Follow by Email

sábado, 7 de abril de 2018

Cap CDXXXIX.- Baya de Sansho.


XVI.- BAYA DE SANSHO

La noche del 16 al 17 de agosto fue, probablemente, la más calurosa del año. Andrés apenas pudo dormir, el calor seco se le agarraba a la garganta y convertía sus pulmones en alquitrán, los ansiolíticos y los somníferos no podían diluir la situación de agobio.

No había amanecido todavía cuando se levantó. Abrió todas las ventanas del piso buscando una corriente que no terminaba de arrancar, incluso de madrugada el exterior irradiaba fuego.

Encendió una pequeña luz en la cocina, sobre la encimera, un foco mínimo que evitara el incremento de la temperatura. Abrió la nevera y se bebió de un solo trago casi un litro de agua, en breve empezaría a sudar y quien sabe si con el sudor podría reducir la sensación de opresión en el pecho. El muestrario de medicinas aguardaba pacientemente sobre la mesa, hasta las seis de la mañana no debía tomar ninguna de las pastillas, ni las obligatorias, ni las recomendadas, ni las convenientes, ni las apetecibles, todas tenían que esperar a que empezara a clarear. Andrés sabía dosificar las dosis y combinar los efectos de unas y otras, incluso los que eran menos placebos.

Sacó de la nevera un paquete de pechugas de pollo fileteadas, envueltas con primor. Benita las compraba en el mercado, pequeñas cantidades, para que no se revinieran. Buscó una bandeja de cristal ancha, desdobló los pliegues del papel plastificado que protegía la carne y fue extendiendo una a una las pechugas, sin dejar espacio entre ellas. Los filetes eran finos, casi transparentes, como le gustaban a él; el pollo de color amarillo intenso, casi naranja. El pollo dejaba un rastro viscoso entre los dedos. Tuvo que lavarse las manos concienzudamente hasta que desapareció la sensación gelatinosa, y hubo de secarse las manos con mayor cuidado incluso para que no quedara rastro de humedad. Puede que la edad, la soledad y la enfermedad le hubieran hecho todavía más maniático.

Abrió la portezuela de uno de los armarios y, en penumbra, tanteó hasta dar con el recipiente de la sal. La mínima luz sobre la encimera apenas daba para iluminar la superficie de la bandeja, haciendo brillar los filetes de pollo.

Espolvoreó una pizca de sal, no mucha porque era uno de los ingredientes prohibidos por los médicos. Se sacudió bien las manos. Devolvió la sal a su sitio y sacó varios botes de cristal, no eran muy grandes, cada uno de ellos guardaba un tipo de pimienta. En la etiqueta, escrita a mano, aparecía el nombre de un tipo de pimienta. Guardaba cerca de una veintena de recipientes, en cada uno de ellos apenas cabían 50 o 60 gramos de especias.

Fue destapando y olisqueando, se detenía unos segundos para que la nariz se le despejara. Incluso depositaba algunas bayas sobre la palma de la mano, las frotaba bien para que despidieran todo su aroma y aspiraba lentamente, abriendo las aletas de la nariz y dejando que los minúsculos fragmentos de pimienta le llevaran a las puertas del estornudo.

Le costó decidirse, tras algunas dudas eligió unas bayas de Sansho, las deshizo entre los dedos y cubrió ligeramente los filetes, briznas de color pardo que encajaban junto a los cristales de sal.

Llevó cuidadosamente los botes de pimienta de nuevo al armario. Abrió la nevera y cogió un limón de piel brillante. Sacó un rallador de uno de los cajones y fue rallando minúsculas escamas de piel de limón sobre el pollo. Enseguida un intenso olor a cítrico invadió la cocina. Se olisqueó las manos, el limón le daba cierta sensación de frescor.

Escurrió el rallador bajo un chorro de agua, lo secó con cuidado, usaba una servilleta de papel ya que los paños se deshilachaban. Dejó el utensilio en el cajón y el limón  en la nevera. Sacó una botellita de soja, con la precisión de un químico depositó unas gotas de salsa de soja sobre los filetes, las gotas enseguida se extendieron y arrastraron suavemente las briznas de limón y de pimienta, los cristales de sal empezaban a diluirse. Andrés contemplaba absorto el arranque de la maceración, la luz de la pequeña bombilla convertía la cocina en un laboratorio.

Sumergido en aquel absurdo ritual, abrió de nuevo la puerta de la nevera para depositar la botella de soja y sacar un brick de leche, desnatada por supuesto. Desenroscó el tapón y comprobó que la leche no se hubiera cortado. Se dispuso a empapar las pechugas con un mínimo reguero de líquido que corría entre las comisuras de los filetes; Andrés evitaba que empapara directamente la carne para mantener así los manchurrones de soja, limón, sal y pimienta. La leche no llegó a cubrir las pechugas, que parecían flotar sobre un océano blanco.

Llevó la leche de regreso a la nevera y rebuscó en los cajones hasta dar un rollo de film transparente. Pegó uno de los extremos del film contra la pared de la bandeja y fue estirando parsimoniosamente el rollo para mantener la tensión del plástico, no debía tocar la superficie de las pechugas. Adhirió el plástico sobre el otro extremo de la bandeja, mantuvo el rollo en tensión con la mano izquierda mientras que con la derecha abrió un cajón en el que, a tientas, rebuscó hasta dar con un cuchillo de filo fino. Dio un corte rápido, decidido y superficial sobre el rollo de plástico y terminó de sellar la bandeja.

Definitivamente Andrés se había convertido en un tipo maniático, extremadamente maniático.

Guardó el cuchillo y el rollo de plástico, se frotó las manos sudorosas y cogió la bandeja como si fuera un relicario para llevarla a la nevera. Apagó la lucecilla sobre la encimera y, al abrir la puerta de la nevera, quedó su silueta iluminada como en una pintura tenebrista.

Las pechugas quedarían durante horas en la nevera, macerando lentamente, obrando el milagro de conseguir que el insípido pollo supiera a algo.

Había visto en muchas ocasiones a Mariam seguir el ritual de macerar las pechugas, le aseguraba que la leche hacía que quedaran más jugosas. Al cabo de unas horas las secaba sobre un paño limpio, las pasaba por harina primero, después por huevo y por pan rallado antes de freírlas a fuego vivo para que el rebozo quedara crujiente. Andrés tendría que contentarse con pasarlas por huevo y pan para dejar que se hicieran al horno, los fritos estaban terminantemente prohibidos en su nuevo estado.

Agotado regresó a la cama para intentar enganchar algo de sueño o, cuando menos, esperar a que la mañana empezara a clarear.

Dio una cabezada larga, tan larga que le sorprendió el ruido del llavín de Benita abriendo la puerta de la casa. Saltó de la cama para cerrar la puerta del dormitorio, pasó al baño y abrió el grifo de la ducha, Benita sabía que si había ruido en el baño debía limitar su tránsito a la cocina.

Benita preparó un café descafeinado, mezclado con leche desnatada y sacarina, un tazón de pena negra, aunque el café descafeinado por no menos conseguía inundar la casa de cierto aroma a normalidad sintética, pero normalidad, al fin y al cabo.

