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jueves, 15 de mayo de 2014

CAP.CCCXXI.- Friday on my mind.


Hace poco más de tres años, cuando nació el diletante y lo que podía rodear al diletante, flotaba la imagen del cuadro de Hopper, la de los veraneantes tomando el sol, ajenos al mundo.

Esta mañana revisaba los cuadros de Berthe Morissot, pensaba que el diletante, caso de existir, sería un personaje parecido al que aparece en el cuadro, mirando plácidamente cómo juegan sus hijos, una imagen que traslada cierta distancia y cierta placidez.

El diletante probablemente podría pelearse buscando una reserva en L’Arpege de París o planificando un viaje al restaurante de Michel Bras. Sin embargo no todos los días pueden ser aptos para diletantes, hay pequeñas disfunciones cotidianas que permiten considerar que el diletante es un perfecto inepto o, por cuando menos, inapto.

Hay pequeñas crisis domésticas que pueden colocarme al borde del colapso, crisis como la de que de vez en cuando se fundan las bombillas, sobre todo las halógenas y las de bajo consumo. En las últimas tres semanas se ha fundido una bombilla de la entrada – dos en realidad -, otra del baño; las del cuarto de los niños, las del cuarto de trabajar y las de uno de los pasillos se funden con relativa facilidad. Desde hace meses en el listado de tareas pendientes se encuentra cambiar las lámparas de algunos cuadros, buscamos unas que no den problemas.

Los perfiles de plástico de la ducha de uno de los baños se han quebrado, por ser más precisos, los topes de plástico que evitan que salpique el agua se han ido rompiendo – los niños han ayudado bastante ya que meten el dedo y hacen más grande la hendidura, hasta el punto de que los perfiles han terminado por engancharse cada vez que abrimos o cerramos la mampara de la ducha.

Pensaba que este tipo de elementos de plástico serían fáciles de encontrar, acudí a la ferretería y fue un mundo el poder convertir en palabras la pieza que necesitaba. Hube de volver al día siguiente después de haber desmoldado la pieza en cuestión.

La ferretera, muy amable – habíamos llevado a los niños a la misma guardería – me dijo que el perfil que necesitaban no lo trabajaban ellos, la banda de plástico que hacía de tope era un poco más larga de lo común. Me remitió o a unos grandes almacenes, o a servicio estación – una macroferretería de Barcelona – o, en último término a una tienda especializada sólo para profesionales.

Ni en el gran almacén ni en la macroferretería hubo suerte, tienen dependientes especializados, pero, a cambio, disponen de todo el material a la vista, por lo que pude evitar tener que describir la pieza y sus características. Ninguna de las piezas que vendían cumplía con los requerimientos de la mampara de mi ducha.

A los pocos días regresé a la ferretería – las ferreteras y las carniceras me dan cierta paz de espíritu - a contarle mis cuitas. Me derivó hacia el distribuidor industrial, un distribuidor, que como todos los mayoristas, hace un horario que tiene poco que ver con los horarios normales. Disponía de una horquilla de 40 minutos desde que abrían a las cuatro hasta tener que recoger a los niños en el colegio, toda una proeza en un mundo de referencias y albaranes en la que cualquier gestión obliga a realizar media docena de comprobaciones.

En la primera visita, frustrada, comprendí que el dependiente no tenía interés en darme grandes satisfacciones, ellos no venden perfiles por unidades sino por centenares de metros. Cuando le describí, a duras penas, mis necesidades me aseguró que sólo en catálogo tenían más de 50 referencias en función del grosor del cristal y de la necesidad de que la lengüeta fuera corta o larga, horizontal o vertical.

En la segunda visita, tras tomar las medidas en casa, me indicó que ellos no cortaban piezas y que aunque necesitara dos perfiles de 1’85 metros ellos los vendían en piezas de 2’20 metros. Me tuve que llevar dos.

Pasaron varias tardes hasta que me dispuse a quitar los viejos perfiles y a colocar los nuevos. Previamente mi ferretera – nueva visita – me aseguró que para cortar el perfil de plástico me bastaba con un cutter.

Corté el perfil con el cutter y me dispuse a colocar el perfil. Fracaso absoluto, había medido mal el grosor del cristal y no había manera de encajarlo. Como había recortado las tiras y no sabía dónde había dejado el albarán no hubo modo de recuperar el precio pagado.

Para mi tercera visita corté un trozo de perfil originario, llevándolo en el bolsillo no habría problemas ni descriptivos ni de anchura. Coche mal aparcado, varios operarios delante de mi comprando material y el riesgo de llegar tarde a recoger a los niños. Por fin llega mi turno, coloco mi trozo de plástico sobre la mesa y tras unos segundos de tensión me asegura que no tienen una pieza igual pero que creen que habrá una que me servirá. Marca el pedido – tampoco se puede cortar a la medida – me da el albarán, paso por caja y en la caja me dicen que he de ir a un almacén cercano a recoger el género.

Corriendo voy al almacén, miro de reojo el coche – sin multa de momento – y llamo al almacén, entrego el albarán y aguardo tenso a que llegue el dichoso perfil. Pasan los minutos y el almacenista, desganado ante un cliente de menudeo, me dice que no les queda el modelo, que vuelva a la oficina para que recojan la incidencia.

Pienso que en la oficina tomarán mis datos y me llamarán cuando llegue la precisa referencia – ni que fuera el perfil de una ducha de una nave espacial -; me dicen que no puede ser que hay que hacer una factura rectificativa, que me devuelven el dinero y que, si acaso, vuelva en quince días. Que ellos a un minorista no le pueden llamar, solo a los que hacen pedidos de más de 3000 euros.

