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sábado, 27 de septiembre de 2014

CAP.CCCXLV.- La reivindicación/demonización de Cati Tafal.


Terminé hace unos días el ciclo veraniego de Cati “Tafal”, después de pasar varias semanas enfrascado en esa pequeña ficción cuesta un poco tomar de nuevo el pulso a las tareas del diletante.

Revisando alguno de los capítulos he confirmado la peor de mis sospechas, el relato al final tiene muy poco que ver con lo que había programado en un principio. En realidad Cati Alomar era un “no personaje”, una excusa narrativa para contar cómo era el verano de dos familias que tenían poco que ver, sin embargo desde la primera de las jornadas Cati fue canibalizando la historia hasta el punto de convertir a los llamados a ser protagonistas en personajes secundarios.

Cuando digo que Cati era un “no personaje” lo digo con conocimiento de causa, apenas tenía perfiles propios, se trata de que funcionara como un contrapunto narrativo, un narrador un tanto cínico que fuera capaz de relatar las pequeñas miserias del veraneo; de hecho el referente de Cati era el Falstaff de Shakespeare, cada uno de los capítulos se inician con una cita de Falstaff sacada de la obra Eduardo IV.

Cati fue vampirizando a cada uno de los personajes y se hizo la dueña y señora de la pequeña novelilla gastronómica, puede que tenga que realizar algún conjuro para sacármela de encima.

A modo de exorcismo y con el fin de recuperar al diletante me propongo cocinar una pasta sarda, porque Cerdeña ha sido mi verdadero destino estas vacaciones – Cerdeña, la costa granadina y una escapada a Formentera, donde recuperé 10 años después las sensaciones que me sirvieron el año pasado para escribir sobre el California (pero esa es otra historia que está en proceso de maduración).

La pasta sarda la probamos el último día – el 30 de agosto – en un restaurante destartalado de Valledoria, unos penne cotto con calamares y gambas. Sobre la receta que probé en Italia he introducido algunos ajustes.

La receta arranca poniendo al horno dos berenjenas, horno suave, se abren por la mitad, se salpimentan y marcan con un cuchillo, se les pone un chorrito de aceite y para dentro.

Mientras se asan las berenjenas se coge una olla grande, fuego suave, otro chorrito de aceite y dos dientes de ajo pelados.

Se pelan y pican tres cebollas medianas y dos zanahorias, se añaden al sofrito. Un poco de sal para que la verdura sude bien. Cuando la cebolla esté atontada se incorporan al guiso tres tomates pelados y despepitados, cortados en daditos; se pueden utilizar tomates de ensalada ya que una de las gracias del guiso es que se noten los trocitos de tomate. En ese momento yo le eché abundante orégano.

Compré los calamares de potera, son un poco más caro pero por lo menos saben a algo. Limpios y cortados en rodajas fueron directamente a la cazuela. Tras los calamares fueron al guiso 350 gramos de gambas rojas, en Cerdeña el plato lo sirvieron con las gambas sin pelar, lo que es un poco incordioso ya que el plato se sirve lleno de los molestos bigotes y los restos de cáscaras de las gambas, yo he preferido pasar primero las gambas por una sartén con un chorro de aceite, hechas ligeramente las gambas (conviene que queden un pelín crudas para luego terminarse de hacer en el guiso), las pelé con cuidado y aproveché los jugos de la cabeza y las peladuras pasándolas por un colador chino, así soltaron todo el sabor, que se incorporó a la cocción.

Durante todo el proceso del sofrito se habían asado las berenjenas, escaldándome los dedos vacié la carne de las berenjenas sobre el sofrito, las berenjenas habían quedado muy melosas y enseguida se disolvieron entre la cebolla, el tomate y la zanahoria.

Tenía ya en la cazuela todas las verduras, los calamares y las gambas; como se estaban cociendo a fuego muy suave habían sudado mucho, tenía salsa suficiente, aún y así le eché una copa colmada de vino blanco – tenía a mano una manzanilla de jerez pero cualquier blanco seco le va bien -, también un vaso de agua, subí un poco el fuego para que rompiera a hervir, cuando estaba hirviendo todo eché un paquete de medio quilo de pasta, penne, unos macarrones un poco más pequeños de los que consumimos en España habitualmente.

Removí un poco el guiso con una cuchara de palo para que la pasta se integrara bien en aquella melange. Calculé 9 minutos, lo que tardaba en hacerse la pasta, removiendo de vez en cuando.

Cuando la pasta estaba al dente rectifiqué de sal y de pimienta, añadí un poco más de orégano y volqué en un gran bol el contenido de la cazuela. Humeando llegó a la mesa.

Respecto de la receta originaria tres alteraciones: las gambas las puse peladas en vez de enteras, además compré unas gambas un pelín más grandes que las que nos sirvieron en la isla; sustituí el vino blanco por manzanilla y no le puse cayena, el plato original tenía un punto picante.

De primer plato una ensalada y de postre una panacotta.

El cuadro un bodegón de Cezanne – hay que volver a los orígenes -, una naturaleza muerta gobernada por tres berenjenas.

domingo, 21 de septiembre de 2014

CAP. CCCXLIV.- Un verano en Mallorca (última jornada)


Un verano en Mallorca (decimoquinta jornada).- La carne es débil, y como yo tengo más carne que los demás, tengo por fuerza, más debilidad.

Terminaba mi ciclo mallorquín, con él terminaba mi sometimiento a la disciplina de Joan Roca – siempre medido y comedido, exacto en sus indicaciones -, también la de Julia Child – un poco más complicada tanto en los procedimientos, un poco anticuados, como en las medidas; al final descubrí que el propio libro establecía las equivalencias: Una taza equivalía a poco menos de un cuarto de litro (menos dos cucharadas soperas) o poco menos de 250 gramos (227 gramos exactamente), con esas referencias podrían.

He de decir que en mi caso siempre he cocinado a ojo, de manera un tanto intuitiva; probablemente en la cocina tenga más seguridad de la que tengo en mi propia vida, aunque en cuestiones de percepción seguramente sea la persona menos indicada para valorarme.

Durante mis jornadas en Mallorca con los de Swann, los Guermantes y toda su parada de amigos, conocidos y allegados, colmé sus mañanas y sus tardes con magdalenas, bizcochos y bollos de todo tipo; algunos de ellos inspirados en los libros de la Child – Roca no incorporaba gran cosa en materia de bollería.

Un bizcocho socorrido, que puede servir de base para preparar cualquier tarta, fue el de naranja, de nuevo su referencia francesa, “Gâteau à l’orange”, hizo las delicias de mis señores, creo que les alimentaban más los nombres sofisticados y extranjerizantes que el sabor de los propios platos.

