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domingo, 26 de octubre de 2014

CAP:CCCXLIX.- Las musas de Abantos.


He estado cinco días fuera de casa, en San Lorenzo del Escorial, cuestiones de trabajo. En principio estaba previsto que dispusiera de algo de paz, nos tenían recluidos en una especie de colegio mayor con todo tipo de comodidades, el horario no era especialmente severo.

Pensaba que acudirían las musas al diletante, que en alguna de las horas muertas me llegaría la inspiración, tenía algunas ideas que no terminaban de cuajar.

Sin embargo me organicé una agenda tan complicada que me he pasado gran parte de la semana subiendo y bajando a Madrid, 50 kilómetros, y ya en Madrid de la Ceca a la Meca.

De fondo calor, mucho calor, no es normal que en sierra de Madrid el termómetro no baje de los 20 grados ni siquiera por la noche.

Con esta planificación era complicado hacerle un hueco al diletante, ni siquiera tuve tiempo y ánimo para comerme un cocido en el Charolés, un clásico del cocido madrileño.

El miércoles por la tarde debía ser el día para el relax, el momento previsto para poner de nuevo frente al teclado al diletante.

Un grupo de compañeros organizaban una subida al monte Abantos, poco más de mil setecientos metros de altura. Decían que era un paseo suave que podría hacerse en poco más de dos horas. A las cinco menos cuarto quedamos en la recepción del Euro Forum, junto al Monasterio. Mi idea era asomarme un momento, poner una excusa y regresar a la habitación después de tres días sin parar, sestear en la habitación y darle una oportunidad a las musas cocinillas.

Bajé en mangas de camisa, con el pantalón vaquero y unos zapatos todo terreno. Me encontré a los excursionistas equipados con bastones de montaña y cortafríos. Hacía una tarde estupenda y yo soy un tipo fácil de convencer. Así las cosas bajé a excusarme y terminé en un coche con un desconocido que me llevaba al pie de la excursión. Raúl, Joaquín, Rosa, Jesús y Miguel era, por lo visto, gente de monte, de los que viajan con un equipo de montaña en el maletero. Aseguraban que era una excursión suave, un paseo, entre pinos, hayas, castaños; la luz perfecta.

Enseguida empezaron las primeras rampas, la conversación ligera, divertida, todos subían con facilidad. En pocos minutos me fui quedando rezagado, rompí a sudar y me empezó un pinchazo prolongado en la zona lumbar que hacía que cada paso pareciera que lo diera con una bota de plomo. Los montañeros más expertos enseguida se me acercaron para animarme, caminaban a mi ritmo y me aseguraban que lo peor era que dejara de caminar, así que empezamos una rutina de pasos ralentizados, como si fuera un dibujo animado pasado en cámara lenta.

“No hables”, me repetían, “nosotros te vamos dando conversación, tampoco mires muy lejos, no te vayas a desmoralizar, paso a paso, sin acelerar”. Yo me llevaba las manos a las caderas y, en jarras, jadeaba como un perro pachón, sin dejar de sudar y con la boca seca, estropajosa.

Pasaron bien, bien veinte minutos, apunto estuve de rendirme, de quedarme a un lado del camino y aguardarles a la bajada, pero me aseguraron que no bajarían por la misma ruta. Seguían intentando disimular la fatiga, el tremendo mazado que me habían dado en los riñones.

La primera media hora fue un infierno en el que ni por un segundo me dejaron solo y eso que apenas conocía a mis acompañantes. Se iban cruzando conversaciones de todo tipo entre luces nítidas y calor, mucho calor.

Pasado ese primer golpe el camino empezó a suavizarse y, con la suavidad, yo fui recuperando primer el resuello, después el ritmo del corazón, dejé de tener la boca pastosa y pude empezar a conversar con cierta normalidad.

A eso de las seis y media de la tarde llegamos al primero de los miradores, con el Monasterio de San Lorenzo a nuestros pies, una tremenda mole de granito gris destacaba en el verde intenso de los bosques de Madrid. La ciudad al fondo, entre brumas –habían saltado las alertas por contaminación en algunas zonas de la capital -. Hicimos las primeras fotos y las mandamos por wasap, hay mucho incrédulo que ni siquiera con una prueba gráfica de mi proeza podía creer que estaba subiendo Abantos, como había hecho cuando cumplí los 16 años y fui de acampada con unos compañeros de institutos, mi única acampada.

