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miércoles, 18 de marzo de 2015

CAP.CCCLXV.- Pequeña muerte por chocolate (6)


6. DESLICES DOMÉSTICOS DE DESIDERIA.

 

Prolongué la sobremesa en la Santina hasta media tarde. El inspector Caballero me esperaba en la comisaría, le mandé un mensaje indicándole la hora a la que me pasaría por allí, después quedé cité a Rovirosa media hora más tarde en el hall del NH Constanza, que estaba al costado de la comisaría.

Caballero no me hizo esperar mucho, hizo que me acompañaran a su despacho y allí me recibió con cierta cordialidad, incluso me invitó a tomar un café de la máquina. Me preguntó por Jéssica, le informé que tenía otras ocupaciones aquella tarde y que había delegado en mi todas las gestiones, no le extrañó; me preguntó también si asistiría a Jéssica cuando fuera a declarar ante la juez – por lo visto el asunto le había tocado por reparto a una juez joven, muy puntillosa -, le dije que no había recibido instrucciones en contra, dato cierto dado que Jess había cortado cualquier vía de comunicación con su abogado. Le pregunté si podría acceder a las actuaciones policiales y me comentó que prefería que esos trámites los realizara ya en el juzgado, creían que no había razones para decretar el secreto del sumario, pero entendía que debía ser la jueza quien examinara las actuaciones policiales y decidiera los pasos que debía a dar para encauzar la investigación; ellos tenían algunas líneas de investigación – las «obvias», intentó tranquilizarme – y pensaba que la juez no tardaría mucho en iniciar las declaraciones, de hecho tenía programada una entrevista con ella a la mañana siguiente.

No le pude sacar muchos datos y poco menos conclusiones, me intrigaba saber a qué hora habían descubierto el cadáver, Caballero me dijo que el servicio doméstico llamó a la policía sobre las nueve y media de la mañana del lunes y que en 10 minutos había ya una unidad de lo Mossos, otra de la policía local y una ambulancia que, finalmente, resultó innecesaria. La jueza instructora llegó a eso de las 10 de la mañana con el forense y el resto de la comisión, tomaron unas fotos y dio instrucciones de que el cuerpo fuera trasladado al depósito. En la casa sólo estaba una persona de servicio, Desideria, que fue la que se encontró el cadáver y la casa revuelta; casi de pasada Caballero se sorprendió de la fría reacción de la criada, que intentó seguir con sus tareas domésticas pese a que el secretario judicial le advirtió en varias ocasiones que no se podía tocar ningún objeto.

Terminamos el café y Caballero sacó del cajón una bolsa de plástico transparente, cerrada con un precinto adhesivo, en el interior se veía un grueso manojo de llaves, la abultada cartera de Montes, un reloj de pulsera, tres anillos, uno de ellos con una pieza de obsidiana y un escudo de armas, varias cadenas de oro, algo de correo comercial y bancario que había quedado en el buzón, notas sueltas, un cuadernillo con apuntes y las tarjetas de varios restaurantes. Antes de permitirme tocar la bolsa me hizo firmar un recibí en el que se detallaban los objetos entregados; a partir de ese momento como representante de la familia del finado me comprometía a entregar de inmediato todos esos objetos personales.

Rovirosa me esperaba inquieto a la entrada del hotel, le hice ver que el hall no era lugar apropiado para desprecintar la bolsa. Nos dirigimos hacia la cafetería que había junto a la recepción, antes de tomar asiento Rovirosa ya había pedido un whisky doble con mucho hielo, no le quité mano y no dejé que bebiera solo, pedí otro para mí. Ante su atenta mirada abrí la bolsa, se desperdigaron sobre la mesa los objetos personales de Montes, parecían los abalorios de un viejo tratante de ganado. Revisó nervioso las notas y el cuadernillo, en seguida los lanzó sobre la mesa. Buscó con la mirada el manojo de llaves, parecía que era su última esperanza. Se tomó el whisky de un solo trago y dejó sobre la mesa un billete de 20 euros, yo apenas pude darle un sorbo al mío, no tenía las urgencias que justificaran un golpe de alcohol tan seco y repentino en mis venas.

Mi nuevo cliente era de bolsillo menos perezoso que Jess, pagó la consumición y también el taxi que nos llevaba a casa de Montes, se pasó el trayecto, no muy largo, revisando los mensajes de su teléfono, en un silencio tenso que sólo se rompía cuando el taxista blasfemaba al llegar a los cruces, parecía que la blasfemia le franqueara el paso y le permitiera cruzar sin mirar. Intenté tranquilizarle asegurándole que en la casa encontraríamos el ansiado manuscrito.

