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sábado, 13 de septiembre de 2014

CAP.CCCXLII.- Un verano en Mallorca (Jornada decimotercera)


Un verano en Mallorca (decimotercera jornada).- Hay una cosa Cati, de la que has oído hablar muchas veces, y que se conoce en nuestras tierras con el nombre de brea. Esta brea (como informan los autores antiguos) mancha, y lo mismo pasa con la compañía con la que andas: porque ahora, Harry, no hablo de ti lleno de vino, sino lleno de lágrimas; no lleno de placer, sino lleno de pasión; no sólo de palabras, sino lleno de pesar también.

En Raven Corner había razones adicionales para madrugar, la terraza era uno de los puntos más al este de la isla lo que me convertía en una de las primeras personas en poder disfrutar de la salida del sol. Salí envuelta en varios pareos y disfruté del amanecer. Ordené los cuatro trastos que había revuelto en la casa, eché de nuevo las persianas y las cortinas, cerré la llave de la luz, la del agua y me despedí de la casa hasta un futuro sin duda incierto.

En menos de una hora estaba de regreso en Villa Amaranta, no se esperaba a los señores hasta media mañana. Cuando llegué los filipinos todavía dormía, intenté hacer el mayor ruido posible para que notaran mi presencia, me di una ducha y me dispuse a organizar las últimas jornadas en la villa. Los señores se despedían del barco esa misma mañana y estarían permanentemente en la casa hasta que tornaran a Madrid dos días después.

Tenía cierta curiosidad morbosa por saber cómo había discurrido la convivencia en el barco durante las últimas 24 horas, un espacio reducido al mínimo en el que podían surgir chispas, sobre todo entre la señora de Swann y la duquesa de Guermantes, yo ya había podido disfrutar de los destellos dos días antes.

Desembarcaron como auténticas divas, anticiparon su llegada llamando por el móvil a Pim y Pom, que tenían que estar en el embarcadero para ayudar a descargar. Los chicos entraron como un torbellino, directamente a la piscina; yo les había preparado un refrigerio lo suficientemente extenso como para que sirviera casi comida, las habituales ensaladas, fiambres, emparedados y fruta. Las señoras cayeron derrumbadas sobre las hamacas, prácticamente no habían dormido la noche anterior, antes de dar los buenos días ya pedían un café que humeaba sobre la mesa. El duque y el señor de Swann se quedaron mirando cómo se alejaba el yate, yo creyeron suyo durante unos días y ahora regresaba al puerto para adecentarse para un nuevo alquiler, nuevos señores.

Enseguida ordenaron las señoras que los chicos fueran conducidos a las piscinas de atrás y allí quedaron ellas en duermevela mientras los maridos realizaban el cotidiano ritual de devolver las llamadas y los mensajes del móvil; todo eran risas, aspavientos y disculpas; por lo visto todo su entorno de amistades se había congregado en la isla.

Sobre las tres del mediodía pidieron a los filipinos que pusieran en marcha el aire acondicionado de los dormitorios marcharon, canónicamente emparejados, a dormir la siesta. Aproveché la circunstancia para comer algo y reposar.

A eso de las seis de la tarde, mientras organizaba algunos ingredientes para la cena, asomaron la cabeza por la cocina las señoras, habían facturado a los maridos hacia la piscina para que se incorporaran al ritual de saltos, berridos y carreras de los niños. Entraron en la cocina dispuestas a que les enseñara alguna receta fácil con la que pudieran impresionar a sus amigas de Madrid. «Cati, por favor, nos tienes que enseñar el postre definitivo», dijo la duquesa antes de enredarse en sonrisas absurdas.

Hay ocasiones en las que el nombre es casi tan importante como el plato, por eso después de pensarlo unos segundos les dije que les enseñaría a preparar una Charlota Malakoff con fresas, mejor incluso en francés, Charlotte Malakoff aux Fraises; cuando anunciaran a sus invitados el plato retumbaría como una marcha real.

Antes de empezar a cocinar les pedí que se pusieran ropa cómoda y fresca, el aire acondicionado no llegaba a la zona de servicio, que se recogieran el pelo, que asumieran que parte del esmalte de uñas podría quedar dañado. Se empeñaron en preparar una charlota cada una de ellas. Coloqué sobre la encimera de la cocina los ingredientes debidamente ordenados y, con cierta guasa, les advertir que: «Durante unos minutos me tocaba a mi dar órdenes». Sonrieron, la de Swann aseguró: «Creo, querida, que has mandado siempre». Intentaban tejer cierta proximidad, establecer complicidades que, pensaban, les podrían garantizar mi silencio, un silencio que en todo caso quedaba garantizado por mi discreción y, sobre todo, por la cantidad suplementaria que recibiría de sus maridos en pocos días.

Al oírlas hablar recordé el arranque de una novela leída en la adolescencia: “Cuando sientas deseos de criticar a alguien recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.

«Señoras», alcé la voz «La receta empieza limpiando unas fresas y dejándolas en un lugar seco, así que ya saben, en la nevera hay un par de bandejas que compré ayer».