Llegamos a la cumbre poco antes de las siete de la tarde y, ya de bajada, se puso el sol entre los montes de Gredos. Más fotos en la cumbre, todo eran abrazos y risas, nadie daba un duro por mi capacidad de sufrimiento, allí estaba yo con unos zapatos de calle, mis pantalones vaqueros, los faldones de la camisa por fuera, el pelo enmarañado.

Los que conocían la zona nos pidieron que no nos durmiéramos en los laureles, que la noche caía rápido y que como no había luna enseguida las sendas quedarían en la oscuridad. Jesús y Joaquín sacaron de las mochilas unas linternas que había que ajustarse en la frente, unas lamparillas que yo había visto a los poceros, con las que teníamos que apuntar a las piedras del camino. Enseguida empezamos el descenso a la carrera, mis anfitriones eran especialistas en subir y bajar montes a la carrera; al desmonte fuimos cruzando el bosque, apartando ramas, buscando huecos seguros en los que apoyar los talones, porque el secreto de un descenso rápido y seguro es clavar los talones. Culetazos, resbalones y algún que otro susto. Tensión en muslos y gemelos. Rápidamente llegó la noche cerrada y sólo la seguridad de nuestros guías nos hacía pensar que aquello no era una insensatez, aunque la imagen de cuatro hombretones y una chica escurriéndose por los canchales de Abantos con una lucecilla enganchada a la frente no dejaba de ser ridícula.

Finalmente llegamos al coche; el diletante les debía una cena, me habían aguantado toda la excursión, se habían parado a hacerme compañía. Espero tener la oportunidad de resarcirles con una buena comida, pero mientras llega ese día cuando menos he de brindarles una receta, la del cocido que no me pude tomar en el Charolés.

El cocido, por definición, no responde a ingredientes y cánones ortodoxos, en cada casa se hacía con las piezas menos nobles del cerdo y de la vaca.

Un cocido tiene que hacerse con vocación de alimentar a un regimiento, aunque las medidas de mi cocido están calculadas para seis raciones generosas.

Para preparar un cocido se necesitan 500 gramos de carne de vaca – morcillo a poder ser -, un par de huesos de caña, 125 gramos de magro de cerdo, 125 gramos de chorizo, 125 gramos de jamón magro y 50 de tocino, un cuarto de gallina, 300 gramos de garbanzos, 3 puerros, 2 zanahorias, una cebolla, un nabo, una rama de perejil y sal gorda – estos son los ingredientes que propone la Marquesa de Parabere, a estos ingredientes yo le añadiría un cuarto de col o de berza, cuatro tomates maduros pelados y despepitados, comino y pimienta.

Los garbanzos – si puede ser de pedrosillano – se ponen a remojo un día antes, en abundante agua fresca, un puñado de sal gorda y una cucharada de  bicarbonato.

Pasadas 24 horas se escurren bien los garbanzos y empieza la ceremonia.

Hay que buscar un recipiente amplio, un puchero con capacidad por lo menos para 8 ó 10 litros.

Se ponen las piezas de carne – enteras –los huesos y la gallina; si alguien se anima puede ponerle también una manita de cerdo abierta por la mitad. Se cubre de agua fría y se añade una pizca de sal. Se enciende el fuego y se deja que hierva a fuego alegre durante una hora.

Cuando pase esa primera hora se echan los garbanzos – la Marquesa los mete en una malla para que no se rompan ni descascarillen; ella recomienda que antes de sumergir los garbanzos se laven en abundante agua caliente para que no se rompa el hervor, así se evita que los garbanzos queden duros.

Se espuma con cuidado el guiso para quitar impurezas, pasada una hora se baja el fuego y se añaden las zanahorias, los nabos, los puerros, la cebolla y el perejil, dejándolos cocer hasta que los nabos queden blandos – los nabos pueden sustituirse por patatas -. Si queremos que el caldo quede de color un poco más tostado se pueden hervir los cascos de la cebolla, que son un tinte natural.

Cuando el caldo esté hecho se retira hasta dejar escurridas y casi secas la carne, los garbanzos y la primera tanda de verdura.

