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viernes, 28 de abril de 2017

CAP.- CDXV Circum Pomus 1ª


Hace unos días un compañero de trabajo me comentaba, agobiado, que había dejado de tener proyectos personales. EL trabajo, las responsabilidades y obligaciones asumidas a regañadientes estaban convirtiendo su vida en una sucesión de compromisos que tenía que afrontar pero que muchas veces no le aportaban nada, no le permitían proyectarse más allá del día a día. Mi amigo estaba cansado, muy cansado, y tal vez por eso sólo podía ver un panorama gris y monótono.

Supongo que todo es cuestión de perspectivas y que el estado de ánimo te permite cambiar con agilidad de punto de vista.

Aquella conversación me sirvió como excusa para pensar sobre mis proyectos vitales, dicho así suena un poco rimbombante. Decía John Lennon que La vida es aquello que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes. Para un diletante de la cocina la vida es lo que sucede entre comida y comida (no es una frase mía, no recuerdo bien quien lo dijo). En todo caso, puede ser interesante escribir sobre proyectos vitales, de hecho, este blog no deja de ser un pequeño proyecto vital.

Desde hace algunas semanas en casa nos estamos embarcando en un gran proyecto vital familiar, no me quiero poner trascendente, de hecho, el proyecto no es especialmente trascendente, aunque sí puede ser un poco fatigoso de preparar. Queremos dar la vuelta al mundo. Toda una aventura.

Como somos funcionarios y la función pública en España no está especialmente bien pagada, este tipo de proyectos no puede organizarse de hoy para mañana, ni mucho menos, tenemos que ahorrar. El principio el proyecto vuelta al mundo arranca convertido en el proyecto ahorrar para dar la vuelta al mundo. Nos hemos impuesto un plan de ahorro para que dentro de 4 años podamos empezar la aventura.

La idea surgió hace unos meses, los niños habían visto una película de la Vuelta al Mundo en 80 Días, la película no era muy allá, pero les sedujo la idea de dar la vuelta al mundo, las escalas y los medios de transporte. Para reyes el pequeño pidió una bola del mundo, la que le trajeron se pinchó – era una pelota hinchable -, se quedó tan disgustado que pocos días después le compré un globo terráqueo hinchable de gran tamaño (no cabía por la puerta), empezaron a fantasear sobre los puntos del mundo que querían conocer.

Una cosa llevó a la otra y cuando nos quisimos dar cuenta nos habíamos comprometido a dar la vuelta al mundo. Así de sencillo, tal y como suena. Les conseguí un facsímil de la primera edición de la novela de Verne, la vamos leyendo entre todos cada vez que hemos salido de viaje.

Primero pensamos en reproducir en viaje de Phineas Fogg. Es curioso que en blogs y páginas webs hay muchas familias que cuentan la experiencia de embarcarse en una vuelta al mundo. Hay un montón de información sobre proyectos similares, algunos absolutamente impúdicos ya que las familias cuentan sus aventuras y cuelgan fotos, internet ha hecho que perdamos la vergüenza y pretendamos convertir en épico el más mínimo detalle cotidiano.

La cuestión es que empezamos a recopilar información y hemos empezado a perfilar nuestras etapas, alejadas de la peripecia de Fogg. Hemos descubierto que hay compañías aéreas que ofrecen billetes para dar la vuelta al mundo a precios razonables, sólo exigen elegir entre 3 o 6 continentes (dividen América en dos), con la obligación de hacer tres escalas por continentes. Tres continentes (mínimo de 9 escalas en total) cuesta sobre los 2.000 € por persona, si amplías continentes el precio se incrementa hasta poco más de 3.000 €. La ventaja de esta fórmula de volar es que no hay que ajustar los países a visitar al precio concreto de cada trayecto.

No es un precio barato, pero sí que parece asequible poder dar la vuelta al mundo sin limitaciones por 2.000 euros. Hay información especializada de viajeros que demuestran que con vuelos baratos puede atravesarse el globo por mil euros (una curiosidad: volar desde Atenas a Singapur es diez veces más barato que volar de Barcelona a Singapur).

La mayoría de los viajeros proyectan su viaje como un año sabático, casi como un viaje de iniciación. Nosotros con los niños en edad escolar y con nuestras condiciones laborales calculamos que sólo podremos disponer entre 60 y 90 días, por lo que tenemos que afinar las escalas.

