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domingo, 25 de marzo de 2012

CAP.CXXVIII.- Primeras impresiones romanas.


Recién aterrizado de Roma, con el recuerdo de la última bola de mozzarella tomada en el aeropuerto, me animo a compartir las primeras impresiones gastronómicas del viaje; no con el fin de dar envidia, sino con el de intentar poner en común algunas sensaciones.

Roma es una ciudad volcada con los visitantes, en ese sentido es mucho más acogedora de lo que pueda ser Londres, París o la propia Madrid. La ciudad de Roma es un gran escaparate abierto a quien quiera sentirse romano durante unos días. Esa hospitalidad tiene un riesgo evidente dado que toda la ciudad se convierte en una gran barra en la que se pueden comer la peores pizzas y la peor pasta del mundo, hay cientos de puestos abiertos en los que ningún italiano sensato se acercaría a comer.

Roma es un tremendo escaparate de todo lo que identifica a la cultura mediterránea, no sólo gastronomía, también arte, moda y ese modo de entender la vida un tanto decadente pero muy reivindicable. La gente tiene derecho a ser feliz y Roma es uno de esos lugares en el que cualquier puede conseguirlo sólo con sentarse durante unos minutos a descansar en las escalinatas de cualquiera de las iglesias de la ciudad. Roma es una gran vendedora de todo lo que tiene que ver con el mediterráneo, de hecho mucho de lo que vende no es ni romano, ni tan siquiera italiano, sino patrimonio de muchos de nosotros – siguen vendiendo aceite que como única referencia aparece la de embotellado en Italia, sin especificar su origen.

Abrimos nuestra ruta gastronómica sentados en una terraza en una rambla que conducía a la Plaza del Pueblo, tomando el aperitivo romano, a base de bocados hojaldrados, carnosas aceitunas y bastoncitos de zanahoria y apio, en la avenida Cola di Rienzo. Tan copioso y prolongado fue el aperitivo que apenas tomamos una ensalada y un trocito de rostbeef con verduras en el hotel.

Ninguno de los restaurantes en los que hemos parado ha sido especialmente caro; tuvimos el cuidado de elegirlo de antemano, pidiendo auxilio a los amigos que habían visitado recientemente Italia y dando alguna voz por las redes sociales.

La mozzarella romana me ha sido el hilo conductor de mi visita, de una u otra manera en cada comida me he salido con la mía y he conseguido un bocado de este queso que en España o lo sirven agriado o se vende como una bola insípida de plástico. La mozzarella romana es un bocado delicado, muy poroso, ideal para consumirlo con una pizca de sal, un golpe de pimienta molida y un chorrito de aceite. La sorpresa llegó cuando en el aeropuerto, ya de regreso a Barcelona descubrimos que dentro de la zona de embarque había un estupendo mozzarella bar en el que se servían trozos de queso de distintas comarcas italianas, allí pude probar una mozarrella un poco más fuerte de sabor, la Pontina, que es de la zona romana. Acompaño la referencia de la página web: http://www.obika.it/index.html; una iniciativa que permite comprobar: (1) Que en los aeropuertos es posible comer bien; (2) Que si en España no se consigue buena mozzarrella es porque la mayoría de los comercios piensan que el consumidor medio no tiene paladar y da por bueno cualquier trozo gomoso de queso blanco.

Solo por la mozzarella merecía la pena el viaje.

Los aceites que probados probablemente españoles eran intensamente verdes, servidos siempre con cierta ceremonia acompañados de los inevitables grisinis y de un pan de miga muy sabroso, ni rastro de las barras de pan industriales.

Nos sorprendió la primera noche una combinación de rúcula, mozzarella y finas rodajas de pomelo. En general son mucho más atrevidos con los ácidos y así se animan a aderezar ensaladas y verduras con limón. Incluso unas fragolinis (fresitas) las presentaron con limón y sin azúcar.