La última de las mañana me levanté pronto para terminar de recoger la cocina pero antes les preparé para el desayuno el Gâteau. Para hacer el bizcocho de naranja necesitaba un molde metálico grande y redondo, de 22 cm de diámetro y 4 de fondo, previamente tuve que engrasarlo con mantequilla y espolvorear harina, para que luego se desprendiera bien.

Mientras mezclaba los ingredientes precalenté el horno a 180º grados. Puse en un bol grande de vidrio 4 yemas de huevo y 2/3 de una taza de desayuno con azúcar. Lo batí bien hasta que quedó una crema amarillenta, espumosa y compacta. Añadí el zumo de una naranja y la ralladura de la piel de otra naranja con una pizca de sal, no le iba mal mezclar el zumo con un chorrito de Grand Marnier. Seguí batiendo con firmeza hasta conseguir que de nuevo compactara la mezcla.

Quedaba añadir la harina, harina de repostería que debía volcar de golpe en el bol, pasándola por un colador, la cantidad 200 gramos, o, en terminología de la Child ¾ de taza de desayuno sin compactar. De nuevo había que batir con brío para conseguir de nuevo una crema más espesa y uniforme.

En un bol a parte o en el thermomix tenía que levantar a punto de nieve 4 claras de huevo – 4 conforme a la receta original, yo preferí hacerlo con 6 claras – una pizca de sal y una cucharada de azúcar glas cuando las claras empezaran a tomar cuerpo.

Quedaba solo mezclar las claras con la masa de harina, yemas y naranja; mezclarlas con movimientos envolventes para que el conjunto mantuviera su cuerpo y el aire.

Había que pasarlo todo al molde engrasado y meterlo en el horno precalentado durante más o menos 30/35 minutos. El bizcocho está a punto cuando se hincha la parte superior, que queda uniformemente dorada, sin quebrarse, la masa empieza a separarse del borde del molde.

Se apaga el horno, se abre la puerta unos centímetros y se deja que baje la temperatura lentamente ya que si se sacara de golpe el bizcocho seguramente se hundiría del golpe la masa y desluciría.

Antes de desmoldarlo hay que dejar pasar por lo menos cinco minutos. Para que se desmolde mejor se repasa el borde del molde con la punta de un cuchillo y se vuelva sobre una bandeja. Ya es opcional servirlo directamente – tiene un agradable color a piel de naranja -, glasearlo, cubrirlo con azúcar glas, incluso abrirlo por la mitad y rellenarlo con mermelada. El bizcocho acepta cualquier manipulación dulce, incluso la cobertura de chocolate.

Cuando se levantaron tenían preparado el desayuno en la terraza, los niños se levantaron empeñados en bañarse, el último chapuzón; los señores estaban pegados a sus móviles, de los que sólo se despegaban para lanzar absurdas carcajadas; las señoras se ahogaban en un mar de bolsas y maletas, la expulsión de los filipinos les había dejado a las puertas del caos.

Recogí rápidamente el servicio y ayudé con desgana a cargar los coches. Antes de las doce del mediodía debían abandonar Villa Amaranta, yo disponía de algunas horas más ya que mi vuelo no salía hasta el atardecer. Debía parecer diligente y cariñosa para asegurarme de que me pagarían lo comprometido.

Poco antes de la hora prevista pasaron primero los señores con los niños, seguía sin distinguirlos bien, uno a uno me fueron besando sin mucha pasión, lo nuestro no había sido ni mucho menos un flechazo. Se retiraron en bandada y entraron las señoras, que había terminado de encajar los bultos en los coches. Aseguraron que aquel había sido el mejor de los veranos de su vida.

La duquesa de Guermantes le hizo una indicación a su marido, que alargó la mano pasa entregarme un sobre, no es que desconfiara de ellos pero debía cerciorarme de recibir lo pactado. Dentro del sobre reposaba un cheque conformado por la suma de 10.000 euros; el señor de Swann, en nombre de todos, me dedicó unas palabras: «Cati, sin duda usted ha contribuido a que pasemos uno de los mejores veraneos de nuestras vidas, cada uno de sus platos quedará para siempre gravado en nuestra memoria. Ha sido ejemplo de dedicación, de discreción y de servicialidad, por eso hemos pensado en recompensarte con un pequeño extra», sacó dos billetes de quinientos euros y los metió en el sobre.

Soy parca en palabras y apenas pude articular un insulso «gracias». Sin apenas contactar con mis mejillas recibí un breve ósculo de los que hasta aquel momento habían sido mis señores, la duquesa se quedó la última, esperó a que sus compañeros abandonaran la cocina y me dijo al oído: «En el fondo tú y yo no somos tan distintas». «Lo que usted diga, señora». Me alejé instintivamente de ella ya que en aquel momento dejaba de estar bajo su jurisdicción.

Ella salió hacia el coche con el bolso colgado del antebrazo, la melena al viento y unas grandes gafas de sol.

Me quedé en el umbral de la puerta trasera de la villa, levanté la mano en señal de despedida y los que fueran mis señores dieron un largo bocinazo. Me quedé hasta cerciorarme de que abandonaban definitivamente el palazzo. Regresé a la cocina y saqué del congelador una botella de Billecart Salmon Rose, lancé la bata al cubo de basura, saqué el último de los pareos que había hurtado a la de Guermantes junto cuando cerraba las maletas. Fui hacia la terraza con una gran cubitera de cristal llena de hielo y una copa, me quedé mirando fijamente el mar, dejé que pasaran unos minutos antes de abrir la botella.

Hacía mucho calor, el suficiente para que me diera una zambulliza, definitivamente libre de ataduras, sin tener que mirar de reojo por si me descubrían. Salí del agua con una tremenda sed de champagne. No era cuestión de apurar la botella, solo tres o cuatro tragos, luego lancé la copa por encima del muro de la terraza y escuché como se estrellaba contra las rocas.

En poco minutos llegarían los de mantenimiento para adecentar la villa para los siguientes inquilinos, no me apetecía nada que me pillaran dormitando en una tumbona. Busqué en mi bolso la tarjeta del radiotaxi y pedí que me pasaran a recoger. Mi equipaje apenas llenaba un par de bolsones.

La imagen de la cubitera con la botella de champagne mediada era una buena imagen para cerrar mis servicios en Villa Amaranta, la terraza soleada, una brisa suave sobre la copa de los pinos que dejaba un tenue siseo en el ambiente. El taxista llegó de inmediato, sin darme tiempo a despedirme, sentí que daba unos pitidos para anunciar su entrada.

En último arrebato cogí la botella y, a gollete, le di trago largo, dejando que el champagne corriera por la comisura de la boca y me empapara la ropa. Salí con una bolsa en cada mano, di un portazo seco para cerrar la puerta de la casa y le pedí al conductor que me llevara al aeropuerto.