Andrés había sido cazado por Benita, eso suponía quedar sometido durante minutos eternos a su perorata unilateral, a la concatenación de preguntas que no aguardaban respuesta, a la retahíla de breves quejas y lamentos sobre el calor, el ruido, el comportamiento de los vecinos, el precio de las cosas, la dureza de la ciudad, las molestias de los turistas, los reproches a su marido, los planes frutados, las recomendaciones que sabía que Andrés nunca llegaría a cumplir, las instrucciones de uso sobre comidas y cenas, las indicaciones sobre la compra pendiente… Benita hilaba las frases sin respirar, como si el aire le entrara por los poros de la piel.

Andrés no tenía salvación, salió de su cuarto vestido y aseado, sobre la mesa de la cocina le aguardaba Benita sentada, frente a un tazón de café con leche, junto a unas tostadas de pan integral cubiertas de mermelada baja en calorías. No había escapatoria. Andrés le dio un brevísimo beso en la mejilla antes de sentarse a desayunar y a tomar la medicación correspondiente, la obligada, la recomendada y la apetecible.

Le costó desenredarse de la tela de araña, casi una hora le llevó librarse de aquel monólogo exterior denso, Benita le miraba siempre a los ojos, de ese modo quedaba atrapado. Hasta que ella no se levantó para llevar las tazas al fregadero, él no se liberó. En cuanto Benita se dio media vuelta para fregar, Andrés salió huyendo hacia la puerta y ya desde el rellano se despidió. Benita había reanudado su monserga, ajena a cualquier estímulo exterior.

A medida que bajaba las escaleras hacia la calle Andrés fue recuperando la consciencia de la realidad, como si hubiera regresado de un viaje interestelar. Caminó ligero, las medicinas iban desplegando sus efectos reparadores.

A medida que se iba aproximando a la esplanada del museo del Prado se fue dando cuenta de la situación de excepción, varias furgonetas de policía vigilaban los accesos principales al museo, se habían desplegado numerosos agentes con chalecos antibalas y fusil en mano. Los transeúntes eran escrutados con absoluto cuidado. Comprobó que el Paseo del Prado estaba cortado a la circulación. Los turistas podían deambular sin impedimento, pero estaba restringido el paso de vehículos, ni siquiera los autobuses. Se asomó al Paseo y comprobó que cuatro furgonetas blindaban el paso desde la glorieta de Atocha hasta la plaza de Cibeles. Agentes municipales desviaban el tráfico entre protestas.

Los turistas bajaban como podían de los autocares y subían en peregrinación hacia el museo. El Paseo y las calles colindantes estaban tomadas por policía. Andrés temió que hubieran cerrado el Museo del Prado. Había leído algunos artículos sobre las peripecias de los cuadros del Museo durante la guerra civil, los problemas de transporte que habían dado las Meninas.

El Museo estuvo cerrado desde el 30 de agosto de 1936 hasta el 9 de septiembre de 1939, en algún momento se temió que el Museo pudiera ser bombardeado o que la masa incontrolada, fuera del color que fuera, saqueara la pinacoteca.

Los cuadros fueron embalados y sacados del Museo de noche, a lo largo de varios días tras el cierre, los primeros depósitos fueron en la propia ciudad, en la iglesia de San Francisco el Grande y el Convento de las Descalzas; pronto se vio que aquellos tampoco eran lugares seguros y en varios camiones salieron rumbo a Valencia. En algún tramo las Meninas y otros cuadros de gran tamaño tuvieron que transportarse en volandas porque había riesgo de que los bastidores golpearan los dinteles de los puentes.

Los cuadros, protegidos por la República, viajaron de Valencia a Girona, a medida que los rebeldes iban tomando las distintas ciudades, el convoy de camiones iba alejando las obras de las zonas de riesgo. Se escondieron en el castillo de Peralada y en una mina de talco cercana a la frontera con Francia, mientras los responsables buscaban una ubicación definitiva mientras durara la guerra. Finalmente fueron depositados en Ginebra, bajo la protección de la Sociedad de las Naciones, con el compromiso de traerlos de regreso a España una vez acabara la contienda.

El cierre y la salida de los cuadros del Museo fue utilizado por Franco como instrumento de propaganda, convirtiéndose en una cuestión internacional que polarizó a la opinión pública.

Al terminar la Guerra Civil los cuadros regresaron a España entre grandes medidas de seguridad y grandes temores ya que la Segunda Guerra Mundial había estallado. Antes de su regreso a España los cuadros fueron exhibidos en Ginebra, después se trajeron a España y fueron recibidos entre multitudes enfervorizadas que aguardaban la descarga de las obras en la Estación del Norte. Días antes del regreso de los cuadros Inglaterra y Suiza reconocieron la legitimidad del golpe de estado y el gobierno del General Franco.

Andrés había visto reportajes, incluso obras de teatro sobre la guerra y el Museo. Pese a sus temores, lo cierto es que el Prado permaneció abierto aquel 17 de agosto, entre controles policiales extremos.

Andrés hizo su recorrido habitual, buscó la paz y el frescor de algunos rincones poco transitados y, cuando recuperó el resuello, fue hacia la Sala de las Meninas para disfrutarlas, como cada mañana.

Al salir, cerca ya del mediodía, el ambiente se había relajado, aunque seguía habiendo mucha presencia policial y las calles cercanas al Museo seguían cerradas. Entre la nube de turistas alborotados y policías vigilantes le pareció reconocer a Anglada, de uniforme, y a Mendieta, de paisano; se acercó a ellos, preocupado por el despliegue. Mendieta fue concisa y cordial. Habían detenido hacía poco más de una hora a Idriss Maluf y a todo su grupo; por lo que le contaron habían alquilado tres microbuses los días anteriores, habían cargado pequeños grupos de turistas en hoteles de la Gran Vía y se dirigían hacia la zona del Museo. Pocos más detalles se podían dar. Mendieta estaba tan contenta que, incluso, dio dos besos en las mejillas a Andres y le dijo que en breve recibiría una llamada de la superioridad, que querían darle personalmente las gracias por los desvelos y pesquisas de las últimas semanas.


Anglada escuchaba en silencio, aunque estaba henchido como un pavo real con su cola desplegada, seguramente él también había recibido felicitaciones.


Sonó el teléfono móvil de Mendieta, que se retiró unos metros para conversar. Anglada abrazó a Andrés y le dijo al oído: «Hemos hecho algo grande, muy grande. Esto podía haber acabado en tragedia».


Andrés se mantuvo en silencio, le costó despegarse de Anglada. Hizo un gesto para despedirse de Mendieta y empezó a caminar rumbo a su casa. El calor a aquellas horas era insoportable, la medicación iba perdiendo sus efectos y el agobio cada vez era mayor.

A duras penas pudo llegar a su casa. Antes de comer tuvo que reposar unos minutos, derrengado, sobre el sillón. Benita había dejado unas pencas de acelga hervidas y Andrés sólo tenía que sacar las pechugas de la nevera, escurrirlas un poco y pasarlas por la plancha. Apenas comió, le convenía más el descanso.

