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sábado, 26 de septiembre de 2015

Capítulo CCCLXXIII.- Pequeña muerte por chocolate (14).


14. SERVICIO DE HABITACIONES.

Era agradable la sensación de tener colgada del brazo a una mujer como Jess, me hacía sentir alguien. Higini nos hizo una señal desde la puerta, nos invitaba a regresar. Nos condujo hacia las cocinas, pidiéndonos que guardáramos silencio, había algunos invitados todavía en los salones. Esperaba que en la paz de los fogones nos hiciera alguna revelación.

Sobre una barra de mármol había una caja de cartón, por indicación de Higini Jess la abrió y asomaron unos envoltorios de papel de seda. «Canougats de chocolate. Los preferidos de Montiño. La pasta de chocolate me la traen directamente desde Perú».

Desenvolvimos uno de los papelillos y apareció una onza brillante de chocolate. Jess se la llevó a la boca y nos sonrió. Cuando Higini vio la sonrisa de Jess reanudó sus sollozos. Lo me tomé un par de pastillas de chocolate sin ser capaz de emocionarme. Le pregunté al cocinero cual era el misterio de aquellos chocolatines.

«Canougats», me rectificó. Una receta en apariencia sencilla en la que se combinaban un vaso de leche de cuarto de litro, el mismo vaso lleno de azúcar, dos onzas de chocolate negro, tres cucharadas de miel y una cucharada de mantequilla – Higini dijo una nuez -.

Se incorporan los ingredientes a un puchero a fuego vivo, primero la leche y el azúcar, después el chocolate rallado, la miel y, finalmente la mantequilla. Hay que remover constantemente para evitar que se pegue el chocolate al fondo del puchero. A medida que la mezcla toma temperatura se va espesando y cuando queda un bloque consistente se vuelva sobre un molde de caramelos previamente engrasado con aceite dulce de almendras. Se deja reposar primero en una zona fresca de la cocina y luego se termina de enfriar en la nevera antes de desmoldarlos y envolverlos en papeles de seda de diversos colores. No hay gran secreto en los canougats.

Costó desprenderse de Higini, no había manera de salir de su cocina y de desprenderse de sus abrazos y gimoteos. Jess empezó a bostezar sin disimulo,  pidió que llamaran un taxi.

Yo no paré de tomar caramelillos de chocolate.

De nuevo en la calle Jess buscó mi brazo y me susurró «ha sido siempre un pesado. Creo que estaba enamorado de Rafael. Hoy ha sido la viuda más viuda de la recepción». Un taxi se detuvo a la puerta del restaurante.« ¿Me acompañarás al hotel? Hace tanto frio, estoy tan sola, que el mundo se me viene encima». No hizo falta que insistiera mucho, aunque yo sabía que lo único que buscaba era no tener que pagar el transporte, ya iba conociendo a Jesica Palomeque. Se recostó sobre mi hombro y me preguntó si teníamos noticias de Didier, le dije que todavía era pronto, que pasarían un par de días. Mientras el conductor atravesaba la ciudad nos sumimos en un sopor agradable. El taxista se detuvo a la puerta del hotel, Jess seguía sobre mi hombro, me pidió que la acompañara hasta la habitación. Había un millón de razones para salir huyendo, probablemente la detendrían a la mañana siguiente y, entre las múltiples acusaciones, era más que posible que la imputaran como inductora al asesinato de Montes. Yo, que ya había violado todas las normas que regían la deontología de mi profesión, que había seguramente asumido riesgos más allá de lo razonable para cualquier persona con dos dedos de frente, me disponía a acompañar a Jess a la suite de un hotel de lujo. Recordaba que había una factura de varios miles de euros por satisfacer, que el acompañante de Jess estaba en un calabozo, que en pocas horas le ingresarían en prisión y que Jess se escurriría del hotel dejándome a mí como único garante de sus deudas.

Jess me gustaba, era imposible que aquella mujer no gustara al común de los mortales. No estaba ni mucho menos enamorado pero sentía cierta curiosidad como saber lo que sentiría un tipo como yo entrando del brazo de una mujer del calibre de mi acompañante, no tendría ninguna otra oportunidad en mi vida de disfrutar de un momento así, aunque me condujera irremisiblemente a la catástrofe.

