domingo, 19 de abril de 2020

Capítulo DXXXIV.- Diez Jornadas (4.9) Novembreando.

Hoy el día ha amanecido frio, con una niebla que impide ven un poco más allá del jardín. Han bajado mucho las temperaturas y enseguida ha empezado a llover sin parar, una cortina permanente de agua.
He bajado a comprar el pan y el periódico. El camino que lleva de la casa al centro del pueblo estaba lleno de cuervos inquietos. Aunque estamos en la ladera de un monte, escondidos en un frondoso pinar, no es fácil ver cuervos, por lo menos no era fácil hasta hace unas semanas. Algunas mañanas he visto ardillas cruzando la carretera alegremente y por las noches los jabalíes bajan a la puerta de las casas a hurgar por las basuras.
Las calles estaban desiertas, por fin desiertas, porque en los últimos días el pueblo estaba más concurrido que un día de fiesta, la gente se ha sacudido del miedo inicial y necesitaba calle, aunque fuera haciendo cola con mascarilla y guantes.
Hoy, sin embargo, el pueblo estaba completamente vacío, nadie pasaba por la calle principal y, por primera vez en muchos días, no tuve que hacer cola en la panadería.
Son tiempos extraños y los hados de los reales decretos no sólo se empeñan en que no sepamos en qué día de la semana vivimos. No sólo nos han instalado en un cansino domingo por la tarde, sino que ahora parecen buscar que no sepamos ni siquiera en qué mes vivimos, por eso los meteorólogos anuncian que durante los próximos días volverá el frio y la lluvia. Volveremos al mes de noviembre y nos instalaremos en ese noviembre ambiguo durante una semana.
Puede que sea una señal, una especie de breve viaje en el tiempo que me permita regresar a mediados de noviembre del año pasado, como en la película About Time, una peliculilla no muy ambiciosa, pero muy entretenida que contaba la historia de una familia que podía viajar en el tiempo entrando en un armario. Sus viajes no tenían el glamour de las películas americanas, no pretendían salvar el mundo, sino hacer pequeños ajustes cotidianos en sus vidas, aún a sabiendas de que si movían una pieza de la historia, por pequeña que fuera, corrían el riesgo de trastocar aspectos fundamentales de sus amores y pasiones (en una de las escenas el hijo del protagonista cambia un detalle ínfimo y pierde al amor de su vida).
El 28 de noviembre de 2019 hice una entrada en el blog escribiendo sobre una receta de asado de tira guisado a baja temperatura con un papillote que me explicó mi carnicero (https://undiletanteenlacocina.blogspot.com/2019/11/capitulo-cdxc-cocinar-veces-es-no.html). Hace semanas que no veo a mi carnicero. Es una de las disfunciones de pasar la pandemia lejos de casa, he tenido que sustituir a mis proveedores oficiales.
Los periódicos del 28 de noviembre de 2019 eran bastante anodinos, hablaban de Vox, de los independentistas, entrevistaban a Lula, de Tamara Falcó, que acababa de ganar Masterchef. Los ingleses estaban a punto de votar nuevo gobierno, Trump apoyaba a los manifestantes de Hong Kong, por tocarle las narices a los chinos. Las bases de Podemos votaban a favor de un pacto de gobierno con el PSOE. La gente leía poco y Messi seguía metiendo goles.
Imagino, durante unos instantes, lo que sería regresar a finales de noviembre, con el frio y la niebla sobre la cabeza, pero sabiendo lo que se nos venía encima. Supongo que aunque pudiera acercarme a cualquiera de los que mande para advertirles que en pocos meses tendríamos que suspender las clases, quedarnos encerrados en casa, pasear con mascarillas, mantener lo que “eufemísticamente” se llama distanciamiento social.  Habrían pensado que estaba loco o que era un iluminado.
Es curioso porque justo por esas fechas, incluso un poco antes, a finales de octubre de 2019, la ex directora de la Organización Mundial de la Salud (Gro Harlem Brundtland) escribió un artículo que empezaba así: « Imaginemos el siguiente escenario. En cuestión de días, una epidemia de gripe letal se propaga por todo el mundo, interrumpiendo el comercio y el turismo, desatando un caos social, destrozando la economía global y poniendo en peligro decenas de millones de vidas. Un brote de enfermedad de gran escala es una perspectiva alarmante –pero completamente realista-. Para mitigar los riesgos, el mundo debe tomar medidas hoy para estar preparado.» (Quien no se crea la fecha y el contenido del artículo puede pinchar en este enlace:https://www.project-syndicate.org/commentary/preventing-next-pandemic-security-risk-by-gro-harlem-brundtland-and-elhadj-as-sy-2019-10?barrier=accesspaylog).
Boccaccio sigue con amantes imposibles y truculencias con final trágico. Esta vez un marido despechado por los amoríos de su esposa, mata al amante con sus propias manos y ordena estofar su corazón, para que se lo coma la mujer, que, al saber que se ha comido el corazón de su amado, se lanza por una ventana.
La Marquesa me lleva hoy a los melindros. Se necesitan 150 gramos de azúcar glas, 200 gramos de harina, 6 huevos hermosos, un limón y 2 hojas de papel de estraza.
La divina Marquesa recomienda batir las yemas de los huevos en una vasija de loza, con el azúcar y un poco de corteza de limón rallada. Hay que batir bien, para que quede una masa consistente y aireada. En el tramo final se añade la harina tamizada
En un perol aparte se baten las claras a punto de nieve (con una gota de limón y una pizca de sal para que aguante firme). El punto de nieve ha de quedar lo más duro posible, marcando puntas que no se aflojen.
Se mezclan la masa de las yemas azucaradas y la harina con las claras a punto de nieve. Hay que tener cuidado, remover lentamente, con una espátula, para que no pierda el aire.
Se pasa la masa a una manga pastelera de boca ancha y se van haciendo los melindros, alargados y estrechos, de la extensión de la palma de la mano, se van colocando sobre papel de estraza, un poco separado cada bizcochuelo. Se espolvorea un poco de azúcar glas y se cuecen al horno (140º) durante 8 minutos, mejor si no quedan muy tostados. Han de quedar esponjosos.

Hoy toca una acuarela de Hopper, lluvia sobre un rio.
Rain on river by Edward Hopper on artnet

sábado, 18 de abril de 2020

Capítulo DXXXIII.- Diez jornadas (4.8) Retrayendo en sí los espíritus.

