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sábado, 3 de noviembre de 2012

CAP. CXCVIII.- Introducción a la cocina: 11ª Receta.


Germán evitó cogerle el teléfono a Gladys durante toda la semana, no tenía muy claro como afrontar un nuevo encuentro y dejó pasar los días hasta el jueves. Incluso el propio jueves demoró su llegada a la clase hasta cerciorarse de que la explicación se había iniciado.

Luz arrancaba con la tercera de las recetas de pescado, justo cuando Germán de acomodaba en su asiento ella bromeaba con los ingredientes:

-      Después del salmón y del rape, que son pescados de los que escuecen un poco al bolsillo, hoy os voy a preparar una receta con un pescado de los baratos, el congrio; si no encontráis congrio podéis hacer la receta con cualquier pescado azul que sea de tamaño grande, veréis que en el mercado hay palometas, jureles, castañolas… Lo importante es que sea hermoso, que se pueda cortar en rodajas grandes.

Germán se sentó justo detrás de Gladys, ella se giró y esbozó una sonrisa.

-      Tenemos que hablar – susurró ella.

-      A la salida. No te preocupes, he tenido una semana complicada.

Luz, que se había dado cuenta del cruce de palabras guardó silencio hasta que Germán terminó de acomodarse.

-      Tened cuidado con el congrio, en general con todos los pescados que os he dicho, son muy sabrosos pero tienen muchas espinas. La gracia de cocinar con estos productos está más en el sabor que en la carne, que suele ser un poco enojosa de comer. El secreto de este tipo de pescados es comprarlos de temporada, primero porque están muy bien de precio, os sorprenderá ver lo que marcan en el mercado, a veces podréis encontrarlos por poco más de tres euros el kilo. Es básico que sean de temporada porque son pescados que tienen un punto graso, grasa de la buena de la del colesterol bueno, que hace que los platos queden muy gustosos.

Después de muchos días dándole vueltas a la cabeza Germán estaba decidido a dar por terminada su relación con Gladys, el fin de semana había sido muy tenso y no quería bajo ningún concepto que sus hijos conocieran a Gladys, por lo menos no hasta que no tuviera claro si quería compartir con ella algo más que algún revolcón. Las interferencias de Olga, comentándole la relación a sus hijos, no facilitaba las cosas. Gladys era demasiado explosiva, muy directa, excesivamente clara para los recovecos y dudas de Germán.

-      La receta que os traigo es originaria de Aragón, sí, una receta de interior. Ya veis hoy toca receta con pescado barato y además de tierra adentro. Es un congrio guisado con tomates y piñones.

Pese a su voluntad decidida de dejar de ver a Gladys lo cierto es que Germán estaba muy enganchado a esa explosividad, sobre todo física. No había tenido en su vida relación tan extenuante, ni siquiera con Carmen, quien al final reducía los encuentros a un mero ejercicio físico muy frío. Gladys era un volcán y Germán no había tenido en la vida la oportunidad de verse devorado por una fuente tan intensa de calor.

-      Como os decía hay que pedir en la pescadería que os corten el pescado en rodajas hermosas, no tengáis reparo en que tengan hasta dos dedos de gruesas. Mirad estas que he comprado esta mañana en el mercado, calculad una rodaja por comensal. Pasamos el pescado primero por un chorro de agua fresca, eliminamos los filamentos oscuros. Una vez el pescado esté bien limpio se seca con papel de cocina, salamos cada trozo y lo pasamos por harina.

Sin embargo esa explosividad podía llevar a Germán a territorios extremadamente complejos, sobre todo en su relación con los chicos. Gladys parecía empeñada en conocer y, sobre todo, ser conocida por los niños; esa obsesión incomodaba sobremanera a Germán qué, en cierta medida, sentía cierta vergüenza de andar tonteando con una inmigrante, con una empleada del hogar. El solo hecho de pensar en esa relación le sonrojaba.

-      Ponemos dos dedos de aceite en una sartén amplia, esperamos a que esté caliente, aunque ojo no tiene que humear. Los cocineros experimentados lo que hacen es que espolvorean un poquito de harina sobre el aceite y controlan la temperatura viendo como se tuesta la harina. Recordad que no se trata de hacer del todo el pescado, sino sólo de rebozarlo y que quede tostada la parte exterior, el pescado termina de hacerse con el guiso. Hay que rebozar el congrio dejándolo un par de minutos por cada lado; una sartén ancha os permitirá hacer el pescado en tandas de tres y así avanzar un poco más rápido.