Actuaron con cierta diligencia, aunque tuve que enseñarles como quitar los pedúnculos a las fresas y cómo remojarlas con un mínimo hilito de agua del grifo.

Fue la duquesa la que rompió realmente el hielo: «Seguro Cati que con tantos años conocerás los secretos de gente muy famosa».

«Si algo justifica mi caché no es solo mi maña en los fogones, sino mi discreción. Protege a todos aquellos a los que he servido y, por lo tanto, a ustedes».

«Tienes razón, pero algún chascarrillo podrás contar».

«Podría contar muchas cosas, pero dejaría de ser Cati Alomar. Por favor duquesa, busque un par de aros metálicos grandes,  de paredes altas,  tiene que haber uno en el armario que hay bajo el microondas».

Fue la señora de Swann la que acudió al armario.

«Coloquen, por favor, papel satinado por debajo». Tuve que acercarles el rollo para que supieran de qué estábamos hablando. Cuando vi el lío que se hacían con el papel opté por ponerles yo el papel.

Había que localizar boles grandes y poner una combinación con 1 parte de Grand Marnier y 2 de agua. Saqué de uno de las baldas de la alacena un paquete de bizcochos de soletilla y les ordené que remojaran 24 bizcochos de soletilla en el Grand Marnier y las dejaran escurrir en una rejilla.

Cuchicheaban entre ellas, repetían mis instrucciones y no dejaban de reír.

«Seguro que pasado mañana nos echarás de menos, dudo que haya tenido señores tan simpáticos como nosotros». La duquesa era una provocadora profesional.

«Todos los señores a los que he servido han dejado un rastro en mi vida»

«Pero seguro que ninguno como el nuestro».

«De todos he aprendido y a todos he intentado transmitirles lo poco o mucho que sé, con discreción».

Les ordené que fueran colocando los bizcochos borrachos en las paredes del molde para que quedara forrado. Debían que reservar las soletillas que sobran.

Ellas seguían con su interrogatorio y yo adormeciendo las respuestas con frases frías pero correctas.

«Señoras, atención, toca preparar una crema de almendras. Piense señora de Swann que esta receta era una de las preferidas de Julia Child, así podrá comprobar que he aprendido bien el libro que me recomendó».

«Seguro que no te hacía falta, casi me da rubor habértelo sugerido cuando nos conocimos».

Fui desgranando las instrucciones: Para la crema de almendras se mezclan en un bol 250 gramos de mantequilla ablandada, una taza de desayuno con azúcar glas, media taza de Grand Marnier, 1 media taza de almendras crudas trituradas. Se bate la mezcla con una batidora eléctrica hasta que quede una crema.

Se montan 250 gramos de nata en la thermomix. Cuando esté montada se mezclan con la crema de almendras. Se deja reposar una hora en la nevera.

La de Guermantes seguía picajosa: «¿No te ha sorprendido nada durante estos días?, al fin y al cabo hemos compartido nuestra intimidad contigo».

«Cada familia tiene sus reglas y sus hábitos, todos respetables señoras; no creo haber visto u oído nada que no haya visto u oído en otras casas y con otros señores. Ahora, por favor recuperen el molde de las soletillas».

Tenían que poner una primera capa de crema de almendras – 1/3 -, sobre la crema puse una capa de fresas laminadas, otra capa de las soletillas borrachas que sobraron; sobre los bizcochos otra capa más de la crema de almendras y el resto de soletillas. Era una tarea que estaba incluso al alcance de las señoras, sobre todo porque al final había tenido no sólo que ir indicándoles cada paso de la receta, sino también asistirlas y darle cierto brío a sus mezclas para que adquirieran la textura y la cremosidad que le diera lustre al plato.

Quedaba sólo tapar los con papel satinado, de nuevo me tocó a mí, y sobre el papel tenían que colocar un plato grande y pesado.

El Malakkof debía de reposar por lo menos seis horas en la nevera, así se lo anuncié mientras respondía a sus últimas preguntas y me escurría dentro de mi bata. En cuanto aquellos loros abandonaran la cocina me tomaría un gran copazo de whisky con hielo.

Por la noche las señoras regresaron a la cocina para recuperar los moldes de la charlota, les aconsejé que fueran presentadas en una bandeja grande, ellas finalmente se atrevieron a quitar los papeles satinados y desmoldaron la charlota, yo tenía preparadas unas fresas para adornar el plato, con un poco de nata montada.

Me besaron nerviosas antes de llevar las charlotas ellas mismas a la mesa. Noté que la duquesa con su beso intentó atraparme la comisura del labio, yo, perra vieja, me dejé querer, incluso asomé durante un instante la punta de la lengua.

Al whisky del atardecer le sucedió otro whisky tras la cena. Solo quedaban dos noches en villa Amaranta, pensaba sobrevivir con la ayuda de Chardín.


1 comentario:

  1. Que pena que se acabe el verano y que vaya dando fin la novelilla, me ha caído muy bien "la Cati", se las sabe todas y maneja bien a "la panda", se puede decir que ella ha pasado el verano a tragos. La charlota tiene que estar buenísima y el cuadro lo has repetido. Jubi

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