me zampé casi toda la bollería que pusieron sobre la mesa y varios cafés, además de dos botellines de agua; no llevábamos una hora reunidos cuando mis ganas de salir al servicio eran tremendas, sin embargo no me atreví a interrumpir la reunión por lo que durante el tramo final todo eran contorsiones y muecas.

Llamé a Jess para adelantarle los aspectos fundamentales de la reunión, no me cogió el teléfono durante todo el día, yo dejé varios mensajes de voz y de texto, sólo recibí un escueto whatsApp, tenía que pasar a recogerla al día siguiente por su casa a las seis de la tarde, me facilitó la dirección.

Durante todo el día tuve un intenso dolor en el bajo-vientre, llegué a pensar que se me había reventado la vejiga y que no tardaría en fallecer. Revisé la información depositada en la carpeta, el acuerdo y las notas que pude bosquejar, a mi cliente le tocaba hacer frente a cerca de 14.000 euros en gastos, incluyendo esquela, flores, la dádiva al párroco, la nota de prensa que se distribuiría a los medios, los recordatorios del acto y un cuarteto de cuerda que debía abrir la ceremonia y cerrarla con dos piezas de Schubert, doña Helena aseguraba que Schubert era el compositor predilecto del fallecido y sus sonatas tardías eran las adecuadas para darle solemnidad a la ceremonia.

Me dio cierto vértigo enfrentarme a Jess, tenía la impresión de no haber dado la batalla que creía que debía dar, me vi sobrepasado por las circunstancias, por la fría distancia que establecía Mateu y la fría cordialidad con la que se manejaba Puerta, yo sólo había conseguido tener fríos los pies durante todo el encuentro y seguramente me habría resfriado, tomo por no haberme comprado un abrigo en condiciones.

Pasé dormitando el resto del día, recuperándome de todas las impresiones, intenté contarle a Covadonga mis experiencias matinales pero a los pocos minutos había desconectado, agobiada por las comandas, me puso un plato de garbanzos estofados con unas lascas de bacalao. No tuve los arrestos de comunicar a Jess que tendría que incrementar mi provisión de fondos en varios miles de euros si quería que hiciéramos frente a los gastos comunes del funeral.

El día siguiente lo dediqué entero a prepararme para la ceremonia, me duché y afeité a conciencia, había leído en una revista que el rasurado a conciencia exigía doble pasada, sólo conseguí que me salieran unos ronchones rojos en el cuello. Paseé por la ciudad durante horas haciendo tiempo. A las cinco y media de la tarde estaba en la puerta de los apartamentos de Jess, un edificio nuevo de ladrillo visto en una amplia avenida de la zona alta. Jess tardó en contestarme al telefonillo, me invitó a subir, no estaba todavía preparada, era evidente, y cuando pasé a su estancia, estaba la puerta semiabierta, ella zascandileaba de un lado a otro de la casa en ropa interior, un culotte y un sujetador negro de delicadas blondas, las gomillas de la braga se le colaban alegremente entre las nalgas, hubiera jurado que los cuartos traseros había sido sometidos al mismo moldeo que los pechos. Jess había estado esa mañana en la peluquería y se acababa de maquillar, labios de intenso carmesí y rímel perfilado más allá de lo razonable. Sobre la cama tres trajes de chaqueta completamente negros, uno de ellos aterciopelados; escuetas faldas de tubo y una chaqueta que dejaría completamente a la vista los calados del sostén. El apartamento estaba lleno de espejos, su dormitorio también, pude observarla desde todos los ángulos mientras yo permanecía sentado en el salón. Se probó los tres trajes, impropios para un funeral por muy negros que fueran. Le fui desgranando algunos detalles de la ceremonia, no hizo grandes comentarios, todo le pareció bien, aunque me regañó porque no le pude dar dato alguno sobre el testamento. «Deja de mirarme con ojos de hiena y ayúdame a elegir traje, que para eso eres mi abogado», me reprochó. Cuando por fin nos disponíamos a salir ella tomó un cojín que había sobre el sofá, me guiñó un ojo y se acomodó el cojín dentro de la cintura de los panties negros, no era un almohadón muy grande, le servía únicamente para afilar un poco la barriga, como un embarazo que empezara a asomar. Se llegó el dedo índice a los labios y sin perder la sonrisa se ganó de nuevo mi complicidad. Buscó mi brazo para salir agarrada desde el apartamento, llevaba unos zapatos con el tacón tan afilado que pensé que sufriría vértigos durante toda la tarde.

Si su objetivo era llegar la última a la iglesia lo consiguió con creces, menos mal que había pactado que hasta que no llegara la última de las esposas no se iniciaría el ritual; estaban todos los asistentes acomodados, con la madre de Jess y mi madre en un sitio de los principales, ambas de luto riguroso, habían pasado por la peluquería y no pararon de cuchichear durante toda la ceremonia.

En el lado derecho de la iglesia las primeras filas estaban ocupadas por familiares, el pacto establecía que la primera de las filas fuera para los hijos por orden de edad: Rafaelito, Helena y Pierino; junto a ellos una señora mayor, de rostro arrugado la única que llevaba un luto ortodoxo y discreto, Jess me indicó que era Desi, Desideria, la asistenta de Montes desde hacía más de cuarenta años, el único referente femenino estable en la vida de Rafael. La segunda fila estaba destinada a las viudas, allí conseguí que Jess ocupara el puesto junto al pasillo, ordenadas según el escalafón conyugal. La tercera fila era para los abogados, ya que nos comprometimos a vigilar a nuestros respectivos clientes durante toda la tarde. El bloque de la derecha lo reservamos a las autoridades, no se descartaba que incluso acudiera el presidente de la Generalitat, al final tuvimos que conformarnos con el consejero de cultura, también asistieron altos cargos de gobiernos anteriores, el alcalde y varios concejales. Conseguimos acomodar en la primera de las filas a los cocineros más laureados de la ciudad, una pléyade de marmitones, según la prensa, uno de ellos lloró e hipó como no lo hicieron ninguna de las viudas, Jess me dijo que se trataba de Higini León, el chef del Atelier del León, el último cocinero encumbrado por Montes. Estaban también los directores de los principales diarios, presentadores de televisión, periodistas de todo pelaje, incluso algún actor. Durante muchos minutos destallaron los flashes y varias cámaras fueron saltando entre las filas de invitados y familiares, tomando las imágenes que servirían de apoyo para los noticiarios de la noche.

Cuando Jess se acomodó en su posición el cuarteto de cuerda empezó una lánguida y solemne melodía. La primera de las mujeres de Montes, doña Helena, inclinó el cuerpo hacia el mayor de sus hijos y le dijo con un tono lo suficientemente intenso como para que se escuchara entre las primeras filas pese a ser un susurro: «Mira la putita, ha crecido y se ha convertido en todo un putón». Jess, lejos de molestarse, liberó de los ojales los tres botones del abrigo de visón y dejó entrever su fingido embarazo, se llevó las manos ligeramente al vientre para acariciarlo con mimo y le dedicó a doña Helena el más dulce y pícaro de sus gestos, incluso frunció los rojos labios haciendo un mohín.

