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miércoles, 28 de enero de 2015

CAP.CCCLX.- Pequeña muerte por chocolate (1)


1. MARCEL(O), PRIMERA APROXIMACIÓN.

En mi vida había oído hablar de Rafael Montes, tampoco de Montiño, ni de Rafel Muntanyes, de hecho la primera vez que escuché ese nombre no le di la importancia que luego tendría en mi vida. Recuerdo que era un martes de invierno, tan anodino como cualquier otro martes, estaba terminando de comer en el restaurante La Santina, una casa de comidas de barrio no muy lejana de mi apartamento; aunque cerraban la cocina a las tres y media los clientes habituales teníamos ciertas prerrogativas, fundamentalmente la de que nos pusieran un plato caliente prácticamente a cualquier hora del día o de la noche. Estaba terminándome unas lentejas estofadas, pasaban las cuatro de la tarde, había colocado el teléfono móvil sobre la mesa a la espera de una llamada que normalmente no solía entrar, era una época escasa de trabajo, para ser sincero durante toda mi vida el trabajo había sido escaso por lo que poca cosa podía reprochar a la crisis.

Covadonga, la cocinera de La Santina, tenía la televisión de la sala con el volumen casi al máximo, así podía escuchar los programas desde la cocina mientras fregaba las últimas perolas y organizaba las bandejas que saldrían a la barra a última hora de la tarde: huevos rellenos, ensaladilla rusa, carne con tomate, calamares rellenos, tortillas de patata de gran grosor, unas tajadas de pescado rebozado y alitas de pollo al ajillo, un variado lo suficientemente amplio como para justificar que también tuviera que pasar por allí para cenar.

Por la televisión daban un programa de variedades, tres presentadores comentaban en tono más o menos ligero las principales noticias del día, hacían hincapié en los aspectos más jocosos de las noticias; este tipo de programas solían cansarme enseguida, los locutores estaban demasiado afectados y no siempre los diálogos eran graciosos, sin embargo tenerlos como ruido de fondo me aislaba de otros sonidos de la sala. Los comentaristas hacían referencia a un crítico de cocina que había aparecido muerto días atrás, le habían asesinado en su casa mientras merendaba un tazón de chocolate con melindros, «muerte por chocolate», apuntaba morbosamente uno de los periodistas, se le escapó una risotada, sorprendido de su pretendida ocurrencia; por lo visto le había disparado casi a bocajarro en el estómago y había caído de bruces sobre el tazón de chocolate. El diálogo derivó enseguida hacia un postre llamado “muerte por chocolate”, «esta sí que ha sido realmente una muerte por chocolate», apostillaba ese mismo tertuliano frente a los reproches de sus compañeras de mesa, que le afeaban las bromas cuando el cadáver todavía «estaba caliente». Superpusieron algunas imágenes del crítico en diversos momentos de su vida profesional, era un hombre de unos setenta años, puede que menos aunque los llevaba muy mal, tenía el cráneo y la cara curiosamente alargados, la barbilla se le confundía con el cuello formando un bloque de aspecto pétreo pegado a un cuerpo orondo que se ensanchaba sobre todo al llegar a las caderas, un vientre prominente sujeto sobre unas piernas escuálidas; parecía una pera trajeada. Tras atender unos segundos a la cadena de despropósitos que dijeron en torno a las circunstancias de su muerte y a su paralelismo con un postre hecho con distintos bocados de chocolate, por lo visto inventado por un fabricante de dulces inglés, un tal Erik Russell, acudieron a la Wikipedia para describir el postre, podía ser un pastel de chocolate en capas, con fudge, ganache, o mousse de chocolate entre las capas, un postre hecho en un recipiente con capas alternativas empapados con brownies, mousse de chocolate, barras Heath, y crema batida, un pastel de chocolate fundido o un pastel de chocolate sin harina; incluso sacaron imágenes de un helado llamado “death by chocolate”.