En la recepción nos recibieron con la mejor de las sonrisas, nos acompañaron al ascensor. Jess seguía colgada de mi brazo y yo debía caminar seguro, dominar la situación aunque luego fuera obligado a dormir como un perro abandonado a los pies de aquella mujer.

Delante del encargado del ascensor Jess me dio un sonoro beso en la mejilla, se lo agradecí aunque pensara que era de mentira. Mientras se cerraba la puerta del elevador atravesamos el largo salón, las luces se encendían milagrosamente a nuestro paso. Franqueamos la puerta del dormitorio, pensé que en ese momento Jess me indicaría que mi sitio estaba en la antecámara, que debía enroscarme como pudiera en el sofá y esperar a que amaneciera. Siempre sorprendente me dio un beso en los labios, algo que yo no me hubiera atrevido a darle nunca. Sufrí un tremendo ataque de vértigo pensando que debía tomar la iniciativa. Yo no despegaba mis labios de los suyos, ella apoyó ligeramente la palma de sus manos sobre mi pecho y me separó. «He de pasar un momento al baño. Ponte cómodo». Mientras se despedía tomó la colcha de la cama por un extremo y abrió a mi vista las sábanas blancas, recién planchadas; hizo un gesto con la mano para indicarme que me esperaba en la cama.

Me quité primeramente la chaqueta y me aflojé el nudo de la corbata, pensé que ese era el modo correcto de ponerme cómodo. En el baño sonaba el ruido de la ducha y los minutos pasaban sin que yo recibiera ninguna otra señal.

Finalmente me atreví a sentarme en el borde de la cama, inmensa cama, el tiempo seguía transcurriendo y llegué a pensar que Jess había huido, que me había dejado solo en la habitación. Me acerqué a la puerta del baño y tembloroso golpeé ligeramente con  los nudillos, enseguida escuché su voz: «No te impacientes. Si quieres vete desnudando».

Regresé al borde de la cama, me sentía como si me hubieran sentado al borde un precipicio. Me quité los zapatos, para mí era como llegar casi al límite de la desnudez. Llevaba todo el día fuera de casa y me di cuenta de que los calcetines desprendían un tufillo que era muy poco apropiado para esa primera cita galante. Inevitable debía deshacerme de los calcetines. Me los quité y los escondí dentro de los zapatos, escondí los zapatos bajo la cama y deambulé nervioso por la habitación. Sin chaqueta, descalzo, agotado tras un día de arriba abajo; vi que la camisa además de sudada y arrugada desprendía también un olor acre casi tan incómodo como el de los calcetines. Si me quitaba también la camisa no me quedaría más remedio que desnudarme del todo.

No puede decirse que fuera de los que ganara desnudo, más bien todo lo contrario. Además mi ropa interior, comprada en la planta de oportunidades de unos grandes almacenes, dejaba al descubierto el paso de la edad y de la falta de cuidado. Coloqué con cuidado los pantalones sobre la chaqueta, que reposaba en el respaldo de una silla. La camisa y los zapatos perdidos debajo de la cama.

Angustiado por un golpe de pudor me tumbé en la cama y me tapé con sábanas y colchas hasta el suelo, sólo cuando llegara la penumbra podría descubrir mis beldades. Los minutos seguían pasando sin que llegaran noticias desde el baño, seguramente el plan de Jess para evitar mayores contactos físicos era atrincherarse en el servicio hasta que yo cayera rendido, de ahí su obsesión por mi comodidad.

Pese a que lo intenté en varias ocasiones, fui incapaz de dar con los interruptores que consiguieran un ambiente más íntimo en la instancia. Con cada botón que accionaba aumentaba la iluminación de la habitación y con ella mi pudor.