Era tiempo de alcachofas, su cultura de la alcachofa no es común en la costa mediterránea española. Supongo que recolectan antes las alcachofas, no dejan que se queden ásperas y gordotas, las recogen cuando se pueden comer no sólo todas las hojas, sino también el tallo, que apenas pelan. Yo no soy muy amigo de las alcachofas – me saben normalmente a colillas -, pero acepto que puede llegar a ser un manjar. Las tomamos fritas y también crudas, cortadas con una fina mandolina y aderezadas con pimienta, limón y aceite. Exquisitas con queso parmesano.

Capítulo especial merecen las fiore di zucca – la flor de calabacín -, en el sótano de la hostería más humilde las presentan rellenas de mozzarella y rebozadas con el cuidado de un tempura de verduras. Una buena amiga del colegio de los niños nos recomendó la hostería costanza, donde repetimos de flores de calabacín y de alcachofas.

La rúcula en Roma también responde a pautas culturales diferentes, allí las hojas son más largas, más tersas. Allí no recogen los brotes – como en las bolsas que se venden en España, un tanto sosas -,  la rúcula es bastante más verde, larga y amarga. La rúcula romana aguanta por sí sola un plato de ensalada.

También abundan las ensaladas con brotes de espinaca y las hojas de albahaca frita, que, junto a los tomates cherry, colocan como contorni de cualquier plato.

Como plato estrella del viaje un carpaccio de dorada en el trastévere, en Le Mani in pasta (www.lemaniinpasta.com), recomendación conseguida por medio del blog de Capel. Un amigo que vive en Roma nos advirtió que los romanos no tenían la cultura del pescado de los españoles, lo que hizo que yo llegara al restaurante un tanto a la defensiva, sin embargo la sorpresa fue mayúscula cuando en una ostería destartalada que había colocado mesas en sitios tan inverisímiles como el descansillo de una escalera, servían un pescado fresco asado de con seriedad – un punto de cocción un poco más largo que el que se lleva ahora en España -. El carpaccio de dorada un descubrimiento: Las lascas de pescado eran inmaculadas, clarificadas un poco con limón, casi como un tiradito peruano; sobre las lascas finas lonchas, casi transparentes, de auténtica trufa blanca, presentada como si no fuera una de las mayores exquisiteces del mundo gastronómico, el camarero no anunciaba que el carpaccio era trufado, por lo que la sorpresa al verlo en la mesa fue mucho mayor. El plato se presentaba con unos cristales de sal, un poco de pimienta molida y abundante aceite de oliva virgen.

No faltaron en el viaje algunos platos de pasta con bogavante, con pez espada, con ricota y flor de calabacín. La ventaja de viajar con amigos es que cualquier comida o cena te permite probar distintos platillos casi como si fuera un juego, el de que ningún comensal repita platos.

Junto con mi obsesión porque no faltara mozzarella en ninguna de las comidas, conseguí colarles casi in extremis un plato de tripa a la romana, cuando asalté al camarero mis acompañantes mi miraron asombrados ya que estábamos a punto de requerir los postres, sin embargo el capricho de las largas tiras de tripa en salsa de tomate con una pizca de queso rallado terminaron por enredar a todos los que primero afearon mi conducta. En la mesa frente a la nuestra un hijo entrado en años invitaba a su padre centenario a comer. El camarero nos aseguró que aquel hombre que acababa de abandonar el restaurante había cumplido 101 años sin privarse de su buen vaso de vino. Nosotros también le dimos a los vinos italianos de gama media la primera noche un brunello, la segunda comida con un Barolo y la cena con un Pinot Nero un poco más ligero.