Condujo despacio por el camino de gravilla que conducía hasta la gran cancela metálica que delimitaba el territorio de Villa Amaranta. No quise mirar atrás, aquella misma noche dormiría en Madrid y a la mañana siguiente saldría en tren hacia Sevilla y de allí a Cádiz, me esperaban para gestionar durante el resto del verano el catering de un club de golf, la encargada había desaparecido a mitad de temporada sin dar grandes explicaciones y habían contactado conmigo a través de la agencia para que les sacara del apuro, estaban dispuestos a pagarme lo que hiciera falta con tal de enderezar aquel desaguisado.

Cati Alomar, Cati Talfal, seguía siendo una mujer de suerte, no le faltaba ni el trabajo ni el dinero. Salvo estas notas nada quedaba ni de los de Guermantes, ni de los de Swann, en el fondo no eran distintos de otros muchos señores. Lo mejor del verano los cuadros de Chardín, sus dulces sirvientas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

CAP. CCCXLIII.- Un verano en Mallorca (decimocuarta jornada).


Un verano en Mallorca (decimocuarta jornada).- En cuanto a la voz, la he perdido dando gritos y cantando antífonas. No probaré más mi juventud: La verdad es que sólo soy vieja en juicio y entendimiento; y el que quiera hacer cabriolas conmigo por mil marcos, que me preste el dinero y allá él.

Auguraba unas últimas horas tediosas y calmas pero lo cierto es que la penúltima jornada fue un verdadero cataclismo. Despuntaba el amanecer, todavía no se escuchaban los primeros trinos y yo remoloneaba entre las sábanas sudorosa, más dormida que despierta. De repente dieron dos golpes secos en la puerta de la habitación y sin solución de continuidad, sin que yo acertara a dar respuesta, entraron, se precipitaron, en mi dormitorio el señor de Swann y el duque de Guermantes.

Hubiera quedado tranquila si sus intenciones fueron lujuriosas pero, por desgracia, esas no eran, ni mucho menos, sus intenciones.

«Cati. Haga el favor de levantarse de inmediato. Han desaparecido de nuestras habitaciones objetos de valor y tenemos fundadas razones para pensar que ha sido usted». El de Swann se dirigía a mi seco, cortante, apenas podía respirar entre palabra y palabra; acompañó su requerimiento de un leve tirón de la sábana lo que me dejó casi desnuda, a la suerte de mis señores.

Ya digo que sus intenciones no eran ni mucho menos lascivas. Me incorporé como pude y me quedé junto a la cama, iluminada por las primeras luces del día que se colaban por la ventana abierta. No era plato de agrado ver a la gorda Cati sudorosa, apenas cubierta con unas bragas viejas y una camiseta sin mangas.

El duque de Guermantes estaba ya revolviendo en el armario, lanzando al suelo mis pertenencias.

«Luz, luz, apenas distingo nada». Sus requerimientos fueron rápidamente atendidos, subí la persiana y desaparecieron las penumbras.

Ellos no mostraban mejor guisa que la mía, llegaron en ropa interior, sudorosos también.

El de Swann había sacado mis maletas de debajo de la cama y hurgaba en los recovecos de los equipajes vacíos. Jadeaban como jabalíes en celo no por mis carnes.

Podría haberles parado los pies recordándoles mis derechos, recordando que incluso el más miserable de los criminales tenía derecho a que fuera respetada su intimidad, a no ser atropellado por particulares. De nada hubieran servido argumentos legales para aquellos perros de presa, los de su casta no reconocen ningún derecho a quienes consideran inferiores, se consideran poseídos de la razón, de la verdad y, fundamentalmente, de la fuerza.

Mentiría si dijera que me insultaron, por lo menos no de palabra; cuestión distinta es que desmadejaran toda mi ropa interior y la esparcieran por el suelo, vaciaran cajones, destriparan mi neceser de baño, incluso voltearon el colchón y sacudieron las sábanas en busca de los objetos desaparecidos.

La señora de Swann y la duquesa de Guermantes estaban ya en el quicio de la puerta de la habitación, en camisón, con pinta de no haber dormido en toda la noche. Respiraban profundamente aunque guardaban silencio a la espera de que apareciera un elemento de cargo.

«Cati, por dios, sabemos que nos has robado joyas. Todavía estás a tiempo de devolverlas y evitar que venga la policía». El duque se desesperaba y se aferraba a la tela de mi camiseta dejando mis pechos, caídos ya e incontrolados, a la vista de la concurrencia.

Tomé aire. «Creo que se equivocan, señores, nada hallarán pues nada he cogido que no fuera mío. Pero sigan buscando hasta que se convenzan del error». Di unos pasos hacia adelante hasta que mis brazos y mi cuerpo, saturado ya de tanto sudar, se adhirió al pecho del duque; el de Guermantes dio un respingo al notar el contacto y se echó para atrás dejando mis pechos mucho más expuestos y a la vista de todos; no pudo evitar lanzarles una breve mirada no sé si de sorpresa o de estupefacción.

Las señoras se incorporaron a la razzia y hociquearon en las ropas y cachivaches ya revisados por sus maridos.

Fueron descomponiendo el gesto rígido y la autoridad al comprobar que en realidad nada había, entre otras razones porque lo poco o mucho que había podido rapiñar estaba ya fuera de Villa Amaranta y las tres o cuatro cosillas que quedaban las había puesto a buen recaudo. Cati Tafal era perro viejo, curtida en mil batallas y ningún señoritingo podía sorprenderme a estas alturas de mi vida. Todo aquellos que deseaba tener, todo aquello que podía ansiar de mis señores estaba en realidad en sus propias estancias, eso sí colocado en sitios distintos de los que inicialmente estaban, en recovecos de sus propias habitaciones que había ido descubriendo durante las largas horas en soledad.

Una de las máximas de las rapaces es evitar riesgos, no dejarse llevar excesivamente por la codicia, no ansiar las piezas más caras, ni las más vistosas, sino aquellas que al final fueran prescindibles; bastaba con que hubieran revisado el fondo de sus armarios, los huecos de algunas cajoneras de sus dormitorios para que hubieran podido reencontrarse con aquello que en vano buscaban en mi pabellón.

Bebidas y otras fruslerías que no me había dado tiempo a llevar a Raven Corner estaban en las penumbras de la alacena, en la cocina, territorio natural de cuando pudiera comerse o beber.

Por lo tanto podían seguir con su atropello, forzarme hasta llegar a los límites que entendieran suficientes, incluso llamar a la policía. No era la primera vez que sufría los empellones de la soberbia, había aprendido a dejarme pisotear y a que se limpiaran el culo con mi intimidad y con mi honorabilidad. Ellos, los de su calaña, pensaban que intimidad y honorabilidad es patrimonio sólo de los de su clase.

Pasaron algunos minutos hasta que se cercioraron de que nada aparecería. Pararon de golpe, se miraron entre ellos y se retiraron en una turba, como predadores. Fueron directamente a la habitación de los filipinos, que llevaban ya algún rato despiertos aunque ateridos por el terror.