Marchó al salón y al arrullo de la televisión se dejó envolver por el sueño. La casa en penumbra, la televisión con un hilo de volumen y en la boca el regusto de la heroicidad. Se durmió rápida y profundamente, había pasado mala noche y necesitaba una siesta larga y densa.

Se despertó poco antes de las seis de la tarde. La boca pastosa, aturdido todavía por el sueño, la mirada borrosa. En televisión pasaban imágenes tensas, saltos sincopados de un sitio a otro; Andrés vio imágenes de heridos tirados en el suelo, rastros de sangre sobre la calzada, pensó que era un telediario que reseñaba algún atentado en alguna ciudad lejana. Subió el volumen y comprobó, con horror, que las imágenes eran en directo, desde Barcelona, desde donde contaban que un grupo terrorista había atentado en las Ramblas contra las personas que transitaban aquella tarde por allí, contaban que se trataba de un grupo islámico radical, que habían utilizado una furgoneta para arrollar a los transeúntes. No podían precisar el número de muertos, pero hablaban de decenas de heridos.

El horror hizo que Andrés incluso tiritara de frio. Fue hacia la cocina a beber agua y regresó de nuevo al salón y a la televisión saltando de una cadena a otra.

Perdió la noción del tiempo y el anochecer le sorprendió frente a la pantalla. Las imágenes se repetían una y otra vez, apenas había novedades, sólo dolor y sangre en espiral.

Le costó apagar la televisión, eran difícil que su atención se desimantara. En otro tiempo, en otra circunstancia, Andrés hubiera recuperado las trazas del aguerrido Baztán, el héroe de tantas batallas, sin embargo, aquel 17 de agosto Andrés no era sino un hombre enfermo, avejentado, torpe, un tipo obsesivo, solitario y melancólico aferrado al pasado.

Comprendió que su tiempo había pasado, que ni comprendía, ni era capaz de enfrentarse a la realidad. Aquella noche, mientras se comía los restos de la comida, decidió que pediría la jubilación anticipada, vendería el piso, compraría una gran lámina que reprodujera las Meninas y marcharía a vivir al sur, lo más lejos posible de la ciudad. Comprendió que había llegado el momento de dejar que las Meninas abandonaran el cuadro y pudieran ser ellas las contempladoras y no las contempladas. No esperaría la llamada de Mendieta, ni la de sus superiores, en cuanto pudiera huiría al sur con cuatro libros, ropa cómoda y poco más.
Resultado de imagen de yasumasa morimura meninas



Baya de Sansho.- (Zanthoxylum piperitum). Originaria de Japón.

Su situación exacta es en la provincia de Wakayama. Su sabor es muy especial, casi explosivo, con gusto a cítricos, menta y hierbas de limón.

La baya madura en los meses de verano (julio y agosto).

Adecuada para guisos con setas Shiitake, carne de ave en poché, tartar de salmón, ensalada de frutas, cola de bogavante y anguila a la parrilla.

martes, 20 de marzo de 2018

CAP. CDXXXVIII.- Pimienta verde torrefacta.


XV.- PIMIENTA VERDE TORREFACTA



Di nova pena mi conven far versi (Otros versos traerán nuevos dolores).

Andrés guardaba pocos libros en su casa. En realidad, no eran libros, eran contenedores de recuerdos.

Nunca fue un gran lector, aunque hubo un tiempo en el que pretendió serlo y buscó refugio en grandes lectoras, Mariam y Graciela lo eran y contagiaban a Andrés la curiosidad de los libros. Andrés conservaba algunos libros regalados, libros que atesoraban cartas, reproches, entradas de cine, fotografías. Andrés los releía para reencontrase con aquellos recuerdos, para pensar en todo lo que pudo ser y, de repente, se fastidió.

Con el paso de los años Andrés se había contentado sólo con completar la biblioteca con algunos libros de arte, catálogos y ensayos, como el que había recibido hacía algunos días de Brown. Colocó la biografía de Velázquez junto a la Divina Comedia y cayó en la tentación de abrir aquella edición bilingüe en la que nada quedaba al azar.

En el canto vigésimo del infierno, dedicado a la deslealtad, allí se escondía la carta que le mandó Miriam, llena de reproches.

Io era già disposto tutto quanto

a riguardar ne lo scoperto fondo,

che si bagnava d’angoscioso pianto;

e vidi gente per lo vallon tondo

venir, tacendo e lagrimando, al passo

che fanno le letane in questo mondo.

Tras enfrentarse a los terroristas en San Sebastián, Andrés fue llevado a un hospital. No había sido herido, pero había quedado angustiado, aterido de miedo. Recordaba que le visitaron los compañeros, sobre todo los jefes, incluso el ministro, que se empeñó en acudir al hospital y retratarse con Andrés, a quien daba la mano con gesto forzado. Aquella imagen abrió periódicos y telediarios. Andrés convertido en un héroe, en alguien notorio.

Pocas horas después de prestar su imagen recibió el libro y con él la carta. Se lo trajo una enfermera, envuelto en papel de regalo. Había recibido flores, bombones, telegramas … no le dejaban recibir llamadas. Abrió el paquete maquinalmente y allí estaba la edición bilingüe de la Divina Comedia, un volumen grueso, muy manoseado. Miriam se lo había mostrado con orgullo en muchas ocasiones, el orgullo de una edición de coleccionista, con grabados de un pintor mallorquín. Dentro, en el canto vigésimo del infierno, una carta breve, llena de reproches, de acusaciones de traición y un ruego, que no intentara bajo ningún concepto acercarse a ella o a la librería. Había terminado la farsa.

Días después Graciela viajó a verle, había intentado comunicarse con él por teléfono al sorprenderle la imagen en televisión. A Graciela le costó obtener los salvoconductos que le permitían acceder a la habitación. Andrés no había facilitado ningún dato personal, mucho menos que pudiera tener una novia en Madrid.

Tras mucho insistir, consiguió colarse en la habitación, pensando que a Andrés se le iluminaría la cara.

Andrés seguía aturdido, bajo efecto de los ansiolíticos. Abrumado por las circunstancias. Junto a la cama el libro de la Divina Comedia, aparatoso, llamativo. Graciela, sorprendida por la frialdad de Andrés, se recostó en el sofá, después de comprobar que él apenas era capaz de cogerle la mano con tensión. Postrada en el sofá, cansada de mirar revistas viejas, de manosear recortes de prensa, todos heroicos, cayó en sus manos el libro de Dante y, con él, la carta de Miriam. Y con la carta se despejaron alguna de las incógnitas. En cada insulto y en cada reproche de Miriam ella se vio traicionada. No pudo contener las lágrimas, tras ellas la rabia. Por fin se levantó, le miró a los ojos y le dio un bofetón tremendo, ruidoso, que le sacó del letargo.

Marchó antes de que la enfermera acudiera alarmada por el estruendo del tortazo. Andrés ocultó como pudo su cara entre las sábanas y le dijo a la enfermera que un libro había caído al suelo. No era del todo falso ya que la Divina Comedia había salido despedida por los aires.

