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jueves, 19 de febrero de 2015

CAP.CCCLXIII.- Pequeña muerte por chocolate (4)


4. PERSPECTIVA CABALLERA.

 

El inspector Caballero me mandó un atento recordatorio a primera hora de la mañana para que Jésica no se olvidara de su compromiso de acudir voluntariamente a declarar. Quedé con ella a las once en una cafetería cercana a su apartamento, no quería volver a verme envuelto en sus dudas existenciales sobre el combinado de la ropa, además me alteraba mucho ver a una mujer deambulado en ropa interior cara.

Como era previsible llegó pasadas las once y media vestida con un elegante traje de chaqueta de Chanel en color verde pistacho, había conseguido domeñar sus pechos, supongo que la visita a la comisaría le generaba más respeto que el funeral, seguía llevando cómodamente un cojín disimulado entre los panties.

Aproveché el trayecto en taxi para ponerla al día de las deudas que se acumulaban, las del funeral y las de la cena en el Atelier del León, se encogió de hombros y me indicó que Rafael se ocupaba siempre de las «cosas del dinero», con el fin de aliviarme me dijo que podía vender el Wren en cuanto lo considerara oportuno, estaba segura de que podríamos sacar treinta o cuarenta mil euros por él. Definitivamente Jes no tenía los pies en la tierra o, por lo menos, no había tenido necesidad hasta el momento de poner los pies en tierra, seguramente por las mismas razones por las que no había tenido necesidad hasta la fecha de leer un libro.

Caballero estaba esperándonos a la entrada de la comisaria, saludó con cortesía y nos fue abriendo paso como si se tratara de una visita institucional, aprovechando para indicarnos algunas peculiaridades de las instalaciones, lo modernas, espaciosas y cómodas que eran. En vez de interrogarnos en su despacho nos llevó a una sala de la planta superior, una estancia amplia y luminosa; nos ofreció café y nos dijo que prefería no grabar la «entrevista», que tomaría algunas notas. Yo, en mi papel, antes de que empezara a preguntar le solicité que aclarara en qué calidad declararía Jésica, me aseguró que como testigo, aunque apostilló que en casos como éste no sobraba nunca la presencia de abogado.

Empezó indagando sobre el tipo de relación que mantenían Jess y Montes, ella dio detalles sobre el modo en el que se conocieron: ella trabajaba de azafata en un evento gastronómico organizado en la Feria de Barcelona, fue él quien se acercó a invitarla a que probara un poco de jamón de jabugo, ella le dijo que tenían terminantemente prohibido comer en horas de trabajo y él dijo que, para compensarla, podrían quedar para cenar. Jess aseguró que aquella noche no hubo «contacto físico» pero sí que se generó la química suficiente como para que al día siguiente volvieran a cenar juntos, en la segunda cita sí que existió ese contacto, de hecho durmieron juntos y desde entonces no se habían separado.

Jess avanzaba en su relato y, a medida que se relajaba, iba aflojando los botones de la chaqueta para que fuera aflorando el escote, la excusa del calor de la sala justificaba sus licencias. Jess aseguró que Montes llevaba ya varios años separado de Chântal y que no tenía pareja fija cuando empezaron la relación, por lo que aseguraba que no había nadie despechado por su unión. Informó al policía sobre el día exacto en el que Montes le pidió en matrimonio, casi un año antes del asesinato, y del impacto que había tenido en Rafael su incipiente embarazo, con una ligera caída de ojos se llevó la palma de las manos a la barriga y suspiró. No hizo mención alguna al testamento, daba por sentado que ella era la principal heredera, aquella era mi encomienda y Jess consideró que era mejor no poner a la policía en la pista de una hijuela redactada la misma mañana del asesinato.

Una vez quedó Caballero suficientemente ilustrado de las escapadas que Montes y Jess realizaban casi semanalmente cambió el rumbo de las preguntas para dirigirlas a que identificara las personas que disponían de llave de la casa, disponían de llave ella misma, Desideria «la criada» puntualizó, también tenía llave Rafaelito, el hijo mayor de Montes, que le ayudaba en algunos artículos y hacía las veces de asistente, sobre todo cuando Jess no podía acompañar a su «prometido» a los múltiples compromisos de agenda. Jess era una maestra de la interpretación y, a mitad de su relato, ya se refería al fallecido como su prometido, sin dejar de acariciarse el vientre como si notará ya las primeras patadas de un bebé que sólo residía en su capacidad de improvisar. No tenían llave pero eran habituales de la residencia de Montes Higini, el editor Rovirosa, Benet Llompart, que era el director del periódico en el que habitualmente escribía el fallecido; también era normal que pasaran por la casa, incluso que se quedaran a comer o a cenar un grupo más o menos informe de compañeros de farra de Montes, un grupo que lo formaban 15 o 20 personas, casi todos ellos hombres, buenos comedores y mejores bebedores. De la mayoría de ellos sólo conocía su nombre de pila y, en ocasiones, su apodo; en todo caso advirtió que tanto Desideria como la primera exmujer le podrían dar más detalles del círculo de amistades de Montes.

