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martes, 14 de enero de 2020

Capítulo CDXCIII.- Entre dos mundos.

Pasamos en Turquía una parte de las navidades, toda una experiencia. Los primeros días viajamos a Estambul, allí pasamos la noche de fin de año. El hotel donde nos alojamos ofrecía una cena especial para aquella noche y no nos complicamos la vida, aún a riesgo de someternos a una cena larguísima con cotillón y danza del vientre incluidas.
Hubiéramos preferido que nos hubieran preparado una mesa solos, no hubo suerte. Compartimos la cena con otra familia española que viajaba también con dos hijos, más mayores que los nuestros. Nos saludamos con una mínima cordialidad y, sin siquiera conocer sus nombres, dejamos que el tiempo discurriera sin grandes profundidades. Nuestros compañeros de mesa pasaron toda la cena prácticamente sin hablarse, pendientes cada uno de su teléfono móvil, sólo intercambiaban algún comentario a raíz de las fotografías o mensajes que recibían o enviaban. El móvil ha terminado por ser el gran catalizador de la convivencia.
No hace falta ser Michelangelo Antonioni para escribir un tratado sobre la incomunicación actual, basta con darse una vuelta por la calle para ver que todo el mundo viaja enfrascado en sí mismo, encerrado dentro de un artilugio móvil que te va indicando por donde debes caminar, qué tienes que ver y a qué has de estar atento. Si no estás en la red no existes. Cuando finalmente consigues descubrir que la realidad coincide con la información que te facilita google, levantas la cabeza y te haces una foto que cuelgas rápidamente para que se pueda constatar que has estado allí.
Días después, ya de regreso a casa, estuve dándole vueltas a nuestro ejercicio de incomunicación. Nuestros compañeros de mesa lo fueron también de una buena parte del viaje ya que compartimos alguna excursión, incluso alguna otra comida, en Cappadocia. Nos saludábamos seguíamos saludando con una mínima cordialidad en cada encuentro y nos mantuvimos sin intercambiar nombres u otras intimidades, aunque fue inevitable hacer alguna especulación sobre su origen, actividad profesional y aficiones. Maldades de la vida moderna. No fue culpa suya, tampoco nuestra, sólo una realidad constatable, no teníamos el más mínimo interés en conocernos e intimar.
Viajábamos a Turquía con los niños. Teníamos cierta prevención y preferimos apuntarnos a un viaje organizado, aunque dimos muestras de nuestras permanente indisciplina ya que nos salimos del plan de viaje en la mayor parte de las ocasiones.
Nos incorporamos así a un grupo muy heterogéneo de turistas de casi todas las edades y condiciones en el que rápidamente se establecieron roles muy definidos. Había unos gallegos que asumieron el papel de graciosos de la ronda y se pasaron el día y la noche haciendo chistes gruesos. Alguna viajera solitaria que buscaba adosarse a los planes de quien fuera – mis hijos enseguida la llamaron la chicle -. También viajaba una señora mayor que, ayudada casi siempre de una muleta, dedicó una parte de su tiempo y de sus ahorros a comprar todo tipo de recuerdos de dudosa calidad y nulo encanto; era gracioso porque decía que su objetivo era comprar todo tipo de “mierdas” para que sus nietos y sus nueras comprobaban que se gastaba el dinero de una hipotética herencia en nimiedades; decía que esperaba ver con sorpresa como, a su muerte, sus herederos descubrían la cantidad de souvenirs absurdos en los que había dilapidado su fortuna.
Supongo que en esa troupe asumimos el papel de familia catalana distante, un poco estirada, no nos importó. Los intentos de contacto con nuestros compañeros de aventura fue correcto, frio, suficiente. Teníamos poco que aportarnos, nos conformamos con ser amables y hacer fotografías a alguna parejita amartelada que intentaba encajar en su selfi su felicidad rebosante y el paisaje.
Fue curioso comprobar cómo en nuestra expedición la gente se intercambiaba los números de los teléfonos móviles y los nombres en redes sociales para poner en común los álbumes de fotografías. Cada dos por tres se escuchaba en el autobús cómo reclamaban la rápida puesta en común de las fotografías que acababan de disparar en un mirador, o las imágenes hurtadas de los frescos de una iglesia subterránea del siglo IV.