En un puchero a parte se ponen las verduras complementarias – col, judía verde, cardo, acelga -, si acaso hay que cuidar que la verdura no sea de la que amargue. En ese segundo puchero se hierven la morcilla, el chorizo, jamón y tocino, así el guiso queda mucho más ligero y el sabor del caldo no queda mediatizado por las grasas del embutido. Las verduras y los embutidos se añaden al puchero principal antes de servir el cocido para que terminen de integrarse todos los sabores.

Luego con el puchero principal y el del caldo a fuego suave se aguarda a los volcados en los que se sirve el cocido.

Para hacer el relleno o la pelota se pica fino el magro de cerdo, ajo, perejil, sal, pimienta, miga de pan y un huevo batido. Se forma un rollo, se pasa por harina y se fríe para dorarlo – puede hacerse en rollo o en redondo, como si fueran albóndigas.

Para servir el cocido en el primer vuelco va el caldo; hay a quien le gusta con un puñado de fideos.

El segundo vuelco es para los garbanzos, la patata, la zanahoria, el puerro, la cebolla, el nabo, la col o la berza.

El tercer vuelco es para las carnes y la pelota.

En casa yo suelo poner en un cacillo con abundante aceite, los tomates pelados, abundante comino, una pizca de sal, otra de azúcar y una pulgada de pimienta. Se deja a fuego muy suave para que confiten hasta quedar una salsa de tomate de rojo intenso que adereza los garbanzos y la carne.

Este es el cocido que me gustaría poder preparar a mis guías de Abantos, con San Lorenzo al fondo y Felipe II en todo su esplendor, aunque yo de entre todos los posibles Felipes Segundos me quedo con los de Antonio Saura.

miércoles, 15 de octubre de 2014

CAP. CCCXLVIII.- Eneldo.


Uno de los problemas que tiene ser un poco diletante es que rápidamente se abandona cualquier intento de ser sistemático. Recuerdo que de vez en cuando dedicaba una entrada monográfica a una especia, pensaba que las había agotado todas – incluida el comino.

Me quedaba el eneldo, pensaba que no había mucho de contar del eneldo, que el uso se reducía al salmón marinado con eneldo. El aneldo es una hierba de la familia de las apiáceas; es una planta mediterránea de la que se aprovecha casi todo, aunque para guisar suelen usarse las hojas, tanto frescas como secas.

Aunque el eneldo es de origen mediterráneo y necesita mucha agua, mucho sol y poco cuidado, una hierba que crece de manera espontánea, lo cierto es que son los nórdicos los que la utilizan habitualmente en su cocina.

El eneldo es un condimento de sabor anisado, dulzón, puede resultan cansino si se abusa de él.

El eneldo va bien en ensaladas – en pequeñas dosis – y los franceses hacen una salsa a base de huevo, crema de leche, aceite, sal y eneldo; liga especialmente bien con los pescados, por descontado el salmón, también  los pescados blancos.

El domingo pasado aprovechando que tenía dos rodajas de merluza cocida con media cebolla y un trozo de pimiento rojo me puse a hacer un aperitivo especial.

Preparé una mayonesa suave – saqué el huevo de la nevera dos horas antes de montar la mayonesa -. Huevo, aceite, una pizca de sal y otra de limón; la mayonesa ha de quedar un poco consistente.

Cuando tenía la mayonesa montada la pasé a un bol grande y allí le incorporé las dos rodajas de merluza cocidas desmigadas y evitando las espinas, le eché una cucharadilla de la salsa de cocción de la merluza, que había quedado gelatinosa.

Piqué media cebolla en trocitos muy finos, unos pepinillos (una docena) encurtidos y unas aceitunas rellenas (una lata pequeña) los piqué también y lo mezclé todo con un tenedor. Hay quien hace este tipo de cremas batiéndolo todo, para que quede una crema uniforme, a mí me gusta más notar los trozos de pescado y los encurtidos. Le puse al aperitivo una cucharadita de hojas de eneldo – secas – y terminé de mezclar.

Llevé a la mesa el bol con unas galletitas saladas y así conseguí que se comieran sin rechistar las sobras del día anterior.

El eneldo consigue que unas tristes rodajas de merluza hervidas – la merluza que compré no era gran cosa – pasen a ser la base de un dip un poco más sofisticado. El contraste de los encurtidos agrios con el anisado de la especia le da cierta gracia al plato, además el toque cremoso de la mayonesa recién hecha permite el juego de tomarlo con panecillos, con bastones de zanahoria, de pimiento o de pepino, incluso hacer unos pinchos con unas baquetas de pasta brisa.