Tantos comentarios alrededor del chocolate despertaron a mi yo goloso y, a voces, le pedí a Cova algo de postre. Con la misma intensidad de mi requerimiento surgió una voz del fondo de la cocina recriminando mi horario y recordándome que a esas horas sólo se daban cafés. Pedí un café, salí del salón y me acomodé en la barra del bar para enfrascarme en la lectura de la prensa, los diarios deportivos estaban en la mesa de otros parroquianos por lo que hube de contentarme con un diario de los considerados serios, allí aparecía un obituario mucho más riguroso de la víctima del crimen, Rafael Montes, escritos especializado en temas gastronómicos, Cruz de Sant Jordi por su contribución a la gastronomía y a la cultura catalana; reseñaban sus logros y publicaciones, se entristecían por el trágico suceso que se encontraba hasta la fecha bajo secreto de sumario, pese a la solemnidad del artículo la foto que lo acompañaba le hacía un flaco favor al finado ya que exageraba sus contornos hasta convertirlos en una pera andante, una pera que recibía del mismísimo presidente de la Generalitat de Cataluña un importante galardón.

Sonó el teléfono que había colocado sobre la barra, gracias a las nuevas tecnologías de modo simultáneo a la llamada apareció en pantalla la imagen de mi madre en una foto tomada años atrás.« Marcelo, Marcelo», mi madre era de aquellas personas que pensaba que para hablar por teléfono había que gritar, su tono era además inusualmente intenso lo que evidenciaba que estaba más alterada que de costumbre. Me resultaba extremadamente incómodo que me llamara Marcelo, ciertamente había sido bautizado con ese nombre pero desde la edad escolar me había empeñado en catalanizar mi nombre hasta conseguir que en el DNI aparecía como nombre de pila Marçel, sin embargo mi madre me recordaba cuando le recriminaba que me había puesto ese nombre en recuerdo de Marcello Mastroiani y que cuando me llamaba Marçel le parecía que estuviera espantando gallinas.

Antes de poder hacer alguna objeción empezó a contarme la razón de su telefonazo, le costaba ir al grano así que empezó hablándome de su amiga Mercedes, a quien por lo visto yo debía recordar del barrio, me dio tres o cuatro detalles de la tal Mercedes que, lejos de refrescar mi memoria, me desconcertaron más de lo que me imaginaba ya que llegué a pensar que había pasado la infancia ajeno a la vida de mi madre, le hice un gesto al camarero para que le diera un golpe de coñac al café.

Por lo visto la señora Mercedes tenía una hija monísima a quien yo debía recordar aunque seguramente tenía diez años menos que yo, la chica se llamaba Jessica y rondaba ahora los 30 años; cuando mi madre empezaba con esas derivadas siempre me ponía en lo peor, la encomienda de algún divorcio ruinoso y violento en el que me tocaba defender de gratis a la parte más débil. Antes de concretarme lo que justificaba su llamada me preguntó si había visto las noticias, le contesté que sí, que siempre lo hacía, me dijo si me había fijado en la muerte de un crítico gastronómico, le volví a contestar que sí, que justo en ese momento estaba leyéndolo en la prensa. Tomó aire antes de precisar que Jessica, la chica monísima con las que habíamos coincidido durante años en el parque, la hija de la señora Mercedes era la pareja de Rafael Montes; quedé descuadrado ya que las noticias indicaban que Montes tenía más de sesenta años y aparentaba una docena más de ellos con su aspecto periforme. «Sí, sí», me confirmó que Jessi era pareja estable de aquel señor y que tenía algunas dudas jurídicas que quería consultar, me dijo que se había tomado la libertad de dar el teléfono de mi despacho a la señora Mercedes y que a lo largo de la tarde recibiría una llamada; me pidió que no descuidara el teléfono y que atendiera a la señora Mercedes o a su hija, no sabía quien de las dos me llamaría, como se merecían, que podía ser un asunto importante, que les había dicho que yo era un abogado especializado en estos temas, no concretó qué temas, y que tenía mucha experiencia, nada como una madre para hacer de comercial.