En la elección de continentes de momento parece claro que viajaremos a Asia, a Oceanía y a América central y del sur. Los profesionales recomiendan no hacer cambios radicales de hemisferio para evitar alteraciones bruscas de la climatología que obliguen a llevar maletas infinitas. Parece razonable buscar una ruta por países que estén en estaciones secas y cálidas, se minimiza equipaje (adiós los polos norte y sur, Alaska y Groenlandia). Hemos pensado que Europa es un territorio que nos resulta más cercano, que no merece la pena concentrar etapas aquí.

Hemos descartado también África, tiene zonas duras y con seguridad inestable. África es apasionante pero no nos vemos gestionando crisis viajando con niños de doce o quince años (nuestro aliento aventurero tiene un límite).

De momento, como digo, nos estamos dedicando a hacer números, a visualizar un presupuesto realista. Vamos acumulando información con más ilusión que método, aunque tengo el pálpito de que al final haremos el viaje, de hecho, animarme a escribir sobre este viaje es una manera de visualizarlo, de empezar a organizarlo. Así las cosas, la bitácora del diletante se desdobla, me comprometo a ir informando con más o menos puntualidad de nuestros avances, de la información que vayamos recopilando.

En mi caso el viaje tendrá una vertiente gastronómica determinará nuevas experiencias culinarias. No se trata de un viaje gourmet, viajaremos con niños y con recursos económicos limitados, pero seguro que hay ocasión de experimentar nuevos sabores y sensaciones.

Mientras va cuajando el gran plan, lo cierto es que los planes para lo que queda de año van a ser un buen campo de pruebas, este verano volvemos a las islas griegas, a final de año tenemos programado ir a Tailandia con los niños, entre medias me toca viajar a Alemania, a Luxemburgo, a Polonia y puede que a Inglaterra (con permiso de la Sra. May).

Todo proyecto que se precie exige un slogan una referencia o imagen, le he dado vueltas a muchas ideas y, al final, me he decantado por la manzana: Las alegorías medieval para representar el mundo es una manzana en la palma de la mano (http://revistas.ucm.es/index.php/ANHA/article/viewFile/42853/40709), también presentaban la tierra como una manzana flotando en el aire. Así las cosas, dar la vuelta al mundo no dejaría de ser un viaje alrededor de una manzana (circum malus, o circum pomus). Por eso me ha parecido sugerente ilustrar las entradas que haga sobre el proyecto vuelta al mundo (circum pomus) con manzanas.

He estado investigando sobre la presencia de la manzana en la historia del arte, además de la inevitable manzana de Adán y Eva (el fruto prohibido), hay cientos de cuadros con reproducciones en las que la manzana juega un papel principal (Madonnas con niño y manzana, ninfas en el jardín de la Hespérides, Reyes que hacen reposar manzanas sobre la palma de su mano … están las inevitables manzanas de Cézanne, incluso Roy Lichtenstein tiene varios cuadros con manzanas). Para abrir boca he elegido las inquietantes manzanas de Magritte.
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En cuanto a las recetas de esta vuelta al mundo de momento virtual, enseguida pensé en un plato que había probado hace muchos años en el Motel Ampordá, una falsa paella de cigalas hecha en realidad con una base de lenteja (colgué dos semanas atrás una foto en Instagram). Leyendo la historia de este platillo en un libro homenaje al Motel descubrí que el dueño del Motel había ideado esta receta tras un viaje a Filipinas, que era un homenaje al mestizaje gastronómico.

Hace un par de semanas hice la receta. Compré medio kilo de lenteja negra de león (pequeña y brillante), la compré en Casa Ruiz, una tienda de ultramarinos al peso montada como si fuera un viejo almacén colonial (con precios muy razonables). Entre varios tipos de lentejas elegí una lenteja negra, pequeña y brillante, de León. El encargado de la tienda me aseguró que no era necesario dejarlas en remojo, que con 35 minutos de hervor era suficiente.

Tenía preparado en casa un caldo de pescado de un guiso anterior, un caldo simple de espinas y cabeza de rape, verduras y poco más.

Busqué una paellera grande, no éramos muchos para comer pero quería que el plato quedara lo más parecido a un arroz negro tradicional, la engrasé con un poco de aceite y sofreí 350 gramos de gamba roja no muy grande, les di el toque justo para que tomaran un poco de color, sin terminar de hacerlas. Las retiré un en el mismo aceite puse dos dientes de ajo pelados enteros, piqué una cebolla y dos zanahorias con la picadora (han de quedar briznas muy finas de verdura), una hoja de laurel y sal, añadí un poco más de aceite, bajé el fuego y empecé a sofreír.