Recupero mis 45 euros con 64 céntimos, recupero también el trozo de perfil viejo, y regreso al coche – por suerte sin multa -.

Sin bombillas y sin perfiles de ducha, la tercera incidencia pasa también por la ferretería. Esta vez un grifo que ha perdido la rejilla del filtro, la que hace que el agua del lavabo del cuarto de baño no salga desparramada por toda la loza. En el primer viaje a la ferretería la ferretera me hace una pregunta crucial: Mi grifo es de rosca macho o hembra. Horror. Le digo que hembra, casi a boleo.

Llego con mi filtro a casa – 6 euros – y el grifo, macho, hembra o hermafrodita, no se puede desenroscar. Lo intento con una llave inglesa. Imposible.

Nueva visita a la ferretería, la ferretera me escucha extrañada, me recomienda que durante varios días frote el grifo con viakal, para disolver la cal y permitir desenroscarlo. Masajeo durante una semana el grifo con el líquido viscoso, no hay manera de desenroscarlo, intento formarlo con una llave inglesa y solo consigo que se descascarille el esmalte.

Nueva visita a la ferretera me vende un pico de loro, un artilugio especial para desenroscar roscas imposibles. Contento con mi pico de loro reinicio las maniobras, no hay modo de desenroscar el dichoso filtro. Le comento esa misma tarde a la ferretera que a lo mejor mi grifo no tiene el filtro desmontable, me mira extraña y me enseña un filtro extraíble con una estructura de goma que convierte el grifo en la trompa de un elefante. Una solución horrorosa para la estética del baño. La ferretera me plantea que le haga unas fotos con el móvil al grifo para que pueda analizarlo con detenimiento.

En definitiva las bombillas del cuarto de los niños siguen fundidas en parte, la ducha no tiene perfiles y el grifo del baño dispara un chorro imposible de domeñar.

Con estos antecedentes cae en mi mano un libro de Gordon Ramsay, un cocinero mal encarado, famoso en el Reino Unido por sus programas de televisión, tiene la mirada dura de un capataz de obra. El libro se titula “cocina conmigo” aunque parece que sea “cocina contra mi”.

Busco una receta que me saque del marasmo, que me dé la fuerza para poder abordar mis pequeñas tragedias domésticas antes de que finalice el mes de mayo – llevo luchando con estos pequeños percances desde navidad -.

Encuentro una receta de cordero guisado. En la receta proponen comprar 4 jarretes de cordero, con sus huesos. Hay que marinar el cordero durante 12 horas con una mezcla hecha a base de dos chiles verdes sin semillas, dos chiles rojos, dos cucharadas pequeñas de pimentón dulce, otras dos de orégano seco, dos cucharadas de comino, un palito de canela (la receta pone que dos pero me parece excesivo), sal, pimienta, tres dientes de ajo pelados y majados, un chorro de aceite de oliva. Se frotan bien los jarretes con la mezcla y se dejan reposar en un bol con papel film. Que repose en la nevera una noche. A la mañana siguiente se saca pronto para que pierda el frito.

Se busca una cazuela grande, de las de fondo grueso. Se calienta el horno a 160º y se añaden dos cucharadas de aceite de oliva. Se limpian bien las piezas de cordero y se doran durante 6 minutos en el aceite caliente.

Cuando se hayan dorado se retiran las piezas de cordero y en la grasa que queda se sofríen dos zanahorias peladas y cortadas en rodajas, una cebolla pelada y cortada en juliana y una hoja de laurel. Se deja sofreír hasta que la cebolla quede transparente.

Se vuelven a poner los jarretes de cordero en la cazuela y se añade una botella de vino tinto – no hace indicación específica, yo creo que le puede venir bien una botella de malbec argentino -; se remueve con una chuchara de madera, rascando bien el fondo y se deja cocer durante unos minutos, hasta que el vino haya reducido a la mitad.

Se añade medio litro de caldo de pollo o de carne y se deja guisar a temperatura suave durante al menos tres horas, cuidando de vez en cuando que la carne no se pegue. Hay que ir dando la vuelta a los jarretes para que no quede secos.

Antes de servir se rectifica de sal y de pimienta y se adorna con unas hojas de menta fresca.

Mientras se cocina el jarrete recupero una vieja canción de los Easybeats, unos australianos que a mediados de los años sesenta del siglo pasado lanzaron una canción que se titulaba Friday on my Mind, como soy un flojeras he elegido una versión de Bruce Springsteen (https://www.youtube.com/watch?v=iMMpSiG57Zo). Lo dicho, mañana es viernes y cualquier problema se verá mucho mejor.

2 comentarios:

  1. Me has agotado con tanto viaje a la ferretería y demás andanzas, admiro tu paciencia, para empezar yo hubiera llamado a un fontanero y que se apañara, aunque me tuvieran que cambiar el baño entero, pero mi paciencia no es la tuya desde luego, no se como te quedan ganas de guisar esos jarretes sabrosos. El cuadro preciosísimo. Jubi

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  2. Me parece magnífico este bolg, que sigo desde hace alrededor de un año, y que descubrí por casualidad. La interpretación tan ingeniosa, divertida, y positiva de las situaciones cotidianas me hace sonreir cada vez que leo una entrada. De las recetas siempre aprovecho alguna idea, aunque tengo que reconocer que, para mí, son de alto nivel, aún así me encantan, y también las pinturas que relacionas con tanto acierto. Te felicito por todo y te animo a seguir poniendo optimismo en nuestras vidas.
    MAU.

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