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquellos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya».
Así empieza La Familia de Pascual Duarte, novela de Camilo José Cela publicada en 1942. Ha llovido.
El alegato del pobre Pascual no debe ser muy distinto del pliego de descargos que estos días hayan podido articular cientos de personas que han sido detenidas y sancionadas por quebrantar el confinamiento. Nadie es malo, aunque todos tendríamos motivos para serlo.
Yo no he sido sancionado, soy un ciudadano respetuoso con las normas, tampoco soy malo, pero soy goloso, muy goloso, de una goluzmería tremenda. Me encantan las pastelerías, sueño con el día en el que abran la que está en la plaza junto a mi casa, donde los fines de semana me tomo una ensaimada de crema.
Estos días cuando bajo a por el pan compro magdalenas, cocas de panadero, croissants rellenos de chocolate y, los días que toca, incluso un chucho. Mis compras son siempre moderadas, sin caer en la glotonería. Administro mi necesidad de azúcar con el cuidado de un adicto que agota sus últimas dosis.
Las panaderías que están abiertas son un consuelo, pero no son lo mismo que las pastelerías con sus macarons, con sus pasteles cubiertos de yema tostada, con sus merengues que parecen blondas de ropa interior. Los pasteles de San Marcos. Las lionesas. La tarta Sara y la Sacher…
Los panaderos hacen lo que pueden, pero no es lo mismo. Andan saturados y apenas sacan unas palmeras glaseadas, tal vez un bizcocho que venden al peso y los miércoles chuchos de crema que se agotan antes de las ocho.
Yo, que no soy malo, quebrantaría todas las normas del confinamiento por un buen confite. Por asaltar el obrador de un pastelero que estuviera preparando tartaletas de limón o volcanes de cacao.
En casa, donde no tengo horno, preparo cada semana tandas de flanes que devoran los niños, alguna natilla, para el viernes santo torrijas, pero no es lo mismo, no tengo la habilidad lujuriosa del pastelero, no domino las técnicas del glaseado, mis bizcochos no quedan con el punto mórbido de los reposteros. Cuando intento hacer hilos de caramelo me queda una mamarrachada y mis merengues los pobres pierden fuelle enseguida.
Por no hablar de la nata, el chantilly, la crema inglesa… Todo eso queda en la memoria.
Ninguno de mis caprichos/necesidades son productos de primera necesidad. Todo un problema si se ponen a interpretar de modo estricto el Real Decreto sobre el estado de alarma. Sólo puedo salir a buscar alimentos de primera necesidad.
Giovani Boccaccio sigue con sus relatos truculentos, amores imposibles que terminan en muerte. Los amantes mueren, primero Girólamo: «recordando en un solo pensamiento el largo amor que le había tenido y su presente dureza y la perdida esperanza, se dispuso a no vivir más y retrayendo en sí los espíritus, sin decir palabra, cerrados los puños junto a ella se quedó muerto». Días después Salvestra.
Sigo con las trufas de la marquesa de Parabere, la de hoy, de chocolate y avellana, no necesita nata, la sustituye una clara a punto de nieve.
Se necesitan 125 gramos de chocolate (siempre superior), 125 gramos de avellanas tostadas y 125 gramos de azúcar glas.
Se ralla primero el chocolate. Se majan las avellanas en el mortero.
Se mezclan las avellanas machacadas con el chocolate rallado, el azúcar y una clara de huevo batido a punto de nueve. Cuando la mezcla esté compacta se confeccionan las bolitas, del tamaño de una nuez y se espolvorea un poco de cacao por encima. Se conservan en la nevera, sobre una bandeja.
No soy el único que acude a Hopper estos días, circula por la red un vídeo muy chulo sobre Hopper como artista de la soledad y la alienación (https://www.youtube.com/watch?v=sWFewI_bfDA).

Los sábados Hopper nos deja tomar un poco el aire.
Wall Art: Edward Hopper - Four Lane Road - Oil Painting ...

viernes, 17 de abril de 2020

Capítulo DXXXII.- Diez Jornadas (4.7) Un jueves con vocación de sábado al mediodía.