El funeral fue interminable y más pesado aún el trámite de pésame ya que los invitados primero se dirigieron a los hijos, después a la viuda. Doña Helena siguió desgranando sus frases de vitriolo: «La viuda, la viudita y el viudón». Apenas terminó aquel sainete Chântal se escabulló junto con su marido y su hijo, su abogada me dijo que esa misma noche regresaban a París y dejaban en sus manos la gestión de la herencia. Se formó una larga fila de personas dispuestas a pasar el trámite del besamanos, escabullida Chântal el cortejo fúnebre lo formaban la viuda y el viudón así como Desi, que era sin duda la más afectada; un concejal le dijo a la criada: «Los primeros en marchar son siempre los mejores »; Desideria, sin perder el gesto compungido, le espetó: «El señor puede que tuviera otras virtudes pero bueno, lo que se dice bueno, no era».

Del cortejo fúnebre, justo al llegar a mi altura, se separó un tipo con pinta de policía, se identificó como el inspector Caballero, de los mossos de escuadra, encargado del caso, me preguntó si era el abogado de Jessica Palomeque, por fin sabía el apellido, y si sería necesario que le enviara un requerimiento para poderla tomar declaración o si acudiría voluntariamente, le aseguré que no necesitaría citación formal, que a última hora de la mañana acudiríamos a la comisaría, me deslizó una tarjeta con la dirección y le dio un apretón de manos a las viudas y se retiró discretamente.

Jess, sin abrir la boca en público, exhibió sus beldades y sus gravideces, sin perder de vista a doña Helena, recibió el consuelo y confort de casi todos los invitados y me facilitó algún apunte de los principales. Varias personas se me acercaron identificándome como el abogado de Montes, de los Montes o de la viuda, sin especificar cual; un tal Rovirosa, editor, me extendió una mano exageradamente sudada y me rogó que le dedicara unos minutos, por lo visto Montes se había comprometido a entregarle un manuscrito con una nueva obra, si lo la recibía en los próximos días Rovirosa se vería obligado a demandar a los herederos ante la justicia ya que había adelantado más de cincuenta mil euros en derechos de autor. Mateu, Puertas, el inspector Caballero, Desi, Rovirosa … se me abrían muchos frentes para poder indagar sobre los últimos días y las últimas voluntades de Montes.

Jess buscó de nuevo mi brazo, puso cara de cansada, se llevó nuevamente las manos al vientre y con el abrigo abierto empezó a caminar por el pasillo central en imposible equilibrio sobre sus tacones, dejándose fotografiar. Mi madre me guiñó un ojo, yo me ruboricé. Jess me dijo que los «íntimos» habían preparado una cena ligera en el Atelier del León, que por favor le acompañara. Los íntimos eran Higini León, el tal Rovirosa, el director del diario en el que Montes escribía una crónica semanal, un presentador de un programa de variedades de la radio que se emitía diariamente por las mañanas y un alto cargo de la Generalitat que, por lo visto, estaba gestionando una importante condecoración a título póstumo.

El Atelier no estaba lejos de la iglesia pero el paseo fue interminable porque Jess apenas podía avanzar unos centímetros con cada paso, la inestabilidad de los tacones  el cansancio acumulado hicieron que las cuatro o cinco manzanas hasta el restaurante fueran agotadoras; Jess caminaba rezagada mientras el resto de íntimos caminaban dicharacheros, hablando de un gratapaller y de un borinot, de vez en cuando se les escapaba una carcajada. El Atelier tenía un reservado junto a la cocina en el que estaba preparada una mesa con todo tipo de aperitivos, los comensales pidieron whisky para entrar en calor. La sala la presidía una caricatura de Montes, era un gran abejorro con una cara apepinada y diminuta; Montes aparecía dibujado con una ridícula papada y cuerpo de abejorro, la caricatura tenía la leyenda: «Montes. El borinot», despejaba con ello la primera de mis dudas. Fueron pasando las bandejas con jamón y otros embutidos, después varios tipos de ensaladas, a cada cual más sofisticas, pastas rellenas de setas y trufas; se abrieron varias botellas de vino y, por fin llegó el afamado gratapaller, un timbal gelatinoso en el que pude identificar algo de marisco, carne de pollo, pies de cerdo y algunas especias. Presentaron el gratapaller sobre una base de pan de maíz empapado en salsa.

Rápidamente me noté mareado, no había renunciado ni al whisky ni a ninguna de las copas de vino; el resto de comensales eran unos profesionales de la bebida y aguantaban sin pestañear, lo tenía la lengua de trapo y no me di cuenta de que Jess se había marchado, dejándome un mensaje en el teléfono, pidiéndome que pasara a recogerla a eso de las once por su casa para acompañarla a comisaria.

Cuando los invitados se dieron cuenta de que Jess había marchado empezaron a subir el tono de sus anécdotas con Montes, con Montiño, como le llamaban, también se referían a Rafael como el Borinot, confirmaban lo que había dicho Desideria, Montes buena gente no era. Por lo visto era pródigo en el gasto, maestro del sablazo y el chantaje, arbitrario, agresivo, lascivo, mal oliente, envidioso, ególatra … No ponía en duda lo de los albanokosovares que había deslizado el inspector Caballero pero lo cierto es que durante aquellas horas había conseguido una lista de candidatos y candidatas que tenían razones más que suficientes para liquidar a Montes. Sólo Higini mantenía ciertas formas, incluso afeaba a sus compañeros de mesa los comentarios y anécdotas más soeces. En un aparte cuando tambaleándome fui al baño me abordó para enseñarme la cocina del Atelier y para comentarme que había querido mucho a Montes, aunque llevaban ya un tiempo separados; habían sido tan íntimos que incluso acompañó a Jess y a Montes en su viaje por la costa oeste norteamericana, él también había comprado un Wren que había colgado en el pasillo que unía el reservado con la cocina.

Nos despedimos entre abrazos fraternales, intercambiamos tarjetas de visita e Higini me deslizó la factura del ágape, cinco mil euros más que incrementaban el debe de Jess. Tal fue el dispendio de aquella noche que marché caminando de nuevo a casa para intentar despejarme y ahorrar unos euros a mi cliente.

Ya en casa busqué en internet qué significaba aquello del gratapaller, por lo visto era un pollo de payés que se cría en algunas zonas del Ampordá. La receta del gratapaller con pies de cerdo, cigalas y chocolate era un clásico de Higini León, una receta recuperada de los libros de Mercader y de Pla.

Para preparar el pollo con pies de cerdo, cigalas y chocolate se necesita, claro está un pollo, no cualquier pollo, sino el dichoso gratapaller, que se tiene que cortar en octavos, salpimentarlo y enharinarlo.

Se pone una gran cazuela al fuego con un chorro de aceite de oliva, se rehogan a fuego vivo con el aceite chisporroteando las piezas de pollo, no hay que cocerlo del todo, sólo dorarlo y retirarlo intentando que no se queme el aceite.