En Estambul nos organizamos la vida por nuestra cuenta, sólo coincidíamos con el grupo en los desayunos, poco más. En Cappadocia la convivencia fue un poco más intensa ya que hicimos un par de excursiones juntos, también nos tocó los desplazamientos a aeropuertos, eso nos permitió hacer cierto estudio de campo, no muy distinto del estudio de campo que ellos pudieran hacer de nosotros. No sé cómo podríamos reaccionar si nos cruzáramos cualquier día por una calle de Madrid o Barcelona, si nos fundiríamos en un abrazo o si bajaríamos la cabeza para evitar el saludo.
De la cena de fin de año poca cosa reseñable de la comida. Fue abundante, muy abundante, se nos hizo larga, eterna. Los niños estaban cansados y nosotros también. Habíamos pasado el día visitando la Mezquita Azul, Santa Sofía, los depósitos subterráneos, una breve incursión por el Gran Bazar… Contratamos un guía que nos organizó un recorrido privado, comida incluida, con el fin de que no resultara muy pesado para los niños.
Cuando llegó la hora de la cena estábamos agotados y, pese a ser fin de año, no queríamos nada especial, de hecho, nos acostamos sin tomar el postre, tiramisú, cinco minutos después de que dieran las doce de la noche. Salimos varias veces a la terraza exterior del comedor para ver la ciudad iluminada, ver los fuegos artificiales y los globos de papel elevándose sobre el cielo de la ciudad, por lo visto, comparten la costumbre de alguna otra ciudad oriental de lanzar globos de papel seda de colores impulsados con el calor de una pequeña llama de una vela de aceite.
La anécdota de la noche fue que en nuestra mesa se colocaron inicialmente una pareja de italianos, de Calabria, muy jóvenes, muy parlanchines; ella enseguida empezó a enseñar fotografías de su pueblo y de sus playas. No dejaron de hacerse selfies durante el tiempo que compartimos. La pareja iba hecha un pincel de mercadillo, él y ella eran un batiburrillo de marcas grandes y horteras. Compartimos con ellos los aperitivos iniciales, porque después llegó la directora de sala del hotel, que había estado haciendo recuento de comensales. Por lo visto nuestros italianos pizpiretos se habían colado en la cena, se tomaron los aperitivos con una rapidez inusitada y fueron severamente expulsados del restaurante ya que, por lo visto, no tenían reserva y habían dejado a una familia sin cenar. Marcharon dignos y altivos al ser descubierto y no volvimos a verles durante todo el viaje. Puede que fueran unos profesionales del gorroneo, que no fuera la primera vez que se colaban en una cena de gala. El fin de año hubiera sido radicalmente distinto si aquellos italianos hubieran aguantado en la mesa toda la cena, habrían conseguido que nos abrazáramos y besáramos todos al dar las doce, que hubiéramos intercambiado fotografías, cánticos y servilletas al viento durante la danza del vientre. Puede que incluso hubieran terminado bailando sobre la mesa hasta el amanecer. Como fueron expulsados de nuestro improvisado paraíso, la cena fue más bien monótona y silente.
La segunda parte del viaje fuimos a Cappadocia, un cambio tremendo de colores, sabores y culturas, nada que ver con Estambul y, pese a todo, un territorio amable y tranquilo. El objetivo principal de esa etapa del viaje era poder subir a un globo aerostático para ver amanecer sobre las montañas. Milagrosamente, el cuatro de enero amaneció un día soleado y luminoso, un día especial que nos permitió flotar sobre las colinas nevadas y la estepa pelada del centro de la península de Anatolia, no muy lejos de la frontera con Siria e Irán (inevitablemente, alguna fotografía terminó en mi Instagram).
Nos alojamos en un hotel impersonal, de la cadena Ramada, un sitio cómodo y confortable, bien acondicionado, sin mucha personalidad. Era un hotel grande en el que convivíamos culturas de todo el mundo compartiendo cola en el buffet del desayuno y de la cena.
Tras la excursión de una de las mañanas se produjo un momento de paz, de esos momentos milagrosos e inesperados. El autobús nos dejaba en el hotel pasadas las cinco de la tarde, con dos o tres horas por delante para darse una ducha y descansar antes de bajar a cenar.
No sé cómo fue, pero me quedé solo en la habitación, mi mujer marchó a la de los niños para poner un poco de orden en maletas y duchas. De pronto me vi solo en el dormitorio, con la televisión encendida. Se sintonizaba la televisión española, la información que allí daban era deprimente, absolutamente cutre, ponía de manifiesto que todos los problemas de los últimos meses seguían allí, que no se habían solucionado. Seguían los insultos, las descalificaciones y la incomunicación entre bloques. Un amigo me mandaba un wasap diciéndome que el ambiente era parecido al de los años veinte del siglo pasado.