Golpearon con firmeza la puerta de la habitación, sin tiempo para reaccionar una voz se anunció como servicio de habitaciones. Pensé que Jess desde el baño había encargado una botella de champagne, por un instante recuperé mis energías y autoricé a que el servicio de habitaciones entrara en el dormitorio. Lo hice desde la cama, el servicio de los grandes hoteles debía de estar más que acostumbrado a lidiar con situaciones como esta, dejarían la cubitera en una discreta esquina y dos copas sobre la mesa. Nada más lejos de mis expectativas. La puerta se abrió de golpe y ante mi apareció Rafaelito de Montes con una pistola firmemente enganchada a su mano derecha. Abrió la puerta con un gesto firme y empezó a gritar y a insultar primero a Jess y después a mí. A duras penas podía entenderle más allá de palabras sueltas, mi principal agobio era saber que probablemente moriría en calzoncillos sucios en un hotel de lujo por culpa de un acceso de curiosidad, ni siquiera de lujuria, la curiosidad de saber qué se sentía abrazando y besando a una mujer como Jess.

Pese a lo tenso de la situación lo que me obsesionaba de verdad era estar en calzoncillos, escondido entre sábanas y edredones, con cara de conejillo asustado. Dudaba si primero me ejecutaría a mí y luego se lanzaría hacia la puerta del baño. Seguía su chaparrón de insultos, puede que me estuviera dando alguna orden, yo era incapaz de procesar otra información que no fuera mi ridícula desnudez. Y de repente se abrió la puerta del aseo y entre vapores emergió Jésica completamente desnuda, desnuda y rasurada, seguramente no había tenido en la vida las dudas que a mí me atenazaban. Pude disfrutar de su cuerpo durante una milésima de segundo, luego dirigí mis ojos hacia Rafaelito, que seguía con sus insultos y con sus gestos nerviosos, quien sabe si la pistola no terminaría por dispararse accidentalmente. Rafaelito miró durante un instante el cuerpo desnudo de la que durante meses fuera su madrastra. No paraba de gritar, ahora a ella. Como impulsado por un resorte lancé las sábanas y colchas sobre el cuerpo de Rafael, tras el ajuar me abalancé yo moviendo los brazos como aspas de molino. Sonó un disparo y sentí en el hombro una punzada de calor, como si me estuvieran soldando con un soplete, después un dolor intenso. Yo no dejaba de mover los brazos y golpear el bulto bajo las sábanas. Jess me ayudaba dándole patadas e insultándole también. Intenté tomar parte de la frazada para que Jess no me viera en ropa interior.

La sangre empezó a manchar la moqueta de la habitación y las sábanas que a duras penas contenían a Rafaelito. Fue inevitable comprobar lo mal que quedaban las salpicaduras de sangre sobre mi calzoncillo, parecía que estuviera enfermo del riñón. Jess golpeaba con saña y por el rabillo del ojo pude disfrutar de partes insospechadas de su espléndida anatomía. Puede que el destino me recompensara con un absurdo revolcón antes de morir.

Todos gritábamos desaforadamente y de repente empecé a sentir golpes que no provenían del bulto, tampoco de Jess, comprendí que habían llegado los servicios de seguridad del hotel y que me habían confundido con el intruso. Era yo quien recibía los golpes de porra y amenazas de los encargados de mi seguridad. Ella desnuda y yo en calzoncillos ensangrentados podían llevar a esos gorilas a conclusiones desacertadas.

Finalmente Jess impuso su ley para indicar que el agresor estaba liado entre las mantas. Aunamos nuestros esfuerzos para terminar de noquear a quien se a duras penas se movía dentro del bulto. A medida que se clarificaba la situación fui debilitándome hasta perder el sentido. La cabeza me daba vueltas y el rojo de mi sangre se confundía con los intensos bermellones de los paisajes pintados por Wren.
En la boca me quedaba el regusto a los chocolatines con los que nos había obsequiado Higini. Disfruté cada milésima de segundo antes de desvanecerme, segundos en los que noté la cálida piel de Jess y el cremoso aroma de su body milk. Luego todo quedó oscuro, quien sabe si finalmente no habría sido yo el que había muerto. Muerto en calzoncillos sucios en una habitación de hotel de la que se debían más de treinta mil euros, sin contar con los destrozos del incidente.