El sofrito de este guiso exige paciencia, no arriesgarse con el fuego, remover bien y ver como suda.  Aproveché el tránsito para pelar las gambas y colocar las cabezas y las cáscaras en el Thermomix, eché un poco del saldo de pescado y trituré los restos de gambas durante 4 minutos, cambiando de velocidad para que se pulverizara bien. Colé el caldo, que había tomado un color rojo intenso.

Cuando la cebolla casi ha desaparecido incorporé una sepia cortada en tiras estrechas, removí bien antes de añadir los intestinos de la sepia (en la pescadería a esa bolsa de la sepia le llaman la salsa), seguí removiendo. Sin solución de continuidad puse las lentejas, las removí con el sofrito para que fueran tomando sabor y luego las extendí como si fueran granos de arroz negro.

La cocción de la lenteja era lenta, añadí el caldo hasta cubrir las legumbres y subí el fuego para que no tardara mucho en hervir, reservé un poco de caldo para poderlo añadir al final si se me quedaban duras o secas. Cuando rompió el hervor bajé el fuego, rectifiqué de sal y dejé que se cocieran las lentejas. Fui probándolas para que no quedaran muy blandas. Cuando cogieron el punto de cocción (la gracia es que queden enteras) puse las gambas cortadas y dejé que reposara un par de minutos.

Había preparado un alioli suave aromatizado con unos hijos de azafrán.

Llevé la paella a la mesa, un cruce mestizo entre Girona y Filipinas (si se ralla un poco de jengibre por encima se orientaliza aún más). Primera etapa del Circum Pomus.

domingo, 16 de abril de 2017

CAP. CDXIV.-Cocinando en la Isla del Tesoro.


Hace un par de semanas viajamos con los niños a Córdoba, nos había convocado la familia andaluza de mi mujer, encuentro de primos en una casa rural a 20 kilómetros de Córdoba.

A mí, como casi siempre, me tocaba la intendencia, tuve una semana loca con un viaje relámpago a Madrid y otro a Huelva, vía Sevilla. Yo, de hecho, viajé desde Huelva. En mi periplo iba mandando wassaps con las cuestiones de intendencia, al borde del caos ya que debía calcular cena para 20, comida para 45, cena para 30 y otra comida más para 20 (viernes tarde, sábado todo el día y domino hasta mediodía), además había que contar con los aperitivos, los desayunos y las bebidas.

No era la primera vez que me tocaba cocinar para un grupo grande, grande y fluctuante. En otras ocasiones contaba con todo tipo de pinches y opinadores, sobre todo opinadores.

Nunca había gestionado la intendencia para un grupo tan grande. Anduve toda la semana mandando wasaps calculando a ojo si eran necesarios 2 kilos de arroz, tres kilos de costillas de cerdo, tres kilos de cebollas, otro tanto de zanahoria, kilo y medio de pimiento. Improvisaba casi sobre la marcha, con miedo a quedar corto y que la familia quedara con hambre.

Llegué a Córdoba el viernes a media tarde, había comido opíparamente en Huelva, sin privarme del jamón, las gambas, los gurumelos, un poco de carne a la brasa y una corvina que hacía saltar las lágrimas. Dormité en el taxi que me llevó de Huelva a la estación del Ave en Sevilla, saqué el billete para Córdoba y en 42 minutos estaba en la esperando en la estación, tenían que recogerme para llevarme al destino final, una casa rural no muy lejos de Córdoba, en Vilafranca de Córdoba exactamente.

Tenía que cambiar el chip, dejar a un lado las clases sobre derecho de insolvencia y empezar a pensar en contentar los estómagos de una tropa que fluctuaría a lo largo del fin de semana.

Una parte importante del camino tuvimos que hacerla por una pista forestal, adentrándonos en un bosque cercano al Guadalquivir. No tenía mucha idea del lugar en el que nos alojaríamos y la sorpresa fue encontrarme con una mansión de estilo colonial a la orilla de un pantano (he encontrado una fotografía en internet que permite tener una idea aproximada del entorno, la fotografía está tomada en pleno invierno; nosotros, por suerte, tuvimos un tiempo increíble, sol y calor los tres días).
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Cuando llegué a la casa los niños ya se habían instalado y a mí me esperaban como agua de mayo, pasaban las siete de la tarde y había que cenar. Mis intendentes habían comprado carne para hacer una barbacoa y habían encendido la lumbre.