Llegados a este punto, después de haber compartido estas impresiones, finalice la entrada utilizando un cuadro de Tintoretto dedicado a las Bodas de Caná. Durante nuestra estancia en Roma se anunciaba una amplia exposición retrospectiva del pintor veneciano, nos hubiera gustado haberla visitado, del mismo modo que nos hubiera gustado poder disfrutar de alguno de los Caravaggios escondidos en las iglesias romanas, habernos colado en la capilla Sixtina sin necesidad de invertir tres o cuatro horas de espera. Fue un viaje con mucho Bernini, con ristrettos prolongados frente a las fuentes de la Plaza Navona. Un viaje de largos paseos en una ciudad inesperadamente calurosa, muchas risas, pocas fotos y la sensación/necesidad de que en pese a que era nuestra tercera visita a Roma quedaban todavía muchas cosas por ver y por hacer, puede que la próxima vez con niños, para poder perdernos en el coliseo o para intentar ver de una vez por todas el museo Vaticano. Hay tiempo.

miércoles, 4 de enero de 2012

Cap XCIX.- Transición milanesa.

Tras varios días en voluntario silencio - enjoy the silence - regreso a las andadas. Los niños todavía duermen, ayer regresamos tarde de Milán, suena flojita - para no despertar a la tropa - una selección aleatoria de canciones de Johnny Cash.
El tránsito del año 2011 al 2012 lo he hecho en Milán, caprichos del destino. Milán ha sido una ciudad estupenda para transitar con el móvil a medio gas y sin internet ya que cortamos la itinerancia de datos para evitar un susto en la cuenta del teléfono. La crisis ha pasado a ser un estado de ánimo, como la primavera de Oscar Wilde.
Tiempo magnífico, muy soleado excepto una mañana que se despistó y cayó una pelona que helaba el alma. Muchas cosas vistas y otras que no he podido ver - peajes de viajar con niños pequeños, una excusa perfecta para regresar sin niños o cuando ellos sean mucho más mayores.
Milán me ha servido para transitar de un año a otro sin uvas - imposible encontrarlas en la ciudad de los banqueros más corruptos de la historia, los inventores de la banca. Decían los antiguos revolucionarios que peor que robar un banco era crearlo -. También ha resultado una ciudad excepcional para el tránsito del diletante dado que en breve cruzaré la frontera formal de la entrada cien.
Partí hacia Milán afogado - palabra robada del italiano - por las comidas y las cenas familiares, con cierto bloqueo narrativo, aunque una vez en la ciudad era inevitable pensar de nuevo en comida o en bebida aunque mi primera intención era la de acompañar esta entrada con una sobria pintura de Daniele Crespi, un pintor milanes de principios del siglo XVII que pintó una ascética cena de San Carlos Borromeo - arzobispo de Milán - a base de pan y agua.
Las servidumbres de viajar con niños pequeños me han impedido ver en realidad este cuadro que estaban en la Iglesia de Santa María de la Pasión - queda pues como una de las gozosas tareas pendientes.
No había marcado ningún objetivo gastronómico, no es recomendable cuando se viaja con un niño de 3 años y otro de 5 marcarse grandes metas, basta con que disfruten. Hay que evitar que los viajes sean un suplicio para los niños ya que puede ser una vía para que terminen por odiar cordialmente a sus padres y terminar por despedazarlos con una motosierra.
En Italia no es complicado mantener sus estómagos contentos ya que la dictadura de la pizza y de la pasta, del tiramisú, la panacotta y el gielatto di ciocolato (no sé si lo he escrito bien), les mantienen en un estado de felicidad casi permanente, que complementan con los palitos - grisinis - y con unos donuts silicianos del tamaño de una plaza de toros.
Los mayores hemos intentado sobrevivir a base de grandes ensaladas - anunciadas como Insalatones en todos los menús -, mucha rúcula, mucha mozzarella porosa y láctea - nada que ver con los sucedáneos que se venden a granel en España, que parecen derivados blanquecinos del caucho -. Aún y así hemos terminado por limpiar los platos de los niños, lo que ha hecho que nuestra ración de hidratos quedara ampliamente satisfecha todos los días.