Probablemente nunca había estado tan cerca de la felicidad.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CAP. CCCLXXII.- Pequeña muerte por chocolate (13)


13. LA CLARIVIDENCIA DE FERMÍN.

Apenas pude caminar unos minutos cuando recibí la esperada llamada de Jess; sonaba entre crispada y nerviosa, me comunicó que habían detenido a Didier. Me costó mostrar sorpresa. Hablaba entre hipidos en los que era complicado distinguir cuanto se debía a la ansiedad, cuanto a la indignación y cuanto al enfado. Aseguraba que no había razón alguna para la detención y veía la larga mano de la ex mujer de Montes, no andaba descaminada pero sólo con que fuera cierto la mitad del relato que aparecía en el informe había razones más que de peso para que Didier pasara una temporada larga en la cárcel. Evidentemente le oculté que disponía de la información, también omití cualquier referencia a mi encuentro con Mateu.

En el breve lapso de unos segundos me pidió que acudiera presto a la policía, que indagara en el juzgado y que fuera al hotel a hacerla compañía. Era imposible estar en los tres sitios a la vez. Advertí a Jess que las leyes españolas permitían a la policía mantener detenido a su novio durante un máximo de 72 horas y que yo sólo podría intervenir si Didier solicitaba expresamente mi presencia. Era mejor no precipitarse y esperar unas horas, sobre todo si cabía la posibilidad de que ella no tardara en ser detenida también.

El hotel en el que estaba alojada Jess estaba en la otra punta de la ciudad, no había buena combinación en transporte público; me hubiera convenido seguir mi paseo pero hubiera corrido el riesgo de nuevas llamadas a la desesperada. Con gran dolor de mi corazón paré un taxi y le pedí que me llevara al hotel.

El hotel Vela lo construyeron sobre cemento en un espigón robado al mar hacía el confín del puerto. Era una estructura de cristal y metales que destacaba groseramente sobre una amplia explanada ocupada por ciclistas, skatter y patinadores, resultaba imposible transitar por aquellos lugares sin toparse con uno de aquellos ingenios sobre ruedas.

El edificio evocaba las formas del velamen de un barco desplegado sobre el mar, era un hotel de alto lujo, ajeno a los circuitos habituales de la ciudad, asentado sobre una nueva zona destinada casi exclusivamente al turismo más selecto.

El hall del hotel era un cruce grupos cargados de maletas entre busconas, turistas despistados intentando colarse a los pisos superiores para poder hacer fotos, taxistas que ofrecían sus servicios y empleados solícitos de la empresa que se ocupaban de poner orden en el caos.

Para poder acceder a los ascensores había que pasar por un escritorio de seguridad en el que se identificaba a los transeúntes, evitando con ello que entraran intrusos.

No recordaba el apellido de Didier y me resultaba extraño que Jess hubiera reservado a su nombre. La llamé al móvil y aguardé a que contestara.

Estaba en la habitación 1245, en una de las plantas superiores del edificio; me dijo que no podía bajar a buscarme y que me las averiguara con los de seguridad, también me recordó que la habitación estaba a nombre de Didier, Didier Fecault. Resultaba violento pedir en recepción por el Sr. de Fecault, sobre todo porque si había sido detenido horas antes en su habitación aquel incidente habría causado un revuelo inusual en este tipo de establecimientos.

Confirmé mis sospechas ya que cuando di el nombre de Fecault al encargado de información torció el gesto, hube de sacar mi carnet de abogado y asegurarle que era el asesor del Sr. de Fecault y de su pareja. Antes de franquearme el paso llamó a la habitación para confirmar que era bienvenido, también apuntó mis datos en una ficha.

Jessica estaba alojada en una suite a la que se accedía por medio de un ascensor exclusivo que dejaba en el recibidor de la estancia, sólo era posible llegar a la habitación si el encargado del elevador introducía una llave en el panel y tecleaba un código de acceso. La señora de Fecault estaba advertida de mi llegada.

El recibidor de la habitación conducía a un salón enmoquetado con vistas al mar abierto, era un salón decorado como si fuera el despacho de una empresa internacional, con una amplia mesa de trabajo y cómodos asientos. Al final del salón había unas puertas de madera oscuras que seguramente daban a la alcoba.

Jess, seguramente azorada y fuera de sí, me recibió en ropa interior, unas braguitas tanga de color burdeos y un sujetador de blondas a juego. O seguía azorada o simplemente era así de desinhibida.