La Huertezuela, así se llamaba el cortijo, estaba escondida entre olivos, naranjos, limoneros, encinas, sauces y Eucaliptus. Los primos de mi mujer, dedicados al faranduleo, habían alquilado un castillo hinchable de feria para los niños, había también un equipo de música con unos altavoces tremendos que atronaban a golpe de reggetón, ni qué decir tiene que mis hijos no me hicieron ni puñetero caso, estaban jugando con sus primos, saltando en las colchonetas con la música a todo gas. Si se cansaban del castillo hinchable tenían una piragua para pasearse por el pantano, si apretaba el calor podían darse un chapuzón en una piscina cubierta y, al caer la noche, tenían la posibilidad de cantar en un karaoke profesional con un proyector y una pantalla de cine en la que podrían elegir entre todas las canciones del mundo.

La casa tenía dos cocinas, cuatro neveras y toda la cacharrería el mundo para cocinar, enseguida me dieron una cerveza fresquita (creo que durante el fin de semana bebimos más de 500 cervezas) y me indicaron que las brasas las estaban preparando en un pabellón que estaba en uno de los extremos de la finca, podría cocinar sin que nadie me molestara y, de hecho, durante el fin de semana casi nadie me molestó, sólo recibía las visitas de quienes acudían a la cámara para cargas y descargar cervezas y refrescos.

Los maestros parrilleros no estuvieron finos, dieron las ocho y media y el fuego se ahogaba repleto de troncos que no terminaban de arder y hacer brasas. Los niños se impacientaban y apretaba el hambre, por lo que tuve que tomar una decisión radical y correr hacia la cocina para preparar las butifarras en las cocinas tradicionales mientras el fuego terminaba de romper. Una docena de niños a cuatro o cinco salchichas por cabeza, más algún mayor que pescaba lo que podía acuciado por el hambre, me llevaron a cocinar casi setenta salchichas a golpe de sartén de tamaño medio. Mientras corrían las cervezas y sonaba el reggetón lento, o la bicicleta, o cualquiera de las canciones de moda que iban pidiendo los niños.

Regresé a las brasas para preparar pinchos morunos para los mayores, lonchas de panceta, filetes de secreto ibérico y, por descontado, morcillas y chorizos. El fuego era indomable y se chamuscaron más allá de lo razonable muchas de las piezas. A eso de las once empezamos a cenar, yo dejé en las brasas un poco de verdura que querría haber escalivado (pimiento rojo, calabacín, berenjena), una parte de las verduras se carbonizó, la otra quedó cruda. Imperaba el buen humor, corría el vino y nadie le puso peros a la cena.

A la mañana siguiente me levanté con la primera de las tandas, la que organiza los cafés y los desayunos. Mientras subían las cafeteras y saltaban las tostadas iba pensando en la logística del medio día, calculé que llegaríamos a ser 45 comensales, incluidos niños, una horquilla entre los 9 meses y los 75 años, todo un reto. Mientras se hinchaba el castillo (se hinchó y deshinchó un centenar de veces durante el fin de semana, a demanda de la tropa infantil), los niños jugaban al escondite por el terreno, los padres más osados se atrevían al paseo en canoa, entre patos, los de más edad iban llegando y se decantaban por cafés o por cervezas, en función de las apetencias.

A las once estaba yo trajinando en los fogones, esta vez mi cuñado ofició de maestro parrillero, impecable, y yo evaluaba si utilizar las brasas o un fogón de gas colocado sobre un trípode. Mi idea inicial era preparar unos fideos con verdura y carne para todos (grandes y pequeños), pero tras diversos debates decidí hacer arroz en las brasas y el guiso de fideos en el gas.

Con el fin de no perder el equilibrio a las once y media abrí la primera de las cervezas que me correspondían como responsable de cocina. Mientras se ajustaban los biorritmos de las distintas familias yo me puse a picar cebollas, zanahorias, pimientos y ajos, bases para cualquiera de los sofritos.