Andrés recibió medallas y agasajos, posó en fotografías con todos los mandos de su cuerpo, tuvo la oportunidad de hablar con el Rey, con el Presidente del Gobierno. Fue llevado en volandas al funeral de su compañero asesinado y allí volver a ser centro de los focos.

Llegaron las promesas de destinos en Madrid, de puestos de responsabilidad. Se fue forjando la leyenda, construida sobre las ruinas de haber visto morir absurdamente a un compañero, de haber sentido el pánico en la boca, de haber desenmascarado sus trampas y mentiras. Se acomodó a aquella situación, recibió el alta del hospital y marchó unos días a las islas canarias, cortesía del Ministro. Después regresó a Madrid y allí pasó por varias oficinas antes de ser destinado a la escuela de policías. Instalado en la heroicidad pensó que Miriam o Graciela volverían a su lado, se darían cuenta de la suerte que habían tenido al haberse enamorado de un héroe.

El tiempo pasó, y con el tiempo disfrutó de nuevos abrazos y carantoñas que le entretuvieron, que le engatusaron como cantos de sirena. Todo le venía dado, incluso amoríos que duraban unos meses y que luego se diluían cuando descubrían que tras la coraza del héroe no había sino un muchacho inconsistente y fatuo que había salvado la vida casi por casualidad.

Andrés, años después, leyó de nuevo la carta y la dejó, ritualmente, en la página del canto XX del infierno. Se recostó sobre el sofá y dado que no tenía muchas ganas de hacer balance de sus desdichados amoríos, de sus viejas mentiras, prefirió embarcarse en elucubraciones menos dolorosas, como la de intentar descubrir qué sabía Mendieta de aquel grupo de argelinos que durante semanas habían estado vigilando, alborotados, el entorno del Museo del Prado.

Andrés ya no era el policía ejemplar, el héroe al que todos acudían en la oficina para hacerse una foto o para arrancarle una anécdota, un recuerdo. Andrés era ahora un prejubilado achacoso al que le habían caído encima veinte años de golpe, un estorbo pegajoso en las tardes de la canícula de agosto en Madrid.

Los hados ya no se fiaban de él, no le hacían grandes revelaciones. De hecho esa misma mañana Anglada le había eludido cuando le vio llegar a la esplanada principal del museo. Incluso Anglada sabía más que él.

Fue directo a la sala de las Meninas, pensando que el cuadro tal vez le diera alguna revelación, algún haz de luz a tanto misterio, a tanto secreto.

Recordaba haber leído que Velázquez se había interesado por la astrología y que los personajes centrales del cuadro formaban, si se trazaban líneas desde el corazón de cada uno de ellos, la corona boreal, corona en la que la Infanta Margarita ocupaba el centro, Margarita, la perla de la corona.

Tal vez los cinco argelinos que habían merodeado alrededor del museo formaban una corona, habían tejido una red misteriosa que Andrés no podría desentrañar.

Tras dejar la Divina Comedia en el estante, revoloteó por internet, buscando interpretaciones cabalistas sobre las Meninas y Velázquez. Fue de una lectura absurda a otra hasta que llegó la hora de la cena.

Benita le había dejado en la cocina un frasco con una crema de zanahoria y puerro que había inventado para intentar animar el paladar y las rutinas de Andrés.

Pelaba y cortaba en rodajas dos puerros, tres zanahorias, una cebolla y dos patatas nuevas. Las colocaba sobre una bandeja metálica de paredes altas. Salaba las verduras y espolvoreaba pimienta verde. Benita cogía a hurtadillas pequeñas cantidades de las pimientas que Andrés atesoraba en la cocina.

Sobre las verduras salpimentadas Benita colocaba tres o cuatro muslos de pollo, la piel hacia arriba. Salaba la carne ligeramente y la dejaba en el horno, a 180º durante 50 minutos, puede que un poco más, en función del tamaño de las piezas.

Cuando el pollo estaba asado retiraba las piezas de carne y removía con un cucharón de madera las verduras, ya guisadas y nadando en la grasa del pollo. Añadía un poco más de pimienta, una cucharadita de comino molido y otra de cúrcuma. Ponía las verduras en el vaso del batidor y empezaba a hacer la crema, que iba trabando con ayuda de la grasa del guiso, una grasa sabrosa, con regusto a pollo asado.

Andrés cenaría aquella noche la crema y, el día siguiente, podría comerse un par de muslos de pollo, algo resecos ya.



Pimienta verde torrefacta (Piper nigrum). Originaria de la India.

Notas asadas y dulces, aroma a pimiento morrón tostado.

Recolectadas antes de estar maduras, se torrefactan los granos a mano.

Adecuada para guisar a la plancha setas, rebozuelos, gírgolas, purés, pescados a la parrilla o carpaccio de buey.

martes, 27 de febrero de 2018

CDXXXVI.- Pimienta Negra Malabar


XIV.- PIMIENTA MALABAR NEGRA.

 La virgen de agosto, ferragosto pleno. Andrés esperó a que llegara Benita, enfrascada, como siempre, en un monólogo interminable. Andrés se había levantado pronto, se había duchado, afeitado y, en la medida de sus posibilidades, había elegido su vestimenta más nueva, un pantalón azul marino chino y una camisa azul claro. Quería transmitir buen aspecto, tranquilizar a su hada madrina.

Había preparado un café descafeinado y sobre la mesa había dispuesto unas tostadas de pan integral y mermelada sin azúcar. Todo un festín.

Benita traía un tupper con pescado hervido y verdura. Subía sólo para comprobar que todo fuera bien y que Andrés no desfalleciera de hambre. Rechazó el café y en poco segundos se la escuchaba charlotear escalera abajo, enfrascada en su eterna discusión.

Andrés se hizo la cama, fregó los cuatro cacharros usados para el desayuno, comprobó que persianas y ventanas quedaban cerradas y marchó hacia a la calle. Había hecho propósito de enmienda, olvidaría cualquier referencia al hombre del respingo y a sus circunstancias. Evitaría cualquier contacto con ellos, ni tan siquiera visual, pero le resultaba imposible prescindir del museo y, sobre todo, prescindir de Velázquez y de las Meninas.

Con paso quedo llegó a la escalinata de los Jerónimos, ya a pleno sol. Grupos de turistas se arremolinaban entorno a la entrada principal. Junto a la puerta de Cristina Iglesias le aguardaban inquietos Anglada y Mendieta, él de uniforme, ella con un fresco vestido floreado. Le recibieron aliviados. Anglada le lanzó la mano y se atrevió a darle un ligero golpe sobre el hombro, un abrazo frustrado. Mendieta le dio un tímido beso en la mejilla, le tranquilizó el buen aspecto, completamente ajeno al rostro demacrado que vio en el hospital. Llevaba una bolsita de papel y dentro una caja de trufas de polispan, para preservarlas del calor, «trufas sin azúcar», le dijo, «aderezadas con una pizca de pimienta Malabar, toda una delicatessen. Me ha costado dios y ayuda encontrarlas».