De nada servían grandes programaciones ya que el apetito de los menores, como sus ganas irresistibles de ir al baño, podían asaltarles en cualquier momento y de manera que pareciera que se acercaba el fin del mundo si no se atendían sus necesidades vitales; de ahí que cayeramos en el primer local mínimamente cómodo en el que se anunciaran pizzas al forno di legna, hasta el punto de haber cenados dos días seguidos en un restaurante cercano al hotel - il tavolino -, de auténtica comida italiana elaborada por una nutrida familia de orientales con bastante temple a la hora de hervir la pasta y conseguir un punto al dente que nada tenía que envidiar a las pastas de la nonna.
Algún destello de la luminosa cocina lombarda hemos tenido al probar una pasta con pulpo, gambas, mejillones y almejas - ahora que recopilo me doy cuenta de que he pedido hasta en tres ocasiones pasta con frutti di mare -; puede que el acierto de las salsas se encuentre en los tomates que usan, unos tomates un pelín más grandes que los que nosotros llamamos tomate cherry, son unos tomates muy dulces y acuosos que no es sencillo encontrar en España, tomates que ya había probado en otras escapadas a Italia.
Ya he hecho referencia a la mozzarella, también merece la pena añadir a la lista un osobuco con verduritas que tomamos en una trattoria en Navigli, y de entre los vinos - caros por regla general - un chianti clásico del año 2009 Pèppoli que tomamos en un restaurante cercano a la Scala de Milán - que tampoco visitamos.
Queda pendiente también una visita al Cenacolo de Da Vinci - la última cena, hay que reservar el pase para ver los frescos con meses de antelación -. No pudimos contemplar en vivo el detalle del salero caido sobre la mesa. Dentro de esas tareas pendientes también una última cena menos conocida pero más copiosa de Daniele Crepi en la Pinacoteca de Brera (tampoco visitada) en la que sorprende el detalle del menú a base de carne y pescado.
No todo han sido tareas pendientes, lo visto en tres días ha sido grato, sobre todo la Plaza del Duomo con un majestuoso interior de la catedral custodiada por policía militar. Divertido ver a las monjitas pasear por la calle con calzado deportivo, vistosas zapatillas de marca que sintonizan con el exquisito gusto del actual Papa por el calzado (hay que fijarse), ya se anunciaba para este nuevo 2012 el encuentro de las familias cristianas en el caluroso verano milanés. Aunque fuera jugaz, también fueron sorprendentes las largas avenidas y las galerías de moda; Milán es una ciudad envidiable ya que hay casi tantas librerías como bancos. Visitamos el museo de ciencias naturales, algo polvoriento pero permitió que los niños corretearas emocionados entre animales de la selva disecados y cabezas de grandes alces de impresionante cornamenta. En el museo de arte contemporaneo había una exposición de Lassiter y Pixar, lo que nos permitió recorrer sin mala cociencia los lugares comunes de la iconografía de Disney de los últimos años desde Toy Story hasta Cars 1 y 2 pasando por Monstruos S.A., los Invencibles, Up y otras películas de animación. La tienda del museo se convirtió en una juguetería.
Mucho, por lo tanto, visto y mucho que ha quedado por ver. De entre todo Milán le ha dejado al diletante en tránsito un regalo, una exposición temporal de Paul Cezanne montada en el Palacio Real a base de video montajes y de una cuidada escenografía que reproducía los motivos y rincones preferidos del pintor - la exposición se llamaba El atelier de Cezanne -, no había muchos cuadros, tampoco eran los más representativos, sin embargo permitían disfrutar de la amplia gama de verdes y ocres manejados con aparente simplicidad - dudo que nadie salvo puede que Klee - domine tanto los verdes como Cezanne.
De entre los cuadros cierro esta entrada con una reproducción de un apunte poco conocido - manzanas, peras y una cacerola -. Entre las tareas pendientes queda traer una receta de ñoquis al gorzonzola copiada de Tognazzi (receta que permite confirmar algo que leí a Capel antes de marchar de viaje sobre el modo de hacer ñoquis) y el compromiso de que la próxima escapada con niños será seguramente a Munich cuando temple un poco más el clima.



domingo, 15 de mayo de 2011

CAP.XIII.- Frutas en la ensalada.

