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miércoles, 9 de septiembre de 2015

CAP. CCCLXXII.- Pequeña muerte por chocolate (13)


13. LA CLARIVIDENCIA DE FERMÍN.

Apenas pude caminar unos minutos cuando recibí la esperada llamada de Jess; sonaba entre crispada y nerviosa, me comunicó que habían detenido a Didier. Me costó mostrar sorpresa. Hablaba entre hipidos en los que era complicado distinguir cuanto se debía a la ansiedad, cuanto a la indignación y cuanto al enfado. Aseguraba que no había razón alguna para la detención y veía la larga mano de la ex mujer de Montes, no andaba descaminada pero sólo con que fuera cierto la mitad del relato que aparecía en el informe había razones más que de peso para que Didier pasara una temporada larga en la cárcel. Evidentemente le oculté que disponía de la información, también omití cualquier referencia a mi encuentro con Mateu.

En el breve lapso de unos segundos me pidió que acudiera presto a la policía, que indagara en el juzgado y que fuera al hotel a hacerla compañía. Era imposible estar en los tres sitios a la vez. Advertí a Jess que las leyes españolas permitían a la policía mantener detenido a su novio durante un máximo de 72 horas y que yo sólo podría intervenir si Didier solicitaba expresamente mi presencia. Era mejor no precipitarse y esperar unas horas, sobre todo si cabía la posibilidad de que ella no tardara en ser detenida también.

El hotel en el que estaba alojada Jess estaba en la otra punta de la ciudad, no había buena combinación en transporte público; me hubiera convenido seguir mi paseo pero hubiera corrido el riesgo de nuevas llamadas a la desesperada. Con gran dolor de mi corazón paré un taxi y le pedí que me llevara al hotel.

El hotel Vela lo construyeron sobre cemento en un espigón robado al mar hacía el confín del puerto. Era una estructura de cristal y metales que destacaba groseramente sobre una amplia explanada ocupada por ciclistas, skatter y patinadores, resultaba imposible transitar por aquellos lugares sin toparse con uno de aquellos ingenios sobre ruedas.

El edificio evocaba las formas del velamen de un barco desplegado sobre el mar, era un hotel de alto lujo, ajeno a los circuitos habituales de la ciudad, asentado sobre una nueva zona destinada casi exclusivamente al turismo más selecto.

El hall del hotel era un cruce grupos cargados de maletas entre busconas, turistas despistados intentando colarse a los pisos superiores para poder hacer fotos, taxistas que ofrecían sus servicios y empleados solícitos de la empresa que se ocupaban de poner orden en el caos.

Para poder acceder a los ascensores había que pasar por un escritorio de seguridad en el que se identificaba a los transeúntes, evitando con ello que entraran intrusos.

No recordaba el apellido de Didier y me resultaba extraño que Jess hubiera reservado a su nombre. La llamé al móvil y aguardé a que contestara.

Estaba en la habitación 1245, en una de las plantas superiores del edificio; me dijo que no podía bajar a buscarme y que me las averiguara con los de seguridad, también me recordó que la habitación estaba a nombre de Didier, Didier Fecault. Resultaba violento pedir en recepción por el Sr. de Fecault, sobre todo porque si había sido detenido horas antes en su habitación aquel incidente habría causado un revuelo inusual en este tipo de establecimientos.

Confirmé mis sospechas ya que cuando di el nombre de Fecault al encargado de información torció el gesto, hube de sacar mi carnet de abogado y asegurarle que era el asesor del Sr. de Fecault y de su pareja. Antes de franquearme el paso llamó a la habitación para confirmar que era bienvenido, también apuntó mis datos en una ficha.

Jessica estaba alojada en una suite a la que se accedía por medio de un ascensor exclusivo que dejaba en el recibidor de la estancia, sólo era posible llegar a la habitación si el encargado del elevador introducía una llave en el panel y tecleaba un código de acceso. La señora de Fecault estaba advertida de mi llegada.

El recibidor de la habitación conducía a un salón enmoquetado con vistas al mar abierto, era un salón decorado como si fuera el despacho de una empresa internacional, con una amplia mesa de trabajo y cómodos asientos. Al final del salón había unas puertas de madera oscuras que seguramente daban a la alcoba.

Jess, seguramente azorada y fuera de sí, me recibió en ropa interior, unas braguitas tanga de color burdeos y un sujetador de blondas a juego. O seguía azorada o simplemente era así de desinhibida.