Cambié de canal, hice un recorrido por las cadenas turcas, también por las internacionales. Nada nuevo bajo el sol. Las noticias asquerosas, el entretenimiento casposo, las películas cien mil veces vistas. De pronto, quedé enganchado en la cadena Mezzo, donde retransmitían desde San Petesburgo un concierto de música clásica, la quinta Sinfonía de Tchaikosky, dirigida por Giorgiev. Tras la sinfonía pusieron una larga entrevista con el directo, donde hablaba de su longeva vida y su experiencia.
Durante media hora se detuvieron los astros. Puse el volumen del televisor moderadamente alto, dispuesto a disfrutar de una sinfonía que no conocía, de un compositor que no estaba entre mis favoritos. Revolví en mi mochila hasta dar con unos papeles que quería revisar. De pronto, en mitad de ningún sito, en un hotel impersonal a las afueras de un pueblecillo destartalado a medio camino entre occidente y oriente, me encontré leyendo felizmente, aislado de cualquier noticia oscura. Contento de mi suerte y de mis circunstancias.
Cuando terminó el concierto y la entrevista al director fui hacia la habitación de los niños, que estaban viendo alborotados unos dibujos animados en francés. Bajamos a cenar. En una de las bandejas habían preparado un plato de hígado de ternera, una receta parecida a la del hígado encebollado castellano. Por lo visto, el guiso se llama Kammuneya, una especie de estofado de hígado no muy lejano al que pudiera tomarse en cualquier pueblo de Castilla una noche cerrada y fría de invierno.
Dejé atrás todos mis prejuicios y reparos, no deja de ser una actividad de riesgo servirse un plato de menudillos y despojos en mitad de ninguna parte. Llené bien el plato, conseguía varios chuscos de un pan delicioso y prolongué mi felicidad durante algunos minutos más. Hígado encebollado y Tchaikosky en la península de Anatolia.
Para mi gusto, cocinan demasiado el hígado, es comprensible, la costumbre de dejar el hígado medio crudo puede generar riesgos y no agrada a todos los paladares. Pese a ello, he de decir que disfruté del platillo como un niño chico.
He buscado la receta del Kammuneya (no sé si es masculino o femenino), por lo visto en Egipto hay un plato parecido que se llama Calaméo.
Para empezar el plato hay que calentar en una cacerola alta 100 gramos de mantequilla (me contaban que en esa zona la península de Anatolia no hay olivos, por lo que cocinan con grasas animales. La mantequilla suaviza el plato). A fuego muy suave se deshace la mantequilla, hay que evitar que chisporrotee. Se laminan dos ajos para que vayan haciéndose en la grasa.
Se cortan en tiras no muy gruesas 500 gramos de filetes de hígado de ternera (pueden ser de cabrito, no hay problema), se salpimentan generosamente y se pasan por la cacerola. Un par de minutos, lo justo para que cambien ligeramente de color, que deje de ser rojo intenso, bermellón, para convertirse en un gris elegante.
Se retiran y reservan. Conviene que no se hagan a mucha temperatura porque el hígado lleva mucha agua y si la temperatura es elevada saltará.
En la grasa que queda se pican en juliana tres cebollas hermosas. Se sofríen amorosamente hasta que queden transparentes. A medio proceso se añaden cuatro tomates picados y una cucharada generosa de comino molido. Se añade una pizca de sal y se deja cocinar durante 30 minutos, a fuego mínimo.
La cocina turca se apoya mucho en los sofritos a base de cebolla y berenjena. No hay ningún problema si al guiso se le añaden, junto a los tomates, un par de berenjenas en dados.
La cuestión es que el sofrito quede meloso, casi como una especie de mermelada salada.
Si durante la cocción se evapora mucha agua se puede añadir medio vaso de agua, o de caldo de verduras, incluso se vino blanco, aunque eso suponga pervertir la receta original.
Cuando la verdura esté bien guisada se añada de nuevo el hígado, se tapa y se apaga el fuego para que termine todo de asentarse. A la receta no le va mal una pizca de guindilla cayena, un poco de perejil picado, incluso unas semillas de sésamo.
El plato va a la mesa, exige mucho pan.
Me quedé con ganas de visitar el Museo de Arte Contemporáneo de Estambul (era una prueba excesivamente dura para los niños); he regresado con ganas de leer a Pamuk y con ganas de regresar a Turquía con menos frio. Tiempo habrá para todo.

El cuadro es de Burhan Uygur, un díptico sobre madera, moderno y espiritual que espero ver la próxima vez que visite Estambul.

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