«Cati, haga usted el favor de preparar café». El de Swann no tuvo ningún reparo en seguir mandándome como si nada hubiera pasado.

Entraron en tromba en la habitación de los filipinos, yo me dirigí a la cocina puesto que más necesitaba yo el café que aquellos cafres rebosantes de ira y de adrenalina.

Seguramente la providencia suele aliarse con los pícaros o, por lo menos, en mi caso siempre me ha acompañado la suerte, suerte que a veces exige el sacrificio de treceros.  Pim y Pom, mis filipinos ruidosos y fornicadores resultaron ser mucho más codiciosos que yo y bajo el colchón, en una bolsa de tela, aparecieron algunos pendientes de diamantes, un brazalete de oro, un reloj de los señores, bolsos de firma y cerca de seis mil euros en efectivo. Aquel botín aplacó a los señores que entendieron justificada su indignación y satisfecha su ansia de  venganza.

La ropa y las maletas de Pim y Pom quedaron de inmediato desperdigadas sobre la gravilla de la entrada, los señores zarandearon hasta el exterior a quienes habían sido sus fieles servidores durante unos años.

Entre lloros y jadeos, los filipinos eran escandalosos incluso para el duelo, hubieron de recomponerse a la intemperie, ya con el sol luciente. Metieron como pudieron sus pertenencias en el equipaje y caminaron hacia la cancela de salida de Villa Amaranta. Ella lloraba desconsoladamente, él maldecía seguramente en tagalo y, en su ida, echaba la vista atrás rabioso.

«Malnacidos, pensad que todavía estamos a tiempo de llamar a la policía y que durmáis en la cárcel». A voces se despidió el de Swann. Las señoras revisaban los objetos recuperados y se quejaban de lo ingrato que era el servicio, recordando lo mucho que creían haber hecho por ellos, aunque llevaran años tratándoles como si fueran animales de compañía.

Los de Swann y los de Guermantes eran pura carroña, no mostraban escrúpulo alguno, sin embargo exigían que los demás, los que trabajábamos para ellos les tratáramos con una dignidad que ni mucho menos merecían. Eran pura mierda y lo triste es que morirían sin llegar a saber el grado de podredumbre de sus hábitos y de sus actos. No es que yo fuera mucho mejor, ni mucho menos, pero por lo menos cada noche al levantarme era consciente de todas y cada una de mis miserias y de mis debilidades, tal vez por eso había podido sobrevivirles a ellos y a otros de su género y especie que diluían su catadura moral en un mar de dinero y de frivolidades.

Andaba yo enfrascada en estas reflexiones esperando a que subiera el café, cuando la duquesa de Guermantes, desde el quicio de la cocina, su posición habitual, me comentó.

«Entenderá Cati que no teníamos más remedio que actuar así. No podemos tolerar que nos roben. Espero que nos comprenda»; se dio media vuelta y cuando iniciaba el camino a la terraza continuó con su monólogo «Por cierto, le agradeceríamos que estas últimas horas nos ayudara a preparar el equipaje; este incidente con los filipinos nos deja desasistidos, cuando se levanten los niños habrá que empezar a hacer maletas». Tomó aire y, manteniéndose de espaldas apostilló. «El desayuno, como siempre, en la terraza de la piscina».

La duquesa de Guermantes tenía sin duda grandes defectos pero, a su modo, se comportaba como una gran diva, tenía cuajo y tablas suficientes para afrontar cualquier situación, por extrema que fuera.

Se reunió en la terraza con su marido y con los de Swann, yo llevaba ya el primer termo con café y el servicio correspondiente; me había puesto mi bata de trabajo y estaba recomponiéndome del sobresalto.

Mientras atravesaba el salón escuché que la duquesa comentaba: «Ya he hablado con Cati y creo que ha entendido la situación. No será necesario que os disculpéis los demás, esta gente debe estar acostumbrada a situaciones como la de hoy».

Dejé la bandeja sobre la mesa y les anuncié que las tostadas y el resto del desayuno estaría listo en unos minutos.« Les agradezco», dije, «la confianza que finalmente ha depositado en mí». Todavía no me habían pagado lo convenido y a falta de unas horas para perderles de vista no era cuestión de dejarme llevar por una dignidad que nada me aportaba, además me daba cierta fatiga tener que marchar de la casa andando, arrastrando mis maletas, hasta el pueblo más cercano.

Preparé las habituales tostadas, las frutas peladas, los fiambres, algo de bollería y zumo. Además había pensado premiarles con una novedad, había pensado infusionar alguna de las frutas que quedaban en el refrigerador y presentarlas a medio camino entre una golosina y un plato saludable de fruta camuflada.

La tarde anterior había puesto a remojar dos hojas de gelatina. Tienen que estar unos minutos en un plato hondo con agua fría. Mientras tanto llené una cazuela con medio litro de agua mineral con 50 gramos de azúcar. Cuando rompió a hervir retiré la cazuela del fuego e incorporé las hojas de gelatina remojadas; removí hasta que la gelatina quedó bien disuelta.

Había pelado y cortado en dados una piña, 100 gramos para hacer la primera prueba, la introduje en el líquido templado, también le puse 40 gramos de hinojo picado. Tapé la cazuela con papel film y la dejé infusionando en la nevera durante cuatro horas.

En el momento de servir la fruta la pasé a boles más pequeños y las acompañé de una bola de helado de eucaliptus.

Pensé que ese primer experimento el objetivo fue combinar distintas frutas con distintas especias y distintos sabores de helados, jugar también con la cantidad de azúcar en función de la necesidad de dulce y del propio dulzor de la fruta elegida. Empecé con la piña, la manzana no fue complicada ya que le añadí un poco de canela y helado de limón, los frutos rojos tiñeron la infusión de ese color, los mezclé con hierbabuena y un helado de nata, el melón fue todo un reto aunque al final encajó bien con una pizca de jengibre y un helado de marc de champagne, la sandía combinó estupendamente con unas hojas de menta y un helado de lima… las combinaciones eran casi infinitas.

Cuando las presenté a la mesa, casi al final del desayuno, fueron recibidas con alborozo por los señores y por los niños, que ya se habían levantado.

Mientras retiraba los servicios pude escuchar de nuevo a la de Guermantes «veis como no es rencorosa».

Puestos a premiar a los señores decidí que aquel día como primer plato disfrutarían de un gazpacho, un plato fresco y vitaminado que les permitiría recuperarse de los sobresaltos del madrugón.