En otra cazuela se pone un poco más de aceite de oliva y se saltean 8 cigalas grandes, pero sin pasarse. También se retiran y se conservan.

Se pelan dos cebollas de Figueras – son más dulces – se rallan dos zanahorias hermosas y cuatro tomates maduros. En la misma cazuela en la que se sofrieron las cigalas se rehoga la cebolla y las zanahorias, a los tres minutos se añade el tomate rallado. Se remueve bien antes de ponerle una copita de vino rancio y otra de coñac. Se baja el fuego, se deja reducir el líquido a la mitad e incorporan las piezas de pollo. Se cubre la cazuela con caldo de pollo y se deja cociendo a fuego suave hasta que el pollo quede tierno (calcular 50 minutos).

Un cuarto de hora antes de que termine la cocción se añaden dos pies de cerdo cocidos previamente y cortados por la mitad.

En un mortero se pican los dientes de media cabeza de ajo, unas hojas de perejil, dos carquiñolis – son unas galletas duras de almendra típicas catalanas -, un puñado de avellanas, una pizca de sal, pimienta  60 gramos de chocolate a la piedra – chocolate que se utiliza para hacer el chocolate a la taza, un poco terroso -. Se echa un poco de la salsa del caldo para que se deshaga la picada. Se añade al guiso con las cigalas y se deja cocer durante 5 minutos más.

Higini lo que hizo  fue deshilachar algunas piezas del pollo, vaciar la carne de las cigalas y picarlas, los pies de cerdo también los deshueso. Picó todo y montó cada uno de los timbales, compactándolas con la salsa.

Así se hacía el gratapaller, un plato que ni en mis mejores sueños hubiera pensado que se pudiera preparar.

martes, 3 de febrero de 2015

CAP.CCCLXI.- Pequeña muerte por chocolate -2.


2. LA VERSIÓN DE YES & K.

Llegué al hotel media hora antes de la cita, me acerqué a recepción y pregunté por la señora Chernenko, era mi técnica habitual, solía dar un nombre extranjero al azar, revisaban el listado de clientes y me aseguraban que no estaba alojado, yo quedaba sorprendido y les comentaba que a lo mejor estaba registrada con su nombre de casada, pero que no lo recordaba, les indicaba que aguardaría en el hall del hotel, señalaba una esquina tranquila o la cafetería si estaba abierta. Solía buscar un recodo que tuviera contacto visual directo con la recepción para así poder escrutar a quien se dirigiera allí, abría un ordenador portátil, abría una carpeta y dejaba el móvil a la vista para dar sensación de que estaba ocupado.

No convenía repetir mucho los hoteles, solía dejar tres o cuatro meses entre cita y cita para que mi cara resultara conocida a los empleados pero que no pudieran desentrañar mis artimañas. Llegaba con mi mejor traje, en realidad con el único traje, y me dirigía a los empleados con cierta confianza pero manteniendo las distancias, tratándoles siempre de usted, con cordialidad mundana. Si conocía al cliente me dirigía a él antes de que pudiera preguntar a los encargados de información, si no le conocía solía especular sobre su aspecto para levantarme justo cuando trasladara mi nombre a los empleados, con el paso del tiempo había aprendido incluso a leer en los labios desde cierta distancia.

En esta ocasión además del portátil, el móvil y una cartera de piel llevaba el libro de Rafael Montes que había empezado a hojear la noche anterior. En dos o tres ocasiones estuve a punto de levantarme para dirigirme a una de las visitantes del hotel, todas ellas mujeres vistosas, extranjeras, elegantemente vestidas. Cuando pasaron los 20 primeros minutos se me acercó un camarero para ofrecerme un café, en estas circunstancias era conveniente realizar algún consumo, aunque fuera mínimo, aproveché para pedirle el periódico.

Me acercaron el diario en el colaboraba Montes, allí aparecían algunas noticias sobre el suceso, fijaban la hora de la muerte sobre la media tarde del sábado, había fallecido tras recibir dos disparos en la boca del estómago, a poca distancia, aseguraban que la muerte había sido lenta, extremadamente dolorosa. El asesino había revuelto prácticamente toda la casa, había esparcido por el suelo de las habitaciones libros, apuntes, reseñas, recortes, cajones, ropa, muebles …  era complicado identificar con certeza el motivo del asesinato, no se descartaba que fuera un robo. El asesino o asesina, puntualizaban, conocía bien la casa de la víctima, sus hábitos y manías, habían arrancado el cableado del teléfono, habían pisoteado el teléfono móvil de la víctima, habían cerrado todas las persianas para dar la sensación de que la casa estaba vacía y habían cerrado con llave a Montes, dejándole que agonizara sin posibilidad de salir a pedir auxilio o comunicarse con el exterior. Montes vivía en un edificio de los llamados de planta regia, un vecino por planta, gruesas paredes, una zona discreta en un barrio residencial por encima de la Diagonal y por debajo de la Vía Augusta. Aunque se daban muchos detalles la prensa aseguraba que el juez había decretado el secreto del sumario, la mejor manera de que se chafardeara cualquier dato, por nimio que fuera.

Dejé el periódico y abrí de nuevo el libro de Montes por la página de la escalibada, pensaba que sería una receta accesible, Montes contaba un viaje por La Garrotxa a mediados de los años setenta, explicaba que les habían invitado a participar en la matanza una madrugada gélida de febrero, en una era no muy lejana del corral en el que estaba  el cerdo que iban a sacrificar, se alzaba una hoguera de fuego vivo que alimentaban los encargados de la masía, se iban congregando los invitados alrededor del fuego, exhalando vaho por el frio, dándose palmadas en los muslos para quitarse la sensación de frio. Una señora les pasaba café de puchero, hecho sobre las brasas apartadas de la fogata, y vasitos de ratafía. En unos minutos engancharían al marrano con un garfio y lo arrastrarían entre varios mozos al centro de la era, donde le terminarían de degollar, ya estaban preparados los baldes. Las llamas desbocadas servirían para eliminar los rastros de los pelos del animal una vez se hubiera desangrado.

La estampa era tétrica y Montes no reparaba en dar todo tipo de detalles pero cuando parecía que iba a desgranar minuto a minuto la agonía del cerdo, dio un salto en el tiempo y contó cómo se escalibaba la verdura, mientras tanto los hombres despedazaban sistemáticamente las piezas principales del verraco, las mujeres empezaban a organizar las especias que servirían para aderezar los embutidos primeros.

Yo hubiera jurado que las verduras escalibadas se contentaban con ablandarse lentamente al amor del horno, sin embargo aquello tenía su ciencia, empezando por la etimología ya que la palabra escalibada vive del latín calivu, que significa cocción bajo las brasas, la llamada cocina al caliu catalana. Para preparar 4 raciones de escalibada se necesitan tres grandes pimientos rojos, grandes y de piel tersa; 3 berenjenas de tamaño equivalente, berenjenas bermellonas en las que también es primordial que la piel resplandezca; dos cebollas, 4 patatas de tamaño superior al puño de un hombre adulto, sal, pimienta y aceite de oliva.