Los niños le pedían al DJ que les pusiera a Enrique Iglesias, o sino más reggetón, mis hijos se las sabían todas. Hubo momentos a lo largo de aquella mañana que pensé que en cualquier momento sortearían una chochona o u perrito piloto, aquello parecía una feria de verano en pleno bullicio, la música no se apagó hasta la madrugada.

En la zona de cocinas pude instalar la tableta y poner algo de música. Para compensar elegí una lista de música clásica, la de la serie Mozart in the Jungle, de modo que en las cocinas tocó escuchar a Albinoni, a Schubert, algo de ópera, Chopín, Beethoven, Mahler y rusos de principios del siglo XX. Iba haciendo fotos con mi móvil a las distintas fases de mi guiso industrial, cada vez que disparaba una foto el navegador de Google me preguntaba si quería colgar las imágenes en la Isla del Tesoro.

Quedaron picados por lo menos tres kilos de cebollas, en juliana, más dos kilos de zanahorias (previamente peladas), cortaditas en dados. Los pimientos los corté en aros, poco más de un kilo.

Puse un caldero de hierro colado sobre el infernillo de gas, no fui capaz de controlar el fuego de las dos coronas, que llameaban alegres mientras mi cuñado iba trabajando las brasas. Primero rehogué los trozos de costilla de cerdo, cortados en taquitos no muy gruesos. Aproveché que había sobrado de la noche anterior algún pincho adobado de ternera y unas lonchas de panceta que corté en tiras.

El adobo de los pinchos y la grasilla del resto de la carne fue dejando un fondo de cacerola muy sabroso. Mientras la ópera sonaba a todo meter, para amortiguar las canciones caribeñas que coreaban los niños saltando como locos, retiré la carne y la coloqué en una gran cazuela, retirada del fuego.

Añadí las verduras para que se sofrieran, en el tiempo que fui a abrirme otra cerveza el fuego arrebató parte de las cebollas, retiré como pude la gran cazuela del fuego y con ayuda de unas cucharas retiré los trozos de cebolla requemados, me di cuenta de que no había añadido el ajo, le aticé un golpe de puño a una cabeza de ajo, los dientes se desperdigaron sobre la mesa, fuera Enrique Iglesias pedía que le subieran la radio porque aquella era su canción.

Añadí un poco más de aceite y devolví la cacerola al fuego, sin perderla de vista ni un instante, removiendo como si estuviera viviendo mis últimos minutos de vida. El sol daba sobre la caseta, el fuego vivo del gas y el de la llama convirtieron aquel cubículo en la antesala del infierno. De vez en cuanto asomaba un pariente para pedir cerveza e intentar ayudarme, yo, cortésmente, afirmaba que estaba todo controlado.

Quedaban unas berenjenas a medio asar de la noche anterior, y un par de calabacines, los piqué en trozos gruesos y fueron directos al perol.

 La verdura empezó a sudar, yo con ella, añadí sal, pimienta y unas hebras de azafrán. No había muchas especias de las que tirar, había pensado recorrer España con mi cajoncillo de especias pero luego pensé que bien en el avión, bien en los trenes que tuve que coger durante esos días podrían detenerme y juzgarme por tráfico de drogas, es complicado convencer a la policía de que los botecillos que transporto son de comino, laurel en polvo, pimienta de Jamaica, nuez moscada u orégano.

La verdura estaba del todo rehogada, aproveché que había pasado ya la hora del ángelus y que las distintas familiar se habían desperdigado a pasear por el campo en direcciones diversas. Recorrí el perímetro vallado del cortijo y encontré laurel fresco, tomillo y unas hojas de limonero. Volví a las calderas y piqué bien picadas las hierbas recogidas para intentar que le dieran un toque especial al guiso.

Devolví la gran cacerola al fuego, añadí toda la carne de golpe y empecé a remover con un cucharón de madera ilusionado porque aquello iba amalgamando, y porque yo había perdido la cuenta de las cervezas que había abierto motu proprio o había aceptado ofrecidas por primos, sobrinos y allegados que asomaban la cabeza por mi cubículo.

Un chorro generoso de vino blanco terminó de empapar el guiso, dejé que se evaporara (fueron segundos porque seguía sin dominar el infernillo, ya un infierno en condiciones).