Mikel López Iturriaga, autor de un blog muy entretenido llamado "El comidista" - http://blogs.elpais.com/el-comidista/ - tiene una sección curiosa llamada "Comida Viejuna" en la que revisa recetas que hatn tenido cierto predicamento en el pasado reciente y que han quedado ahora desenfasadas, allí han aparecido referencias a los San Jacobos, a las Gambas al Ajillo y a otras reliquias de los menús de finales de los setenta principio de los ochenta del siglo pasado.

La otra noche cenando fuera antes de ir al cine tuve la oportunidad de reencontrarme con esos platos viejunos que, sin embargo, me dejó gratamente sorprendido - será que yo también soy un cocinero viejuno -. La ensalada de pollo y piña aderezada con mucha salsa de mayonesa y un poco de lechuga romana.
No sé si era por el hambre o por la alegría que tenía por poder ir al cine - con niños pequeños lo de escaparse al cine es motivo de alborozo sea cual sea la película que veas -, pero aquél plato me supo a gloria por lo sencillo y evocador que podía llegar a ser puesto que hubo un tiempo en el que lo más sofisticado que se podía pedir en un restaurante era una ensalada de pollo y piña.

No trataré de reproducir la receta de la añorada ensalada, ni siquiera de actualizarla con nuevas salsas o condimentos. Los platos viejunos deben mantener ese toque vintage que hace que para bien o para mal uno caiga en el tunel del tiempo. Pero esa receta me llevó a inventariar las ensaladas modernas en las que la fruta aparece como elemento distintivo, como punto de modernidad:
Está a punto de ser una ensalada vintage la de escabeche de perdiz y granadas con la vinagreta de mostaza.
Manzanas, nueces y queso de roquefort con una juliana de endivias puede ser otro ejemplo frutal en un entrante.
Hay multitud de combinaciones a base de melón o de sandía licuada o en daditos.
Aporto algunas opciones que juegan con la naranja como punto de distinción:
(1) Ensalada de Salmón y naranja.- Para elaborar esta ensalada es necesario utilizar salmón ahumado, puede servir el que se vende en lonchas pero queda más vistoso si se utilizan jugosos tacos de lomo de salmón. Sobre cada taquito de salmón se coloca un trocito de mozzarella y un gajo pelado de naranja - las torres son muy sabrosas, si se tiene la oportunidad de contar con naranja sanguina el resultado pasa a ser espectacular -. Si se sirve como si fueran largos pinchos pueden aderezarse  el pincho con un poco de salsa de aceitunas negras (la oliverada catalana o similar). Se termina el pincho con unos cristales de sal maldón y un chorrito de zumo de naranja. Si no tenéis la oliverada o el garum se puede sustituir por unas aceitunas negras, yo apuesto por las Kalamatas griegas.
(2) Ensalada de migas de bacalao con naranja.- La base de la ensalada son las hilachas de bacalao desalado, las hebras que todavía conservan un puntito de salazón. Para organizar la ensalada se utiliza una bandeja grande que se cubre en su totalidad por cebolleta cortada en fina juliana, no importa si tiene es un poco picante. SObre esa cama de cebolleta se añaden dos naranjas peladas en rodajitas, en la medida de lo posible hay que evitar que tengan los restos de la capa blanca que suele amargar la naranja. Para pelar y cortar la naranja no hay problema en hacerlo sobre la bandeja para que el juguillo que se pierde con el manejo de la fruta pueda servir para ir formando la salsa. Cubierta la bandeja por esta segunda capa sólo queda añadir las hebras de bacalao desalado, que también destila un líquido sabroso, de ahí que no sea necesario que el bacalao esté escurrido al máximo. Rectificar de sal el plato teniendo cuidado de que no quede muy salado por la sal que conserva de suyo el bacalao. Se añade un chorreón generoso de aceite de oliva con cuerpo y el adorno de unas aceitunas - no muchas - de nuevo yo tiro de las kalamatas aunque reconozco que la pequeñita española arbequina tiene su encanto.

