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viernes, 11 de mayo de 2012

CAP. CXLV.- (Pre)historias sardas.

Ayer a la noche llegamos a Cerdeña. Hubo un tiempo en el que pensé que la única manera de legar a esta isla era en Barco, sin embargo en esta primera ocasión he tenido que conformarme como una incomoda línea aérea de low cost que trata a sus pasajeros como si fuera ganado de la peor calidad. Tras una logística familiar complicada hemos tenido que viaje en coche a Girona para tomar, con nocturnidad, un vuelo a Sassari, hemos tardado más en el viaje en coche - una hora larga - que en el salto a la isla - 50 minutos. Llegar a una isla - a cualquier parte - en barco da sin duda una dimensión aventurera al viaje que desaparece cuando la arribada se hace por medio de una azafata gruesa a la que le olía el sobaco a rancio, sin duda porque llevaba 8/10 horas saltando de un aeropuerto de segunda a otro sin le glamour de las aeromozas de la Pam-Am. Recuerdo un viejo libro de viajes de Josep Pla en el que describía su llegada al amanecer a un puerto Sardo, llegaba en un vapor, acompañado por su esposa, en el periodo de entre guerras del siglo pasado. Yo también pude haber llegado a Cerdeña en barco, en una goleta impulsada a vela, con la que podría haber cruzado el breve trayecto entre Palma de Mallorca y Alguero. A finales de los años setenta, en plena adolescencia, mis padres unos anunciaron que la hija de unos amigos venía a pasar un fin de semana a Madrid; mis padres habían vivido algunos años en Mallorca y cuando recalaron en Madrid muchos amigos isleños acudían a nuestra casa como lugar de acogida para mitigar los rigores impersonales de la gran ciudad. Aquella chica, de la que ni tan siquiera recuerdo el nombre, venía para un fin de semana, con un programa apretado de visitas y encuentros con personas ajenas a nuestra casa, en definitiva mis padres anunciaron que su función se reducía en principio a un bed and breackfast amable. Ella debía tener 20/21 años, en casa yo, que era el mayor, apenas tendría 16. La única instrucción era la de sonreír, saludar y acordarse de tirar de la cadena y bajar la tapa cuando fuéramos al baño. Distintas circunstancias que me resultaban completamente ajenas determinaron que aquella chica no solo se quedara el fin de semana, sino que alargara su estancia durante varios días más,  hasta el punto de que creo que estuvo con nosotros casi dos meses, lo que determinaba que nuestra misión ornamental hubo de adaptarse a nuevas realidades, entre ellas la de una convivencia mucho menos protocolaria que generaba roces inevitable. Recuerdo que aquella chica era una de las hijas de un cirujano amigo de mis padres, todos sus hijos (5 ó 6) mayores que nosotros; unos chicos a los que veíamos fugazmente en verano. Este amigo de mis padres tenía un viejo yate de estilo inglés - un elegante barco de madera de cuatro camarotes - con el que solían dar una vuelta a la isla de Mallorca durante la primera quincena del mes de agosto; los hijos, en función de sus amistades y sus planes, se incorporaban al veraneo de los padres atendiendo a la pura conveniencia. Ni que decir tiene que siendo nosotros mucho más pequeños no solo no podíamos considerarnos amigos, sino que nosotros podíamos llegar a ser un incordio. La vida en el barco estaba marcada por una ordenada anarquía en la que no era extraño encontrarse con chicas en bragas desperezándose en cubierta, mientras sus hermanos improvisaban rudimentarios curricanes para poder pescar alguna llisa o algún Lorito durante la travesía. El amigo de mis padre - Miguel - comentaba con cierta sorna que aquel yate servía en invierno como "picadero" para sus hijos, que se refugiaban en el barco varado en el puerto de Palma para encontrarse furtivamente con sus parejas. También comentaba que en alguna de las crisis familiares alguno de sus hijos - sobre todo los mayores - eran extrañados temporalmente al barco para evitar con ello situaciones de tensión, de modo que el yate además de la función de recreo hacia las veces de socorrido apartamento para gestionar tensiones y distensiones familiares. Esas referencias a ojos de un adolescente convertían a los tripulantes del barco en una tribu de aventureros gobernados por un padre que tenía la sana costumbre de Gintonificarse a media mañana, de ahí mi fascinación actual por la Tanqueray, una bebida que a mis ojos era el licor de los aventureros. La improvisada estancia de esta chica en nuestra casa durante más días de los razonables no vino acompañada de ninguna explicación oficial, conviene recordar que era un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles y que incluso los fijos eran incomodos de manejar; supongo que esta chica hablaría en alguna ocasión con sus padres o con los míos pero lo cierto es que nunca llegamos a adivinar las razones de su prolongada estancia y el modo en el que ocupaba su tiempo mientras mis padres trabajaban y nosotros - el su mundo de los menores de edad - íbamos al instituto. Ella era una mujer desenvuelta, tres o cuatro años mayor que yo, un istmo insalvable en aquel tiempo. Seguía teniendo la costumbre de pasear en braguitas por la casa, incluso se incorporaba a alguno de nuestros rudimentarios hábitos fraternales como las partidas de cartas