Caballero alternaba el catalán y el castellano pero cuando empezó a preguntar a cerca de los posibles enemigos de Montes prefirió hacerlo en castellano. Después de algunos circunloquios le pidió a Jesica su candidato a posible asesino. Jes sonrió, ladeó el cuello para darle un poco de aire a la melena y le dijo que los asesinos eran sin duda una banda de albanokosovares que actuaban descontroladamente por Barcelona, esa había sido la declaración de Caballero a la prensa el día anterior.

Caballero, que también tenía cierto dominio de la sonrisa, dejó que se prolongara el silencio durante unos segundos y le aseguró que un buen policía tenía que agotar todas las líneas de investigación, incluso las más extravagantes.

Puestos a especular Jess centró sus sospechas en las exmujeres de Montes y su entorno más cercano, especialmente doña Helena, aunque la francesa tampoco quedaba bien parada; se pasaban la vida pidiendo dinero a Montes.

Caballero tenía interés en reconstruir las últimas horas del fallecido. Me sorprendió que diera detalles sobre la hora de la muerte, certificada por el forense después de las 18 horas de la tarde del sábado, también explicó que la muerte fue lenta y extremadamente dolorosa, una agonía que se prolongó durante varias horas, puede que más de tres, el tiempo que Montes tardó en desangrarse después de haber recibido dos impactos de bala a la altura del vientre, dijo que las heridas además de afectar al hígado, perforaron la pared del estómago y parte del intestino, lo que hizo que durante ese tiempo sintiera que le abrasaban las entrañas. El asesino, o asesina, puntualizó, se ocupó de arrancar los cables del teléfono, destriparle el teléfono móvil, bajar herméticamente todas las persianas, quitarle las llaves del piso a Montes y  echar la cerradura de la puerta de la calle por fuera, dejándola sellada con una especie de silicona.

Jess dejó caer unas lágrimas, suspiró y echó el cuello hacia atrás antes de articular palabra. Tomó aire y explicó que había pasado a despedirse de Montes aquella misma mañana, no entró a explicitar las marranaditas, pero sí que compartieron desayuno en la cama. Poco antes de las doce de la mañana tomó un taxi para ir a la estación, donde la esperaban unas amigas que la llevaban a Madrid para una despedida de soltera; abrió el bolso y dejó sobre la mesa los billetes del AVE y la copia de la reserva del hotel. Caballero apartó los papeles, se los devolvió y le dijo que el encargado de un kiosko del barrio había visto a Montes al mediodía del sábado, había salido a comprar la prensa y había tomado un plato de jamón con una copa de vino, a modo de aperitivo, en la terraza de una tienda de delicadezas que había a pocas manzanas de su domicilio. Jess quedaba descartada como autora material de la muerte.

Cuando parecía que la declaración llegaba al final, Caballero incluso esperó a que Jésica se empezara a incorporar, aproximándole los pechos a pocos centímetros de la cara del inspector cuando se inclinó para recoger los papeles; en ese instante lanzó un «por cierto», preámbulo para preguntar sobre el grado de conocimiento que Jess tenía de la situación patrimonial del fallecido. Ella deslizó un lánguido «no», seguido de un «Rafa nunca dejó que me preocupara por el dinero». Caballero desgranó la relación de deudas que mantenían en vilo a Montes, deudas que empezaban por las tres hipotecas que pesaban sobre el domicilio en el que vivía; además de las hipotecas constaban varios embargos instados por Helena y por Chântal, que llevaban años litigando contra Montes por sus descuidos en el pago de pensiones y compromisos alimenticios. El piso soportaba una deuda bancaria superior a los 700.000 euros y había embargos por valor de otros 200.000 euros acordados por juzgados de familia. Los mossos d’escuadra se habían puesto en contacto con la Agencia Tributaria, por lo visto Hacienda le había levantado un acta de inspección ya que las diversas sociedades mercantiles por medio de las cuales Montes realizaba sus trabajos y gestionaba sus negocios llevaban años ocultando información, el acta de inspección imputaba a Montes y a sus sociedades deudas superiores al medio millón de euros y 200.000 euros más por recargos y sanciones. Hacienda había dado cuenta a fiscalía de un posible delito fiscal. Frente a aquellos datos Jes no tuvo otra reacción que la de llevarse ambas manos a la barriga y suspirar nuevamente. Me miró, la miré y me vi en la obligación de agradecerle a Caballero todas las atenciones así como la información facilitada, quedamos a su entera disposición.