Ayer di una clase en línea para la universidad, una clase de derecho procesal, probablemente un confite en el confinamiento. La di al alimón con un profesor de verdad, yo soy un simple aficionado que apostillaba de vez en cuando. El profesor llevaba el peso de la clase y yo iba apostillando.
Conectamos a eso de las cuatro y media de la tarde, el profesor y yo frente a frente, delante de la cámara del ordenador. Nos veíamos nosotros y en pantalla aparecían hasta 42 pequeños iconos que identificaban a otros tantos alumnos. Los asistentes tenían tapada la voz y la cámara, de modo que eran 42 puntos oscuros que de vez en cuando alzaban la mano para hacer alguna pregunta.
Al finalizar la clase el profesor se despidió hasta el día siguiente. Se hizo el silencio durante unos seguros y, por fin, alguien recordó que el día siguiente era un viernes y los viernes no solía haber clase.
Hasta ese momento no había tenido la consciencia de que estaba a jueves por la tarde y que al día siguiente sería viernes, completamente viernes.
Es difícil saber en qué día de la semana estamos instalados. El arranque de casi todas las mañanas se parece mucho a la madrugada de los martes, martes todavía de invierno, en los que hasta las seis y media de la mañana no empiezan a cantar los pajarillos, preámbulo del amanecer.
Cuando se levantan los niños la cocina se convierte en la mañana de un sábado, de cualquier sábado. Los niños se levantan con cuerpo y alma de fin de semana, aunque se levanten pronto. Desayunan tranquilamente, ajenos a los ordenadores que esperan en el salón. EL día vira de martes plomizo a sábado luminoso.
Los niños se terminan las crepes (desayunan siempre crepes recién hechas), apuran la leche y se dirigen a sus ordenadores. En ese momento arranca un miércoles anodino, un miércoles cualquiera, ajeno al sol que luce fuera.
Cuesta conectar aunque las tecnologías funcionen correctamente. Nos colocamos los cascos para que no molesten las voces de los profesores que empiezan con sus clases. Los niños ríen porque pueden ir a clase en pijama.
A las 11 en la televisión aparecen los altos cargos de sanidad que dan el parte diario. Veo a Fernando Simón y pienso en El Día de la Marmota, en Fred Murray atrapado en el tiempo. Me cae bien Fernando Simón, me parece una buena persona y un profesional competente, verlo cada mañana me da paz, aunque sea incapaz de distinguir en qué ha cambiado hoy la situación respecto de ayer o mañana.
Hago un sándwich a los niños a media mañana, un sándwich que me devuelve al sábado, sobre todo si los chicos salen unos minutos al jardín a estirar las piernas.
Volvemos a la rutina de un lunes legañoso para afrontar el último tramo matinal, que se hace pesado.
Yo me levanto de la mesa a eso de la una, llevo más horas que nadie trabajando porque a las 6 esto ya frente al ordenador. Entonces la mañana se convierte otra vez en domingo porque me esmero en que la comida de cada día tenga algo especial (hoy mismo, viernes calendado, les he preparado una fideuá dominguera). Sólo con disciplina consigo que no haya vino en la comida, eso me permite distinguir los días de diario de los fines de semana y, sobre todo, me evita el alcoholismo incipiente.
Comemos rápido, normalmente al aire libre, comidas parecidas a las de un almuerzo sabatino, pero sin sobremesa. Es divertido ver cómo los niños se ponen a jugar en el jardín, porque identifican ese tiempo con el de recreo, por eso les gusta jugar al baloncesto o al escondite, vuelve a ser un martes por la tarde para ellos. Para mí sigue siendo domingo, tan domingo que descabezo un sueño con el arranque del telediario.
A las cuatro el día vuelve a ser un lunes o un miércoles cualquiera, incluso un jueves, que suele ser el día en el que me toca dar clases.
Los niños, sin embargo, viven las tardes como si fueran de viernes, se liberan rápido de sus obligaciones escolares, charlan un rato en limpia con sus amigos y vuelven a jugar con la intensidad de un viernes, mientras yo aguanto el tipo de los miércoles o jueves.
A las siete, siete y media, vuelve la rutina del lunes, hay que preparar una cena que intente ser ligera, que equilibre los excesos de mediodía. La cena nos devuelve a la cocina, a los lunes, a programar  las jornadas sucesivas.
Los niños quieren que todos las noches sean de sábado, les gusta ver una película o una serie con nosotros, estirar el momento de ir a dormir hasta el límite, porque ellos siguen instalados en el sábado. Los mayores luchamos porque sientan y piensen que es un miércoles normal.
Los acostares y el acceso al sueño son todas de domingo por la noche, cuesta un poco conciliar el sueño y cualquier ruido, por leve que sea, quiebra el descanso de la noche. Noches de domingo, noches de mal dormir en los que dan vueltas por la cabeza los días sucesivos, que serán parecidos a los anteriores. Según el momento del día no sé si vivo en un martes permanente o en un sábado primaveral.
Por eso me gustó que ayer el profesor Solé recordara que al día siguiente habría clase, obligando así a todos los alumnos a hacer un reset y advertir que el viernes no hay nunca clase.   
Agradezco a Boccaccio y a su Decamerón que me recuerde a través de sus novelas que a afrontamos ya la cuarentena de verdad. Hoy es la séptima novela de la cuarta jornada, es decir, 37 días aislados (recuerdo que empecé unos días antes).
La historia de hoy sigue con la truculencia, esta vez de unos amantes desdichados que se envenenan con salvia. En los cuentos de esta jornada están los embriones de muchos Romeos y Julietas.
Con la marquesa me adentro en el mundo de las trufas. Empiezo con la básica, la trufa de nata.
Se necesita un cuarto de litro de nata sin batir, 200 gramos de chocolate avainillado, de calidad superior (advierte la marquesa)m 200 gramos más de chocolate de cobertura, granulado (puede cambiarse por cacao en polvo sin azúcar), y 75 gramos de azúcar glas.
El primer paso de la receta es el de batir la nata (la marquesa lo hace en una vasija de loza rodeada de hielo picado). Yo lo hago con la batidora, antes he guardado el brick de nata en la nevera, los 10 últimos minutos en el congelador.
Cuando la nata está en su punto (dura) se mezcla la nata con el chocolate avainillado bien rallado y con el azúcar glaseado. Se mezcla bien. Ha de quedar duro y compacto. Se forman bolitas con las manos bien limpias y se pasan las bolitas por un plato con cacao en polvo o granulado. Se conservan en la nevera, donde han de reposar un par de horas.

Hopper nos presta una nueva escena interior de una mujer sola, con vestido de bailarina. Una chica en pleno miércoles que lucha por convertirse en sábado.
File:Edward Hopper, New York Interior, c. 1921 1 15 18 ...

jueves, 16 de abril de 2020

Capítulo DXXXI.- Diez Jornadas (4.6).- Los datos y sus riesgos.

Estos días más resuena una frase que atribuyen a Mark Twain, que, en su biografía, afirma que hay tres tipos de mentiras: Las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas.
Esa referencia, que otros atribuyen a Disraelí, incluso a Churchill, puede servir para relativizar los datos que recibimos todos los días. Siendo importantes los datos, hay que relativizarlos ya que no dejan de ser una manera de medir. Lo importante no es el resultado estadístico, sino la manera en la que se mide, el método.
Casi me da más miedo que se diga que en Rusia o en México no hay prácticamente muertos por coronavirus, que los datos que da todas las mañanas en ministro de sanidad. Podría ser positivo llegar a afirmar que en España hay medio millón de contagiados si se tuviera la certeza de que es cifra cierta, que se han hecho todas las pruebas y test necesarios y que esa es la cifra real.
De ahí el valor indicativo de las cifras que nos dan. Cuando se convierten en estadísticas se convierten en la más atroz de las mentiras.
Boccaccio va agotando la cuarta jornada con nuevas atrocidades. Esta vez son unos jóvenes amantes clandestinos que tienen la misma noche un sueño inquietante. Cuando intercambian en su encuentro nocturno ese sueño al chico muere, cae fulminado, por lo que el sueño no era sino el augurio de una desgracia.
La chica, Andreuola, entra en pánico, rompe a llorar y no sabe qué hacer con el cadáver. Ayudada por una criada, intenta llevar a escondidas el cuerpo de su amado, con la mala fortuna de ser sorprendida por un alguacil que la apresa y acusa de la muerte del infortunado.
Ella, que sigue sumida en la mayor de las penas, pide auxilio a su padre, le revela sus amoríos prohibidos y obtiene el perdón del alguacil y del padre, pero tan hondo es su pesar que decide ingresar en un monasterio de clausura. Poco le duró la alegría y el amor a la podre Andreuola.
La receta de la Marquesa para hoy es sencilla, muy sencilla. Un mantecado de piñones. Me ha hecho gracia que la severa marquesa, siempre precisa, en esta receta no establece la cantidad de harina para la receta, se despacha advirtiendo que la receta necesitará la harina necesaria. En eso la marquesa evita el riesgo de medir equivocadamente.
EL mantecado de piñones necesita 250 gramos de manteca de cerdo, 100 gramos de azúcar molido (sigo reduciendo en más de la mitad las cantidades que propone la marquesa), 190 gramos de piñones molidos, dos huevos y la susodicha harina a necesidad.
Conviene que los ingredientes estén a temperatura ambiente, incluso un pelín templados.
Se extiende la grasa de cerdo sobre una superficie de mármol, se añade el azúcar, los piñones y los huevos, se mezcla todo y se incorpora poco a poco la harina hasta que la masa se uniforme, quede dura y pueda manejarse sin que se pegue a la mesa.
Afinada la masa, se pasa un rodillo hasta conseguir un grosor no superior al “canto de un duro” (ahora un euro). Se corta en discos pequeños y se cuecen 15 minutos con el horno caliente (ojo porque la manteca se deshace rápido, por eso es importante que la masa absorba bien los huevos, que sean hermosos y que, ante la duda, se añada un huevo más para evitar la torpeza que atribuyen al que asó la manteca).
Se espolvorea azúcar glas o canela cuando los discos estén fríos y se llevan a la mesa servidos sobre un papel que absorba los restos de grasa.