Anochecía, costó convencer a Rovirosa de que esperara al ascensor. Pese al frio de febrero sudaba como si se encontrara en el trópico, fue inevitable imaginar cómo hubiera afrontado ese trance Jess, seguramente con mucho más encanto. Añoraba su ligereza y su frivolidad.

Fue girar la llave y sentir que las cosas no irían bien, una sola vuelta y accedimos a al recibidor, había luz en la casa y en pocos segundos Desideria llegó a la puerta, sorprendida por nuestra presencia; Rovirosa dio un paso atrás y me dejó en primera línea de fuego. Nos miramos durante unos instantes a los ojos, luego yo bajé la mirada, ella ganaba, yo empecé a balbucear: «La señora me ha autorizado a traer los objetos personales del señor». «¿La señora?». Preguntó. Marcó un silencio eterno que apuntaló mirándome nuevamente a los ojos. «Doña Jesica». Nuevo silencio antes de que articulara un sonido gutural. «Ah». Un sonido seco, acompañado de un nuevo silencio. «Hagan lo que tengan que hacer, como si estuvieran en su casa». Se dio media vuelta y regresó a sus quehaceres. Dándome la espalda comentó «yo estoy intentando poner un poco de orden».

Rovirosa pensó que estaba más seguro ya que dio un nuevo paso al frente y se adentró en las habitaciones, parecía conocer bien la casa. Entró en el despacho y abrió los cajones en busca de algún legajo, no le dolieron prendas al coger algunos pendrives, le recordé que cuando los hubiera revisado debía reintegrármelos. No le hacía mucha falta mi presencia, así que decidí seguir con mis pesquisas con la casa y fui hacia el dormitorio de Montes, el último lugar en el que Jess y Rafael estuvieron juntos.

Desideria trajinaba por el salón, yo iba por el largo pasillo hacia las alcobas cuando, a la altura de la puerta de la cocina oí la musiquilla de un teléfono móvil, era de tono muy bajo. Sobre la encimera de la cocina había un teléfono, supongo que de Desideria, mi primera intención fue avisarla de la llamada pero fue mayor mi curiosidad, me acerqué hacia la pantalla y vi el nombre de doña Helena, grabado en letras mayúsculas y azules. El teléfono dejó de sonar pero la pantalla quedó iluminada con la indicación del remitente. Le di un ligero toque a la puerta de la cocina, para no ser sorprendido con las manos en la masa, y comprobé las llamadas registrada en la memoria, había una larga sucesión de comunicaciones entre Desideria y doña Helena, en el listado constaba que Desideria había llamado a la viuda a las ocho y media de la mañana en la que se descubrió el cadáver.

Ninguno de mis clientes me había encomendado que investigara sobre el crimen, tanto Jess como Rovirosa parecían más empeñados en que buscara documentos que en averiguar la verdad, puede que la verdad no les preocupara. Sin embargo a mí se me amontonaban los indicios, a mi lista de sospechosos se incorporaban Desideria y Doña Helena, la primera hermética, la segunda lenguaraz.

Seguramente la memoria de aquel teléfono me habría dado alguna otra sorpresa, pero me costaba mucho actuar al margen de las leyes aunque mi curiosidad me hubiera llevado a una audacia inusual en mí.

Podría haberme dirigido al salón y haber abordado a Desideria, no era sin embargo mi función y corría el riesgo de que me fulminara sólo con la mirada. Salí de la cocina, marché hacia el salón y, de pasada le comenté a Desideria que me parecía haber oído sonar un teléfono. Dejó sobre la mesa del salón una pila desordenada de libros y salió ligera hacia la cocina. Acostumbrada a dirigirse a mí de espaladas me dijo que no era necesario que me acercara a los libros, que ella se ocuparía gustosa. Estaba claro que le incomodaba mi presencia, sobre todo en el salón. Entre los libros que había abandonado había varios de formato grande, recetarios de grandes cocineros internacionales y un ejemplar facsímil de la primera edición de la Fisionomía de Gusto, de Brillant Savarín, por lo visto – lo estudié después – uno de los padres de la gastronomía moderna. No me atreví a tocar los libros, bastante había arriesgado ya en la cocina, como para adentrarme en nuevos riesgos en el salón, si Desideria había tenido la sangre fría de matar a quien había sido su jefe durante más de cincuenta años seguramente no tendría problema alguno en liquidarme allí mismo. Si a Jessica la consideraba con talento suficiente como para haber encomendado a terceros el asesinato, si a Rovirosa lo consideraba lo suficientemente alterado como para disparar a Montes en un momento de angustia, de lo que no me cabía duda era de que si Desideria hubiera sido la asesina lo hubiera hecho con la frialdad y la precisión de una asesina a sueldo.

