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lunes, 24 de octubre de 2016

CD.- Alegoría de la virtud perdida.


Alegoría de la virtud perdida.

Llevo 400 entradas en este blog – alguna más porque con mi habitual despiste creo que he duplicado alguna entrada -, más de cinco años escribiendo sobre cocina. Tengo 68 seguidores, un número más que respetable, nunca pretendí competir con los opinadores de cocina en la red. He pasado épocas más prolíficas, en otras he buscado sin encontrar y han pasado semanas sin que escribiera una línea.

Estoy contento, a lo largo de estos más de 400 capítulos he conseguido llevar una especie de diario de abordo, con muchos detalles y referencias personales que seguro me hará gracia releer dentro de unos años. No pretendía hacerme rico con el blog, de hecho, he rechazado algunas ofertas para monetarizar la página.

Me queda la pequeña frustración de no haber sido capaz de convertir una parte del blog en un libro de recetas en papel, frustración mayor si tengo en cuenta que las librerías están todas llenas de libros de cocina.

No sé si a lo largo de todos estos años he traicionado la idea inicial con la que empecé a escribir, si a veces me he puesto muy trascendente o petulante. Podría ser, no es fácil sujetar el ego.

El contador me advierte que se ha entrado más de 140.000 veces en el blog, cierto es que muchas de las visitas son de amigos y familiares que entran con frecuencia para saber si hay novedades. También es verdad que por caprichos del gestor del blog cuando se entra a la web se pueden ver de un solo golpe media docena de entradas, tengo, por lo tanto la secreta creencia de que el total de 400 entradas se han leído total o parcialmente medio millón de veces. Impensable cuando empecé a escribir.

Recupero la primera entrada - http://undiletanteenlacocina.blogspot.com.es/2011/04/cap-i-presentacion-la-busqueda-del-menu.html -. Modesta y sobria presentación, todavía no había conseguido habilidades informáticas suficientes para poder enquistar imágenes en la bitácora.

En aquella primera entrada hablaba de una comida perfecta en Bilbao, una de las comidas y menús soñados.

400 páginas después me animo a revisar esa primera entrada para ponerle la imagen que probablemente merecía aquella primera ocasión, un bodegón con dobles lecturas de Antonio de Pereda, un pintor vallisoletano del siglo XVII, el cuadro tuvo el dudoso honor de que durante años se atribuyó a Velázquez o a su escuela.

El cuadro, si se revisa con paciencia, tiene doble lectura ya que se titula Escena de cocina o alegoría de la virtud perdida. He intentado, sin éxito, descubrir donde está expuesto para poderlo visitar, así que si alguien puede darme información le estaré eternamente agradecido. Puede que el cuadro esconda un remoto antecedente de la tórrida escena de El Cartero Llama Dos Veces, en la versión de Lange/Nicholson.
Resultado de imagen de Antonio de Pereda escena de cocina

Dejando al margen calenturas y volviendo a aquella primera entrada, allí hablaba de las cocochas de merluza al club ranero.

Este sábado, para homenajear a unos amigos, hice cocochas, de bacalao, en Barcelona es complicado encontrar cocochas frescas de merluza.

Pelé dos dientes de ajo hermosos, los corté en láminas y los puse a confitar en abundante aceite de oliva. El ajo no tiene que dorarse.

Cuando el aceite empezó a tomar temperatura añadí unos pimientos pequeños, dulces, de color amarillo, naranja y rojo. Los puse a rehogar unos minutos, luego los retiré y los coloqué en una bandeja del horno para que terminaran de hacerse.

Después de apartar los pimientos añadí al aceite una docena de cocochas de bacalao, subí un pelín el fuego para que no perdiera el guiso mucho calor. Tuve las cocochas en el fuego 5 minutos por un lado, tres por otro. Antes de retirarlas añadí un poco de sal y de pimienta.

Las cocochas estaban a medio hacer, aún y así las retiré escurriéndolas bien, dejando las láminas de ajo en la sartén. Allí quedó una mezcla de aceite, ajo y la gelatina que habían desprendido las cocochas.

Dejé que la mezcla perdiera temperatura en la sartén. El pil-pil traba mal si el aceite está muy caliente.

Bastan 4 ó 5 minutos para que el aceite se atempere. Luego toca ir moviendo con delicadeza la sartén, en constante zig-zag. Hay que ir trazando ochos en el aire con la sartén por el mango, meneando ligeramente el aceite para que ligue con la gelatina del pescado. Un milagro de la química.

Se va formando una crema pálida, parecida a una mayonesa ligera, una muselina pegajosa que va espesando. Fui colocando con cuidado las cocochas de nuevo en la sartén, las acomodé con cuidado y seguí moviendo con suavidad para que la salsa empapara también a las cocochas.

La labor del pil-pil (que no necesita ni maicenas, ni patatas hervidas, ni usar un colador) termina cuando no quedan restos de aceite en la sartén, cuando la salsa cubre como un velo translúcido las piezas de pescado. En ese momento espolvoreé perejil fresco picado. Los pimientos de colores que había terminado de asarse. Le di a todo un golpe final de calor y lo llevé para la mesa. Cuatrocientos capítulos después vuelvo a la cococha.


3 comentarios:

  1. Me ha encantado tu entrada y por estas fechas sería la primera vez que empecé a seguirte pues coincidió en tiempos de mi "independencia". El cuadro "también va de viaje" que diría nuestra querida Rafaela refiriéndose a tus aposentos. Las cocochas tienen que estar buenísimas, Jubi

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  2. El cuadro que buscas podría estar en el Castillo de Penrhyn, en Bangor (Gales). Suerte en la pesquisa!

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  3. Yo también desde el inicio. Ahora Iphone ya permite escribir algún comentario. No siempre se puede escribir, pero para mi es de lectura imprescindible. Me salto las recetas de carnes :-)

    Seguimos!!

    LSC

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