Hoy Hopper amanece en Pennsylvania.
Amanecer en Pennsylvania de Edward Hopper | | Most-Famous ...

miércoles, 15 de abril de 2020

Capítulo DXXX.- Diez Jornadas (4.5) Noctívago a mi pesar.

Noctívago a mi pesar.
Quien me conoce sabe que duermo poco, con cinco o seis horas tengo suficiente, incluso con menos. No he encontrado en los reales decretos normas sobre el sueño y el dormir, es una pena porque hay disposiciones enteras destinadas a aspectos mucho menos útiles que el sueño.
Poco ayuda la pandemia al sueño. Nos cansamos menos, se pueden vivir situaciones puntuales o permanentes de angustia o de estrés que quebranten es difícil equilibrio de conciliar el sueño. Se han publicado muchos artículos estos días advirtiendo que dormiremos menos, dormiremos peor, no hay que agobiarse.
Unos días antes de empezar todo este lío me animé, por fin, a consultar mis posibles alteraciones, me diagnosticaron apneas severas con riesgo importante, a largo plazo, de patologías enojosas. Así las cosas, desde hace seis semanas duermo con un respirador que ha reducido al mínimo mis riesgos. No me ha costado mucho acostumbrarme a la escafandra, parezco un buzo de una película de ciencia ficción, enganchado a una estructura de tubos flexibles bajo mi nariz, sujetos con elegantes cintas a cogote y coronilla, como si fuera un primo torpón de Aquaman.
Con mi respirador he conseguido estos días enganchar seis horas largas de sueño de buena calidad, por lo menos eso refleja la app que va asociada al respirador y que cada mañana evalúa la calidad de mi sueño, que no de mis sueños. De momento parece que no detecta los sueños húmedos y no reporta alteraciones significativas los días de episodios erótico/subconscientes, para los conscientes prefiero desenchufarme.
Esta noche el respirador ha servido para poco, para muy poco. Sobre las tres de la mañana uno de mis hijos se ha despertado inquieto con un ataque de tos tremebundo, el segundo en pocos días. Es uno de los peligros de confinarse en el campo, rodeado de árboles y plantas con la primavera en estallido. Las alergias se disparan y uno de los niños se ha descompensado, descompensándonos a todos.
He pasado yo a su cama, como un zombi, pero ha sido imposible descabezar sueño alguno a partir de las tres y media, por lo que enseguida me he enfrascado en mis rutinas.
Una vez se enciende el ordenador y se activa la pantalla del móvil está todo perdido. Hubiera podido intentar leer un poco para conciliar de nuevo el sueño, pero tenía miedo de que el reflejo de la luz desvelara a cualquier otro de los troppers de estos días de confinamiento.  Estamos todos fuera de casa, lejos de las bibliotecas, de los rincones íntimos que cada uno localiza en su hogar y es difícil localizarlos en sitios extraños.
Lo malo no es dormir poco sino agobiarse por dormir poco, por eso yo suelo buscar esa posición zen que evitar que un percance como el de hoy se convierta en la tragedia del insomnio, palabra tabú.
Da lo mismo que uno descubra que todavía no se han actualizado los diarios en la web y que se mantienen las noticias que has leído poco antes de acostarse. Mal asunto si no se ha renovado la portada, eso quiere decir que es todavía muy pronto.
Te alberga la secreta esperanza de cruzar algún wasap de trasnochadores que todavía andan deambulando. Esas encrucijadas entre ultramadrugadores y ultratransnochadores dan para episodios divertidos. No ha sido el caso.
He preparado un té con limón, hace años que he limitado radicalmente el consumo de café, aunque me encante. Mal asunto si el primer café del día lo tomas a las 3’30 de la mañana.
Hace fresco todavía en la madrugada, así que ha tocado buscar una chaquetilla para no quedarme helado delante del ordenador, unos minutos antes del amanecer los pájaros han empezado a desperezarse, coincidiendo con la actualización de las portadas de los diarios. Seguramente la misma incidencia la hubiera tenido que gestionar igual sin coronavirus. El día se va a hacer enterno.
Boccaccio sigue con sus truculencias, las novelas de la cuarta jornada son más sanguinarias, hay menos espacios lúbricos, en cuanto avanza unas líneas se adentra en el tragedión puro y duro. La historia de hoy es la de la desdichada Isabetta, que tuvo la mala fortuna de enamorarse de un menesteroso, Lorenzo. Isabetta, huérfana de padres, bajo la tutela de sus tres hermanos, se enamoriscó de un pobre mozo, apartándose de las altas expectativas de boda que tenían sus hermanos.
Isabetta mantuvo el amante clandestino mientras pudo, pero, finalmente, los hermanos descubrieron al pobre muchacho y le dieron muerte sin advertir nada a la chica, que se desgarraba de pena pensando que había sido abandonada.
El fantasma del desdichado Lorenzo se le aparece en sueños a su amada (conmigo tendría complicado lo de asomarse a mi reducido tiempo de sueño) para explicarle su desventura e indicarle donde había sido enterrado.
La joven, entre lágrimas, acudió a la cuneta donde habían enterrado al galán, desenterró el cuerpo y no se sabe muy bien con qué maña consiguió seccionar la cabeza (Boccaccio que no se ahorra truculencias en algunas escenas, sin embargo evita detalles sobre esta maniobra descabezadora). Envuelve la cabeza en un paño y lo esconde en una maceta sobre la que coloca tierra y siembra albahaca.
La albahaca crece gracias a las constantes lágrimas de Isabetta, que consigue que aquella hierba aromática sea la más fragante de Mesina, donde discurre la tragedia.
No quiero imaginarme el pesto que prepararía la pobre para sus hermanos con ese aditamento.
Los hermanos terminan por descubrir las aficiones necrofilohortelanas de Isabetta y la quitan el albahaquero, por lo que la chica muere finalmente de pena. De la historia, por lo visto, queda en el cancionero italiano la copla
         «Quién sería el mal cristiano
         que el albahaquero me robó…».
Me costará volver a cocinar con albahaca sin acordarme de los sinsabores de la ingenua degolladora.
Dejé ayer a la marquesa con la base de los macarons. Hoy toca el relleno, una crema cuajada de avellanas y pistachos. Propongo hacer más cantidad de la que se necesita para los macarons, así sobrará masa para cubrir un bizcocho.
Se necesitan 200 gramos de azúcar glas (he reducido sensiblemente la cantidad de azúcar para adaptarla a nuestros tiempos), 200 gramos de mantequilla en pomada, 125 gramos de avellanas tostadas y peladas, otros 125 gramos de pistachos también mondados, un pellizco de sal, medio litro de leche, 8 yemas de huevo y la nevera para enfriar.
Se machacan las avellanas y los pistachos hasta convertirlas en polvo, si se añade un chorrito mínimo de leche templada quedará más cremoso. Es importante que queden muy picadas.
Se pone, aparte, una cacerola con la leche, el azúcar y las yemas. Se remueve bien con una cuchara de madera. Fuego suave, para que vaya espesando bien. Cuando empiece a tomar cuerpo la crema se añade la mantequilla en punto de pomada, sin dejar de remover se incorporan los frutos secos y se sigue removiendo hasta que termine de cuajar. El proceso final puede hacerse con el fuego apagado, a medida que la mezcla se enfría se solidifica, hasta el punto de convertirse casi en un cuajo. La crema espesa sirve para los macarons, una pequeña capa de la mezcla sobre una de las caras de los discos tostados de los macarrones que se dejan reposar en una caja de cartón o de metal, sobre un fondo de papel de seda arrugado.

