martes, 17 de marzo de 2020

Capítulo DI.- Diez Jornadas (1.6). Recibiréis ciento por uno.

Sexta jornada. Recibiréis ciento por uno.
Esta es la frase que sirve como referencia para el sexto relato del Decamerón. Una historia de enredo entre un pecador risueño, que aseguraba que haría un vino tan bueno que hasta lo bebería Cristo, y un cura codicioso que preferías poner penitencias económicas que rezos.
Imagino que en el relato de Boccaccio pesaría mucho que, en la zona de la Toscana, el vino en cuestión fuera un SanGienovesse, o un Brunello de Montalcino que seguramente fuera cierto que el propio dios lo bebería sin duda alguna.
No es momento ni circunstancia para escribir sobre vino, o puede que sí, estos días me han bombardeado todos los distribuidores virtuales de vino ofreciéndome las ofertas más sabrosas, con entrega gratuita en 24 horas.
Contabilizo la sexta jornada, la quinta en realidad, pero empecé el jueves por la tarde a revisar el Decamerón y llevo una jornada de adelanto.
Después de comer tarde grabar un video con los niños enseñando a sus amigos a preparar crepes (taller de crepes le hemos llamado, sin originalidades).
La historia de hoy del Decamerón tiene menos enjundia que las dos anteriores, aunque Boccaccio sigue aprovechando cualquier oportunidad para dejar en evidencia al clero. Criticar al poder (sea religioso o civil) es una constante desde el principio de los tiempos.
Cuando el vinatero pecador al expiar sus pecados escuchó al cura afirmar «Recibiréis ciento por uno y recibiréis la vida eterna» se echó a reír cuando se imaginó al cura ahogado en caldo aguado, ya que había pasado la vida ofreciendo a los pobres uno o dos tazones de caldo cada día, por lo que en el fin de los días recibiría un sunami de caldo aguado. Es de suponer que el pecador pensaba que el cura que le había castigado la única buena obra que había hecho en vida había sido la de dar caldo aguachirlado a los pobres.
La religión siempre lo ha tenido fácil, basta vincular las desgracias al pecado o al designio de dios para acogotar a los creyentes. Estos días he visto alguna imagen de un cura paseando por un pueblo con agua bendita espantando los virus.
Como los relatos van de curas, frailes y pecadores, puede venir bien la receta de las yemas de Santa Teresa, que no es muy complicada.
Se necesitan 12 yemas de huevo, 200 gramos de azúcar y un cuarto de litro de agua (un vaso de agua), unas gotas de limón y azúcar glass para la presentación de las yemas.
En una cacerola no muy grande se pone el azúcar, el agua y tres o cuatro gotas de limón. Se pone la cacerola al fuego para preparar un almíbar. El agua empieza a burbujear, se disuelve el azúcar y se va espesando hasta que queda un jarabe que no tiene que llegar a tostarse. No se trata de preparar un caramelo líquido, sino de preparar un almíbar clarito.
Se ponen las 12 yemas en otro perol, sólo las yemas, sin restos de clara, ni de cáscara. Se va incorporando el almíbar lentamente, por encima de las yemas, se va envolviendo las yemas con ayuda de un cucharón de madera o una espátula de las de silicona, resistente al calor.
Hay que mezclar las yemas con el almíbar a fuego mínimo, incluso, si es posible, poner el cazo cerca de la llama para que se temple, la gracia está en que no se cuaje de golpe, sino que se vaya espesando poco a poco hasta que cuaje del todo.
No deben quedar grumos, sino una crema espesa de color naranjoso que se  vuelva sobre una superficie de mármol, donde tiene que extenderse, con ayuda de la misma espátula. Cuando termine de enfriar, se recoge.
Se limpia la superficie de mármol, se espolvorea el azúcar glass y se extiende de nuevo la masa que tiene que enrollarse en cordón grueso (dice la Marquesa), es decir, ha de quedar como una especie de canelón alargado que se tiene que cortar en pequeñas porciones, redondearlo hasta que tome forma de una yema. Se espolvorea un poco más de azúcar. Cuando esté bien seco y cuajado se coloca cada yema sobre una cápsula de papel blanco (como las de las madalenas).
Asegura la marquesa que si se untan ligeramente los dedos con aceite de almendras dulces o con un poco de azúcar glass la masa no se pega a los dedos cuando se da forma a cada yema.

De compañía, un día más, una lectora solitaria en un tren, también de Hopper.
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lunes, 16 de marzo de 2020

Capítulo D.- Diez Jornadas (1.5). Los placeres y los días.