Montes aseguraba que las llamas de aquella hoguera eran de encina, la más aromatizadora de las maderas. Había que poner los pimientos cerca de la parte con más llamas, dejar que se ennegrezca la piel; las berenjenas sin embargo requieren menos fuego, pero también exigen contacto directo con la llama, las berenjenas exigen menos llamas pero más tiempo. Las cebollas y las patatas son mucho más delicadas. Las envolvieron individualmente en papel de aluminio y las enterraron entre las cenizas y los rescoldos, bien enterradas en las cenizas.

Los pimientos y las berenjenas pierden la tersura con cierta rapidez, con la piel arrebatada se retiran y se envuelven en varias páginas de papel de periódico para que conserven el calor y no pierdan más humedad. La patata y la cebolla van a un ritmo más pausado, las abuelas hurgan entre las cenizas con un largo pincho hasta dar con los envoltillos, clavan ligeramente la punta para ver si las carnes ceden. No hay prisa.

Poco antes de comer se desenvuelven los pimientos y las berenjenas, las patatas y las cebollas también se han retirado pero siguen con la coraza metalizada llena de cenizas. Las ancianas pelan con agilidad las verduras, lo hacen con los dedos, escaldándose las yemas, colocan las tiras de verdura en una bandeja de metal; primero los pimientos, después la carne de las berenjenas, los cascotes interiores de las cebollas y las patatas con la piel, partidas por la mitad; aliñan bien con sal gruesa, pimienta molida y aceite de oliva. Ya está la verdura escalibada. El plato permite incluir algunas verduras más –tomates envueltos en papel de plata, puerros, cebolletas, cabezas de ajo que se entierran directamente en las cenizas … - Es un plato que se toma templado bien como entrante, con unas tiras de bacalao desecado, bien como guarnición para un plato de carne a la brasa. Los restos de tizne o de carbón, si no son muchos, le dan un sabor especial al plato.

Ni qué decir tiene que la lectura de la receta me recordaba que apenas había desayunado. Habían pasado más de 60 minutos respecto de la hora inicialmente prevista, mi teléfono no había sonado y eso que había comprobado reiteradamente que había cobertura máxima de la red. Veía que llegaba el momento de pedir la cuenta por el café, un trance extremadamente doloroso porque el servicio era un primor pero era exagerado tener que pagar casi veinte euros por un café con leche y cuatro galletas servidas por cortesía de la casa, lo correcto era dejar casi todo el cambio como propina para no despertar recelos entre el servicio.

Cuando ya había abandonado toda esperanza llegó una mujer con un traje de chaqueta rosa muy ajustado, los botones eran incapaces de contener la exuberancia de unos pechos evidentemente artificiales. Imposible identificarla con ninguna de las niñas que jugaban en el parque durante mi infancia. No le di opción de que se acercara a recepción, me la jugué a aquella carta que parecía un gran chicle de fresa. Ella tomó la iniciativa y en un tono elevado que despertó la curiosidad de toda la recepción, empezó a decir: «¿Marcelo?¿Marcelino…?», me estampó dos ruidosos besos en las mejillas que me dejaron tatuados los labios de intenso color rosa simétricamente la cara. A duras penas pude conducirla de la mano a la mesa en la que había desplegado mi improvisado despacho. Hablaba a borbotones, los mismos borbotones que la tarde anterior me habían impedido replicar. Preguntó por mi madre, a quien recordaba con «el máximo cariño», y, sin solución de continuidad me expuso su situación, que describía como «extremadamente sencilla», hablaba con cierta afectación. Me extendió una tarjeta de visita sobre fondo rosa, el mismo rosa de su vestido, en la que aparecía el logotipo Yes & K, diseñadora de interiores. Yo podría llamarla Yes o Jess, no era necesario que usara su nombre de pila, estaba «terminantemente prohibido llamarla Jessi», ya me hubiera gustado tener el valor de decirle que a mí no me gustaba que me llamaran Marcelo y mucho menos Marcelino.

En unos minutos me contó que llevaba tres años viéndose con Montes, los dos últimos de modo oficial, Montes había hecho testamento manuscrito dejándola usufructuaria de todo su patrimonio y facilitando a Jess el acceso a un banco de esperma en el que había depositado una cantidad suficiente de su simiente para que cuando ella lo considerara oportuno concebir un hijo en común.

A duras penas conseguí hilar yo unas palabras, las imprescindibles para pedirle que me indicara donde estaba depositado el testamento. «Aquí empezaban nuestros problemas», socializaba de inmediato los conflictos, el testamento por lo visto lo había redactado ese mismo fin de semana, el sábado por la mañana, y era fundamental encontrarlo antes de que las brujas de las exmujeres tomaran cartas en el asunto.

El relato era muy sencillo. Yes, como había hecho muchas veces, llegó a casa de Montes del sábado a primera hora de la mañana, no vivían juntos pero ella disponía de llave del piso. Montes solía despertarse después de las 10, Yes tenía tiempo suficiente para prepararle el desayuno, con los croissants preferidos, comprados en una pastelería no muy lejana del domicilio del crítico. Había cierta ceremonia en ese desayuno, una ceremonia de la que Yes no me privó de los detalles más íntimos. A Montes le gustaba que pasara a la habitación sólo con la ropa interior, ropa blanca de blonda, de la marca de la Perla, elegida especialmente por él. Montes resoplaba en la penumbra, ella abría la contraventana para que entrara algo de luz, dejaba la bandeja sobre la mesilla y se deslizaba entre las sábanas; ella describía sus maniobras como las «marranaditas que ayudaban a Falín a despertar», costaba mucho animarle, sobre todo de cintura para abajo, pero de pronto un jadeo suave y un ronquido profundo anunciaban el fin de la ceremonia. Él suspiraba: «Yes, mi pequeña Yes, llega la muerte, la pequeña muerte», ella se colocaba a su lado, sobre la almohada y le acariciaba el pelo mientras llegaba la recuperación. Montes descabezó un sueño de unos minutos antes de desayunar. Ella aprovechó la súbita alegría del sábado por la mañana, culminadas las marranaditas, para recuperar viejas promesas que esperaba que no cayeran en saco roto. Según contaba desgranó aquellos compromisos mientras con los la yema de los dedos jugueteaba entre los pliegues de su ropa interior de su novio.

Rafael le pidió que le alcanzara uno de los libros que se apilaban debajo de la mesilla, un libro de tamaño considerable, había muchos desperdigados por la habitación, Montes utilizaba la alcoba como improvisado despacho en el que alargaba sus lecturas y trabajos hasta sobremesa. Le pidió que le acercara un bolígrafo y en la primera de las páginas, completamente en blanco, escribió: «Todo para tí Jessica, mi amada, a quien dejo todo y a quien quiero dar un hijo que selle nuestra unión». Yes rezó aquel testamento como si fuera una letanía que hubiera dictado a un Rafael completamente entregado a sus encantos. Cuando ella comprobó que Montes había redactado el testamento dejó que su mano se terminara de colara entre los pliegos de su ropa interior. Aquella escena la convertía en la sospechosa principal del crimen, sobre todo si teníamos en cuenta que Montes se había casado dos veces y su herencia la aguardaban tres hijos que estarían deseosos de disfrutar del patrimonio de aquel padre de la cocina del país.