La situación ideal sería que ella aceptara ser una especie de amante clandestina, la amante de la clase de los jueves, una amante que no interfiriera en sus rutinas y que, sin embargo, fuera capaz de llenar de pasión una o dos noches por semana, sin ningún otro compromiso que el de pasárselo bien. Sin embargo Germán no se atrevía a plantearle a Gladys una relación en esos términos, incluso le daba cierto reparo considerarse tan mala persona.

-      Para el guiso necesitaremos un mortero grande, preferiblemente de mármol o de loza, a mi me gustan más que los de madera. En el mortero ponemos 25 gramos de piñones sin tostar, un diente de ajo pelado, perejil fresco picado en abundancia, cuatro o cinco hojas de hierbabuena, si no encontráis hierbabuena podéis sustituirla por unas hojas de menta, incluso la albahaca fresca le va bien al plato; se trata de que la salsa tenga un punto fresco, incluso dulzón. Añadir al montero una pizca de sal para que se trabe bien el majado, hay que ir dándole con la mano del mortero, dejando que el perejil y la hierbabuena fresca vaya formando una pasta fina con el ajo y los piñones, podéis ponerle un chorrito de aceite de oliva para que quede más cremoso. Cuando hayáis convertido todos los ingredientes en crema engordarla con medio vaso de agua fría y pegadle un buen meneo para que se disuelvan bien en el agua.

Germán andaba envuelto en sus dudas mientras miraba atentamente a Luz, veía como trajinaba por la cocina y se desenvolvía con soltura mientras iba desgranando todos y cada uno de los pasos para la receta. Gladys, Luz, incluso la propia Olga formaban un extraño e inesparado triángulo en su vida; un triángulo formado por un pasado que no tenía manera de olvidar, un presente abrumador y un futuro imposible.

-      Como veis he dejado las rodajas de congrio en una fuente de horno, ahora cubro cada una de las rodajas con la pasta verde que hemos preparado en el mortero. Cubro bien cada trozo y sello la bandeja con film transparente para que se macere bien el pescado. Si tenéis tiempo dejar macerar el pescado durante un par de horas en la nevera, aquí como vamos un poco pillados de tiempo nos conformaremos con unos minutos de maceración.

Y si al final diera un paso al frente y decidiera formalizar su relación con Gladys. Al fin y al cabo era una mujer alegre, muy hermosa, nunca en la vida hubiera podido aspirar a salir con una hembra de aquel calibre. No parecía mala persona, quizás un tanto impulsiva. A las puertas de la cincuentena Germán Utiel tendría muy pocas opciones de reorganizar su vida amorosa con una mujer tan generosa y desinhibida. Ciertamente lo de ir a bailar salsa los sábados era un problema, no sólo porque Germán era muy patoso, sino porque desde siempre le había incomodado la música latina, sobre todo si tenía que bailarlo.

-      Pelamos y picamos muy finita una cebolla, no hace falta que sea muy grande; aprovechamos parte del aceite en el que hemos rebozado el pescado, un poco menos de la mitad. Lo pasamos a una cazuela lo suficientemente grande como para que quepan sin estrecheces las rodajas de congrio. El fuego suave, para que no se tueste mucho la cebolla, mientras se va rehogando la cebolla cogemos cuatro tomates de pera que estén maduritos, los pelamos con un cuchillo de punta y eliminamos las pepitas, para los perezosos os recomiendo que compréis los botes de conserva de tomates crudos, no son muy caros y allí encontraréis tres o cuatro tomates de buen tamaño pelados y despepitados, conservados en agua y en la propia agüilla que rezuma el tomate. Los tomates se pican también y se añaden al sofrito con una pizca de sal, un poco de pimienta y una pizca de azúcar para reducir la acidez del tomate.

Sin embargo la presencia de Gladys interfería en sus posibilidades de salir con Luz, el último de los correos había dejado intrigada a su profesora e ilusionado a Germán. De hecho incluso Germán cría que Luz le vigilaba de reojo mientras cocinaba, puede que también mirara de reojo a Gladys y estuviera pendiente de cualquier gesto o carantoña que intercambiara con Germán.