No utilicé ningún ingrediente especial, seguí los pasos de la receta más tradicional; como hacía mucho calor preparé casi tres litros de gazpacho que dejé reposando en una gran cazuela en la nevera, para poderlo servir lo más frio posible.  Dado que gastronómicamente el día iba de infusiones dejé, durante las horas que el gazpacho reposó en el refrigerador, que infusionara con mi ropa interior sudada. Mis braguitas y mi camiseta de dormir, empapadas de sudor, impregnadas de mis humores más íntimos, aquellos que habían empezado a segregarse descontroladamente durante el episodio del asalto, quedaron sumergidas entre tomates, pepinos, cebollas, pimientos, ajos y vinagres.

Poco antes de servir el gazpacho escurrí bien en la cazuela las braguitas y la camiseta para que el plato no perdiera nada. Mis ropas quedaron teñidas de un rojo intenso incluso después de haberlas estrujado hasta que liberaran la última gota de líquido. Tiré las prendas a la basura, escarbando antes para que nadie pudiera verlas.

El gazpacho fue a la mesa en un bol, sobre una cama de hielo picado para que no cogiera temperatura. La duquesa, especialmente halagüeña aquel día, aseguró que era el gazpacho más sabroso que había tomado en su vida, me rogó que le diera la receta, yo la apunté con detalle pero creí prudente no advertirle que sin las bragas cochambrosas y sin la camiseta ponzoñosa era difícil conseguir esa armonía de sabores, eso sí, le aseguré que el secreto era añadirle al gazpacho una manzana Golden Smith pelada.

Los niños quedaron todo el día en la piscina, los señores se echaron una larga siesta, yo también pude descansar. A eso de las siete de la tarde la de Swann me pidió que la ayudara a preparar el equipaje.

Por la noche los señores decidieron ir a cenar, de despedida, a un restaurante de moda no lejano de villa Amaranta, tenían la reserva desde hace día y no había razones de peso para suspender el evento. Me pidieron que cuidara de los niños, sobre todo de los pequeños. El duque de Guermantes confidencialmente me aseguró que esas tareas especiales de las últimas horas serían retribuidas aparte, todo un detalle.

Recordé que Chardín se había dejado llevar por una moda muy de principios del siglo XIX de representar a monos realizando tareas propias de los humanos, bonita metáfora para terminar el día.

sábado, 13 de septiembre de 2014

CAP.CCCXLII.- Un verano en Mallorca (Jornada decimotercera)


Un verano en Mallorca (decimotercera jornada).- Hay una cosa Cati, de la que has oído hablar muchas veces, y que se conoce en nuestras tierras con el nombre de brea. Esta brea (como informan los autores antiguos) mancha, y lo mismo pasa con la compañía con la que andas: porque ahora, Harry, no hablo de ti lleno de vino, sino lleno de lágrimas; no lleno de placer, sino lleno de pasión; no sólo de palabras, sino lleno de pesar también.

En Raven Corner había razones adicionales para madrugar, la terraza era uno de los puntos más al este de la isla lo que me convertía en una de las primeras personas en poder disfrutar de la salida del sol. Salí envuelta en varios pareos y disfruté del amanecer. Ordené los cuatro trastos que había revuelto en la casa, eché de nuevo las persianas y las cortinas, cerré la llave de la luz, la del agua y me despedí de la casa hasta un futuro sin duda incierto.

En menos de una hora estaba de regreso en Villa Amaranta, no se esperaba a los señores hasta media mañana. Cuando llegué los filipinos todavía dormía, intenté hacer el mayor ruido posible para que notaran mi presencia, me di una ducha y me dispuse a organizar las últimas jornadas en la villa. Los señores se despedían del barco esa misma mañana y estarían permanentemente en la casa hasta que tornaran a Madrid dos días después.

Tenía cierta curiosidad morbosa por saber cómo había discurrido la convivencia en el barco durante las últimas 24 horas, un espacio reducido al mínimo en el que podían surgir chispas, sobre todo entre la señora de Swann y la duquesa de Guermantes, yo ya había podido disfrutar de los destellos dos días antes.

Desembarcaron como auténticas divas, anticiparon su llegada llamando por el móvil a Pim y Pom, que tenían que estar en el embarcadero para ayudar a descargar. Los chicos entraron como un torbellino, directamente a la piscina; yo les había preparado un refrigerio lo suficientemente extenso como para que sirviera casi comida, las habituales ensaladas, fiambres, emparedados y fruta. Las señoras cayeron derrumbadas sobre las hamacas, prácticamente no habían dormido la noche anterior, antes de dar los buenos días ya pedían un café que humeaba sobre la mesa. El duque y el señor de Swann se quedaron mirando cómo se alejaba el yate, yo creyeron suyo durante unos días y ahora regresaba al puerto para adecentarse para un nuevo alquiler, nuevos señores.

Enseguida ordenaron las señoras que los chicos fueran conducidos a las piscinas de atrás y allí quedaron ellas en duermevela mientras los maridos realizaban el cotidiano ritual de devolver las llamadas y los mensajes del móvil; todo eran risas, aspavientos y disculpas; por lo visto todo su entorno de amistades se había congregado en la isla.

Sobre las tres del mediodía pidieron a los filipinos que pusieran en marcha el aire acondicionado de los dormitorios marcharon, canónicamente emparejados, a dormir la siesta. Aproveché la circunstancia para comer algo y reposar.

A eso de las seis de la tarde, mientras organizaba algunos ingredientes para la cena, asomaron la cabeza por la cocina las señoras, habían facturado a los maridos hacia la piscina para que se incorporaran al ritual de saltos, berridos y carreras de los niños. Entraron en la cocina dispuestas a que les enseñara alguna receta fácil con la que pudieran impresionar a sus amigas de Madrid. «Cati, por favor, nos tienes que enseñar el postre definitivo», dijo la duquesa antes de enredarse en sonrisas absurdas.

Hay ocasiones en las que el nombre es casi tan importante como el plato, por eso después de pensarlo unos segundos les dije que les enseñaría a preparar una Charlota Malakoff con fresas, mejor incluso en francés, Charlotte Malakoff aux Fraises; cuando anunciaran a sus invitados el plato retumbaría como una marcha real.

Antes de empezar a cocinar les pedí que se pusieran ropa cómoda y fresca, el aire acondicionado no llegaba a la zona de servicio, que se recogieran el pelo, que asumieran que parte del esmalte de uñas podría quedar dañado. Se empeñaron en preparar una charlota cada una de ellas. Coloqué sobre la encimera de la cocina los ingredientes debidamente ordenados y, con cierta guasa, les advertir que: «Durante unos minutos me tocaba a mi dar órdenes». Sonrieron, la de Swann aseguró: «Creo, querida, que has mandado siempre». Intentaban tejer cierta proximidad, establecer complicidades que, pensaban, les podrían garantizar mi silencio, un silencio que en todo caso quedaba garantizado por mi discreción y, sobre todo, por la cantidad suplementaria que recibiría de sus maridos en pocos días.

Al oírlas hablar recordé el arranque de una novela leída en la adolescencia: “Cuando sientas deseos de criticar a alguien recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.