Andrés sonrió, abrió torpemente la caja y les ofreció un dulce. El calor hizo que las virutas de chocolate empezaran de inmediato a brillar. Tomaron las trufas rápidamente, dos cada uno. La caja quedó vacía, pero Andrés decidió conservarla en la bolsa. Hacía años que no recibía un regalo.

Andrés quería entrar al museo, el calor empezaba a ser insufrible y tenía necesidad de reencontrarse con las Meninas, volver a la normalidad. Mendieta le cogió del brazo y, tras unas palabras amables, cambió por un tono solemne. «Necesitamos su ayuda, Baztán. Hemos perdido todo contacto con Idris y con el resto de la banda. Ayer dejaron de venir. Habíamos intervenido los teléfonos móviles y desde hace 30 horas han dejado de comunicarse. Empezamos a estar nerviosos y necesitamos que nos ayude a encontrar un detalle, un hilo que nos permita recuperarles.»

Baztán respondió con vaguedades, no sabía más que lo que había comunicado, apeló a su condición de convaleciente mientras se aproximaba poco a poco a la entrada, buscando el cobijo del interior refrigerado.

Mendieta rogaba que hiciera memoria, que recordara el más mínimo detalle que les permitiera retomar el hilo de sus pesquisas.

Andrés franqueó la puerta principal enseñando su carnet de amigo del museo. Anglada y Mendieta mostraron su placa. Entraron sin problema. Andrés inició el recorrido que había hecho la mañana que coincidió con Idriss en el museo, pasó del edificio nuevo al de Villanueva y se encaminó hacia las salas de Goya, allí había mirado a los ojos al hombre del respingo y durante unos segundos compartieron miedos, angustias y suspicacias.

Mendieta aseguraba que el museo y sus inmediaciones estaban tomados, discretamente, por un ejercito de policías de paisano, policías con los que Mendieta intercambiaba ligeros cruces de miradas entre un mar de turistas que deambulaban como bueyes en reata.

Goya había vivido y pintado subyugado por el espíritu y talento de Velázquez. Con poco menos de 150 años de diferencia, ambos fueron pintores reales, ambos gozaron de la confianza de la familia real y ambos vivieron momentos de gloria en vida, ambos obsesionados por la luz. Goya reprodujo, sin mucho éxito, las Meninas en un grabado, la plancha desapareció y sólo quedan cuatro aguafuertes originales.

En la Familia de Carlos IV Goya utilizó alguno de los recursos escénicos de las Meninas, no pudo darle la profundidad de campo del original, pero compensó esas carencias con un ejercicio psicológico ejemplar, los retratos de Goya destilaban una mala leche sólo tolerada a los genios.

La mirada de Velázquez en las Meninas es altiva, pero plácida. La de Goya en la familia de Carlos IV es desafiante, agresiva.
La familia de Carlos IV.jpg

Andrés en sus buenos tiempos asumió modos más cercanos a los de Goya, era y se tenía por un héroe, un héroe amargado, pero héroe, al fin y al cabo. Lo había sacrificado casi todo por la heroicidad. Eso le permitía mirar al mundo desde una atalaya aburrida y distante, pero atalaya en todo caso.

Baztán marcó a Mendieta el ventanal en el que vio apoyado a Idriss, desde allí se veía la entrada del Jardín Botánico, la esquina de la calle Ruiz de Alarcón con la plaza de Murillo. Mendieta se quedó contemplando el exterior durante unos instantes y, de repente, se le iluminó la mirada. Seguramente había dado con parte de la clave de todos los enigmas o, por lo menos, un hilo del que tirar. Mendieta se despidió a trompicones y marchó lanzada hacia la salida más cercana. Anglada intentaba seguirla, no acertó a despedirse y dejó a Andrés en la sala 38, en el ala dedicada a Goya.  Contempló primero la Familia de Carlos IV y después las Meninas. Deambuló por el museo hasta que el hambre le atenazó, intentó con todas sus fuerzas abstraerse, pero fue inevitable que vigilara los ventanales del exterior, buscando a Mendieta e intentando desentrañar aquel cúmulo de misterios.

Salió del museo en el momento de más calor del día, se dirigió a paso lento hacia su casa no sin antes pasar en una tienda de ultramarinos para comprar un brick de nata líquida y una tableta de chocolate amargo, con un porcentaje de chocolate del 70%.

Había mantenido en boca o, cuando menos, en mente, el recuerdo de las trufas con las que había sido recibido.

No era complicado preparar unas trufas. Puso en un cacillo metálico el brick de nata, 250 gramos, a fuego suave dejó que fuera tomando calor, que burbujeara sin violencia. Partió en pequeñas onzas la tableta de chocolate, 250 gramos también. Le puso una cucharada de mantequilla a la nata y dejó que fuera cogiendo temperatura.

Añadió las piezas de chocolate y, con una cuchara de madera, fue removiendo amorosamente para que el chocolate se deshiciera y se integrara en la nata. Era un líquido oscuro y brillante, una crema que borboteaba ligeramente. Era fundamental que no se arrebatara la mezcla, que no se pegara en el fondo del cazo.

Buscó en el armario de la cocina hasta dar con el bote de la sal, la dejó a mano pero retuvo la tentación inicial de incorporarla a la mezcla. Buscó después entre los botes de pimientas, recordaba haber comprado hacía unas semanas unas pizcas de pimienta Malabar. Cogió unas bayas y, ayudándose con un rallador, convirtió en polvo los pequeños granos, sin dejar de mezclar.

Comprobó que la masa no tenía grumos, que era densa, brillante y uniforme.

Sacó una bandeja de cristal, la cubrió con film de cocina y volcó poco a poco la mezcla de nata y chocolate en la bandeja. Dejó que reposara durante unos segundos y luego espolvoreó unos cristales de sal que quedaron atrapados en el chocolate.

Cuando la masa se atemperó la dejó en la nevera. Cubrió la masa con una ligera capa de mantequilla para evitar que el chocolate blanqueara al contactar con el frio.

La pasta tenía que reposar durante varias horas, tiempo suficiente para que Andrés durmiera una larga siesta, impulsada por los ansiolíticos que le habían recetado para gestionar los días posteriores al alta.

Para provocar el sueño empezó a leer el libro de Brown, tenía la secreta esperanza de soñar con los perros de Velázquez y con los de Goya. Perros que contemplaban el mundo y la vida con cierta resignación.

La siesta fue más larga de lo habitual, no perturbada por ningún ruido, por nada.

Andrés fue hacia la cocina a comprobar la textura de la pasta. Estaba dura y brillante. Sacó la bandeja sobre la encimera y sacó dos cucharillas de postre de un cajón. Raspó ligeramente la superficie de la pasta formando un rizo lustroso de chocolate, un canutillo oscuro con forma de ola rompiéndose. Fue depositando los rizomas sobre una bandeja metálica, en vez de trufas hizo pequeños bucles de chocolate. Puso la bandeja metálica de nuevo en la nevera, el calor era insoportable y el chocolate se deshacía casi de inmediato.

Al día siguiente compraría un poco de cacao en polvo y de sal de Maldón para cubrir los rizomas.