El eneldo no tiene porqué ser patrimonio de los marinados nórdicos. Con la excusa de lo nórdico he encontrado un cuadro de Joan Miró que está en el Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo, un huerto mediterráneo colgado en las salas de un país escandinavo, seguro que pegados a los muros del huerto crecían matojos de eneldo salvaje.

miércoles, 8 de octubre de 2014

CAP CCCXLVII.- Excelencia.


Excelencia.- Hace un par de semanas cumplí 49 años, nada grave, he sobrevivido a los festejos, todos los regalos recibidos han sido estupendos aunque uno me ha hecho una ilusión especial, unos amigos me han regalado un bono para ir a Lion, a comer al restaurante de Paul Bocuse, una invitación para dos personas, dispongo de un año para elegir el día para desplazarme a Lion, ahora hay tren directo desde Barcelona, alta velocidad.

Bocuse cumplirá 89 años dentro de unos meses, ganó su tercera estrella Michelin hace cincuenta años, seguramente en la actualidad haya cocineros más creativos, cocineros con técnicas más sofisticadas pero muy pocos han conseguido mantener de modo permanente durante medio siglo ese nivel de excelencia.

En España creo que el único que podría compararse con Bocuse es Juan Mª Arzak, las veces que he ido a su restaurante en San Sebastián he sentido emoción, siempre emoción y eso que habré pasado por sus dominios ocho o nueve veces, todas ellas especiales.

La excelencia es una cualidad que no posee todo el mundo, no sólo se trata de conseguir un alto grado de perfección, de precisión al hacer las cosas, sino también cierto ángel, cierta capacidad para que esa perfección transmita emociones, por lo tanto ir a Bocuse es ir a emocionarse.

Esta tarde he estado rebuscando en los libros de casa para encontrar una receta de Bocuse que transmita esa excelencia, pero rebuscando me he encontrado un texto de Marcel Proust desmingando un cuadro de Chardin, el mismo cuadro que utilicé en la entrada previa al relato veraniego.

Observando el cuadro de Chardín yo sólo fui capaz de articular una frase: “Para abrir boca he elegido un autorretrato de sus últimos días, un aspecto original, sobre todo si tenemos en cuenta que es contemporáneo del Rey Sol”. Marcel Proust comenta ese mismo cuadro con las siguientes palabras:

“Los retratos que Chardin hizo de sí mismo a los setenta años. Por encima de los enormes quevedos que resbalan hasta la punta de la nariz, pellizcándola con sus dos discos de cristal completamente nuevos, las gastadas pupilas se elevan en unos ojos apagados, con un aire de haber visto mucho, de haberse reído mucho, de haber amado mucho, y de decir con un tono fanfarrón y tierno: «Pues sí, soy viejo». Bajo la suavidad  extinta con que la edad ha espolvoreado esas pupilas aún se advierte la llama. Pero los párpados fatigados, como una cerradura muy usada, están enrojecidos. Como las viejas ropas que envuelven su cuerpo, también su piel está curtida y pasada. Como en la tela, en esa piel perviven, casi más vivos, los tonos rosados, y a trozos aparece cubierta de una especie de nácar dorado. Y el deterioro de la una recuerda en todo momento los tonos del deterioro de la otra, infinitamente delicados, ricos y suaves, como los tonos de todas las cosas crepusculares, desde los tizones que se deshacen, las hojas que se pudren, las puestas de sol y las ropas usadas, hasta los hombres que desaparecen. Es asombroso observar cómo la mueca de la boca obedece exactamente  a la abertura del ojo, a la que también obedece el fruncimiento de la nariz. El menor pliegue de la piel, el menor abultamiento de una vena es la traducción fiel y curiosa de tres interlocutores originales. El carácter, la vida y la emoción actual. En adelante, tanto en la calle como en su casa, espero que se incline usted con un interés respetuoso ante estas personalidades gastadas que, si sabe usted descifrarlas, le dirán infinitamente muchas más cosas, más penetrantes y más vivas, que los manuscritos más venerables”.

Después de leer con detenimiento la descripción del cuadro que hizo Marcel Proust merece la pena darle otro vistazo al cuadro y ver que tanto Chardín como Proust habían sido tocados por la excelencia.

Con el aperitivo de Proust vayamos a por una receta, un fricasé de ternera a l’ancienne, un plato a medio camino entre un estofado y una carne en salsa.