Me contó al detalle el modo en el que se había producido la detención, policías de paisano acompañados por el encargado de seguridad del hotel. Se habían mostrado educados pero contundentes, hasta el punto de no dejar que Didier pudiera darse ni siquiera una ducha, eso que acababa de subir del gimnasio y, todavía sudoroso, daba cuenta del desayuno. No fue posible ni la ducha, ni que se cambiara de ropa, ni siquiera que pudiera preparar una pequeña bolsa con cosas de aseo y una muda. Se lo llevaron esposado, con el chándal empapado y ninguna explicación, más allá de mostrar una petición internacional de detención que Didier había leído sin demostrar emoción alguna.

Durante su relato escuché las palabras atropello, injusticia, desfachatez, venganza, bananera, absurdo, inconstitucional, escandaloso, tercermundista, humillante, vejatorio, increíble, despreciable… No me atreví a preguntar si la policía había encontrado a Jess con la misma ropa, o falta de ropa, con la que me había recibido, o si su desnudez era consecuencia del sofoco.

En todo caso el interior de la alcoba, casi tan grande como el salón, era un revoltillo de maletas, prendas de vestir de toda índole, toallas, revistas y restos de desayuno. La cama estaba todavía sin hacer y a lo lejos el baño también parecía desordenado. Pese a todo la vista desde el ventanal era indescriptible: Mar, sólo mar, algunos cargueros y cruceros pasando por el horizonte.

Repetí a Jess lo que ya le había contado por teléfono, que la orden de detención era sin duda correcta y que la policía contaba con varias horas para poder realizar sus pesquisas. Didier, por descontado, podría llamar a un abogado, o llamarla a ella para que fuera Jess quien decidiera la mejor asistencia. Despotricó contra España, contra su sistema judicial y policial, le dije que era muy parecido en el resto de Europa y que lo que debía considerar Jess es si había razones de peso para haber adoptado esa medida, por las pocas referencias que había podido recabar era posible que Didier tuviera problemas en Luxemburgo, no me atreví a adelantarle ninguna otra conclusión.

Jess deambulaba semi en cueros por la habitación, hurgaba entre los montones de ropa, paseaba hacia el salón, no era capaz de decirme que estaba buscado o que justificara que no se pusiera una bata y se sentara unos minutos.

En cuanto tuve ocasión, no fue fácil, le anuncié que aquella misma noche habían preparado un homenaje a Montes en el restaurante de Higini, le dije que se había puesto en contacto conmigo la representación de Helena y de Rafaelito, que contaban con la presencia de Jess y que era necesario perfilar algunos detalles del encuentro, sobre todo lo referido a la organización de las mesas y los parlamentos de los asistentes más notables. Jess no lo dudó, dijo que no faltaría y que quería recordar a Rafael, hacerlo en público y hablar la última. A mi me tocaba negociar con Mateu las condiciones de ese encuentro y, seguramente, el coste del evento y el grado de contribución atribuido a Jess.

Jess por fin se dio cuenta de su desnudez, me miró fijamente a los ojos y, después de cruzarse los brazos  para cubrir parte de su vientre y entrepierna, me pidió que la dejara descansar durante un par de horas, que gestionara lo de la cena y que pasara a recogerla sobre las seis de la tarde, esperaba que a esa hora ya se hubiera aclarado lo de Didier.

Antes de que yo hubiera abandonado la estancia ella ya había empezado a cerrar las puertas del dormitorio. Me entraron dudas, dudas sobre si aguardar a que ella se recompusiera esperando en el salón o si sus órdenes era que abandonara por completo la habitación, incluso el hotel, durante esas horas. Después de valorar las distintas opciones pensé que lo más prudente era quedarme en el hotel, buscar una cafetería en la que pudiera pasar el tiempo que quedara hasta las seis, no en vano los hoteles eran mi hábitat natural.

Toqué la tecla del ascensor y mi sorpresa fue que, tras unos minutos de espera, en la cabina me esperaba el ascensorista, impoluto, esbelto e hierático como un modelo de alta costura, y un sujeto trajeado que se identificó como jefe de seguridad del hotel; para que no hubiera dudas me extendió su tarjeta, yo le di la mía. No me dio de tregua ni siquiera el viaje de regreso a la superficie, mientras bajábamos me espetó: «Póngase en mi lugar». Me hubiera gustado tener los reflejos para pedirle que, a la recíproca, se pusiera él en el mío.