Antes de salir le pregunté a Caballero si podríamos acceder a la vivienda sin dificultad o si era necesario recabar la autorización de los mossos o del juez, puse como excusa que Jess tenía en la casa muchos objetos personales que quería recuperar y algunos recuerdos, de escaso valor, puntualicé, que quería tener consigo. Caballero nos comentó que ya habían terminado prácticamente las investigaciones en la casa y que creía que los de los laboratorios no necesitarían nada más de la vivienda, por lo que en breve nos comunicarían el momento en el que se levantaba el precinto, precinto al que se refirió con desgana porque le constaba que por lo menos se habían producido tres quebrantamientos del precinto. Jess se despidió con un medido «válgame dios»; mientras salíamos de la sala volvió a domeñar sus pechos ajustándose el corpiño y cerrando los botones de la chaqueta.

Bajamos en silencio y cuando me disponía a parar un taxi me preguntó si tenía compromisos para almorzar, pensé que no habría ningún problema en serle infiel a Covadonga y a la Santina.

Fue Jess la que detuvo un taxi para darle una dirección no muy lejana de su apartamento, pensaba que me llevaría a una cafetería socorrida en la que podríamos terminar de despachar algunos flecos profesionales que quedaban en el aire tras la declaración, mi sorpresa fue que paramos en la salida de un aparcamiento, me dijo que la esperara en la puerta, por descontado que pagué yo el taxi. Tardó unos minutos, el tiempo necesario para cambiar de traje - unos ajustados pantalones vaqueros, una camiseta estampada y un estridente plumón – y salir al volante de un mini color rojo con el techo en negro. Abrió la puerta del copiloto y me invitó a subir. Íbamos a comer a Sitges.

Ella conducía por la ciudad con la misma ligereza con la que se conducía por la vida, circulaba como si fuera la dueña de todos los carriles, zigzagueaba sin realizar ninguna indicación y gesticulaba indignada si se intentaban colar. Yo, poco acostumbrado a conducciones tan agresivas, no sabía dónde colocar las manos para parapetarme de golpes que parecían inevitables.

«Marcelino, Marcelino», se reía, «qué poco preparado estás para la vida moderna».

Una vez en la autopista, sin apenas circulación, pude destensarme y pude poner en común algunas incertidumbres. La primera, Montes estaba completamente arruinado, lo que nublaba las expectativas de fortuna de una herencia todavía en el alero; la segunda, Caballero buscaba al asesino y sus motivaciones en el círculo más cercano a Montes, había dado detalles suficientes como para que de ese entorno aparecieran varios sospechosos, empezando por Jess; tercero, lo de fingir el embarazo podía ser útil durante dos o tres semanas pero, a la larga, podría volverse contra a Jess, sobre todo si no encontrábamos la habilitación para ser fecundada, en el caso de que quisiera ser fecundada por un pródigo.

Jess seguía pensando que era prioritario encontrar el testamento, estaba segura de que Montes no podía haberla dejado en la estacada, que seguro que algo le tenía guardado en Andorra, en Suiza o algún país tropical; además estaba convencida de que las obras de arte de Montes tenían un valor incalculable, hizo referencia a un boceto dedicado por Dalí en la carta del Hotel St. Regis de Nueva York. Fue vano mi intento de recordarle las deudas que ya arrastraba mi corta actividad y le advertí que no podría cubrir los gastos extraordinarios ya que la provisión de fondos la destinaba a actividades judiciales y de investigación, me veía vendiendo mi flamante traje nuevo e Ebay.

Me planteó la posibilidad de defender los intereses de Montes, que ahora eran los suyos, tanto en los procedimientos matrimoniales como en la sanción de Hacienda; empezaba a ronronear como una gatita en celo y, sin dejar de conducir, recostaba su cabeza sobre mi hombro, aunque eso supusiera que su frágil coche diera bandazos de izquierda a derecha de la autopista. Me pidió la tarjeta de crédito para pagar los peajes y me dijo que a una mala después de vender el Wren pondría a la venta el mini, que también le había regalado Montes; me comentó que semanas atrás había intentado vender las joyas que había recibido de Montes, incluido el anillo de pedida, pero que resultó que eran circonitas y oro de bajo quiletaje, excusó al pobre Montes, al que seguro que habían engañado sus amigos.

Seguía recordándome que mi trabajo no era descubrir al asesino, que esa era tarea de Caballero, que me centrara en el testamento y en vigilar las maniobras de las viuditas y de sus abogados.