-      Recordad, el secreto de este guiso es que la cebolla y el tomate se pochen a fuego muy lento, casi como una confitura. Hay que remover constantemente con una cuchara de madera, dejando que se elimine el máximo de agua posible y la salsa tome consistencia. Calculad que el tomate tardará en hacerse 20 minutos o media hora, cuanta más paciencia tengáis más sabrosa quedará la salsa. Cuando la salsa tenga ya la consistencia deseada, no se han de quedar restos ni de los trocitos de cebolla ni del tomate, ha de quedar una salta de color rojo intenso. Ponemos sobre la salsa las rodajas congrio con toda la pasta verde. Coged la cazuela por las asas con cuidado de no quemaros y dadle un meneo suave para que la crema con la que hemos macerado el pescado ligue con la salsa de tomate; si la salsa ha quedado un poco corta podéis añadir un poco de agua o de caldo de pescado, lo justo para que queden cubiertas las rodajas de pescado.

Al final lo más sensato a juicio de Germán era finalizar sin muchas contemplaciones aquella relación, hacerlo de modo cortés pero tajante, asegurarle que no estaba enamorado y que su vida era complicada, los chicos eran todavía pequeños, no estaban preparados para que su padre tuviera pareja estable cuando todavía no habían aceptado la pareja de su madre, o por lo menos eso pensaba Germán.

-      Cubrimos la cazuela con la tapa y dejamos que el pescado termine de hacerse, no necesitará más de cinco minutos. Dadle un meneo de vez en cuando a la cazuela para que termine de trabarse la salsa. Nos toca ahora el tramo final de la receta, sacamos de la nevera un huevo fresco por comensal y lo cascamos con cuidado sobre la salsa; con cuidado de que no se rompan las yemas, tapamos otra vez un par de minutillos para que cuaje la clara, probamos la salsa para ver si nos hemos quedado cortos con la sal, espolvoreamos un poco de perejil fresco picado y el plato puede ir directamente a la mesa colocando un huevo sobre cada una de las rodajas de congrio y salseando alrededor, pensad que el secreto de este plato está en la salsa y en la posibilidad de mojar pan a discreción. El plato hay que comerlo de inmediato, dejando que la yema se deshaga poco a poco en la salsa. Veréis que la combinación de los piñones, la hierbabuena, el tomate, el pescado y el huevo es mágica. Lo dicho, si no hay congrio podéis elegir cualquier otro pescado que permita hacer rodajas hermosas, con preferencia al pescado azul, que es muy sabroso en guiso. Ahora a recoger, que se me ha pasado la hora.

No había terminado la clase Luz cuando Gladys se giró de nuevo para recordar a Germán que tenían que hablar. Se despidieron de la profesora y salieron por separado, primero Germán, después Gladys.

Durante unos instantes Germán aguardó en la puerta a la salida de Gladys, decidido a que aquel fuera su última cita. Era una noche muy fría y desapacible, Germán mantenía un gesto serio, con las manos en los bolsillos. Gladys salía del centro charlando amigablemente con Luz, le preguntaba sobre los trucos para poder hacer una buena paella. Luz no se sorprendió al ver a Germán aguardando a Gladys, al contrato, sonrió con cierta picardía.

-      Gladys, tienes que hacerme un favor, tu novio me ha asegurado que tiene un libro que me puede encantar, pero el muy puñetero no me quiere decir qué libro es. A ver si tú, que tienes más maña, le quitas el libro y me lo traes la semana que viene.

-      Menudo es Germansito, las gasta muy largas – bromeó Gladys -, tiene pólvora para todas. A ver si se deja engatusar.

-      Bueno, en tus manos quedo. Tened en cuenta que la semana que viene es la última clase antes de navidad, empezamos con las recetas de carne. Si me animo os busco una receta que hacía mi madre de pavo relleno, seguro que os va bien de cara a las fiestas … Ahora rapidito a casa, a la cama, que hace un frio que pela.

Luz no esperó a la despedida, marchó directa hacia el coche dejando a la pareja a merced de la noche,

-      ¿Qué tal ? – dijo Germán rompiendo a duras penas el silencio.

-      Mal, muy mal.

-      Lo siento…

-      No es culpa tuya. Regreso a América en unos días.