La quinta jornada ha amanecido con una bajada drástica de temperatura y lluvia permanente desde media mañana. Día gris, acorde con los tiempos.
Me resulta inevitable pensar en que el Real Decreto que ha declarado el estado de alarma no ha pensado en los amantes clandestinos, tampoco en los amoríos nuevos, los que están sin consolidar. Es un Real Decreto hecho a la medida de las clases medias, de parejas consolidadas, a poder ser con niños, pero no tiene ningún  aliviadero o previsión para quien tengan un amor secreto, un amante esporádico.
Pienso en parejas que empiezan ahora una relación, que todavía no se han planteado vivir juntos. También en amantes clandestinos que ahora no podrán buscar esas zonas de penumbra para mandar un mensaje o para tener un momento de despiste para un encuentro furtivo.
Encerrados en casa, con los móviles encima de la mesa, echando fuego, será difícil tener ese instante de intimidad o ese espacio para mandar un “te quiero” o un “te deseo”, sin correr riesgos innecesarios.
Son casi imposibles los encuentros casuales, salvo que se disponga de perro o se busque coincidir en el Mercadona, que probablemente es uno de los lugares menos propicio para el amor de los diseñados en este mundo moderno.
Puede que un aparcamiento de una gran superficie pueda ser adecuado para un contacto visual, puede que para su leve roce de manos, sometido a todo tipo de desinfecciones posteriores; pero en un aparcamiento de los actuales parece imposible habilitar ese espacio para la confidencia amorosa, para la caricia. No se trata sólo de la infidelidad, que ya de por sí suele acarrear problemas, sino también de la ruptura de los círculos de confianza. No se trata sólo de poner los cuernos, muy mal vistos, sino de poner en riesgo de infección a ese entorno familiar que está esperándote en casa a que llegues con una bandeja de hamburguesas o un brick de caldo de pollo para hacer una sopa de fideos.
Dentro de las razones de urgencia o de fuerza mayor, el Real Decreto debería haber reconocido expresamente los encuentros furtivos de amantes apasionados, mucho más necesarios que las peluquerías y las ópticas, que sí tuvieron el visto bueno del legislador.
Puede que quienes hagan las leyes nunca hubieran estado  enamorados.
Y si mala es la situación de los amantes, de las parejas incipientes que van a ver limitadas durante semanas sus opciones de roce. Peor es la de quienes estuvieran al borde de la ruptura, de quienes, tras meses de tensiones e incertidumbres, habían decidido ya separarse. Estas parejas quebradas quedan ahora condenadas a convivir en un escorzo final, sometidas a todos los riesgos, incluso el más grave, el de una falsa reconciliación.
Perdido en estos pensamientos, sin poder salir al jardín unos minutos para tomar un poco de aire porque hace frío, viento y una lluvia muy molesta.
Leí la quinta novela del Decamerón, la narradora es una mujer, Fiameta, que se mostró escandalizada por la historia anterior. La suya es una novela mucho más sutil, una metáfora sobre la seducción y la capacidad para resistirse a ella.
La protagonista era la mujer del marqués de Monferrato, que tiene que soportar los devaneos del rey de Francia, que aprovecha la ausencia del marqués, que por lo visto estaba guerreando, para intentar seducir a la virtuosa esposa de su vasallo, presentándose en el palacio para intentar seducirla.
La marquesa, a la que nada apetecía menos que las artimañas del rey de Francia, decide recibirle con todo el boato y la parafernalia que exige su invitado, organizándole la mejor de las fiestas. Decidió reunir todas las gallinas que había en la comarca y durante el tiempo que estuviera el rey en su palacio darle de comer guisos de gallina en todas sus variedades.
El rey, sorprendido porque todos los platos se hicieran a base de gallina en todas su variedades, preguntó, por fin, harto de comer gallina: “Dama, ¿nacen en este país solamente gallinas sin ningún gallo?”.
A lo que la noble contestó: “No, monseñor; pero las mujeres, aunque en vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual aquí que en cualquier parte”.
Fino y elegante Boccaccio. Nada que ver la elegancia de esta quinta historia con la anterior.
A la salud de Fiameta, propongo un bizcocho de chocolate y castañas, acorde con el tiempo frio. No necesita huevos, ni horno.
Se necesitan 500 gramos de castañas, 100 gramos de azúcar glass, 100 gramos de mantequilla, 100 gramos de chocolate.
Las castañas tienen que ser peladas, despellejadas. Hay una vieja receta que recomienda hervir las castañas en leche para que queden más sabrosas.
Hay que convertir las castañas en puré, mezclarlas con la mantequilla a punto de pomada, el chocolate también deshecho y el azúcar. Hay que mezclarlo todo bien, hasta que quede una crema fina, sin grumos, que debe pasarse a un molde para que se vaya cuajando. Se deja un día el molde en la nevera (no es necesario el congelador, el pastel cuaja con el frio normal de la nevera, el chocolate se solidifica y la mantequilla también haciendo en realidad un pastel con un punto arenoso, por la pasta de castaña).
Se puede servir con un fondant de chocolate negro por encima.

Nuevo cuadro de Hopper, también se puede estar sólo en pareja.
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domingo, 15 de marzo de 2020

Capítulo CDXCIX.- Diez Jornadas (1.4.). más pandémica y menos celeste.