Me contó al detalle el modo en el que se había producido la detención, policías de paisano acompañados por el encargado de seguridad del hotel. Se habían mostrado educados pero contundentes, hasta el punto de no dejar que Didier pudiera darse ni siquiera una ducha, eso que acababa de subir del gimnasio y, todavía sudoroso, daba cuenta del desayuno. No fue posible ni la ducha, ni que se cambiara de ropa, ni siquiera que pudiera preparar una pequeña bolsa con cosas de aseo y una muda. Se lo llevaron esposado, con el chándal empapado y ninguna explicación, más allá de mostrar una petición internacional de detención que Didier había leído sin demostrar emoción alguna.

Durante su relato escuché las palabras atropello, injusticia, desfachatez, venganza, bananera, absurdo, inconstitucional, escandaloso, tercermundista, humillante, vejatorio, increíble, despreciable… No me atreví a preguntar si la policía había encontrado a Jess con la misma ropa, o falta de ropa, con la que me había recibido, o si su desnudez era consecuencia del sofoco.

En todo caso el interior de la alcoba, casi tan grande como el salón, era un revoltillo de maletas, prendas de vestir de toda índole, toallas, revistas y restos de desayuno. La cama estaba todavía sin hacer y a lo lejos el baño también parecía desordenado. Pese a todo la vista desde el ventanal era indescriptible: Mar, sólo mar, algunos cargueros y cruceros pasando por el horizonte.

Repetí a Jess lo que ya le había contado por teléfono, que la orden de detención era sin duda correcta y que la policía contaba con varias horas para poder realizar sus pesquisas. Didier, por descontado, podría llamar a un abogado, o llamarla a ella para que fuera Jess quien decidiera la mejor asistencia. Despotricó contra España, contra su sistema judicial y policial, le dije que era muy parecido en el resto de Europa y que lo que debía considerar Jess es si había razones de peso para haber adoptado esa medida, por las pocas referencias que había podido recabar era posible que Didier tuviera problemas en Luxemburgo, no me atreví a adelantarle ninguna otra conclusión.

Jess deambulaba semi en cueros por la habitación, hurgaba entre los montones de ropa, paseaba hacia el salón, no era capaz de decirme que estaba buscado o que justificara que no se pusiera una bata y se sentara unos minutos.

En cuanto tuve ocasión, no fue fácil, le anuncié que aquella misma noche habían preparado un homenaje a Montes en el restaurante de Higini, le dije que se había puesto en contacto conmigo la representación de Helena y de Rafaelito, que contaban con la presencia de Jess y que era necesario perfilar algunos detalles del encuentro, sobre todo lo referido a la organización de las mesas y los parlamentos de los asistentes más notables. Jess no lo dudó, dijo que no faltaría y que quería recordar a Rafael, hacerlo en público y hablar la última. A mi me tocaba negociar con Mateu las condiciones de ese encuentro y, seguramente, el coste del evento y el grado de contribución atribuido a Jess.

Jess por fin se dio cuenta de su desnudez, me miró fijamente a los ojos y, después de cruzarse los brazos  para cubrir parte de su vientre y entrepierna, me pidió que la dejara descansar durante un par de horas, que gestionara lo de la cena y que pasara a recogerla sobre las seis de la tarde, esperaba que a esa hora ya se hubiera aclarado lo de Didier.

Antes de que yo hubiera abandonado la estancia ella ya había empezado a cerrar las puertas del dormitorio. Me entraron dudas, dudas sobre si aguardar a que ella se recompusiera esperando en el salón o si sus órdenes era que abandonara por completo la habitación, incluso el hotel, durante esas horas. Después de valorar las distintas opciones pensé que lo más prudente era quedarme en el hotel, buscar una cafetería en la que pudiera pasar el tiempo que quedara hasta las seis, no en vano los hoteles eran mi hábitat natural.

Toqué la tecla del ascensor y mi sorpresa fue que, tras unos minutos de espera, en la cabina me esperaba el ascensorista, impoluto, esbelto e hierático como un modelo de alta costura, y un sujeto trajeado que se identificó como jefe de seguridad del hotel; para que no hubiera dudas me extendió su tarjeta, yo le di la mía. No me dio de tregua ni siquiera el viaje de regreso a la superficie, mientras bajábamos me espetó: «Póngase en mi lugar». Me hubiera gustado tener los reflejos para pedirle que, a la recíproca, se pusiera él en el mío.