al mediodía con un vote lleno de pesetas y de duros que se repartían al cabo de unos días conforme a unos complejos códigos de distribución en función de la suerte de los naipes. Dentro de esos hábitos mas o menos rupestres estaba el de ver los viernes a la medianoche la película erótica de tele cinco, aquel era un tiempo en el que el termino "película erótica" no existía, las películas era S o X, o simplemente películas "guarras". El pase de tele cinco era mucho mas suave que el del canal plus, no se atrevían a poner porno en ninguna de sus variedades, se contentaban en ese tiempo - finales de los 70 del siglo pasado - con poner películas de tórrido contenido siempre excusadas con un referente culto que justificaba su proyección y nuestra audiencia. En esa serie pudimos ver el Decameron de Pasolini, .El Portero de Noche, el Imperio de los Sentidos, el propio Tango en París. Películas todas ellas que siguen teniendo un influjo magnético en mi memoria. Mis hermanos no sabían bien bien quien era Pasolini o Liliana Cavani, tampoco Bertolucci; nuestra clasificación era mucho más pedestre ya que, en función de lo exhibido, las películas eran e culo y teta, de teta y chumino, de frotamiento o de polvo más o menos visible. De modo que estábamos más pendientes de ver si a Brando se le veía la tranca en algún contraluz que de la sinsabores y absurdos de a comunicación humana. Cuando ya nos habíamos acomodado los cuatro hermanos para ver en esa ocasión los Cuentos de Canterbury nuestra sorpresa fue que aquella chica, con sus braguitas y una camiseta ajustada de algodón, se acomodó en uno de los sofás dispuesta a intervenir en cualquier comentario de nuestro improvisado cine forum y lo divertido fue que ella abrió fuego con los chistes más procaces dado que por edad y por experiencia vital estaba en condiciones de dejarnos en mantillas. La circunstancia de ser el mayor de los hermanos y roto el hielo del contacto gracias a la película mis hermanos me mandataron para indagar a cerca de las razones por las que esa chica había recalado en nuestra casa, ocupaba nuestro baño y nos obligaba a cambiar ciertos hábitos de aseo y decoro. Fue ella la que me propuso salir a tomar una cerveza una noche, estudiaba medicina en Barcelona, estaba en Madrid siguiendo el rastro de un novio; sus padres estaban disgustados porque en su orden de prioridades las académicas eran de menor importancia ya que era navegante - vela - y organizaba su vida en función de las regatas. Pese al peso del síndrome de Miss Robinson en los adolescentes de mi generación, no tuve la suerte de por seducir a la chica, por lo menos no fui consciente de haberla seducido, aunque lo cierto es que me propuso - si quería navegar - embarcarme con ella en una goleta que saldría en el mes de junio desde Palma para hacer una travesía a vela hasta Cerdeña, en el marco de una regata de barcos de época. No tendría en el barco una misión especial pero podría arribar a Cerdeña en sus compañía, entrando al amanecer al puerto de un modo más elegante que el del propio Pla, que llegó en un vapor. La chica abruptamente marchó de casa poco después, supongo que los amoríos se torcerían. No recuerdo haber recibido explicación oficial alguna, lo que nos permitió sumergirnos en todo tipo de especulaciones y fascinaciones. Cerdeña quedó en mi memoria como un referente romántico al que solo podría acceder por mar. Pocos años después recibí nuevas noticias suyas, noticias tan especiales como las del primer contrato ya que me contaron que había sido madre de las que entonces se llamaban solteras, había conseguido ocultar el embarazo a su familia hasta el parto, oculta miento altamente meritorio si teníamos en venta que tanto su padre como sus hermanos eran médicos y que ella había pasado el embarazo entre la casa paterna y el barco lo que hacia que la convivencia fuera cotidiana. Contaban que incluso cuando rompió aguas y se puso de parto negaba estar embarazada y mientras que pedía que la llevaran al hospital para operarla de peritonitis. Supongo que aquella chica debe ser una mujer respetada y respetable, puede que incluso tenga nietos a los que pasee en barca por la bahía de Palma. Pese a que sigo yendo a Palma con frecuencia lo cierto es que aunque me la cruzara por la calle no la reconocería, del mismo modo que pienso no solo que ella no se acordaría e mí, sino que probablemente no se acordara de su compromiso de llevarme como un polizón a las costas sardas, un sueño que he conservado hasta hoy. Escribo estas líneas mientras aguardo mi turno de intervención en un solemne acto académico, el mío habrá de ser el sexto parlamento, noveno si tenemos en cuenta el tramite de presentaciones oficiales y agradecimientos. El italiano es un idioma tan delicioso que no mete la pena utilizar la traducción simultánea aunque sea a costa de no tener más que una ligera referencia e lo tratado. La espera en el aula magna de la universidad, sentado en un lugar de preferencia, mientras que mis colegas italianos piensan que estoy redactando las líneas fundamentales debí intervención, me ha permitido recordar esta (Pre) historia sarda y especular con los vericuetos por los que podría haberse conducido mi vida de haber embarcado en aquella goleta en el año 79. Esta prehistoria quedaría