Follow by Email

miércoles, 5 de agosto de 2015

CAP.CCCLXX.- Pequeña muerte por chocolate (11).


11. IMPLACABLE LA FOURCADE.

Clara La Fourcade, mejor dicho, doña Clara La Fourcade, jueza de instrucción. Que a nadie se le olvidara ponerle el doña delante, no aceptaba ningún tipo de confianza. Doña Clara la implacable, una mujer cercana a los cuarenta años, larga melena rubia, se escudaba en unas gafas de pasta y el pelo recogido en un moño imposible que sujetaba con un palillo lacado de restaurante chino. Recibía en una sala en penumbra, siempre detrás de una mesa llena de legajos, protegida por la pantalla del ordenador, nunca miraba a los ojos. Hablaba con frases cortas, muy secas, inquisitivas, no aceptaba ninguna evasiva y era dura, extremadamente duda.

Algunos compañeros que la habían visto paseando por la ciudad aseguraban que era una mujer hermosa, pero en el juzgado era de una severidad escalofriante.

Para Jessica hubiera preferido un instructor masculino, con un hombre hubiera podido emplear todas sus armas de seducción, tejer la madeja con miradas lánguidas y respuestas ingenuas, mordiéndose el labio inferior para que destacara carnoso, como una piruleta de fresa recién lamida.

Advertí a Jéssica que sería interrogada por una mujer, que seguramente la fiscal también sería mujer, que convenía que fuera precisa, sobria y clara en las contestaciones, que si dudaba no se le ocurriera mirarme y que contestara con la mayor sinceridad. Contaba con la ventaja de que Jess no conocía mis últimos descubrimientos sobre el testamento y las pólizas, tampoco sabía nada de mis últimas incursiones en la casa de Montes, la ignorancia le permitiría ser mucho más transparente.

Fui a buscarla al hotel, le mentí sobre la hora de declaración, le dije que era a las 10 y media, de ese modo conseguí que a las 10 estuviera en la recepción del hotel, en perfecto estado de revista, le recomendé que se abrochara el último botón de la camisa y que cerrara un poco el traje de chaqueta, que rebajara un poco el maquillaje y borrara el estridente carmesí de los labios. De poco la servirían.

La Fourcade nos había convocado a las once de la mañana, eran conocidas sus maniobras asomándose al corredor de espera diez minutos antes de la declaración, miraba por encima de las gafas y hacía pasar a los declarantes. La puntualidad era una obsesión en su sala y los impuntuales eran reprendidos públicamente.

«Forcadas ?, Forcadas? Recuerdo una Clara Forcadas compañera de instituto», repetía Jéssica en el taxi mientras reducía los rastros de su maquillaje, el taxista estaba más pendiente del devenir de sus pechos que de la circulación y a punto estuvimos de colisionar con otro taxista.

«La Fourcade, por dios Jéssica, La Fourcade, no tolera una sola imprecisión y menos con su apellido afrancesado. Piensa que esa mujer debe tener seis o siete años más que tú, es imposible que hayáis coincidido en alguna parte, vivís en mundos opuestos».

«Qué cosas tienes Marcellino, seguro que entre mujeres nos entendemos bien. Nosotras sabemos lo complicada que es la vida para las triunfadoras».

Íbamos mal, por el camino de las complicidades nos despeñaríamos irremisiblemente.

«Jéssica, recuerda que vas en calidad de imputada, que te acusan de delitos muy graves, que el más mínimo error o licencia con la jueza o con la fiscal te lleva directamente a la carcel».

En la ciudad judicial coincidimos en el control de entrada con el abogado Mateu, que me saludó cordialmente, llevaría la acusación particular en el caso, intentó dar dos besos a Jéssica y ella, aleccionada en los lances de la vida, le marcó todos los tiempos de la cobra retirando primero la cara y negándole después incluso la mano. La cara abogado Mateu quedó helada con el mohín de un beso no dado y la mano fofa flotando en el vacío. Intentó sonreír pero solo pudo esbozar una mueca de rabia. «Comprenderá querido Mateu que mi cliente evite cualquier gesto de afinidad con quien se ha de ocupar de acusarla», le susurré al oído. De haber tenido algo de instinto le hubiera tenido que dar un mordisco en la oreja, como aquel boxeador rabioso que fue estrella global a finales de los ochenta.