Apuré el café con el chorro generoso de coñac y busqué en los diarios desperdigados por el bar las referencias al crimen de Rafael Montes y a su biografía. En uno de los periódicos aparecía una fotografía mal iluminada del cadáver, robada con un teléfono móvil, boca abajo el cuerpo sin vida de Montes estaba tendido sobre la alfombra de un amplio salón, una mancha inmensa de sangre y chocolate, papeles y libros tirados por el suelo.

No me dio tiempo a especular mucho, al poco tiempo de colgar sonó de nuevo el teléfono, era Jessica, que se identificó como Jes de Montes, tenía una voz suave, me dijo que llamaba de parte de la señora Herminia – mi madre – y que esperaba que tuviera ya algún antecedente. La conversación fue breve, ella llevó el peso del diálogo, yo apenas puede convocarla a una cita a la mañana siguiente, quedamos en el vestíbulo del Hotel Mandarín, mis ingresos me impedían tener un despacho en condiciones, gestionaba mi trabajo por medio de un teléfono fijo, el de mi casa, desviado al móvil, normalmente convocaba a los clientes en los halles de hoteles céntricos, eran lugares cómodos, impersonales en los que no resultaba complicado encontrar un espacio tranquilo, solía poner como excusa que justificaba el lugar de la cita en que antes debía visitar a un cliente extranjero que acudía a Barcelona a realizar una inversión.

La encomienda de doña Jes era en apariencia sencilla, debía defender sus intereses como heredera de Rafael Montes, una herencia que debía discutir con las dos esposas que anteriormente había tenido Rafael, con Jes no le había dado tiempo a casarse, ella sospechaba, así lo expresó, que la muerte podría tener algo que ver con una boda que consideraba inminente, al día siguiente me daría más detalles, sólo me adelantaba que el asunto sería complicado porque las dos ex mujeres eran unas harpías que, además, tenían que defender los intereses de tres hijos, dos con la primera, uno con la segunda; Jes no había tenido tiempo de darle descendencia a Rafael pero al día siguiente me daría los detalles de la relación «seria, estable y duradera» que le unían con «Falín», como llamaba cariñosamente a su pareja. No se privó de algún puchero, incluso de un hipido con el que me transmitía su dolor. Para ella lo importante, la razón de la llamada, era que la defendieran como heredera, lo de descubrir al asesino le importaba un «bledo», creía que la policía haría su trabajo con rapidez y aunque ella tenía algunas sospechas que no podía transmitirme por teléfono su miedo principal era que aquellas «zorras mal heridas» la desplumaran valiéndose a artimañas legales. Estaba especialmente preocupada por las obras de arte que Montes tenía en su casa, me habló de una serie de cuadros de Wren que habían comprado juntos cuando habían viajado a Los Ángeles un año antes, asentí como su fuera capaz de apreciar el valor intrínseco de un Wren, fuera quien fuera aquel tipo. Quedamos a las once de la mañana del día siguiente, le dije que preguntara por mí en la recepción del hotel, Marçel Ruiz de Manyanet.

Colgó sin apenas darme posibilidad de iniciar un verdadero diálogo, escuché pacientemente sus comentarios, Cova me observaba perpleja desde la barra, me puso un chupito de coñac, a cuenta de la casa, y deseó suerte. Nada más colgar recibí la llamada de mi madre, no contesté, estaba muy aturdido, no eran las seis de la tarde y era ya de noche, la calle estaba llena de chiquillos que salían del cole, abrigados y revoltosos, las madres no paraban de gritar advirtiendo riesgos en cada recodo de la calle.

Inicié un largo paseo hacia el centro con el fin de ordenar algunas ideas, estaban a punto de encargarme la defensa de una viuda que no lo era de verdad, un pleito hereditario con tres viudas, tres hijos y los medios de comunicación pendientes. Tenía que hacer mi trabajo con un asesinato de fondo, un suceso que por lo visto no interesaba a mi cliente, que seguramente engrosaría la lista de sospechosos. Jessica tenía una voz dulce, parecía una mujer decidida que hacía esfuerzos por parecer una mujer elegante, culta, refinada, aunque por algunos giros parecía evidente que seguía siendo la chiquita de Nou Barris que por lo visto había conocido años atrás.

