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martes, 12 de enero de 2016

CAP.CCCLXXIX.- Echar a rodar una bicicleta


ECHAR A RODAR UNA BICICLETA.

Esta frase la oí por primera vez hace más de un año, era un comentario político, tenía que ver con las pugnas por el poder – da lo mismo qué tipo de poder -, la cuestión es que cuando se prevé una carrera con muchos contrincantes, con obstáculos y dureza, conviene echar a rodar cuanto antes una bicicleta. En el fragor de la batalla nadie se dará cuenta de que el ciclista ha empezado a pedalear, puede que incluso le ridiculicen. Al final puede suceder que quien primero cruce la meta sea el ciclista después de comprobar que las bajas, abandonos y marrullerías han dejado la pista sin competidores.

La metáfora es similar a la fábula de la tortuga y la liebre.

No es que vaya a meterme a analista político, cualquiera se atreve con la que está cayendo aquí y en todas partes, casi preferiría trabajar durante un año como chico para todo en el DiverXo de Dabiz Muñoz – vi el documental de televisión y me quedé bastante frio, no sé cómo gestionará un ego tan desmesurado -.

La referencia a la bicicleta que empieza a rodar tiene más que ver con los proyectos del diletante estas navidades, la verdad es que antes de navidades tenía abiertos varios frentes gastronómicos pero por una u otra razón han terminado en el dique seco o, por lo menos, no son todavía productivos para el blog.

Así las cosas la receta en principio menos vistosa, la que era de mero aprovechamiento se ha convertido en la estrella de las navidades. Se trata de un pastel de pescado hecha con sobras de los platos de navidad, al final puse a andar la bicicleta y el humilde pastel ha sido el primero en llegar a la meta del 2016.

Como suele ser tradicional en mi cocina la receta empieza rehogando unos puerros – dos puerros cortados en rodajas no muy gruesas – y dos zanahorias peladas y cortadas en juliana. Mientras se atonta la verdura pongo dos huevos a hervir.

El fuego no tiene que estar muy fuerte, es un plato suave en el que no conviene que destaque ningún sabor. A medio guiso le añado sal y pimienta – si me quiero poner estupendo puedo irme a la pimienta de Jamaica pero realmente le puse pimienta blanca Carmencita -. Cuando la verdura estaba pochada del todo le añadí un poco de cebollino picado, hubiera podido ser perejil o incluso cilantro, la cuestión es darle un contrapunto verde.

Retiré la sartén del fuego y sobre la verdura desmigué los restos de una merluza que había hecho al vapor para una cena anterior, es importante que no caigan muchas espinas y que las lascas de merluza no sean muy pequeñas, la gracia del pastel es que se noten los trozos.

Como habían sobrado unos berberechos que había abierto al vapor el día antes también fueron a la mezcla.

Llegados a este punto tenía la opción de vaciar un par de latas de atún en aceite para terminar de darle cuerpo a la masa. Mezclar atún con merluza puede condenar al ostracismo a la pobre merluza, por eso en el último minuto – oh anatema – decidí desmenuzar unos palitos de cangrejo sintético, del que venden en las tiendas de congelados. No conviene pasarle.

Los huevos ya estaban hervidos, los pelé y piqué para añadirlos a la mezcla.

Tocaba rectificar de sal, de pimienta y ver si le encajaba alguna especia más – yo no estaba para grandes riesgos por lo que los dejé con la sal y la pimienta, además del cebollino.

En un bol casqué cuatro huevos y un poco menos de medio litro de leche – podría hacerse igual con nata -, batí bien la mezcla y cuando el huevo empezó a espumar añadí el contenido de la sartén con la verdura, el huevo, la merluza, el surimi y los berberechos. Terminé de remover todo y lo pasé a un molde de plum cake previamente engrasado.

Horno precalentado a 150 grados, con una fuente de cristal alta llena de agua – la cocción es al baño maría -. En función de la altura del molde (a mi me salieron dos pasteles) el tiempo de cocción oscila entre los 30 y los 40 minutos. Conviene ir vigilando y pinchando con la punta del cuchillo para comprobar que cuaja bien.

Cuando estaba cuajado lo dejé enfriar sobre el mármol unos minutos antes de desmoldarlo con ayuda de la punta del cuchillo – hay que separar un poco los bordes.

Quedó un lingote de colores claros, mezclando el blanco, el amarillo, el verde y el naranja – de las barritas -. Puede que también le fuera bien maíz o incluso tiras de pimiento rojo, va en gusto.

EL pastel fue a la mesa rodeado de huevo hilado y tomates cherry cortados por la mitad, servido con una mayonesa aderezada con pepinillos y cebolleta.

Puede que sea por el influjo de los cuadros de Kandisky pero me pareció que los colores del pastel no eran muy alejados de alguna de las composiciones del ruso.