Hoy Hopper me presta unas sombras en la noche, alguien que quiebra el toque de queda para quién sabe qué.
 Night Shadows by Edward Hopper 1921 | Arte, Pinturas de edward ...

martes, 14 de abril de 2020

Capítulo DXXIX.- Diez Jornadas (4.4) Lo público.

Quien lea esta entrada dirá, con razón, que no soy objetivo. Mi bisabuelo por parte de madre era ya funcionario público y, por lo menos desde entonces, se han encadenado hasta cinco generaciones de funcionarios públicos porque mi hija, que terminó medicina hace cuatro años, está ya como médico residente en un hospital de los más importantes de Barcelona. Más de 150 años de función pública corren por mis venas.
Tal vez por esos antecedentes disfruto de cierto placer morboso al leer el Boletín Oficial del Estado, me gusta bucear por el proceloso mundo de reales decretos, reglamentos y órdenes ministeriales. No es sencillo, no lo ponen sencillo, pero termino por identificar cierta armonía entre las disposiciones legales, incluso cierta poética en las instrucciones que pueda dar un subsecretario de un negociado perdido debajo de una escalera en un ministerio.
Se dice que la administración es ineficiente, más organizada y peor servida. Que los funcionarios somos todos unos enchufados, unos privilegiados o, directamente, unos vagos. Todavía no nos hemos sacudido al imagen galdosiana del chupatintas.
Todo puede que sea verdad, sin duda se podría estructurar de modo más eficiente. Pero lo cierto es que cuando truena, y estos días está tronando y tronará mucho más, todo el mundo termina mirando hacia lo público.
No sé qué hubiera sido de este país sin la sanidad pública, pero también sin la policía, sin el ejército, sin los servicios de basura de los ayuntamientos, sin los conductores de los autobuses y los metros, sin los servicios sociales, aunque los hubieran recortado hasta el mínimo tras la crisis del 2007.
Seguramente todo se podría haber hecho mucho mejor, sin duda, pero el músculo de lo público está siendo esencial para que el país no se desmorone. Porque cuando pintan bastos el mercado se contrae y todo se fía al buen corazón de algún filántropo, que algo ayuda, pero es el sector público el que, zarandeado, dedica todas las horas y esfuerzos del mundo por ayudar a la gente sin tener en cuenta si a final de mes su nómina va a llegar entera.
Durante los últimos días en Cataluña la sanidad privada ha solicitado la suspensión temporal de más de 18.000 empleos, es decir, más de 18.000 sanitarios del sector privado han dejado su puesto de trabajo y esperan que, a finales de abril, la administración les pague parte de su salario. Tiene huevos que una parte importante del sector sanitario catalán, uno de los más importantes de toda España, haya arrugado su músculo y se haya ido confinada a casa, mientras sus compañeros de la pública doblaban jornadas.
Todo el mundo critica al gobierno, con razón, pero a la vez espera que lo público le saque las castañas del fuego, garanticen ayudas, pensiones y subsidios.
Cuando salgamos de todo este lío habrá que volver la vista al sector privado, habrá que esperar a que el mercado recupere su ritmo y, con ese ritmo, pueda crear empleo y bien estar, aunque no debe olvidarse que cuando el mercado crea riqueza el porcentaje que revierte en la sociedad no es todo lo óptimo que nos gustaría, la globalización se lleva parte de las ganancias a rincones en los que no es sencilla la fiscalización y algunos mercaderes, no todos gracias a dios, prefieren un yate grande que subir un 3% el salario a sus empleados.
Por eso espero que cuando se nos pase el susto no se nos olvide lo importante que es lo público, que se planteen todas las racionalizaciones y restructuraciones que sean necesarias para que lo público sea ágil, eficaz y transparente, pero que no se postergue lo público porque cuando pinten de nuevo bastos, que pintarán, volverá a ser necesario que el sector público salga al rescate.
La administración pública es la que puede evitar que la brecha social, económica y cultural no sea definitivamente insalvable. Puede que por ese prurito público yo hice mi declaración de la renta del año nada más abrirse el período para hacerla, me sale a pagar, ya me retienen más de un 30% durante el año. Puede que haya sido uno de los primeros ciudadanos en hacer la declaración de la renta este año. Soy optimista.
Boccaccio sigue la cuarta jornada con historias truculentas. Esta vez, en la cuarta novela de la cuarta jornada, un abuelo prefiere sacrificar a su nieto que perder su prestigio. Ya lo dice Boccaccio «queriendo antes quedarse sin nieto que tenido por un rey sin honor».
Elijo una receta afrancesada de la Marquesa de Parabere, la base para hacer los macarrones (los macarons parisinos). Los franceses han sido desde siempre unos grandes defensores de lo público. La receta es muy sencilla. Para la base de los macarrones se necesitan 250 gramos de almendra cruda molina, 250 gramos de azúcar glas, 2 claras de huevo.
Se baten las claras hasta conseguir un punto de nieve firme. Cuando estén bien batidos se añaden las almendras y el azúcar sin dejar de batir. La mezcla pierde altura, pero gana en consistente. Se pone el horno a 120º y se distribuye la masa en pequeños montoncitos, en forma de discos, debidamente separados, por algo crecen. En 20 ó 25 minutos están hechos. Han de quedar firmes y ligeramente tostados.
Hechas las tapas de los macarrones, mañana trabajo en una crema gustosa con la que pueda rellenarlos.