Le dije a Jessica, como cliente debía establecer ciertas distancias, que convenía que no diera muchos detalles cuando hubiera de declarar ante la policía, trance inevitable en cuanto pasaran unas horas. Ella me sonrió ingenua, le prometí ayudarla a preparar la declaración y suavizar algunas aristas, convertirla en una viuda entristecida que encajaba mal con esos pechos de silicona embutidos en un estrecho traje de Chanel, despojándola de todas las blondas y detalles escabrosos.

No tenía ni idea de por dónde empezar mi trabajo como abogado, así que decidí pedirle una provisión de fondos, le comenté que mis honorarios serían elevados pero que en principio podría iniciar las labores previas con quince mil euros; lejos de escandalizarse abrió el bolso y sacó un grueso fajo de billetes de 200 y 500 euros que contó, sin recato, ante las miradas de un camarero que había seguido con cierto interés el relato de su último encuentro con Montes. Dejó sobre la mesa mi provisión y, como dijo, quedó en mis manos.

Le pregunté que dónde había pasado el resto del fin de semana, me comentó que había viajado con unas amigas a Madrid, para celebrar una despedida de soltera, no sería complicado seguir el rastro de las chicas por la capital ya que habían comprado, bebido, comido y bailado sin parar hasta la noche del domingo; me indicó el nombre de sus amigas, los locales que habían visitado y hasta los billetes de tren, además de un sinfín de recibos que justificaban todo tipo de gastos y compras. Todos aquellos papeles estaban ordenados en una carpeta que me dejó sobre la mesa, junto a los billetes del tren. Una chica ordenada, que llevaba todo preparado. «Ahora, Marcelino, a trabajar. Y deja de mirarme las tetas, coño, que eres mi abogado». Aprovechó la regañina para contarme que ella nunca se hubiera «hecho» los pechos pero que Rafa se había empeñado en regalárselos por su cumpleaños, meses atrás; fue inevitable imaginar cómo se mantendrían aquellos pechos inhiestos mientras ella envejecía hasta llegar a ser una anciana de ochenta años con un busto marmoleo que casi casi le atenazaba la garganta.

De pronto se me quitaron todos los agobios por el recibo de la consumición, incluso pagué gustoso el zumo de pomelo que había pedido ella. Miró de súbito el reloj y recordó que había quedado a almorzar con unas amigas, que llegaba tarde. Me dejó la carpeta con todos los papeles que justificaban su itinerario del fin de semana y me citó aquella misma noche, a las once a pocos metros del portal de la casa de Montes, estaba dispuesta a que entráramos en el piso de Montes para recuperar el testamento.

Marchó contoneándose como una gallina clueca, clueca y rosada; puede que también se hubiera retocado las caderas y elevado un poco las nalgas. Yo tardaría horas en procesar toda la información recibida, una información que lejos de tranquilizarme me inquietaron mucho más ya que si Yes no era capaz de moderar su locuacidad se convertiría en la principal candidata a pagar por la muerte de Rafael Montes y a mí, si no me andaba con ojo, en encubridor de aquel delirio de marranaditas, escotes y ropa de marca.

Dejé pasar unos minutos que dediqué a hablar con mi madre y a explicarle que me había reunido con la hija de su amiga, amparándome en la relación de confidencialidad con mi defendida me abstuve de darle detalles, sólo apunté que era un asunto difícil  y que sería inevitable el agobio de la prensa.

Salí del hotel camino de unos grandes almacenes, dispuesto a comprarme un traje nuevo, una corbata y una camisa acorde con mis nuevas encomiendas; compré un traje gris oscuro, de marca, incluso me homenajeé cogiendo una intensa colonia que aseguraban triunfaba en Hollywood. Yes me mandó un whatsApp para informarme de que me llamarían los abogados de las ex esposas, sin más detalles.

Inicié mi marcha hacia la Santina, pese a mi reciente golpe de fortuna pensé que no tenía sentido salirme de mis hábitos, con el dinero recibido podría ir tirando prácticamente hasta el verano, convenía ahorrar. Covadonga había preparado un guiso de patatas, chorizo y berza, un quitafríos garantizado que pasó a golpe de casi un litro de vino con gaseosa.

A eso de las cuatro y media de la tarde, cuando estaba ya sumido en el sopor de los carajillos recibí la llamada del abogado Mateu, Pere Mateu; en realidad hablé con su secretaria, que me dijo que el Sr. Mateu defendía los intereses de Helena Bofarrull, primera esposa del Sr. Montes. El objeto de la llamada era convocarme al día siguiente a una reunión en el despacho del Sr. Mateu con el fin de «pactar» los términos en los que discurriría el funeral que estaba previsto celebrar esa misma tarde. Le dije a la secretaria que me gustaría poder hablar personalmente con el Sr. Mateu, me contestó que estaba reunido y que mañana gustosamente le atendería a las nueve de la mañana; me indicó que las dos esposas anteriores del Sr. Montes habían preferido delegar en los letrados y que esperaba que Jessica hiciera lo mismo, eran momentos dolorosos.

No me quedaba gran cosa que hacer hasta la cita de la noche, por lo que decidí marchar a mi casa a descabezar un sueño. Desperté con la boca pastosa y algo desorientado sobre las siete de la tarde, seguía sin grandes ocupaciones por lo que dirigí mis pasos hacia el barrio de Montes con el fin de comprobar que no se había puesto vigilancia alguna entorno al domicilio, había tenido la oportunidad de realizar alguna actuación con el juez encargado de la instrucción y me constaba que era un tipo riguroso, es decir, que se gastaba una mala leche de no te menees.

Terminé mi vigila en un bar no muy lejano, tomé un pincho de tortilla y un par de buñuelos de bacalao mientras hacía tiempo esperando a Yes.

Como era de esperar hasta bien pasadas las once y media no llegó, aunque por lo menos tuvo la deferencia de anunciármelo por medio de un mensaje.

Venía enfundada en una especie de mono negro, de cuello alto, probablemente era ropa de esquí, se había recogido el pelo y no se quitaba las gafas de sol por lo que el efecto que producía era el contrario al de alguien que quisiera pasar desapercibido. El body de plástico se le adhería al cuerpo remarcándole todas las curvas y haciéndolas todavía más artificiales. Menos mal que con ese frio tan atroz y a esas horas nadie circulaba por la calle.

Subimos al piso sin encender las luces de la escalera, la puerta de la casa no estaba precintada. Iluminándonos con el resplandor del teléfono móvil nos abrimos paso por la entrada, directos al salón. Libros, ropa y ajuar doméstico estaban desperdigados por el suelo, revueltos como si la vivienda hubiera sido conquistada por un ejército voraz.