Andaba yo en estas disquisiciones cuando noté clavada en la espalda su mirada. «Si el señor busca algo yo se lo puedo encontrar, no revuelva, y dígale a aquel sujeto que anda pululando por el despacho que deje ya de enredar, por respeto a la memoria de Montes». Tomó de nuevo la pila de libros y los fue colocando ordenadamente en las baldas de la biblioteca. Intenté retener en la memoria la imagen de aquellos libros, seguro que tenía algún sentido la pulcritud con la que Desideria colocaba aquellos ejemplares.

Rovirosa seguía revolviendo cajones y rebuscando papeles sin mucho sentido. Le indiqué que nuestro tiempo en la casa se estaba agotando y que convenía marchar, que Desideria se ocuparía de todo, sin saber muy bien qué significada aquel «todo».

Rovirosa me preguntó si tenía planes para cenar, quería llevarme a uno de los restaurantes preferidos de Montes, podíamos ir andando. Por el camino revisó la pantalla de su teléfono móvil, mandó unos mensajes y caminó como si lo hiciera solo.

Entramos en un restaurante viejo, mal iluminado, parecía anclado en los años setenta, todavía no había llegado ningún comensal, puede que aquella noche no tuvieran otros clientes. El restaurante tenía servicio preparado para atender a 300 personas, quién a 300 fantasmas. En las paredes había fotografías perdidas en el túnel del tiempo, personajes de un pasado remoto, entre ellos un joven Montes, ya orondo y periforme, de pie, en mitad de una era, cubierto con un largo babero y peleándose con una cebolleta semicarbonizado y pringado de una salsa anaranjada, un calçot. Sobre la fotografía la firma autógrafa de Montes y una cariñosa dedicatoria al dueño del restaurante. Había otras fotografías en las que aparecía Montes, a veces solo, a veces acompañado de la gente más variopinta, entre ellos a la mismísima Lola Flores frente a una bandeja de caracoles.

El cocinero del local salió a recibirnos, se abrazó efusivamente a Rovirosa, por lo visto le había editado un libro de recetas años atrás. Nos llevó a una mesa escondida tras un biombo, me sorprendió porque no parecía que aquella noche tuviéramos gran riesgo de ser descubiertos por terceros. Rovirosa pidió un whisky para hacer boca, además le pidió que fuera enfriando una botella de champagne, no parecía que hubiera mucho que celebrar. Rovirosa me preguntó si no me importaba que se incorporara a la mesa un comensal de última hora, por lo que me comentaba acababa de recibir un mensaje de un viejo amigo que lo era también de Montes, un crítico gastronómico de Madrid que estaba de paso por la ciudad, por lo visto quería editar un libro explicando los entresijos del boom de la cocina española.

A esas alturas de la noche me daba lo mismo casi todo.

Como homenaje a Montes y a su destreza desenfundando calçots pedí de primer plato un pastel de calcots y de gambas, supongo que la misma receta se podría hacer también con puerros, pero el sabor a brasas de las cebolletas catalanas le daba un punto cenizo al plato.

Como Rovirosa y su amigo se enfrascaron en una larga conversación casi en clave sobre vivencias y recuerdos comunes, me entretuve en revisar las fotografías del restaurante, le pedí al camarero que nos atendía que me facilitara el libro de recetas del chef, el que había editado Rovirosa, descubrí que la receta era sencilla, se necesitaban 600 gramos de calçots ya braseados y pelados, sólo se usaba la parte blanca de la cebolleta. 150 gramos de gambas frescas, también peladas, sólo se utilizaban las colas. 6 huevos, 250 mililitros de nata líquida, sal, pimienta, nuez moscada, aceite de oliva, mantequilla y un poco de harina de repostería.

Se cortan los calçots en trozos pequeños y se terminan de confitar – estaban previamente asados – con un poco de aceite de oliva, hasta que queden casi como una compota. Se escurren y reservan.

Se pone una cazuela con un chorrito de aceite, a fuego vivo, se puede aprovechar el aceite en el que se han rehogado los calçots. Se pasan las gambas durante un par de minutos, meneando la cazuela. Cuando tomen color se baja el fuego y se añaden los calçots. Se remueve con cariño hasta que se mezcle todo. Se pone el fuego al mínimo, se salpimenta el guiso y se le añade una pizca de nuez moscada. Se añade la nata y se deja calentar unos minutos, sin dejarla hervir para que no se corte. Cuando traba bien la mezcla se aparta el cazo del fuego y se le da un golpe de batidora, cuidando que no se deshagan las gambas, han de notarse los trocitos.

En un cuenco a parte se baten los huevos, mientras enfría el contenido del cazo. No conviene que la mezcla de leche, calçots y gambas esté muy caliente, se mezcla todo con los huevos y se pasa todo a un molde metálico previamente engrasado con mantequilla y enharinado ligeramente para que no se pegue.