Hoy Hopper nos regala a un burócrata mirando al infinito. En honor a los subsecretarios con alma de poeta.
Sixty Seven Moons — Hali Alspach

lunes, 13 de abril de 2020

Capítulo DXXVIII.- Diez Jornadas (4.3) Sumideros.

Ha pasado ya un mes desde  que nos confinamos. Nos presentaron el tiempo venidero como un pequeño paréntesis en el que podríamos leer aquellos libros que habíamos soñado abordar y que seguían sobre la mesilla por falta de tiempo.
Supongo que quien no haya empezado ya el Ulises de Joyce, la Regenta o el Quijote. No hay datos que permitan considerar que se ha incrementado el número de libros prestados en las bibliotecas, que están cerradas, ni Amazon ha publicado la cifra de libros vendidos on line durante el último mes. Quien antes tuviera el hábito de leer puede que haya leído un poco más, pero quien no lo tuviera, hace días que ha vuelto a dejar olvidada la novela sobre la repisa del dormitorio.
Hemos visto ya completa la 4ª temporada de la Casa de Papel, hemos revisado las tres primeras temporadas y hemos consultado a amigos, conocidos y compañeros de trabajo las series disponibles, a razón de tres o cuatro episodios diarios, nos hemos zambullido en todas las ficciones posibles y no quedan muchos terrenos por explorar. Hemos hecho esfuerzos sobrehumanos por engancharnos a series míticas como Call My Saul o Juego de Tronos, pero no lo hemos conseguido. Las plataformas de televisión han congelado el estreno de nuevas series, faltan dobladores y subtituladores, no se puede rodar.
No había grandes películas de estreno a la vista, los Óscars y el festival de Berlín nos habían dejado agotados. Se suspendió Cannes y no parece que haya previsión de estrenos a medio plazo. Los catálogos de todas las televisiones los hemos agotado. Hemos repasado grandes y pequeñas películas de lo que llevamos del Siglo XXI, hemos repasado las de los ’90, ’80 y ’70. No parece que vayan a ofrecer en abierto o de modo gratuito los catálogos de cine mundial. Aquellas películas que siempre quisimos o revisar siguen sin estar disponibles y nos hemos reído tantas veces con los chistes del Día de la Marmota que consideramos que Bill Murray se confinó con nosotros en casa. Nos arrepentimos de no haber comprado la colección completa de películas de James Bond y todavía no estamos dispuestos a pagar por el abusivo precio de alquiler del catálogo de Apple, aunque nos parpadea desde la pantalla. Cuando recibimos una recomendación de una película atractiva por wasap o en la sección de un diario nos lanzamos como locos a buscarla.
Quien ha tenido ánimo y voluntad, ha bailado ya toda la zumba, salsa, reguetón, GymJazz y asimilados que se asoman por Instagram. No queda yogui que no hayan visitado y las rutinas de los grandes entrenadores son obligatorias en casi todas las casa, sustituyendo las pesas por garrafas de agua y las gomas por viejos tirantes atados en el pomo de la puerta.
No queda famoso, famosete o famosillo que no haya colgado una receta en internet, incluso a mí me da vergüenza colgar una nueva propuesta de dulce, aunque sigo haciéndolo como terapia.
La televisión, más allá de los datos puros y duros, es infumable y reiterativa. Sólo se salvan los viejos documentales de grandes espacios, los de la conquista del espacio o las de las viejas glorias de la música soul.
Nos escuecen las manos de aplaudir a las ocho de la tarde. Nos hemos enganchado a la rueda de prensa de las 11 de la mañana para actualizar los datos de cada día, la comparecencia semanal del presidente del gobierno y la réplica inmediata de la tropa levantisca de la Generalitat catalana, asegurando que ellos lo hacen mejor, y la de los partidos de la oposición, que, si pudieran, encarcelarían al gobierno en pleno por ineptos, sin hacer una sola propuesta constructiva que nos permita intuir lo maravillosa que sería la pandemia de estar ellos en el poder.
Los antisistema han regresado disciplinadamente a casa de sus papás, donde se come y se duerme mucho mejor. Ahora, que sería el momento de la gran revolución, se conforman con jugar al cinquillo. Hoy he leído una entrevista de uno de los grandes líderes de aquella revuelta que se conformó con conseguir un coche oficial explicando que su gran aportación a los tiempos de crisis es leer a Camús y subrayar pasajes de la Peste, sin tener en cuenta de que tiene responsabilidades de gobierno.
Ya sería hora de que nos contaran que lo que ocurre es mucho más que un paréntesis paras intensificar la relación con nuestros hijos, fomentar la amistad a través de videollamadas, ordenar armarios o clasificar las fotografías que dormían olvidadas en un cajón.
Quien debía estar pensando en cómo será nuestro futuro se conforma ahora con sobrevivir y los que deberían estar callados y discretos se han convertido en los salvadores de la patria, del mundo o del universo.
Hoy vuelve a llover. Los niños regresan mañana al cole en circunstancias que hace un mes nadie hubiera pensado. Se abren brechas que será muy complicado suturar en décadas, porque mientras en casa nos preocupa la calidad de internet, en nuestro entorno hay 55.000 niños que no tienen un ordenador en casa.
Hoy ni tan siquiera Boccaccio ha sido capaz de arrancarme una sonrisa. Se ha liado con la historia de tres hermanas que se escapan con sus amantes a Creta y allí quedan presas de traiciones y malos entendidos con un final trágico. Incluso en la Florencia renacentista de palacios y fiestas galantes había días nublados.
Y cuando parece que me voy a desaguar por el sumidero, mi cuñado me manda un pequeño video de su hija, que la semana que viene cumple tres años. Apenas 10 segundos que condensan la obsesión que la niña tiene por el orden. Ha colocado sus muñecos preferidos en el salón y se maneja dispuesta a darles una clase maestra. La primera vez que lo veo me sonrío, la segunda vez me doy cuenta de que para los niños, todas estas cuitas serán una anécdota.
Voy a buscar mi libro manoseado de la Marquesa de Parabere y elijo para hoy una crema de café que serviría maravillosamente bien para rellenar unos pastelillos de pasta choux o un relámpago (que es un bocadito alargado y relleno de crema).
Para la crema de café se necesitan 125 gramos de azúcar molido, 20 gramos de harina de trigo (una cucharada de maicena si se prefiere la harina de maíz, pero con la maicena cuidado, porque espesa mucho más. 4 yemas de huevo más un huevo completo. Una cucharada de café en polvo (nescafé), un vaso (un tercio de litro) de leche,  50 gramos de mantequilla y media varilla de vainilla.
Se mezclan las yemas y el huevo, bien batidos con el azúcar. Se disuelve la harina en el vaso de leche templada. Una vez diluida se incorpora la mezcla al batido de yemas, huevo y azúcar.
Se pasa la mezcla a una cacerola y se enciende el fuego suave hasta que empiece espesar. Se mueve la mezcla con un cucharón de madera, agregando la cucharada de café y la vaina de vainilla. Se remueve sin parar hasta que la crema tome la textura deseada, ha de quedar espesa, pero sin cuajar del todo.
Se añade la pieza de mantequilla y se termina de remover.
Se retira del fuego y se deja enfriar.
Ya está hecha la crema.
Hopper nos recuerda que los diarios no salen de su monotonía.