Cuarto día de aislamiento. Ayer se anunciaron nuevas medidas, parece que definitivas. Supongo que hemos llegado a este punto porque en el fondo somos una sociedad mucho menos madura de lo que nos creemos. Los datos apuntan a que en unos días el parón será global, todo un experimento sociológico y económico el de conseguir que se ralentice la actividad en todo el mundo.
Medidas tan drásticas necesitarían alguna explicación complementaria, no basta con apelar al patriotismo. Una privación tan grave de derechos básicos obligaría a mayores explicaciones y a menos frivolidad. Me cuesta mucho ver en la televisión a los mismos tertulianos del Sálvame de Luxe hacer ahora de cronistas de la evolución del coronavirus y de las medidas a adoptar. Con todos los respetos, la opinión de muchos de ellos sería absolutamente prescindible, sobre todo sabiendo que estos personajes gozan de mayor libertad ambulatoria de la que disfruto yo y, además, cobran 1000 eurillos por aparecen en estos programas.
Sigo con mi lectura del Decamerón, con la novela cuarta entramos en terrenos más turbios, el cuarto relato es plenamente uno de los que inspiró a Pasolini para su Decamerón. Se trata de una historia licenciosa, impensable en pleno siglo XXI, absolutamente incorrecta en todos sus elementos y, sin embargo, encantadora. Hay que ponerse en el contexto de mediados del siglo XIV para disfrutar de la historieta en toda su extensión.
El relato tiene todos los elementos ingenuamente lúbricos que han llegado hasta casi nuestros días. Frailes lujuriosos, dobles y triples morales, campesinas tomadas al asalto y escondidas en las celdas del convento, complicidades en el pecado, donde a quien mayores exigencias y responsabilidades se piden mayores faltas cometen.
La novela, salvando todas las distancias, es muy divertida, complicada de transponer nuestros días sin caer de lleno en lo políticamente incorrecto.
Un fraile joven que regresa de realizar sus tareas en un pueblo y cae “fieramente asaltado por la concupiscencia carnal” tras ver a una joven campesina.
“se puso de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se apercibiese”, aun sabiendo que era “pecado”.
El abad del convento, sorprendido por ruidos extraños, espía al joven fraile, descubriendo su falta.
“El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso”.
Abandona su celda para buscar la manera de que su compañera pueda abandonar la celda discretamente. Acude a ver al abad, urdiendo una excusa que justifique su ausencia. El joven fraile sabe que el abad conoce sus pecados, aun así entablan una conversación sin mucho sentido que justifique que el fraile pueda salir del convento.
El abad en principio quiere imponer un severo castigo al joven fraile, una dura reprimenda, valora si mostrar a la mujer en la celda a la vista del resto de miembros de la congregación.
Tras dudarlo, el abad decide acceder a la celda del joven fraile, donde se encuentra con la mujer que, temerosa, rompe a llorar.
El abad se decide, “¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé por qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda”.
No sé si es mayor la maldad de Boccaccio al poner en boca del abad que aquel era un regalo de dios, que no podía rechazar, o escribir, apenas unas líneas después que “La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con ella”.
Finalmente es el joven fraile el que descubre las artimañas del abad y acuerdan guardar un discreto silencio y complicidad. “El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron volver”.
En los tiempos actuales conviene pensar que la chica accedió libre y alegremente a su encuentro con ambos clérigos, que ella tomó el mando de la situación y que fue ella la que decidiera volver cuantas veces considerara oportuno para disfrutar del vigor y la frescura del joven fraile y la sabiduría no siempre honesta del viejo y pecador abad.
Lo dicho, un cuento que sería imposible de escribir actualmente sin darle la vuelta por completo al relato. Los Placeres y los Días, como la vieja novela de Marcel Proust.
Tiempo habrá de volver en estos días a Marcel Proust, no a los Placeres y los Días, sino a su búsqueda del tiempo perdido. Estoy aprovechando estos días de clausura para leer el Tiempo Recobrado, el último tomo del proyecto literario de don Marcelo.
Si la gente empezara a leerse la Recherche por el último tomo, el ambientado en plena Primera Guerra Mundial, a lo mejor no citaba la escena remilgada de la madalena y se centraban en los placeres masoquistas del barón de Charlús. Los placeres y los días que se describen en este tomo VII son mucho más crudos que las ingenuas historietas galantes de Boccaccio.
Sigo con mi plan de repostería virtual.
La receta de colineta de ayer la completa la propia marquesa con una variante, a la que llama colineta de José-Manu. El procedimiento de batido y cocción es el mismo que comentaba ayer, cambian los ingredientes y las proporciones.
Son siete los huevos que se emplean, separando yemas y claras. 350 gramos de azúcar molido y 350 gramos de almendra molida (cruda y marcona). Una pizca de levadura en polvo Royal y raspadura de limón. Al incrementarse el porcentaje de los ingredientes conviene incrementar el tiempo de horneado, por lo menos en 7 u 8 minutos más.
Asegura la marquesa, la divina marquesa, que si una vez fría y desmoldada la colineta de José-Manu se emborracha en almíbar y se glasea, la colineta pasa a ser colineta maravilla.

Seguimos con la serie de Hopper, el personaje de hoy, aislado en un hotel, sería una de las damas a las que reunió Boccaccio en el palazzo de los arrabales de Florencia para fabular.