Íbamos a tomar juntos el ascensor pero yo le propuse a mi cliente tomar un café en el atrio de los juzgados, era necesario darle las últimas indicaciones antes de entrar en la sala. Tuve que hacer algunos codos para alcanzar la barra y pedir dos solos, le recordé a Jéssica que evitara cualquier coquetería, que de nada valían sus encantos en el juzgado.

Llegamos a la planta del juzgado justo en el instante en el que La Fourcade asomaba la cabeza por el corredor, sin solución de continuidad pasamos a su despacho. Recordé que no había que estrechar la mano ni a la jueza ni a la fiscal, aunque saludé con un breve y conciso «buenos días, señorías».

La secretaria judicial leyó los derechos a Jessica, lo hizo de modo mecánico, rutinario, como si fuera la lista de la compra; Jéss aseguró haberlos comprendido y firmó sin leer lo que aparecía en la plantilla. La jueza tenía abierto el expediente sobre la mesa, distintas muescas con papeles de colores destacaba las partes principales de las diligencias. Junto al ordenador había una pequeña reproducción de un cuadro de Leonard Wren, un remanso de paz antes de la batalla.

La jueza no se anduvo con rodeos, la primera pregunta fue directa: «Señora Palomeque, concréteme desde cuando mantenía usted relaciones íntimas con el señor Montes».

La señora Palomeque puntualizó que era señorita y empezó a contar que ya en el primer encuentro mantuvieron relaciones íntimas, Montes era muy fogoso. Jess se acomodó en el butacón dispuesta a entrar en detalles pero la jueza fue contundente al advertirle que no necesitaba mayores detalles, sólo la fecha y la estabilidad de la relación.

La Fourcade hizo una batería de preguntas sobre las circunstancias que rodearon a la pareja los días anteriores a la muerte y, concretamente, el viaje a Madrid. Jess pretendía hacer uso de su teléfono móvil para poder enseñar las fotografías, tanto las que acreditaban la relación como las que justificaban su fin de semana en Madrid; yo había visto alguna de esas fotos y consideraba que eran un poco subidas de tono como para incorporarlas al sumario, por suerte la jueza rechazó con dureza cualquier intento de convertir el teléfono móvil en un elemento de prueba de la instrucción.

Jess dudó en algunos pasajes del interrogatorio e inevitablemente aleteó las pestañas más de la cuenta, puso morritos al finalizar algunas fases e intentaba buscarme de reojo, supongo que buscando mi aprobación. «Señor Ruiz de Manyanet, deje de influir con la mirada en la declaración de la imputada», la reprobación fue tan efectiva que sentí que me arrancaban las corneas de cuajo en aquel instante.

Jess dejó claro que Rafael de Montes era su prometido, que tenían previsto casarse en breve y que incluso habían planeado tener hijos juntos, hizo referencia a un testamento desaparecido y lo sincero de su amor. La Fourcade no daba un solo signo de humanidad, tomaba notas y pasaba hojas del sumario.

Cuando yo creía que el interrogatorio llegaba al tramo final, cuando la jueza se había hartado de indagar sobre las veces que la señora Palomeque había accedido al domicilio del Sr. Montes tras su fallecimiento, tras haber requerido un inventario de los objetos que había recogido en el domicilio; después de que yo hubiera formulado las correspondientes protestas por el tono de algunas preguntas dirigiendo la mirada hacia las manos de la jueza para evitar ponerme más nervioso de lo que me ponía ya de suyo la magistrada; cuando pensaba que llegábamos a la batería final surgió por sorpresa una pregunta imprevista:

«Señora Palomeque, dígame desde cuando conoce al ciudadano luxemburgués Didier Fecault». Protesté con toda mi energía. La jueza me indicó que la acusación particular había aportado pocas horas antes de la declaración un informe de detectives que vinculaba a la señora Palomeque con el súbdito luxemburgués Didier Fecault, empresario vinculado a intereses rusos en distintos países europeos, imputado en varias causas sobre blanqueo de capitales y crimen organizado.

Yo quedé lívido, Jess sonrió y pidió que no mezclaran a Didier en su historia de Montes, aseguró no conocer nada del Sr. Fecault, más allá de su extrema amabilidad y cortesía, un hombre encantador que la estaba ayudando a superar el mal trago de su «viudedad». Si Montes había sido asesinado por un sicario albano-kosovar la conexión con Didier mon amour cerraba muchos círculos.

Advertí a la jueza que impugnaría la incorporación del informe al sumario de modo sorpresiva y me reservé incluso la posibilidad de acudir al tribunal constitucional si no quedaban sin efecto las preguntas acerca del Sr. Fecault.