Yes me dirigió directamente al dormitorio de Rafael, las sabanas y la colcha todavía seguían revueltas. Al caminar casi a oscuras me fui trastabillando con los obstáculos que encontraba por el suelo. Le pregunté a Yes si recordaba algún detalle del libro en el que Montes había redactado el testamento, había centenares de papeles y publicaciones por el suelo, era imposible revisarlos todos. Me contestó resuelta: «Por suerte en la vida no me ha sido necesario leer mucho. Por eso te he contratado, de tener controlado el libro en el que había escrito el libro me hubiera ocupado de recuperarlo sola».

Pese a nuestras cautelas era inevitable hacer algún ruido, enfoqué con la pantalla del teléfono hacia el suelo para ver si me ayudaba la fortuna. Se encendió una luz en el patio y es escucharon unos pasos en el piso de arriba. Nos pusimos nerviosos, le indiqué a Yes que fuéramos hacia la puerta, que ya tendríamos tiempo de revisar la casa sin necesidad de actuar como cazadores furtivos. Ella salió del dormitorio en dirección contraria a la puerta, entró en una estancia que debía ser un despacho y salió con un cuadro debajo del brazo. «Lo compramos juntos en Los Ángeles y no dejaré que esas harpías se lo pateen». Le cogí el cuadro de las manos, al fin y al cabo era su abogado, aguardamos en la entrada a que cesaran los ruidos del piso superior y se apagara la luz que se reflejaba en el patio. Ella salió primero, yo dejé pasar unos minutos, cuando llegué a la calle Yes había desaparecido. Caminé unos minutos por calles oscuras, vacías, frías; tardé un rato en conseguir un taxi que me llevara de regreso a casa. Era ya de madrugada, al día siguiente tenía que madrugar. Apoyé el cuadro sobre la pared del salón y me quedé unos instantes contemplándolo, intentando buscar alguna clave que me pudiera ayudar a salir de todo aquel lio.

miércoles, 28 de enero de 2015

CAP.CCCLX.- Pequeña muerte por chocolate (1)


1. MARCEL(O), PRIMERA APROXIMACIÓN.

En mi vida había oído hablar de Rafael Montes, tampoco de Montiño, ni de Rafel Muntanyes, de hecho la primera vez que escuché ese nombre no le di la importancia que luego tendría en mi vida. Recuerdo que era un martes de invierno, tan anodino como cualquier otro martes, estaba terminando de comer en el restaurante La Santina, una casa de comidas de barrio no muy lejana de mi apartamento; aunque cerraban la cocina a las tres y media los clientes habituales teníamos ciertas prerrogativas, fundamentalmente la de que nos pusieran un plato caliente prácticamente a cualquier hora del día o de la noche. Estaba terminándome unas lentejas estofadas, pasaban las cuatro de la tarde, había colocado el teléfono móvil sobre la mesa a la espera de una llamada que normalmente no solía entrar, era una época escasa de trabajo, para ser sincero durante toda mi vida el trabajo había sido escaso por lo que poca cosa podía reprochar a la crisis.

Covadonga, la cocinera de La Santina, tenía la televisión de la sala con el volumen casi al máximo, así podía escuchar los programas desde la cocina mientras fregaba las últimas perolas y organizaba las bandejas que saldrían a la barra a última hora de la tarde: huevos rellenos, ensaladilla rusa, carne con tomate, calamares rellenos, tortillas de patata de gran grosor, unas tajadas de pescado rebozado y alitas de pollo al ajillo, un variado lo suficientemente amplio como para justificar que también tuviera que pasar por allí para cenar.

Por la televisión daban un programa de variedades, tres presentadores comentaban en tono más o menos ligero las principales noticias del día, hacían hincapié en los aspectos más jocosos de las noticias; este tipo de programas solían cansarme enseguida, los locutores estaban demasiado afectados y no siempre los diálogos eran graciosos, sin embargo tenerlos como ruido de fondo me aislaba de otros sonidos de la sala. Los comentaristas hacían referencia a un crítico de cocina que había aparecido muerto días atrás, le habían asesinado en su casa mientras merendaba un tazón de chocolate con melindros, «muerte por chocolate», apuntaba morbosamente uno de los periodistas, se le escapó una risotada, sorprendido de su pretendida ocurrencia; por lo visto le había disparado casi a bocajarro en el estómago y había caído de bruces sobre el tazón de chocolate. El diálogo derivó enseguida hacia un postre llamado “muerte por chocolate”, «esta sí que ha sido realmente una muerte por chocolate», apostillaba ese mismo tertuliano frente a los reproches de sus compañeras de mesa, que le afeaban las bromas cuando el cadáver todavía «estaba caliente». Superpusieron algunas imágenes del crítico en diversos momentos de su vida profesional, era un hombre de unos setenta años, puede que menos aunque los llevaba muy mal, tenía el cráneo y la cara curiosamente alargados, la barbilla se le confundía con el cuello formando un bloque de aspecto pétreo pegado a un cuerpo orondo que se ensanchaba sobre todo al llegar a las caderas, un vientre prominente sujeto sobre unas piernas escuálidas; parecía una pera trajeada. Tras atender unos segundos a la cadena de despropósitos que dijeron en torno a las circunstancias de su muerte y a su paralelismo con un postre hecho con distintos bocados de chocolate, por lo visto inventado por un fabricante de dulces inglés, un tal Erik Russell, acudieron a la Wikipedia para describir el postre, podía ser un pastel de chocolate en capas, con fudge, ganache, o mousse de chocolate entre las capas, un postre hecho en un recipiente con capas alternativas empapados con brownies, mousse de chocolate, barras Heath, y crema batida, un pastel de chocolate fundido o un pastel de chocolate sin harina; incluso sacaron imágenes de un helado llamado “death by chocolate”.

Tantos comentarios alrededor del chocolate despertaron a mi yo goloso y, a voces, le pedí a Cova algo de postre. Con la misma intensidad de mi requerimiento surgió una voz del fondo de la cocina recriminando mi horario y recordándome que a esas horas sólo se daban cafés. Pedí un café, salí del salón y me acomodé en la barra del bar para enfrascarme en la lectura de la prensa, los diarios deportivos estaban en la mesa de otros parroquianos por lo que hube de contentarme con un diario de los considerados serios, allí aparecía un obituario mucho más riguroso de la víctima del crimen, Rafael Montes, escritos especializado en temas gastronómicos, Cruz de Sant Jordi por su contribución a la gastronomía y a la cultura catalana; reseñaban sus logros y publicaciones, se entristecían por el trágico suceso que se encontraba hasta la fecha bajo secreto de sumario, pese a la solemnidad del artículo la foto que lo acompañaba le hacía un flaco favor al finado ya que exageraba sus contornos hasta convertirlos en una pera andante, una pera que recibía del mismísimo presidente de la Generalitat de Cataluña un importante galardón.