Aunque le pareciera imposible Germán se quedó mucho más helado de lo que estaba, hizo el gesto de pasar su brazo por encima del hombro de Gladys. Arrancaron a caminar.

-      ¿Y eso?

-      Mis jefes hace un par de semanas me dijeron que me reducían el horario a la mitad. Los niños a los que cuido se van haciendo grandes, en la casa en la que trabajo cada vez entra menos dinero y ya no me necesitan… Ya vez, España ha dejado de ser El Dorado.

-      Vamos para casa, si quieres, hace mucho frio y no creo yo que sea este un tema para hablar en la calle.

-      Te lo agradezco, todavía no he dicho nada a mis compañeros de piso, les debo parte del alquiler de este mes y los gastos comunes, están de uñas.

-      No te preocupes – Germán mantenía el abrazo.

-      Ya ves Germansito, tu niña está hasta el cuello. Ya queda poco que rascar… Mis jefes se están portando bien, me han pagado el billete de regreso, incluso en eso han sido generosos porque yo no quiero volver ni loca a Venezuela, les he convencido para que me manden a Colombia, los billetes son mucho más baratos, allí parece que las cosas van mejor, tengo amigos que pueden echarme una mano.

De camino hacia la casa Gladys fue desgranándole las pequeñas miserias de esos últimos días, los agobios que había pasado y las esperanzas de que las clases de cocina pudieran abrirle alguna otra expectativa de trabajo. Todo en vano, nadie estaba dispuesta a contratar a una cuarentona sin papeles.

En su casa Germán guardaba en un tupper los restos de la salsa de curry que le había sobrado del fin de semana, sus chicos y los de Gonzalo no habían dejado restos de pollo pero quedaba salsa para un regimiento. Entraron en un opencor para comprar unas pechugas, una bolsa de ensalada con la salsa cesar ya preparada y una barra de pan; al pasar frente al pasillo de los vinos Germán se detuvo un minuto.

-      A las penas puñaladas – dijo Gladys -; un poquito del blanquito aquel que llevaste a mi casa seguro que nos hace olvidar todas nuestras miserias. Además me tienes que contar ese rollo tan raro que te traes con Luz y qué le has prometido… Los hombres sois terribles y eso que tu parecías una mosquita muerta allí escondido en la última fila de la clase.

Germán cayó en la cuenta de que no quedaban preservativos en su casa, ante el riesgo de que los pudieran haber descubierto sus hijos había decidido tirarlos antes del fin de semana. Invitó a Gladys a que eligiera alguna revista y mientras ella revolvía en el stand de las publicaciones él se apresuró a coger casi al azar un paquete de condones, el más luminoso del expositor, extra sensitive y fruit taste.

El anuncio de Gladys había trastocado por completo los planes de Germán, minutos antes estaba decidido a abandonarla, a cortar de inmediato con aquella relación que se le estaba escapando a borbotones y ahora se aprovisionaba a hurtadillas de preservativos y a acogerla en casa hasta que partiera hacia Bogotá.

-      ¿ Cuándo partes para Colombia?

-      El día veintiuno, viernes. Tengo a un antiguo novio en Antioquía que ya me ha dicho que me dará cobijo y cariño durante las navidades. No quiero pasarlas en Barcelona en ningún caso.

Germán sintió una pequeña punzada de celos.

-      Ya verás como en Colombia encuentras un buen trabajo… Aquí las cosas van mal y marcharán peor los próximos años. Se acabó el sueño español.- Germán se puso solemne, había conseguido pagar toda la compra, condones incluidos, sin que interfiriera Gladys, ahora sacaba un euro adicional de la cartera para pagar una revista del corazón.

Llegaron a casa casi congelados.

-      No hará falta meter el vino en el congelador, viene helado de la calle – comentó Gladys.

-      Preparo en dos minutos el pollo con un poco de curry que conservo en la nevera. Mira a ver si encuentras el tupper con el curry y otro con arroz hervido que hice ayer.

Se quitaron los abrigos, Germán encendió la calefacción y marchó hacia la cocina en busca de unos dientes de ajo, había leído en una web que si se rehogaba el arroz hervido de la víspera con un poco de ajo y mantequilla queda estupendo. Con el arroz, las pechugas pasadas por la plancha y terminadas de cocinar con la salsa de curry, la ensalada y el vino tenían organizada una cena muy apetecible; de postre mandarinas.

