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martes, 18 de noviembre de 2014

CCCLII.- Escapada a Hamburgo.


Fin de semana en Hamburgo. Para un paladar latino el destino es complicado. Iba por asuntos de trabajo, me convocaba una asociación hispano-alemana de juristas a dar una charla. Me convocaban un sábado a las 9’30 de la mañana. Está claro que a los alemanes y los hispano-alemanes no les gusta perder el tiempo. Sobre todo el tiempo de trabajo.

Nuestro vuelo salía a mediodía del viernes. Después de trabajar. Quedó organizada la logística de los niños desde el día anterior.

Tiendo a ser la persona más feliz del mundo. No recabé mucha información sobre para qué me requerían en Hamburgo. Sólo que a las nueve y cuatro de la mañana del sábado debía estar en el Instituto Cervantes de Hamburgo para hablar de insolvencias. Con esas referencias reservamos avión y hotel. A la conquista de Hamburgo.

Llegamos a la ciudad pasadas las cuatro de la tarde. Mala hora para comer en Europa. Llegamos caninos y caímos en una steak house. Algunos parroquianos empezaban a cenar. Nosotros nos contentamos con un filete y ensalada además de las consiguientes cervezas.

A primera hora de la noche - de su noche – nos convocaban a una cena informal en una cervecería junto al puerto. Goulash de ciervo estofado con frutos rojos. Unas gambitas diminutas sobre una tostada de pan. Cerdo hervido con puré de patatas y zanahorias. Algo de verde aderezado con crema agria. Pretzel y cerveza. Espesa. Densa. Sabrosa.

Costó hacer la digestión esa noche aunque en el bar del hotel preparaban una mulas moscovitas. Un coctel que me llevaba a la adolescencia. Vodka. Lima. Ginger Ale y hielo mucho hielo. Servido en una taza metálica.

A las siete y media de la mañana estábamos en marcha. Desayuno a la europea. Surtido de quesos. Fiambres. Bollería variada. Panes de distintos tipos. Una barra con huevos. Salchichas. Patatas. Tomates asados. Los platos calientes los dejábamos para el domingo.

Paseo entre nieblas del hotel al Instituto Cervantes. Ni un alma en la calle. Llegamos puntuales. Saludos varios y tras el protocolo de rigor preciso las razones de mi presencia y el plan de mañana. Un profesor alemán y yo hablaríamos durante toda la mañana de las experiencias germanas e hispanas en materia de insolvencia. Horario alemán. Empezamos puntuales. Cada hora y media un pequeño descanso con un refrigerio. El primero dulce. El segundo salado.

Yo debía exponer en castellano. El profesor en alemán. El elemento diferencia de una asociación hispano-alemana es que sus miembros dominan a la perfección ambos idiomas. Yo – que no soy hispano-alemán – no pesco absolutamente nada del teutón. No había traducción simultánea. Las intervenciones del profesor alemán me resultaban inaccesibles. El profesor – muy profesoral – exponía de pie. Seguía un power point que desgranaba cada una de las fases y trámites de la insolvencia alemana. Yo en primera fila. Puesto deferente. A pocos centímetros del profesor alemán. Serio mi semblante. Como si fuera alemán de toda la vida. De vez en cuando algún alma caritativa me traducía una frase - o un concepto - desorientado en un mar de consonantes.  

A la hora de dar una clase mi preocupación fundamental es encontrar el tono. Establecer un relato que trascienda a los contenidos y que me permita conectar con quienes me escuchan. Normalmente quien escucha no está especialmente interesado en recibir un aluvión de información. Se conforma con entender la lógica de aquello que se le explica. Mi colega alemán era implacable. No había otro relato que el de cada una de sus proyecciones. Paso a paso. Como un panzer. Ni qué decir tiene que no fui consciente del alcance de mis obligaciones docentes hasta que no llegué al Instituto Cervantes. Pensaba que mi intervención se reducía a una charla de una hora. No una maratón que salvé como pude.