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sábado, 14 de marzo de 2020

Capítulo CDXCVIII.- Diez Jornadas (1.3). Pandémica y celeste.

Tercera jornada. Pendiente de que se asome por la televisión el presidente del gobierno para anunciar las medidas que acompañan al estado de alarma. Me he dado cuenta de que, como diletante en la cocina, llevo 501 un capítulos, aunque con mis despistes con los números romanos he duplicado alguna entrada, por eso marcará el capítulo CDXCVIII, en vez del DII, que facilitaría mucho el seguimiento de los números.
A primera hora de la mañana mi mujer y los niños han salido a correr, han buscado un parque no muy lejano desde el que se veía toda la ciudad. Han mantenido la distancia de cortesía con otros corredores matutinos, no muchos. Yo he bajado a comprar el pan y algo de verdura. Estamos pendientes de poder leer el Real Decreto sobre el estado de alarma, dicen que se va a prohibir el salir a hacer deporte por la calle.
Los empleados del supermercado estaban muy cabreados, con razón, dicen que nadie piensa en ellos, que tienen familia, que los transportes públicos no funcionan bien, que asumen muchos riesgos y ni  siquiera tienen la opción de tomarse un café. Tienen razón, le digo mientras me corta una pechuga de pavo en filetes porque se han agotado los pollos.
Aseguran que los suministros no fallarán, pero lo cierto es que estos dos últimos días han sido un delirio. Las imágenes de la gente llevándose paquetes de 24 rollos de papel higiénico pasarán ya al imaginario colectivo.
Anuncian del colegio de los niños que una de las profesoras del claustro ha muerto, no ha superado un cáncer. Es una pena que estas noticias pasen desapercibidas, arrastradas por el monotema del virus. Tendremos que ir sacudiéndonos la obsesión por darle vueltas a la cuarentena, su origen y sus consecuencias para empezar a ocuparnos de asuntos más cotidianos, aunque sea desde la distancia virtual.
Sigo leyendo el Decamerón, la tercera de las historias, da mucho que pensar, parece una historieta sin sustancia y al final terminan asomando todas las aristas. Al final propone una sabia reflexión sobre si realmente debe exigirse la necesidad de elegir, probablemente si Shakespeare hubiera aplicado este cuentecillo para gestionar el Rey Lear, la historia hubiera sido bien distinta.
Cuenta la historia de un hombre valiente pero arruinado que quiere pedirle dinero a un usurero. Como no quiere pedírselo directamente, le propone al usurero un dilema moral al que el usurero, Melquiades, contesta con una pequeña parábola sobre un padre que tenía tres hijos y un solo anillo con el que indicaba a su heredero. El anillo pasa de generación en generación, de modo que cada padre tiene el conflicto de decidir a qué hijo le entrega el anillo que marca la sucesión (imagino que patrimonial); hasta que llega un momento en la cadena sucesoria que pasa de padres a hijos y que, supongo, generaría muchos conflictos, el último de los progenitores decide encargar en secreto otros dos anillos exactamente iguales, de modo que en vez de tener que elegir, decide recompensar a sus tres hijos con tres anillos que resulta imposible distinguir. Así se resuelve el conflicto de una estirpe y así Melquiades traslada a su prestatario que con artimañas y falsos dilemas no le sacará nada.
Es divertido leer el Decamerón, ver el juego de espejos que va montando Boccaccio a partir de los relatos dentro del relato.
Sigo con mis recetas virtuales, no quiero coger 15 kilos de más en dos o tres semanas, aunque hoy he preparado unas cocochas de bacalao al pil-pil y unas lentejas con mollejas.
La marquesa de Parabere me ofrece hoy la receta clásica de colineta, un bizcocho que suelo tomar cuando voy a Bilbao (la de la Pastelería Arrese es legendaria). Se sustituye la harina por almendra molida, pero aún y así es un bizcocho muy esponjoso.
Para la receta se necesitan 125 gramos de almendras molidas, la misma cantidad de azúcar glas, 9 yemas de huevo, cuatro claras, la corteza de medio limón y un poco de mantequilla para engrasar el molde.
Mientras se atempera el horno (140º) se baten las 9 yemas de huevo en un bol, con el azúcar. Hay que batir con paciencia y con fuerza hasta conseguir que doble el volumen y se espume bien (con los nuevos robots de cocina estas operaciones se hacen en minutos, pero lo relajante es disponer de tiempo para poder hacer estas tareas a mano, dejando la mente en blanco).
La marquesa propone que las tareas de batido deben extenderse al menos durante media hora.
Cuando estén bien espumadas las yemas con el azúcar se añade la almendra molida y se sigue batiendo durante diez minutos más (estos 10 minutos adicionales son de mi cosecha).  Se incorpora la ralladura de medio limón. Se termina de compactar la masa.
Queda solo incorporar a la masa las claras a punto de nieve, siempre con su punto de sal y sus gotas de limón. Hay que hacer esta fase del bizcocho con cuidado, haciendo el juego de varillas de modo envolvente, como si fueran olas dulces que van amalgamando todos los ingredientes.
Se traspasa la mezcla a un molde alto, engrasado con mantequilla y un poco de harina para que no se pegue (puede ponerse papel satinado, que cumple la misma función).
Se cuece durante 20 minutos a 140º (ojo con los hornos y sus temperaturas), el fiel de la receta es pinchar con la punta de un cuchillo y comprobar que no salga mojada.
Se deja atemperar en el horno, para que no se desinfle el bizcocho y se sirve frio. Si no recuerdo mal en Bilbao sirven la colineta cubierta de merengue. O con un glaseado.
Sueño ya con la colineta y espero poderla hacer pronto.