Sabía que no podría tomarse esas golosinas, a lo sumo podría tomar una o dos al día, había preparado una cincuentena larga de ligeros bocaditos de chocolate, un capricho que duraría meses en su casa.

A espaldas de las verbenas y los jolgorios de agosto, encendió la televisión y dejó que llegara la noche y quien sabe si el sueño.



Pimienta Malabar Negra (Piper nigrum). Originaria de la India. La costa Malabar fue durante siglos la costa de la pimienta. La pimienta llegó a ser moneda de cambio durante la edad media.

La pimienta Malabar tiene notas florales, afrutadas, dulces y torrefactas. Presenta una larga persistencia.

Nace en tierras volcánicas, junto al mar. Recolectada en estado de madurez óptima en la costa Malabar.

Adecuada para preparaciones dulces y saladas, vieiras, calabazas y verduras a la plancha.


domingo, 4 de febrero de 2018

Cap.-CDXXXV.- Pimienta de Timiz.


XIII.- PIMIENTA DE TIMIZ

Catorce de agosto, segunda noche en el hospital, ya en planta. Todavía estaba sometido a somníferos y ansiolíticos. La noche fue plácida gracias al combinado de fármacos. La entrada de los enfermeros casi al amanecer no pudo sacar a Andrés del sopor, los escuchaba de fondo, pero apenas podía apretar ligeramente la mano. Entraba una luz intensa, había subido la persiana y el sol de agosto era severo e intenso, no perdonaba.

Escuchó como el enfermero comprobaba las constantes vitales, todas bajo control. Esa mañana recibiría por primera vez alimento sólido, no era, ni mucho menos, un festín. Andrés sabía el poco juego que daba el sucedáneo de café y la leche desnatada que casi parecía agua. Un biscote de pan integral y mermelada de melocotón sin azúcar. Con un poco de suerte recibiría una pieza de fruta, quien sabe si una manzana insulsa o un plátano todavía verde y leñoso.

Sin ánimo para abrir los ojos se acercó los dedos a la nariz, sabía que a nada olerían. Se frotó ligeramente los dedos cerca de las fosas nasales y aspiró con la esperanza de recoger, aunque fuera levemente, el olor a las pimientas que guardaba en casa. Colocaba unas bayas de pimienta sobre la palma de las manos, frotaba con intensidad y dejaba que el olor intenso a la pimienta impregnara su piel, retuviera durante unos minutos el aroma picajoso de las semillas que llevaba rápidamente a la nariz para recordarle viejos sabores, viejas historias casi imposibles de revivir.

Andrés estaba de nuevo en el hospital, apenas hacía seis meses que había salido de allí después de haber estado ingresado varias semanas hasta que se recuperó y le instalaron las primeras válvulas. Entonces fue un infarto severo, ahora era sólo un susto.

Recordaba con precisión los días anteriores al infarto, días de rutina, previos a las navidades. Andrés acababa de preparar unas terrinas de paté a la pimienta, había utilizado una pimienta blanca, convencional, unas semillas de pimienta negra y la pimienta de Timiz, unas semillas largas y rugosas, muy olorosas, que evocaban el olor al tabaco de pipa.

Quería preparar el paté para navidades, no sabía muy bien con quien lo podría compartir, en el peor de los casos le regalaría unos moldes a Benita.

Había comprado higaditos de pollo en la pollería, medio quilo, vísceras brillantes, sin restos de sangre ni de hiel. Era importante que no quedara resto alguno de hiel verdosa que amargara el platillo. Pasó por agua fresca los hígados, luego los dejo reposando una hora en un bol con agua helada hasta comprobar que había desaparecido cualquier resto sanguinolento.

Escurrió bien los hígados, los colocó sobre un paño seco para que absorbieran bien la humedad. Luego los devolvió al recipiente, añadió una pizca de sal y un chorro generoso de oporto, hasta comprobar que quedaban completamente cubiertos. Tapó los hígados con un plato y dejó la mezcla en la encimera de la cocina, en una esquina fría apenas intimidada por la luz.

Dejó que los hígados maceraran durante un día entero y la tarde posterior, previa al infarto, se dispuso a preparar el paté. Sacó una cacerola amplia, escurrió bien los hígados y añadió diez o doce bolillas de pimienta blanca, otras tantas de pimienta negra y ocho pequeños rizomas de pimienta de timiz, saló con mesura y cubrió la cazuela con agua fría. Encendió el fuego suave.

Mientras el agua se atemperaba cortó unas tiras gruesas de panceta (150 gramos) y otra cantidad similar de lacón gallego. Una vez rompió el agua a hervir calculó unos 10 minutos.

Mientras terminaba de cocerse la carne, deshizo en una sartén un par de cucharadas soperas de mantequilla, cuando la mantequilla empezó a chisporrotear añadió una cebolleta picada muy fina, bajó el fuego y dejó que la cebolleta perdiera el color y quedara casi transparente.

Escurrió con cuidado la carne y la incorporó, con las semillas de pimienta incluidas, al sofrito. Dejo que sudara bien, que los hígados y las carnes se deshicieran casi en hebras. Rectificó de sal, una pizca de pimienta blanca en polvo y añadió un chorro de oporto, equivalente a un vaso. Subió el fuego y dejó que evaporara el alcohol. Los azulejos de la cocina se empañaron y la estancia quedó inundada de un olor dulzón y alcohólico.

Retiró la sartén del fuego, ya sentía cierto sofoco, dificultades al respirar y pinchazos en el brazo. Había sido un día complicado de trabajo y tal vez había bebido más de la cuenta, incluidas un par de copas de licor mientras cocinaba.

Dejó reposando durante unos minutos el sofrito, luego volcó todo en el vaso de la batidora y trituró bien hasta que quedó una masa informe y densa de color grisáceo. Abrió un Brik de nata para cocinar que clarificó un poco la mezcla.

Vertió la pasta de carne, hígados, cebolla y nata en un molde alargado de metal, un molde que previamente había untado con mantequilla. Cubrió la superficie con una mezcla de semillas de las pimientas que había usado, dejó que se enfriara antes de envolverlo con plástico transparente. Dejó el molde sobre el mármol de la cocina, en una esquina protegida y marchó a la cama.

Se acostó cansado, confuso. Sufrió el ataque de madrugada, Benita, la bendita Benita, le salvó de morir como un perro abandonado en la cama. Llegó a primera hora de la mañana y se lo encontró inconsciente, tirado en el suelo del cuarto de baño.

De aquel momento sólo recordaba Andrés una nebulosa de idas y venidas, de voces y aspavientos. El paté quedó abandonado sobre la encimera de la cocina y, semanas después, cuando regresó a casa, se encontró el molde abandonado, con el paté ya florecido, cubierto de una capa de moho verdoso. Al destaparlo recibió un vahído intenso a oporto, hiel y pimientas. El mismo vahído que ahora echaba de menos, las mismas pimientas que ahora se contentaba con frotarlas entre los dedos para que prendiera el olor.