Llegaba el turno de preguntas del Sr. Mateu, fue mucho menos incisivo de lo que había sido la jueza, se contentó con preguntar a cerca de la relación con Montes mantenía con su familia originaria y algunas cuestiones sobre la situación financiera del Sr. Montes. No dejaba de mirarme y sonreír, devolviéndome los golpes del beso y apretón de manos frustrado. Mateu fue mostrando documentos en los que se acreditaba que la señora Palomeque tenía firma en todas las cuentas y empresas del Sr. Montes, por lo que consideraba no sólo que la señora Palomeque tenía conocimiento de la situación patrimonial del Sr. Montes, sino que era la causante directa de aquel desastre económico.

Mis protestas por las preguntas insidiosas cayeron en saco roto, la jueza La Fourcade en cada una de las protestas solicitaba que se constara en acta y justo en la única pregunta en la que no realicé observaciones la jueza, con cierta sorna me preguntó: «Señor Ruiz de Manyanet, ésta pregunta le parece correcta ?, no quisiera generar en su cliente una situación de indefensión procesal».

Llegué desarmado a mi interrogatorio, como abogado de la imputada tenía el privilegio de poder realizar las preguntas en último lugar. Jéssica lucía radiante, ajena por completo al precipicio al que la estaban llevando.

Tomé aire, tenía la boca seca y bebí un trago de un botellín que la secretaria judicial había puesto a disposición de la señora Palomeque, la embocadura de la botella tenía restos de carmín y al sentirlos en el paladar, con un discreto regusto a cera de fresas, me relajé.

Llevábamos casi tres horas de interrogatorios. Advertí que en aquella circunstancia «intentaría ser breve».  La ventaja de haber estudiado durante aquellos largos 180 minutos a la jueza La Fourcade me permitió imitar aspectos sustanciales de su técnica de interrogatorio.

«Señorita Palomeque, indíqueme a qué hora se enteró usted del fallecimiento de su prometido», fue precisa al puntualizar que habían pasado las 9’30 de la mañana. Le pregunté que quien le había comunicado el fallecimiento, me indicó que Desideria, la criada de toda la vida de Montes. Le pregunté que a qué hora solía llegar Desideria al domicilio del Sr. Palomeque, me aseguró que todos los días llegaba a las 7’30 horas de la mañana, que era una mujer muy puntual. Le pregunté si le constaba que el día del fallecimiento Desideria hubiera retrasado su llegada al domicilio, me dijo que no le constaba. Le pregunté si habitualmente accedían al domicilio del Sr. Montes otros miembros de la familia, me contestó que Rafaelito Montes, el hijo del fallecido, solía acudir todos los días y que le constaba que la primera mujer del Sr. Montes tenía conocimiento detallado del devenir de la casa ya que Desideria hablaba habitualmente con ella. Le indiqué a la jueza La Fourcade que tal vez sería necesario interrogar a Desideria y realizar alguna diligencia que permitiera conocer las llamadas que se habían hecho desde el teléfono móvil de Desideria la mañana en la que apareció el cadáver. Jéssica con formas diligentes cantó a la secretaria judicial los números del móvil de la criada. Jess me guiñó un ojo, o por lo menos eso me pareció, el abogado Mateu solicitó a la jueza un nuevo turno para preguntar, propuesta que fue denegada de modo fulminante. La jueza dejó que permaneciéramos en tenso silencio durante unos minutos, me miró por encima de los cristales de las gafas, por lo que pude comprobar el brillo fulgurante y coqueto de sus ojos. «Señor Ruiz de Manyanet, espero que antes de 24 horas haya redactado el escrito motivado solicitando nuevas diligencias. De momento no adoptaré ninguna medida cautelar respecto de la señora Palomeque, pero ruego que si abandona Barcelona comunique al juzgado su dirección a efectos de notificaciones, he estado a punto de ponerla en busca y captura porque no había manera de localizarla. En secretaria les facilitarán una copia de la declaración así como de los nuevos documentos incorporados a la causa». Se levantó de la silla sin mayores contemplaciones y nos dejó en la sala con la palabra de despedida en la boca. La jueza La Fourcade era implacable incluso en sus modales.