Se coloca el molde en el horno, al baño maría; el horno ha de estar previamente caliente – a 175 grados -. Para que cuaje el pastel será necesaria por lo menos una hora de cocción, no conviene que el fuego esté muy vivo porque quedará muy seco; si el fuego es muy suave no se terminará de cuajar y puede desmontarse cuando se desmolde.

Se saca del horno y se deja reposar un par de horas antes de desmoldarlo. Se puede presentar sobre una cama de escarola y con un poco de la salsa típica de los calçots, una mezcla de almendras tostadas , ñoras, pan tostado, aceite de oliva y una pizca de guindilla, ajos, tomate triturado, vinagre y pimentón, una salsa densa y sabrosa que puede ser un contrapunto agradable para el pastel; recomendaban que no se abusara de la salsa para evitar que diluyera el sabor de las gambas.

Terminamos la cena sin que terminara de entender bien qué razón tenía mi presencia en aquella mesa. Habíamos abierto boca con un whisky, dos botellas de champagne, otra de tinto y un whisky más a los postres. La conversación y el alcohol habían relajado algo a Rovirosa, no a mí, que seguía pensando en el espectro de Desideria, puede que quien estaba en el apartamento aquella tarde no fuera ella sino su fantasma, haciendo compañía al fantasma de Montes.

En las novelas americanas el detective protagonista tiene relativa facilidad para hablar con testigos y con sospechosos, a veces recibe algún puñetazo pero lo cierto es que las narraciones suelen navegar fluidamente gracias a la facilidad con la que los detectives llegan a las casas de las personas a las que investigan y, en pocos minutos, consigue iniciar un interrogatorio elegante y sagaz. En España esa accesibilidad era una quimera, Desideria nunca se prestaría a contestar a mis preguntas, puede que no aceptara contestar ni tan siquiera a un juez; doña Helena ya había demostrado que era capaz de interponer entre ella y Jess una nebulosa de abogados petulantes. Además entre mis tareas no estaba la de descubrir quién asesinó a Rafael Montes, tenía que contentarme con ser perrito faldero de Rovirosa, quien, por cierto, me citó a la mañana siguiente a las 9 de la mañana en su despacho.

De salida al exterior comprobé que aquel restaurante no había tenido otro cliente en toda la noche. En un recodo junto al baño había un Leonard Wren, seguro que Montes había tenido algo que ver con ese cuadro.
Resultado de imagen de Leonard wren

miércoles, 4 de marzo de 2015

CAP.CCCLXIV.- Pequeña muerte por chocolate (5)


5. LAS ANGUSTIAS DE ROVIROSA.

Me acosté con la firme convicción de renunciar a la defensa de los intereses de Jéssica y con la misma convicción me levanté a la mañana siguiente, hasta el punto de telefonearla a las nueve de la mañana para comunicarle mi abandono; como era previsible no cogió el teléfono, hay categorías de mujeres que no están operativas a las nueve de la mañana y Jéssica indudablemente pertenecía a ese tipo de mujeres. No me atreví a formalizar mi decisión pero serio y circunspecto le dejé un mensaje en la que le decía que teníamos que vernos urgentemente. A los pocos segundos de haber terminado de hablar con su contestador sonó el teléfono, por un instante pensé que era ella, que había recapacitado y me pediría disculpas.

No era ella quien me llamaba sino Rovirosa, el editor de Montes, seguía tan alterado como le había conocido días atrás, me preguntó si yo era el abogado de Montes, le dije que hasta donde yo sabía Montes no tenía abogado o, si lo tenía, no había dado señales de vida; le aseguré que yo defendía únicamente los intereses de Jéssica Palomeque por lo que difícilmente podría ayudarle. Insistió en que nos viéramos de inmediato, parecía que le iba la vida en ello. Me convocó en su despacho y me dio el margen de una hora para que pudiera ducharme y desayunar. Tenía la oficina en el paseo de Gracia, allí nos veríamos sobre las diez y media.

Me duché y estiré como pude el traje recién comprado, la verdad es que la experiencia del tren de Sitges de la tarde anterior había dejado el terno como un guiñapo; lo dejé colgado de una percha mientras me duchaba para ver si el vapor eliminaba alguna de las arrugas, quedó correoso por la humedad, lo cierto es que mi otro traje no tenía mucha mejor presencia. A los gastos ya acumulados habría de incluir los de una urgente tintorería.