«Señoras», alcé la voz «La receta empieza limpiando unas fresas y dejándolas en un lugar seco, así que ya saben, en la nevera hay un par de bandejas que compré ayer».

Actuaron con cierta diligencia, aunque tuve que enseñarles como quitar los pedúnculos a las fresas y cómo remojarlas con un mínimo hilito de agua del grifo.

Fue la duquesa la que rompió realmente el hielo: «Seguro Cati que con tantos años conocerás los secretos de gente muy famosa».

«Si algo justifica mi caché no es solo mi maña en los fogones, sino mi discreción. Protege a todos aquellos a los que he servido y, por lo tanto, a ustedes».

«Tienes razón, pero algún chascarrillo podrás contar».

«Podría contar muchas cosas, pero dejaría de ser Cati Alomar. Por favor duquesa, busque un par de aros metálicos grandes,  de paredes altas,  tiene que haber uno en el armario que hay bajo el microondas».

Fue la señora de Swann la que acudió al armario.

«Coloquen, por favor, papel satinado por debajo». Tuve que acercarles el rollo para que supieran de qué estábamos hablando. Cuando vi el lío que se hacían con el papel opté por ponerles yo el papel.

Había que localizar boles grandes y poner una combinación con 1 parte de Grand Marnier y 2 de agua. Saqué de uno de las baldas de la alacena un paquete de bizcochos de soletilla y les ordené que remojaran 24 bizcochos de soletilla en el Grand Marnier y las dejaran escurrir en una rejilla.

Cuchicheaban entre ellas, repetían mis instrucciones y no dejaban de reír.

«Seguro que pasado mañana nos echarás de menos, dudo que haya tenido señores tan simpáticos como nosotros». La duquesa era una provocadora profesional.

«Todos los señores a los que he servido han dejado un rastro en mi vida»

«Pero seguro que ninguno como el nuestro».

«De todos he aprendido y a todos he intentado transmitirles lo poco o mucho que sé, con discreción».

Les ordené que fueran colocando los bizcochos borrachos en las paredes del molde para que quedara forrado. Debían que reservar las soletillas que sobran.

Ellas seguían con su interrogatorio y yo adormeciendo las respuestas con frases frías pero correctas.

«Señoras, atención, toca preparar una crema de almendras. Piense señora de Swann que esta receta era una de las preferidas de Julia Child, así podrá comprobar que he aprendido bien el libro que me recomendó».

«Seguro que no te hacía falta, casi me da rubor habértelo sugerido cuando nos conocimos».

Fui desgranando las instrucciones: Para la crema de almendras se mezclan en un bol 250 gramos de mantequilla ablandada, una taza de desayuno con azúcar glas, media taza de Grand Marnier, 1 media taza de almendras crudas trituradas. Se bate la mezcla con una batidora eléctrica hasta que quede una crema.

Se montan 250 gramos de nata en la thermomix. Cuando esté montada se mezclan con la crema de almendras. Se deja reposar una hora en la nevera.

La de Guermantes seguía picajosa: «¿No te ha sorprendido nada durante estos días?, al fin y al cabo hemos compartido nuestra intimidad contigo».

«Cada familia tiene sus reglas y sus hábitos, todos respetables señoras; no creo haber visto u oído nada que no haya visto u oído en otras casas y con otros señores. Ahora, por favor recuperen el molde de las soletillas».

Tenían que poner una primera capa de crema de almendras – 1/3 -, sobre la crema puse una capa de fresas laminadas, otra capa de las soletillas borrachas que sobraron; sobre los bizcochos otra capa más de la crema de almendras y el resto de soletillas. Era una tarea que estaba incluso al alcance de las señoras, sobre todo porque al final había tenido no sólo que ir indicándoles cada paso de la receta, sino también asistirlas y darle cierto brío a sus mezclas para que adquirieran la textura y la cremosidad que le diera lustre al plato.

Quedaba sólo tapar los con papel satinado, de nuevo me tocó a mí, y sobre el papel tenían que colocar un plato grande y pesado.

El Malakkof debía de reposar por lo menos seis horas en la nevera, así se lo anuncié mientras respondía a sus últimas preguntas y me escurría dentro de mi bata. En cuanto aquellos loros abandonaran la cocina me tomaría un gran copazo de whisky con hielo.

Por la noche las señoras regresaron a la cocina para recuperar los moldes de la charlota, les aconsejé que fueran presentadas en una bandeja grande, ellas finalmente se atrevieron a quitar los papeles satinados y desmoldaron la charlota, yo tenía preparadas unas fresas para adornar el plato, con un poco de nata montada.

Me besaron nerviosas antes de llevar las charlotas ellas mismas a la mesa. Noté que la duquesa con su beso intentó atraparme la comisura del labio, yo, perra vieja, me dejé querer, incluso asomé durante un instante la punta de la lengua.

Al whisky del atardecer le sucedió otro whisky tras la cena. Solo quedaban dos noches en villa Amaranta, pensaba sobrevivir con la ayuda de Chardín.


viernes, 5 de septiembre de 2014

CAP.CCCXLI.- Un verano en Mallorca (duodécima jornada).




Un verano en Mallorca (duodécima jornada).- Era hora de fingir, o aquella encendida fiera escocesa me hubiera dado lo mío, y escote y lote. ¿Fingir? Miento, no soy ningún falsificador: Morir es ser falsificador, porque es la falsificación de un hombre el que no tiene vida de un hombre: pero falsificar la muerte, cuando un hombre vive por eso, no es ser una falsificación, sino ciertamente la verdadera y perfecta imagen de la vida.

No soy persona ordenada, ni mucho menos, sin embargo me gusta establecer cierta armonía en los objetos con los que me relaciono, tal vez por eso me gusta la cocina porque la buena cocina es fundamentalmente armonía. Por otra parte todas mis torpezas y limitaciones desaparecen entre los fogones, cuando empiezo a cocinar me siento casi casi como una bailarina, absolutamente etérea.

Quizá la armonía sea la razón por la que quedé fascinada con los catálogos de Chardín un pintor fundamentalmente armónico; cuando tuviera la oportunidad de regresar a París me había prometido dedicarle varias horas a Chardin en el Louvre, las horas que no le había dedicado en mi juventud.

París. París quedaba muy lejos, no sólo en el espacio, también en el tiempo. Mi madre consideraba que París era un sueño al que ella nunca pudo acceder, ella soñaba con que me convirtiera en una profesora de la universidad de París, que paseara con la barbilla elegantemente apuntando al infinito. Rabió cuando se enteró de que había cancelado la matrícula y me había apuntado a una escuela de cocina que además estaba en Laussanne. Fuera de España en el año 1972 una chica mayor de edad tenía mucho más margen de maniobra que en España.