De momento Hopper sigue prestándome personajes perplejos ante la nada.
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viernes, 13 de marzo de 2020

Capítulo CDXCVII.-Diez Jornadas (1.2). Acciones inicuas.

Por fin me he hecho con un ejemplar aceptable del Decamerón, una edición razonablemente cómoda de leer que me permita solventar los problemas de mi primera entrada. Ya no tengo que ser un falsario y escribir de oídas. He podido leer los primeros capítulos, da miedo la actualidad que tienen, aunque el coronavirus sea infinitamente menos letal de lo que fue la peste. Aunque lo que dice Boccaccio pueda predicarse de lo que ocurre hoy:
         «Llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente».
Ya han anunciado el estado de emergencia y parece que hay que tomarse en serio lo del aislamiento. Esta mañana, que había solecito, la plaza estaba más animada que nunca, llena de niños y de abuelos aprovechando el sol templado de marzo. Han sido los medios de comunicación los que nos han puesto las pilas sobre el alcance del aislamiento. Nosotros hemos cancelado todas nuestras citas y obligaciones, incluidas las de ver amigos, entono mi mea culpa y reconozco que había quedado con algún amigo de los que estaba convencido de que no estaba afectado por el virus para tener un momento de esparcimiento.
Es imposible no reírse viendo a los madrileños (yo soy madrileños) saliendo en tropel hacia la playa y las segundas residencias.
Yo sigo leyendo el Decamerón, me gustaría que en casa mis hijos aceptaran el reto de contar una historia cada uno de los días que tenemos por delante, pero sé que será complicado, aunque pienso intentarlo. Si se animaran a lo de contar una historia cada uno de los días sería más sencillo organizar una planificación basada en la dialéctica, como hacía Boccaccio, en el que cada narrador se veía espoleado por el anterior.
Mientras imagino una ciudad desierta, por la que sólo aparecen ciclistas de El Glovo, repartiendo comida por los pisos, y furgonetas de Amazon, empiezo a darle vueltas a la segunda de las historias del Decamerón, una historieta muy divertida y paradójica sobre la fe y la religión.
Imagino a un conocido que vive aislado y tranquilo en un pueblecito en la montaña, muy separado de mi ciudad. No nos vemos con frecuencia, pero mantenemos un intenso contacto por wasap, por redes sociales, incluso hablamos por teléfono de vez en cuando. Él es un enamorado y firme defensor de la vida tranquila, alejada del mundanal ruido, del caos de la gran ciudad.
En nuestro diálogo virtual yo intento convencerle de las bondades de vivir en la gran ciudad, le recomiendo que lea a sociólogos y agitadores culturales que defienden la vida en las grandes conurbaciones. Creo que si lee mucho sobre las oportunidades de vivir en Barcelona, en Madrid, en París o en Roma podrá disfrutar de las ofertas culturales permanentes, de la opción de poder mandar a sus hijos a estudiar a una buena universidad, del placer de callejear, disfrutar viendo gente extraña.
Él no quiere, está encantado con las dimensiones de su vida. También cocina, pero se queja de que no siempre puede encontrar los ingredientes que le gustaría, que vive muy apegado a la huerta y al mercadillo que se organiza en su pueblo una vez por semana. Yo le seduzco con los restaurantes maravillosos a los que no puedo ir, porque no tengo tiempo o dinero, también de los mercados llenos de productos de todo el mundo, que tampoco suelo frecuentar porque quedan lejos de casa y se han convertido en atracciones turísticas.
Bombardeo su correo electrónico con links sobre los mercados de Barcelona, sobre los nuevos restaurantes que puede descubrir, le mando las agendas de ocio que publican los diarios. Quiero que se enamore de la ciudad, de cualquier gran ciudad.
Mi amigo por fin se anima, rompe las barreras que anteponía, pero en vez de empezar a consultar todas las referencias virtuales que le mando, decide venir a visitarme.
Me entra el vértigo, apenas nos conocemos. No casi no he hablado en casa de él y, de repente, decide venir a pasar una semana a la ciudad. No lo hablamos con franqueza, pero él cuenta con venir a mi casa, gozar de mi hospitalidad y que yo le haga de guía por la gran urbe.
Lo organizo con alfileres, convenzo a mi familia de que tenemos que dejar libre la habitación de invitados. Veo mi agenda y descubro que la semana que pretende visitarme es un caos, llena de reuniones y de compromisos.
Apenas podré dedicarle unas horas, en el mejor de los casos una cena forzada en casa. Él mantiene su decisión, llega a la ciudad, justo una semana de lluvia, de atascos y de manifestaciones.
No puedo acompañarle a ningún sitio, yo esperaba que mis indicaciones le ayudaran a sobrevivir en un lugar en el que no conoce a nadie.
Durante sus siete días en la ciudad le robaron la cartera, se le rompió el teléfono móvil, la conexión a internet de casa le falló. Había una huelga de transporte público y no pudo ir a ningún museo porque había una movilización de estudiantes que bloqueaba la entrada de las pinacotecas de la ciudad.
Los tres restaurantes a los que, por intuición, quiso acudir fueron un fiasco, caros, de mala calidad y con un servicio horrendo.
El domingo marchó, no pude ni tan siquiera acercarle a la estación, los niños tenían una fiesta infantil.
Pensé que nunca más me hablaría, que incluso bloquearía mi correo a golpe de reproche, sin embargo, llegó el lunes y recibí la primera misiva, mi amigo estaba encantado, me comunicaba que había decidido venirse a vivir a la ciudad.
No se había vuelto loco, al contrario, era muy consciente del caos que había vivido, del desastre de sus días en Barcelona, pese a ello pensaba que sólo una fe como la mía en el progreso, una fe como la de muchos habitantes de la ciudad, permitía pensar que podría surgir algo bueno y positivo de aquel cafarnaum.
Ya decía Boccaccio en su segundo cuento, en boca de Abraham, el judío converso:
         «te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano».
En definitiva, la fe y, sobre todo, la amistad, mueven montañas.
Como receta del día (receta virtual porque como haga uno de estos pasteles cada día me voy a poner como un personaje de Botero) un bizcocho de chocolate que, en la indicación de la marquesa, es muy fino y esponjado.
Se necesitan 300 gramos de harina, 200 de azúcar (yo pondría la mitad), 3 onzas de chocolate (una tableta o 220 gramos de pepitas de chocolate, negro del 70%, de los de repostería, quizás un pelín más si eres goloso). 2 huevos. Una cucharadita de levadura en polvo (vale la Royal) y mantequilla para untar el molde.
La receta empieza engrasando el molde, un molde alto. La receta es para 6 comensales.
En un bol de los de loza se pone la mantequilla a temperatura ambiente, cortada en taquitos y el azúcar. Se bate bien hasta que empiece a espumar la mezcla.
Se derrite el chocolate al baño maría, se añade poco a poco a la mantequilla el chocolate fundido, mezclándolo bien. No conviene que el chocolate esté muy caliente, 36º son suficientes para que funda el chocolate.
Después se añaden las yemas de los huevos, se sigue batiendo. Y, finalmente, la harina tamizada con la levadura. Se mezcla bien para que quede una masa esponjosa y sin grumos (ojo no amasar con las manos, se pegará mucho).
Se baten, por separado, las claras a punto de nueve (suben mejor con una pizca de sal y tres gotas de limón). Se mezcla con la masa. Se deja reposar media hora a temperatura ambiente y se pasa al molde engrasado.
Horno a 140º, unos 25 minutos (si el horno lleva ventilación se baja un poco más).
Se abre y pincha con cuidado, para ver que está bien cocido y se deja atemperar dentro del horno.
Puede servirse con nata, o con unas virutas de chocolate por encima.

Sigo con la serie de personajes aislados solitarias de Hopper.
Cape Cod Morning Painting by Edward Hopper Art Reproduction image 0

jueves, 12 de marzo de 2020

Capítulo CDXCVI.- Diez jornadas (1.1).Umana cosa è aver compassione degli afflitti.