Aquel infarto puso al descubierto una lesión congénita de corazón y un problema heredado de mala metabolización de las grasas, había sido un milagro el que hubiera sobrevivido a aquel infarto. Quedaba ya condenado de por vida a una dieta libre de grasas, ajena al café, al alcohol, a los esfuerzos desmesurados.

Meses después, de nuevo en el hospital, recordaba aquellos días y añoraba el tiempo pasado.

Seguía sólo, seguía tendido en la cama de un hospital, aguardando a que el doctor Halil le regañara y le diera el alta para volver a las rutinas. Aguardó en vano a que viniera Benita a visitarle, seguro que andaba atareada fregoteando la escalera. Aguardó en vano a que viniera de nuevo a verle Mendieta y sus citas de la Divina Comedia, extraídas de antiguas clases en la academia de policía.

Hizo acopio de fuerzas y se incorporó de la cama, caminó cansinamente hacia la ventana para descubrir las vistas desde la habitación. Estaba en una séptima planta, abajo en la calle transeúntes despistados buscan sombras que les protegieran el intenso calor del mediodía. En unas horas recibiría una severa regañina del doctor, que le recordaría su condición de enfermo crónico.

El doctor demoró su visita, llegó a última hora de la tarde, sorprendentemente afable, locuaz, simpático. Andrés sospechó que Halil había hablado con Benita, puede que incluso con Mendieta.

Andrés había dedicado la tarde a la lectura y, cuando ya casi pensaba que habría de pasar una noche más hospitalizado, llegó el doctor con el alta bajo el brazo. Charlaron durante unos minutos, Halil estaba sorprendido de que bajo aquel aspecto cansado, fofo y ojeroso residiera un antiguo héroe de la policía, un héroe de los años gloriosos en el País Vasco, un hombre obsesionado por Velázquez y las Meninas.

El doctor no había visto nunca las Meninas, de hecho, no había visitado nunca el Prado, aunque estuviera a pocos minutos del hospital. Andrés se ofreció a hacerle de cicerone por el museo, a sabiendas de que nunca aceptaría su propuesta.

El libro de Brown quedó sobre la cama. El doctor lo hojeó, deteniéndose sobre todo en las imágenes. Le pidió a Andrés que le contara alguna historia especial sobre las Meninas. Había muchas leyendas y anécdotas entorno al cuadro.

Andrés recordó el incendio de 1734, la víspera de navidad. El Alcázar Real ardió en llamas, los reyes no estaban en palacio. El fuego se inició en las estancias de uno de los pintores de la corte, un incendio rodeado de misterio, de sospechas. El incidente no era ajeno al deseo del rey de cambiar de palacio, construir unas nuevas dependencias que imitaran al palacio de Versalles.

El incendio no se pudo controlar, empezó pasada la media noche, mientras se celebraba la misa del gallo, duró más de cuatro días. Entre las llamas se perdieron cerca de medio millar de cuadros, entre ellos varios Velázquez. Las Meninas se salvaron milagrosamente, fueron lanzadas a la calle desde una de las ventanas del palacio y el cuadro quedó dañado, restos de hollín en la base y un orificio en la mejilla de la infanta. Probablemente entonces las Meninas no eran, ni mucho menos, las Meninas, sino un cuadro más de entre los centenares que se almacenaban en palacio.

Halil escuchaba atento, parecía no tener prisa. Finalizado el relato, se dirigió a Andres para repetirle que no se preocupara, que era habitual que los infartados vivieran alguna crisis de ansiedad. Le recetó unos ansiolíticos suaves si se notaba angustiado, le animó a que siguiera con sus paseos pero que evitara fatigas y obsesiones.

Una vez el doctor abandonó la estancia, Andrés se quitó la ridícula bata verde, se vistió con parsimonia, guardó en una bolsa sus escasas pertenencias y marchó hacia las oficinas del hospital para terminar de cumplimentar los trámites del alta.

No le daba tiempo a pasar por el museo, con suerte llegaría a su casa antes de que anocheciera. Seguro que Benita había dejado preparadas unas verduras hervidas.

Era la víspera de la verbena de la Paloma, de camino a casa se cruzó con algún paisano disfrazado de chulapo, camino del baile.

Caminó despacio hacia su piso, disfrutando del anochecer luminoso y rojizo de Madrid. Las Meninas entre llamas no debían ser muy ajenas a la versión que hizo Picasso del cuadro.
Resultado de imagen de Picasso las Meninas

Pimienta Timiz.- (Piper capense). Originaria de Etiopía.

Notas especiadas, aromas a hierbas asadas y a tabaco.

Es una baya endémica en Etiopía. Cosechada en los altiplanos salvajes de Etiopía, a 2000 metros de altitud.

Esta pimienta recoge y seca la tribu de los tukuts. El secado se realiza sobre las techumbres de las casas, normalmente cerca de las salidas de las chimeneas para acelerar el proceso de secado.

Adecuada para tarrinas de hígado de ave, queso fresco y langosta con cítricos. También para carnes blancas.

lunes, 22 de enero de 2018

CDXXXIV.- Pimienta de Voatsiperifery.


XII.- PIMIENTA DE VOATSIPERIFERY



Andrés despertó en la UVI, era difícil determinar la hora exacta. Le despertó el movimiento de los enfermeros, el ir y venir entre boxes. Pese al jaleo, Andrés despertó con sensación de placidez, sin duda inducida por calmantes, tranquilizantes, somníferos y sueros varios.

Hacía frío, se sentía desnudo debajo de la bata verde desechable. Un enfermero empezó las tareas de desconexión, primero la sonda, un tirón seco que le colocó al borde del dolor intenso para luego sentir un alivio que le llevó de nuevo a las puertas del sueño. Después las vías ensambladas sobre el haz de la mano izquierda. Le dejaron únicamente una pinza en el dedo índice, que le conectaba a una máquina que marcaba el ritmo del corazón.

Andrés tenía hambre, sabía que todavía pasarían horas antes de que pudiera ingerir algo sólido: una tortilla francesa y algo de verdura hervida.

El enfermero le anunció que en cuanto el doctor hiciera la ronda le subirían a planta. No muchos datos más, sin posibilidad alguna de entablar diálogo.

Andrés entornó los ojos y se concentró para intentar mitigar el apetito. Qué lejos quedaba la imagen de Mariam rehogando unas verduras en una sartén amplia, a fuego vivo. Ponía dos dientes de ajo pelados, los dejaba juguetear en abundante aceite hasta que tomaban un poco de color, enseguida añadía unas judías verdes tersas y redondas, recién cogidas, un puñado, justo lo que pudiera haber apresado de la caja. Meneaba la muñeca para que la verdura saltada.

Bajaba un pelín el fuego y pelaba y picaba en bastoncillos unas zanahorias, dos o tres, no muy viejas. Era increíble la maña que se daba en preparar la zanahoria. Volvía otra vez a las maniobras rápidas de muñeca para que las verduras apenas tocaran unos segundos la superficie caliente de la sartén, empapándose en el aceite.

Había reservado unos tacos de jamón serrano, no muy secos, poco más de un par de cucharadas soperas.

El jamón evitaba que hubiera de echarle sal.