Sonó el teléfono que había colocado sobre la barra, gracias a las nuevas tecnologías de modo simultáneo a la llamada apareció en pantalla la imagen de mi madre en una foto tomada años atrás.« Marcelo, Marcelo», mi madre era de aquellas personas que pensaba que para hablar por teléfono había que gritar, su tono era además inusualmente intenso lo que evidenciaba que estaba más alterada que de costumbre. Me resultaba extremadamente incómodo que me llamara Marcelo, ciertamente había sido bautizado con ese nombre pero desde la edad escolar me había empeñado en catalanizar mi nombre hasta conseguir que en el DNI aparecía como nombre de pila Marçel, sin embargo mi madre me recordaba cuando le recriminaba que me había puesto ese nombre en recuerdo de Marcello Mastroiani y que cuando me llamaba Marçel le parecía que estuviera espantando gallinas.

Antes de poder hacer alguna objeción empezó a contarme la razón de su telefonazo, le costaba ir al grano así que empezó hablándome de su amiga Mercedes, a quien por lo visto yo debía recordar del barrio, me dio tres o cuatro detalles de la tal Mercedes que, lejos de refrescar mi memoria, me desconcertaron más de lo que me imaginaba ya que llegué a pensar que había pasado la infancia ajeno a la vida de mi madre, le hice un gesto al camarero para que le diera un golpe de coñac al café.

Por lo visto la señora Mercedes tenía una hija monísima a quien yo debía recordar aunque seguramente tenía diez años menos que yo, la chica se llamaba Jessica y rondaba ahora los 30 años; cuando mi madre empezaba con esas derivadas siempre me ponía en lo peor, la encomienda de algún divorcio ruinoso y violento en el que me tocaba defender de gratis a la parte más débil. Antes de concretarme lo que justificaba su llamada me preguntó si había visto las noticias, le contesté que sí, que siempre lo hacía, me dijo si me había fijado en la muerte de un crítico gastronómico, le volví a contestar que sí, que justo en ese momento estaba leyéndolo en la prensa. Tomó aire antes de precisar que Jessica, la chica monísima con las que habíamos coincidido durante años en el parque, la hija de la señora Mercedes era la pareja de Rafael Montes; quedé descuadrado ya que las noticias indicaban que Montes tenía más de sesenta años y aparentaba una docena más de ellos con su aspecto periforme. «Sí, sí», me confirmó que Jessi era pareja estable de aquel señor y que tenía algunas dudas jurídicas que quería consultar, me dijo que se había tomado la libertad de dar el teléfono de mi despacho a la señora Mercedes y que a lo largo de la tarde recibiría una llamada; me pidió que no descuidara el teléfono y que atendiera a la señora Mercedes o a su hija, no sabía quien de las dos me llamaría, como se merecían, que podía ser un asunto importante, que les había dicho que yo era un abogado especializado en estos temas, no concretó qué temas, y que tenía mucha experiencia, nada como una madre para hacer de comercial.

Apuré el café con el chorro generoso de coñac y busqué en los diarios desperdigados por el bar las referencias al crimen de Rafael Montes y a su biografía. En uno de los periódicos aparecía una fotografía mal iluminada del cadáver, robada con un teléfono móvil, boca abajo el cuerpo sin vida de Montes estaba tendido sobre la alfombra de un amplio salón, una mancha inmensa de sangre y chocolate, papeles y libros tirados por el suelo.

No me dio tiempo a especular mucho, al poco tiempo de colgar sonó de nuevo el teléfono, era Jessica, que se identificó como Jes de Montes, tenía una voz suave, me dijo que llamaba de parte de la señora Herminia – mi madre – y que esperaba que tuviera ya algún antecedente. La conversación fue breve, ella llevó el peso del diálogo, yo apenas puede convocarla a una cita a la mañana siguiente, quedamos en el vestíbulo del Hotel Mandarín, mis ingresos me impedían tener un despacho en condiciones, gestionaba mi trabajo por medio de un teléfono fijo, el de mi casa, desviado al móvil, normalmente convocaba a los clientes en los halles de hoteles céntricos, eran lugares cómodos, impersonales en los que no resultaba complicado encontrar un espacio tranquilo, solía poner como excusa que justificaba el lugar de la cita en que antes debía visitar a un cliente extranjero que acudía a Barcelona a realizar una inversión.

La encomienda de doña Jes era en apariencia sencilla, debía defender sus intereses como heredera de Rafael Montes, una herencia que debía discutir con las dos esposas que anteriormente había tenido Rafael, con Jes no le había dado tiempo a casarse, ella sospechaba, así lo expresó, que la muerte podría tener algo que ver con una boda que consideraba inminente, al día siguiente me daría más detalles, sólo me adelantaba que el asunto sería complicado porque las dos ex mujeres eran unas harpías que, además, tenían que defender los intereses de tres hijos, dos con la primera, uno con la segunda; Jes no había tenido tiempo de darle descendencia a Rafael pero al día siguiente me daría los detalles de la relación «seria, estable y duradera» que le unían con «Falín», como llamaba cariñosamente a su pareja. No se privó de algún puchero, incluso de un hipido con el que me transmitía su dolor. Para ella lo importante, la razón de la llamada, era que la defendieran como heredera, lo de descubrir al asesino le importaba un «bledo», creía que la policía haría su trabajo con rapidez y aunque ella tenía algunas sospechas que no podía transmitirme por teléfono su miedo principal era que aquellas «zorras mal heridas» la desplumaran valiéndose a artimañas legales. Estaba especialmente preocupada por las obras de arte que Montes tenía en su casa, me habló de una serie de cuadros de Wren que habían comprado juntos cuando habían viajado a Los Ángeles un año antes, asentí como su fuera capaz de apreciar el valor intrínseco de un Wren, fuera quien fuera aquel tipo. Quedamos a las once de la mañana del día siguiente, le dije que preguntara por mí en la recepción del hotel, Marçel Ruiz de Manyanet.

Colgó sin apenas darme posibilidad de iniciar un verdadero diálogo, escuché pacientemente sus comentarios, Cova me observaba perpleja desde la barra, me puso un chupito de coñac, a cuenta de la casa, y deseó suerte. Nada más colgar recibí la llamada de mi madre, no contesté, estaba muy aturdido, no eran las seis de la tarde y era ya de noche, la calle estaba llena de chiquillos que salían del cole, abrigados y revoltosos, las madres no paraban de gritar advirtiendo riesgos en cada recodo de la calle.

Inicié un largo paseo hacia el centro con el fin de ordenar algunas ideas, estaban a punto de encargarme la defensa de una viuda que no lo era de verdad, un pleito hereditario con tres viudas, tres hijos y los medios de comunicación pendientes. Tenía que hacer mi trabajo con un asesinato de fondo, un suceso que por lo visto no interesaba a mi cliente, que seguramente engrosaría la lista de sospechosos. Jessica tenía una voz dulce, parecía una mujer decidida que hacía esfuerzos por parecer una mujer elegante, culta, refinada, aunque por algunos giros parecía evidente que seguía siendo la chiquita de Nou Barris que por lo visto había conocido años atrás.