No tenía costumbre de coger taxis, ni costumbre ni economía que soportara tales dispendios, pero se me hacía tarde; no era sencillo atravesar Barcelona a esas horas de la mañana, todavía circulaban alguno autobuses escolares y la ciudad, medio en obras, era intransitable. Pese al gasto extraordinario de locomoción llegué cinco minutos tarde a la cita, cinco minutos a los que añadí diez minutos más para tomarme un café que me ayudara a terminarme de despejar. Llamé otra vez, sin éxito, a Jéssica, no me atreví a dejar un nuevo mensaje.

Pasé por la recepción de la editorial, allí una hermosa azafata me atendió y me acompañó al ascensor, cuando uno se encuentra con una mujer tan hermosa como aquella es difícil llamarla portera y lo de recepcionista tampoco terminaba de encajar con sus zapatos de tacón en punta y su estrecha falda de tubo con una acertada hendidura por la parte de atrás. Los tacones, la moqueta y el tubo de la falda apenas la dejaban caminar, lo hacía como si fuera una geisha. Entramos juntos en el ascensor, activó con una tarjeta magnética los botones que indicaban las distintas plantas, pulsó la última de ellas y salió de inmediato asegurándome que una asistente del Sr. Rovirosa me aguardaba en la antesala del despacho.

La asistente que me aguardaba arriba era un clon de la que me había atendido en la planta inferior, los mismos tacones, la misma blusa transparentosa, la misma falda de tubo y la misma fría amabilidad. Golpeó ligeramente con los nudillos una solariega puerta de roble y, sin esperar respuesta, me hizo pasar. Rovirosa hablaba por teléfono, me hizo un gesto para que me acomodara en uno de los butacones de cuero. Desde el ventanal del despacho se veía el Paseo de Gracia, parte de la Diagonal y las terrazas de los edificios más emblemáticos del ensanche. En las paredes había fotografías de Rovirosa con los principales escritores españoles e hispanoamericanos de los últimos 50 años, alguno de ellos era tan famoso que incluso yo los conocía aunque llevara décadas sin leer otra cosa que no fuera la prensa. También había un cuadro de Wren, supongo que Rovirosa, al igual que Montes, había sucumbido a los encantos del acuarelista norteamericano.

Esperé unos minutos hasta que terminó la conversación, hablaba de la posibilidad de publicar unos cuentos de un francés de nombre impronunciable, yo me sonreí porque apellido que barajaba sonaba algo así como Huelemalk, o puede que Huelebien, en toco caso una palabra divertida, impropia de un autor consagrado.

Colgó el teléfono y se puso en pie para darme la mano, completamente sudada, y para dirigirme hacia una ala del despacho en la que había unos cómodos sofás y una mesa baja de marmol, llamó a una secretaria para que nos trajeran café y varios botellines de agua.

Arnau Rovirosa había sido sin duda un hombre apuesto, un ejecutivo triunfador, pero en aquel momento, con sesenta años ya cumplidos, parecía un hombre angustiado, sudoroso, de aspecto algo descuidado, la cara fofa y la mirada perdida, una caricatura del galán que aparecía en todas la fotos que decoraban la estancia.

Tras un intercambio inicial de frases de cortesía me planteó su principal problema con relación a Montes, seguro que tenía otros cientos de problemas que le angustiaban menos. Por lo que me comentó Montes era un sableador profesional, se había pasado los últimos meses pidiéndole anticipos a cuenta de un libro definitivo que estaba escribiendo sobre la cocina catalana; por lo visto el entorno de amigos de Montes sabía que su situación económica no era muy boyante y todos ellos habían recibido de una u otra manera requerimientos de dinero. Era habitual que Montes pidiera dinero a sus amigos, normalmente pequeñas cantidades que resarcía rápidamente en forma de artículos o de pequeños favores comerciales, tenía por norma no devolver nunca el dinero pero sí hacer una reseña favorable de un restaurante si su chef le había prestado alguna cantidad, o hablar bien de un vino si le debía dinero al bodeguero; para Rovirosa había escrito algunos prólogos y asistido a presentaciones de algunos libros cuenta de cantidades entregadas, y siempre recomendaba con interés cualquier publicación que tuviera el sello de Rovirosa Ediciones. Sin embargo en los últimos tiempos las peticiones de dinero se habían incrementado, Montes imputaba a Jessica esos dispendios, aseguraba que era una mujer caprichosa que en todo momento exigía atenciones especiales. Rovirosa había decidido dejarle de prestar dinero, en su lugar le entregó varios pagarés que sólo se harían efectivos a medida que Montes le entregara los capítulos del anunciado libro; cinco pagarés que alcanzaban la suma total de 50.000 euros a cuenta que la publicación de una obra llamada a ser un hito en la historia de los fogones de Cataluña.

La sorpresa de Rovirosa vino cuando descubrió que Montes, sin duda acuciado por la necesidad de efectivo, había negociado esos pagarés y se los había endosado a un prestamista; por lo visto el prestamista había adelantado una cantidad importante de dinero a cuenta de los pagarés y ahora los tenía en su poder.