Edward Hopper – ARTPIL

domingo, 12 de abril de 2020

Capítulo DXXVII.- Diez jornadas (4.2) Abarrotes y ultramarinos al rescate.

Abarrotes y ultramarinos.- Tiendas que vendían productos de ultramar, por extensión.
Inicialmente abarrote es un término marinero, para referirse a los fardos pequeños que se utilizan en la estiba de los barcos. En Colombia, Ecuador, México y Bolivia llaman abarrote a la tienda o almacén en la que se vende un poco de todo, básicamente productos de alimentos.
Dedico unos minutos a los abarrotes y ultramarinos. Creo que legalmente las llaman “tiendas de cortesía”, comercios más o menos pequeños en los que se vende un poco de todo y que están abiertos 24 horas al día, todos los días de la semana.
A estas tiendas también las llamamos “pakis”, porque normalmente están regentadas por emigrantes paquistaníes que llevan años residiendo en España.
Suelen ser espacios mal iluminados, corredores estrechos, abigarrados. Anaqueles atestados de todo tipo de productos ordenados con una lógica ajena a la nuestra.
A primera hora de la mañana huelen a pan recién horneado, o a mantequilla dulzona y fermentada.
Tienen pequeños hornos cerca de la caja en los que preparan docenas de barras de pan, croisanes y  napolitanas de crema o de chocolate que compran, precocinadas, a distribuidores industriales.
Suelen estar mal ventilados y van concentrando olores que uno siente que llegan a solidificar.
Da lo mismo la hora del día, o de la noche, siempre están abiertos, como si llevaran abiertos desde el principio de los tiempos.
Como música de fondo se escucha una televisión paquistaní. Noticias, musicales o telenovelas que ven en pantallas minúsculas del teléfono móvil o en tabletas que apoyan en equilibrio imposible entre paquetes de harina o de azúcar.
Al entrar tienes la sensación de adentrarte en un agujero negro, en una ventana cósmica que te traslada durante unos segundos a Islamabad.
Debajo de los mostradores asoman cabezas de decenas de niños pequeños, alegres y ruidosos que siguen atentos los programas que enlazan por cable.
Mientras los hombres se dedican a reponer, de tanto en tanto, las estanterías, aparecen mujeres vestidas con saris coloridos, cubiertas por miles de capas de telas multicolores.
Apenas hablan español. Sonríen mientras se aferran a una calculadora en la que teclean los precios, siempre con un pequeño recargo, al límite de lo tolerable.
Hay abarrotes con más glamour, los Opencors que mantienen un horario parecido, son más espaciosos, pero surtidos y mucho más caro.
En los abarrotes hay de todo, especialmente estos días. Están mucho mejor surtidos que los supermercados y las grandes superficies en los que durante la crisis sanitaria se ha agotado la harina, la levadura, el bicarbonato y algunas especias.
En los ultramarinos hay casi de todo, a veces es difícil de encontrar, pero en una estantería recóndita, casi a ras de suelo, aparece un producto imposible. El botecillo de piñones que necesitas para el pesto, unas semillas de maíz para hacer palomitas una noche de cine, la leche evaporada para un pastel, plátano macho, las leches imposibles que se agotaron hace semanas en mercadona, el suavizante para la lavadora, incluso mascarillas, más baratas que las de las farmacias.
En los abarrotes hay agua embotellada de todas las marcas, botes de conservas venidas del más allá, huevos frescos, pan ácimo, yogures de sabores exóticos, tomates, cebollas, calabacines y puerros que puede que fueran suministrados un siglo atrás.
Un abarrote puede salvarte la vida de un modo más sencillo y más directo que una dirección general en plena ebullición de reales decretos, y lo hace con una sonrisa, sin darse importancia, sin quedar sometida a la estricta normativa del estado de alarma. Parece que los abarrotes de los paquistaníes llevaran lustros preparados para la pandemia, aunque sus limones estén un poco blandos y haya que despejar de mosquitos el cajón de las cebollas.
Sólo en los ultramarinos aparecen los cereales que les gustan a los niños para el desayuno o la especia imposible que necesitas para hacer una salsa caprichosa.
Me sorprende que Boccaccio, que era un hombre moderno, no haga referencia a estas tiendas de productos de ultramar.
Revisaba esta mañana la novelilla de hoy, segundo relato de la cuarta jornada, donde se cuentan las desventuras de un fraile inmoral que en Venecia (Boccaccio, como buen florentino, despreciaba a los venecianos) se hace pasar por el arcángel San Gabriel para trajinarse a una altiva señora que pensaba que su belleza y alcurnia sólo era digna de dios.
Para hoy elijo la receta de la marquesa de los melocotones a lo cardenal. Unos melocotones confitados con puré de fresas.
Se necesitan 12 melocotones medianos, bien maduros y de tamaño parecido. Medio litro de almíbar no muy espeso (275 gramos de azúcar y un vaso de agua), medio kilo de fresas maduras, 200 gramos de azúcar glas, una vaina de vainilla, 30 almendras, una copita de licor (kirsch), unas gotas de limón y mucho hielo para enfriar el puré y los melocotones, que no han de entrar en contacto directo con el hielo. Se sirve muy frio.
Se pelan los melocotones con agua hirviendo. Se sumergen en el agua un minuto para facilitar el proceso de pelado.
Una vez pelados y enfriados se sumergen en el almíbar, dejando que cuezan en un perolillo alto durante 10 o 12 minutos desde que el almíbar empiece a hervir.
Se escurren los melocotones cocidos y se dejan enfriar.
En el almíbar se cuecen las fresas, sin tallos, que se van chafando hasta convertirlas en un puré fino (si es necesario se pasan por un tamiz). Al final se le añade la copa de licor. Se mezcla bien y se deja enfriar.
El postre se presenta  colocando los melocotones cocidos en un timbal de playa o de metal, o en un frutero de cristal. Se cubren con el puré de fresas, un poco de azúcar glas espolvoreado y almendras ralladas.

Domingo de gloria, hoy Hopper nos pide que ventilemos la habitación.
Apartment Houses, 1923 - Edward Hopper

sábado, 11 de abril de 2020

Capítulo DXXVI.- Diez Jornadas (4.1.). Sábado de Gloria.