«Umana cosa è aver compassione degli afflitti».  Así empieza el Decamerón, es humano tener compasión por los aflijidos.
Hoy a media mañana han comunicado que se suspendía la actividad educativa en Barcelona durante al menos 15 días, en Madrid las restricciones empezaron a principios de semana.
El coronavirus ha ido invadiendo nuestras vidas y nuestra realidad en las últimas semanas, lo ha hecho poco a poco, apenas ocupaba unas líneas a finales de un año pasado, cuando parecía un problema de los chinos. Al final, como una gota de aceite, ha terminado por mancharnos a todos, a convertirse en el único tema de información y de conversación, la única preocupación.
Durante estos días he intentado abstraerme, distinguir lo que es información necesaria del puro morbo o de la simple intoxicación. Las secuelas físicas de este virus todavía se tienen que evaluar, pero las éticas y sociales las tenemos ya a nuestro alcance. El mundo que asoma por las pantallas estos días no es muy distinto del que pude ver hace unas semanas en la película Parásitos.
Escuchaba en la radio que se han multiplicado por mil las ventas del libro de Albert Camus “La Peste” y que el “Ensayo sobre la Ceguera” de Saramago también ha disparado sus ventas. Puede que algunos busquen consuelos en la literatura para pasar las horas de aislamiento. Otros prefieren bucear en la lista de películas y series que ofrecen Netflix o Movistar, mientras suben y bajan a los supermercados para comprar cosas que no necesitan y almacenarlas.
Las autoridades hablan de la necesidad de aislar el virus con medidas cada vez más severas, después de haber frivolizado durante muchos días el posible alcance de la amenaza. Nosotros convertimos las medidas de cuarentena en una especie de acontecimiento social en el que las redes sociales y piensan que las medidas a adoptar son compatibles con pasear por las avenidas.
Yo me quedo con lo que ha hecho Jorge Drexler, que ha colgado una canción en su web para pedir disculpas a los que se han visto afectados por la cancelación de sus conciertos, Codo con Codo, es una canción de urgencia, pero la letra es bonita. Está bloqueada su web, pero se puede acceder a ella por medio del link (https://www.rionegro.com.ar/la-cancion-de-jorge-drexler-sobre-el-coronavirus-codo-a-codo-1285056/).
Me cuesta ser pesimista, tengo los libros de Saramago y de Camus por casa, pero no los voy a leer estos días de semicautiverio, prefiero el Decameron, aunque poco tengan que ver las medidas que nos toca adaptar (extremar la higiene, evitar tumultos, evitar contactos directos y ser responsables de que una decisión a la ligera puede poner en riesgo a muchas personas). Nada tiene que ver el coronavirus con la peste sobre la que escribía Boccaccio. También es verdad que quedar confinado en una villa cerca de Florencia tiene poco que ver con encerrarse en un piso de una gran ciudad.
Supongo que todos en nuestro fuero interno estamos convencidos de que no nos toca enfermar y que podremos relajar alguna de las medidas que, de momento, nos sugieren. Las cifras que barajamos son todavía llevaderas, aunque se haya incrementado el número de afectados en casi mil en 24 horas, lo que en una progresión aritmética puede hacer que en pocas semanas un 70% de la población se vea afectada por el virus, colapsando los servicios públicos primarios.
Hasta ahora cuando hablaban de pandemias me acordaba de Pandémica y Celeste, el poema de Gil de Biedma.
Estos días en los que necesariamente se ralentizará la actividad me gustaría ser capaz de escribir una entrada cada uno de los días, siguiendo, más o menos, el plan de Boccaccio, diez jornadas con diez historias cada jornada.
De momento no puedo confinarme en un palacete a las afueras de la Florencia renacentista. Tampoco es posible elegir los recluidos, toca familia, gestionar niños y trabajar a distancia, que no es un problema.
En el Decameron los cuentos y las parábolas ejemplarizantes se combinan con algunas escenas eróticas (para una generación no muy lejana a la mía el Decameron es la película de Passolini, prohibida durante años), y reflejos de la vida cortesana, donde la buena mesa era un elemento básico.
Mis diez jornadas las voy a afrontar acompañado del recetario dulce de la Marquesa de Parabere, más de quinientas recetas de dulces de todo tipo, que dan margen para un larguísimo diario de supervivencia entorno a la repostería.
También me gustaría que en esa reclusión virtual hubiera espacio para alguna pintura, he pensado que los seres solitarios de Edward Hopper podrían encajar bien.
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Para el primero de los cuentos, el del notario Cepparello que engaña a un fraile haciéndose pasar por virtuoso cuando en realidad es un canalla, consiguiendo así la santidad, no hace falta hacer un gran esfuerzo de imaginación, basta con darse un paseo por las redes sociales, elegir cualquier influencer que no conozcamos, aquel que nos genera más confianza o quien nos deslumbra más, no hay que descartar que sea en realidad un canalla que haya aprovechado los recovecos de las red para perfilarse como alguien virtuoso, digno de fiabilidad.
Yo mismo sería un excelente ejemplo de notario Cepparello, no en vano he acudido a una página web de internet para hacerme con unos resúmenes del Decameron, donde sintetizan cada uno de los cuentos. La red permite hacer todo tipo de trampas. Y ese primer cuento termina advirtiendo que «Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso».
La primera receta es del bizcocho alemán conocido como Hugelhof. Para prepararlo se necesitan 375 gramos de harina de fuerza, 175 gramos de mantequilla, 100 gramos de pasas sin pepita, 50 gramos de azúcar glas, 25 gramos de levadura prensada, 3 huevos (grandes apunta la marquesa), 2 docenas de almendras, 1’5 decilitros de leche, una pizca de sal y mantequilla para untar el molde. Ron, kirsch u otro licor que no sea muy seco.
Se recomienda un molde redondo, acanalado, de bordes altos. Hay que untarlo que abundante mantequilla.
Las almendras, crudas y peladas, se ponen en pequeñas láminas por el fondo del módulo (ahora las venden ya laminadas).
Las pasas se ponen a macerar en la leche (también pueden macerarse en algún alcohol con un punto dulce.
Se deshace la levadura en la leche tibia. Mientras se deshace, sobre la mesa de trabajo se tamiza la harina, haciendo la forma de un volcán. En el centro se cascan los huevos (mejor si están a temperatura ambiente), la sal, el azúcar y la levadura desleída, también las pasas hidratadas. Se mezcla todo con cuidado. Cuando esté bien compactada se añade la mantequilla cortada en dados, mejor si está en pomada, no muy dura.
Si la masa pide más leche tibia, se añade poco a poco hasta conseguir que quede bien ligada y flexible. La masa tiene que brillar bien, por efecto de la mantequilla.
Se vierte en el molde y se deja reposar varias horas en un rincón caliente de la casa (por lo menos a 25º ambiente). Se cubre con un paño y se deja fermentar hasta que la masa doble.
Una vez ha subido la masa, se pone en el horno a 140º, se coloca el molde en la zona media, y se cuece durante 25 ó 30 minutos, vigilando de vez en cuando. No tiene que tostarse mucho, ha de tomar un color uniforme, doradito. Hay que dejar que se atempere dentro del horno, para que no baje de golpe.

Una vez atemperado se desmolda, se espolvorea un poco de azúcar glas y se sirve.

domingo, 8 de marzo de 2020

Capítulo CDXCV.- Dónde he dejado al diletante ?