En el tramo final a uno de sus organizadores le brotó el alma hispana y amortizó la que debía ser mi última intervención. Pasadas las tres de la tarde salimos a la calle. Yo agotado y hambriento. De nuevo canino ya que en los intermedios me había tocado atender algunas preguntas concretas. También saludos y confidencias.

La ciudad majestuosa. Elegante. Rica. Eso sí escondida entre nieblas. Llegamos al museo de la ciudad. En obras. Había una selección de las obras principales de la pinacoteca clásica – cerrada -. También una exposición de Beckmann. Contemporáneo de Matisse y de Picasso. Una exposición de naturalezas muertas. Todo un descubrimiento. Tardé más de una hora en conseguir que mis neuronas pudieran desintoxicarse de torrente de consonantes que implica el alemán.

Apenas tuvimos una hora para descansar antes de la cena. De nuevo informal. Un carpaccio de salmón con lima. También con cilantro. De segundo una ternera guisada con salsa. En nuestra mesa alguien pensó que faltaba salsa a nuestro plato y reclamó una salsera rebosante de salsa de vino. Nada sin salsa. Nada sin patatas. Nada sin cerveza.

De regreso al hotel una nueva mula moscovita con todas sus consecuencias. Antes de las doce en la cama. Agotados.

A la mañana siguiente desayuno contundente – esta vez sí cayó una tortilla y bacón -. Después un largo paseo por el puerto. En obras. Una de las películas de mi adolescencia – el amigo americano – se desarrollaba en su parte más dramática en el puerto de Hamburgo. Puede que aquella película la viera una cincuentena de veces. No pude reconocer ningún rincón del puerto remozado de Hamburgo.

La niebla se había convertido en llovizna que flotaba suspendida en el aire.

Ni una sola tienda abierta el domingo. Intenso influjo luterano.

A última hora de la mañana marchamos hacia el aeropuerto.

A lo largo de la mañana y en el aeropuerto nos cruzamos con parte de los asistentes al encuentro. Sorprende conocer realidades ajenas. Se crean ciertos lazos de complicidad.

Llegamos a casa saturados de patatas. También de cervezas.

En este contexto hamburgués no quedaba más remedio que preparar una receta de patatas. Eso sí pasada por el tamiz mediterráneo.

Podrían anunciarse como unas patatas con verduras frescas. En realidad son unas patatas con chorizo.

Para cuatro personas se necesita medio kilo largo de patatas nuevas. Pequeñas. Un puñado de guisantes – lo siento Mónica -. Dos o tres cogollos de lechuga. Medio chorizo. 100 gramos de jamón serrano curado – cortado en daditos -. Media cebolla. Dos dientes de ajo. Perejil picado. Media cucharada de harina. Vino blanco. Aceite. Sal. Pimienta.

En una cacerola se pone un dedo de aceite de oliva. Cuando esté caliente se echa el chorizo y el jamón cortados en cuadraditos. Ojo el fuego no ha de estar muy fuerte. Cuando se haya dorado la carne se añade la cebolla picada. Se le da una vueltecilla con una cuchara para que la cebolla se impregne bien de la grasa. Después van los ajos picados y el perejil picado. Sal. Pimienta. Se deja rehogar unos minutos antes de echar las patatas peladas y enteras – no convienen que sean muy grandes -. Cuando las patatas se hayan integrado en el guiso se pone la media cucharada de harina. Una vez deshecha la harina se pone un vasito de vino blanco. Después van los cogollos de lechuga. Pueden partirse en cuartos longitudinales. Se cubre todo con agua y cuando empiece a hervir se añaden los guisantes. Hay que mover de vez en cuando para que se trabe bien la salsa. Antes de llevarlo a la mesa se espolvorea un poco de perejil pesado.

En tres semanas regreso a Alemania. Con los niños. A Munich. Está claro que me toca invierto germano.

1 comentario:

  1. Ayer vi tu entrada con esas apetitosas patatas con verduras y ese viajecito relámpago a Hamburgo, también me ha gustado mucho el cuadro, pero no tuve tiempo de nada, estoy muy visitada y hoy glorioso 20N no me va a faltar distracción y me van a faltar horas. Jubi

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