Me aseguró que el hotel estaba sujeto a una durísima campaña de desprestigio orquestada por las sombras ocultas del turismo de la ciudad; que incidentes como el de esa mañana ayudaban poco a mejorar la imagen del establecimiento y la imagen de la propia Barcelona; aseguraba que entre la clientela de hotel no se aceptaban personas con los riesgos del sr. de Fecault; aquí sí que estuve ágil ya que le recordé que en España imperaba la presunción de inocencia. Ya en la entreplanta, entrando en su despacho, me exhibió una factura cercana a los 30.000 euros, eran los gastos acumulados por Jess y su acompañante durante su estancia en Barcelona. La preocupación no era sólo reputacional, sino también económica. Sin ambages me preguntó por la ocupación de la Sra. Palomeque, si era una mera acompañante, una profesional de la compañía, pareja ocasional o permanente del Sr. Fecault.

Salí en defensa de los intereses de Jess, al fin y al cabo seguía siendo mi cliente. Me levanté ofendido del asiento que me había brindado para indicarle que pensaba comunicar a la Sra. Palomeque las insinuaciones que acababa de escuchar, le advertí que la señora Palomeque había sido durante años la pareja de un insigne cronista gastronómico de la ciudad, destaqué su nombre, y fui desglosando los medios en los que había colaborado Montiño, destacando que esa misma noche la señora Palomeque tenía que acudir a un homenaje en la que estaría presente el director de uno de los periódicos más influyentes de Cataluña.

Sin duda aquel sujeto conocía a Montiño ya que de inmediato le cambió el semblante, me pidió que me sentara de nuevo y que aceptara las disculpas y un café. De nuevo me pidió que me pusiera en su lugar y que calibrara la situación. Le dije que en unas horas quedaría aclarado todo el incidente y que no dudara en modo alguno ni de la solvencia ni de la seriedad de la señora Palomeque – bastaba con que yo albergara y alimentara esas dudas -. Le dije que la señora Palomeque tenía prevista su estancia en el hotel por lo menos hasta el día siguiente y que si el hotel se ponía en la posición incómoda y  desasosegante de la señora Palomeque tal ella pudiera ayudar en los medios a consolidar el prestigio del hotel y romper una lanza – era una frase que siempre sonaba adecuada – por el buen nombre, incluyo haciendo una referencia expresa en el homenaje a Montiño que tendría repercusión en los diarios.

No sólo conseguí, por primera vez en mi vida, ser invitado a un café en un hotel de lujo, sino que además aquel tipo llamó al encargado de la Lounge – una terraza cubierta en la entreplanta – para que pudiera esperar a la señora Palomeque con comodidad. Él mismo me acompañó al Lounge para que me acomodara.

En vez de un café pedí una cerveza y un bocadillo, no había comido todavía, dejé a la elección del camarero tanto la marca de la cerveza como el tipo de bocado a tomar. Al final optó por un Baggle New York, un panecillo redondo relleno de finas lonchas de carne asada, dos tipos distintos de lechuga un una mayonesa suave de mostaza.

Antes de pedir la segunda cerveza llamé a Mateu para informarle de que tanto la sra. Palomeque como yo acudiríamos al homenaje, que no había problema alguno en cuanto a los parlamentos que pudieran producirse aquella noche, incluido el de la primera esposa y el hijo de Montes, siempre y cuando Jess pudiera disfrutar de las palabras finales. Aceptó mi petición siempre y cuando esa intervención final no durara más de cinco minutos. Al final de la conversación me preguntó si había informado a Jess de su situación y de las posibles transacciones, le dije que la señora Palomeque disponía de todos los datos y que antes de 24 horas tendría respuesta. Ganaba unas horas de margen probablemente para nada útil, sólo seguir alargando el desenlace final.

La segunda cerveza me dejó amodorrado, creo que llegué a darme una cabezada mientras hacía como si leía el diario, sólo la recomendación del jefe de seguridad evitó que fuera lanzado de aquel local. Pasadas las seis y media conseguí despejarme, pasé por el baño para enjuagarme la boca y subí presto a la habitación de Jess.