Un fricase de ternera ha de llevar, por descontado, ternera, 800 gramos de ternera bien blanca, cortada en partes iguales en la falda, la parte alta de las costillas y la espalda (Bocuse dixit), la carne cortada a dados. Una zanahoria de tamaño mediano, una cebolla claveteada con un clavo de especial, un bouquet garni compuesto de 5 tallos de perejil, una ramita de tomillo y una hoja de laurel; 60 gramos de mantequilla, 30 gramos de harina, una docena de cebollita, 125 gramos de champiñones, dos yemas de huevo, 2 decilitros de crema de leche fresca, medio decilitro de limón, sal, pimienta y nuez moscada.

Se calienta la mantequilla en una brasera, mientras se deshace la mantequilla se salpimentan los dados de carne, se pelan y cortan la zanahoria y la cebolla en cuartos. Se rehoga a fuego suave durante 15 a 20 minutos, removiendo de vez en cuando.

Cuando esté rehogado se añade la harina tamizada y se deja cocer a fuego suave durante 10 minutos más, moviendo con cierta frecuencia e intentando que no tome color.

El siguiente paso es bañar el guiso con caldo blanco – de verdura o de carne, pero no muy oscuro – o de agua con una pizca de sal; se añade el líquido hasta que cubra los trozos de carne, cuando empiece a hervir se baja el fuego y sin parar de remover en ningún momento para que la salsa vaya trabando, se añade el bouquet garní. Bocuse asegura que ha de hervir durante dos horas.

Se aprovecha ese tiempo blanqueando en mantequilla templada las cebollitas peladas, se escurren y se rehogan hasta que queden cocidas por completo.

Se limpian los champiñones y se lavan rápidamente en dos aguas, escurridos y enjuagados, por descontado que hay que cortar los pies y eliminar cualquier resto de tierra. Se cuecen a fuego suave, junto con el guiso de carne, se retiran del guiso cundo estén cocidos, una vez enfríen se cortan los sombreretes de los champiñones a cuartos, se saltean a fuego vivo durante dos minutos con mantequilla, se sazonan y se rocían con un poco de zumo de limón. Se mezclan los champiñones ya salteados con las cebollitas y se reservan en un recipiente cerrado, para que pierdan poco a poco el calor.

Es el momento de mezclar las tres yemas de huevo con tres cucharadas de caldo blanco no muy calientes, la crema de leche, una pizca de mantequilla, nuez moscada y sal.

Toca volver con la carne, se aparta la brasera del fuego, se retiran los trozos de carne de la brasera y se incorporan al recipiente en el que están reposando las cebollitas y los champiñones, tapar de nuevo el recipiente y dejarlo cerca del fuego para que no pierda de golpe el calor.

Con la salsa aparte – muy reducida ya – ha de volver al fuego para reducir un poco más, removiendo poco a poco, disfrutando de ver como espesa la salsa. Llega el momento de apagar el fuego y mezclar la salsa con la crema de yemas y leche, se bate con un batidor de salsas para que tome la textura cremosa. Se exprime medio limón y se sigue trabajando la salsa para que quede homogénea, se bate con rapidez para que no se enfríe del todo la base.

Dice Bocuse: “Se puede también, como rúbrica suprema, echar en la salsa, ya perfectamente trabada, un trozo de mantequilla fresca dividida en finas laminillas e incorporar éstas a la salsa removiendo enérgicamente con el batidor”.

Se cuela la salsa por un colador para que terminen de integrarse los últimos trozos de zanahoria y la cebolla. Se recupera el recipiente con la carne, las cebollitas y los champiñones, se mezcla todo con cuidado y se lleva a la mesa con una guarnición de arroz a la criolla o de patatas a la inglesa.

Termina Bocuse indicando que “también se puede servir, colocándolos alrededor del fricasé, bien sea picatostes en forma de corazón, bien sea florones, es decir, pequeños motivos decorativos con forma de media luna”, o con recortes de hojaldre cocidos en el horno.

miércoles, 1 de octubre de 2014

CAP.CCCXLVI.- Cuerda de ciegos en la casa del extraño


Después de varios meses de inactividad reanudamos el pasado sábado los encuentros de Can Qfa, nos convocaron en Ca L’Estrany, la calle del Extraño en catalán. Acudir a la calle del extraño, o a la calle extraña, tiene sus riesgos, entre otros el de perdernos varias veces hasta conseguir llegar a un pequeño pueblo del Maresme, a una casa casi a la entrada de un bosque.