Paramos a la puerta de uno de los restaurantes del paseo marítimo, en pleno mes de febrero las terrazas estaban sin montar y sólo se veían algunos turistas despistados tomando paella sin quitarse los abrigos. Pasamos a un salón interior, dejó al encargado de la sala la llave del vehículo, abandonado sobre la acera, y saludó con la desenvoltura de una cliente habitual. Pidió almejas, gambas y una ensalada de escarola con salsa romesco, abriríamos boca mientras preparaban un arroz con bogavante. Nos trajeron una botella de vino blanco alemán, de nombre impronunciable, y Jess me aseguró que el mejor romesco del mundo lo preparaba Montes, que le había dado la receta al chef de aquel local.

Para un buen romesco se necesitaban tres dientes de ajo sacados de una cabeza de ajo previamente enterrada y asada entre cenizas humeantes; además había que utilizar medio diente de ajo más, esta vez crudo. Una cucharada de pimentó rojo dulce, una pizca de pimentón rojo picante (ambos de la zona de Murcia); la pulpa de dos ñoras que previamente se hubieran dejado a remojo en agua tibia durante una hora; 150 gramos de almendras tostadas y dos galletas maría, de las de toda la vida. Todos esos ingredientes se ponían en un mortero grande con un pellizco de sal. Hay que ir trabando los ingredientes a golpe de mortero, ligando la salsa con la incorporación lenta de un chorreón de aceite de oliva hasta que quede una crema rojiza de textura cercana a una mayonesa. En el golpe final de aceite se le añade también un chorrito de vinagre.

La salsa romesco sirvió para aliñar una ensalada hecha a base de escarola, judías blancas hervidas, cebolleta y aceitunas negras.

Con el arroz nos tomamos la segunda botella de vino, cada vez más impronunciable; Jess me contó que Montes tenía graves problemas de estómago, una hernia de hiato que no le dejaba descansar, llevaba años arrastrando dolores de estómago, agravados por su exceso de quilos; sobrevivía a base de pastillas y calmantes, que casi le habían dejado sin paladar. Me aseguró que desde que se conocían ella le servía como guía de paladar, probaba los platos y le iba describiendo los sabores e impresiones que luego él utilizaba en sus artículos. El olfato de Montes tampoco quedaba bien parado, Montes fumaba largos puros que le habían alterado su sentido del olor; Jess actuaba también como lazarillo de sus catas. Ya a los postres Jess fascinaba con ser contratada como sucesora de Montes, incluso había pensado firmar sus crónicas como Montiña.

Nos pusieron un plato con queso fresco sumergido en miel, un platillo con frutos secos tostados y una botella de moscatel hecho con uva de la zona.

Durante la hora y media que duró la comida ella hablaba como en trance, sin darme apenas opción a replicar, mezclaba anécdotas íntimas de la pareja como proyectos de futuro absolutamente delirantes. De repente se dio cuenta de que llevaba tiempo sin consultar el teléfono móvil, en el restaurante había muy poca cobertura. Se levantó de repente y con el aparato en mano se dirigió hacia el exterior para intentar captar las ondas que hasta aquel momento le eran esquivas. Yo apuraba los postres y aguardaba a su regreso para pedir el café.

Pasaron los minutos, a mí no me inquietaba ya nada, me estaba acostumbrando a sus desplantes. El encargado de la sala se me acercó para indicarme que la señora de Montes había que tenido que regresar de improviso a Barcelona, por un asunto urgente, que le había pedido que le disculpara. El desplante no me daba grandes opciones ya que el camarero llevaba en la mano una bandeja metálica con la cuenta. Me dijo que tanto el café, que no había pedido, como la copa eran por cargo de la casa, así que me relajé pedí un café doble y un coñac francés, hubiera pedido uno de puros reservados para Montes pero me hubiera abrasado los pulmones.
Anochecía ya en Sitges, la cuenta que pagué debe de considerarse escandaloso, se correspondía con lo que venía siendo mi gasto mensual en comida; caminé hacia la estación, aterido de frio, puede que mi abrigo se hubiera quedado sobre el asiento trasero del mini de Jess. A partir de las siete de la tarde la frecuencia de trenes hacia la capital se reducía y, por mala fortuna, el cercanías acababa de pasar, así que me aguardaban 45 minutos de espera. Me acurruqué en una esquina y dormité cayendo en ensueños en los que Jess me disparaba en una pinacoteca llena de cuadros de Wren. Ella, de chanel impecable, los cuadros luminosos y yo agonizante, gordo como un verraco antes de la matanza.
Resultado de imagen de leonard wren

1 comentario:

  1. Mientras tomaba mi café mañanero he leído la nueva entrada, este Marçel va a ser un pobre "pringao" porque con clientes como Jess, lo va a tener crudo, me ha entretenido mucho el capítulo. El cuadro de Wren, precioso, estuve ilustrándome bien sobre este pintor ya que me era desconocido. Jubi

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