No tuve duda alguna sobre la aceptación del asunto, no tenía otros casos pendientes, apenas sobrevivía con las guardias del turno de oficio que pagaban tarde, mal y nunca, y algunos procesos judiciales que se prolongaban durante años, hasta el punto de que me llegaban algunas notificaciones de pleitos de los que no guardaba recuerdo.

Aún no siendo mi tarea la de indagar sobre el crimen me resultó imposible no pensar que Jessica podría ser una de las candidatas principales, Jessica y puede que las otras dos viudas, así como sus hijos, en el caso de que tuvieran edad y pericia para manejar un arma. Los periódicos afirmaban que el juez había decretado el secreto del sumario lo que me impediría acceder a información fiable sobre los hechos, esperaba que Jes me pudiera facilitar alguna documentación útil para saber por dónde empezar.

Llegué a unos grandes almacenes, fui a la sección de librería, allí había varios libros de Rafael Montes, seguramente algún encargado espabilado habría pensado que tendrían buena salida comercial en esos días, aunque sólo fuera por el morbo de descubrir si en alguna publicación podían aparecer pistas sobre su muerte. De entre todas las publicaciones la dependienta me recomendó un libro titulado El Gusto de Cataluña, su primer libro de éxito, una especie de compendio de la cocina catalana que tuvo el acierto de anticipar lo que luego sería el boom de la cocina catalana, la primera edición databa de 1985, en la solapa glosaban la vida de Rafael Montes, conocido como Montiño por sus críticas gastronómicas en un diario importante de Barcelona, una de las citas que aparecía en la tapa era del mismísimo presidente de la Generalitat que aseguraba que Montes era un «hombre de los que hace país, un visionario capaz de anticipar la que sería revolución culinaria catalana, un ejemplo de cómo la cultura colarse en los fogones». Compré una edición de bolsillo, no muy cara; aproveché también para hacerme un hueco en un punto de acceso gratuito a internet, allí pude buscar alguna información sobre Wren, Leonard Wren, un paisajista norteamericano que nació a principios del siglo XX, por lo que pude investigar no era un pintor muy cotizado, sus cuadros podían comprarse por mail por dos o tres mil euros, tenía una especial fijación por las terrazas de bares y restaurantes en primavera, acuarelas y óleos de regusto impresionista, según indicaba la reseña consultada.

Mi madre intentó ponerse en contacto en varias ocasiones, la imaginaba desesperada, seguro que había hablado ya con su amiga Mercedes y que habría en sus círculos mi encargo profesional. Caminé de nuevo hacia mi casa inquieto por lo que me depararía la entrevista del día siguiente, pasé de largo de la Santina, no tenía mucho apetito. Mi apartamento estaba helado, me convenía ahorrar en calefacción, calenté un poco de leche en el microondas antes de ponerme el pijama. No debían ser las diez de la noche cuando me metí en la cama más por frio que por cansancio, hice algo de zapping entre sábanas pero no encontré nada que me enganchara. Empecé a hojear el libro de Montes, una especie de dietario en el que recorría diversas ciudades y pueblos de Cataluña, iba hilvanando algunas anécdotas y explicaba el origen de algunos ingredientes, la historia de algunas recetas, citaba constantemente a Pla y a Vázquez Montalbán.

En la vida había sido capaz de ir más allá de freírme un huevo frio, sobrevivía a base de congelados y de los guisos de Cova. Me resultaba extraña la prosa de Montes, excesivamente elaborada, un punto pedante, sin embargo más me valía empaparme del personaje y de su entorno si quería asegurar el trabajo. De entre todas las recetas me llamó la atención un arroz con tripa de bacalao y vieira, Montes aseguraba que la cocina catalana le debía casi todo al bacalao, puede que tuviera razón. Para preparar ese plato se necesitaban dos cebolletas, 6 tomates, dos hojas de laurel, un diente de ajo, 250 gramos de tripa de bacalao desalada, 4 vieiras, 300 gramos de arroz, 50 gramos de piñones, 50 gramos de butifarra negra y aceite de oliva virgen; jamás hubiera pensado que ingredientes tan dispares podrían ser capaces de combinarse en una sartén. No tenía de idea ni dónde podría comprar tripas de bacalao ni cómo podría limpiarlas; me gustaban los callos que preparaba Covadonga, tripas de vaca, nunca las había guisado de pescado.