«No es sencillo arrancar una iniciativa como ésta. Da cierto vértigo valorar si este blog va a ser una experiencia personal o colectiva, si voy a ser capaz de proponer algo distinto de lo que ya aparece en cientos de páginas y espacios virtuales destinados a un tema tan de moda como el de la cocina»
Así empecé el 11 de abril de 2011 el blog de Un Diletante en la Cocina (https://undiletanteenlacocina.blogspot.com/2011/04/cap-i-presentacion-la-busqueda-del-menu.html), a las 10 menos 10 de la noche.
La primera entrada se titulaba La búsqueda del menú perfecto. Nueve años después sigo buscando esa combinación perfecta de platos y recetas en un entorno ideal.  Fue mi mujer la que me convenció de abrir el blog, ir reseñando las recetas y las experiencias en torno a la gastronomía.
Recuerdo que hubo quien me dijo que en unas semanas o meses abandonaría el proyecto, de hecho, algunos blogueros que empezaron poco más o menos cuando empecé yo ya han desaparecido de la faz de las redes. Yo sigo, a veces tardo más de un mes en colgar una entrada, pero lo cierto es que en 9 años he escrito más de 500 entradas. La media es de una entrada cada 6 días (aunque he de reconocer que las 30 entradas de la temporada de confinamiento han incrementado algo la media).
Quedo contento si me visitan 30 ó 40 personas al día, aunque ha habido momentos y entradas en las que he alcanzado las 500 visitas diarias, siempre por razones coyunturales o porque los boots rusos, italianos o norteamericanos quedan intrigados por mi ID. Reconozco que a veces utilizo palabras en inglés, francés o italiano para despertar la curiosidad de personas de otros países.
Sé que un círculo reducido de amigos y familiares me siguen con razonable fidelidad, tampoco les pido un seguimiento absoluto, pero sí que se asomen de vez en cuando.
A la vez que empecé a escribir el blog empecé también a leerme la Búsqueda del Tiempo Perdido de Marcel Proust, justo durante el mes de febrero empecé a leerme el séptimo tomo, el Tiempo Recobrado. Espero terminarlo durante el mes de abril, me cuesta un poco avanzar, me conformo con cuatro o cinco páginas diarias. En alguna ocasión he escrito sobre los platos que aparecen en esa tremenda novela que empecé a leer por primera vez con 16 años y hasta casi 55 no la terminaré.
No sé si ha sido mi Tourmalet, o mi Alpe D`Huez, con sus 21 curvas en forma de herradura. Tras nueve años, me quedan las últimas revueltas. Me siento como Perico Delgado en 1988, un 24 de junio. Yo me he preparado como se preparó Perico para coronar D’Huez, me he leído dos biografías de Proust y muchos ensayos, ahora, cuando el protagonista regresa al palacio de la Princesa de Guermantes en plena I Guerra Mundial, veo cerca la meta. Guardo muchas notas y referencias, pero tengo la sensación de haberme perdido muchas cosas.
No sé si cuando termine el último tomo me atreveré a empezarlo de nuevo o si cambiaré de reto (los Episodios Nacionales tal vez).
Como diletante, no he tenido nunca un plan determinado, sí que me he fijado algunos retos, como las pequeñas novelillas que he escrito algunos verano, o el proyecto Decameron/Covid-19, del que llevo treinta y una entradas de las cien posibles.
Estos días en los que estoy cocinando con los niños, les cuento que cuando tengan cincuenta años y quieran recordar cómo fue su infancia o su adolescencia, cuando quieran cocinar, sólo tendrán que teclear en google el nombre del Diletante y la receta que busquen para tener un destello de este tiempo que ahora vivimos con intensidad y que se convertirá en pasado rápidamente.
Me gustaría ser capaz de hacer una guía referenciada de todas las recetas completas que he recopilado como Diletante. Es una tarea trabajosa que espero completar. Si la cuarentena se alarga mucho, no descarto volver a mi hoja exel en la que voy recogiendo las viejas recetas, ordenándolas alfabéticamente.
Mientras tanto, la novelilla de hoy del Decamerón es un tragedión en toda regla. Cuenta la historia de un padre que no tolera los amoríos de su hija y que decide asesinar  y descorazonar al amante de su hija. La chica, despechada, cuando recibe el corazón de su amado en una copa, le añade unos polvos venenosos a la sangre y se suicida, descorazonada también. Los cuentos propuestos para la cuarta jornada tienen toda la pinta de ser trágicos ya que el rey de turno ha pedido que las 10 historias sean de amores infelices.
He pasado un rato divertido cocinando en línea con los amigos, una caldereta de cordero/ternera al vino que ha sido muy divertida de hacer. Es de esas cosas que quedan para siempre.
Con la Marquesa abordo el capítulo de las compotas, tomo como referencia la receta de la compota de peras. Se necesitan 9 peras de unos 100 gramos de peso cada uno, 100 gramos de azúcar, un vaso de agua, y un vaso corto de vino tinto. La receta se aromatiza con canela o con vainilla.
La marquesa, que es divina entre las mujeres, empieza las indicaciones con un Escójanse unas peras imperiales de carne rosada y de un tamaño parecido. Se mondan, se limpian y se ponen a cocer enteras, con su rabo. Recomienda que se cuezan en una cacerola de porcelana, que venga justa.
Se espolvorea el azúcar entre las peras peladas, se vierte el agua y el vino, con el aromatizante elegido. Se ponen a fuego vivo, al principio, y cuando rompa a hervir se baja la lumbre y se tapan, dejando que se cuezan durante 50 minutos (en función de la calidad y tamaño de la pera). Han de quedar blandas y enteras.
El caldillo que sueltan deja un almíbar espeso. Se retiran las peras y se deja reducir el caldillo, para que termine de espesar.
La marquesa propone que se sirvan las peras enteras y que se añada el almíbar sobre ellas al colocarlas en el plato.
El primer cuadro lo colgué el 25 de abril de 2011, un cuadro de David Hockney. Elegí como icono del blog un cuadro de Edward Hopper, que me ha acompañado durante todos estos años, en los que he utilizado más de 500 cuadros, lo que me ha permitido a muchos artistas, como a LaSidoner, a Chardín o a Richter.
Gerghard Richter tenía programado hasta el mes de julio una exposición en el Metropolitan de New York, ahora sólo es posible recorrerla virtualmente (https://www.metmuseum.org/metmedia/video/collections/modern/gerhard-richter-exhibition-tour?utm_medium=email&utm_source=Museum&utm_campaign=2020_0411_Met_Richter_Visit&cs=).

Hoy, pasados 9 años, puedo permitirme el lujo de que Hopper os mire a todos de frente, y que Richter pinte el caos de estos días.
Edward Hopper