Mi madre había diseñado una vida maravillosa en París, una vida que solo tenía un problema, era la mía y no la suya; yo en cambio pensaba en regresar cuanto antes junto a ella, hacer todo lo posible por disfrutar de mayor el tiempo que me había hurtado de niña.

Es complicado identificar el momento en el que una persona no puede diseñar lo que quiere que sea su vida y ha de conformarse con lo poco o mucho que le haya correspondido.

En mi caso, como buena cabezota, me había empeñado en separarme tanto del destino que había prefijado mi madre, en los alrededores de una Sorbona inexistente, y el que me habrían deparado los fogones de haberme dejado arrastrar por las inercias de la vida de servicio. Seguramente por el camino he renunciado a muchas cosas, aunque puedo estar contenta de haber seguido paso por paso un plan que, treinta años antes, resultaba impensable.

Eran las once de la mañana, la villa llevaba ya una hora vacía; los señores había partido con la prole rumbo a Cabrera a primera hora de la mañana, atrás quedaba un día extraño con una noche extrañamente tranquila.

Desayunaron todos rápidamente, alterados por la expectativa de 30 horas en el mar, una experiencia que, por lo visto, no habían vivido nunca. Era normal que los niños estuvieran excitados, más extraña era la cándida ilusión de los padres, que deberían establecer reglas de convivencia en un espacio mucho más hermético que el de villa Amaranta.

A las diez abandonaron el palazzo cargados de cestas con comida, gafas de bucear, aletas, cámaras de fotos y crema protectora – la que todavía quedaba tras la noche anterior.

Durante un día completo no tendría que preocuparme de cocinar, ni de vigilar la intendencia; los filipinos marcharon rápidamente de la Villa, me comentaron que tenían unos familiares lejanos sirviendo en un hotel a pocos kilómetros de allí.

Mi primer impulso fue el de ponerme a cocinar, el de organizar los platos para el par de días que les quedaban de vacaciones.

Probablemente por mis ansias de glucosa me animé a preparar un postre, el que tenía pensado preparar el día que vino a cenar el ministro, un cremoso de vainilla con un coulis de albaricoque; el cremoso es un cruce entre un flan y una crema pastelera, bastante vistoso. Al final los señores me al comentar el menú me dijeron que el ministro era adicto al café, así que al final, a regañadientes, le hice un flan de café, que no quedó nada mal pero que me dejó como tarea pendiente la de preparar una crema.

Se necesitan 375 gramos de nata para cocinar, 125 gramos de leche entera , 150 gramos de azúcar, un huevo y 5 yemas, dos vainas de vainilla, una hojas de menta, 100 gramos de agua, 100 gramos adicionales de azúcar y un albaricoque.

Se calienta la leche y la nata con una vaina de vainilla abierta longitudinalmente. Se calienta a fuego muy suave, como para infusionar, cuidando de que no hierva – si hierve se corta la nata -. Cuando esté a punto de hervir se retira del fuego y se raspan la otra vaina  para que se desprendan las semillas de la vainilla. Se deja reposar.

Se bate el huevo con las yemas y el azúcar hasta que queden cremosas y espumosas. Se incorpora poco a poco la leche templada – hay que colar la leche para que no caigan las semillas -. Se mezcla todo bien y se pasa la crema a unas flaneras pequeñas.

Se enciende el horno y se precalienta a 120º, se pone una bandeja de cristal alta para que se pueda poner agua caliente. Se colocan las flaneras, con cuidado de que no les entre el agua y se dejan al baño maría durante 45 minutos. Pinchando una de las flaneras con la punta de un cuchillo se puede comprobar el punto del cremoso, estará hecho cuando la punta salga limpia.

Se dejan las flaneras en la nevera para que se terminen de cuajar.

Se pone en un cacillo el agua a hervir con los 100 gramos de azúcar y el albaricoque pelado y cortado en pequeños dados. Hay que dejarlo cocer durante 10 minutos, quedara un jarabe de albaricoque.

Se presenta el plato desmoldando las flaneras, cada una en un plato, se moja cada cremoso con una cucharada del jarabe de albaricoque.

Se espolvorea un poco de azúcar sobre la superficie del cremoso de vainilla, con ayuda de un soplete se tuesta el azúcar hasta que quede caramelizada. Se adorna el plato con unas hojitas de menta – en la receta de los Roca lo adornan con unas hojas de marialuisa.

Las flaneras quedaron en la nevera, reposando a la espera de que, al día siguiente, regresaran los pequeñajos. En todo caso reservaba alguno de ellos para consumo propio.

Hice la receta rápido y, de repente, desaparecía la tensión de los días anteriores; dejaba de tener sentido lo de tumbarme a la bartola en la terraza, nadar desnuda en la piscina, vigilar de reojo a pin y pon, a las señoras con sus golferías, a los señores con sus niñerías y a los niños con ese dejarse llevar sin molestar mucho.

Perdía sentido mi estancia en Villa Amaranta, había revisado ya a fondo los cajones, armarios y maletas de los señores, hasta los rincones más pequeños. El calor era insoportable dentro y fuera de la casa, incluso echada en la cama me sentía incómoda. Hubiera podido buscar la mejor de las botellas y hacerla mi cómplice durante todas esas horas pero, eliminada la presión de que me descubrieran borracha, me daba cierto miedo llevar al límite mis aficiones sin el contrapeso de los señores.

Me levanté de la cama bañada en sudor, salí de mi pabellón y entré en la villa, busqué en el mueble bar el whisky más añejo, puse apenas un dedo de licor en un vaso y me lo clavé de golpe. El duque había dejado las llaves de su coche sobre la mesa principal del salón, una invitación a huir.

Pasé por mi habitación, debajo de la cama había hecho acopio de algunas botellas a lo largo de esos días, un par de pareos de las señoras que pensaba que no iban a echar de menos, algo de bisutería, unas piezas de la cristalería de la casa. Excepción hecha de las botellas – elegí las más caras – el resto de objetos que fui coleccionando durante esos días no tenían gran valor, sobre todo desde la perspectiva de sus dueños, siempre había considerado que esos bienes eran prescindibles, por lo menos para sus dueños. Puede que a los calificativos de gorda, vieja y borracha hubiera de incluir también el de cleptómana, Cati la ladrona; aunque a decir verdad me sentía mucho más cercana a la figura de la urraca, fatalmente atraída por los objetos que brillan.

Cargué en una bolsa mis pequeñas fruslerías, cuidé que las botellas fueran bien protegidas, puse en marcha el gran coche del duque, olía al perfume de la duquesa y, en cierta medida, a sus amoríos o encontronazos sentimentales.

Estaba en Mallorca, la isla en la que había nacido y madre, donde había nacido yo, una isla a la que no siempre podía escaparme. Desde primera hora de la mañana el recuerdo de mi madre era como una mosca, una mosca cojonera, que me obligaba a actuar. A lo largo de la mañana me había convencido de que si no era capaz de dar el paso que tenía que dar tal vez no sería capaz de regresar a la isla.