Yo, en mi papel de abogado y pensando que Rovirosa requería mis servicios, me ofrecí para llevarle las posibles reclamaciones; él me aseguró que las reclamaciones que hasta el momento le habían hecho no eran judiciales, que le habían advertido que si en 48 horas no hacía efectivos los pagarés le iban a partir las rodillas, de hecho la última llamada que  recibió fue de un sicario con un marcado acento del este. Poco podría hacer yo como guarda-espaldas de Rovirosa, tampoco contaba con amistades en el submundo de los usureros.

Rovirosa, dispuesto a sincerarse, me comentó que su editorial tampoco pasaba por un período boyante, de hecho él se había desprendido de la mayor parte de las acciones de su propia compañía, que se las había vendido a un potente grupo inversor sueco y que únicamente ostentaba la posición de presidente no ejecutivo de la editorial, sólo ponía su sonrisa para salir en alguna foto, su agenda para conseguir algún favor y poco más; por lo tanto los cincuenta mil euros habría de pagarlos de su bolsillo. Aquello siendo un problema no era sin embargo su mayor preocupación, su angustia veía por el riesgo de que Montes, hombre de pocos escrúpulos, no hubiera vendido finalmente el libro a cualquier editorial competidora. Rovirosa conocía bien a Montes y sabía de lo que era capaz por dinero.

En aquel pasaje de sus confidencias sonó mi móvil, número oculto, normalmente no me gusta interrumpir una reunión por una llamada pero la posibilidad de que fuera Jessica la que hubiera tenido a bien contactar conmigo me hizo ser descortés con mi anfitrión.

No era Jessica sino el inspector Caballero, me anunciaba que habían dado traslado de las diligencias a la juez de instrucción y que ésta había ordenado alzar el precinto del domicilio de Montes. Me indicaba que estaban a disposición de “la viuda” algunos objetos personales que había recogido en el domicilio, la correspondencia de los últimos días y un juego de llaves. Por lo visto no habían podido localizar a la señora de Montes y por eso contactaban conmigo.

En circunstancias normales cuando un abogado recibe una llamada como la que yo había recibido lo que debía hacer era contactar con su cliente y ponerla inmediatamente al tanto de la información. Ni mis circunstancias eran las normales, ni yo me tenía por un abogado éticamente pulcro, mi cliente tampoco lo era; por lo tanto no dudé en comentarle a Rovirosa el contenido de la llamada y ofrecerle mis servicios para poder indagar si entre los objetos personales de Montes o en su domicilio pudiera estar oculto el dichoso manuscrito.

Rovirosa, atenazado sin duda por la angustia, no dudó en contratar mis servicios en aquel mismo instante y, para fidelizarme, sacó un talonario en el que extendió a mi nombre un cheque por la suma de tres mil euros que podrían hacerse efectivos esa misma mañana, la única condición que ponía Rovirosa es poder acceder a las pertenencias y domicilio de Montes antes incluso que la propia Jessica; no se fiaba en absoluto de Jéssica y no dudaba de que si caía en sus manos aquel libro excepcional lo pudiera malbaratar.

Dudé unos instantes ya que una cosa era tener dos clientes entre los que pudiera haber un conflicto de intereses y otra, muy distinta y grave, la de traicionar a mi cliente inicial. Finalmente acepté el talón y la encomienda convencido de que Jessica hubiera actuado igual en idéntico trance, además yo ya había decidido renunciar a la defensa de Jessica y sólo me quedaba hacer efectiva esa renuncia. Los tres mil euros mejoraban mi margen de operaciones.

Antes de despedirme convinimos en vernos a las cinco de la tarde en una cafetería cercana a la comisaría de los Mossos de Escuadra, yo habría recogido ya los objetos personales de Montes y podríamos ir juntos al domicilio del fallecido. Disponía de unas horas para cobrar el cheque, localizar a Jess, resolver nuestra relación profesional y empezar a asistir legalmente a mi nuevo cliente.

De regreso al exterior contacté de nuevo con las asistentes de Rovirosa, mi nueva relación profesional me hizo concebir la esperanza de que regresaría en más ocasiones a aquellas oficinas y quién sabe si no terminaría siendo el abogado de aquella editorial, no tenía que hacer otra cosa que encontrar el libro dichoso y entregárselo a Rovirosa.

Ya en la calle llamé nuevamente al móvil de Jess, la voz metálica de una operadora me dijo que el número marcado no coincidía con ningún teléfono de la compañía; repetí la operación varias veces, comprobé que los números marcados eran los correctos; el mensaje era siempre el mismo, aquel abonado se había dado de baja. Jéssica había aprovechado aquel rato para cancelar el número de teléfono.