Llegamos de los primeros y nos condujeron directamente a la terraza, anochecía ya y allí habían montado una mesa para los entrantes, hasta que no nos reunimos tomos – doce en total – no empezaron los preparativos de la cena.

A requerimiento de los anfitriones nos sentamos sin muchos protocolos y enseguida llegaron unas niñas con unas cestas llenas de pañuelos, alegres pañuelos de colores, fulares largos que fuimos eligiendo casi al azar. Enseguida nos anunciaron que debíamos taparnos los ojos ya que los entrantes se debían tomar a ciegas. Mientras nos íbamos asegurando los antifaces empezaron a hacernos fotos y hasta que no se aseguraron de que todos teníamos cegada la visión no empezaron a servir la mesa, primero las bebidas, después los aperitivos.

En la medida en la que todos estábamos privados de visión, todos menos los anfitriones y sus hijas, que hacían las funciones de servicio, empezaron las risas nerviosas y los comentarios. Es complicado modular la incidencia de los comentarios si no puedes ver la reacción del resto de interlocutores, las conversaciones se agolpaban desordenadamente ya que no era posible organizar los turnos en función de los gestos o de las señas que intuitivamente hacemos cuando queremos hablar.

Privados de uno de los sentidos principales el tiempo adquiere otra dimensión, los segundos transcurren más lentamente y te inquieta pensar el gesto que ponemos mientras esperamos la llegada de instrucciones.

Aunque estábamos sentados la imagen no era muy distinta ni muy distante de la de los ciegos guiando a ciegos del cuadro de Pieter Brueghel.

Las instrucciones eran claras, primero se serviría la bebida – un misterio también – y con cada copa uno de los platos. Primero nos sirvieron un vino blanco del Penedés, fresco y afrutado, bastante pizpireto, hasta el punto de que hubo quien lo confundió con un vino de aguja.  Después una manzanilla también fresca.

A tientas tuvimos que coger primero las copas, después los platillos del aperitivo. Antes de probarlos las niñas nos informaron del color de cada plato, los tres fríos: Un tartar de salmón, palometa y mango, aderezado con cilantro y jengibre; después unos tomatitos pequeños rellenos de atún y de mejillones en escabeche pasados por la batidora, el tercero una crema de manzanas también especiada.

Resultó curioso que nos anunciaran el color. Repetí de dos de los tres aperitivos, apenas unos bocados muy frescos y excelentemente condimentados.

Nos quitamos los pañuelos y comprobados, con alivio, que el resto de la cena sería a luz vista, aún y así siguieron las risas nerviosas y los comentarios sobre el aperitivo entre tinieblas, una experiencia distinta, emocionante, que descubrió cuando distinto funcionan los paladares de la gente cuando no están mediatizados por la vista. Costó un poco que nos pusiéramos de acuerdo sobre los ingredientes que terminaban de condimentar cada entrante. Un juego divertido que queda pendiente de que recibamos la información certera de los anfitriones  - en todos los encuentros de Can Qfa al cabo de unas semanas se ponen en común las recetas.

Ya en la mesa principal, en el interior, llegaron los platos de fuerza ya con tintos – un ribera del Duero y varios prioratos rocosos -. Primero un pastel de escórpora acompañado de una mayonesa de wasabi y unas algas con su vinagreta. La escórpora desmigada y cuajada en pastel es una gozada.

El segundo de los platos fue un bacalao confitado con un puré montado a partir de un plato de guisantes con sepia – un plato muy catalán -.

Cuando pensábamos que la cena había llegado a su fin aparecieron unas carrilleras de cerdo guisadas con cebolla, zanahoria, tomate e higos frescos. El contrapunto entre la carne melosa del cerdo con el dulce intenso de los higos espectacular, hasta el punto de que casi todos repetimos para que no nos quedaran dudas de la elegancia del plato, seguro que cuando nos manden la receta descubrimos algún giro genial en el proceso de cocción para conseguir que los higos no ahogaran al cerdo.

De postre un pastel de zanahoria con helado de avellana, como soy goloso disfruté del postre, en mi caso los postres no son un mero trámite.

Apuramos los vinos y llegaron las copas y la sobremesa.
Extraña y divertida la convocatoria de Ca l’Extrany.