Mi madre estaba enterrada en Mallorca, en un cementerio cerca del mar, a poco menos de dos horas de Villa Amaranta. Cuando enterré a mi madre, diez años atrás, juré no volver; la verdad es que no se lo juré a nadie porque enterré a mi madre estábamos ella y yo solas, pensaba que así sacudía una parte complicada de mi vida.

Como las promesas están, en el fondo para quebrantarlas, cogí la carretera hacia el cementerio, busqué una emisora que sólo pusiera música clásica, sin interrupciones, sería incapaz de recordar lo que escuché durante el trayecto. Era reconfortante conducir un coche de importación, con todo tipo de confores; parecía que sobrevolara la carretera, que los vehículos que venía de frente debían apartarse.

En verano los cementerios suelen estar vacíos, especialmente por las mañanas. El cementerio en el que estaba enterrado mi madre es muy pequeñito, está a la salida de una curva, sobre una loma, mirando al mar. Quien pase por aquella carreterilla secundaria probablemente no se dé cuenta de que allí hay un camposanto, la curva pronunciada y el mar de fondo hacen que los pocos cipreses que lo circundan pasen desapercibidos.

Aparqué en la puerta del cementerio, no creía que nadie pudiera protestar aquellas horas y en aquellas circunstancias. Bajé con cierta parsimonia, inicialmente pensé dejar el coche en marcha, por si me entraba un ataque de pánico; no llevaba flores, las sustituí por una botella de Don Perignom, no me costó encontrar el camino hacia su lápida, la mejor orientada al mar, me senté sobre la losa, descorché la botella, le di breve trago a gollete, el champagne caliente sabe fatal, y regué con el resto el mármol y la tierra que lo rodeaba. La espuma se diluye rápidamente y crepita unos segundos hasta de desaparecer y quedar como si me realidad me hubiera hecho pis sobre la lápida. Me entró cierto agobio de ser sorprendida por alguien. En otra circunstancia hubiera quebrado la botella sobre el mármol. Alrededor algunas flores de plástico en tristes macetas acompañaban al resto de vecinos de mi madre.

Regresé al coche satisfecha de haber roto una vieja promesa, arranqué el coche y seguí la carreterilla pocos kilómetros más hasta entrar en una urbanización de lujo construida en las laderas de unas montañas que caían sobre el mar, chalets escondidos entre pinares, no muy altos, no muy ostentosos; las construcciones de la parte alta de la ladera eran más llamativas, debían encaramarse sobre los peñascos para que se pudiera ver el mar; las que daban directamente sobre el mar eran más discretas, sólo eran visibles los garajes, enterrados entre buganvillas, las terrazas de esas casas caían directamente sobre el mar, apenas dos o tres metros por encima del nivel del mar, alguna de ellas permitían zambullirse desde la terraza.

Al final de una de las calles estaba Raven Corner, la casa que compré cuando murió mi madre, había sido el refugio de una modelo californiana anegada en alcohol que había pasado los últimos años de su vida dando tumbos por las playas de la zona enseñando unas viejas portadas del Vogue en las que, haciendo un ejercicio de abstracción, podrían distinguirse sus rasgos en las fotos de portada. Compré Raven Corner con la herencia de mi madre y con lo que había ahorrado durante aquellos años. Una casa de tres plantas, hecha por un arquitecto norteamericano que se había inspirado en las casas construidas en la carretera que unía Los Ángeles con Sausalito, líneas rectas, escaleras exteriores y grandes cristaleras frente al mar.

Al llegar en el coche del duque mi presencia no era motivo de extrañeza de los vecinos que organizaban sus barcas, entraban y salían de las casas, descargaban toallas y sombrillas. Pocos niños en la zona. Algunas furgonetas de servicio, calor y el color verde intenso de los pinos, malva de las flores que aguantaban a duras penas el calor.

Paré frente a la cancela de entrada, hurgué en el bolso hasta dar con las llaves y aparqué el coche en el jardín, junto al garaje. Si se habían cumplido mis instrucciones la casa debía estar en perfecto estado de revista, durante 10 años había pagado religiosamente a una señora de un pueblo cercano para que cada 15 días se diera una vuelta, quitara el polvo, ventilara y ordenara los paquetes que sistemáticamente mandaba a aquella dirección.

Podía haber entrado por la puerta de servicio, la que daba a la cocina, pero preferí dar la vuelta y entrar por la puerta principal, a la que se llegaba por un camino de piedras en el que poco a poco se iba descubriendo el mar y la terraza.

Descargué las bolsas con botellas, las dejé a la puerta y me dispuse a abrir. Raven Corner apenas tenía muebles, sólo una gran librería de madera, una cocina de inspiración italiana, una alcoba con una cama grande, la que daba a la terraza. Abrí todas y cada una de las persianas para que la casa se ahogara de luz, hacía un par de años que no caía por el Raven Corner y cuando llegaba era inevitable que se me saltaran las lágrimas de ilusión, de la ilusión que había tenido desde siempre por aquella urbanización y, finalmente, por aquella casa.

En el sótano había reducido en gran parte la zona destinada a garaje, a mí me bastaba un  huequecillo para un utilitario, el resto estaba habilitado como una bodega que mantenía una temperatura entre 17 y 9 grados, en función de la zona en la que estaban los botelleros. Había reunido cerca de 2000 botellas de todo tipo, allí iría la media docena larga de botellas que me habían facilitado los señores. Busqué un Don Perignom realmente frio en una de las neveras y subí por la escalera interior que daba a la cocina, donde localicé una copa, y de allí al salón que daba a la terraza, a mi terraza.

Descorché la segunda botella del día y me tomé una copa con la parsimonia que sólo dan los bienes propios. No necesitaba beber mucho más.

Pasé al salón para colocar los catálogos de Chardín entre la colección de catálogos que había atesorado casi desde la adolescencia. La bisutería muy a los joyeros correspondientes y así pude ordenar mis pequeñas rapiñas estivales. Allí mandaba sistemáticamente cajas con libros, con algunos objetos que consideraba de valor y que la señora ordenaba con cierto criterio o, por lo menos, con cierta armonía.

Busqué en el mueble de la entrada de la casa la tarjeta de un restaurante no muy lejano, de los pocos que merecen la pena en la isla, allí cenaría y pasaría la noche en Raven Corner, en mi casa, probablemente me echaría en la tumbona que había en la terraza, apuraría la botella de champagne y me quedaría adormecida hasta el amanecer. Si mis cálculos no fallaban seis o siete años más trabajando a mi ritmo me permitirían retirarme definitivamente al Raven Corner y quien sabe si emular a quien fuera su dueña originaria, aunque yo en vez de portadas del Vogue de los años cincuenta tal vez tendría que pasear libros de cocina.