Fui a cobrar el talón a una oficina bancaria cercana y, con el dinero en el bolsillo, paré un taxi para que me llevara al apartamento de Jessica; lo de tener cierto desahogo monetario me estaba convirtiendo en un usuario habitual del taxi, sabía que si seguía abusando del gasto tarde o temprano me iba a arrepentir pero en mi nuevo estatus de abogado de un editor sentía ciertas premuras.

El portero del edificio en el que vivía Jess – aquél sí que era un portero tradicional, vestido con una bata azul oscura y pantalón gris raído -, me comunicó que la señorita de Montes había dejado el apartamento aquella misma mañana, que se había marchado con varias maletas y que le había entregado las llaves en un sobre, asegurándole que no volvería por allí. EL portero le ayudó a dejar las maletas sobre la acera, avisó un taxi y vio como Jessica abandonaba ese barrio hacia un destino desconocido, aunque el portero no descartaba que hubiera salido de viaje, sólo así se entendía todo aquel despliegue de maletas y de prisas.

El errático comportamiento de Jessica aplacó mi mala conciencia, cada vez veía menos reproches en mi actuar de aquella mañana. Consideraba evidente que Jessica había dado por tácitamente resuelta nuestra relación profesional, sólo así se justificaba que no me hubiera comunicado su partida, que hubiera cancelado la línea de móvil y que no me hubiera dado ninguna instrucción. ¿Qué podría hacer yo ahora si aparecía el dichoso testamento ológrafo redactado por Montes en el postcoitum?¿Seguía teniendo interés Jessica en aquel documento una vez se había enterado de que el patrimonio de Montes estaba infectado de deudas?

Entre idas, venidas y otras cuitas había llegado la hora de comer. Mi madre me llamó para ver si me acercaba a su casa para almorzar con ella y acompañarla a hacer unos recados, escabullí el bulto como pude, no me apetecía gran cosa que me interrogara a cerca del asunto Montes, ni que me pidiera detalles de mis trabajos para la hija de su amiga. Mi madre protestó, se quejó de que llevara varios días sin llamarla y sin ir a verla, mi recriminó que no hubiera sido nada cariñoso con ella y con su amiga el día del funeral. Le aseguré que tenía muchos trabajos y muchas complicaciones, que el asunto Montes era extremadamente complejo y que la familia había depositado en mi toda su confianza para gestionar multitud de cuestiones legales, era mi oportunidad de convertirme en un abogado de referencia en la ciudad. Tan serio me puse que mi madre no tuvo otro remedio que pedirme sinceras disculpas y ofrecerse para ayudarme en todo lo que fuera preciso.

Hubiera podido ir a comer a cualquier restaurante de la ciudad, seguía disponiendo de dinero, tanto el que me había entregado Rovirosa como el que me pagó Jéssica, pensaba que con una huida tan precipitada su última preocupación sería que saldáramos cuentas. Aquella nueva perspectiva del dinero no me impidió decidir ir a comer a la Santina y evitar coger un nuevo taxi. La ventaja de la Santina es que fuera la hora que fuera me prepararían un plato caliente, estaba cerca de casa y si el mediodía se daba bien incluso podría descabezar una siesta antes de ir a la comisaría a encontrarme de nuevo con Caballero, a quien no debía anunciar la fuga de mi antigua cliente, y con Rovirosa, a quien tampoco convenía tener demasiado informado, bastante agobiado se le veía como para incrementar sus tensiones con especulaciones acerca de la desaparición de la novia de su amigo.

Rovirosa, al igual que Jessica, tampoco parecía especialmente preocupado porque alguien averiguara la identidad del asesino de Montes,  o ambos tenían mucha confianza en la policía, o ambos tenían algo que ocultar, o simplemente Montes había sido un sujeto tan mezquino y deleznable que les daba completamente igual identificar al autor material de aquella muerte tan atroz.

Caminé durante media hora para intentar ordenar algunas ideas, intentado identificar los sitios en los que Montes habría podido guardar el manuscrito de su nuevo libro, si es que existía tal ejemplar; intenté recordar la distribución de las estancias de la casa, el despacho de Montes y las decenas de carpetas, recortes y libretas que habían quedado desparramados por el suelo; no fui capaz de identificar si en la casa había algún ordenador en el que pudiera estar encriptado el original; confiaba en el inspector Caballero, seguro que el habría sistematizado las piezas de convicción y me entregaría en mano un pen drive lleno de documentos originales de Montes dispuestos a ver la luz y la gloria, eso evitaría que tuviera que allanar de nuevo la morada del fallecido y de tener que cargar con Rovirosa toda aquella tarde.