No tuve duda alguna sobre la aceptación del asunto, no tenía otros casos pendientes, apenas sobrevivía con las guardias del turno de oficio que pagaban tarde, mal y nunca, y algunos procesos judiciales que se prolongaban durante años, hasta el punto de que me llegaban algunas notificaciones de pleitos de los que no guardaba recuerdo.

Aún no siendo mi tarea la de indagar sobre el crimen me resultó imposible no pensar que Jessica podría ser una de las candidatas principales, Jessica y puede que las otras dos viudas, así como sus hijos, en el caso de que tuvieran edad y pericia para manejar un arma. Los periódicos afirmaban que el juez había decretado el secreto del sumario lo que me impediría acceder a información fiable sobre los hechos, esperaba que Jes me pudiera facilitar alguna documentación útil para saber por dónde empezar.

Llegué a unos grandes almacenes, fui a la sección de librería, allí había varios libros de Rafael Montes, seguramente algún encargado espabilado habría pensado que tendrían buena salida comercial en esos días, aunque sólo fuera por el morbo de descubrir si en alguna publicación podían aparecer pistas sobre su muerte. De entre todas las publicaciones la dependienta me recomendó un libro titulado El Gusto de Cataluña, su primer libro de éxito, una especie de compendio de la cocina catalana que tuvo el acierto de anticipar lo que luego sería el boom de la cocina catalana, la primera edición databa de 1985, en la solapa glosaban la vida de Rafael Montes, conocido como Montiño por sus críticas gastronómicas en un diario importante de Barcelona, una de las citas que aparecía en la tapa era del mismísimo presidente de la Generalitat que aseguraba que Montes era un «hombre de los que hace país, un visionario capaz de anticipar la que sería revolución culinaria catalana, un ejemplo de cómo la cultura colarse en los fogones». Compré una edición de bolsillo, no muy cara; aproveché también para hacerme un hueco en un punto de acceso gratuito a internet, allí pude buscar alguna información sobre Wren, Leonard Wren, un paisajista norteamericano que nació a principios del siglo XX, por lo que pude investigar no era un pintor muy cotizado, sus cuadros podían comprarse por mail por dos o tres mil euros, tenía una especial fijación por las terrazas de bares y restaurantes en primavera, acuarelas y óleos de regusto impresionista, según indicaba la reseña consultada.

Mi madre intentó ponerse en contacto en varias ocasiones, la imaginaba desesperada, seguro que había hablado ya con su amiga Mercedes y que habría en sus círculos mi encargo profesional. Caminé de nuevo hacia mi casa inquieto por lo que me depararía la entrevista del día siguiente, pasé de largo de la Santina, no tenía mucho apetito. Mi apartamento estaba helado, me convenía ahorrar en calefacción, calenté un poco de leche en el microondas antes de ponerme el pijama. No debían ser las diez de la noche cuando me metí en la cama más por frio que por cansancio, hice algo de zapping entre sábanas pero no encontré nada que me enganchara. Empecé a hojear el libro de Montes, una especie de dietario en el que recorría diversas ciudades y pueblos de Cataluña, iba hilvanando algunas anécdotas y explicaba el origen de algunos ingredientes, la historia de algunas recetas, citaba constantemente a Pla y a Vázquez Montalbán.

En la vida había sido capaz de ir más allá de freírme un huevo frio, sobrevivía a base de congelados y de los guisos de Cova. Me resultaba extraña la prosa de Montes, excesivamente elaborada, un punto pedante, sin embargo más me valía empaparme del personaje y de su entorno si quería asegurar el trabajo. De entre todas las recetas me llamó la atención un arroz con tripa de bacalao y vieira, Montes aseguraba que la cocina catalana le debía casi todo al bacalao, puede que tuviera razón. Para preparar ese plato se necesitaban dos cebolletas, 6 tomates, dos hojas de laurel, un diente de ajo, 250 gramos de tripa de bacalao desalada, 4 vieiras, 300 gramos de arroz, 50 gramos de piñones, 50 gramos de butifarra negra y aceite de oliva virgen; jamás hubiera pensado que ingredientes tan dispares podrían ser capaces de combinarse en una sartén. No tenía de idea ni dónde podría comprar tripas de bacalao ni cómo podría limpiarlas; me gustaban los callos que preparaba Covadonga, tripas de vaca, nunca las había guisado de pescado.

Montes explicaba de la necesidad de desalar bien las tripas de bacalao, un proceso en el que había que invertir varias horas ya que se tenían que sumergir en agua fría y reposar durante horas en la nevera, con cambios de agua cada 8 horas. El proceso de desalado obligaba a invertir 24 horas, luego había que escurrir bien el bacalao, cortarlo en tiras no muy finas.

En una cacerola grande se ponen a hervir agua en abundancia, cuando rompa a hervir se ponen las tripas, cuando vuelva de nuevo a bullir se retira el bacalao y se escurre al chorro de agua fría para romper la cocción.  El agua en la que se escaldaron las tripas se tiene que reservar.

En una sartén se pone un poco de aceite de oliva, se pica la cebolla en juliana – tuve que consultar qué significaba aquello de la juliana, que no era sino picar en tiras finas la cebolla -; el ajo, una pizca de sal y otra de pimienta, se rehoga la cebolla con el fuego suave y cuando queden transparentes se añaden los tomates cortados en cuartos con las dos hojas de laurel. Hay que dejar cocer durante 10 minutos antes de empezar a añadir el agua de la cocción del bacalao, por lo que explicaba el bacalao desprende una especie de grasilla gelatinosa que espesa el agua, tal vez por eso notaba yo que los dedos me quedaban pegajosos cuando apuraba los trozos de bacalao con los dedos. No debía añadirse toda el agua, sólo medio litro.

Se deja cociendo unos minutos hasta que rompa a hervir y luego se tritura bien el sofrito y se cuela para que queden las pepitas de los tomates y los restos de la piel. Se pone la salsa de nuevo en el fuego  y se añaden las tripas escurridas.

Sin dejar de remover se ponen en el guiso los piñones picados y la butifarra cortada en dados. Por lo que indicaba era importante lo de remover con una cuchara de palo y «empaparse de los olores del platillo».

Quedaba en la sartén una especie de estofado de color rojizo, espeso y humeante; llegaba el momento de añadir el arroz utilizando una tacita de café, lo de la taza era importante ya que tras el arroz tenían que poner el doble de cantidad de agua que de arroz. Tiene que cocer durante 14 minutos, tal vez un poco más; en el inicio de la cocción se pone el fuego más vivo, cuando hierva se reduce casi al mínimo. En una sartén a parte se doran las vieiras que se añaden al arroz justo cuando se lleve la cazuela a la mesa. Recomienda Montes no pasarse con la sal al principio porque el bacalao de suyo tiene un punto salado, debe rectificarse la sal y la pimienta antes de llevar el plato a la mesa.

Leí la receta a duras penas, los últimos pasos dando cabezadas. Aquella noche soñé con bacalao, con tripas, con Montes y sus periformas, imaginé cómo sería Jessica y si sería capaz de recordar la niña con la que me había cruzado en el parque. En la casa hacía un frio horrible y a media noche hube de levantarme para ponerme un chaquetón.