¿Dónde he dejado al Diletante? El último capítulo, hace poco más de un mes, hacía referencia a un fin de semana que pasamos encantados en París toda la familia. Lo que no preveía es que de aquel viaje además de traer todo lo que conté en la última entrada es que traería también un gripazo demoledor.
Lo pillamos casi toda la familia, sólo se salvó uno de los infieles; primero cayó el pequeño, que estuvo una semana hecho un guiñapo, sin ir al colegio, aunque se recuperó muy rápido. Después cayó su madre, lo suyo fue mucho más duro, y, finalmente yo, que hacía años que no me sentía tan mal.
La gripe que pillamos es de la llamada tipo A. Este año viene especialmente dura. Muchos de los síntomas se confunden con los del coronavirus, por lo que en algún momento durante las últimas semanas nos hemos tenido que, en realidad, fueras ese virus y no la gripe lo que pillamos en París.
Por casualidad me tocó volver a París días después del primer viaje. Esta vez era por trabajo, un curso con compañeros de varios países europeos. Dejé mi casa como un hospital de campaña, con un niño y mi mujer tirados en el sofá. Mi viaje era de 30 horas, poco tiempo para hacer gran cosa.
Me marché ya con alguna molestia, dolor de articulaciones. Pensé que era psicosomático, soy un poco hipocondriaco y enseguida me identifico con los enfermos de mi entorno. Me dolían un poco los huesos, pero pensé que durmiendo un poco en el avión se me pasarían los males.
Tenía planeado escaparme a cenar al Atelier de Joel Robuchon durante mi nuevo viaje. Un pequeño homenaje que pensaba darme sólo, en plan campeón.
La llegada a París fue un tanto caótica, nos obligaron a todos a pasar por el control de pasaportes, yo no llevaba pasaporte, sólo en carnet de identidad, por lo que me chupé la cola en vez de pasar por el sistema automático de identificación de pasaportes. Los franceses estaban muy cabreados por tener que compartir colas y penurias con el resto de europeos.
Algo debí de hacer mal al pasar el control porque, después de dar varias vueltas por Charles de Gaulle, aparecí en la zona de llegadas de áfrica, obligado de nuevo a pasar un segundo control. Ni qué decir tiene que el gendarme que me atendió no fue nada amable, intenté explicarle en inglés que me había perdido por los pasillos. El policía no hablaba nada de inglés, por lo que tuve que tirar de mi francés rudimentario para explicarle las razones por las que tenía que pasar por otro control en menos de una hora. Ya me veía confinado en un calabozo por la incidencia, pero al final, después de veinte minutos dándole explicaciones sobre mi despiste, conseguí que me dejara salir al exterior, a un exterior muy alejado de la línea directa de tren. Tuve que coger una lanzadera que me dejó en la estación del RER.
El incidente no tuvo mayor importancia, aunque yo seguía encontrándome cansado, algo sudoroso y pesado, con algún carraspeo. Rodeado de chinos, japoneses y coreanos con mascarillas que se apartaban de mi lado como si tuviera la peste.
Mis planes de pasear unas horas por París antes de empezar con el seminario al que iba se diluyeron, llegué con la hora pegada al culo, incluso tuve que darme alguna carrera por los pasillos del RER para ser puntual. No pude pasar por el hotel y el ajetreo no me venía especialmente bien.
Pensaba que el seminario sería en inglés, mi sorpresa fue que los colegas francófonos se rebelaron y decidieron hacer las intervenciones en su idioma natal, había algún traductor simultáneo que pasaba del francés al inglés, pero, al tratarse de una sesión muy técnica, los esfuerzos del traductor eran vanos, incluso contraproducentes, porque cada frase era un auténtico galimatías. Decidí deshacerme de los auriculares y afrontar el debate con mis rudimentos de francés, algo de imaginación y mucho morro. Terminé peleándome con unos colegas belgas y polacos porque su interpretación de un Reglamento comunitario de insolvencias era retrógrada, opinaban lo contrario de lo que se pretendía con el Reglamento.
Entre mis sofocos de la incubación de la gripe, el sofoco del idioma y el sofoco de una discusión en la que se mezclaban cuatro idiomas terminé agotado.
A las cinco de la tarde nuestros anfitriones nos ofrecieron un pequeño refrigerio tristón e insulso, unos canapés secos, zumos a temperatura ambiente, café en aguachirle y poco más. Habíamos coincidido varios españoles en el evento y los más jóvenes se animaban a ir al hotel caminando (poco más de una hora a pie) y tomar unas cervezas. Olvidándome de todos mis males, me apunté a las cervezas en vez de ir al museo de Orsay, que fue la opción de los más sensatos, por lo que llegué al hotel derrengado.
Había descartado la opción Robuchon, no estaba muy católico y no lo habría disfrutado. Éramos un grupo de 12 y apelaron a mi condición de Diletante para solucionar la papeleta de la cena. Tras algunas gestiones conseguí que nos hicieran hueco en una braserie no muy lejos del hotel. Era barata, pintona y la comida correcta. La cena transcurrió divertida, aunque los sopores previos a la gripe iban en aumento.
Llegué a la habitación del hotel pasadas las once, ya con décimas de fiebre. En el neceser llevaba paracetamol, que algo alivió el malestar y me permitió conciliar el sueño durante unas horas. Pasadas las 4 de la mañana me desperté, leí un rato, di alguna cabezada y, al final, bajé pronto a desayunar para poder darme un paseo por la ciudad, a ver si me despejaba.
Durante la sesión de la mañana tuve una nueva batalla campal con los polacos, un enfrentamiento estéril, porque no tuvimos tiempo ni habilidades para desplegar todos los matices que necesitaba el debate.
A las doce nos llevaron a comer a una brasería muy coqueta, en la orilla izquierda del Sena, no muy lejos de Notre Dame. La comida más que correcta, sobre todo el pollo que nos pusieron de segundo plato, los parisinos son unos maestros en el arte de brasear y el puré de patatas era una delicia. Con ayuda de un poco de vino parecía que el conato de gripe quedaba atrás.
Mi avión salía a las seis y media de la tarde, por lo que me salté la sesión de clausura y me marché con un amigo a tomar un largo café. A las cuatro y media me cogería de nuevo el RER hacia el aeropuerto, poco más de una hora para atravesar París en un tren atestado.