En definitiva ensaladas frescas, originales y, aunque no lo parezca, hunden sus raices en tradiciones centenarias. (Por cierto, tendré que hacerme mirar mi tendencia a utilizar mozzarella en muchos platos. A poquito que me esfuerce seguro que encuentro cientos de quesos que puedan sustituir a la mozzarella ... pero la que sale buena es tan sabrosa ...).


domingo, 8 de mayo de 2011

CAP. XI.- Versiones y perversiones.

Jan Brueghel el Viejo pintó una alegoría al sentido del gusto en 1618 en la que el diablo ofrece vino de una jarra dorada a una mujer, el diablo sonríe mientras la mujer tiene el gesto perdido, concrentada en la comida.



Brueghel a lo largo de su vida acudió en muchas ocasiones a escenas en las que aparecían personas comiendo, sin embargo para simbolizar el sentido del gusto huyó de imágenes más placenteras y utilizó estas tan enigmáticas, una bella mujer desvahida, tentada por el diablo y rodeada de piezas de caza.
Sin embargo si tuviera que elegir una imagen del sentido del gusto no cabe duda de que dentro de la obra del propio Brueghel hay otras más reconocidas:

De versiones y de perversiones querría hoy tratar para hablar del salmorejo, una crema fría de tomate que enseguida evoca a Andalucía, a Córdoba, al calor del verano, el aceite de oliva y la guarnición de jamón y huevo duro picado.
El Salmorejo, bien como entrante, bien como base para otros platos, se ha recuperado como crema fría junto con el ominpresente gazpacho y el pujante ajoblanco. El salmorejo es plato de cocina de resistencia, aquella que aprovechaba los restos, la tradición dice que hay que prepararlo a base de tomates pasados y pan duro. La receta tradicional se inicia con un diente de ajo picado, quilo y medio de tomates algo pasados, 250 gramos de pan reposado, previamente remojado en agua, un chorrito de vinagre. Se pasa por la batidora y se va incorporando aceite de oliva como si fuera una mayonesa hasta que traba crema de tomate suave. Se rectifica de sal y de vinagre y se sirve fría acompañada de huevo duro picado y taquitos de jamón serrano picado. El contraste de sabores y colores es una gozada.
Esa versión original puede trastocarse introduciendo algunas modificaciones:
(1) Respecto de los tomates.- En función de las manías y paladares los tomates se pueden pelar, aunque si se utiliza termomix la crema queda con una textura perfecta. Mejores resultados puede dar la variación de sustituir uno de los tomates - se utilizan 6/8 en función del tamaño - por un cuarto de manzana starsky pelada, le da un toque dulce a la crema.
(2) Respecto del pan los recetarios modernos sustituyen el pan duro por 8 lonchas de pan de molde que se puede remojar también. El viangre de jerez se puede sustituir por un chorrito de vinagre de módena - en este caso es conveniente reducir la proporción y pasar del chorrito a unas gotas.
(3) Respecto de la guarnición en algunos restaurantes se sustituye el huevo duro y el jamón por gambas o langostinos pelados que pueden picarse o no en función del gusto de los comensales. Otra opción de guarnición es la de sustituir el huevo duro por mozzarella y espolvorear oregano.

Si se aceptan todas estas variables - el medio tomate, el pan de molde, el viangre balsámico, la mozzarrella y el orégano - el salmorejo deja de evocar la Andalucía profunda y se convierte en un homenaje a la ensalada Caprese. ¿Versión o perversión?

domingo, 1 de mayo de 2011

CAP.IX.- Domingo por la tarde y una receta de limones horneados.