Me aseguró que el hotel estaba sujeto a una durísima campaña de desprestigio orquestada por las sombras ocultas del turismo de la ciudad; que incidentes como el de esa mañana ayudaban poco a mejorar la imagen del establecimiento y la imagen de la propia Barcelona; aseguraba que entre la clientela de hotel no se aceptaban personas con los riesgos del sr. de Fecault; aquí sí que estuve ágil ya que le recordé que en España imperaba la presunción de inocencia. Ya en la entreplanta, entrando en su despacho, me exhibió una factura cercana a los 30.000 euros, eran los gastos acumulados por Jess y su acompañante durante su estancia en Barcelona. La preocupación no era sólo reputacional, sino también económica. Sin ambages me preguntó por la ocupación de la Sra. Palomeque, si era una mera acompañante, una profesional de la compañía, pareja ocasional o permanente del Sr. Fecault.

Salí en defensa de los intereses de Jess, al fin y al cabo seguía siendo mi cliente. Me levanté ofendido del asiento que me había brindado para indicarle que pensaba comunicar a la Sra. Palomeque las insinuaciones que acababa de escuchar, le advertí que la señora Palomeque había sido durante años la pareja de un insigne cronista gastronómico de la ciudad, destaqué su nombre, y fui desglosando los medios en los que había colaborado Montiño, destacando que esa misma noche la señora Palomeque tenía que acudir a un homenaje en la que estaría presente el director de uno de los periódicos más influyentes de Cataluña.

Sin duda aquel sujeto conocía a Montiño ya que de inmediato le cambió el semblante, me pidió que me sentara de nuevo y que aceptara las disculpas y un café. De nuevo me pidió que me pusiera en su lugar y que calibrara la situación. Le dije que en unas horas quedaría aclarado todo el incidente y que no dudara en modo alguno ni de la solvencia ni de la seriedad de la señora Palomeque – bastaba con que yo albergara y alimentara esas dudas -. Le dije que la señora Palomeque tenía prevista su estancia en el hotel por lo menos hasta el día siguiente y que si el hotel se ponía en la posición incómoda y  desasosegante de la señora Palomeque tal ella pudiera ayudar en los medios a consolidar el prestigio del hotel y romper una lanza – era una frase que siempre sonaba adecuada – por el buen nombre, incluyo haciendo una referencia expresa en el homenaje a Montiño que tendría repercusión en los diarios.

No sólo conseguí, por primera vez en mi vida, ser invitado a un café en un hotel de lujo, sino que además aquel tipo llamó al encargado de la Lounge – una terraza cubierta en la entreplanta – para que pudiera esperar a la señora Palomeque con comodidad. Él mismo me acompañó al Lounge para que me acomodara.

En vez de un café pedí una cerveza y un bocadillo, no había comido todavía, dejé a la elección del camarero tanto la marca de la cerveza como el tipo de bocado a tomar. Al final optó por un Baggle New York, un panecillo redondo relleno de finas lonchas de carne asada, dos tipos distintos de lechuga un una mayonesa suave de mostaza.

Antes de pedir la segunda cerveza llamé a Mateu para informarle de que tanto la sra. Palomeque como yo acudiríamos al homenaje, que no había problema alguno en cuanto a los parlamentos que pudieran producirse aquella noche, incluido el de la primera esposa y el hijo de Montes, siempre y cuando Jess pudiera disfrutar de las palabras finales. Aceptó mi petición siempre y cuando esa intervención final no durara más de cinco minutos. Al final de la conversación me preguntó si había informado a Jess de su situación y de las posibles transacciones, le dije que la señora Palomeque disponía de todos los datos y que antes de 24 horas tendría respuesta. Ganaba unas horas de margen probablemente para nada útil, sólo seguir alargando el desenlace final.

La segunda cerveza me dejó amodorrado, creo que llegué a darme una cabezada mientras hacía como si leía el diario, sólo la recomendación del jefe de seguridad evitó que fuera lanzado de aquel local. Pasadas las seis y media conseguí despejarme, pasé por el baño para enjuagarme la boca y subí presto a la habitación de Jess.

