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lunes, 9 de mayo de 2016

CAPÍTULO CCCLXXXIII.- Simonetta Vespucci ante una salsa de yogur y menta


SIMONETTA VESPUCCI ANTE UNA SALSA DE YOGUR Y MENTA.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de una conocida, me proponía participar en una cadena de mensajes, debía mandar un mensaje a 20 personas de mi entorno invitándoles a remitir un poema o un fragmento de poema a una de las personas de la lista, personas a las que no conocía.

Estuve dándole algunas vueltas, no había muchos problemas en elegir el poema, pero resultaba más complicado elegir entre mi agenda de correo electrónico a 20 personas que estuvieran dispuestas a participar en la cadena. Me dio cierto vértigo, a decir verdad, conozco a muy pocas personas que reconozcan abiertamente leer poesía con habitualidad, y a las pocas que han explicitado su interés por la poesía me dan pavor porque no comparto sus gustos.

Yo llevo muchos años leyendo y comprando libros de poesía, es un ejercicio discreto, casi clandestino.

Me habría costado mucho menos si me hubieran mandado un chiste y me invitaran a participar en una cadena de chistes, o si me hubieran mandado una fotografía más o menos pornográfica. Enseguida hubiera encontrado a 20 amigos con los que compartir el chiste o la foto y animarles a que buscaran otros chistes o imágenes similares. Sin embargo, con la poesía tengo mis reparos.

De hecho, rompí la cadena, mandé la poseía a quien me indicaba el correo, pero fui incapaz de darle a la tecla de reenvío. Como justo castigo a mi pudor no he recibido ningún correo más, no sé si he quebrantado la cadena.

Tendría menos problemas si la cadena la hubiera iniciado con una receta, compartir recetas, como compartir chistes o fotos de pies descalzos en la playa, parece que genera menos tensiones emocionales en la red. Uno puede mandar una receta de pies de cerdo gratinados, o un hígado de vaca encebollado sin miedo a ofender a nadie, puede compartirla en la red sin temor a ofender a vegetarianos combativos.

La cuestión es que mi quebranto de las reglas de la cadena poética me ha generado mala conciencia, tan mala conciencia que me he puesto a escribir esta entrada. Seguramente seré incapaz de retomar mis obligaciones poéticas, pero sí que, con la excusa de la cocina, podré compartir un fragmento de un poema.

La receta no es complicada, la preparé este fin de semana, sometido a un impulso casi vegano. Me tocaba cocinar, pero con el compromiso de preparar algo ligero. Como entrante opté por unas crudités, unas tiras de zanahoria, de pepino, de pimiento rojo y nabos. Pelados y cortados en bastones regulares. Acompañé las verduras con una salsa para la que utilicé dos yogures naturales, dos dientes de ajo, sal, abundante menta fresca, sésamo tostado, semillas de comino y aceite de oliva en abundancia.

Compré dos yogures naturales no edulcorados, yogures de calidad, de esos que anuncian como ecológicos, salía en la tapa la caricatura de dos vacas contentas. Escurrí el suero de los yogures y los puse en un bol.

Pelé y piqué dos dientes de ajo, los partí primero en láminas y cada lámina en pequeñas esquirlas de ajo, casi imperceptibles. Las añadí al yogur.

Había comprado menta fresca, seleccioné las hojas mas brillantes, muchas hojas, casi todas las que venían en el paquete. Separé las hojas, deseché los tallos, pasé las hojas por agua bien fría, después las escurrí, las sequé con ayuda de un paño y las coloqué sobre la tabla de madera. Me relaja picar las hojas de menta, castañetear el cuchillo sobre la tabla y ver como las briznas van tomando un verde intenso. Recuerdo que llamé a los niños para que olieran la menta, me ayudaron a añadir la menta al yogur, luego se olisquearon las yemas de los dedos, no querían lavarse las manos.

Salé la mezcla, sin pasarme, y busqué entre las especias un paquetito de semillas de comino, otro de semillas de sésamo. Una cucharada sopera de cada.

No soy muy amigo del yogur, de hecho, no soy nada amigo del yogur, no me atreví a probar todavía la salsa. Empecé a emulsionarla con aceite de oliva, batía con firmeza mientras iba integrándose un hilillo de aceite. La salsa fue tomando consistencia, sin llegar a ser una mayonesa, se quedaban pegotes enganchados en el tenedor.

Dejé que la salsa reposara un rato en la nevera y antes de llevarla a la mesa añadí un poco más de aceite para que conservara el brillo. La salsa fue un éxito.

Ya no hay excusa, toca la poesía, como he estado unos días en Florencia, por cuestiones de trabajo, he recuperado un poema de Antonio Colinas, un poeta afincado en Ibiza, no sé si hoy es un  poeta olvidado. A principios de los años setenta del siglo pasado escribió un breve poema dedicado a Simonetta Vespucci, la musa de Sandro Boticcelli, la reprodujo en muchos de sus cuadros:

“Simonetta Vespucci,

Tienes alma frágil,

De virgen o de amante.

Ya Judith despeinada

O Venus húmeda

Tienes el alma fina del mimbre

Y la asustada inocencia

Del soto de olivos”.

Simonetta Vespucci, de soltera Simonetta Cattenao, aparece en retratos de los hermanos Ghirlandaio, de Piero di Cósimo, incluso de Miguel Ángel Buonaroti.

Seguramente el retrato más difundido es el de la Consagración de la Primavera,

pero no me quiero privar del detalle del fresco de Moisés en la  capilla Sixtina.


2 comentarios:

  1. Podíamos hacer una cadena de recetas caseras. Propias.

    Buen menú el del sábado. Sois grandes anfitriones.
    LSC

    ResponderEliminar
  2. Que salsa tan apetecible, me dan ganas de bajarle la receta a la cocinera, pero no me van a hacer caso. Jubi

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