Un par de puñados de guisantes recién desenvaniados, una cebolla morada picada en juliana, unas briznas de tomillo, sal y bolitas de pimienta exótica. Un vasito de txacolí, nuevo meneo durante 3 o 4 minutos, no mucho más. La verdura debía quedar crujiente. Poco antes de apagar el fuego estrellaba un par de huevos de corral, de yema naranja. Apenas empezaban a cuajar retiraba la sartén de la lumbre, daba un par de golpes de mano más y luego, ayudándose con un cucharón de madera, llevaba las raciones al plato. Andrés acababa de subir con una barra de pan, recién hecha. Así había quedado anclada su ideal de felicidad, anclada en un pasado remoto, que sólo de tanto en cuanto se liberaba de la estrecha vigilancia de la memoria de Andrés.

El doctor Halil sacó a Andrés de la duermevela y los recuerdos. Sonriente, sin afeitar. Sólo la bata blanca alejaba al doctor de los sospechosos, la bata, la cara rasurada y la sonrisa. Aunque puede que fuera un problema de perspectiva. Aquel argelino, marroquí, tunecino o mauritano no le generaba inquietud alguna, más bien al contrario. Quien sabe si aquella mirada intensa en otro contexto le convertiría en un peligro más, bastaba conque se le alborotara un poco más el pelo, le creciera un poco la barba y que la ropa estuviera un poco más ajada.

Seguramente tendría que asumir que su tiempo se había agotado, que el otrora héroe legendario era ahora un prejubilado obsesivo, un maniático.

El doctor Halil le dejo que todo había quedado en un susto, en un ataque de ansiedad y una taquicardia, poco más. Que había alguna arteria afectada que tendrían que revisar pasadas las vacaciones, que no descartaban una nueva intervención, nada urgente.

EL traslado no era inmediato, había que aguardar a que quedara alguna habitación libre. Le aseguraban apenas tendría que estar 48 horas más en el hospital, en breve regresaría a casa.

Andrés estaba terminando de eliminar calmantes, sedantes y somníferos, una situación ideal para entrar y salir en la penumbra del sueño, perder la noción del tiempo y dejar que los minutos transcurrieran como en una ensoñación. El frio persistía, no era muy intenso, se concentraba en la punta de los dedos de los pies, que movía con cierto nervio pensando que habían quedado al descubierto.

A los pies de la cama le esperaba el paquete con el libro, un paquete sin abrir. No tenía ni las fuerzas, ni la movilidad suficiente para poder incorporarse, estirar el brazo y coger el bulto, mucho menos para desenvolverlo. Allí quedaba semioculto entre las sábanas. Andrés tuvo miedo de que quedara olvidado en el traslado a la habitación, que cayera al suelo o fuera recogido, furtivamente, por un enfermero curioso.

Era un libro grueso, de por lo menos trescientas páginas, de tapa dura, lo había visto en alguna ocasión en la tienda del museo. Había optado por encargarlo on line, de segunda mano, sensiblemente más barato que los ejemplares relucientes que hojeaba de vez en cuando en los anaqueles de la tienda. Podría afirmar que, al cabo de unos meses, había conseguido leerlo por completo, sin embargo, deseaba disponer de un ejemplar que poder manosear con calma en casa, sin miedo a que una de las dependientes le llamara la atención. Quien sabe si poder subrayarlo, toquetearlo hasta hacer suyas todas y cada una de las páginas, cada imagen.

Al dar una de las cabezadas se enredó en una imagen de ficción en la que las Meninas se habían convertido casi en una escena de una película de dibujos animados, el propio Andrés se había convertido en uno de los personajes.
  Resultado de imagen de meninas equipo crónica

Hubo un tiempo en el que solíamos ser hombres, aunque ahora nos hayamos convertido en árboles.

Andrés hacía meses que se había convertido en árbol, luchaba en vano. Atrás quedaba el ser mitológico, el semidiós expulsado del paraíso, condenado a vagar. De aquel hombre apenas quedaba su esqueleto, su piel cerúlea, sus músculos ya destensados, sus ojeras, la barba cana e irregular. Los rastros de quien un día fue y ahora quedaba enraizado en un mínimo parterre de una avenida soleada.

Andrés tenía la boca seca y le resultaba difícil distinguir la realidad del sueño, discernir qué voces llegaban del exterior y cuales eran creadas por la resaca de barbitúricos. Los médicos, sobre todo en urgencias y en verano, no asumen riesgos frente a un posible colapso. Con el paciente sedado es mucho más sencillo maniobrar.

Durante uno de los períodos de vigilia sintió como era trasladado a planta. Le desconectaron de los últimos aparatos, le pasaron a una camilla y le cubrieron con una manta más tupida para que el trasiego hacia la habitación se produjera sin incidentes.

El enfermero le mostró el aparatoso paquete, se lo escondió entre las sábanas, en contacto directo con la mano desnuda.

En la habitación le esperaba impaciente la inspectora Mencheta. Parecía llevar allí todo el día. Mientras los enfermeros maniobraban con Andrés para colocarle en la cama, Mencheta empezó a hablar: «Ya me han dicho que todo ha quedado en un susto. Menos mal. Me sentía culpable. Pensaba que mis palabras, duras, habían desencadenado de nuevo a la bestia. Quizás fui demasiado severa».

Tan seca tenía la boca Andrés que le fue imposible articular una sola palabra. Hizo un gesto a Mencheta para que le pasara un vaso de agua. A duras penas pudo incorporarse, le temblaba el pulso y sintió vergüenza de que le vieran casi desnudo, indefenso, dolorido, aturdido.

« No hay mayor dolor que recordar la felicidad en tiempos de miseria». Fue lo único que pudo articular Andrés.

«Veo que sigue leyendo y citando a Dante». Sonrió, por fin, Mencheta.

«Hay invasiones de las que cuesta liberarse».

«Anglada me llamó nervioso esta mañana. Nervioso porque no había acudido al Museo y porque nuestros hombres estaban especialmente inquietos y activos. Anglada aseguraba que nunca les había visto juntos y, sin embargo, esa mañana los cinco habían estado unos minutos frente a la puerta de Murillo poco antes del mediodía. Poco más le puedo contar».

Andrés quedó en silencio, mirando fijamente a Mencheta, que parecía compungida. En un instante ella recompuso su figura, volvió de nuevo a la pose rígida y distante de una inspectora del servicio de información. Caminó hacia la puerta y se despidió escuetamente.

«Después de verle me quedo más tranquila. No se preocupe por nada. Para eso estamos nosotros».

Pimienta de Voatsiperifery (Piper Borbonense). Originaria de Madagascar.

Su nombre viene del idioma malgache en el que Voa significa fruta y tsiperifery se refiere a los sarmientos de los que nace la pimienta (viñas de pimienta).

Notas de madera, aromas florales y frescor de cítricos. Es una pimienta ligera.

Recolectada sobre lianas de 30 metros de altura, florece en el dosel arbóreo. Crece en estado salvaje en el bosque primario al sudeste de la isla de Madagascar.

Adecuada para verduras crujientes, salsas emulsionadas, aves de corral asadas, setas salteadas y postres de chocolate fundido.