-      Si quieres quédate en casa hasta el veintiuno – Germán parecía animado -; no me tocan niños este fin de semana y aquí podrás estar cómoda hasta que salga el avión, ya ves que yo estoy solo.

-      Eres un cielito, si puedo ahorrarme unos euros, aunque quede mal con los compañeros, podré ir con el riñón un poco más cubierto a mi nueva vida. Es una pena que al final no haya podido conocer a tus hijos.

-      Sí es una pena – Germán se estaba acostumbrando a mentir, si seguía practicando lo terminaría haciendo con soltura.

Llevaban días sin besarse, de hecho aquel jueves no se habían besado, ni siquiera por cortesía. Gladys le dio un cariñoso beso en la mejilla, Germán se ruborizó. Cenaron con tranquilidad y apuraron la última copa de vino en el sofá, viendo la televisión; Gladys se fue acurrucando entre los brazos de German, le quitó el mando del televisor y se puso a saltar de una cadena a otra hasta dar con un reportaje de entretenimiento en el que mostraban la vida de unos españoles en Finlandia.

-      Dentro de poco vosotros también tendréis que emigrar. Este país ha tirado por la ventana todo su encanto, fíjate que hasta hace un frio que pela. Pon un poco más fuerte la calefacción si no quieres que tu chica se quede como un témpano esta noche… Si terminas de hacerme el favor mañana por la mañana pasa por mi casa a primera hora y recoge mi maleta, está preparada en mi cuarto. A las ocho la casa se queda vacía y podrás entrar y salir sin problemas, yo prefiero que no me vean los vecinos, tengo algunas cuentecillas pendientes que no voy a poder saldar.

-      No te preocupes – dijo Germán intentando ser tranquilizador -, me acercaré en un momento con el coche y bajo las bolsas.

Antes de terminar el vino ya se estaban besando en el salón, primero con dulzura, luego intensificando poco a poco la pasión hasta revolverse la ropa por completo. De nuevo tendría que unir las camas de los niños, ante la perspectiva de encadenar casi una docena de noches juntos hasta la partida de Gladys tal vez conviniera buscar un sistema con el que amarrar las patas de las camas y convertirlas provisionalmente en un lecho de matrimonio.

Atrás quedaban las dudas y miedos de Germán, enredadas entre los edredones de los chicos. Ensayarían una breve vida en pareja con fecha de caducidad, una semana larga; luego Gladys marcharía hacia Colombia y el recuerdo de Germán sería el de un novio más, un novio efímero y gentil que le había dado cobijo sus últimos días en España, los últimos días de Germán bajo el volcán.

Hicieron el amor con urgencias, Gladys no tuvo fuerzas ni para ponerse una camiseta, cayó dormida tras el último jadeo; Germán, que normalmente apagaba por la noche la calefacción para poder ahorrar algo en la factura del gas, no se atrevió a hacerlo aquella noche. Descolocado ante la nueva perspectiva Germán no pudo conciliar el sueño, marchó a la cocina para recoger los cacharros y luego se distrajo en el salón revisando las reproducciones de cuadros de Chagall que había ido recopilando de las páginas de arte de internet, recuperó el libro del pintor y se recostó sobre el sofá para hojearlo intentando descifrar con sus pocos rudimentos de francés lo que contaba aquel libro.
Se durmió en el sofá y soñó con un becerro tocando el violín, suspendido en el aire, entre una virgen que abrazaba a un bebé y una mujer con un ramo de flores. Fue una cabezada muy breve de la que despertó alterado. Medio sonámbulo marchó hacia el cuarto de los niños y a tientas fue descubriendo cada centímetro del cuerpo desnudo de Gladys, sin ningún pudor le acarició el pubis hasta conseguir que separara ligeramente las piernas, ella protestó entre sueños y él mantuvo el abrazo hasta que le alcanzó el sueño.
 

1 comentario:

  1. Tu guiso de congrio me ha transportado a mi niñez, mi abuela guisaba muy bien ese pescado que nunca más he vuelto a comer y su textura me encantaba pero yo me he limitado a los pescados "más tradicionales". Me he alegrado que el romance de Gladys y Germán pueda llegar a su fín, espero no se le compliquen las cosas. El cuadro es precioso y sus figuras flotantes me encantan. Jubi

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