Si yo me adormilé - lo reconozco -, lo de Jess fue una siesta en condiciones, cuando llegué de nuevo a su estancia estaba con la misma desvestimenta con la que me había recibido horas antes, los ojos enrojecidos por el sueño, el pelo revuelto y cara de completa placidez. Me pidió media hora más para arreglarse, esta vez sí que me indicó que me quedara en el gabinete adjunto, dejó las puertas entornadas y pude ir adivinando sus movimientos durante la hora que duró su recomposición.

Nos habían convocado en el restaurante de Higini a las ocho y media, dio la hora prevista y todavía seguíamos en la habitación. Jess me pidió que llamara al servicio del hotel para que la habitación quedara acondicionada cuando regresaran.

A las nueve menos cuarto tomábamos un taxis, desplazamiento que seguramente tendría que abonar yo también, al principio guardaba los recibos de los viajes pensando que en algún momento recuperaría lo adelantado, aunque los últimos gastos los tuviera ya descontrolados. Al entrar en el taxi Jess me dio una carpetilla con unos papeles sueltos, casi todos ellos tenían que ver con el trabajo que hacía en Mallorca: folletos publicitarios, referencias de restaurantes y tiendas exclusivas de la isla.

Llegamos los últimos, los comensales agotaban los aperitivos y apuraban las copas en animados círculos entre los que Helena y su hijo dominaban todas las conversaciones, pasaban de un circulo a otro.

Jess mantenía su ropa interior burdeos, exuberantes las blondas del sujetador, que se escapaban de un ajustado traje de chaqueta de Channel, esta vez de tonos tostados. Pese a todos los esfuerzos fue complicado llamar la atención del resto de comensales.

Al franquear la puerta Higini golpeó ligeramente una cucharilla contra una copa de vino y pidió que todos se sentaran en una larga mesa en forma de U. Helena, Rafaelito y Jéssica presidían la cena, entre ellas colocaron al Consejero del Gobierno catalán, que ya había acudido al funeral, y al director del diario. Los dos abogados flanqueábamos a nuestras clientas.

Sobre cada plato había una pequeña esquela en la que se reseñaba el evento, el menú que ofrecía Higini y una reproducción de un inevitable cuadro de Wren.
Resultado de imagen de Leonard Wren

Habíamos pactado que los primeros parlamentos se produjeran mientras se servían los entrantes, así que el consejero empezó su intervención, por lo visto debía abandonar la cena de modo precipitado para asistir a otro compromisos.

Cuando empezó a hablar se vieron los primeros flashes, fueron palabras solemnes, impersonales. Tras el consejero intervino el editor de Montiño, un poco más emotivo, aunque yo recordara todavía el desprecio con el que me trató y trató la memoria de célebre marmitón. Fueron frases engoladas, huecas, rancias, no despertaron mucho interés, aunque el pobre Higini, que había contenido las emociones durante todo el tiempo empezó a gimotear; sus lagrimones contrastaban con el seco semblante de las mujeres e hijos de Montes; Jess tuvo la delicadeza de brindar alguna sonrisa a conocidos a los que no había podido saludar, Helena, por el contrario, no fue capaz de alterar el semblante durante las intervenciones, aunque miraba de reojo a su hijo.

El plato principal era una terrina de Liebre con confitura de ciruelas, por lo visto el plazo favorito de Montes. Cuando empezaron a servirlo Higini tomó la palabra para agradecer a Montes todas y cada una de sus críticas, las que habían permitido que aquel local fuera durante años el referente principal de la gastronomía de la ciudad. No fue capaz de hilar un discurso comprensible, rompió a llorar varias veces y, al final, fue Helena la que le tomó del brazo para que se calmara y pudieran terminar de cenar.

Con los postres intervino el director del diario en el que Montiño llevaba escribiendo décadas, prometió compilar todas las reseñas de Montes, promesa que resultó vana ya que días antes había anunciado que en unos meses el diario abandonaría su edición en papel y que sólo se serviría en formato digital.

Yo no pude aguantar más mis necesidades fisiológicas y mientras se agotaba aquel parlamento me escurrí hacia el cuarto de baño. Al pasar junto a las cocinas un viejo camarero comentaba al resto del servicio: «Vaya partida de cretinos se ha reunido aquí esta noche, además son de los que no dejarán ni un duro de propina». En la chaquetilla de aquel camarero estaba grabado el nombre de Fermín.