Yo estaba extenuado, Jéssica parecía recién salida de la ducha. Mientras bajábamos por el ascensor pensaba que Jess aceptaría comer conmigo en algún sitio elegante de la zona alta de Barcelona, pero cuando llegamos a la salida mi fascinación se diluyó, allí estaba Didier con un deslumbrante coche deportivo aparcado en la zona reservada a autoridades, departiendo sonriente con los encargados de seguridad de la ciudad judicial, desde la distancia hizo un gesto a Jéssica para que se acercará al coche, mientras se alejaba Jess me hizo el gesto con la mano de que me telefonearía, Didier cerraba la mano y alzaba el dedo pulgar en señal de agradecimiento por mis servicios.

Mi economía no resistía un nuevo taxi a fondo de perdido, me dirigí a la parada de autobús, satisfecho del trabajo realizado, si acertaba con las combinaciones llegaría a mi casa en poco más de una hora, tiempo más que suficiente para poner en orden algunas ideas y terminar de perfilar la estrategia de defensa, siempre y cuando la hermosa y alocada Jess no desapareciera definitivamente.

No habían dado las cuatro de la tarde cuando llegué a la Santina, cocina sin fin. Estaba hambriento y cualquier propuesta me parecía bien. Covadonga anunció que le quedaba un resto de fideos a la cazuela, pedí una copa de vino tinto y hojeé el diario, el pequeño Montes intentaba sobrevivir emulando las crónicas gastronómicas de su padre, pero el espacio en el período para el pequeño cada vez era más reducido y marginal.

No tardaron en llegar los fideos. Como Covadonga sabía que andaba enfrascado en cuitas culinarias me fue cantando la receta mientras barría el comedor.

Necesitaría medio kilo de fideos con cierto grosor, a la cocinera le gustaban unos que tenían una pequeña oquedad en el centro, los llamaba fideos perla. Además 500 gramos de costilla de cerdo cortada en tacos, 125 gramos de conejo también cortado y 200 gramos de pollo – muslo y contra muslo cortados en 5 pedazos -; 100 gramos de panceta, 125 gramos de butifarra cruda, dos dientes de ajo, un pimiento verde, una cebolla, un tomate maduro, un litro de caldo de carne, aceite de oliva y sal. Además Covadonga incluía una picada secreta con dos carquiñolis, sal, pimienta, laurel en polvo y perejil.

En una sartén muy grande – una paella precisó – se debía poner un chorrito de aceite de oliva, cuando empezaba a chisporrotear se añadían troceados la costilla, el conejo y el pollo, ligeramente salpimentados. Cuando la piel del pollo se empezara a dorar se incorporaba la panceta cortada en dados pequeños. Se baja un poco el fuego y se remueve bien para que las carnes dejen todas sus grasas. Se pica una cebolla en trozos pequeñitos, los dos dientes de ajo pelados y picados, se sigue removiendo. Cuando la cebolla empiece a transparentarse se pela y raya el tomate sobre la paella, se rectifica de sal y de pimienta y se incorporan los fideos. Si el sofrito ha eliminado el agua y solo queda la grasa los fideos debían dorarse en esa grasa hasta tomar un color parecido al de una madera noble. Se remueve todo bien durante unos minutos, se añade la picada secreta, que se mezclaba con el sofrito y, finalmente el litro de caldo. En 20 minutos los fideos estarían cocidos, la carne melosa y una pizca de caldo espeso que terminaba de ligar el plato. Poco antes de servir se espolvorea un poco de pimienta blanca y perejil picado. La receta acepta también algunas legumbres, siempre que no eclipsen ni la carne ni los fideos: unos garbanzos, un puñado de judías blancas, unos guisantes e incluso unas setas.

Tomé el café en la barra con un golpe de coñac, la mezcla ideal para conseguir una siesta placentera.  

2 comentarios:

  1. Nos has tenido un poco abandonados a tus seguidores, espero que antes de vacaciones termines el relato y no nos dejes a medias. Muy apetecible los fideos a la cazuela, voy a ver como hago llegar la receta a la cocinera y aunque los ingredientes varíen un poco, pero por lo menos hacerles tomar conciencia de que hay que variar de menús, parece que se van dando cuenta que hace calor y han cambiado bastante con diversidad de ensaladas. Voy a darme mi paseo mañanero pues es la hora más apetecible. Jubi

    ResponderEliminar
  2. Me ha parecido una eternidad este tiempo sin capítulos. Tengo muchas ganas de saber como va a acabar este embrollo que se complica por momentos. Está muy interesante. Me gusta mucho.
    Mari Carmen

    ResponderEliminar

Muchas gracias por los comentarios, es la única manera de poder mejorar. Esta página surge por la necesidad de compartir algunas inquietudes, de ahí la importancia de tu mensaje.