Hemos comido fuera con los niños, se agota la tarde del domingo y lo peor es hacer recuento de todas las cosas que finalmente no has hecho durante el fin de semana.
Ayer vinieron amigos a cenar, marcharon tarde después de haber probado 8 platos, prácticamente los que anuncié en una entrada anterior.
El día empezó un poco nublado pero a última hora de la mañana abrió hasta convertirse en una tarde casi de verano, en la tele preparan una receta de rabo de toro guisado con queso idiazabal,en principio la combinación da un poco de miedo, pero puede que el contraste sea original.
Me gustaríadejar hoy una entrada tan luminosa como este cuadro de Perico Pastor:
Una de las recetas de ayer, la que sorprendió más a los invitados fueron los limones amalfitanos asados, un aperitivo muy original tomado de uno de los libros de cocina de Jamie Oliver. En mi caso utilicé unos limones cogidos directamente de un limonero en Vallinara, unos limones grandes, muy olorosos con la cáscara brillante. Son limones rugosos no muy aptos para zumos ya que tienen la pulpa poco jugosa.
Para hacer la receta hay que cortar seis u ocho limones por la mitad y vaciar con un cochillo de punta fina toda la pulpa - me gusta mucho ver que en algunos recetarios a esos cuchillos de punta les llaman "Couteau du chef" -. Los cocinillas normalmente tenemos manías con los cuchillos y si nuestro cuchillo preferido desaparece nos obsesionamos conque la receta nos va a quedar peor.
Hay que vaciar los medios limones porque en realidad los limones no son sino el molde en el que irá la receta, la pulpa no se utiliza en esta receta.
Una vez vacios los limones hay que cortarles el culo a los medios limones para que la superficie quede estable y puedan colocarse sin oscilar en el horno. Oliver propone que se coloque cada medio limón sobre una hoja verde de limón, que sirva para evitar que el limón no se pegue a la plancha del horno. Si no disponemos de hojas de limón se puede hacer la receta sobre papel satinado para el horno.
Vacios los interiores de los medios limones y colocados sobre una bandeja de horno - ocho limones permiten hacer 16 tapas de limón -, se rellena cada uno de ellos con un trocito de mozzarella. No ha de ser un trozo muy grande, ha de ocupar más o menos la mitad del limón vaciado ya que hay que colocar algún ingrediente más. Ayer en vez de mozzarella normal (sirven las bolas pequeñas que venden para ensaladas) utilicé bolas de mozzarella ahumada. También puede utilizarse un queso fresco, tipo burgos. Hay que buscar un queso suave y poroso que puede tomar los sabores y olores de los limones.
Sobre el trozo de queso se coloca media anchoa, medio tomate cherry y un poco de albahaca fresca picada. Se aprieta un poco con los dedos para ganar un poco de espacio y se coloca otro trozo de queso para cubrir del todo el limón. Cuanto más grandes sean los limones mayor será la ración.
Se mete la bandeja en el horno precalentado a 200º durante 10/15 minutos, hay que vigilar que el queso quede bien deshecho, incluso un poco tostada la superficie.
Si queremos que se intensifique el sabor cítrico los limones se pueden preparar por la mañana y dejarlos macerar durante todo el día para hornearlos por la mañana.
Hay que servir los limones calientes, se puede añadir un chorrito de aceite de oliva antes de comerlos. Se comen utilizando una cucharilla de postre y es un aperitivo muy original y fresco, muy veraniego.
El plato se podría españolizar cambiando la mozzarella por un queso fresco de aquí - sirve el queso de burgos incluso un mató catalán -, la anchoa se puede sustituir por una loncha de mojama o de cecina, añadir un poco de ajo picado, sustituir la albahaca por perejil picado. Así los limones amalfitanos pueden pasar a llamarse limones Valliranos.
Esta receta se la dedico a mis chicas, las del sindicato del crimen, que llevan muchos meses estudiando y que ahora tienen que descansar y darse algún homenaje, seguro que aprueban las oposiciones.