En la Santina los habituales estaban tomando ya los cafés y empezando a repartir las cartas para la partida de sobremesa. Covadonga me miró con cierto desprecio a la vez que me anunciaba que había albóndigas con sepia, un plato habitual de la casa aunque fuera de la cocina tradicional catalana; le molestaba tener que dejar de fregar el suelo de la sala de comidas y tener que pedir que se encendieran de nuevo los fogones, a esa hora le gustaba acomodarse en la barra y servir los carajillos y las copas de coñac mientras veía el serial de la sobremesa.

El guiso estaba estupendo y, para congraciarme con la patrona, así se lo dije, pidiéndole, si era posible, repetir. Sabía que si alagaba su mano en la cocina a lo mejor conseguía que esbozara una sonrisa y que perdonara mi impuntualidad. Aquel segundo plato de albóndigas me supo incluso mejor, tanto que le pedí la receta. “Ahora que te juntas con gente postinera te interesa la cocina”, me dijo con malicia; le pregunté que como sabía que yo tenía ahora como clientes a gente de posibles, guardó silencio pero me lanzó a la mesa el diario en el que aparecía una foto del funeral de Montes en la que aparecía yo tras Jessica, enfundado en mi traje oscuro.

Se sentó en la mesa conmigo, algo inusual, pensé que empezaría a preguntarme a cerca de mi clienta y de mis nuevas relaciones. Nada más alejado a su intención. Me miró con picardía y me dijo: “Toma nota”. Paró en seco. “Aunque a ver si aprendes a cocinar y pierdo un cliente”. La cogí de las manos y le aseguré que los tipos como yo nunca dejamos tirada a una dama, que la Santina era mi segunda casa.

“Toma nota, zalamero”, me dijo. Empezó a enumerar los ingredientes necesarios para hacer una sipia amb mondonguilles de verdad:

 Para la masa de las albóndigas:

Medio quilo de carne picada – ella usaba una mezcla con 3 partes de carne de lomo de cerdo y dos de babilla de ternera, con un trozo de jamón serrano también picado para darle un toque de sabor.

1 huevo

1 diente de ajo picado

3 cucharadas de pan rallado

2 cucharadas de leche

1 pellizco de sal y de pimienta.

Aunque era precisa en las medidas me aseguró que ella había terminado por poner los ingredientes casi a ojo.

Para para la picada se necesitaba

Una onza de chocolate negro

1 diente de ajo pequeño

10 avellanas o almendras

1 cucharadita de perejil picado (fresco o seco)

½ cucharadita de canela molida.

Unas hebras de azafrán.

Además la receta necesitaba que se tuvieran presentes  2 Sepias medianas, aceite de oliva, harina para rebozar las albóndigas y 100 gramos de guisantes – ella utilizaba unos congelados que compraba en la Sirena y que eran mejores que los frescos - una cebolla mediana, dos tomates pequeños y maduros, ½ vaso de vino blanco y un poco de caldo, era indistinto que fuera de pescado o de carne ya que como era un plato de los de mar y montaña casaba bien cualquier tipo de caldo.

Había que preparar por un lado las albóndigas y por otro el guiso de sepia. Ella decía que era mejor empezar a cocinar las sepias cortándolas a tiras y ponerlas en una sartén amplia con un chorrito de aceite. Hay que dejar que se evapore un poco el agua, echarle sal y pimienta y dejar que las tiras de sepia cojan algo de color. Se reserva la sartén con la sepia y el jugo que destilen.

En un recipiente amplio mezclamos todos los ingredientes para la masa de las albóndigas. Se van formando las bolas, a poder ser pequeñas, se rebozan con la harina y se doran ligeramente en una sartén o cacerola con un chorro generoso de aceite a fuego medio para que se doren. Se reservan también Reservar.

En el aceite en el que se han dorado las albóndigas se rehogan durante unos minutos los guisantes, no hay necesidad de descongelarlos previamente.

Se pela y se corta fina la cebolla y añadirla a una cazuela limpia, con un poco de aceite. A continuación se añaden los tomates rallados y se fríen junto con la cebolla durante unos 6-7 minutos a fuego medio. Seguidamente añadía el vino blanco dejándolo rehogar unos minutos antes de añadir el caldo y dejar todo hirviendo mientras preparaba la picada.

Para la picada ponía en el mortero majamos todos los ingredientes de la picada, añadiendo un poco de líquido de la cazuela para que trabe bien. Hecha la picada se añade a la cazuela que está hirviendo amorosamente – palabra de Covadonga -. Tiene que hervir todo unos 10 minutos antes de añadir por fin las albóndigas, la sepia y los guisantes. 10 minutos más para que se integren los sabores y ya puede ir el plato a la mesa.