Me dio tiempo a caminar unos minutos por las librerías de la orilla izquierda. Llegué al librero que días antes me había enseñado el libro de Proust y la cocina, como no podía ser de otro modo, el libro ya no estaba y el librero estaba “desolé”, yo mucho más.
Entre el abrigo, la mochila y la aglomeración volvieron los sudores, los carraspeos y las toses, también la pesadez de un tren que circulaba con retraso.
Al llegar al aeropuerto, con cierto margen, me di cuenta de que me había olvidado el carnet de identidad en el hotel, el pasaporte me lo había dejado en casa y solo el permiso de conducir me identificaba oficialmente. Pensando en la severidad de la policía francesas y las medidas que había visto en el viaje anterior, vi que me quedaba en tierra a poco estricto que fuera el control de acceso.
El avión, una low cost, no salía de una terminal normal, sino de una satélite que me obligó a tomar un par de autobusillos hasta llegar al punto de espera, un barracón en mitad de las pistas. Aunque parecía que el vuelo salía a la hora, en el último minuto anunciaron un retraso de más de 50 minutos.
Aproveché el tiempo para ensayar el modo de presentar el carnet de conducir como si fuera el de identidad, colocando el dedo de modo que sólo se viera la foto y los datos de emisión, sin que se pudiera adivinar que era una mera licencia de conducción. Me veía en tierra, teniendo que alquilar un coche para regresar a casa desde París.
Al final, como el avión venía lleno de niños y los azafatos tenía prisa, pude pasar el control sin sobresaltos, de hecho ni me miraron el carnet, que mostré tapando 2/3 partes del mismo con la mano.
Antes de partir agoté mi último paracetamol, cogí la novela que llevaba en la mochila y me puse a leer, abandonado por los dioses.
Al llegar a casa el panorama no era especialmente bueno, el pequeño salía del febrón de la semana, pero mi mujer estaba hecha unos zorros, le dolía todo.
A mí me empezó a subir la fiebre de verdad durante el fin de semana y llegué a marcar los 39º el domingo. Pasamos los dos días tirados todos en los sillones, viendo varias temporadas de la Casa de Papel.
Por muy malo que esté uno, con el panorama de casa, había que hacer compra, comer y cenar, por lo que fui al mercado y guisé. Incluso acercamos a uno de los niños a una fiesta infantil.
El lunes parecía que había remontado un poco, fui al despacho, más que nada para que me viera el médico del trabajo, que me diagnosticó un gripazo con complicación pulmonar, me recetó un mucolítico, ibuprofeno para el malestar y un antibiótico para evitar que la gripe se convirtiera en neumonía. El médico me advirtió que si el miércoles seguía la fiebre tendría que ir al hospital a hacerme pruebas.
El miércoles, por fin, conseguí dominar la fiebre, no subí de 37º, pero entre la gripe y el antibiótico tenía el estómago arrasado, había perdido el apetito y tuve que ir con frecuencia al lavabo. Una desgracia para cualquier diletante.
Como terapia de shock una de las mañana fui a tomarme un pincho de tortilla con chorizo picante a uno de los templos de la tortilla de Barcelona. No fue una buena decisión.
No todo eran calamidades, los del hotel de París se comprometían a mandarme por correo el carnet olvidado, eso sí, previamente tenía que hacerles una transferencia de 5 euros para los gastos de envío.
He pasado 15 días inapetente, con el estómago revuelto, mal sabor de boca y sensación de agotamiento. La tos no termina de marchar, no tengo fiebre, pero visto el caos del coronavirus los médicos me han recomendado no ir, bajo ningún concepto al hospital. No tengo el dichoso virus, de haberlo pillado habría sido un foco tremendo de contagio. Sólo he pillado una gripe A, que resulta mucho más severa que la de otros años, que lleva 20.000 contagiados en España en los dos últimos meses.
Me ha costado un poco volver a encontrar el placer de comer y de cocinar. Este fin de semana he trasteado un poco, he preparado un fricandó de llata con un poco de vermut.
Pero la receta que quiero compartir, la que me ha devuelto a los placeres de la diletancia, es un bizcocho que tuve que preparar hace unos días para celebrar el cumpleaños de uno de los niños. Es el bizcocho genovés, un básico de la cocina respecto del que no hay una receta normalizada, encontré hasta una docena de variantes de este bizcocho, con diversas medidas y combinaciones.
La que me ha ido mejor es la que establece la proporción de 25 gramos de harina por cada huevo que pongo. Como utilicé 8 huevos tuve que incorporar 200 gramos de harina.
Aunque no todas las recetas proponen levantar por separado las claras, yo creo que hay que levantarlas previamente a punto de nieve, porque la receta no lleva levadura.
Se baten por separado las yemas de los 8 huevos con 125 gramos de azúcar, utilicé azúcar glass. Batí bién, espumando al máximo, añadí la ralladura de la cáscara de un limón. Luego incorporé la harina debidamente tamizada y las claras a punto de nueve.
Pasé la mezcla a un molde de silicona. En vez de engrasarlo lo asenté sobre papel de horno antiadherente. Lo distribuí bien y lo puse en el horno precalentado 160º durante 20 minutos, conviene ir con cuidado porque cada horno es un mundo. Antes de meterlo en el horno espolvoré un poco de azúcar en cristales sobre la superficie, para que quedará una pequeña costra de azúcar suavemente tostado.
Pasados los minutos de rigor, dejé que reposara en el propio horno, para que no se chafara, y luego lo desmoldé. El bizcocho iba con una ligera capa de chocolate, fresas y lacasitos. Muy en la línea de pastel para niños.
Superados casi todos mis males y averías, espero volver a la disciplina del diletante.

Como cuadro, estando en París y dado que estoy en plena lectura del último tomo de la Búsqueda del Tiempo Perdido de Proust, empecé a buscar entre los postimpresionistas, primero James Abbott McNeill Whistler, de ahí a Rex Whistler, un poco posterior, puede que su imagen de un niño enfermo encaje mejor con lo que he pasado durante este dichoso mes de febrero.
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