Regresé del baño cuando servían los postres. Primero habló Helena: seca, correcta, poco emotiva, dedicó su intervención a recordar los primeros libros y lo mucho que habían contribuido ella y los hijos a conformar el paladar de Montiño.

Rafaelito Montes fue el penúltimo en intervenir, su intervención compendió lo peor de cada uno de los intervinientes: fue engolado, hueco, vano, poco hilado, fatuo en sus referencias, obsesionado por aparecer como su verdadero sucesor.

Finalmente Jess se dispuso a intervenir, me pidió la carpetilla que me había dado en el taxi, miró a todos los comensales, hizo un mohín como de emoción, tomó aire y recordó lo mucho que quería a Montiño y lo mucho que quería que la memoria de Montes siguiera viva; acto seguido anunció que esa misma tarde había estado reunida con los máximos responsables de la televisión catalana y que en esa carpeta estaba el esbozo de un nuevo programa de televisión en el que se glosaría la figura e influencia de Montes en la cocina del país, un programa documental de 13 episodios que visitaría sus rincones preferidos de Cataluña, sus recetas predilectas, sus mejores anécdotas y algunas referencias sobre la industrial gastronómica catalana. Ella sería la asesora de los guionistas de la serie y, con el dinero que le habían prometido impulsaría la fundació Montes de Cuina de la Terra. Helena y Rafaelito descompusieron el gesto, intercambiaron miradas furibundas y buscaron con la mirada a su abogado para saber si era posible algún tipo de réplica o de recurso. Antes de obtener respuesta el público asistente rompió a aplaudir, los camareros retiraron los servicios y los invitados principales empezaron a avasallar a Jess para conocer los detalles de aquel proyecto.

Higini no paraba de llorar emocionado. Cuando comprobé que la situación estaba completamente descontrolada y que Jess se había convertido en la figura de la noche, busqué al camarero visionario y le pedí que me facilitara la receta de la terrina, siempre y cuando en la cárcel nos permitieran cocinar, porque tras la improvisada intervención de Jess tenía claro que doña Helena no se contentaría sólo con la cabeza de su oponente.

Para hacer una terrina de Liebre con confitura de ciruelas se necesitan 400 gramos de carne de liebre – ha de ser pieza de caza, no criada en cautividad -, preferiblemente de las zonas con menos hueso ya que se debe desmigar, también conviene conservar hígado y riñones. La carne de liebre se debe complementar con 200 gramos de papada de cerdo, 200 de morcillo de ternera y 200 más de lomo de cerdo – preferiblemente ibérico -. 250 gramos de ciruelas pasas deshuesadas, 100 gramos de trufa negra, 100 mililitros de oporto, la misma cantidad de coñac francés. Laurel, sal, pimienta negra, 3 huevos, 300 gramos de manteca de cerdo, romero. La terrina se puede acompañar con una mermelada de cebolla confitada y aderezada con unas gotas de vinagre.

El plato se inicia deshuesando la liebre y marinándolo durante medio día con el coñac, el oporto, sal, pimienta y laurel.

El resto de carne se ha de trocear con un cuchillo hasta conseguir dados muy pequeños. Se escurre la liebre una vez marinada y el líquido sobrante  se utiliza para mezclar el resto de carne con los huevos, unas hierbas aromáticas y la trufa rallada. Se mezcla todo bien, incluso usando las manos.

Se forra un molde con la manteca de cerdo y se pone la carne – tanto la de la liebre deshuesada como el resto de carne – y las ciruelas secas. Se compactan las carnes para que no haya burbujas de aire, Se cubre el molde con papel de aluminio y se lleva a un horno precalentado a 180 grados. El molde tiene que estar sobre una bandeja alta medio cubierta de agua, para que se haga al baño marina.

Pasados 75 minutos se saca el molde y se deja reposar un par de horas, hasta que termine de cuajar la terrina. Se desmolda en frio y se sirve en lonchas gruesas, acompañadas de un poco de mermelada de cebolla y unas tostadas de pan negro.

Antes de salir del local Jess se abrazó a Higini y le aseguró que él sería pieza principal del nuevo proyecto. Luego buscó mi brazo y salimos hacia la calle. Era ya noche cerrada, muy fría. Jess había vuelto a sorprender a todos.