De repente me acordé de mi compromiso universal con el arroz para la liga de los sin fideos. Las brasas estaban extendidas, colocadas en un plano perfecto. La gente empezaba a llegar y se preparaban las mesas con tortillas rellenas, cuencos de salmorejo, platillos de jamón cortado a mano con un temple excelente (porque, sí, alguien tuvo la idea de traer un jamón), había pimientos asados, patatilla frita, yo me animé a hacer a la brasa unas morcillas y unos choricillos que colocamos primorosamente sobre rebanadas de pan. Empanadas, ensaladas de varios tipos … Un festín.

Me acordé del arroz y de toda su parentela. Al filo de la una coloqué una paellera inmensa sobre las brasas, piqué como pude cuatro cebollas y unos ajetes tiernos, añadí un chorro generoso (todo era generoso ese fin de semana) de aceite y rehogué la cebolla y los ajetes, que bailaban y chisporroteaban sobre las brasas.

Encontré unas salchichas de cerdo que habían sobrado de la noche anterior (puede que una docena larga que sumaba a las setenta que hicimos la noche anterior), las corté en trocitos y las incorporé al baile de las verduras.

Pasé de las brasas al fogón de gas, ayudándome con un cazo pasé parte del sofrito, de la salsa y de la carne preparada para los fideos. Pasó a la paellera.

Abrí un paquete de un kilo de arroz sobre la paellera, removí como pude la mezcla abrasándome las manos. Calculé a ojillo dos litros de agua que incorporé a la paella. El tamaño de la paellera era perfecto, el arroz quedó distribuido en una fina capa. El agua empezó a hervir enseguida (hice una foto que colgué en Instragram de la paella campera humeante).

Añadí dos kilos de fideos a la cacerola que hervía en el fogón, añadí agua para que no quedaran muy secos. Desde el infierno me asomé, sudoroso y con la camiseta llena de churretones de grasa, como un cocinero de batallón, y anuncié que en veinte minutos estarían preparados los platos de fuerza: arroz a las brasas para unos, fideos al cacerolo para otros. Pedí una nueva cerveza y, en un acto de chulería, saludé desde los medios.

El hambre y el cariño de todos los presentes hizo que mis guisos triunfaran por completo, el hambre, el cariño y los litros de cerveza y vino que llevaban consumidor. Hubo un amago de motín porque los mayores del lugar decían que me había precipitado, que en los peroles cordobeses el arroz o los guisos se sacan a media tarde, que a las dos hay que tomar el aperitivo.

A las dos y cuarto estaban los guisos sobre la masa, la gente pidió que le pusieran una cucharada de arroz y otra de fideos, así que casi todos combinaron guisos y repitieron hasta hartarse (aún quedó un platillo que tomamos al día siguiente, pero esa es otra historia).

Comimos, bebimos, cantamos, bailamos, reímos cuando había que reír, lloramos cuando tocó llorar. Vimos anochecer entre reggetones lentos. Al bajar un poco el calor el DJ (uno de los primos más pintureros de mi mujer) preparó un órgano Hamond, unas guitarras y una batería. Los más animosos empezaron a cantar igual daba un fandango que una de los Rolling. Los niños volvieron a pedir que se hinchara el castillo.

A eso de las nueve de la noche empezaron las primeras retiradas, besos, abrazos y parabienes. Enchufaron de nuevo el karaoke y hasta a mí me hicieron cantar.

La vida son cuatro días, es así, y conviene pasarlo lo mejor posible. Las nuevas realidades hicieron que, en tiempo real, se cruzaran fotos y videos de los distintos momentos de aquel festín.

Ni qué decir tiene que la mayoría de los presentes no perdonaron la cena, a base de sobras, eso sí (aunque sobró algún pinchillo moruno y verduras que preparamos a la plancha).

A la mañana siguiente, ya unos pocos, pero suficientes como para preparar 15 zumos de naranja con tres naranjas cada uno, y tres panes de pueblo en rebanadas para tostadas. Se acercaba el medio día, se agotaban las últimas cervezas, las últimas copas de vino. Los niños y algunos mayores tenían previsto comer, así que hubo que reorganizar las sobras y preparar una veintena de huevos fritos que tomamos en el último suspiro de la mañana porque al filo de las cuatro teníamos que coger el ave de regreso a Barcelona.

Ya en el tren, una modorra agradable, los recuerdos instantáneos de las últimas y la sensación de haber sido felices, tremenda y bulliciosamente felices.

Como colofón a esas horas alegres un cuadro de Hogarth, un banquete casi tan festivo como el que vivimos en la Isla del Tesoro. Gracias a todos los que lo hicieron posible.
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