Montes explicaba de la necesidad de desalar bien las tripas de bacalao, un proceso en el que había que invertir varias horas ya que se tenían que sumergir en agua fría y reposar durante horas en la nevera, con cambios de agua cada 8 horas. El proceso de desalado obligaba a invertir 24 horas, luego había que escurrir bien el bacalao, cortarlo en tiras no muy finas.

En una cacerola grande se ponen a hervir agua en abundancia, cuando rompa a hervir se ponen las tripas, cuando vuelva de nuevo a bullir se retira el bacalao y se escurre al chorro de agua fría para romper la cocción.  El agua en la que se escaldaron las tripas se tiene que reservar.

En una sartén se pone un poco de aceite de oliva, se pica la cebolla en juliana – tuve que consultar qué significaba aquello de la juliana, que no era sino picar en tiras finas la cebolla -; el ajo, una pizca de sal y otra de pimienta, se rehoga la cebolla con el fuego suave y cuando queden transparentes se añaden los tomates cortados en cuartos con las dos hojas de laurel. Hay que dejar cocer durante 10 minutos antes de empezar a añadir el agua de la cocción del bacalao, por lo que explicaba el bacalao desprende una especie de grasilla gelatinosa que espesa el agua, tal vez por eso notaba yo que los dedos me quedaban pegajosos cuando apuraba los trozos de bacalao con los dedos. No debía añadirse toda el agua, sólo medio litro.

Se deja cociendo unos minutos hasta que rompa a hervir y luego se tritura bien el sofrito y se cuela para que queden las pepitas de los tomates y los restos de la piel. Se pone la salsa de nuevo en el fuego  y se añaden las tripas escurridas.

Sin dejar de remover se ponen en el guiso los piñones picados y la butifarra cortada en dados. Por lo que indicaba era importante lo de remover con una cuchara de palo y «empaparse de los olores del platillo».

Quedaba en la sartén una especie de estofado de color rojizo, espeso y humeante; llegaba el momento de añadir el arroz utilizando una tacita de café, lo de la taza era importante ya que tras el arroz tenían que poner el doble de cantidad de agua que de arroz. Tiene que cocer durante 14 minutos, tal vez un poco más; en el inicio de la cocción se pone el fuego más vivo, cuando hierva se reduce casi al mínimo. En una sartén a parte se doran las vieiras que se añaden al arroz justo cuando se lleve la cazuela a la mesa. Recomienda Montes no pasarse con la sal al principio porque el bacalao de suyo tiene un punto salado, debe rectificarse la sal y la pimienta antes de llevar el plato a la mesa.

Leí la receta a duras penas, los últimos pasos dando cabezadas. Aquella noche soñé con bacalao, con tripas, con Montes y sus periformas, imaginé cómo sería Jessica y si sería capaz de recordar la niña con la que me había cruzado en el parque. En la casa hacía un frio horrible y a media noche hube de levantarme para ponerme un chaquetón.

2 comentarios:

  1. Pronto has empezado tu novelilla, se ve que tienes un verano ajetreado con tanto viaje, espero que Marcelo tenga éxito con su caso que promete estar un poco enrevesado. Eso de la tripa de bacalao la verdad que no lo había oído nunca y eso que el bacalao me gusta, pero nunca pensé en sus tripas. Ya me informé bien sobre Wren y sus cuadros me gustaron mucho. Jubi

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  2. Cuando leí el cambio de fecha tuve sentimientos encontrados. El verano con la novela es más verano y en invierno, se me hacía raro. Una con el prota en NY podría estar bien. En cualquier caso, al tercer párrafo ya estaba enganchado (y eso que éste no sabe cocinar) veremos cómo me las apaño con el arroz y cómo se las apaña Marçel con las harpías y sus respectivos abogados. Enhorabuena.

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