Si yo me adormilé - lo reconozco -, lo de Jess fue una siesta en condiciones, cuando llegué de nuevo a su estancia estaba con la misma desvestimenta con la que me había recibido horas antes, los ojos enrojecidos por el sueño, el pelo revuelto y cara de completa placidez. Me pidió media hora más para arreglarse, esta vez sí que me indicó que me quedara en el gabinete adjunto, dejó las puertas entornadas y pude ir adivinando sus movimientos durante la hora que duró su recomposición.

Nos habían convocado en el restaurante de Higini a las ocho y media, dio la hora prevista y todavía seguíamos en la habitación. Jess me pidió que llamara al servicio del hotel para que la habitación quedara acondicionada cuando regresaran.

A las nueve menos cuarto tomábamos un taxis, desplazamiento que seguramente tendría que abonar yo también, al principio guardaba los recibos de los viajes pensando que en algún momento recuperaría lo adelantado, aunque los últimos gastos los tuviera ya descontrolados. Al entrar en el taxi Jess me dio una carpetilla con unos papeles sueltos, casi todos ellos tenían que ver con el trabajo que hacía en Mallorca: folletos publicitarios, referencias de restaurantes y tiendas exclusivas de la isla.

Llegamos los últimos, los comensales agotaban los aperitivos y apuraban las copas en animados círculos entre los que Helena y su hijo dominaban todas las conversaciones, pasaban de un circulo a otro.

Jess mantenía su ropa interior burdeos, exuberantes las blondas del sujetador, que se escapaban de un ajustado traje de chaqueta de Channel, esta vez de tonos tostados. Pese a todos los esfuerzos fue complicado llamar la atención del resto de comensales.

Al franquear la puerta Higini golpeó ligeramente una cucharilla contra una copa de vino y pidió que todos se sentaran en una larga mesa en forma de U. Helena, Rafaelito y Jéssica presidían la cena, entre ellas colocaron al Consejero del Gobierno catalán, que ya había acudido al funeral, y al director del diario. Los dos abogados flanqueábamos a nuestras clientas.

Sobre cada plato había una pequeña esquela en la que se reseñaba el evento, el menú que ofrecía Higini y una reproducción de un inevitable cuadro de Wren.
Resultado de imagen de Leonard Wren

Habíamos pactado que los primeros parlamentos se produjeran mientras se servían los entrantes, así que el consejero empezó su intervención, por lo visto debía abandonar la cena de modo precipitado para asistir a otro compromisos.

Cuando empezó a hablar se vieron los primeros flashes, fueron palabras solemnes, impersonales. Tras el consejero intervino el editor de Montiño, un poco más emotivo, aunque yo recordara todavía el desprecio con el que me trató y trató la memoria de célebre marmitón. Fueron frases engoladas, huecas, rancias, no despertaron mucho interés, aunque el pobre Higini, que había contenido las emociones durante todo el tiempo empezó a gimotear; sus lagrimones contrastaban con el seco semblante de las mujeres e hijos de Montes; Jess tuvo la delicadeza de brindar alguna sonrisa a conocidos a los que no había podido saludar, Helena, por el contrario, no fue capaz de alterar el semblante durante las intervenciones, aunque miraba de reojo a su hijo.

El plato principal era una terrina de Liebre con confitura de ciruelas, por lo visto el plazo favorito de Montes. Cuando empezaron a servirlo Higini tomó la palabra para agradecer a Montes todas y cada una de sus críticas, las que habían permitido que aquel local fuera durante años el referente principal de la gastronomía de la ciudad. No fue capaz de hilar un discurso comprensible, rompió a llorar varias veces y, al final, fue Helena la que le tomó del brazo para que se calmara y pudieran terminar de cenar.

Con los postres intervino el director del diario en el que Montiño llevaba escribiendo décadas, prometió compilar todas las reseñas de Montes, promesa que resultó vana ya que días antes había anunciado que en unos meses el diario abandonaría su edición en papel y que sólo se serviría en formato digital.

Yo no pude aguantar más mis necesidades fisiológicas y mientras se agotaba aquel parlamento me escurrí hacia el cuarto de baño. Al pasar junto a las cocinas un viejo camarero comentaba al resto del servicio: «Vaya partida de cretinos se ha reunido aquí esta noche, además son de los que no dejarán ni un duro de propina». En la chaquetilla de aquel camarero estaba grabado el nombre de Fermín.

Regresé del baño cuando servían los postres. Primero habló Helena: seca, correcta, poco emotiva, dedicó su intervención a recordar los primeros libros y lo mucho que habían contribuido ella y los hijos a conformar el paladar de Montiño.