incompleta sin una receta sardas que no podré probar en este viaje ya que es excesivamente simple y los protocolos académicos obligaran sin duda a nuestros anfitriones a agasajarnos con comidas mas complejas. Los ingredientes de mi receta son: 4 calabacines 50 gramos de moya de pan 200 gramos de queso de cabra 1 cucharada de piñones 2 dientes de ajo Media cebolla 1 cucharadita de café de pimentón dulce media cucharadita de café de comino en polvo unas hojitas de menta sal pimienta molida aceite de oliva Virgen. Los calabacines sardos no son verdes sino amarillentos, de tipo siciliano. Primeramente hay que lavar los calabacines, abrirlos longitudinalmente, hacer unas incisiones romboidales en la parte de la carne, colocarlos sobre una plancha engrasada de horno y salpimentarlos y añadir un chorro de aceite de oliva sobre la pulpa.Hay que asarlos ligeramente en el horno a 180º con el objetivo de que se ase, sin tostarse, la pulpa del calabacín. La temperatura no puede ser muy elevada ya que el calabacín ha de mantener parte de su humedad y la piel ha de quedar tersa ya que habrá de servirnos como barqueta para presentar el plato. Cuando el calabacín - zuquini en italiano - esté hecho se retira del horno, se deja uno par de minutos para que refresque y, con ayuda de una cuchara sopera, se vacía con cuidado de no quebrar la piel y no apurarla para que pueda servir como recipiente para el guiso. Cuando estoy a punto de poner una sartén con aceite el moderador de la jornada me hace un gesto y me anuncia que se acerca mi intervención lo que me obliga a interrumpir la receta y escrutar al publico asistente de la jornada para improvisar cuales deben ser las pautas de mi intervención a la vista de los rostros ya desencajado por el aburrimiento... ... Cumplida mi misión académica con aseo - conseguí reducir el numero de bostezos por minuto - retomo mi sartén con unas cucharadas de aceite, antes de que empiece a humear añado el puñado de piñones para que se tuesten y aromaticen un poco el aceite, cuando empiezan a tomar color retiro y escurro los piñones, reservándolos para después. Toca el turno de  la media cebolla picada y poco después el ajo - si hubiera puesto primero el ajo se me hubiera tostado y en este caso creo que el plato gana si no se dora el ajo -. Rehogados el ajo y la cebolla llega el momento de los piñones, aquí si que creo que gana mucho el plato si se han dorado un poquito de ahí que los tostara primero y los reservara para este momento. Mezclada esta primera fase de la farsa añado la pulpa del calabacín asado, subo un poco el fuego, añado sal para que evapore más rápido el agua vegetativa de las verduras, una pizca de pimienta. Con una cuchara de madera conviene no solo remover, sino también despedazar un poco los trozos de pulpa de calabacín, sobre todo si al asarse quedó un poco tiesa. Llega el turno de la miga de pan y el queso - cabra u oveja - conviene que sea un punto fresco y que pueda deshacerse bien en el sofrito. La miga y el queso terminaran de absorber la grasa y el agua. Queda solo añadir las especial pendientes - el pimentón dulce y el comino -, también las hojitas de menta fresca picada - si no hay menta la albahaca o la hierbabuena fresca van también bien -. Es recomendable guardar un poco de la menta fresca picada para adornar el plato antes de llevarlo a la mesa. Hecho el relleno se deja reposar unos minutos antes de rellenarlas barqueras con la piel de los calabacines - 4 calabacines da para 8 porciones, si los calabacines son muy grandes se pueden cortar por la mitad y hacer así 16 bocados. Rellenos los calabacines solo queda el toque de horno para que se dore la parte superior. Si no se que emplear queso rallado - el de cabra o de oveja más curado puede rallar bien - se puede usar un poco de pan rallado, que tuesta bien y terminará de absorber los líquidos. En el momento e presentar el plato a la mesa conviene espolvorear una pisos de pimentón dulce, las hojas picadas e menta y un poco de aceite de oliva para darle lustre al plato. Zuquini a la sarda dispuestos para comer. Como complemento un cuadro de un pintor Sardo, Nino Pippa, si todo va bien mañana podré tomar un pescado al horno en ese puerto con mi mujer y conseguir así que mi primer contacto real con Cerdeña me de material evocativo para hacer una nueva entrada sarda dentro de otros 30 años. Como en el iPad es complicado hacer entradas al blog con imágenes, de momento cuelgo el link, con el compromiso de reintegrar el cuadro en cuanto regrese a Barcelona. 

3 comentarios:

  1. Me he pasado un rato estupendo leyendo la entrada de tu blog y como recordabas la visita de la mallorquina, cuando se evocan tiempos pasados, es curioso como cada uno los interpreta y me he divertido. Los zuquini a la sarda tienen que estar buenos pero ir a Cerdeña aunque sea a una conferencia, deja hueco para ver muchas cosas. Nos debes la pintura, no lo olvides. Jubi

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  2. Ya huelo la ráfaga de plomo antinostalgia de algún chicagoan ganster. Aprovecha para cortarte el pelo. :) Besos

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  3. Que bonito el cuadro que inicia la receta, receta apetecible para esta época

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