Rafaelito Montes fue el penúltimo en intervenir, su intervención compendió lo peor de cada uno de los intervinientes: fue engolado, hueco, vano, poco hilado, fatuo en sus referencias, obsesionado por aparecer como su verdadero sucesor.

Finalmente Jess se dispuso a intervenir, me pidió la carpetilla que me había dado en el taxi, miró a todos los comensales, hizo un mohín como de emoción, tomó aire y recordó lo mucho que quería a Montiño y lo mucho que quería que la memoria de Montes siguiera viva; acto seguido anunció que esa misma tarde había estado reunida con los máximos responsables de la televisión catalana y que en esa carpeta estaba el esbozo de un nuevo programa de televisión en el que se glosaría la figura e influencia de Montes en la cocina del país, un programa documental de 13 episodios que visitaría sus rincones preferidos de Cataluña, sus recetas predilectas, sus mejores anécdotas y algunas referencias sobre la industrial gastronómica catalana. Ella sería la asesora de los guionistas de la serie y, con el dinero que le habían prometido impulsaría la fundació Montes de Cuina de la Terra. Helena y Rafaelito descompusieron el gesto, intercambiaron miradas furibundas y buscaron con la mirada a su abogado para saber si era posible algún tipo de réplica o de recurso. Antes de obtener respuesta el público asistente rompió a aplaudir, los camareros retiraron los servicios y los invitados principales empezaron a avasallar a Jess para conocer los detalles de aquel proyecto.

Higini no paraba de llorar emocionado. Cuando comprobé que la situación estaba completamente descontrolada y que Jess se había convertido en la figura de la noche, busqué al camarero visionario y le pedí que me facilitara la receta de la terrina, siempre y cuando en la cárcel nos permitieran cocinar, porque tras la improvisada intervención de Jess tenía claro que doña Helena no se contentaría sólo con la cabeza de su oponente.

Para hacer una terrina de Liebre con confitura de ciruelas se necesitan 400 gramos de carne de liebre – ha de ser pieza de caza, no criada en cautividad -, preferiblemente de las zonas con menos hueso ya que se debe desmigar, también conviene conservar hígado y riñones. La carne de liebre se debe complementar con 200 gramos de papada de cerdo, 200 de morcillo de ternera y 200 más de lomo de cerdo – preferiblemente ibérico -. 250 gramos de ciruelas pasas deshuesadas, 100 gramos de trufa negra, 100 mililitros de oporto, la misma cantidad de coñac francés. Laurel, sal, pimienta negra, 3 huevos, 300 gramos de manteca de cerdo, romero. La terrina se puede acompañar con una mermelada de cebolla confitada y aderezada con unas gotas de vinagre.

El plato se inicia deshuesando la liebre y marinándolo durante medio día con el coñac, el oporto, sal, pimienta y laurel.

El resto de carne se ha de trocear con un cuchillo hasta conseguir dados muy pequeños. Se escurre la liebre una vez marinada y el líquido sobrante  se utiliza para mezclar el resto de carne con los huevos, unas hierbas aromáticas y la trufa rallada. Se mezcla todo bien, incluso usando las manos.

Se forra un molde con la manteca de cerdo y se pone la carne – tanto la de la liebre deshuesada como el resto de carne – y las ciruelas secas. Se compactan las carnes para que no haya burbujas de aire, Se cubre el molde con papel de aluminio y se lleva a un horno precalentado a 180 grados. El molde tiene que estar sobre una bandeja alta medio cubierta de agua, para que se haga al baño marina.

Pasados 75 minutos se saca el molde y se deja reposar un par de horas, hasta que termine de cuajar la terrina. Se desmolda en frio y se sirve en lonchas gruesas, acompañadas de un poco de mermelada de cebolla y unas tostadas de pan negro.

Antes de salir del local Jess se abrazó a Higini y le aseguró que él sería pieza principal del nuevo proyecto. Luego buscó mi brazo y salimos hacia la calle. Era ya noche cerrada, muy fría. Jess había vuelto a sorprender a todos.

1 comentario:

  1. Pensé que después del periplo vacacional te quedaría poco tiempo para un nuevo capítulo, pero veo que has regresado con fuerza y nos deleitas con una buena terrina y a la historia no le debe quedar mucho, menuda pieza es "la Jess" y mientras el pica-pleitos pagando taxis, he pasado un buen rato. Jubi

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